"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí
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lunes, 16 de septiembre de 2013

La Empresa Social: Una alternativa frente a la insostenibilidad mundial

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Por Soledad Parra


El aumento de los problemas sociales y medioambientales en la mayoría del planeta, que ni los gobiernos por sí solos, ni el tercer sector, ni las instituciones multilaterales como el banco Mundial y menos los mercados han logrado superar, ha generado la aparición de varias tendencias globales, que ya se pueden distinguir más claramente durante esta última década, con respecto a la creación de nuevos tipos de organizaciones o a la transformación de las ya existentes.

La primera tendencia empujó a las tradicionales empresas privadas u organizaciones con fines de lucro (for profit) y/o los llamados «emprendimientos por oportunidad», para que volvieran su mirada lentamente hacia la solución de problemas sociales y medioambientales, a través de la «Responsabilidad Social Empresarial». Aunque existe un consenso en cuanto a que este impulso hacia la RSE, se debe en gran parte a la búsqueda y necesidad de crear una imagen positiva hacia sus grupos de interés, por lo tanto, este concepto y sus correspondientes acciones se fundamenta sólo sobre buenas intenciones, sin ningún control o regulación que permita medir y hacer sostenibles los esfuerzos.
Una segunda tendencia ha incentivado a las tradicionales organizaciones sin fines de lucro (non-profit), las que suelen llamarse ONGs, que pueden ser asociaciones, corporaciones, fundaciones, cooperativas, etc., que pertenecen al Tercer Sector o a la llamada Economía Social, insertas dentro de los «emprendimientos sociales», y que solían financiarse principalmente por donaciones privadas y/o subvenciones públicas, para que se incorporen al mundo de los negocios con el objetivo de generar ingresos propios, debido a la disminución de esos montos de dinero donado o subvencionado por una mayor competencia para su obtención, lo que además les permite ser más independientes y lograr su auto-subsistencia.
Una tercera tendencia global generada por un entorno de carencias (pobreza, desempleo, etc.) ha impulsado la creación de organizaciones que nacen de la necesidad dentro de los llamados «emprendimientos por necesidad», ya sea para superar la pobreza, para mejorar la calidad de vida familiar o para lograr un ingreso que no se ha podido alcanzar a través del empleo remunerado. Y aquí se encuentran todas las microempresas nacidas principalmente en los países en desarrollo a través de los microcréditos, aunque también este fenómeno se puede observar en países desarrollados en un nivel diferente donde los profesionales se vuelven autónomos o independientes, debido a la gran crisis financiera y su consecuencia en cuanto a desempleo y falta de oportunidades.
Y una cuarta e incipiente tendencia mundial motivada en gran parte por la futura escasez de recursos naturales (ej.: agua, suelo cultivable, etc.) y conflictos sociales latentes (ej.: desigualdad, hambruna, etc.) empuja hacia la creación o transformación de las organizaciones existentes en entidades sostenibles, es decir hacia los llamados «emprendimientos sostenibles o sustentables». Esto significa que deben cumplir con tres condiciones: solucionar o al menos no crear ningún problema social, respetar el medioambiente y si es posible mejorarlo en su entorno, y además, ser económicamente rentables y auto-suficientes.
Si analizamos las tendencias anteriores, podemos constatar que todas las organizaciones tienden a transformarse en híbridas en alguna medida, dentro de una línea continua que en un extremo tiene a su misión económica y en el otro extremo a su misión social/medioambiental. En otras palabras, se encuentran entre una «organización con fines de lucro» la que se financia a través de la generación de ingresos provenientes principalmente de la venta de productos y servicios, y en la que la medición de su éxito se lleva a cabo, a través del resultado anual de sus beneficios; y una «organización sin fines de lucro», en la que la medición de sus resultados se observa a través del mejoramiento social/medioambiental, el cual es difícil de evaluar porque entre otras cosas no está estandarizado, mientras se financia con donaciones y/o subvenciones estatales (Fig. 1 y 2).
Entonces, debido a que los actuales mercados sin trabas dentro del sistema globalizado de economía libre, aunque son fuentes de inspiración y libertad para todos (energía creativa, eficiencia y dinamismo), no han sido significativos para resolver la gran complejidad de los problemas sociales a través de sus sistemas de ayuda, y en cambio han podido exacerbar la pobreza, la contaminación y la desigualdad, se ha generado un nuevo tipo de organización que corresponde a un híbrido entre la organización confines de lucro y la organización sin fines de lucro: la Empresa Social(Social Business; Social Enterprise; B Corp) (Fig. 3). La que se reconoce que ha tenido un rápido crecimiento en la cantidad, tipo e impacto social a través del mundo y se espera que siga creciendo en número e importancia.
No hay una definición comúnmente aceptada de «Empresa Social». La OCDE – Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico, la ha definido como cualquier actividad privada dirigida hacia el interés público, organizada con una estrategia emprendedora, pero cuyo principal propósito no es la maximización del beneficio sino el logro de ciertas metas económicas y sociales, y la cual tiene una capacidad de entregar soluciones innovadoras a los problemas. En otras palabras, ellas son negocios basados alrededor de valores que ponen énfasis directamente sobre la satisfacción de necesidades sociales que construyen valor para los grupos de interés. El criterio sobre qué porcentaje de financiamiento tiene que provenir desde los ingresos propios (no por donaciones ni subvenciones), para que una organización sea clasificada como empresa social, está todavía en debate, aunque como regla general se asume un mínimo del 50%, lo que ha permitido llamar «empresa social» a múltiples tipos de organizaciones híbridas (entre for profit y non-profit) dedicadas a la vez a diversos tipos de actividad.
Es por lo anterior que cabe destacar dentro de la categoría de empresas sociales, una definición con límites mucho más claros y acotados, la que el economista Muhammad Yunus, Premio Nobel de la Paz 2006, ha llamado el negocio social o «social business». Este es un negocio sostenible, auto-sustentable, que tiene como misión proveer beneficio social/medioambiental (compitiendo en el mercado con los que buscan sólo maximizar sus ganancias), en el cual los excedentes se reinvierten en la misma empresa (porque ésta tiene que ser rentable, sin pérdidas), la que no entrega dividendos a sus inversores, sólo les devuelve la inversión realizada sin intereses y fomenta la creación de un mercado de accionistas separado del resto de negocios (de aquellos que sólo buscan maximizar su beneficio), para atraer inversionistas «sociales».
Esto significa que esta organización sostenible tiene como prioridad una misión social/medioambiental (reconoce la naturaleza multidimensional del ser humano, no sólo la dimensión económica), sin dejar de lado la rentabilidad económica que es esencial para su sobrevivencia. Y por supuesto para llevarla a cabo en algunos países es necesario fomentar el cambio de la legislación para apoyar su desarrollo.
Es este último y nuevo paradigma, que permite reordenar e integrar los polos extremos entre privado v/s público, con fines de lucro v/s sin fines de lucro, etc., un modelo alternativo que se vislumbra con potencial de ayudar a solucionar los problemas económicos, sociales y medioambientales que enfrentamos globalmente. Y para que esto suceda se requiere fomentar un cambio de valores, para que cada vez más los nuevos emprendedores y los ya empresarios estén comprometidos y tengan como prioridad la misión social/medioambiental de su organización, que sólo utiliza lo económico como un medio no como un fin. Como dice Yunus, podemos reconfigurar nuestro mundo si podemos reconfigurar nuestras mentes.EcoPortal.net
Figura 3
Referencias
- Block, J. and Wagner, M. (2010) Necessity and Opportunity Entrepreneurs in Germany: Characteristics and Earning s Differentials. SBR, 62, pp. 154-174
- Bosma, N. and Levie, J. (2009) GEM - Global Entrepreneurship Monitor: 2009 Global Report. Babson College (EEUU), Universidad del Desarrollo (Chile) y Reykjavík University (Islandia), pp. 1-73
- Dean, T. and McMullen, J. (2007) Toward a theory of sustainable entrepreneurship: Reducing environmental degradation through entrepreneurial action. Journal of Business Venturing, 22, pp. 50-76.
- Fowler, A. (2000) NGDOs as a moment in history: beyond aid to social entrepreneurship or civic innovation?Third World Quarterly, 21 (4), pp. 637-654
- Kadol, N. (2011) The social business undertakings as a basis for the sustainable development economy.Human Resources: The Main Factor of Regional Development, 4, pp. 89-97
- Madill, J., Brouard, F. & Hebb, T. (2010) Canadian Social Enterprises: An Empirical Exploration of Social Transformation, Financial Self-Sufficiency, and Innovation. Journal of Nonprofit & Public Sector Marketing, 22, pp. 135–151
- Spear, R., Cornforth, C. & Aiken, M. (2009) The governance challenges of social enterprises: evidence from a UK empirical study. Annals of Public and Cooperative Economics, 80 (2), pp. 247–273
- Waddock, S. and Post, J. (1991) Social Entrepreneurs and Catalytic Change. Public Administration Review, 51 (5), pp. 393-401
- Yunus, M. (2007) Creating a World without Poverty, Social Business and the Future of Capitalism. New York, PublicAffairs
- Zietlow, J. (2002) Releasing a New Wave of Social Entrepreneurship. Nonprofit Management & Leadership, 13 (1), pp. 85-90
- Zietlow, J. (2001) Social Entrepreneurship: Managerial, Finance and Marketing Aspects. Journal for Nonprofit & Public Sector Marketing, pp. 19-43

miércoles, 24 de octubre de 2012

Empresas de Energías Renovables Advierten a Gran Bretaña de Apostar por las Energías Renovables

 

Las empresas privadas de energías renovables han dejado claro al gobierno de Gran Bretaña, que si el gobierno no hace nada por impulsar las energías renovables, comenzarán a disminuir las inversiones del sector en el país hasta el punto de retirar por completo todas sus inversiones y proyectos.
 
El mensaje esta claro, 50 empresas del sector mandaron un mensaje a George Osborne, el ministro de Hacienda, que hasta el momento no ha mostrado un compromiso claro con el desarrollo de una economía con un crecimiento sostenible y verde.
 
Las empresas privadas por supuesto y sobre todo las que tienen grandes cantidades de dinero invertidas en el país de energías renovables, tienen miedo a que pase lo mismo que pasó en España. Para que las energías renovables tengan un buen futuro y una solución sostenible a largo plazo se necesitan objetivos muy claros y ambiciosos.
 
Otros países de la Unión Europea tienen sus objetivos claros y entonces van por muy buen camino, es el caso de Finlandia que su principal objetivo es cerrar todas las centrales térmicas de carbón que tienen actualmente para el año 2025, Noruega por ejemplo, ha anunciado que duplicará los impuestos sobre el carbón y el petróleo para incentivar así más el uso de las energías renovables. Dinamarca es otro país que ha logrado un importante objetivo de que el 25% de su consumo eléctrico provenga de energías renovables y lo han logrado 8 años antes de lo previsto.

sábado, 20 de octubre de 2012

La 'agricultura vertical', de la ciudad a la ciudad .

OWEN FLETCHER

¿Quiere ver de dónde podría venir su comida en el futuro? Alce la vista.
Las semillas de una revolución agrícola están echando raíces en ciudades de todo el mundo, un movimiento que los impulsores dicen que cambiará la forma en que los urbanitas obtendrán sus frutas y verduras y en el proceso resolvería algunos de los mayores problemas ambientales del mundo.

Se la llama agricultura vertical, y está basada en un principio simple: en vez de transportar alimentos en camiones desde los campos a las ciudades, los frutos se cultivan tan cerca de casa como sea posible, en invernaderos urbanos que se extienden hacia arriba.

La idea está floreciendo en muchas maneras. Está el edificio triangular de 12 pisos que se erige en Suecia, donde las plantas viajarán en desde el último piso hasta el primero para aprovechar la luz solar y facilitar la recolección. Luego está lo que alguna vez fue una empaquetadora de carne en Chicago, donde las verduras se cultivan en balsas flotantes, alimentadas por los residuos de los acuarios cercanos.
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Como sea que se implemente la agricultura vertical, sus promotores dicen que los beneficios inmediatos serán visibles. No habrá tantos camiones de entrega engullendo combustible y botando humo por sus tubos de escape, y los comercios en las ciudades tendrán un acceso más fácil a alimentos frescos y saludables.

Más adelante, dicen los impulsores, la agricultura vertical podría traer cambios incluso más grandes y radicales. La agricultura bajo techo reduciría el uso de pesticidas y herbicidas que contaminan el medio ambiente. La preservación o recuperación de los ecosistemas más naturales podría desacelerar el cambio climático. Y cuanta más comida se produzca en interiores, menos susceptibles seremos a crisis ambientales que alteran los cultivos y elevan los precios hasta las nubes.

Dickson Despommier, profesor de microbiología en la Universidad de Columbia, que desarrolló la idea de la agricultura vertical con un grupo de estudiantes en 1999, piensa que la técnica se volverá más y más atractiva a medida que el cambio climático aumente el costo de la agricultura convencional y los avances tecnológicos hagan más barata la agricultura de invernadero. De hecho, espera que el mundo sea capaz de producir la mitad de sus alimentos en granjas verticales en 50 años.

Una idea que se extiende
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Una gran cantidad de granjas verticales ya funciona en varias partes del mundo, y otras están en construcción. Algunas están respaldadas por organizaciones sin fines de lucro orientadas a promover causas ambientales o la creación de empleo local. Otras serán empresas con fines de lucro destinadas a satisfacer la demanda de frutos locales. Y otras, como una en Corea del Sur, son financiadas por los gobiernos que buscan aumentar la seguridad alimentaria nacional.
Hasta ahora, las granjas verticales producen sólo una pequeña cantidad de comida. Sus impulsores todavía están desarrollando diferentes diseños de construcción y técnicas para mejorar la eficiencia del cultivo en interiores. Sin embargo, todavía no ha surgido un probado modelo de negocio basado en el concepto.
Un ambicioso proyecto en construcción está tratando de resolver esos retos. La granja triangular en Linköping, Suecia, será una de las granjas verticales más altas del mundo. No sólo Plantagon, la empresa sueca detrás del proyecto, venderá sus alimentos en la ciudad, sino que también alquilará espacios para oficinas en la mayoría de los pisos del edificio.

Precio que compensa
"Es mucho más costoso, por supuesto, construir un invernadero vertical que uno convencional", reconoce Hans Hassle, presidente ejecutivo de Plantagon. Sin embargo, las fuentes de ingresos previstas ayudarán a compensar eso y los costos de energía serán menores debido a que la instalación utilizará los residuos procedentes de varias fuentes, tales como el calor de una central eléctrica cercana y el biogás producido por la conversión de la propia basura orgánica del edificio. En total, las medidas de ahorro previstas reducirán el consumo de energía del edificio entre 30% y 50%, dice Hassle.
Plantagon planea un modelo de demostración en Shanghai o una planta de investigación en Singapur. Esos son buenos lugares para la idea, opina Hassle, porque son sociedades muy densas y urbanizadas que de por sí ya necesitan producir más comida localmente.
En EE.UU., las granjas verticales están brotando en las zonas urbanas de todo el país, algunas en viejos edificios que han sido reutilizados para la agricultura. En general, utilizan diferentes técnicas para ahorrar espacio, reducir el consumo de agua e incluso evitar la necesidad de tierra.

¿Soluciones más sencillas?
Sin embargo, muchos expertos no están convencidos de la agricultura vertical. El argumento central en su contra es que las granjas convencionales son los lugares más simples y más eficientes para producir alimentos. El cultivo de alimentos en invernaderos, utilizando luz artificial y otros equipos especiales representa más esfuerzo y gastos y anula las ventajas de estar más cerca de los consumidores, dicen los críticos.
Es por eso que George Monbiot, escritor y activista ambiental de Inglaterra, dice que no hay "ninguna posibilidad" de que técnicas más complicadas como las de la agricultura vertical puedan contribuir sustancialmente a la producción mundial de alimentos.
Del mismo modo, R. Ford Denison, profesor adjunto de ecología agrícola de la Universidad de Minnesota, cree que el uso de las granjas verticales anularía cualquier ahorro de combustible del transporte. "Movilizar alimentos de la granja a la tienda es una fracción ínfima del consumo total de la energía en la agricultura", sostiene.
Los partidarios de la agricultura vertical dicen que la comparación de ambos métodos no es procedente, ya que los gobiernos subsidian fuertemente los gastos, incluyendo el seguro de las cosechas a la agricultura tradicional, lo que reduce en gran medida los costos y riesgos que enfrentan los agricultores de las condiciones climáticas impredecibles.

Seguridad alimentaria
Las voces a favor también sostienen que la ecuación cambiará probablemente a medida que el clima severo haga del cultivo interior una alternativa más segura y confiable para regular su crecimiento. No sólo el aumento del costo de la agricultura convencional hará que las granjas verticales parezcan mejores por comparación, señalan, sino que en algunos lugares terminarán consiguiendo subsidios.
"Si imaginamos que la agricultura vertical se va a convertir en parte de un programa de seguridad alimentaria de una nación, entonces es natural que esa parte de la industria necesite subsidios", dice Hassle, de Plantagon.

viernes, 17 de febrero de 2012

¿Entienden bien sus defensores las implicaciones políticas radicales de una economía de crecimiento cero?

Por Ted Traiiner
A lo largo de cincuenta años se ha ido acumulando la literatura que señala la contradicción entre la búsqueda del crecimiento económico y la sostenibilidad ecológica, aunque haya tenido un efecto poco apreciable sobre la teoría o la práctica de la economía. Unos pocos han seguido intentando introducir la economía del estado estacionario en la agenda, pero sólo en los últimos años ha comenzado esta discusión a tomar impulso. La tesis inicial que aquí sostenemos es que no se puede reformar ni reparar la sociedad de consumo capitalista: Se ha de desechar y rehacer en gran medida de acuerdo sobre bases bastante distintas.
A lo largo de cincuenta años se ha ido acumulando la literatura que señala la contradicción entre la búsqueda del crecimiento económico y la sostenibilidad ecológica, aunque haya tenido un efecto poco apreciable sobre la teoría o la práctica de la economía. Unos pocos, especialmente Herman Daly (2008), han seguido intentando introducir la economía del estado estacionario en la agenda, pero sólo en los últimos años ha comenzado esta discusión a tomar impulso. Prosperity Without Growth (2009) de Jackson, ha gozado de un amplio reconocimiento, y ha surgido ya un movimiento europeo substantivo en torno al “decrecimiento” (Latouche, 2007), y CASSE (2010).
La argumentación de este artículo (1) se cifra en que no se han entendido bien en absoluto las implicaciones de una economía de estado estacionario, especialmente por parte de quienes la defienden. La mayoría actúa como si pudiéramos o debiéramos eliminar el elemento del crecimiento, mientras dejamos el resto más o menos tal cual. Habrá que argumentar en primer lugar que esto no es posible, porque no es ésta una economía que tenga crecimiento; es una economía de crecimiento, un sistema en el que la mayoría de las estructuras y procesos centrales entrañan crecimiento. Si se elimina el crecimiento, entonces habrá que encontrar modos radicalmente diferentes de llevar a cabo muchos procesos.
En segundo lugar, los críticos del crecimiento actúan de forma característica como si fuera la única cosa, la cosa primordial o suficiente que hay que resolver, pero se argumentará que los problemas de primer orden que hemos de encarar no pueden resolverse a menos que se rehagan de modo radical varios sistemas y estructuras fundamentales en el seno de la sociedad capitalista de consumo. Lo que hace falta es un cambio social mucho mayor que el que ha atravesado la sociedad occidental en varios cientos de años.
Antes de prestar apoyo a estas afirmaciones, es importante delinear la situación general de “límites del crecimiento” a la que nos enfrentamos. En general, no se advierte la magnitud de la gravedad del problema global medioambiental y de recursos. Sólo cuando se entiende esto, es posible comprender que los cambios sociales exigidos deben ser inmensos, radicales y de largo alcance. La tesis inicial que aquí sostenemos (y que se detalla en Trainer, 2010b) es que no se puede reformar ni reparar la sociedad de consumo capitalista: Se ha de desechar y rehacer en gran medida de acuerdo sobre bases bastante distintas.
Perfil de la defensa de los “límites del crecimiento”
El planeta se adentra hoy rápidamente en muchos problemas de envergadura, cualquiera de los cuales podría ocasionar el derrumbe de la civilización en no mucho tiempo. Los más graves son la destrucción, la privación del Tercer Mundo, el agotamiento de los recursos, los conflictos y guerras, y la descomposición de la cohesión social. La causa principal de todos estos productos estriba en la sobreproducción y el sobreconsumo: la gente trata de vivir en un nivel de opulencia demasiado elevado para poder sostenerlo o compartirlo entre todos.
Nuestra sociedad es enormemente insostenible – los niveles de consumo, el uso de los recursos y el impacto ecológico que tenemos en países ricos como Australia quedan bastante lejos de niveles que pudieran mantenerse durante mucho tiempo o ampliarse a todo el mundo. Sin embargo, la meta suprema de casi todos consiste en aumentar los niveles de vida materiales y el PIB y el consumo, la inversión y el comercio, etc. Lo más rápido posible y sin ningún limite a la vista. No hay elemento en nuestra condición suicida que sea más importante que esta insensata obsesión por acelerar el factor principal que causa esta situación.
Los siguientes puntos nos ilustran sobre la magnitud de este rebasamiento.
* Si los 9.000 millones de personas que tendremos sobre la Tierra en cincuenta años utilizaran recursos al ritmo per cápita de los países ricos, la producción anual de recursos tendría que ser ocho veces mayor de lo que es hoy.
* Si esos 9.000 millones consumieran una dieta norteamericana, necesitaríamos 4.500 millones de hectáreas de cultivo, y sólo disponemos de 1.400 millones de hectáreas de tierra cultivada en el planeta.
* Los recursos hídricos son escasos y menguantes. ¿Cuál será la situación si 9.000 millones tratan de utilizar el agua como hacemos en los países ricos, mientras el problema de los gases de invernadero reduce los recursos hídricos?
* Las pesquerías del mundo se encuentran hoy con serios problemas, la mayoría con sobrepesca y en declive. ¿Qué pasaría si los 9.000 millones intentaran consumir pescado al ritmo de los australianos de hoy en día?
* Es probable que diversos recursos minerales y de otro género pasen pronto a ser muy escasos, entre ellos el galio, el indio, y el helio, y hay inquietud respecto al cobre, zinc, plata y fósforo.
* Es probable que comience a menguar el petróleo y el gas, y que en buena medida no se pueda disponer de ellos en la segunda mitad de siglo. Si lo 9.000 millones consumieran petróleo al ritmo per cápita australiano, la demanda mundial sería cinco veces mayor de lo que es hoy. La gravedad de esto resulta extrema, dada la onerosa dependencia de nuestra sociedad de los combustibles líquidos.
* Recientes análisis de la “huella” ecológica muestran que se precisan ocho hectáreas de tierra productiva para proporcionar agua, energía, terreno de asentamiento y alimentos para una persona que vive en Australia. (World Wildlife Fund, 2009.) De manera que si 9.000 millones vivieran como nosotros, serían necesarias unos 72.000 millones de hectáreas de tierra productiva. Pero eso equivale a cerca de diez veces toda la tierra productiva disponible en el planeta.
* El argumento más inquietante es el referido a los gases de invernadero. Es muy probable que con el fin de impedir que el contenido de carbono en la atmósfera se eleve a niveles peligrosos, haya que eliminar por completo las emisiones de Co2 para 2050 (Hansen dice que para 2030). (Hansen, 2009, Meinschausen et al., 2009.) El geo-almacenamiento no nos lo permite, sólo sea porque únicamente puede captar cerca del 85% del 50% de las emisiones que proceden de fuentes estacionarias como centrales eléctricas.
Este tipo de cifras deja sobradamente claro que los “niveles de vida” materiales del mundo rico son enormemente insostenibles. Vivimos de un modo que resulta imposible de compartir por todos. No es que hayamos sobrepasado un poco los niveles sostenibles de consumo de recursos: es que los hemos sobrepasado en un factor de cinco a diez. Pocos parecen darse cuenta de la magnitud del exceso ni tampoco, por lo tanto, de las enormes reducciones que han de llevarse a cabo.
Añádanse hoy las implicaciones del crecimiento
Las cifras arriba señaladas se refieren a la actual situación, pero eso no define el problema al que nos enfrentamos. El problema es: ¿cuál será la situación en el futuro, dada la determinación de aumentar la producción y el consumo de modo continuo y sin límites?
Como mínimo, en esta sociedad se exige y se logra por lo común un crecimiento del 3% anual. Si Australia tuviese un aumento anual de su rendimiento hasta 2050 y para entonces los 9.000 millones de personas esperados hubiesen llegado a los niveles de vida materiales que tendrían los australianos, el mundo estaría produciendo casi veinte veces más de lo que produce hoy. Sin embargo, el actual nivel es insostenible de un modo alarmante.
“El progreso técnico lo hará todo posible”
Llegamos ahora al supuesto que asume la mayor parte de la gente, a saber, que no hay necesidad siquiera de pensar en poner en cuestión el crecimiento, y no digamos ya en reducir el consumo o la producción económica, por no hablar de recortar el PIB en un factor de 5 a 10. El punto de vista generalmente asumido es que “podremos seguir comprando montones de cosas, viviendo en casas inmensas, conduciendo distancias prolongadas, yendo de vacaciones, volando por todo el mundo, y disponiendo de un nutrido fondo de armario, etc., y aumentar nuestro consumo de todos estos bienes con cada año que pasa, porque nuestros magos de la tecnología encontrarán la forma de producir bienes de consumo y hacer que los coches sigan funcionando, etc., sin causar problemas de importancia. Desde luego que las tecnologías existen ya, lo que pasa es tan solo que nuestros embotados políticos nos han fallado a la hora de llevarlas a la práctica”.
Sin embargo, el rebasamiento es demasiado grande para que los avances técnicos plausibles puedan reducir los problemas a proporciones tolerables. Quizás el optimista más conocido del “arreglo técnico”, Amory Lovins, pretenda que podemos al menos doblar el rendimiento global mientras dejamos en la mitad los impactos sobre los recursos y medioambientales, es decir, podríamos lograr una reducción de “factor cuatro” (Von Weisacher y Lovins, 1997. Más recientemente se ha argumentado en torno a una reducción de factor cinco). Pero esto no significaría estar lo bastante cerca de resolver los problemas.
Asumamos que los actuales impactos globales sobre los recursos y el medio ambiente deben reducirse a la mitad. Se ha explicado que si nosotros en los países ricos tenemos una media de un crecimiento del 3%, y 9.000 millones de personas alcanzaran los niveles de vida de los que disfrutaríamos para 2050, la producción total del mundo sería veinte veces mayor de lo que es hoy. Es muy poco verosímil que los progresos técnicos hagan posible multiplicar el rendimiento económico total por 20 a la vez que se reducen a la mitad los impactos, es decir que permitan ¿una reducción de factor 40?
“Pero, ¿qué hay de las fuentes de energía renovables?”
No hay supuesto más común en el remedio técnico ni menos analizado que la idea de que se pueden substituir los combustibles fósiles por fuentes renovables de energía, permitiendo ese modo disponer de abundante riqueza energética, a la vez que se eliminan los problemas de los gases de invernadero y demás. La hipótesis contraria queda detallada en Renewable Energy Cannot Sustain A Consumer Society (Trainer 2007, y puesta al día en Trainer, 2008. Véase también Trainer, 2009 y 2010.) Así, por ejemplo, a continuación se indican las razones por las que no hay ninguna posibilidad de que todo el mundo pueda disponer de vehículos movidos por combustible de biomasa.
Probablemente será posible derivar siete toneladas de biomasa por hectárea de una producción a muy gran escala, y siete GJ de etanol por tonelada de biomasa. Esto supondría 2,6 hectáreas para producir los 128 GJ [un gigajoule (GJ) son mil millones de joules, equivalentes a 278 kWh; T.] que cada australiano utiliza cada año en petróleo más gas. Si los 9.000 millones de personas vivieran como los australianos de hoy en día, harían falta 23.000 millones de hectáreas de bosque en un planeta que sólo dispone de 13.000 millones de hectáreas de tierra.
Esto no significa que tengamos que olvidarnos de las renovables. Son las fuentes hacia cuya plena dependencia deberíamos ir moviéndonos lo antes posible. Pero no pueden hacer de combustible de una sociedad de consumo para todos. Tienen que formar parte de esa “forma más sencilla” esbozada anteriormente.
El fracaso de los Verdes
Pese a lo abrumadora que resulta la argumentación contraria al crecimiento, y el argumento de que no es posible resolver el problema del medio ambiente a menos que pasemos a una economía de crecimiento cero, los movimientos y partidos políticos verdes han ignorado casi por completo la cuestión. El partido de los Verdes alemanes entendió la necesidad de un vasto y radical cambio de sistema que nos alejara de la sociedad de consumo capitalista. Sin embargo, hoy en día casi todos los esfuerzos verdes se dirigen a intentar simplemente reformar esa sociedad, de tal modo que se reduzca de algún modo su agresión al medio ambiente, y prácticamente no hay campañas verdes encaminadas a llevarnos hacia un tipo de sociedad que no destruya inevitablemente y cada vez más el medio ambiente. Casi no prestan atención a la cuestión del crecimiento (así, por ejemplo, el reciente libro de Geoff Mosley detalla la negativa continuada de la Australian Conservation Foundation a ocuparse de ello. Mosley, 2010).
De manera semejante, los partidos políticos verdes no discuten el crecimiento económico o de población y se centran en cambio en reformas que nunca ponen en tela de juicio el crecimiento y la opulencia. Los verdes se encuentran entre quienes presentan las afirmaciones más contundentes acerca de que la tecnología puede resolver los problemas, eliminando toda necesidad de encarar el cambio de sistema...y los políticos son responsables de no aplicar las soluciones disponibles. La razón de este fracaso/negativa estriba, por supuesto, en que si se manifestaran contrarios a la búsqueda del crecimiento y la opulencia en una sociedad ferozmente obsesionada con estas metas, perderían rápidamente a sus partidarios.
Un contexto más amplio
La ingente insostenibilidad de la sociedad capitalista de consumo no es más que el primero de los dos argumentos demoledores en contra de que sea aceptable. El otro tiene que ver con la extrema y brutal injusticia inserta en la economía global, y sin la cual no podríamos disponer en los países ricos de niveles de vida materiales tan elevados.
La economía global entrega la mayoría de la riqueza mundial en recursos, a saber, del petróleo, a los países ricos. Tal es el caso debido simplemente a que se trata de un sistema de mercado y en el mercado las cosas de mayor escasez y valor se destinan a los ricos, pues son ellos quienes más pueden pagar por recursos y bienes.
El mismo principio garantiza que el desarrollo que tiene lugar en el Tercer Mundo no va mucho más allá de enriquecer a las corporaciones de los países ricos, las élites del Tercer Mundo y la gente que compra en los supermercados de los países ricos.
La economía global ignora totalmente las necesidades y derechos de la gente y los ecosistemas. Permite y garantiza que 850 millones de personas pasen hambre mientras se alimenta a los animales de los países ricos con 600 millones de toneladas de cereales cada año, y la mayor parte de la mejor tierra de muchos países con hambre se dedique a cultivos para la exportación. El desarrollo convencional, es decir, el desarrollo determinado por las fuerzas de mercado y el beneficio, es claramente, por tanto, una forma de saqueo: utiliza la capacidad productiva del Tercer mundo para enriquecernos a nosotros, no a ellos.
La teoría y práctica del desarrollo convencional se basa en la idea del “crecimiento y goteo” [trickle down, de la riqueza hacia abajo], es decir, en el supuesto de que si todos vamos con entusiasmo en pos del crecimiento en el mercado, ésta será entonces la mejor forma de elevar al Tercer Mundo a niveles de vida satisfactorios. ¡Qué delicia para los muy ricos! “No hace falta pensar en redistribuir la riqueza existente o en producir lo que se necesita, sólo lo que es rentable…únicamente producir lo que más enriquece a los que ya son ricos, y la riqueza irá goteando hasta enriquecernos a todos”. Esto equivale a decir que deberíamos contentarnos con un enfoque del desarrollo que pone en nuestras manos en los países ricos casi toda la riqueza del Tercer Mundo, mientras una minúscula fracción de la misma beneficia a la gente del Tercer Mundo.
El mayor punto ciego de esta teoría y práctica del desarrollo convencional es que esta meta es absolutamente imposible. La anterior discusión deja claro que no hay posibilidad de que el Tercer Mundo se desarrolle como los países ricos o disponga de los “niveles de vida” del mundo opulento, no hay en ningún lado recursos ni por asomo para ello.
“Pero, ¡mira China!” Sí, hay en la economía global lugares en los que la gente logra beneficios espectaculares y en el que hay beneficios significativos que van a la gente más pobre. Hay pruebas contundentes de que los “niveles de vida” de gran número de personas del Tercer Mundo están ascendiendo de forma notable (véase, por ejemplo, Rosling, 2009.) Sin embargo, esto no significa que el enfoque del “goteo” sea aceptable o que pueda resolver los problemas fundamentales.
En primer lugar, los mercados de exportación en auge de los que disfrutan los chinos se han tomado de mucha gente de los países pobres que antaño disponía de ellos, pero que ahora no gana para exportar las cosas que solía vender. También resulta fácil pasar por alto el hecho de que hay 800 millones de chinos que no participan de esa nueva riqueza (Hutton, 2007). Los sistemas basados en el mercado benefician en su mayor parte a la clase media y los ricos, y crean oportunidades limitadas para que algunos asciendan a la clase media. Pregúntese a los 500 millones de África, o a la mayoría de la gente de Haití y Tuvalu sobre los milagros del crecimiento y el goteo. La mayoría de ellos están sufriendo un PIB per cápita en declive (…lo que, por supuesto, sólo significa que tienen que trabajar más duro, recortar el precio de sus exportaciones, talar más bosques…). Muy poca cosa gotea hasta llegar a los más pobres, y la globalización ha aumentado el ritmo al que los recursos de los pobrísimos se transfieren a los ricos (para una amplia documentación, véase la nota ¡Que los ricos creen puestos de trabajo! 6 mitos).
Incluso para el caso de aquellas clases pobres que se benefician del enfoque del desarrollo de crecimiento y goteo, los ritmos muestran de modo evidente que necesitarían cientos de años para ponerse a la altura de los “niveles de vida” del mundo rico. Entretanto, los países ricos se habrían elevado a niveles estratosféricos… y los ecosistemas del planeta se habrían venido abajo hace mucho.
Aunque el enfoque del crecimiento y goteo estuviera resolviendo los problemas más graves, se trata evidentemente de una estrategia extremadamente despilfarradora e injusta. Por cada migaja que arroja a la mayoría pobre, los que ya son ricos acumulan una inmensa opulencia.
Los países ricos se toman muchas molestias para mantener asentada la injusta economía global. Utilizan la ayuda, el apoyo a regímenes brutalmente dictatoriales del Tercer Mundo, Paquetes de Ajuste Estructural del Banco Mundial, y suministro de armamento, y recurren a invasiones militares al objeto de mantener los gobiernos y sistemas que garantizan que nuestras corporaciones y compradores continúen haciéndose con la mayor parte de la riqueza en recursos del mundo y apoderarse de la mayoría de los mercados. Los países ricos impiden deliberadamente un desarrollo apropiado, es decir, la aplicación de la capacidad productiva del Tercer Mundo, su trabajo, tierra, habilidades y capital, que desarrollarían aquellas cosas sencillas que harían todo lo posible por incrementar el bienestar de sus respectivos pueblos. Las condiciones inscritas en los Paquetes de Ajuste Estructural del Banco Mundial desechan esto de modo explícito y decretan que la capacidad productiva debe quedar libre para que las fuerzas del mercado determinen a qué se destinará, que esté libre para que las corporaciones la utilicen de cualquier forma que maximice sus beneficios globales.
Nuestros elevados “niveles de vida” materiales no pueden seguir satisfaciéndose a menos que continúen estos sistemas y procesos espantosamente injustos. No podríamos ni por asomo vivir tan bien como vivimos si no nos hiciéramos con la mayoría del estaño, café, petróleo, etc., disponibles. El problema de la penuria del Tercer Mundo no podrá resolverse hasta que el mundo rico reduzca su consumo de forma espectacular y viva de algo semejante a la parte que le corresponde en justicia de la riqueza mundial en recursos. Sin embargo, su meta suprema consiste en aumentar sus niveles de producción, consumo y PIB.
Así pues, el crecimiento es causa principal de problemas globales
Este análisis de los “límites del crecimiento” resulta crucial si quiere entenderse la naturaleza del problema medioambiental, del agotamiento de recursos y los conflictos armados en el mundo. Aunque pueda haber muchos otros factores causales en juego, todos estos problemas se deben directa y primordialmente al hecho de que existe demasiada producción y consumo.
Así, por ejemplo, tenemos un problema ambiental debido a que se extraen muchísimos recursos de la naturaleza y se le devuelven con el vertido con creces de muchísimos residuos a un ritmo que el progreso técnico no puede reducir a niveles sostenibles. Tenemos un Tercer Mundo empobrecido y subdesarrollado porque la gente de los países ricos insiste en apoderarse de la mayoría de los recursos, entre ellos los que debería utilizar el Tercer Mundo para satisfacer sus propias necesidades. ¿Y qué probabilidades hay de alcanzar alguna vez la paz mundial si los recursos son escasísimos y no pueden usarlos todos al ritmo que lo hacen hoy en día sólo unos pocos, pero insistiendo en enriquecerse cada vez todo el tiempo ilimitadamente? Si se insiste en continuar en la opulencia, habrá entonces que armarse cuantiosamente, harán falta armas si se quiere continuar tomando más de lo que en justicia corresponde.
La calidad de vida
La paradoja última es que durante décadas ha estado claro en la literatura que aumentar el PIB de los países ricos no incrementa la calidad de vida (Eckersley, 1997; Speth, 2001.) De hecho, lo que probablemente estamos viendo hoy en día es cómo desciende la calidad de vida en los países más ricos. ¿Qué sentido tiene entonces esforzarse en pos del crecimiento económico?
“Pero el crecimiento nos hará tan ricos que podremos permitirnos salvar el medio ambiente”
Esta afirmación es característica de la mentalidad económica convencional... sólo con crear riqueza monetaria, podremos resolver todos los problemas gracias a ello. El error fatal de este argumento resulta transparente. Si no reducimos la producción de “riqueza” de modo espectacular y rápido, las consecuencias medioambientales eliminarán pronto nuestra capacidad de producir cualquier forma de riqueza.
¿Conclusión?
Puestos a repetirlo, la razón del anterior esbozo ha consistido en dejar clara la magnitud del problema. Las cantidades de producción y consumo que hoy tenemos en el mundo rebasan muchas veces los niveles de lo que podría ser sostenible. No se trata sólo de llegar a una economía que no crezca ya más; el imperativo reside en alcanzar una economía de estado estacionario en la que la producción, el consumo, la inversión, el comercio y el PIB sean fracciones muy pequeñas de sus actualidades cantidades. En la discusión que sigue intentaremos mostrar que esto significa que habrá, por tanto, que desechar las estructuras y sistemas centrales de esta sociedad.
Las implicaciones de largo alcance y profundamente radicales del crecimiento cero
El problema del crecimiento no es sólo que la economía haya crecido hasta hacerse demasiado grande, agotando hoy recursos y dañando y eventualmente destruyendo ecosistemas. El problema más central es que el crecimiento resulta integral para el sistema.
La mayoría de las estructuras y mecanismos básicos del sistema se ven impulsados por el crecimiento y no pueden funcionar sin ello. No se puede eliminar el crecimiento dejando el resto de la economía más o menos tal cual. Por desgracia, los partidarios del actual movimiento a favor del “decrecimiento” tienden a pensar que el crecimiento es como un aparato de aire acondicionado que funciona mal en una casa, que sólo hace falta retirarlo y el resto de la casa seguirá funcionando más o menos como antes.
Si nos deshacemos del crecimiento, no puede haber pagos con intereses. Si hay que devolver más de lo que se prestó o invirtió, en ese caso la cantidad total crecerá inevitablemente con el tiempo. La actual economía depende literalmente del pago con intereses de un modo u otro, una economía sin pago con intereses debería de disponer de mecanismos totalmente diferentes para llevar a cabo muchos procesos.
Así pues, hay que descartar casi la totalidad de la industria financiera, y substituirla por disposiciones mediante las cuales pueda disponerse de dinero, prestarlo, invertirlo, sin aumentar la riqueza de quien lo presta. Eso le resulta incomprensible a la mayoría de los actuales economistas, políticos y gente del común. Entre los problemas ligados a ello está el cómo mantenerse en la vejez, cuando esto no puede resolverse mediante planes caducos que dependen del rendimiento de los ahorros invertidos.
La actual economía se rige literalmente por ir en pos del enriquecimiento; esta motivación es la que garantiza una enérgica busca de opciones, adoptar riesgos, la construcción y el desarrollo, etc. La alternativa más evidente es que estas acciones se vean motivadas por un esfuerzo colectivo por hacer funcionar lo que la sociedad necesita, y organizar y producir y desarrollar estas cosas. Ello entraña una visión del mundo y un mecanismo de impulso enteramente diferentes. Dicha sociedad tendría que encontrar otra vía para garantizar la innovación, la iniciativa empresarial y el correr riesgos cuando la gente no pueda ya esperar enriquecerse merced a sus esfuerzos (esto no es necesariamente un problema difícil; véase Trainer 2010a, Ch. 5.)
El problema de la desigualdad se volvería grave y exigiría atención. No podría afrontarse asumiendo que “la marea alta levantará todos los barcos”. En la actual economía, el crecimiento “legitima” la atención y desactiva el problema. La extrema desigualdad no es fuente de un descontento significativo, porque puede decirse que el crecimiento económico eleva los “niveles de vida” de todo el mundo”. Pero si el pastel sigue teniendo un tamaño constante, y todo el mundo se ve todo el tiempo impulsado por la lucha competitiva por enriquecerse, al poco tiempo unos pocos de entre los más enérgicos/talentosos/despiadados se habrán quedado con la mayor parte del pastel. Habría que encarar y resolver esta desigualdad consciente y deliberadamente, lo que entraña decisiones sociales respecto a la distribución y porción justa… lo que implica nuevamente un tipo muy distinto de sociedad.
Por encima de todo, si no ha de haber crecimiento, no puede quedar ningún papel reservado a las fuerzas del mercado. Muchos de quienes se oponen al crecimiento no parecen darse cuenta de esto. El mercado significa maximizar, es decir, producir, vender e invertir con el fin de ganar todo el dinero que sea posible gracias a estos tratos para después intentar invertir, producir y vender más, al objeto de hacer nuevamente cuanto más dinero sea posible. Dicho de otro modo, existe una relación inseparable entre el crecimiento, el sistema de mercado y el imperativo de acumulación que define al capitalismo. Si hemos de terminar con el crecimiento, tenemos que deshacernos del sistema de mercado.
Los cambios arriba mencionados no podrían llevarse a cabo a menos que se produjera un profundo cambio cultural, que entrañe nada menos que abandone el deseo de sacar provecho. Durante más de doscientos años, nuestra sociedad occidental se ha centrado en la búsqueda del enriquecimiento, de la acumulación de riqueza y propiedad (la cuestión resulta central en los escritos de Polanyi, 1944, y Tawney 1922, en el surgimiento de la sociedad capitalista a partir de la sociedad medieval). Esto es lo que impulsa toda actividad económica, así como el comportamiento de individuos y empresas en el mercado, y se encuentra en el centro de la política nacional. La gente trabaja para conseguir todo el dinero que puede. Las empresas se esfuerzan en conseguir el máximo beneficio posible y por crecer todo lo que pueden. La gente comercia con el fin de hacerse más ricos de lo que eran. Las naciones se esfuerzan por enriquecerse sin cesar.
La cuestión de la que resulta lógicamente imposible huir es que en una economía de crecimiento cero no habría lugar a este motivo psicológico o proceso económico. La gente habría de preocuparse por producir y adquirir sólo esa cantidad estable de bienes y servicios que resulta suficiente para una calidad de vida satisfactoria, y no tratar de incrementar en modo alguno ahorros, riqueza, posesiones, etc. Sería difícil exagerar la magnitud de esta transición cultural. No puede existir una economía de crecimiento cero a menos que se produzca un enorme cambio en la mentalidad que es característica de la sociedad de consumo y que ha constituido la fuerza impulsora dominante de la cultura occidental durante varios cientos de años.
Subsistencia, obsequio, reciprocidad... suficiencia
La alternativa a una economía del crecimiento estriba de hecho en una economía de subsistencia, es decir, una economía en la que la gente produce para satisfacer necesidades estables y no para acumular riqueza. En sociedades tribales, campesinas, antiguas y medievales, así como en muchas comunas de hoy en día, se producen artículos no para venderlos con el fin de beneficiarse, de acumular dinero con el tiempo. (véase la discusión de Polanyi, 1944). Se producen para intercambiarlos por otros artículos necesarios de igual “valor”.
Los días de mercado nos permiten a todos adquirir las cosas que necesitamos, a cambio de una aportación a la satisfacción de las necesidades de los otros. Nadie intenta sacar beneficios del intercambio, todo el mundo intenta sólo intercambiar artículos de un cierto “valor” por otros del mismo “valor” (medido habitualmente en el tiempo de trabajo necesario para producirlos). La gente no va al mercado a hacerse rica (los mercaderes que visitaban las ciudades, generalmente con cosas innecesarias, objetos de lujo, para venderlas, comerciaban para obtener beneficio, pero en la Europa medieval constituían una minoría casi irrelevante en los márgenes de la corriente económica principal, y no se les respetaba).
En estas economías de subsistencia, la operación básica no consistía en conseguir sino en dar… sabiendo que los otros le darían a uno. Dicho de otro modo, el mecanismo económico clave era el obsequio y la reciprocidad. Las tribus están gobernadas por elaboradas reglas acerca de lo que es dar y recibir, que garantizan la manutención de todos (ninguna persona de las sociedades tribales es pobre o pasa hambre, salvo que los tiempos sean para todos difíciles).
Son esos los principios económicos que han de existir, nos gusten o no, en una economía satisfactoria, viable con la perspectiva de una escasez intensa e irremediable, en la que debemos desarrollar principalmente pequeñas cooperativas locales, economías estables centradas en satisfacer necesidades. Las preocupaciones centrales deben enfocarse hacia la organización de los recursos locales y las capacidades productivas para poder mantener a todos sin noción alguna de beneficio o enriquecimiento con el tiempo. El mecanismo básico debe consistir en dar a los demás y a la comunidad, sabiendo que nos darán lo que necesitemos (por ejemplo, contribuir a las abejas obreras voluntarias que mantienen los huertos de la comunidad).
La historia puede contemplarse en términos del daño finalmente causado por el impulso de obtener beneficio. A menudo surge una civilización que mantiene durante algún tiempo una considerable equidad, pero con el tiempo algunos consiguen riqueza y poder, y se desarrollan como clase con poder y privilegios crecientes que domina después al resto. Su deseo de obtener beneficios impulsa la búsqueda de más y más tierras, opulencia, esclavos… y fuentes exteriores de riqueza. Comienza una fase imperial. Se saquea la riqueza de otras regiones. Puesto que no existe concepto de lo que es bastante, en poco tiempo llegan a extralimitarse; se vuelve imposible mantener el imperio, y la civilización se autodestruye. En la actualidad, Occidente atraviesa esta fase de extralimitación que apunta a su declive, mientras que nos rebasa China, impulsada por esa misma obsesión decidida de enriquecerse y hacerse más poderosa. Esta triste historia no terminará hasta que los seres humanos aprendan a contentarse con lo que es suficiente.
Este tema es el núcleo del análisis de “The Simpler Way” (“Un camino más sencillo”): esta sociedad no tiene arreglo; sus elementos principales han de descartarse y reemplazarse (Trainer, 2010b) Lo que es más evidente es que no se puede reformar una economía de crecimiento para convertirla en una economía de crecimiento cero, y no se puede eliminar el elemento de crecimiento si se deja el resto tal cual; hay que levantar una economía completamente diferente. Y sobre todo, no se resolverán los muchos problemas que causa el perseguir el crecimiento sin desechar estructuras centrales de nuestra cultura, es decir, hasta que la gente en general se dé por contenta con lo que es suficiente, y programe y gestione economías que se centren en la subsistencia, el obsequio y la reciprocidad.
Así pues, la mayoría de la gente que apela a una economía estable no parece comprender las implicaciones de su campaña, ni las razones para pensar que sus posibilidades de éxito son insignificantes. Por encima de todo, no parecen haber pensado en los cambios sociales ligados a ello, muchos y muy profundos, que han de lograrse para poder eliminar el crecimiento.
¿Es compatible el capitalismo con una economía de crecimiento cero?
Debería ser evidente ya que una economía de crecimiento cero no puede ser una economía capitalista. El capitalismo se remite por definición a la acumulación, a ganar más dinero del invertido, con el fin de invertir la plusvalía para disponer de aún más… para invertirlo al objeto de hacerse más ricos. En una economía estable sería posible que unos pocos fuesen propietarios de la mayor parte del capital y las fábricas, y vivir de la renta de estas inversiones, pero serían como rentistas o terratenientes que obtienen una renta de su propiedad. No podrían verse impulsados a acumular, hacerse más ricos, aumentar la cantidad de capital que poseen e invertir para enriquecerse aún más. Si lo hicieran, unos poquísimos se quedarían rápidamente con casi toda la cantidad fija de renta y riqueza disponibles… y pronto el sistema se autodestruiría.
Hay quien, como Herman Daly, cree que el aumento de la “productividad” permitiría al capitalismo continuar en una economía de crecimiento cero. El contraargumento es que habría una ligera tendencia a que esto sucediese, pero que el efecto sería trivial y efímero.
Hay mucha gente en el movimiento cada vez mayor en favor del “decrecimiento” que no desea enfrentarse a la conclusión de que si uno desea deshacerse del crecimiento, habrá entonces que librarse del capitalismo e inevitablemente tendremos (algún tipo de) “socialismo”. Es decir, la economía no podría dejarse en ese caso a la competencia entre quienes poseen capital activo en los mercados libres que operan en el libre mercado. Como mínimo las decisiones económicas principales tendrían que adoptarse por medio de discusiones, debates y planificación sociales... porque se trata de la única alternativa lógica a dejar que los “mercados libres” y los poseedores de capital compitan por sacar provecho.
Resulta crucial recalcar de inmediato que esto no ha de significar que hayamos de aceptar un gran Estado autoritario, burocrático que se ocupe de todo y que es probable que no sea del gusto de nadie. Un bosquejo de una nueva economía aparece a continuación (y queda pormenorizado en el capítulo 4 de Trainer, 2010). Las decisiones principales habrían de tomarse colectivamente por parte de todos los miembros de pequeñas economías (pero con la mayoría de la economía en forma de empresas privadas).
¿Cuál es la alternativa?
Si debemos abandonar el crecimiento y reducir de modo ingente la producción y el consumo, entonces no hay más alternativa que desarrollar una economía que quede básicamente bajo control social, a saber, en la que discutamos, decidamos, planifiquemos y nos organicemos para producir esa cantidad estable de cosas fundamentales que necesitamos para hacer posible una alta calidad de vida para todos. En las condiciones de intensa escasez de recursos que se avecinan, para que las comunidades sean viables tendrán que ser en su mayor parte economías locales pequeñas, autosuficientes, que utilicen recursos del lugar para producir lo que necesitan los lugareños. Esas economías sólo pueden funcionar bien si el control se encuentra en manos de todos los ciudadanos, por medio de la democracia participativa ejercida a través de asambleas que representen a la ciudad entera. Esta visión haría posible que la mayoría de las empresas y explotaciones agrícolas fueran de propiedad privada o de cooperativas comunitarias, y dejaría poco que hacer a gobiernos municipales, de los estados o federales.
Aunque las razones en contra de proseguir el crecimiento y la opulencia han resultado en mi opinión abrumadoramente convincentes durante décadas, han sido ignoradas casi por completo. Y si bien atraen cada vez más atención en los márgenes de la profesión económica, se reconoce poco por desgracia cuán profundamente radical es la noción de crecimiento cero. Entraña lógicamente la terminación de varias estructuras y procesos fundamentales, de valores e ideas asumidas, desarrolladas a lo largo de cientos de años.
Si es válido este análisis respecto a los límites nos quedan sólo unas décadas para llevar a cabo esas inmensas transiciones. Dado que la corriente principal, resueltamente guiada por la profesión de los economistas, no muestra signo alguno de prestar atención a estas cuestiones, resulta difícil mantener la creencia de que disponemos de ingenio o voluntad para salvarnos.

Ted Trainer es profesor de teoría económica en Universidad de Nueva Gales del Sur, Australia; real-world economics review, 6 septiembre 2011. Traducción para SinPermiso: Lucas Antón. http://www.sinpermiso.info
Notas:
1. Este trabajo elabora y amplía una discusión de temas publicada en The International Journal of Inclusive Democracy, otoño 2010; véase Trainer, 2010.?
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martes, 27 de septiembre de 2011

¿Puede el mundo seguir alimentándose solo? .

Por Brian Carney

wintercarneyComo corresponde al presidente de la junta directiva de la empresa de alimentos más grande del mundo, Peter Brabeck-Letmathe cuenta calorías. Pero no es su propia dieta lo que preocupa a quien hasta 2008 era también presidente ejecutivo de Nestlé sino toda la comida que Estados Unidos y Europa están convirtiendo en combustible, mientras los más pobres del mundo cada vez pasan más hambre.
"Los políticos no entienden que entre el mercado de los alimentos y el de la energía hay un estrecho vínculo", sostiene Brabeck-Letmathe. Ese vínculo es la caloría.
La energía almacenada en un bushel de maíz puede servir de combustible para un auto o para alimentar a una persona. Y cada vez más, debido a la exigencia del uso de etanol como a los subsidios en EE.UU. y a los incentivos para el uso de biocombustibles en Europa, los terrenos antes dedicados al cultivo de alimentos de humanos o animales, ahora se destinan a la siembra de productos para el desarrollo de combustible. El cálculo más reciente del Departamento de Agricultura de EE.UU. predice que este año, por primera vez, el país cosechará más maíz para la producción de etanol que de alimentos. En Europa, cerca de 50% de la cosecha de colza será para la producción de biocombustibles, según Brabeck-Letmathe, mientras que "alrededor de 18% del azúcar de todo el mundo se utiliza en la actualidad para el biocombustible".
En cierto sentido, se trata de un logro notable. Cinco décadas atrás, cuando la población mundial era la mitad de la actual, catastrofistas como Paul Ehrlich advertían que el mundo se enfrentaba a una hambruna de proporciones bíblicas. Hoy, con casi 7.000 millones de bocas que alimentar, generamos tanta comida que ni pensamos sobre las toneladas que se queman para producir combustible.
O al menos no pensamos sobre eso en Occidente. Nos molesta un poco si el precio de nuestros cereales para el desayuno aumenta porque la producción agrícola se desvía hacia el etanol o el biocombustible. Pero si el precio del maíz o de la harina se duplica o se triplica en el Tercer Mundo, donde según Brabeck-Letmathe la gente "gasta alrededor de 80% de sus ingresos en alimentos", cientos de millones de personas tendrán hambre. Y a veces se rebelan, como ha ocurrido este año en Medio Oriente.
"Lo que hoy llamamos 'primavera árabe' en realidad empezó como una protesta contra el permanente aumento de los alimentos", señala Brabeck-Letmathe, durante un almuerzo en la sede global de Nestlé.
El ejecutivo tiene una amplia experiencia en el ámbito donde convergen los alimentos, la política y el desarrollo. Pasó la mayor parte de sus primeras dos décadas en Nestlé en América Latina. En 1970 fue enviado a Chile, donde el gobierno socialista de Salvador Allende amenazaba con nacionalizar la producción de leche, y con ello las operaciones de Nestlé en ese país. Sabe que la mayor parte del mundo no es tan afortunada.
"Hay una gran diferencia entre cómo vivimos esta crisis y la realidad para cientos de millones de personas, a quienes hemos empujado a la extrema pobreza con políticas equivocadas", dice Brabeck-Letmathe. En primer lugar está la euforia por los biocombustibles, impulsada por las preocupaciones sobre la independencia energética, el suministro de petróleo, el calentamiento global e, irónicamente, la estabilidad política en Medio Oriente.
A ello se añade, en especial en Europa, un miedo paralizante a los cultivos con organismos modificados genéticamente (OMG). Ese rechazo a utilizar "tecnología disponible" en la agricultura, sostiene Brabeck-Letmathe, ha detenido el aumento de la productividad agrícola que por varias décadas nos ha permitido alimentar muchas más bocas de lo que se creía posible.
Luego está la demografía. Las últimas décadas han visto "el nacimiento de más de 1.000 millones de nuevos consumidores en el mundo que han tenido la oportunidad de pasar de la pobreza extrema a lo que hoy llamaríamos una clase media moderada", gracias al crecimiento económico en lugares como China e India. Eso significa que 1.000 millones de personas tienen por primera vez "acceso a carne", sostiene Brabeck-Letmathe.
"En tanto, la demanda de carne tiene un efecto multiplicador de 10. Se necesitan 10 veces más tierra, 10 veces más alimentos, 10 veces más agua para producir una caloría de carne que para una de verdura o grano", explica el ejecutivo. Aun así, somos capaces de satisfacer ese aumento de la demanda. "Si los políticos de este mundo desean hacer frente a la seguridad alimentaria, solamente hay una opción: sólo deben decir 'basta de alimentos para producir combustible' y entonces volverá a haber equilibrio entre la oferta y la demanda", opina.
'Las calorías no cuadran'
Si no hacemos eso, no podemos esperar equiparar el frenesí por el biocombustible con las necesidades alimentarias del mundo. Las calorías no cuadran. "El mercado de la energía es 20 veces más grande, en calorías, que el de los alimentos", indica Brabeck-Letmathe. Por lo que "cuando los políticos dicen 'queremos reemplazar 20% del mercado energético por el mercado de los alimentos' significa que 'tendríamos que triplicar la producción de comestibles' para alcanzar esa meta, sostiene.
Incluso si pudiéramos hacer eso, nunca lo conseguiremos sin los cultivos genéticamente modificados y creyendo que el alimento "orgánico" es el nuevo estándar de seguridad, pureza y salud. La producción orgánica es furor en el Occidente rico, pero no podemos "alimentar el mundo con eso", asegura. La productividad agrícola con orgánicos es muy baja.
"Si uno se fija en los países que han introducido los OMG, su rendimiento por hectárea se incrementó en 30% en los últimos años. En tanto, el rendimiento de cultivos sin OMG se ha mantenido intacto o ha caído ligeramente", describe Brabeck-Letmathe. Y esa brecha, sostiene, "es una brecha voluntaria, por una decisión puramente política".
Según el ejecutivo de Nestlé, los europeos ricos y bien alimentados pueden darse el lujo de no producir OMG porque no quieren generar tanta comida y Brabeck-Letmathe dice que eso es algo que puede entender.
Sin embargo, lo que le resulta más difícil de asimilar es que las políticas de Europa prohíben de manera efectiva a los países pobres como los de África el uso de semillas genéticamente modificadas. Esos países, sostiene, necesitan de manera urgente la tecnología para aumentar el rendimiento y la productividad de su atrasado sector agrícola. Pero si plantan OMG, luego no podrán exportarlos bajo las reglas de Europa: "La Unión Europea no les permitirá exportar nada de nada. No sólo OMG, nada", explica Brabeck-Letmathe, debido a los temores europeos sobre la contaminación cruzada y las normas de pureza casi imposibles de cumplir. El temor europeo a los cultivos genéticamente modificados es, según el ejecutivo, algo "puramente emocional", que se está convirtiendo en "una creencia casi religiosa".
Eso hace que Brabeck-Letmathe, un hombre jovial y de sonrisa fácil, se apasione. "¿Cuánta gente ha muerto por contaminación de alimentos a partir de productos orgánicos, y cuánta a partir de OMG?", pregunta con algo de irritación. Él mismo responde: "Ninguno por OMG. Y no tengo mucho que decir acerca de cuánta gente ha muerto recientemente a raíz de productos orgánicos", afirma, refiriéndose al brote de E. coli en Europa a principios de este año.
'Nos secaremos'
Nestlé ha sido tildada muchas veces como enemiga de los pobres. Por 30 años ha debido enfrentar un boicot esporádico por la venta y el marketing de fórmula para bebés en el Tercer Mundo, una iniciativa que algunos ricos occidentales encuentran poco ética. Por otro lado, bajo Brabeck-Letmathe, la estrategia corporativa de la empresa ha enfatizado que todos los mercados son intensamente locales. Mientras que en EE.UU., por ejemplo, la gente compra agua por galones, en muchos países pobres, un viaje a la tienda de la esquina resulta en la compra de un solo cubo de caldo de carne Maggi. En esos países, muchos productos son vendidos en paquetes individuales para equiparar el gasto de la gente con su flujo de efectivo.
Hoy, Nestlé emplea a unas 300.000 personas, tiene ingresos de cerca de US$100.000 millones al año y, aun así, representa apenas 1,5% de una industria global que alimenta a miles de millones.
A Brabeck-Letmathe le preocupa incluso la ausencia de un mercado de agua operativo. Cerca de 98,5% del agua fresca que el mundo consume cada año se destina a usos agrícolas o industriales. En la mayoría de los casos, no hay un mercado para distribuir y usar el agua, que termina siendo desperdiciada, sobreusada y mal utilizada. Si no hacemos algo al respecto pronto, nos secaremos, advierte Brabeck-Letmathe.
"Si el petróleo escasea", dice, "el precio del crudo sube. Pero si escasea el agua, igual bombeamos la misma cantidad. No importa porque no cuesta. No tiene valor". Brabeck-Letmathe calcula que se necesitan "9.100 litros de agua para producir un litro de biodiésel. Eso se logra sólo porque el agua no tiene precio".
"Hagamos ese 1,5% del agua (que usamos para beber y lavar) un derecho humano. Pero deme un mercado para ese 98,5% para que las fuerzas del mercado puedan reaccionar, y serán las mejores guías que podremos tener. Sólo si las fuerzas del mercado están en acción habrá inversiones".
Se prevé que la población mundial alcanzará los 9.000 millones a mediados de este siglo. ¿Será posible alimentar a toda esa gente? Brabeck-Letmathe no lo duda: "Sí, podemos. Y también podremos darles agua y combustible. Pero sólo si dejamos que el mercado haga su trabajo", sostiene.

jueves, 22 de septiembre de 2011

¿Por qué no somos sustentables?

Por Hugo von Bernard y Martha Gorbaran

Para asegurar una gestión sostenible de los ecosistemas se requieren cambios personales, en las instituciones, en los gobiernos, en las políticas económicas, en los factores sociales, el comportamiento personal, en la tecnología y en los conocimientos. Lamentablemente, estos aspectos aún no se han materializado. Entre las razones parece estar que no se considera el decrecimiento futuro y que los humanos actualmente vivos, prefieren que este tema lo solucionen (paguen) las próximas generaciones.
El abordaje antropológico del concepto de sustentabilidad, incluyendo los aspectos culturales, filosóficos, éticos y de la naturaleza humana ha sido abundantemente tratado en las últimas décadas. Se usa mucho el concepto ambientalmente correcto, pero no se habla de la sustentabilidad como un todo (Bartlett, 1994). Las palabras sustentable y sustentabilidad se han utilizado con tantos sentidos diferentes, incluyendo el concepto de "lujo sustentable", que pronto no significarán nada (Batlett, 1994; Zencey, 2010).
Posiblemente, por no existir una visión holística de los valores económicos, ambientales y sociales que representa la sustentabilidad y a pesar de todo el conocimiento agregado al acerbo humano, nada cambió (Waltner-Toews et al., 2003). La falta de sustentabilidad ambiental ya se reconoce en la Mesopotamia histórica, Israel, Líbano, Grecia, Chipre, Creta, Italia, Sicilia, España (Hillel, 2001) y sigue actualmente. Algunos sostienen simplemente que el accionar humano no es sustentable (Meadows et al., 1972; Bartlett, 1994; WDR, 2010).
Por ello, los países que tienen limitada capacidad de mitigar los cambios ambientales son los que soportarán los mayores efectos, ya que es improbable que el crecimiento económico sea lo suficientemente rápido, o equitativo, para contrarrestar sus amenazas (WDR, 2010).
Cada humano cuenta con innumerables razones para justificar el porqué de su accionar no-sustentable (Luis XV de Francia (1710 - 1774); Russell, 1939; Huxley, 1960; Hardin, 1968; Meadows et al., 1972; Quiroga Martínez, 2003; Schumacher, 1978; Viglizzo, 1999; Camarasa, 2001; Gray 2003; Quirós, 2005; Sain, 2009; Lammers, Stapel & Galinsky, 2009; Janssen et al., 2010; WDR, 2010; Carta de Sao Paulo, 2010; Upton Sinclair). La falta de sustentabilidad ambiental está ligada a un consumo excesivo de bienes y servicios, posiblemente por requerimientos económicos y sociales que se auto-impone el ser humano, tanto colectiva como individualmente.
En las últimas décadas, la cuestión ambiental recibió mucha más atención que la económica o la social, posiblemente como haber sido soslayada durante el siglo XIX. El ambiente en este caso involucra a la tierra, las aguas, el aire y los recursos naturales como integrante de los factores de la producción: tierra, trabajo y capital (Hamrin, 1983).
En general, quienes describen los daños ambientales, fundamentalmente habitantes de las ciudades (Webster, 1997), ubican esos problemas fuera de su esfera de actuación inmediata, desconocen la problemática de otras realidades y se olvidan que para los humanos, "el hombre es la medida de todas las cosas", Protágoras (485 - 410 a.C). Mientras se preocupan por el desmonte de las selvas tropicales o la caza de las ballenas no ven a los humanos sin techos que los rodean, no plantan árboles en las calles de sus ciudades, consumen todo lo que pueden y no muestran como es vivir sustentablemente. Nadie recuerda aquello de "Si quieres cambiar el mundo, cámbiate a ti mismo" Mahatma Gandhi 1869 - 1948.
Todos los que se benefician del subsidio económico y social que la degradación ambiental genera (consumidores, políticos, empresarios y trabajadores) difícilmente cambiarán su actitud para legarles un mundo sustentable a las futuras generaciones (Joyce, 2010).
La acción de cada humano sobre el ambiente se puede expresar como "huella ambiental" (WDR, 2010) y para quienes describen la situación actual, se sobrepasó la carga de humanos que la tierra puede soportar (Ehrlich & Ehrlich, 1993; Bartlett, 1994). El concepto de carga proviene de la biología donde los animales no humanos tratan de consumir de acuerdo a su peso metabólico y su producción. En los años de sequias o inundaciones hay hambrunas, caídas en los índices reproductivos y/o mortandades masivas.
No todos los humanos comparten los mismos patrones de consumo ni dejan la misma "huella ambiental". Independientemente de los países, existen los sobreconsumidores, los sostenedores y los marginales (Max-Neef, 1986). Los sobreconsumidores, 20% de la población mundial, consumen dos tercios de los recursos mundiales. Los sostenedores, 60% de la población mundial, son el objetivo de todas las campañas publicitarias por su capacidad de consumo adicional. Finalmente, los marginales, constituyen el 20% restante, y viven con u$s 1 ó 2 diarios. Si todas las personas consumieran como los sobreconsumidores, se necesitarían más del triple de los recursos actuales para cubrir sus requerimientos (tres planetas como la Tierra), mientras que si consumieran como los marginales, hasta podría alcanzar para todos con la que tenemos.
Para mitigar el accionar humano sobre el ambiente existen distintas propuestas. Una de ellas es la de reducir el crecimiento poblacional (Ehrlich & Ehrlich, 1993; Bartlett, 1994). La misma no es aceptada en la práctica y todos los años se aumenta la carga ambiental del mundo en unas 80 millones de personas. La falta de aceptación del control de la natalidad puede estar en el gen egoísta que cada uno posee (Dawkins, 2000), la falta de suficientes ejemplos de cómo es vivir con menos hijos, el temor a quien cuidará de uno en la vejez o porque quienes la hacen no abandonan ninguno de los privilegios de los que gozan (Hardin, 1968).
El hambre crónica de los marginales, aquellos que viven con u$s 1 ó 2 diarios, no deriva de la falta de producción de alimentos sino de la mala distribución, consecuencia de guerras, revoluciones o políticas económicas equivocadas (Clark, 1970; Swaminathan, citado por Sorman, 1989). Entre las políticas económicas equivocadas están los subsidios pagados a los sectores agrícolas de algunos países o la transformación de alimentos en combustibles. Los subsidios promovieron un uso excesivo de fertilizantes y pesticidas, aumentaron artificialmente la producción de alimentos, obligaron a exportar a precio de dumping la sobreproducción y redujeron la rentabilidad de la agricultura en los países en desarrollo (Reid et al., 2005; Leonard, 2010). Por la falta de rentabilidad, muchos productores de países en desarrollo abandonaron sus explotaciones y migraron a los centros urbanos.
 
En momentos de paz y correctas políticas económicas, el balance entre la producción y los requerimientos de alimentos de la población humana alcanza para que todos consuman las calorías necesarias (Swift, 1727; Clark, 1970; Swaminathan, citado por Sorman, 1989). Sin embargo, la focalización periodística del hambre por parte de la población de las ciudades junto con la especulación económica que se da en las bolsas de comercio de todo el mundo, desvían el foco de atención hacia una presunta falta de producto.
Si quienes gobiernan creen, o dicen creer, que el hambre de sus conciudadanos es debida a la falta de producción, se promueve el crecimiento de la superficie cultivada y la intensificación de la producción (MacNeill, 1989). En este caso, el ambiente subsidia a los alimentos y estos a los bajos salarios. Si quienes gobiernan toman conciencia que el hambre se debe a las guerras, internacionales o entre hermanos (revoluciones), y/o a las políticas económicas equivocadas, la solución está en evitar estos hechos. Naturalmente, esto último es más fácil de decir que de hacer.
La actitud humana resulta particularmente curiosa. En su rol de consumidores, los individuos hacen un culto de la compra al menor precio posible, denuncian los daños ambientales generados por los demás, pretenden servicios ambientales impolutos gratis, o casi, y no desean focos contaminantes cerca de sus hogares. Esto es resumido por el acrónimo NIMBY (Not In My Back Yard) en inglés.
Muy poco de los humanos reducen voluntariamente las propias externalidades negativas, aquellas que generan pérdidas ambientales como el uso excesivo de recursos o el no reciclado de desechos. En casos extremos, los humanos envían las secciones contaminantes de sus empresas, o desechos de cualquier tipo, a países con políticas ambientales deficientes (Leonard, 2010). Con ello, se reduce el costo de limpieza y la contaminación ambiental, en el país emisor.
Tampoco son incentivadas, por la población y sus gobiernos, las externalidades positivas, aquellas que generan mejoras ambientales como la implantación de bosques, reducción del consumo, reciclado de residuos, uso de transporte público, etcétera.
Por todo lo anterior, a los humanos, como productores, se les dificulta incluir dentro de sus costos todo lo que a la sustentabilidad respecta.
Todo ello no impide que en pro de la sustentabilidad se escriban infinidad de artículos, se haga lobby sobre los gobiernos y organismos internacionales, se coloquen barreras para-arancelarias para proteger a los empresarios locales de empresas ubicadas en otros países, que producen con leyes ambientales más laxas (Sinner, 1998), tierras y aguas más baratas o menores salarios.
Actualmente, se discuten dos medidas para alcanzar la sustentabilidad "in toto": la disposición a pagar y la compensación exigida.
La primera determina cuanto se estaría dispuesto a pagar para tener una mejor calidad de vida y la segunda, lo que se demandaría por aceptar una situación peor (Secretaría de Recursos Naturales y Ambiente Humano, 1992). En ambos casos, se encarecerán los productos finales. Los motivos pueden ser: a) la realización de un costeo completo de la producción, incluyendo los gastos directos, las amortizaciones y el interés al capital invertido (Alper, 1993; Mearns, 1997) ó b) reducción de la oferta.
Como los países desarrollados han contribuido enormemente al daño ambiental (WDR, 2010), la clase dirigente de los países en desarrollo pretende recibir una compensación anual millonaria para desarrollar y proteger el ambiente de sus países (Lomborg, 2010). Esto es cuestionado por los países desarrollados bajo el concepto que "no es conveniente que los pobres de los países ricos paguen a los ricos de los países pobres" por proteger el ambiente.
La Unión Europea se propuso restringir su emisión de Equivalentes dióxido de carbono (CO2) al nivel de 1990, antes del año 2000.
Como esa disminución está ligada a una menor actividad económica, la reducción de puestos de trabajo y la pérdida del favor de los votantes, las medidas nunca se implementaron. Se trata de no realizar el ajuste durante el propio período de gobierno o, como señala el acrónimo en inglés NIMTOO ("not in my time of office").
Al no alcanzarse la meta en el año 2000, en la Cumbre de Kyoto, se postergó su entrada en vigencia hasta el año 2012. Los mandatarios de los países signatarios de la propuesta original ya son parte de la historia y otros tendrán que hacerse cargo de ella. Como en el año 2012 tampoco se será sustentable ambiental, economica o socialmente, ya se habla del post 2012 o del 2020.
En la reunión de Copenhague se decidió que a partir del 2020 se destinarán anualmente 100.000 millones de dólares a un fondo internacional para el cambio climático y en la de Cancún (2010) juntar 30.000 millones hasta el año 2012 con el mismo fin (Diario La Nación, 12 de diciembre 2010). Es un hecho que, mientras quienes donan ese dinero quieren tener garantías de que el mismo se empleará para combatir el cambio climático y no para otra cosa, quienes se beneficiarían del fondo quieren tener libertad de decisión sobre las medidas nacionales en que lo emplearán.
En caso que alguna vez se pague, el 2020 está demasiado lejos, restaría comprobar si ese dinero llega a quienes protegen el ambiente "in situ" o queda en manos de políticos, investigadores, inversores, organizaciones ambientalistas o grupos de presión que obtienen ganancias fuera del mercado y gracias a su posición ante el Estado (los llamados rent seekers).
Hasta ahora, los habitantes de los países desarrollados que eventualmente pagarían por proteger el ambiente, se quejan de la existencia de los rent seekers de los países en desarrollo y los productores rurales de los países en desarrollo que no reciben ningún dinero por protegerlo se preguntan por qué no los compensan por las limitaciones legales que le colocan a la explotación de sus recursos.
En caso que se impusiera la protección ambiental a la población en forma compulsiva, por convencimiento del propio gobierno o por presión de gobiernos foráneos u organizaciones internacionales, (top-down) sin resarcimiento a la población involucrada directamente en ella, podría aumentar la pobreza en los países en desarrollo (Ahmed et al., 2009).
Si se usaran metáforas con respecto a la sustentabilidad, un ambientalista diría que esto “es la tragedia de los comunes” (Hardin, 1968); un economista denunciaría que “es el problema del free rider” y un biólogo sostendría que “es el dilema del prisionero” (May, 2010). En cualquier caso, ninguno de ellos la daría por lograda.
En conclusión, para asegurar una gestión sostenible de los ecosistemas se requieren cambios personales, en las instituciones, en los gobiernos, en las políticas económicas, en los factores sociales, el comportamiento personal, en la tecnología y en los conocimientos (Reid et al., 2005). Para ello habrá que compatibilizar los objetivos de corto plazo con los de largo plazo.
Lamentablemente, estos aspectos aún no se han materializado. Entre las razones parece estar en que, ningún integrante de la derecha ni de la izquierda política, considera el decrecimiento futuro (Pardo Silva, 2010) o que los humanos actualmente vivos, prefieren que este tema lo solucionen (paguen) las próximas generaciones.

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