"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí
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lunes, 1 de febrero de 2016

El jardinero

 Maria Montero Agosto 30, 2014 - 11:36 am


Tomás Sánchez conoce más nombres de plantas que de artistas, pero si fuera al contrario, a las plantas no les importaría. Mientras él reinventa la botánica en su estudio de Escazú, la galería Marlborough, en Nueva York, incrementa su catálogo en el mundo entero

Fotografías: Gloriana Jiménez

Cuando Tomás no anda sucio, por lo menos anda manchado, y en ambas circunstancias la sensación es de alivio. Lo cuenta él mismo, pero no como quien ofrece una explicación o una disculpa, sino como quien dicta evidencia judicial: “Vivo metido en la pintura, en la meditación o en el jardín. Siempre ando embarrado de tierra o de pintura”.

Cualquier intento biográfico podría extinguirse en esas dos frases, que marcan el perímetro exacto de la vida de Tomás Sánchez Requeiro: trabajo, meditación y clorofila. Sin embargo, Tomás, además de pintor, es un gran conversador, un narrador de fondo al que ni 40 años de yoga han podido silenciar. Sus cuadros también son así, conversadores. Cada centímetro trazado tiene millones de moléculas de información y, en lo que parecen las visiones tropicales del silencio, hay siempre un murmullo subterráneo.


En la casa de Tomás hay dos salas de meditación, aunque en esa casa uno podría meditar hasta en el baño de visitas, considerando que ese recinto es el lugar de meditación por excelencia. La casa es enorme y silenciosa de por sí. Sin embargo, el ruido que intentan aplacar esos espacios es de otra naturaleza: es el escándalo interior. Para Tomás, la pintura y el yoga son ejercicios indisolubles desde hace muchísimos años (en Cuba, en los años ‘80, llegó a meditar hasta 6 horas diarias) y prácticamente toda la casa y toda la propiedad –una hectárea y media en las montañas de Escazú– están dedicadas a ambos fines.

Hay senderos, estanques, fuentes, plazoletas. No hay un rincón sin flores o plantas: vencedores, abrecaminos, yagrumas… arbustos que probablemente tienen una denominación local pero que Tomás insiste en traducir al cubano.

“Lo que hay sobre las aguas no son lirios, es malangueta”, aclara.

Sembrados en el terreno, también hay un estudio para cada técnica –óleo, dibujo, grabado, acrílico– y cada construcción tiene algo especial, desde el rumor del río Catalina, agónico en verano, hasta la vista clavada en los cerros.





“El otro día me senté y en cinco minutos conté ocho cantos de pájaros distintos”, dice, mientras describe a los visitantes más regulares que atiende: mapaches, perezosos, tepezcuintles. A veces, coyotes. “Al estanque se echaron 39 kois y al año ya había más de 1000. Una vez se murieron en masa porque el agua se contaminó con un zacate que traía pesticida y se salvaron solo 100. El poquito de agua que la lluvia arrastró, acabó. En el momento en que se vieron en agua limpia, empezaron a reproducirse frenéticamente. Hoy hay más de 2000”.


En algún lugar de la mañana, entre las 5:30 y las 9:30, Tomás hace yoga, se baña, medita, desayuna y se sienta a trabajar. Pinta todos los días: ese es su trabajo, aunque su compromiso con la galería neoyorquina Marlborough, que maneja su obra a nivel mundial, consiste en hacer una exposición cada vez que ambas partes lo decidan.

“Yo no soy un pintor paisajista”, aclara Tomás, mientras se acerca a uno de sus enormes lienzos. “Mis palmeras están basadas en la palma real cubana, pero no son palmas reales, son un híbrido. Mis paisajes son espacios mentales”.

Tomás pinta de memoria lugares que podrían existir, o que podría parecer que existen. Paisajes naturales, basureros, crucifixiones. En ellos, la quietud es tan grande que no hay ni siquiera aire. No hay ni un sonido. En los paisajes gigantescos, hay al menos un hombrecito meditabundo, algunas veces en mitad de la planicie, y otras, camuflado bajo árboles que dan más silencio que sombra.



La paradoja es que el peso de su firma es tan enorme como su falta de ambición, o lo que en algún lugar de esa palabra pueda asociarse a la codicia. El tipo de cosas que Tomás Sánchez ambiciona con urgencia se relacionan con entender cómo se refleja una nube al amanecer sobre una selva, suponiendo que entre ambos espacios –ambos ficticios– haya varios kilómetros de distancia. O con el clima, la falta de lluvia, cómo oxigenar las aguas del río. No es fácil.

Para decirlo sencillo, Tomás Sánchez está considerado el artista vivo más importante de Cuba y eso, en el mercado, cuenta con traducción simultánea. Su nombre es, además, una empresa: una organización de una decena de empleados, entre asistentes especializados, pintores, curadoras, guardas y cocineras.



Todas las piezas de Tomás son increíblemente laboriosas, sin importar el tamaño que tengan. No es su dedicación de ahora lo que las hace especiales, aunque prácticamente todo lo que está pintando en este momento tiene un común denominador emocional: Cuba. Tras 27 años de no exponer pintura en La Habana, inaugurará una exposición en el Museo de Bellas Artes de esa capital en abril próximo. Una muestra de todas sus temáticas que tampoco podría considerarse una retrospectiva y que, sin embargo, entraña una emoción que no vale la pena evadir. “Estoy haciendo cosas con tanto vigor que los falsificadores, que los hay por montones en Cuba, van a perder el ánimo”, dice.


La costumbre de andar chorreado le viene desde que era un niño y se pasaba las horas tirado en el piso o en el solar de su casa, en Cienfuegos, experimentando con ciertas fuerzas naturales. “Pasaba casi todo el tiempo pintando o construyendo embalses de agua. Hacía represas y barquitos de madera. Mi padre me gritaba que si yo era bobo, que me fuera a jugar con los demás niños”.

Los exabruptos pedagógicos del progenitor no desanimaron al joven Tomás, porque él era como los demás niños, pero los demás niños no eran como él. Su afán no era convertirse en pintor, porque ya lo era. Su afán era pintar. Según la versión materna, una de las primeras frases completas que Tomás articuló fue ‘quiero ser pintor’, lo cual –tratándose de un niño de dos años– ha de haber sido un gran susto. La confirmación llegó una tarde en que su madre se dispuso a hacer una siesta en el sofá de la sala. Cuando se despertó, Tomás había dibujado en el piso los símbolos de los cuatro equipos de beisbol de Cuba: un León (La Habana), un Tigre (Almendárez), un Alacrán (Marianao) y un Elefante (Cienfuegos). “Ella creyó que alguien había entrado a la casa y había hecho los dibujos, pero no, eso fue obra mía”.

Tomás se recuerda perdido en interminables contemplaciones infantiles, como hasta la fecha. “Yo estaba tirado en el patio y se venían los vientos. Las hojas se viraban y eran plateadas contra el cielo negro”.


Aunque los mapas digan lo contrario, la vida de Tomás Sánchez es una línea recta entre La Habana y San José, pasando por México y Miami. Todo empezó el 22 de mayo de 1948, en Aguada de Pasajeros, provincia de Cienfuegos, Cuba, cuando Tomás vino al mundo en calidad de primogénito de Catalina Requeiro Lorenzo y Tomás Sánchez Ramos, “dos padres maravillosos”. Creció en ese mismo pueblo, pero en otro mundo: el Central Azucarero Perseverancia. “Le decían El Coloso de las Villas. El pueblito no pasaba de 1000 personas y todas trabajaban allí”. Solo tuvo un hermano, Luis Jacinto.

Fue un niño enfermizo pero feliz; un jovencito gordo que tuvo que enfrentarse al bulling cuando el fenómeno ni siquiera tenía su debido anglicismo. “Cuando tenía 7 años, un día amanecí llorando y sin poder moverme porque me dolía todo el cuerpo. El médico de la capital diagnosticó poliartritis. Tenía todas las articulaciones inflamadas. Ese año perdí tercer grado, pero más tarde me nivelé, porque entré con 5 años a primer grado. La artritis se mejoró con un tratamiento de cortisona que me engordó muchísimo. Tenía 11 años. El abuso terminó cuando reté a uno de los muchachos y le di una mano de golpes.”




“Mi padre era un hombre muy inteligente, que estudió hasta sexto grado. El primer trabajo que hizo fue de carbonero en la Ciénaga de Zapata. Tocaba el tres, y mi madre consideró una gran ofensa que él le diera una serenata, así que le tiró una lata por la cabeza. Él tenía 15 años y mi madre 13. Se casaron en 1946, cuando tenía 20 mi mamá y 22 mi papá. Mi mamá tuvo que trabajar desde los 7 años, a la muerte de su padre. Trabajaba por un litro de leche al día que tenía que compartir con 8 hermanos, y su mamá lavando ropa para la calle. Fue hasta primer grado y tuvo que dejar la escuela, aunque después la retomó. Estudió de noche y terminó noveno grado. Leía muchísimo. Leía tanto que mis compañeros de estudios no podían creer que no tuviera estudios universitarios. Escribía poemas, más bien, décimas”.


En 1964, a los 16 años, Tomás entró a la famosa academia San Alejandro a estudiar arte. Era uno de los estudiantes más jóvenes, pero rápidamente empezó a cosechar premios escolares y adulaciones. “Realmente San Alejandro era una escuela en decadencia en aquel momento, así que yo encajaba maravillosamente, porque lo que yo quería era ser un pintor realista”.

En principio, le esperaban cuatro años de estudios. “El primer año fui el mejor expediente de la escuela, entonces me dieron una beca de estímulo: 50 pesos cubanos al mes. Con eso vivía una persona perfectamente. Con eso viví el segundo año, pero entonces empecé a tener problemas con la profesora de Historia del Arte. Me insultaba en clase, me dejaba en los cursos. Al tercer año, me citó a su oficina en la dirección de la escuela, porque ella era la directora de la escuela”.

Tomás recrea el diálogo con naturalidad:

–Usted sabe que usted tiene una beca de esta escuela y que vamos a retirarle la beca porque usted ha desaprobado Historia del Arte.

–Sí, yo sé.

–¿Y qué tiene que decir al respecto?

–Nada. No me importa.

-¿Cómo? ¿Y por qué no le importa?

–Porque yo ya tengo una beca para estudiar en la Escuela Nacional de Arte.

–¡Con Antonia Eiriz! ¡Ese monstruo!

–Sí, precisamente con ella. Acabo de leer un artículo en la revista Cuba sobre Antonia Eiriz y me encantaría ser su alumno.

“La vieja se quedó pasmada y yo me fui. Al otro día, a la mañana, tempranito, me fui a la Escuela y me encontré a una muchacha, que me dijo: ¡Corre, que hoy son las inscripciones porque los exámenes son mañana! Aprobé perfectamente los exámenes de color y dibujo, pero la entrevista política casi la repruebo. Me dijeron que me iban a aprobar pero que tenía que llenar grandes lagunas políticas”.


Su primer encuentro con Eiriz resultó inolvidable, no solo porque la maestra sorprendió a sus estudiantes revelándoles que era coja –y para probarlo les mostró la pierna afectada de poliomelitis– sino porque les pidió que dibujaran un paisaje libre. El reto parecía muy sencillo. Antonia fue precisa: “No voy a calificar realismo, solo quiero ver cómo ustedes componen”. Muchos de los alumnos venían de escuelas provinciales y otros directamente de la calle, así que Tomás, que en ese momento tenía 18 años, sólo pensaba en lucirse.

“Hice una vista aérea de un pueblo con una calle que bajaba y subía y el horizonte… me esmeré muchísimo, haciendo todos los detallitos esos... Y lo termino pensando: Ahora la profesora se va a volver loca conmigo al ver cuánto conocimiento traigo de San Alejandro. Y Antonia llega, se me para al lado, y dice: Eso es una porquería. Estás muy equivocado si piensas que el arte es representar cosas de forma realista. Yo había pintado un sol en el cielo, y Antonia agrega: Un círculo es una forma geométrica. Un rectángulo es otra forma geométrica y un círculo sobre un rectángulo es un hueco. Ese trabajo no vale nada desde el punto de vista plástico”. Lo primero que yo pensé fue: ¡Esta profesora me tiene un odio! A la semana, me di cuenta de que estaba frente a una de las personas más buenas que había conocido en mi vida. Me tomó un cariño tremendo. Me encantaba que ella fuera tan radical”.


Tomás vive en Costa Rica desde hace 15 años. Es un hombre muy sencillo y muy sonriente. Dulce, atento, con una determinación infalible e infantil, bienintencionada. Parece convencido de algo que uno ignora. Más que llevadero, es llevable, pero lo más impresionante consiste en que lo que Tomás es coincide con lo que Tomás dice que es. Y también su capacidad, siempre oportuna, de ponerlo todo en perspectiva: “Mi abuelo era jardinero en Cienfuegos. Cultivaba lo mismo rosas que lechugas. Para mí, siempre fue tan importante pintar o dibujar como estar en interacción con la Naturaleza. Soy un botánico frustrado. Yo por ejemplo sé más nombres de plantas que de artistas. Todos los nombres de artistas y de críticos se me olvidan”.


lunes, 14 de septiembre de 2015

Los paisajes de Tomás Sánchez

Su obra devela la capacidad del arte para salvaguardar la naturaleza.


CULTURAS Hortensia Montero 14 septiembre, 2015 






La posibilidad de contar con reproducciones de obras realizadas por el reconocido pintor cubano Tomás Sánchez se hace realidad mediante la compra de un almanaque —con doce imágenes de paisajes— así como tarjetas postales, a la venta en la tienda de la Colección Arte Cubano del Museo Nacional de Bellas Artes, en La Habana. Esta actividad colateral de su muestra Paisaje, que se exhibe en el tercer piso de la mencionada institución, acrecienta la repercusión y afluencia de público que tiene la propuesta expositiva.

Quienes aún no la hayan visitado, pueden acudir en estos meses y constatar el porqué del éxito de esta confrontación con el quehacer pictórico de Tomás Sánchez. Se espera mantener la atención de los visitantes con otras propuestas, hasta su clausura, prevista para el domingo 27 de septiembre.

Convocamos al público para que participe en la presentación y venta del catálogo de esta muestra así como de la publicación de una entrevista realizada al artista por el crítico de arte David Mateo, todo ello con el auspicio del Consejo Nacional de las Artes Visuales. Ambas acciones tendrán lugar en el Teatro del Museo Nacional de Bellas Artes el viernes 18 de septiembre a las 3 de la tarde.

Los códigos de la tesis creativa de este autor se centran con fuerza en los exponentes de esta exposición. EnHombre crucificado en un basurero, de 1992, se refrenda la continuidad y riqueza de su amplio registro artístico en un tema revelador: uno de los grandes desafíos del planeta está dado por el imperioso deterioro ambiental. Con esta obra, el autor ratifica cómo el vínculo con su doctrina enuncia una estrategia simbólica de amplios mecanismos expresivos, respaldados en su experiencia vital, fiel testimonio de su identificación con el planeta.

Su poética subyugante recrea realidades mágicas y soñadoras de un microcosmos propio, en cuyo enunciado artístico subyace una invocación a la imperiosa necesidad de integración y respeto del ser humano por la preservación de la biodiversidad y la protección de la Tierra.

Esta comunión se evidencia plenamente en Adoración, de 2005, esplendorosa pieza donde yace arrodillado un individuo, diminuto y solitario, en comparación con el entorno, resuelto mediante un sutil homenaje de relación íntima con la inmensidad del universo, representativo de una entrañable y reveladora devoción por el cosmos. La composición transmite una agradable sensación de placidez y sobrecogimiento, al instaurar un ambiente misterioso, subjetivo y mágico, deudor de una estrecha relación entre ser y espíritu.

En el clímax de su ejecutoria, reflexionando desde la poesía, la solemnidad de su imaginario se expresa con majestuosidad en La orilla, de 1996, imagen asumida con un dinamismo interno, revelador del anhelo de un universo impoluto, inmaculado y estable. Esta composición despliega un esplendor virtuoso en el tratamiento técnico del agua y la vegetación, cual voluptuosa imagen de intensa ternura, inspirada en la belleza exuberante del paisaje. Sus huellas visuales ratifican la finalidad estética de un universo creado por panoramas procesados desde la subjetividad, que potencia su interés por develar la capacidad del arte para salvaguardar la naturaleza.

En Antagonismo, realizada en 2015, la confrontación se establece entre la fuerza de la composición virtuosa de un luminoso paisaje campestre, de agradable verdor, como fondo de la composición, confrontado con una bolsa de nylon gris en primer plano, asociada a la acumulación de desperdicios, en la cual la riqueza estética se centra en su esmerado tratamiento visual y táctil, dado por las excelencias de las soluciones plásticas.

La visualidad de árboles, altos y frondosos, que semejan un revelador arco gótico, sintetiza la imponente composición en La batalla, de 2015. La pieza exhibe el preciosismo técnico de una composición que revela un ambiente armonioso entre el individuo y la naturaleza, desde una estrategia artística que rebasa la simple apariencia externa, con un lenguaje alegórico, ciertamente seductor, propio de la pericia del demiurgo. Conmovedor y poco usual resulta un pequeño pájaro, situado estratégicamente, en el tronco de un árbol situado casi en el centro de esta frondosa escena. El pequeño detalle le otorga una apariencia de distinción, centrado en una obra de grandes dimensiones, que conforma un campo visual de amplio espectro, matizado por una atmósfera de placidez y encantamiento.

La meditación le ha propiciado al artista alcanzar un estado que le permite sentir como si estuviera viendo afuera lo que está en su fuero interior. Esta reconciliación con los elementos de la tierra fragua la confluencia de lo objetivo con lo sensitivo, evidente magistralmente en La puerta abierta, de 2015, asumida con voz única en una composición de profundo sentido humano. Asume el paisaje con una sensación de reverencia y cómo se siente parte de él. La atmósfera creada en el oscuro cielo y las sugerencias del basurero, patentizan la intensidad y complejidad del entramado visual en la que late, una vez más, la presencia ausente del hombre.

Su imaginario constituye una revelación de la complejidad del entramado visual de sus exponentes, resuelta con preciosismo y esplendor. El autor es capaz de expresarse con agudeza artística en una concepción asociada a los desperdicios y advierte cómo el ser humano no siempre convive con la naturaleza sin destruirla, ni la asume de forma constructiva, sino que, en muchas ocasiones, le impone una relación de dominio y destrucción. Exhorta a la humanidad a adoptar una orientación social de compromiso ético e intelectual con su relación cósmica, dada las conexiones de la existencia con respecto a las degradaciones ambientales.

En Aislado, de 2015, corrobora su capacidad para conformar universos en donde prima la excelencia de la reelaboración artística de sus presupuestos ideoestéticos, centrados en un acercamiento reflexivo de la realidad circundante y de los problemas medioambientales que atañen a la humanidad. En esta contundente composición sobria, sencilla y elocuente, el foco de atención parte del centro del lienzo hacia arriba. Emerge un islote poblado de abundante vegetación, donde se aprecia la figura de un individuo, inmerso en un lienzo blanco, de amplias dimensiones.

La concreción de la idea irrumpe como resultado de la traducción de una vivencia íntima, tras un complejo proceso intelectivo de depuración de significados y significantes en su operatoria, donde se reconcilian sabiduría, espiritualidad y misticismo.

Su mirada sugerente le otorga un nuevo valor al ecosistema cuando asume la representación de Entre silencios,de 2015. Representa un horizonte, resuelto en una zona lineal dedicada a recrear la vegetación de un minucioso paisaje, situado en el centro de un amplio lienzo en blanco. Composición minimalista y, al propio tiempo, apabullante en detalles, resulta un compendio conmovedor, de marcado dinamismo, enfrascado en un contexto inscrito en la transitoriedad, lo fugaz y lo efímero, expresado con profundo sentido humano, resultado de un intimismo sedimentado en su misticismo y en sus pasiones vitales como ser humano y artista.

lunes, 1 de junio de 2015

Paisaje de Tomás Sánchez


Paisaje -a secas- es el título por el que apostó Tomás Sánchez para su más reciente exposición, que puede verse en el Museo Nacional de Bellas Artes, sitio que lo acogió por última vez hace 30 años con la muestra Retrospectiva, que en su momento generó múltiples polémicas.

Ahora Tomás ha llegado a la XII Bienal de La Habana (estuvo también en la primera, en 1984) y lo hace con una impresionante selección (ocho obras, de gran formato) que demuestran -si hiciera falta- que la coherencia ha sido, quizás, uno de los horcones o signos que han regido su quehacer.

Es una exposición de factura exquisita en la que, una vez más, se pone de manifiesto eso que los entendidos llaman “oficio del pintor”, pero va más allá porque no es solo destreza, limpieza en el trazo, colocación del color y técnica aprendida -y aprehendida-, sino un derroche de conceptos: es obvio y marcado el interés de Tomás Sánchez (22 de mayo, 1948) por poner acentos en torno a la necesidad de cuidar el medio ambiente, el planeta, pero desde la más profunda convicción.


Tomás Sánchez. Hombre crucificado en el basurero. 1992La muestra abre con la pieza “Con la puerta abierta” (2015, acrílico sobre tela, 200 x 250 cm) y continúa con “Hombre crucificado en el basurero” (acrílico sobre tela, 120 x 150 cm), realizada en 1992 y seguida por “La batalla” (acrílico sobre tela, 200 x 250 cm), de 2015. Aquí hay un arco temporal de más de dos décadas y, a pesar del tiempo transcurrido entre una y otra obras, la preocupación es la misma y están tratadas con toda la paleta. Esta es una característica común de esta trilogía: el uso de toda la gama, pero siempre apastelada, rasgo que las distingue de las restantes.

“Orilla” (1996, acrílico sobre tela, 200 x 200 cm) precede a “Adoración” (2009 acrílico sobre tela, 200 x 250 cm), a mi juicio una de las piezas más conmovedoras de Paisaje: es la reverencia que todos le debemos a la naturaleza porque -como afirma Tomás en las palabras del catálogo-, “la pintura no es producto de la meditación, sino meditación en sí misma”… y el hombre como especie aún tiene mucho que meditar y, también, adorar.

En “Antagonismo” (2015, acrílico sobre tela, 200 x 250 cm) aparece en un primer plano una bolsa de nylon -común, negra, de esas que se emplean para colectar basura-, pero inmediatamente la sigue un bosque verde, frondoso… No solo es antagonismo sino, también, contradicción.


Tomás Sánchez. Aún el azul, 2015.“Aislado” (2015, acrílico sobre tela, 200 x 250 cm) es una obra muy delicada: rodeada de anchos márgenes blancos, blanquísimos, y en el medio -cual isla- un hombre rodeado de selva, de verdes. Algo curioso: todas las piezas están firmadas -como es común- en el borde inferior izquierdo, pero esta tiene la firma incluida en medio de ese breve paisaje. Creo que con ello Tomás está reafirmando no solo su origen isleño sino su sentido de pertenencia con Cuba. Concluye con “Entre silencios” (2015, acrílico sobre tela, 180 x 250 cm): una diminuta y larga franja de árboles, palmas, vegetación y, sobre ella y bajo ella, un gran espacio blanco, indicativo de un océano de pureza. “Entre silencios” nos convoca al retiro, a la reflexión, a esa paz que tanto necesita el mundo.

En una conversación sostenida con el artista hace ya más de un año le pregunté si se consideraba un creador que hacía total reverencia y culto al detalle. Esta fue su respuesta: “Sí, y es que disfruto haciendo detalles. Cuando estoy meditando en mi casa de Costa Rica, salgo al jardín y veo las montañas detrás, primero siento mi unidad con todo eso, y ocurre algo curioso: primero uno tiene que concentrarse en el detalle cuando lo quiere ver; pero en ese estado, de pronto, me descubro percibiéndolo todo a un tiempo. Las partes y el todo conforman una unidad, y lo que te rodea es como un gran encaje del cual eres parte. Cuando pinto siento la necesidad de expresar la diversidad. En muchas de mis pinturas vas a encontrar el contrapunteo entre los espacios en blanco -el lienzo absolutamente puro- y los densamente trabajados en todos sus detalles. La naturaleza me ha salvado de muchas maneras y mi obra se basa en eso, en la devoción que siento por ella”.

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