"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí
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viernes, 16 de marzo de 2018

La isla de Pascua está desapareciendo


Nicholas Casey, corresponsal de The New York Times en la región andina, y Josh Haner, fotógrafo del Times, viajaron aproximadamente 3600 kilómetros desde la costa de Chile para observar cómo el océano está erosionando los monumentos de la isla.

MARCH 15, 2018 Read in English

HANGA ROA, ISLA DE PASCUA — Los huesos humanos estaban expuestos bajo el sol. No era la primera vez que Hetereki Huke se topaba con una tumba al aire libre como esta.

Durante años, las crecidas de las olas han roto las plataformas que contienen restos antiguos. Dentro de esas tumbas hay lanzas de obsidiana, piezas incineradas de huesos y, a veces, partes de moáis, las imponentes estatuas que le han dado fama a la isla.



Sin embargo, esta vez fue diferente para Huke. El sitio que estaba derrumbándose era donde estaban enterradas generaciones de sus propios ancestros.

“Esos huesos están relacionados con mi familia”, dijo Huke, un arquitecto, al recordar ese día del año pasado.

Hace siglos colapsó la civilización de isla de Pascua, pero las estatuas que quedaron dejan claro lo poderosa que fue. Ahora, Naciones Unidas ha lanzado una advertencia: muchos de los restos de esa civilización están en riesgo de desaparecer debido al aumento en los niveles del mar que han erosionado las costas de la isla.

En su punto más largo, la isla mide unos 24 kilómetros.

A lo largo, en forma anular, hay unos cientos de moáis sobre plataformas, llamadas ahus.Los puntos ubican ahus y moáis.

Los arqueólogos creen que los moáis representan a los ancestros de los isleños.

Los polinesios descubrieron la isla hace mil años.

Es una de las islas habitadas más remotas del planeta.

Forma parte de Chile, que está a unos 3500 kilómetros en el Pacífico.

Muchos de los moáis y prácticamente todos los ahus (las plataformas que en muchos casos fungen como tumbas) se erigen de forma anular por la isla. Algunos modelos climáticos prevén que los niveles del mar podrían aumentar hasta 1,5 metros para 2100, por lo que residentes y científicos temen que las tormentas y las olas se vuelvan una amenaza mucho mayor.

“Te sientes impotente con todo esto, que no puedes proteger los huesos de tus propios ancestros”, dijo Camilo Rapu, líder de los Ma’u Henua, la organización indígena que controla el Parque Nacional Rapa Nui, el cual se extiende por casi toda la isla, así como los sitios arqueológicos. “Es un dolor inmenso”.



AHU AKAHANGA

Muchas otras islas en el Pacífico y en sus márgenes se enfrentan a amenazas similares, desde la posible desaparición de las islas Marshall bajo el mar y el hundimiento de Yakarta, donde las avenidas usualmente se vuelven ríos cada vez que hay una tormenta. Es cada vez más probable que Kiribati, una república de atolones de coral al norte de Fiyi, sea inhabitable dentro de una generación. Sus residentes podrían convertirse en refugiados climáticos.

En Rapa Nui, el nombre polinesio de la isla y gran parte de la cual ha sido reconocida como patrimonio de la humanidad por la Unesco, tanto el futuro como el pasado están en peligro.

La economía de la isla también se ve amenazada. Los sitios arqueológicos son la piedra angular de la principal industria, el turismo. El año pasado esta isla de solo 6000 habitantes atrajo más de 100.000 visitantes. Los hoteles, restaurantes y empresas turísticas de la isla reciben más de 70 millones de dólares en ingresos.




AHU TONGARIKI

Los turistas usualmente empiezan el día en Tongariki, donde se reúnen para ver el amanecer detrás de una fila de monolitos cuyas caras dan hacia el interior de la isla. Los grupos se dividen y se dirigen a Anakena, la principal playa arenosa de la isla, o a las antiguas plataformas de Akahanga, un sitio amplio de antiguas villas en la costa donde, según la tradición, el fundador mítico de la isla, Hotu Matu’a, está enterrado en una tumba pedregosa.

Según los científicos, esos tres sitios están en peligro de erosión por la crecida de las aguas.

“No queremos que la gente vea estos lugares solamente en fotografías viejas”, dijo Rapu.

AHU AKAHANGA

Este moái, caído desde hace años, enfrenta varios riesgos.
Los residentes pusieron piedras alrededor para protegerlo de turistas, pero el mar quizá sea una amenaza mayor.
La estatua yace apenas a unos metros del arrecife que se erosiona.

Los arqueólogos temen que un mayor oleaje llegue a borrar las pistas para resolver uno de los principales misterios de la isla: ¿qué causó el colapso de la civilización que construyó las estatuas de piedra?

Quizá hace unos mil años, los polinesios descubrieron la isla en medio del vasto mar. Crearon una civilización que construyó más de 1100 moáis, muchos de los cuales fueron levantados a kilómetros de las canteras con métodos que aún tienen cautivados a los científicos.

Lo que no es tan misterioso es qué sucedió después: conforme creció la población, la isla pasó de ser boscosa a árida. Los europeos trajeron nuevas enfermedades.

La cantera de Ranu Raraku terminó desierta, con decenas de moáis incompletos y abandonados. Para la década de 1870 la población no superaba las cien personas en comparación con unas miles en su mayor punto.

Los arqueólogos debaten mucho si se debió principalmente a un agotamiento de recursos, enfermedad, guerra civil o quizá las ratas que llegaron llegaron con los polinesios y destruyeron los bosques. Las pistas posiblemente yacen en las plataformas funerarias que tienen algunos de los artefactos para datar y establecer una línea del tiempo.

Esos artefactos “añadirían datos para mostrar que no hay una respuesta sencilla o clara a lo que sucedió”, dijo Jane Downes, profesora de Arqueología en la Universidad Highlands and Islands en Escocia, quien ha pasado muchos veranos en la isla de Pascua para documentar el daño.

El circuito de carreteras que pasa por buena parte de la isla triangular muestra un paisaje cambiante.


Yacimientos en la playa Ovahe 

OVAHE

El daño ha sido raudo en la playa Ovahae, cerca de donde Huke se topó con los huesos. Durante generaciones hubo ahí una playa arenosa que era popular entre los turistas y locales. Cerca había varios sitios de entierro no señalados y recubiertos con piedras.

Ahora las olas se han llevado prácticamente toda la arena y solo han dejado roca volcánica en su lugar. Los sitios de entierro resultaron dañados y no queda claro cuánto tiempo más resistirán al impacto del oleaje.

“Una vez nadé en Ovahe y parecía que la arena se extendía por kilómetros”, dijo Pedro Pablo Edmunds, alcalde de Hanga Roa, desde su oficina, donde revisaba un libro con imágenes de la playa. “Ahora es solo piedra”.

Hace dos años los oficiales enterraron una cápsula de tiempo cerca del ayuntamiento para que los isleños la abrieran en 2066. Entre los objetos había fotografías de la playa Ovahe antes de que se quedara sin arena.

“Van a desenterrarlo en cincuenta años y nos van a ver ahí donde ya no hay playa”, dijo Edmunds.

En un sitio llamado Ura Uranga Te Mahina en la costa sur de la isla, los oficiales del parque se alarmaron el año pasado cuando los bloques de un muro empedrado que estaba a unos tres metros de la costa rocosa colapsaron por el impacto de las olas.

Rafael Rapu Rapu en el rompeolas 


AHU RUNGA VA'E

“Ahora todo esto será lo siguiente en caer”, dijo Rafael Rapu Rapu, jefe arqueólogo de Ma’u Henua, al señalar un mapa que mostraba las plataformas detrás del muro colapsado.

Rapu ha usado el sitio para experimentar con medidas que puedan mitigar el daño. Ha destinado para ello parte de una subvención de 400.000 dólares del gobierno japonés para construir un muro marino para proteger contra las olas. Aún no queda claro si ese muro marino será suficiente para detener la erosión o si los líderes de la isla deberán mover los ahus y los moáis a un lugar apartado de la costa para poder salvarlas.

Otras áreas vulnerables representan un reto aún mayor para los conservacionistas. Una de ellas es el cráter volcánico de Orongo, el centro de la actividad de la civilización alrededor de 1600, los últimos años antes del contacto europeo. Los residentes de la isla se reunían ahí para una competencia anual de nado en la que los hombres jóvenes hacían carreras a mar abierto hacia una isla cercana, Motu Nui, para conseguir huevos de aves. El ganador determinaba qué clan gobernaría la isla durante el año siguiente.

Esas carreras están retratadas en grandes petroglifos sobre piedra que se asoman desde la caldera y son vulnerables a tormentas y a la fuerza de gravedad.

ORONGO

Los petroglifos retratan una competencia por obtener huevos de aves, pero la posición de las rocas en el arrecife erosionado las ha puesto en peligro.

Un gran deslave afectó el área en 2007.

Los oficiales del parque dicen estar explorando la posibilidad de anclar los grabados a piedras más estables o incluso moverlas a un museo.

“¿Podemos llevarlas a otro lugar?”, preguntó Rapu, el arqueólogo. “Sí, pero pierden contexto y parte de su historia si hacemos eso”.

Rapu, quien creció en la isla, dijo sentirse mal por los cambios ambientales que aquejan la zona. Ya hay pocos nidos de ave en Motu Nui, algo que, a decir del arqueólogo, es consecuencia de cambios en los patrones climáticos. Se asomó por el agua y recordó las historias de su padre sobre las migraciones que llegaban con frecuencia a la isla como sucedía en los días de las carreras.

“Me contaba que podías ver nubes oscuras por tantas aves y escucharlas por doquier”, dijo, de camino de salida del cráter.

Sebastián Paoa, el jefe de planeación para Ma’u Henua, dijo estar seguro de que en algún momento los habitantes de la isla encontrarán cómo enfrentarse al reto del aumento en los niveles del mar tal como sobrevivieron el colapso en las épocas antiguas.

“Sabían que su entorno estaba deshaciéndose pero eso no los detuvo de persistir y estar aquí”, dijo. “Es lo mismo hoy con el cambio climático”.




HANGA ROA

Huke, el arquitecto, opina lo mismo.

Encontrar los restos de su antecesor en la playa no era una razón para desesperar, dijo, sino para entrar en acción. En los últimos meses ha estado recopilando información para un estudio de cambio climático para presentárselo a oficiales, con datos de erosión, el suministro de aguas freáticas y más.

“Los isleños como nosotros siempre somos los primeros en enfrentar el cambio climático”, dijo. “Hemos estado aquí por mil años. Ya hemos sobrevivido algo como esto. El mundo no va a terminarse. Y créeme, ya hemos sobrevivido un desastre ecológico antes”.

AHU NAU NAU EN LA PLAYA DE ANAKENA

Los arqueólogos creen que fue aquí, en la playa de Anakena, adonde llegaron los primeros habitantes en canoas.

Algunos de los artefactos más antiguos de la isla han sido hallados bajo la arena, y el tiempo se acaba para descubrir los que faltan.


Escrito por Nicholas Casey. Fotografías y video de dron por Josh Haner. 

Diseñado y producido por Rebecca Lieberman, Meaghan Looram y Claire O’Neill. 

Mapas por Derek Watkins. 

Las ubicaciones de los moái y ahu fueron trabajadas por Carl P. Lipo, profesor de Antropología de la Universidad Binghamton University. Imágenes satelitales de Airbus Defense y Space vía Google Earth.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

La metáfora Pascua

Por Ignacio Ramonet, Le Monde diplomatique

La Conferencia de las Partes en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP23) se llevó a cabo en Bonn (Alemania), del 6 al 17 de noviembre pasado. Recibió a más de 25.000 participantes, incluidas delegaciones nacionales, a representantes de unas quinientas ONG y a más de mil periodistas.

Dos temas influyeron de modo determinante en el desarrollo de la COP23: la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París (COP21) y una mayor incidencia de fenómenos potencialmente asociados al cambio climático en muchos lugares del planeta. Que Fiyi –Estado archipiélago amenazado de desaparición por la subida del nivel del mar– haya presidido la COP23, siendo un conjunto de islas supervulnerable que acaba de enfrentarse, hace solo unos meses, al ciclón más potente registrado y con un programa muy ambicioso de despliegue de energías renovables, pone en el centro del debate los impactos, la adaptación y la mitigación desde el mundo en desarrollo, dejando en evidencia la Administración de Trump, que ha convertido a su país en el único miembro que no formará parte del Acuerdo de París a partir de 2020.

Un sentido de urgencia y la equidad como aspectos centrales del debate marcaron el entorno en que se movió esta COP23.

La cumbre concluyó con un balance paupérrimo, sin apenas progresos, y con el único consuelo de que la comunidad internacional sigue unida en la lucha contra el calentamiento global pese a la deserción de la Administración estadounidense por decisión del presidente Donald Trump. Además, en agosto pasado, Washington anunció que retiraría todos los fondos del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), el órgano de la Organización de las Naciones Unidas encargado de investigar el cambio climático.

Las casi doscientas delegaciones presentes en la antigua capital de la República Federal Alemana no lograron ni siquiera ponerse de acuerdo sobre los mecanismos técnicos que permitirán poner en marcha el acuerdo suscrito hace dos años en París en la COP21. Fue una cumbre decepcionante. Ahora, el peso recae sobre la próxima cumbre, que se celebrará, en diciembre de 2018, en la ciudad polaca de Katowice, situada en el epicentro de una gran cuenca carbonífera…

La cumbre de Bonn fue decepcionante también porque la mayoría de los asuntos han sido, sencillamente, aplazados. A pesar de que un número creciente de sucesos catastróficos nos recuerda cada día la gravedad del problema que, en el último año, se ha agravado al haber crecido un 2% las emisiones de CO2 a la atmósfera, tras dos años de esperanzador estancamiento. Las inundaciones en la India y Nigeria, las sequías en amplios territorios del planeta, los ciclones del Caribe y los incendios que se desataron en Estados Unidos y Europa en este 2017, sirvieron de telón de fondo. “El mar se traga aldeas, devora la costa y arruina los cultivos –declaró Timoci Naulusala, de 12 años, procedente de las islas Fiyi, en un apasionado discurso–. Las muertes por hambre y sed, el realojamiento de personas, los llantos por los seres queridos perdidos… Quizá crean que eso solo afectará a los países pequeños. Se equivocan”.

El gran objetivo de esta cumbre fallida era empezar a redactar el reglamento del Acuerdo de París (2015), pero los actores reconocieron que será preciso un empuje mucho mayor para que el documento esté concluido antes de finales de 2018. La ausencia de Washington en los debates decisivos de la cumbre, suplida en parte por numerosos representantes de la sociedad civil estadounidense, no se dejó sentir demasiado, pero muchos participantes acusaron el golpe, conscientes de que esa deserción hiere gravemente el acuerdo.

“La acción a nivel nacional está muy lejos de lo que se necesita –sintetizó Manuel Pulgar-Vidal, de la asociación WWF–. El abismo entre lo que estamos haciendo y lo que debemos hacer es gigantesco”. En el mismo sentido se pronunció Wolfgang Jamann, de Care International: “Los acuerdos políticos no han abordado suficientemente la dura realidad climática a la que ya se enfrentan millones de personas”. “Nunca había visto una COP con una tasa de adrenalina tan baja”, expresó un diplomático europeo en declaraciones a la agencia France Presse. Y también muy sintomático fue el comunicado emitido por la delegación española: “En Bonn, se ha continuado trabajando para construir el Acuerdo de París y no habido retroceso en ninguno de los temas tratados…”.

Los principales escollos en las negociaciones, que se prolongarán el año que viene en Katowice (Polonia), atañían a dos asuntos clave. El primero, conocido como “Diálogo de Talanoa” (1), es la revisión de los compromisos de reducción de emisiones de CO2 que se anunciaron en París, es decir: qué criterios se aplicarán para que los países ofrezcan propuestas más ambiciosas con vistas al 2020, cuando se pondrá en marcha el nuevo tratado, puesto que las que se encuentran ahora sobre la mesa no garantizan la estabilización de las temperaturas globales, sino que las impulsan más de tres grados por encima de los valores preindustriales. En Katowice, con nuevos datos del IPCC (el grupo de expertos en clima de la ONU), se realizará una nueva evaluación colectiva de cómo están evolucionando el calentamiento global y las emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero.

El segundo escollo fue nuevamente la financiación que los países industrializados destinarán para que los países en desarrollo puedan adaptarse al calentamiento global, ahora con el agravante de la ausencia de Estados Unidos, lo que podría obligar a las restantes potencias a aumentar su contribución (la Administración de Trump ya ha anunciado que no abonará su participación al llamado Fondo Verde de la ONU). En la COP15 de Copenhague (2009), se acordó que los países industrializados aportarían 100.000 millones de dólares anuales a partir del año 2020, pero los detalles de la implementación no se han precisado.

Y la urgencia es enorme: “Este año, tres ciclones excepcionalmente violentos devastaron el Caribe, las inundaciones destruyeron miles de hogares y escuelas en el sur de Asia y la sequía trajo devastación a millones de personas en el este de África –declaró Tracy Carty, jefa de la delegación de Oxfam–. Ya no estamos hablando del futuro. Los países y comunidades más pobres del mundo ya están luchando por sus vidas contra los desastres intensificados por el cambio climático”. Por su parte, Jens Mattias Clausen, jefe de la delegación de Greenpeace, añadió: “Hablar no es suficiente. Nos falta la acción. Llamamos a Francia, Alemania, China y otras grandes potencias a intensificar y mostrar el liderazgo que dicen tener. Aferrarse al carbón o a la energía nuclear y desfilar como campeones del clima mientras no se puede acelerar la transición hacia la energía limpia no es más que mala fe”.

Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), las centrales de carbón siguen produciendo casi el 40% de la electricidad mundial, y son uno de los principales factores causantes del cambio climático. Además, la contaminación del aire por la quema de carbón causa enfermedades respiratorias severas y otros muchos efectos nocivos para la salud.

La canciller de Ecuador, María Fernanda Espinosa, destacó en su intervención, en nombre del Grupo negociador G77+China (que agrupa 134 países), que se necesita avanzar prioritariamente en el financiamiento del Fondo Verde para el Clima (FVC), que permite captar recursos financieros de los países desarrollados para que las naciones en desarrollo más vulnerables puedan afrontar las consecuencias del cambio climático. El FVC espera contar con unos 100.000 millones de dólares anuales a partir de 2020. Sin duda, uno de los grandes retos de los próximos años será avanzar en ese tema.

María Fernanda Espinosa recordó también que el planeta ya afronta las consecuencias desastrosas del cambio del clima, a través de graves inundaciones, derretimiento de glaciares, sequías, que además son amenazas para la seguridad alimentaria. Asimismo hizo un llamamiento para proteger a las mujeres, niños, niñas, migrantes y refugiados, quienes son los más afectados por el cambio climático, que calificó de “mayor amenaza global de este siglo”.

Aunque Donald Trump lo niegue, el calentamiento del sistema climático es una realidad inequívoca. Unos 2.500 científicos internacionales, miembros del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre la Evolución del Clima (GIEEC), lo han confirmado de modo indiscutible. Su causa principal es la actividad humana que produce un aumento descontrolado de emisiones de gases, sobre todo dióxido de carbono (CO2), producto del consumo de combustibles fósiles: carbón, petróleo, gas natural. La deforestación acrecienta el problema. Porque los árboles, las plantas y las algas de los océanos absorben y neutralizan el CO2, y producen oxígeno; de ese modo ayudan a combatir el efecto invernadero.

Desde la Convención del Clima y la Cumbre de Río de Janeiro en 1992, y la firma del Protocolo de Kioto en 1997, las emisiones de CO2 han progresado más que durante los decenios precedentes. Si no se toman medidas urgentes, la temperatura media del planeta aumentará por lo menos en cuatro grados. Lo cual transformará la faz de la Tierra. Los polos y los glaciares se derretirán, el nivel de los océanos se elevará, las aguas inundarán los deltas y las ciudades costeras, archipiélagos enteros serán borrados del mapa, las sequías se intensificarán, la desertificación se extenderá, los huracanes, los ciclones y los tifones se multiplicarán, centenares de especies animales desaparecerán...

Las principales víctimas de esa tragedia climática serán las poblaciones ya vulnerables del África Subsahariana, de Asia del Sur y del Sureste, de América Latina y de los países insulares ecuatoriales. En algunas regiones, las cosechas podrían reducirse en más de la mitad y el déficit de agua potable agravarse, lo que empujará a cientos de millones de “refugiados climáticos” a buscar a toda costa asilo en las zonas menos afectadas... Las “guerras climáticas” proliferarán.

Para evitar esa nefasta cascada de calamidades, la comunidad científica internacional recomienda una reducción urgente del 50% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Único modo de evitar que la situación se vuelva incontrolable.

Por otra parte, debemos cambiar nuestro modelo económico despilfarrador que agota los recursos del planeta. Actualmente, la Tierra ya es incapaz de regenerar un 30% de lo que cada año consumen sus habitantes. Y, demográficamente, estos no cesan de crecer. Somos ya 7.500 millones, y en 2050 seremos más de 9.000 millones... Lo cual complica el problema. Porque no hay recursos para todos. Si cada habitante consumiese como un estadounidense se necesitarían los recursos de tres planetas. Si consumiese como un europeo, los de dos planetas... Y no disponemos más que de una única Tierra. Una diminuta isla en la inmensidad de las galaxias.

A este respecto se recordó en Bonn, en reiteradas ocasiones, la “metáfora Pascua”, en alusión al desastre que conoció la isla de Pascua o Rapa Nui (Chile). A esa tierra, una de las más aisladas del planeta, llegó entre los años 800 y 1200 una expedición polinesia que quedó cortada del resto del mundo. Pequeña (unos 160km2), la isla estaba recubierta con una suntuosa vegetación, rodeada de aguas muy ricas en peces, con costas llenas de moluscos y millones de aves migratorias que allí anidaban. En unos cuantos decenios, los rapanuis se multiplicaron y desarrollaron una brillante civilización (la de los moai), que aún hoy asombra al mundo. Pero lo hicieron a base de explotar con exceso y sin precaución las riquezas de la isla. Resultado: en poco tiempo, no quedaba un árbol en la isla, ni un pez en sus mares, ni un molusco en sus costas, ni un ave en sus nidos… Cuando el escritor francés Pierre Loti visitó la isla en 1872, solo quedaban unos cientos de habitantes, “un pueblo de fantasmas, desnudos, esqueléticos y hambrientos; últimos escombros de una raza misteriosa” (2).

Con la excepción de Donald Trump, cada día quedan menos escépticos frente a las evidencias del cambio climático. Cada habitante de nuestro planeta puede constatar, en particular, estas siete realidades: 1) la temperatura global sigue aumentando (2017 ha sido uno de los tres años más cálidos de la historia desde que existen estadísticas); 2) la frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos sigue en aumento; 3) la concentración de CO2 sigue acumulándose; 4) sigue subiendo el nivel de los mares; 5) la acidificación de los océanos no disminuye; 6) las capas de hielo de la Antártida siguen reduciéndose; 7) sigue disminuyendo el hielo marino en el Ártico.

En Bonn, los países más desfavorecidos exigían a los más industrializados que indicasen, con dos años de antelación, cuánto dinero iban a aportar y en qué plazos. Con el objetivo de que pudieran saber con qué fondos podrían contar. Fuentes de la delegación de la Unión Europea (UE) aseguraron que con los márgenes presupuestarios que manejan los países europeos no es factible decir, aquí y ahora –como les estaban exigiendo–, cuánto dinero van a aportar en un horizonte de diez años, si bien no ha sido la UE quien se ha opuesto a avanzar en este exhaustivo reporte, sino Estados Unidos, Australia y Japón. Por su parte, Angela Merkel se comprometió a duplicar los fondos para el clima y ayudar a los países en desarrollo para 2020, y explicitó su compromiso de ayudar a las naciones en desarrollo en iniciativas como sistemas de información climática y gestión de riesgo de desastre.

Pero los participantes se decepcionaron cuando Merkel anunció su plan para reducir la dependencia del carbón de Alemania. Alrededor del 40% del sector energético de ese país depende del carbón y, de seguir así, Alemania no cumplirá sus objetivos en materia de reducción de emisiones contaminantes para 2020. De hecho, la Unión Europea no podrá lograr su objetivo de reducir los gases de efecto invernadero en por lo menos un 40% para 2030, respecto de los niveles de 1990, a menos que cambien las políticas y redoblen sus compromisos. España, por su parte, es uno de los países de Europa Occidental –junto con Polonia y Alemania– que no ha firmado el compromiso gradual para poner fin a la producción de carbón con el año 2030 como horizonte…

En este sentido, desde el inicio, la cruzada de las negociaciones ha tenido como punto central definir cómo pueden los países más ricos ayudar a los menos desarrollados en la adaptación y en la compensación. Bajo el primer concepto entran las distintas formas de cambiar las economías para depender menos del petróleo, gas y carbón.

La tarea, ya de por sí titánica, se complicó este año cuando Donald Trump anunció que sacaba a su país del Acuerdo climático. Desde su campaña electoral en 2016, el republicano prometió esta medida. Y es que, entre otras razones, el presidente Trump considera que el cambio climático es una “mentira” fabricada por los chinos para minar la economía estadounidense…

Sin embargo, el proceso de renuncia lleva tres años, lo que convierte a Estados Unidos en un signatario hasta entonces. Por eso vino a Bonn una pequeña delegación oficial, con el secretario de Estado, Rex Tillerson, al frente. Y es que un grupo rival de gobernadores, alcaldes y líderes empresarios también estuvo presente en Bonn: la desafiante coalición norteamericana “We Are Still In”, liderada por el exalcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, en nombre del Centro de Acción Climática de Estados Unidos. Así pues, hubo dos delegaciones estadounidenses en la cumbre, lo que llevó a los expertos a preguntarse cuál era la que realmente hablaba en nombre del país y a los asistentes a preguntarse con cuál hablar…

En este contexto, los expertos coinciden en que Estados Unidos dejó un vacío en el liderazgo climático. Más allá del compromiso que muestra la Unión Europea, la lupa se puso en los dos mayores responsables junto a EEUU de las emisiones: la India y China. El primero ya asumió el desafío al hacer de la energía solar un proyecto a gran escala. Por su parte, Pekín también da indicios de no querer echarse para atrás. Con su plan para un nuevo mercado nacional de carbono, China propone poner un precio a las emisiones corporativas.

Visto el fracaso de la COP23 y la inacción gubernamental, y visto que no podemos “bajarnos del mundo” como decía Mafalda, nuestras principales esperanzas residen actualmente en las 7.500 ciudades y entidades de todo tipo, en particular centenares de asociaciones de ciudadanos, que se han propuesto avanzar por su cuenta hacia una sociedad baja o nula en carbono. Está en juego el destino de la humanidad. 

Citas

(1) El “Diálogo de Talanoa” es importante para suplir el vacío entre el Protocolo de Kioto (vigente hasta el 31 de diciembre de 2012 y extendido por ocho años más hasta el 31 de diciembre de 2020) y el Acuerdo de París, que entrará en vigor en 2020.

(2) Pierre Loti, L’île de Pâques. Journal d’un aspirant de “La Flore”, Éditions La Simarre, Joué-les-Tours, 2016.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Cambio Climático: Juicio Final en la Antártida



En las profundidades del Polo Sur, existe un escenario pesadillesco de desmoronamiento de hielo -y un aumento rápido en las aguas- que podría dar comienzo al desastre.

 

Los peñascos de hielo en la Antártida Occidental. Foto: Michael Martin/LAIF/REDUX


El glaciar Thwaites, en la Antártida Occidental, es tan remoto que sólo 28 seres humanos lo han pisado. Knut Christianson, un glaciólogo de 33 años de la Universidad de Washington, estuvo dos veces. Hace un par de años, Christianson y un equipo de siete científicos viajaron más de 1.600 kilómetros desde la Base McMurdo, la base de investigaciones más grande de la Antártida, para pasar seis semanas en el Thwaites, atravesando la pradera plana de nieve y hielo, sin accidentes geográficos, en seis motonieves y dos Tucker Sno-Cats. "Te sentís muy solo ahí", dice Christianson. Sus colegas y él armaban campamento en un nuevo lugar cada un par de días y perforaban agujeros de más de 91 metros en el hielo. Después lanzaban tubos de nitroglicerina en los agujeros y disparaban una explosión. Unos sensores rastreaban vibraciones en el hielo y rebotes desde el suelo. Al medir la forma y frecuencia de estas vibraciones, Christianson podía ver los bultos, las crestas y hasta la textura de un continente machucado y enterrado bajo el hielo.

Pero Christianson y sus colegas no eran solamente unos nerds del hielo mapeando la topografía oculta del planeta. Lo que cartografiaban era un futuro desastre global. Mientras el mundo se calienta, determinar con exactitud cuán rápidamente se derrite el hielo y crecen los mares puede ser una de las preguntas más importantes de nuestra era. La mitad de la población mundial vive a 80 kilómetros de alguna costa. Hay billones de dólares de propiedades ubicadas en playas y apiñadas en ciudades bajas como Miami y Nueva York. Una subida larga y lenta de las aguas en las próximas décadas puede ser manejable. Pero una más abrupta, no. "Si va a haber una catástrofe climática", dice Ian Howat, glaciólogo de Ohio State, "probablemente va a empezar en Thwaites".

El problema con el Thwaites, uno de los glaciares más grandes del planeta, es que también es lo que los científicos llaman "un sistema umbral". Esto significa que, en lugar de derretirse lentamente como un cubo de hielo un día de verano, es más como un castillo de naipes: es estable hasta que se lo fuerza demasiado, y después colapsa. Cuando un trozo de hielo del tamaño de Pensilvania se desmorona, es un gran problema. No va a pasar de la noche a la mañana, pero si no detenemos el calentamiento del planeta, podría pasar en cuestión de décadas. Y su pérdida desestabilizaría el resto del hielo de la Antártida Occidental, que también se perdería. Las aguas se elevarían tres metros en muchas partes del mundo; en Nueva York y Boston, debido a la manera en la que la gravedad mueve el agua alrededor del planeta, las aguas se elevarían aún más, hasta casi cuatro metros. "La Antártida Occidental podría hacerles a todas las costas del mundo lo que el huracán Sandy le hizo en un par de horas a la ciudad de Nueva York", explica Richard Alley, un geólogo de la universidad Estatal de Pensilvania, probablemente el científico especialista en hielo más respetado del mundo. "Excepto que cuando el agua entra, no se va en un par de horas. Se queda."

Con una subida de tres a cuatro metros, la mayor parte del sur de Florida sería un parque acuático, incluyendo Miami, Fort Lauderdale, Tampa y Mar-a-Lago, la Casa Blanca de invierno que usa el presidente Trump en West Palm Beach. En el centro de Boston, lo único que no quedaría debajo del nivel del agua serían esas bonitas casas de Beacon Hill. En la Bay Area, todo lo que hay debajo de la Highway 101 desaparecería, incluyendo el Googleplex; los aeropuertos de Oakland y San Francisco estarían sumergidos, al igual que gran parte del centro debajo de Montgomery Beach y el Marina District. Incluso lugares que no pareciera que fueran a estar en problemas, como Sacramento, plantado en medio de California, estaría parcialmente inundado, puesto que el océano Pacífico haría desbordar el río Sacramento. Galveston, Texas; Norfolk, Virginia; y Nueva Orleans desaparecerían. En Washington, la costa quedaría a un par de metros de la Casa Blanca.

Y éste es el panorama para Estados Unidos solamente. El resto del mundo estaría en iguales problemas: grandes porciones de Shanghái, Bangkok, Jakarta, Lagos y Londres estarían sumergidas. El Delta del Nilo, en Egipto, y gran parte del sur de Bangladesh estarían bajo el agua. Las Islas Marshall y las Maldivas serían arrecifes de corales.

Christianson, por supuesto, entiende esto como nadie. Es por eso que, junto a otros, pasa tantas semanas en el Thwaites. Para entender cuán rápido puede que el hielo se traspase al agua, necesitan saber, entre otras cosas, las características del suelo debajo de él: ¿es una roca resbaladiza? ¿Son sedimentos suaves? ¿Hay colinas o montañas debajo del hielo, algo a lo que se pueda fijar el glaciar para ralentizar la retirada? De noche, se reunieron en la carpa comedor y comieron unas galletitas que cocinaron en el horno solar y hablaron acerca de estar tan lejos de la civilización, y donde sin embargo la civilización tiene tanto en juego. "Nos gusta pensar que los cambios ocurren lento, especialmente en un paisaje como la Antártida", me dice Christianson. "Pero sabemos que eso es incorrecto."

El verano pasado, el entonces secretario de Estado John Kerry estuvo en Svalbard, un archipiélago junto a la costa de Noruega, visitando glaciares y hablando con científicos acerca de los riesgos del cambio climático. Pero rápidamente se le hizo evidente que estaba en el lugar equivocado. "Todos los científicos de ahí me decían", dice Kerry, "que si quería entender lo que estaba pasando con el clima, tenía que ir a la Antártida". Así que fue. En noviembre pasado, durante la semana de la elección presidencial, Kerry pasó tres días en la Antártida, el oficial de mayor rango que hubiera visitado el continente en la historia de Estados Unidos. Recorrió en helicóptero las capas de hielo, paró a almorzar sauerbraten y spaetzle en una estación científica llamada Marble Point, y lo informaron acerca del rápido derretimiento en la Antártida Occidental, especialmente en el glaciar Thwaites. "Los científicos están observando que la inestabilidad crece a una velocidad alarmante", me dice Kerry. "Lo que está pasando ahí es impresionante."

La Antártida tiene el tamaño de Estados Unidos y México combinados, con una población permanente de cero personas. No es territorio de ninguna nación, y no tiene gobierno en el sentido convencional. Desde que el explorador británico Falcon Scott y el noruego Roald Amundsen cautivaron al mundo con su carrera hacia el Polo Sur en 1911, fue el patio de juegos de científicos y aventureros (y pingüinos). El setenta por ciento del agua fresca de la Tierra está congelada aquí en capas de hielo que pueden tener casi cinco kilómetros de ancho. El continente está dividido por las montañas Transantárticas; la Antártida Oriental es más grande y fría que la Occidental, que es mucho más vulnerable al derretimiento, en parte porque las bases de muchos glaciares de la Antártida Occidental están debajo del nivel del mar, lo que los vuelve más susceptibles a los pequeños cambios de las temperaturas de los océanos.

Hasta hace poco, a la mayor parte de los científicos climáticos no les preocupaba demasiado la Antártida. Se trata, después de todo, del lugar más frío de la Tierra y, excepto por una pequeña parte de la península Antártica que se proyecta hacia el norte, no se ha estado calentando demasiado. También se pensaba que estaba aislada de los océanos por una corriente que rodea el continente, y que básicamente la aparta del resto del planeta. El informe más reciente del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de Estados Unidos, que es la regla de oro en cuanto a la ciencia sobre el cambio climático, proyectó un aumento global del nivel del mar entre menos de 30 centímetros y casi un metro para 2100, muy poco del cual provendría de Antártida (aunque el IPCC incluyó una advertencia que sugería que esto podía cambiar).

Las proyecciones del aumento del nivel del mar del IPCC hace tiempo que son controversiales, en parte porque el derretimiento de las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida es difícil de predecir. Hace un par de años, James Hansen, el padrino de la ciencia sobre el calentamiento global, me dijo que creía que los cálculos del IPCC eran demasiado conservadores y que las aguas podían subir hasta tres metros para 2100. Para Hansen, el pasado es un prólogo. Hace tres millones de años, durante el período Plioceno, cuando el nivel de CO2 en la atmósfera era más o menos el mismo que hoy y las temperaturas eran ligeramente más cálidas, las aguas eran al menos seis metros más altas. Eso sugiere que vendrá mucho derretimiento antes de que las capas de hielo alcancen un equilibrio feliz. Las montañas glaciares podrían contribuir un poco, al igual que la expansión termal de los océanos que se recalientan, pero para una subida del nivel del mar de seis metros, Groenlandia y la Antártida tendrían que contribuir grandemente.

Para los científicos climáticos, Groenlandia siempre fue una preocupación obvia. Para empezar, el Artico que la rodea se ha venido recalentando más rápido que cualquier otro lugar en el planeta. Además, el derretimiento ahí ha sido evidente para cualquiera que se ocupara de observarlo: cada verano, cuando se calienta la superficie de la capa de hielo, el agua se precipita en forma de enormes ríos azules, algunos de los cuales caen a través de agujeros en los hielos llamados molinos glaciares. Y, en comparación con la Antártida, es fácil llegar a Groenlandia, se puede tomar un avión desde Europa hacia uno de los pueblos pescadores de la costa. Podés visitar el glaciar que se mueve más rápido en el mundo, el Jakobshavn, y volver a tu hotel para tomar un whisky antes de la cena.

Pero en los años recientes, las cosas se pusieron raras en la Antártida. El primer acontecimiento alarmante fue el colapso repentino, en 2002, de la barrera de hielo Larsen B, un enorme pedazo de hielo de la península Antártica. Una barrera de hielo es como una uña gigante que crece al final de un glaciar cuando se toca con el agua. Los glaciares detrás del Larsen B, como muchos otros tanto en la Antártida como en Groenlandia, son conocidos como glaciares "de terminación marina", porque grandes porciones de ellos están bajo el nivel del mar. El colapso de las barreras de hielo no contribuye, en sí mismo, al aumento en el nivel del agua, puesto que ya están flotando (al igual que un hielo que se derrite en un vaso no eleva el nivel del líquido). Pero cumplen un papel importante para reforzar, o restringir, a los glaciares. Después de que se desplomara la barrera de hielo Larsen B, los glaciares que estaban detrás empezaron a caer hacia el agua a una velocidad ocho veces más rápida que antes. "Era como: 'Oh, ¿qué está pasando acá?'", dice Ted Scambos, el principal científico del National Snow and Ice Data Center en Boulder, Colorado. "Resulta que los glaciares son mucho más sensibles de lo que nadie había pensado."

 

Una grieta en la barrera de hielo del Larsen C tiene más de 160 kilómetros de largo. Foto: John Sonntag/NASA


Por suerte, los glaciares detrás del Larsen B no son demasiado grandes, de modo que el aumento en el nivel del mar no fue una preocupación. Pero Larsen B obligó a los científicos a observar con mayor detenimiento las barreras de hielo y los movimientos de otros glaciares en la Antártida. Las imágenes satelitales mostraron que las barreras de hielo de todo el continente se estaban haciendo más delgadas, especialmente en la Antártida Occidental. Algunas se estaban poniendo demasiado delgadas. No estaba claro por qué, puesto que, a diferencia de Groenlandia, las temperaturas en la Antártida no se estaban calentando demasiado, o incluso nada. La única causa podía ser el océano. Los científicos descubrieron que, debido a los cambios en los vientos y en la circulación del océano, estaba subiendo más agua bajo las barreras de hielo, derritiéndolas desde abajo. "Un cambio de tan sólo un grado puede ser un gran problema para un glaciar", dice Alley, el científico de la Universidad de Pensilvania.

De modo que había muchas cosas ocurriendo en la Antártida. Las barreras de hielo se estaban angostando, el agua más cálida estaba empujando a los glaciares desde abajo, y los glaciares se estaban moviendo más rápido. Todo el lugar estaba en medio de un flujo dramático. ¿Cuán rápido podía ir? Nadie sabía. ¿Era posible que la mayor amenaza para las ciudades costeras no fuera Groenlandia, sino la Antártida? Si se derritiera todo Groenlandia, habría un aumento del nivel del mar de 6,7 metros. Si fuera la Antártida, sería de 61. "La Antártida era como un elefante dormido", dice Mark Serreze, director del National Snow and Ice Data Center. "Pero ahora el elefante se está moviendo."

La primera persona que entendió los riesgos que planteaba la Antártida Occidental en un mundo que se calienta rápidamente fue John Mercer, un excéntrico glaciólogo de la Universidad de Ohio. Mercer, quien se crio en un pequeño pueblo de Inglaterra y era conocido por hacer su trabajo de campo desnudo, visitó la Antártida por primera vez a mediados de los 60. En esa época, los científicos apenas estaban empezando a entender el vínculo entre las emisiones de CO2 y el calentamiento climático. Sabían que las capas de hielo ya habían crecido y se habían retraído en el pasado, causando que los niveles del mar se elevaran dramáticamente, pero el descubrimiento de que las eras de hielo se habían desencadenado por cambios menores en la órbita de la Tierra sugería que las capas de hielo eran mucho más sensibles a pequeños cambios en la temperatura que lo que muchos habían pensado. Los núcleos de hielo y los cada vez mejores mapeos también ayudaron a los científicos a entender que las capas de hielo no eran bloques monolíticos, sino que de hecho estaban hechos de ríos de hielo, y que cada uno estaba fluyendo a su manera y a su propia velocidad. A fines de los 60, Mercer pudo haber sido el primer científico en plantear una pregunta que sigue siendo central: ¿cuán estable es la Antártida en un clima que se está calentando por el consumo de combustibles fósiles?

A Mercer le interesaba sobre todo la Antártida Occidental. Por lo que se sabe, ningún humano había pisado los glaciares de la Antártida Occidental hasta el Año Geofísico Internacional, en 1957, una colaboración en la Guerra Fría entre Estados Unidos, la Unión Soviética y otras naciones para expandir los límites de la exploración científica. Un equipo de científicos había recorrido los glaciares de la Antártida Occidental, incluyendo el Thwaites; taladraron núcleos de hielo y tomaron otras medidas, y descubrieron que el suelo debajo del hielo estaba en una pendiente invertida y que había bajado aún más por el peso de glaciares durante millones de años. "Pensalo como un bowl de sopa gigante repleto de hielo", dice Sridar Anandakrishnan, un experto en glaciología polar de la Universidad de Pensilvania.

Siguiendo con la analogía del bowl, los bordes de estos glaciares -el punto en el que el glaciar deja la tierra y empieza a flotar- están apoyados en el filo del bowl, a 300 metros o más del nivel del mar. Los científicos llaman a ese filo "la línea de apoyo". Debajo del filo, el terreno decrece en una pendiente que desciende por cientos de kilómetros, hasta las montañas Transantárticas que dividen la Antártida Oriental de la Occidental. En la parte más baja del cuenco, el hielo tiene más o menos tres kilómetros de ancho. En los años 50, antes de que la mayoría de los científicos entendiera los riesgos del calentamiento global, esto era considerado como un indicador interesante de la estructura de la Antártida, pero difícilmente un descubrimiento de grandes consecuencias.

Después, en 1974, Hans Weertman, un científico de materiales de la Universidad de Northwestern, encontró que estos glaciares de la Antártida Occidental eran más vulnerables al derretimiento rápido de lo que nadie había entendido. Acuñó un término para ello: "Inestabilidad de las capas de hielo marinas". Weertman señaló que el agua cálida del océano podía penetrar la línea de apoyo, derritiendo el hielo desde abajo. Si el derretimiento continuaba a una velocidad más rápida que la del crecimiento del glaciar -que es el caso ahora-, el glaciar se caería de la línea de apoyo y empezaría a retraerse hacia la pendiente, como "una pelota cayendo en una colina", dice Howat, el glaciólogo de la Universidad de Ohio. A medida que el glaciar se apoya en aguas cada vez más profundas, hay más hielo expuesto a aguas cálidas del océano, lo cual a su vez incrementa la velocidad del derretimiento. Al mismo tiempo, hay partes del glaciar que flotan, lo cual pone aún más peso sobre el hielo, haciendo que se fracture. Cuando la superficie del glaciar colapsa, o "se rompe", más hielo cae sobre el mar. Cuanto más cae el glaciar por la pendiente, más rápido es el colapso. Sin quererlo, Weertman había descubierto un mecanismo para un aumento catastrófico del nivel del mar.

Mercer vio que la revelación de Weertman tenía grandes implicaciones. En un artículo de 1978 llamado "La capa de hielo de la Antártida Occidental y el efecto invernadero del CO2: una amenaza de desastre", Mercer se enfocó en las barreras de hielo flotantes que refuerzan los glaciares de la Antártida Occidental. Como son más delgados, y flotan en el océano, a medida que se caliente el agua serán los primeros en desaparecer. Y cuando lo hagan, no sólo reducirán la fricción que hace que la caída de los glaciares al océano sea más lenta, sino que también cambiarán el balance de los glaciares, haciendo que floten más allá de la línea de apoyo. Y eso, a su vez, va a acelerar su caída por la pendiente. Mercer argumentó que todo este sistema era más inestable de lo que había descubierto Weertman. "Afirmo que puede ser inminente un gran desastre: un aumento rápido [de cinco metros] del nivel del agua, causado por la deglaciación de la Antártida Occidental", escribió, prediciendo que llevaría al "sumergimiento de áreas bajas como gran parte de Florida y Holanda". Mercer no sabía cuán pronto podría pasar esto, pero cuando hizo sus cálculos, a mediados de los 70, predijo que si el consumo de combustibles fósiles seguía acelerándose, podía empezar en 50 años. Es decir, ahora mismo.

Pronto -posiblemente incluso para cuando estés leyendo esto-, un pedazo de la barrera de hielo Larsen C se va a romper y va a flotar hacia el océano que rodea la Antártida. El rompimiento del Larsen C, primo cercano del Larsen B, que ocurrió en 2002, se está desarrollando desde hace varios años. Pero en los últimos meses, se intensificó dramáticamente. Mientras escribo esto, la rajadura ya tiene más de 160 kilómetros de largo. Tal colapso de las barreras de hielo es exactamente lo que Mercer predijo que sería la primera señal de que el desastre era inminente. Cuando se rompa, probablemente será tapa de diarios, y se lo citará como una prueba de que la Antártida se está desmoronando rápidamente.

Pero también puede que no. "Las barreras de hielo se rompen todo el tiempo, y a veces no es un problema", dice Alley, quien era estudiante en la Universidad de Ohio cuando Mercer era profesor sénior ahí. "Dependerá mucho de lo que veamos después de que se rompan las barreras, y de cómo reaccionen los glaciares del área." Alley señala que los glaciares detrás de la barrera Larsen C son modestos, e incluso si todos se aceleran y caen al agua, probablemente sólo produzca una diferencia de centímetros en cuanto al aumento en el nivel del agua. En otras palabras, esta hendidura en sí misma, no es lo que Alley llama "un grito histérico por el fin del mundo". Pero tampoco significa que tal desastre no esté en progreso en la Antártida Occidental, sólo que en una escala temporal ligeramente más lenta.

Alley es un hombre liviano, parecido a un gnomo, de barba, tiene un aro de hula-hop en la oficina, y es conocido por su genial imitación de Johnny Cash. Cuando Alley estudiaba en la Universidad de Ohio en los 70, vio muchas veces a Mercer en los pasillos, y fue a un par de sus charlas. ("No puedo confirmar si hacía sus trabajos de campo desnudo", dice Alley.) Había leído el artículo de Mercer acerca del riesgo del colapso de la Antártida cuando se publicó en 1978, y desde entonces lo había cautivado. "¿La cagamos?", le preguntó a un grupo de científicos durante una charla hace poco. "Siempre creí que aprenderíamos lo suficiente, y que seríamos lo suficientemente útiles para la sociedad antes de que fuera demasiado tarde. ¿Tomamos el conocimiento de John Mercer y fuimos incapaces de usarlo?"

 

En el glaciar Thwaiters, en Antártida Occidental, donde sólo estuvieron 28 seres humanos, el glaciólogo Knut Christianson y su equipo establecen un campamento en un lugar nuevo cada un par de días, y en el camino mapean la topografía debajo del hielo. "Te sentís muy solo ahí", dice Christi. Foto: Gentileza de Knut Christianson


En las décadas recientes, las nuevas tecnologías satelitales les han dado a los científicos una imagen más clara de lo que está pasando en la Antártida Occidental, y gran parte de ella confirmó la hipótesis de Mercer. Desde el espacio, es posible medir los cambios en el ancho de los hielos, al igual que la velocidad con la que se retraen los glaciares como el Thwaites, y se alejan de la línea de apoyo. Y las noticias no son buenas. En 2014, dos científicos especialistas en hielo altamente respetados, Eric Rignot de NASA y Ian Joughin, de la Universidad de Washington, publicaron artículos separados que alcanzaban la misma conclusión. Como decía Joughin: "Nuestras simulaciones proveen pruebas claras de que el proceso de desestabilización de capas de hielo marina ya está avanzando en el glaciar Thwaites". En una entrevista, Rignot fue más sucinto. En la Antártida Occidental, decía, "ya hicimos saltar el fusible".

Alley pasó gran parte de su carrera científica pensando en la dinámica del hielo: cómo se mueve (o no se mueve) el hielo cuando se lo empuja, se lo presiona o se lo calienta. El colapso de la barrera de hielo Larsen B en 2002 lo sorprendió y lo preocupó, en parte porque no sólo se rompió, como está destinado a pasar en el Larsen C: toda la barrera de 3.200 kilómetros cuadrados se desintegró en un par de semanas, pasando de ser una barrera de hielo estable a un manojo de icebergs en el equivalente geológico de un abrir y cerrar de ojos. "Nadie había visto algo así antes", le dijo Alley. "Como parece ser, un gran pedazo de hielo se derrite de manera lenta. Pero puede fracturarse muy, muy rápido."

Después del colapso del Larsen B, Alley empezó a pensar más en la profecía de Mercer para la Antártida Occidental, especialmente en su aplicación al glaciar Thwaites. Sabía que el frente de desprendimiento del Thwaites era de más o menos 140 kilómetros de largo y de 500 metros de alto; de los cuales prácticamente todo, excepto 90 metros, estaban debajo del agua. La presión del océano apoyaba la porción subacuática del glaciar, pero el resto era una pared de hielo tambaleante sostenida, por el momento, apenas por barreras de hielo. Y Alley sabía que si el glaciar se retraía hacia un hielo cada vez más grueso, el frente de derrumbamiento sólo crecería. ¿Cuán alto, se preguntaba, podía ser un acantilado de hielo antes de que las debilidades inherentes del hielo lo hicieran desmoronarse? Alley sabía que para cuando el Thwaites se retrajera por completo hacia el cuenco, el acantilado de hielo podía teóricamente alcanzar los 1.800 metros de altura: dos veces más alto que El Capitán, la famosa montaña de granito del valle de Yosemite. Imagínense peñascos de mil metros de altura cayendo sobre el mar. Es una noción surrealista, una que incluso el guionista de cine catástrofe más espeluznante consideraría inverosímil. Pero Alley se preguntaba si tal evento sí era posible. Y si lo era, ¿qué tan rápido podía ocurrir?

Como muchos cientificos climáticos, Alley hace tiempo que está fascinado con el derrumbe de los peñascos de hielo del glaciar Jakobshavn en Groenlandia. El Jakobshavn es el glaciar que más rápido se mueve en el mundo, adentrándose en el mar a una velocidad de 25 kilómetros por año. Si viste imágenes dramáticas de un glaciar derrumbándose, como en Chasing Ice, el documental de 2012, probablemente eran del Jakobshavn. Hace un par de años, cuando estaba trabajando en otra nota, lo sobrevolé en helicóptero. Me sorprendió lo agrietado y retorcido que estaba este glaciar color azul zafiro. Vi un pedazo enorme caer al agua. Noté cómo caía directamente, como si se hubiera abierto una puerta falsa debajo de él. Este era, entiendo ahora, un ejemplo clásico del derrumbamiento de un peñasco de hielo. No se cae. Simplemente implota.

Como Alley sabe mejor que nadie, hay muchos factores que controlan cuán rápido se puede adentrar un glaciar en el agua, incluyendo la cantidad de fricción de la tierra sobre la que se desliza, al igual que lo firme que lo sostienen las barreras de hielo. Pero otro tema es la fuerza del propio hielo. Hay muchas diferencias entre el glaciar Jakobshavn y el Thwaites. Por empezar, el Thwaites es muchas veces más grande. La cara que se desprende del Jakobshavn sólo tiene 15 kilómetros de largo, mientras que el Thwaites tiene más de 140. Además, el Thwaites no está limitado por un valle, como lo está el Jakobshavn, lo cual significa que no tiene mucha fricción a los costados para desacelerarlo. Si realmente ocurre, podría colapsar mucho más rápido que el Jakobshavn. Más importante, el Jakobshavn no está sobre un cuenco, como sí lo está el Thwaites. Puede desprenderse fácil, pero no es lo que los científicos llaman un sistema umbral. El Thwaites sí. Pero una cosa que tienen en común es que su integridad estructural -y el posible colapso futuro- está dictado por la física básica del hielo.

A más de 90 metros de altura, los peñascos de hielo del frente del Jakobshavn son los más altos del planeta. Hay una buena razón para ello. Alley y otros científicos descubrieron que los peñascos de hielo en los glaciares de terminación marina como el Jakobshavn o el Thwaites tienen un límite estructural de alrededor de 90 metros; después de todo, colapsan por el peso. De modo que, si bien hay secciones del Thwaites que tienen 1.800 metros de profundidad, Alley se dio cuenta, la integridad estructural del hielo no permitiría que el frente del glaciar se sostuviera tan alto. En otras palabras, los glaciares con un frente de hasta 90 metros pueden ser relativamente estables; después de eso, olvidate. Como me dice Alley: "Simplemente colapsan, colapsan, colapsan".

Un día, Alley estaba pensando en un problema que Dave Pollard, un colega de la Universidad de Pensilvania, y Rob DeConto, un científico climático de la Universidad de Massachusetts, Amherst, venían teniendo con su modelo climático. DeConto y Pollard colaboraban desde hacía años para desarrollar un modelo sofisticado que los ayudara a entender el impacto que tenía el calentamiento debido a la polución por el uso de combustibles fósiles en Groenlandia y la Antártida. Los modelos climáticos son programas de computadora que intentan capturar la física fundamental del mundo natural, como por ejemplo: si la temperatura sube un grado, ¿cuánto subirán las aguas en el mundo? No es una pregunta fácil, y requiere calcular todo, desde los cambios en cuánta luz solar refleja el hielo hasta cuánto hace que se expanda el océano Atlántico apenas un grado de calor. Los modelos mejoraron mucho en las últimas décadas, pero todavía no pueden simular todos los procesos del mundo real.

Una de las formas con las que los científicos testean lo bien que un modelo puede predecir el futuro es ver cuán bien recrea el pasado. Si podés probar un modelo hacia atrás y obtiene los resultados correctos, podés probarlo hacia adelante y confiar en que los resultados serán adecuados. Durante años, DeConto y Pollard estuvieron tratando de que su modelo recreara el Plioceno, la era de hace tres millones de años en la que los niveles de CO2 en la atmósfera estaban cerca de los de ahora, excepto que las aguas eran seis metros más altas. Pero, sin importar los botones que tocaran, no podían hacer que su modelo derritiera las barreras de hielo lo suficientemente rápido como para replicar lo que el archivo geológico les decía que había ocurrido. "Sabíamos que faltaba algo en la dinámica de nuestro modelo", me dice DeConto.

Alley sugirió que introdujeran su nuevo entendimiento de la física del hielo, incluyendo la integridad estructural del propio hielo (o su ausencia), y "ver lo que pasaba". Lo hicieron y, oh, el modelo funcionó. Fueron capaces de hacer que el Plioceno se derritiera como debía. En efecto, encontraron el mecanismo faltante. Su modelo ahora estaba probado.

Por supuesto, lo siguiente que hicieron DeConto y Pollard fue probarlo hacia adelante. Lo que encontraron es que, en escenarios de alto nivel de emisión -es decir, el camino en el que estamos hoy-, en lugar de una contribución en el aumento del nivel del mar de prácticamente cero de la Antártida para el año 2100, había más de un metro, sobre todo de la Antártida Occidental. Si agregás un cálculo bastante conservador de la contribución al aumento del nivel del mar por parte de Groenlandia en el mismo tiempo, al igual que la expansión de los océanos, tenés más de un metro y medio. Es decir, el doble que el escenario más alto del IPCC.

Para cualquiera que viva en Miami Beach o Brooklyn o la Back Bay de Boston o cualquier otro barrio en una costa, la diferencia entre un aumento de un metro y de un metro y medio para 2100 es la diferencia entre una ciudad inundada pero habitable y una ciudad sumergida. Son miles de millones de dólares de propiedades inmobiliarias en la costa, sin mencionar las vidas de 145 millones de personas que viven a menos de un metro del nivel del mar, muchos de ellos en países pobres como Bangladesh e Indonesia. La diferencia entre un metro y un metro y medio es la diferencia entre una evacuación de las costas manejable y un desastre de refugiados de décadas de duración. Para muchas naciones de las islas del Pacífico, es la diferencia entre sobrevivir y extinguirse.

Por supuesto, DeConto y Pollard pueden estar equivocados. O podría haber mecanismos que no consideraron y que pueden hacer que el colapso sea menos rápido. Alley se pregunta si el hielo se va a caer tan rápido que creará un embotellamiento de icebergs frente a él -llamado mélange- que puede apoyar a los peñascos de hielo y evitar que colapsen. Christianson y otros están investigando el suelo debajo del glaciar para ver cuán resbaloso es, o para encontrar irregularidades en la pendiente del bowl que puedan hacer que el glaciar se sostenga un siglo o dos. A DeConto le interesa la nieve firn, la capa de nieve vieja que todavía no se transformó en hielo. "Depende de cómo se canalice el agua de deshielo, podría tener un gran impacto en cuán rápido se fracture el hielo", dice DeConto. Podría desacelerarse. Pero, como advierte DeConto, podría también acelerarse. La falta de certeza corre en ambas direcciones, y en cuanto empiece el colapso de la Antártida Occidental, podría seguir hasta que las aguas suban cuatro metros.

En cualquier caso, la amenaza es clara. En un mundo racional, la conciencia de estos riesgos llevaría a rápidos y profundos recortes en la polución por carbono para desacelerar el calentamiento, al igual que a inversiones en más investigaciones en la Antártida Occidental, para entender mejor lo que está pasando. En su lugar, los americanos eligieron a un presidente que piensa que el cambio climático es una farsa, que está empecinado en quemar más combustibles fósiles, que instala al CEO de la compañía de petróleo más grande del mundo como secretario de Estado, que quiere cortar el presupuesto de la ciencia sobre el clima y, en su lugar, gastar casi 70.000 millones de dólares para construir un muro en la frontera mexicana y otros 54.000 millones para reforzar el ejército.

Cuando Kerry regresó de la Antártida, conversamos sobre los ataques de la administración Trump a la ciencia climática, incluyendo la decisión de borrar toda mención al cambio climático de la página web de la Casa Blanca. "Un momento tan ludita", dice Kerry. "Subraya la ausencia de hechos más cruda que hay en sus procesos. Como si despojar la página web de algo tan importante como eso fuera, de algún modo, a resolver el problema. Es para reírse. Es difícil encontrar palabras para esto, realmente. Me temo que este símbolo tan grande de un nuevo 'no saber nada' es realmente peligroso para nuestro país, y para el mundo."

Al final, nadie puede saber exactamente cuánto tiempo más van a ser estables los glaciares de la Antártida Occidental. "No sabemos cuál es el límite superior para lo rápido que puede pasar esto", dice Alley, y suena un poco asustado. "Estamos lidiando con un evento del que ningún humano hasta ahora fue testigo. No tenemos una analogía para esto." Pero está claro que gracias a nuestro atracón de 200 años de combustibles fósiles, el colapso de la Antártida Occidental está en camino, y que todos los propietarios de condominios en Miami Beach, y los granjeros de Bangladesh, están viviendo a merced de la física del hielo. El propio Alley nunca lo dijo así, pero en la Antártida Occidental, los científicos descubrieron el motor de la catástrofe.

jueves, 9 de noviembre de 2017

EE.UU. con reducida presencia oficial en cita sobre cambio climático

Publicado por: Redacción Tiempo21 9 noviembre, 2017 


Washington.- Estados Unidos tendrá una delegación oficial reducida y de menor rango en la 23 Conferencia de las Partes de la Convención de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, que prosigue hoy en la ciudad alemana de Bonn.

De acuerdo con reportes de prensa, a diferencia de ediciones anteriores esta vez no asistirán a la cita el secretario de Estado ni el administrador de la Agencia de Protección Ambiental.

La cifra de delegados estadounidenses, quienes estarán encabezados por Thomas Shannon, subsecretario de Estado para Asuntos Políticos, será de 48, menos de la mitad de los participantes en las reuniones anteriores de París y Marrakech, Marruecos, en 2015 y 2016.

Sin embargo, en la urbe germana estarán presentes autoridades a nivel de estado y locales como los gobernadores de California, Jerry Brown; Virginia, Terry McAuliffe; Oregón, Kate Brown; y Washington, Jay Inslee.

Asimismo, lo harán el exvicepresidente estadounidense Albert Gore y los senadores demócratas Ben Cardin, por Maryland, Jeff Merkley (Oregón) y Brian Schatz (Hawái).

El presidente estadounidense, Donald Trump, anunció el pasado 1 de junio en la Casa Blanca el propósito de retirar a su país del Acuerdo de París sobre cambio climático.

Durante su alocución, el jede de Estado consideró que la participación en el mecanismo era el último ejemplo de cómo antes de su administración Washington entraba en tratados que ponían en desventaja a Estados Unidos y favorecían a otros territorios.

Según los cálculos del gobernante republicano, lo convenido en París “castigaría” a esta nación e instituiría “restricciones energéticas onerosas” que obstaculizarían el crecimiento económico, especialmente en las industrias manufactureras.

Afirmó que cumplir con las normas de emisión de gases de efecto invernadero les costaría cerca de tres billones (millones de millones) de dólares en pérdida del Producto Interno Bruto y 6,5 millones de empleos industriales. (Prensa Latina)
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