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miércoles, 6 de febrero de 2013

Carlos Alzugaray: "los cambios no se pueden limitar al ámbito económico"

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Carlos Alzugaray

Carlos Alzugaray Tomado de Ecured
Comentarios en el panel sobre el libro Por un consenso para la democracia patrocinado por la revista Espacio Laical
Ante todo quiero manifestar mi agradecimiento al equipo editorial de la revista Espacio Laical por darme la oportunidad de participar en este panel encargado de presentar el libro Por un consenso para la democracia. Me satisface compartir este espacio con Mayra Espina e Hiram Hernández. Lamento que no nos haya podido acompañar Carlos Saladrigas, quien nos hubiera dado una visión desde una perspectiva distinta.

El libro o folleto que es objeto de comentarios en el día de hoy tiene una importancia significativa: forma parte de un esfuerzo común – por parte de ciudadanos cubanos con diferentes visiones y perspectivas – por presentar ideas acerca del futuro del sistema de instituciones sociales y políticas que deben surgir en Cuba a la luz de los cambios que se están produciendo en la sociedad.
Este folleto me hace recordar un viejo proverbio de la sabiduría china: “Todo largo camino comienza con un pequeño paso”.
En este sentido los ensayos incluidos en el folleto caben dentro de lo que puede definirse como un esfuerzo por lograr una verdadera política y democracia deliberativas en Cuba, política y democracia en que primen la voluntad de convivencia en el respeto por las opiniones de otros. Distingo la deliberación como método porque privilegia la necesidad de llegar a acuerdos generalmente aceptables para todos los que convivimos en la misma sociedad y formamos parte de la misma nación. Constituye un modelo democrático que supera los modelos representativo (típico de las Repúblicas) y participativo (reclamado como una conquista de las fuerzas políticas de izquierda que llegan al poder). En ese mismo espíritu de deliberación razonada, deseo comentar algunos aspectos del folleto.
En su excelente ensayo titulado “¿Es rentable ser libres? Cuba, el socialismo y la democracia”, a través del cual Julio César Guanche dialoga con Roberto Veiga, aquél elabora sobre su apotegma: “Si bien el socialismo puede existir sin democracia, la democracia no puede existir sin el socialismo”. Y propone 9 condiciones mínimas. (Páginas 21-22) No cuestiono las condiciones mínimas, por el contrario me parecen imprescindibles. Sin embargo, sí creo que está por demostrar que en el socialismo se pueden cumplir. Los modelos socialistas realmente existentes no nos permiten llegar a esa conclusión por ahora. No lo hacen tampoco los modelos capitalistas que conozco, aunque no los conozco todos.
En el centro del debate sobre el ejercicio efectivo de la democracia está, entre otras cosas, el problema de la desigualdad. ¿Cómo podemos garantizar a todos los ciudadanos que puedan participar en la toma de decisiones políticas en pie de igualdad? Las sociedades capitalistas no lo hacen porque es difícil creer que puede haber igualdad política donde persiste tanta desigualdad económica y social, como ha reconocido el propio Robert Dahl, teórico por excelencia de la poliarquía.
Por su parte, Roberto Veiga, en el ensayo “Hacia una democracia de los consensos: Apuntes para un diálogo con Julio César Guanche” nos entrega una reflexión sumamente interesante sobre la justicia (dar a cada uno lo suyo) que, según él, en el pensamiento cristiano es el bien común. Sentencia: “No se trata de darle todo a cada persona, si no de capacitarlo para que él mismo se realice hasta donde pueda a partir de sus potencialidades propias.” (Página 25) Esto me recuerda la bien conocida definición de Marx sobre el socialismo: “De cada cual según su capacidad y a cada cual según su trabajo”. Una vez más cristianismo y marxismo coinciden.
Puedo suscribir casi en su totalidad las apreciaciones de Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, en su texto “Cuba hoy: compatibilidad entre cambios reales y el panorama constitucional”. En el mismo se propone una reflexión sobre la verdadera unidad, donde rechaza, por enfermiza, una uniformidad aparente, emasculada de opiniones diversas y diálogos políticos y la califica de “máscara” que resulta en un enemigo de la unidad nacional. Pero lo interesante es que en ese mismo párrafo, pleno de sentido práctico, llama a cambios que partan de la realidad y que preserven la soberanía nacional, sin duda una de las grandes conquistas de estos últimos 53 años.
“Esa máscara sí es el enemigo de la genuina unidad nacional. Mientras Cuba sea una realidad viva y no un fósil, se hablará acerca de eventuales cambios de un tipo u otro, hasta una medida u otra, etc. Y estos diálogos políticos, para que sean tales y no sólo farandulada, deben ser algo más que ejercicios mentales y de oratoria más o menos acertada. Deben apuntar a la realidad y a las posibilidades de ser llevados a efecto. A estas alturas de nuestra historia, estoy suponiendo, en la base de todo diálogo político, la afirmación de la soberanía nacional. Ya sabemos demasiado bien que con la soberanía nacional no se pueden permitir coqueteos.” (Página 40)
La sabia admonición de Carlos Manuel en este sentido me lleva a reflexionar con él que no podemos olvidarnos de las nefastas consecuencias que ha tenido para nuestra nación no proteger en cada momento su soberanía ante un adversario que, a todas luces, no ceja de pretender socavarla.
Llamo la atención sobre lo planteado por Julio Fernández Estrada en el “Dossier sobre los desafíos constitucionales de la República de Cuba”, incluido en las páginas 49-71 del libro. El joven jurista y profesor universitario de derecho, señala con inquietud la revelación contenida en un estudio de 1987 efectuado por la Asamblea Nacional de Poder Popular (ANPP) sobre el desconocimiento de la constitución y de su importancia por la ciudadanía. El estudio se titula Sobre los factores que más afectan al desarrollo de una cultura de respeto a la Ley y partió de una encuesta a 1450 personas de diferentes espacios sociales. De este total de encuestados 1046 no mencionaron a la constitución al responder la pregunta ¿Cuál considera usted la ley más importante para el ciudadano? Fernández Estrada señala como preocupación adicional que el 44.5 por ciento de los que respondieron de esa forma eran dirigentes por aquellos años. (Página 53)
Esto me lleva a dos reflexiones: Una, ¿cómo podemos construir una democracia viable si los ciudadanos no se interesan por los temas centrales que le afectan o desestiman el valor fundamental de la ley primera de la República? ¿Cómo hemos llegado a ese punto y qué tenemos que hacer para modificarlo? Otra, ¿por qué no podemos tener más información sobre las encuestas? ¿Por qué ese tema sigue siendo tabú? Cuba probablemente sea uno de los pocos países del mundo en los cuales, haciéndose encuestas, no son de dominio público. Y eso que el propio Presidente ha dicho que los secretos deben reducirse al mínimo imprescindible. Y que en países aliados estratégicos de Cuba, como Venezuela, donde se ha acometido un proceso de “construcción del socialismo” similar al nuestro, las encuestas de opinión pública son reiteradas y notorias. ¿Cómo rectificar colectivamente si no sabemos qué hay que rectificar?
Fernández Estrada también critica el carácter rígido de la constitución de 1976 (Página 66) y creo que eso es algo que habría que considerar en cualquier esfuerzo de ingeniería constitucional futuro. Las constituciones deben tener una perdurabilidad razonable y deben estar abiertas a las modificaciones que el tiempo y las circunstancias permitan sin caer en el fenómeno de modificarlas frecuentemente. Ambos asuntos están relacionados dialécticamente.
En el libro hay varios llamados, en primer lugar de Dimitri Prieto Samsonov, en el propio Dossier (Página 67) acerca de la necesidad de construir la reforma del sistema político desde abajo. Aquí me remito a algo que escribí hace más de tres años en la revista Temas: “De lo que se trata es de que, por razones evidentes, Fidel Castro ha dirigido a Cuba de una forma irrepetible.”[1] En un futuro, nadie podrá gobernar a Cuba como antes y sólo podremos gobernarla entre todos, como nos ha sugerido del Presidente Raúl Castro cuando afirmó que Fidel es insustituible por una persona, tiene que ser sustituido por todos.
Me llamó mucho la atención el trabajo de Mario Castillo, “Fuerzas por la unión, no unión por la fuerza”, por su consideración sobre la importancia de la democracia en el Partido Revolucionario Cubano fundado por Martí, dado que habitualmente se justifica la existencia de un solo partido en Cuba por el hecho de que el Maestro haya fundado uno sólo. Hay que preguntarse: ¿es que cabe en alguna cabeza que alguien funde más de un partido para conseguir un mismo objetivo, salvo que se disuelva o desaparezca el fundado primero?
Después de estudiar y reflexionar detenidamente sobre los Estatutos Secretos creados por Martí, Castillo afirma con toda razón:
“Vemos que el diseño político del PRC obraba en sentido inverso a lo ocurrido un cuarto de siglo después durante la Revolución rusa: Mientras en Rusia un partido de aparato terminó por imponer su hegemonía a los Consejos (sóviets), el PRC era un partido que promovía sus consensos operativos desde la actividad autónoma de los propios Consejos Revolucionarios”. (Página 72)
El texto “Sobre la democracia y los partidos políticos: contribución a un debate impostergable”, de Armando Chaguaceda (Páginas 82-86), me recordó que ya en 1911 el sociólogo alemán, Robert Michels, había publicado lo que después sería considerado como un texto clásico de la teoría política: Political Parties: A Sociological Study of the Oligarchic Tendencies of Modern Democracy.[2] En aquella obra se demostraba una tendencia comprobada tanto en el capitalismo como en el socialismo democrático, a saber, que las propensiones oligárquicas, o sea el control de una sociedad o de una organización por los que “están arriba”, es una parte intrínseca de toda gran institución burocrática. Aunque Chaguaceda no llega tan lejos como Michels, sí se cuestiona la viabilidad de que los partidos políticos sean la única vía para garantizar la representación democrática de los intereses de los ciudadanos. Así dice:
“Pero los partidos, como vehículos de y para la democracia son insuficientes. Las asimetrías de tipo social (en perjuicio de los pobres, los desempleados, las mujeres, los inmigrantes, las identidades sexuales discriminadas, etc.) se trasladan permanentemente a lo político – aun estos desfavorecidos logren ‘representarse’ a través de algún partido – por lo que resultan necesarias la acción de los movimientos sociales y la existencia de instancias de rendición de cuentas y control ciudadano.”
Quisiera terminar con varias reflexiones propositivas provocadas por la lectura de estos textos. Ante todo, es evidente que los cambios que se están dando en Cuba, que yo califico de reforma, no se pueden limitar al ámbito de lo económico. De hecho, ya priorizar el desarrollo de las fuerzas productivas es una decisión de carácter político que contrasta con anteriores períodos en la historia de la política económica de la Revolución. Pero, además, no se conciben algunas reformas económicas propuestas en los Lineamientos sin las necesarias transformaciones políticas como lo es el tema de la descentralización, por ejemplo.
Segundo, de las grandes metas nacionales que varias generaciones de cubanos hemos defendido, dos (la soberanía nacional y la justicia social) se han logrado sustancialmente no sin ciertas falencias, pero dos están en el terreno de lo pendiente por distintas razones. Esas dos son: primero, construir una economía capaz de ser todo lo autónoma que sea posible y todo lo eficiente que nos permita sostener las conquistas de justicia social y de independencia nacional que ya hemos logrado; y segundo, construir un conjunto de instituciones políticas y sociales que garanticen la participación ciudadana y la deliberación racional a fin de alcanzar un consenso en el cual los ciudadanos nos sintamos realmente partícipes del proceso de toma de decisiones. Esto último se ha dado en algunos casos, pero en la mayoría no.
Ninguna de las dos metas es fácil de alcanzar. Se vienen dando pasos para transformar la economía nacional en la dirección expuesta no sin una dura resistencia. Urge transformar la mentalidad y a esto contribuye el libro Por un consenso para la democracia.
La construcción de instituciones que hagan duraderas las transformaciones económicas en curso es imprescindible. Me recuerda a Jean Monnet, el arquitecto de la primera comunidad europea quien dijo: “nada es posible sin los hombres, nada es permanente sin las instituciones”.
No puede haber ni desarrollo económico satisfactorio ni libertad sin instituciones adecuadas, fuertes pero no avasalladoras. Las instituciones tienen que ser ante todo legítimas y las fuentes de la legitimidad hay que buscarlas en la historia, en la política, en la legalidad y en la responsabilidad. Y en un permanente diálogo nacional. Las legitimidades adquiridas en determinadas momentos históricos pueden ser erosionadas si no se renuevan constantemente. El gobierno tiene que ser del país, argüía Martí, alertando que debe enrizarse en el pueblo, como propone Carlos Manuel.
Estos pasos de “actualización del modelo económico” tendrán que estar acompañados en el plano político por medidas sustentadas en:
La igualdad política de todos los ciudadanos.
La solidaridad ciudadana entre todos los integrantes de nuestra sociedad.
La Democracia plasmada en la deliberación, la tolerancia y el respeto por las opiniones disidentes.
Una verdadera mentalidad de servicio y de rendición de cuentas (accountability) entre los servidores públicos y los dirigentes políticos o cuadros.
Sólo así construiremos una República con todos y para bien de todos.
Notas
[1] En Carlos Alzugaray, “Cuba cincuenta años después: continuidad y cambio político”, Temas, Nº 60, octubre-diciembre 2009, página 37
[2] Transcribo su título en inglés pues es la versión que conozco.
Publicado por cortesía de Espacio Laical

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