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martes, 8 de enero de 2013

Un año al límite

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Joseph E. Stiglitz, a Nobel laureate in economics and University Professor at Columbia University, was Chairman of President Bill Clinton’s Council of Economic Advisers and served as Senior Vice.

 
El año 2012 resultó tan malo como me lo había imaginado. La recesión en Europa fue la consecuencia predecible (y predicha) de sus políticas de austeridad y de un marco para el euro condenado al fracaso. La anémica recuperación estadounidense –con un crecimiento apenas suficiente para crear empleo para los nuevos ingresantes a la fuerza de trabajo– fue la consecuencia predecible (y predicha) de la parálisis política, que bloqueó la promulgación de la ley de empleo del presidente Barack Obama y envió a la economía hacia un «precipicio fiscal».
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Illustration by Paul Lachine
Las dos principales sorpresas fueron la desaceleración en los mercados emergentes, ligeramente más profunda y extendida que lo previsto, y la adopción europea de algunas reformas verdaderamente excepcionales –aunque no suficientes.
Una mirada hacia 2013 muestra que los mayores riesgos están en EE. UU. y Europa. China, por el contrario, tiene los instrumentos, recursos, incentivos y conocimiento necesarios para evitar un aterrizaje forzoso económico –y, a diferencia de los países occidentales, carece de partidarios comprometidos con ideas letales como la «austeridad expansiva».
Los chinos entienden correctamente que deben centrarse más en la «calidad» del crecimiento –reequilibrar su economía para alejarla de las exportaciones y aumentar el consumo doméstico– que en el volumen de su producto. Pero incluso considerando el cambio de enfoque chino y a pesar de las adversas condiciones económicas mundiales, el crecimiento de aproximadamente el 7% debería mantener los precios de los productos básicos, beneficiando así las exportaciones africanas y latinoamericanas. Una tercera ronda de flexibilización cuantitativa por parte de la Reserva Federal de EE. UU. podría también ayudar a los exportadores de productos básicos, incluso si sus resultados son insignificantes para el crecimiento local estadounidense.
Es probable que después de la reelección de Obama EE. UU. continúe con los enredos en los que ha estado durante los últimos cuatro años. El pálpito de una recuperación en el mercado inmobiliario será suficiente para desalentar políticas dramáticas, como quitas de capital a las deudas hipotecarias que superan el valor de las viviendas. Pero, con los precios reales (ajustados por inflación) de la vivienda aún un 40% por debajo de su máximo anterior, parece poco probable una fuerte recuperación del sector inmobiliario (y de la industria de la construcción, muy vinculada a él).
Mientras tanto, incluso si los opositores republicanos a Obama no empujan al país al precipicio fiscal de los aumentos tributarios y recortes presupuestarios automáticos el 1 de enero, se asegurarán de que continúe la tibia forma de austeridad adoptada por EE. uu. El sector público cuenta actualmente con 600 000 puestos menos que antes de la crisis, y una expansión normal hubiera significado 1,2 millones de empleos adicionales, lo que implica un déficit en el empleo del sector público de casi 2 millones de puestos de trabajo.
Pero el verdadero riesgo para la economía global está en Europa. España y Grecia están en una depresión sin esperanzas de recuperación a la vista. El «pacto fiscal» de la zona del euro no es una solución, y las compras de deuda soberana por parte del Banco Central Europeo son, como mucho, un paliativo temporal. Si el BCE impone condiciones de mayor austeridad (algo que parece estar exigiendo a Grecia y España) a cambio del financiamiento, el remedio solo empeorará la situación del paciente.
De igual modo, la supervisión bancaria europea conjunta no será suficiente para evitar el continuo éxodo de fondos desde los países afectados. Eso requiere un esquema adecuado común de seguros de depósitos, que según los países del norte de Europa no es nada probable en el futuro cercano. Si bien los líderes europeos han actuado reiteradamente en formas que antes se creían impensables, sus respuestas no estuvieron sincronizadas con los mercados. Subestimaron sistemáticamente los efectos adversos de sus programas de austeridad y sobrestimaron los beneficios de los ajustes institucionales.
El impacto de la operación de refinanciamiento de largo plazo (LTRO) del BCE por €1 billón ($1,3 billones), que prestó dinero los bancos comerciales para la adquisición de bonos soberanos (una operación de autoayuda que pareció tan peculiar como el financiamiento del BCE de la deuda soberana para apuntalar a los bancos), tuvo una duración impresionantemente corta. Los líderes europeos han reconocido que sin crecimiento la crisis de la deuda en la periferia solo puede empeorar y han llegado (a veces) a reconocer que la austeridad no ayudará en ese frente. De todas formas, no fueron capaces de implementar un paquete eficaz de medidas para el crecimiento.
La depresión que las autoridades europeas han impuesto a España y Grecia ya está teniendo consecuencias políticas. En España han renacido los movimientos independentistas, especialmente en Cataluña, y el neonazismo avanza en Grecia. El euro, creado explícitamente para fortalecer la integración de una Europa democrática está logrando el efecto exactamente opuesto.
La lección es que la política y la economía son inseparables. Los mercados pueden no ser eficientes ni estables por sí mismos, pero las políticas de desregulación permitieron excesos sin precedentes que llevaron a la creación de burbujas de activos y a la continua crisis que sobrevino a su colapso.
Y la política de la crisis condujo a respuestas que distan de ser adecuadas. Se salvó a los bancos, pero los problemas subyacentes fermentaron –esto no es una sorpresa, ya que tanto en Europa como en EE. UU. las soluciones fueron dejadas en manos de los mismos responsables de políticas que causaron los problemas. En Europa fue la política, no la economía, la que impulsó la creación del euro; y fue la política que condujo a una estructura fundamentalmente equivocada que brindó amplio espacio para las burbujas, pero poco margen para ocuparse de las consecuencias.
Predecir 2013 es pronosticar cómo responderán el dividido gobierno estadounidense y la dividida Europa a sus respectivas crisis. Las bolas de cristal de los economistas son siempre brumosas, pero las de los politólogos están más impenetrables aún. Dicho eso, EE. UU. probablemente continúe enredado otro año, sin caer al precipicio ni tomar la senda de una recuperación robusta. Pero, a ambos lados del Atlántico, la política polarizada de las bravuconadas y los riesgos excesivos será muy evidente. El problema de estar al límite es que, a veces, se llega al otro lado.
Traducción al español por Leopoldo Gurman.

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