"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí
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sábado, 25 de abril de 2015

Zombis de 2016

Por Paul Krugman

La semana pasada, un zombi fue a New Hampshire y reivindicó su derecho a ser nombrado candidato republicano a la presidencia. Bueno, vale, en realidad se trataba del gobernador de Nueva Jersey, Chris Christie. Pero es prácticamente lo mismo.

Verán, Christie dio un discurso con el que trató de dar una imagen de realista fiscal inflexible. Sin embargo, el hecho es que su propuesta política supuestamente inflexible es un típico ejemplo de idea zombi, es decir, una idea que debería haber muerto hace mucho tiempo dadas las pruebas que contradicen su premisa fundamental, pero que, de algún modo, todavía sigue por ahí arrastrando los pies.

Pero no seamos demasiado severos con Christie. Parece ser que a todos los republicanos destacados se les exige sentir un profundo apego por ideas refutadas hace mucho tiempo. Quienquiera que sea nombrado finalmente candidato en 2016 tendrá muchos zombis como compañeros de candidatura.

Empecemos por Christie, quien se creía listo y audaz por proponer que se aumente hasta los 69 años la edad en la que empezaríamos a tener derecho a la Seguridad Social y Medicare. ¿Acaso no tiene sentido, ahora que los estadounidenses viven más años?

Pues no, no lo tiene. Toda esta línea de argumentación debería haber desaparecido en 2007, cuando la Administración de la Seguridad Social publicó un informe en el que se ponía de manifiesto que casi todo el incremento de la esperanza de vida se ha producido entre la población más adinerada. En el caso de los trabajadores en la mitad inferior de la escala de ingresos, que son precisamente los estadounidenses que más dependen de la Seguridad Social, la esperanza de vida a los 65 años solo ha aumentado poco más de un año desde la década de 1970. Además, aunque a los abogados y los políticos les pueda parecer que trabajar hasta cerca de los 70 años no entraña ninguna dificultad, los trabajadores corrientes lo ven de una forma un tanto diferente, puesto que muchos de ellos siguen realizando trabajos de tipo manual.

Y mientras que un aumento de la edad de jubilación impondría un sufrimiento considerable, nos ahorraría una cantidad de dinero notablemente pequeña. De hecho, en un informe de 2013 de la Oficina Presupuestaria del Congreso ya se comprobó que, en el caso de Medicare, el aumento de la edad de jubilación apenas ahorraría dinero alguno.

Pero es evidente que Christie —como Jeb Bush, que enseguida se hizo eco de su propuesta— no sabe nada de esto. Las ideas zombis han devorado su cerebro.

Y hay muchos otros zombis por ahí. Piensen, por ejemplo, en la zombificación del debate sobre la reforma sanitaria.

Antes de que la Ley de Asistencia Sanitaria Asequible entrase plenamente en vigor, los conservadores hicieron una serie de predicciones terribles sobre lo que pasaría cuando se aplicase la ley. Reduciría, en la práctica, el número de estadounidenses con seguro sanitario; provocaría una “crisis tarifaria” al ponerse las primas por las nubes; le costaría a la Administración mucho más de lo previsto, y dispararía el déficit; destruiría una enorme cantidad de puestos de trabajo.

En realidad, la ley ha reducido drásticamente el número de adultos sin seguro sanitario; las primas han aumentado mucho más despacio que durante los años previos a la reforma; el coste de las medidas es mucho más bajo de lo que se preveía; y 2014, el primer año de plena vigencia de la ley, ha tenido las mejores cifras de empleo registradas desde 1999.

¿Y en qué ha cambiado esto el discurso político? Entre la derecha, en nada en absoluto. Por lo que yo sé, todos los republicanos destacados hablan de Obamacare como si todos los desastres que se predijeron se hubieran materializado en la práctica.

Finalmente, uno de los acontecimientos políticos interesantes de este ciclo electoral ha sido el retorno triunfal de la economía vudú: la afirmación, propia de la “economía de la oferta”, de que las rebajas de impuestos a los ricos impulsan tanto la economía que se amortizan por sí solas.

En el mundo real, esta doctrina tiene un inmaculado historial de fracasos. A pesar de las confiadas predicciones catastrofistas de la derecha, ni la subida de impuestos de Clinton en 1993 ni la de Obama en 2013 destruyeron la economía (ni mucho menos), mientras que la “expansión de Bush” que tuvo lugar tras las bajadas de impuestos de 2001 y 2003 era mediocre ya antes de que culminase en una crisis financiera. Kansas, cuyo gobernador prometió un “experimento práctico” que probaría que la doctrina de la economía de la demanda estaba en lo cierto, ni siquiera ha conseguido igualar la tasa de crecimiento de los Estados vecinos.

Sin embargo, en el mundo de la política republicana, la fascinación por el vudú nunca ha sido tan grande. Los aspirantes a candidato presidencial deben hacer una prueba delante de destacados defensores de la economía de la demanda para demostrar su lealtad a esta doctrina fallida. Propuestas fiscales como la de Marco Rubio generarían un agujero enorme en el presupuesto y luego nos asegurarían que el agujero se llenaría gracias a un milagroso y repentino repunte de la economía. A estas alturas queda claro que la economía de la demanda es el zombi por antonomasia: no hay pruebas ni razonamientos lógicos, tengan la magnitud que tengan, capaces de destruirlo.

¿Y por qué el Partido Republicano ha sufrido un Apocalipsis zombi? Seguramente, una de las razones resida en el hecho de que la mayoría de los políticos republicanos representan a Estados o distritos que nunca jamás votarán a un demócrata, así que lo único que temen es una posible amenaza de la extrema derecha. Otro motivo es la necesidad de decirles a los dueños del dinero lo que quieren oír: un candidato que diga algo realista sobre el Obamacare o las rebajas de impuestos no sobreviviría a las primarias de Sheldon Adelson y los hermanos Koch.

Sean cuales sean las razones, el resultado está claro. Los expertos tratarán de fingir que tenemos un debate político serio, pero, si todo sigue como hasta ahora, los comicios de 2016 tienen todas las papeletas para convertirse en las elecciones de los muertos vivientes.

Paul Krugman es profesor de Economía de la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía de 2008.

© The New York Times Company, 2015.

Traducción de News Clips.

sábado, 18 de abril de 2015

La ciencia económica de antaño

Por Paul Krugman

Estados Unidos aún no se ha recuperado del todo de las consecuencias de la crisis financiera de 2008. No obstante, parece justo afirmar que hemos reconquistado una buena parte del terreno perdido, aunque ni mucho menos todo.

Sin embargo, no se puede decir lo mismo de la eurozona, donde el PIB real per cápita sigue siendo inferior al de 2007 y, como mínimo, es un 10% más bajo de lo que se esperaba a estas alturas. Es peor que la trayectoria europea durante la década de 1930.

¿Por qué le ha ido tan mal a Europa? Durante las últimas semanas, he visto varios discursos y artículos que dan a entender que el problema radica en que nuestros modelos económicos no son los adecuados; que tenemos que replantearnos la teoría macroeconómica, puesto que no ha sido capaz de ofrecernos unas directrices útiles durante la crisis. Pero, ¿es esto lo que ha sucedido en realidad?

No, no lo es. Sí es cierto que pocos economistas previeron la crisis. Pero, desde entonces, el secretito nada indecente de la economía es que los modelos básicos de los libros de texto, que plasman un punto de vista sobre las recesiones y las recuperaciones que les habría resultado familiar a los estudiantes de hace medio siglo, han funcionado muy bien. El problema es que los responsables políticos europeos decidieron rechazar esos modelos básicos y optar por unos planteamientos alternativos que eran innovadores, estimulantes y completamente equivocados.

He vuelto a consultar los debates económicos posteriores a 2008 y lo que llama la atención a partir de 2010 es que empezó a producirse una enorme divergencia en el modo de pensar de Estados Unidos y de Europa. En Estados Unidos, la Casa Blanca y la Reserva Federal se han mantenido generalmente fieles a la economía keynesiana habitual. El Gobierno de Obama desperdició mucho dinero y esfuerzos para conseguir lo que dio en llamarse Gran Pacto presupuestario, pero siguió creyendo en la noción recogida en los libros de texto de que el gasto deficitario es, en realidad, algo bueno en momentos de depresión económica. Por otra parte, la Reserva no escuchó las amenazadoras advertencias acerca de que estaba “degradando el dólar”, y se mantuvo fiel a la idea de que su política de no subir los tipos de interés no generaría inflación mientras la tasa de paro siguiese alta.

En Europa, en cambio, los responsables políticos estaban dispuestos a tirar por la ventana la economía de los libros de texto, y deseosos de hacerlo, en favor de otros puntos de vista nuevos. La Comisión Europea, cuya sede se encuentra en Bruselas, se aferró de buena gana a las supuestas pruebas que respaldaban la “austeridad expansiva”, y rechazó el argumento clásico favorable al déficit, para optar por la idea de que recortar el gasto en momentos de depresión económica en realidad genera empleo, ya que hace aumentar la confianza. Mientras tanto, el Banco Central Europeo se tomaba a pecho las advertencias sobre la inflación y, en 2011, subía los tipos de interés, a pesar de que el paro seguía estando muy alto.

Puede que los responsables políticos europeos creyesen que estaban mostrando una apertura a las nuevas ideas económicas digna de elogio, pero los economistas a los que decidieron escuchar eran aquellos que les decían lo que querían oír. Trataron de justificar las estrictas medidas que, por razones políticas e ideológicas, estaban decididos a imponer a los países deudores; encumbraron a economistas, como Alberto Alesina, Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, todos de Harvard, que parecían ofrecerles la justificación que necesitaban. Sin embargo, resultó que todos esos nuevos estudios contenían fallos muy graves, de un tipo u otro.

Y mientras las nuevas ideas se estrellaban y ardían, la economía de antaño cobraba cada vez más fuerza. Puede que algunos lectores recuerden la cantidad de burlas que hubo hacia las predicciones de los economistas keynesianos, yo entre ellos, que decíamos que los tipos de interés se mantendrían bajos aunque el déficit presupuestario fuese enorme; que la inflación seguiría estando controlada aunque la Reserva Federal comprase grandes cantidades de bonos; que los recortes drásticos del gasto público, lejos de generar un boom económico debido a la confianza, hundirían todavía más el gasto privado. Pero todas estas predicciones se cumplieron.

La cuestión es que es un error afirmar, como hacen muchos, que la política fracasó porque la teoría económica no brindó a los responsables políticos la orientación que necesitaban. En realidad, la teoría ofrecía unas directrices excelentes, si los políticos hubiesen estado dispuestos a escucharlas. Por desgracia, no lo estaban.

Y siguen sin estarlo. Si quieren sentirse deprimidos de verdad en relación con el futuro de Europa, lean el artículo de opinión de Wolfgang Schäuble, el ministro de Economía de Alemania, que publicó el miércoles el Times. Representa un rechazo absoluto de todo lo que sabemos acerca de la macroeconomía, de todos los conocimientos que se han visto confirmados por la experiencia europea de los últimos cinco años. En opinión de Schäuble, la austeridad genera confianza, la confianza crea crecimiento y, si no funciona así en su país, es porque no lo están haciendo bien.

Pero volvamos al asunto de las nuevas ideas y la función política que desempeñan. En general, resulta difícil rebatir las nuevas ideas. Sin embargo, durante los últimos años, las ideas económicas innovadoras, lejos de ayudarnos a encontrar una solución, han sido parte del problema. Nos habría ido mucho mejor si nos hubiésemos quedado con la macroeconomía de antaño, que está mejor que nunca.

Paul Krugman es profesor de Economía de la universidad de Princeton, y premio Nobel de Economía de 2008.

© The New York Times Company, 2015.

Las pulseras inteligentes ya están aquí

Por Paul Krugman

Como mucha gente, presto atención a los rumores que rodean al Apple Watch, y hago mis propias conjeturas. Ni que decir tiene que no soy ningún experto en el tema. Pero, qué demonios, yo también puedo airear mis pensamientos.

Así que esta es mi patética versión de una idea profunda: los dispositivos que se llevan puestos, como el Apple Watch, cumplen en realidad una función muy distinta de la que tienen los dispositivos móviles anteriores a ellos. Los teléfonos inteligentes son útiles principalmente porque nos permiten estar al tanto de las cosas; los dispositivos que se llevan puestos son útiles principalmente porque permiten que las cosas estén al tanto de lo que hacemos.

Como ya he escrito antes, últimamente llevo un Fitbit, no porque quiera unas mediciones precisas de mi régimen de ejercicios —cosa que probablemente no esté obteniendo—, sino precisamente porque este objeto nunca deja de espiarme y, por tanto, no permite que me mienta a mí mismo sobre mi esfuerzo. Y para conseguirlo, no hace falta que sepa leer la información que ofrece el dispositivo; la versión básica del Fitbit no es más que una pulsera lisa que transmite la información por Bluetooth. Solo tengo que ser capaz de comprobar mis propios datos una o dos veces al día.

Ahora bien, en este caso, el único destinatario de esa información soy yo mismo (aunque, a juzgar por lo que sé, la Agencia Nacional de Seguridad también me controla). Pero resulta fácil imaginar la utilidad que puede tener una pulsera que proporcione información a otros; fácil de imaginar porque ya sucede en Disney World, donde una "pulsera mágica" nos tiene controlados e informa a los responsables de las atracciones de que hemos comprado un billete y a los de los restaurantes, de que hemos llegado.

Sé que nuestros teléfonos también hacen cosas así, pero un dispositivo que se lleva puesto puede recoger más información al ser algo, bueno, “ponible”. ¿Pero querría la gente una experiencia como la de Disney World en su vida real? Casi seguro que la respuesta es que sí.

Piensen en la llamada “ley de Varian”, según la cual se puede prever el futuro fijándose en lo que los ricos tienen en la actualidad (es decir, lo que la gente acomodada querrá en el futuro es, en general, algo parecido a lo que solo los muy ricos pueden permitirse ahora mismo).

Pues bien, una cosa que queda muy clara si se pasa algún tiempo con gente rica —y una de las poquísimas cosas que yo, que por regla general nunca me preocupo por el dinero, a veces envidio— es que los ricos no hacen cola. Tienen subalternos que se aseguran de que haya un coche esperando en la puerta y de que el jefe de sala los acompañe directamente a la mesa.

Y resulta bastante evidente que las pulseras inteligentes podrían replicar algunas de esas experiencias para los no tan ricos. La aplicación para realizar reservas le proporciona al restaurante los datos necesarios para que reconozca la pulsera y, tal vez, muestra la mesa en el reloj que llevamos puesto, para que no haya que arremolinarse en la entrada; uno entra y se sienta sin más (cosa que ya sucede en Disney World). O uno entra directamente en la sala de conciertos o de cine para la que ha comprado las entradas, sin necesidad siquiera de que le escaneen el teléfono.

Y estoy seguro de que hay mucho más; toda clase de servicios específicos que no tendremos que solicitar, porque los sistemas que nos controlan sabrán lo que estamos haciendo y lo que vamos a necesitar. Sí, puede resultar un tanto escalofriante. Aunque haya protocolos que, supuestamente, establezcan límites y revelen únicamente lo que deseemos y solo se lo revelen a quien queramos, es probable que nuestra visibilidad pública se amplíe y nuestro espacio privado se reduzca.

Hay dos cuestiones importantes aquí. Primero, la mayoría de la gente probablemente no tiene mucho que ocultar: la inmensa mayoría de nosotros no lleva una doble vida ni esconde grandes secretos (como mucho, tenemos pequeños vicios y la verdad es que a nadie le importan). Segundo, la falta de privacidad forma parte, de hecho, de la experiencia de ser rico; el chófer, las doncellas y el portero lo saben todo, pero les pagan para que no lo cuenten, y lo mismo podría decirse de sus versiones digitales de clase media-alta. Los ricos ya viven en una especie de estado de vigilancia privatizado; ahora, la oportunidad de vivir en una pecera dorada está (hasta cierto punto) al alcance de todos.

Así que esta es mi pequeña aportación a este tema. Creo que los dispositivos que se llevan puestos se generalizarán muy pronto, pero no para que la gente pueda mirarse la muñeca y averiguar algo. En vez de eso, servirán para que la ubicua red de vigilancia pueda verlos, y proporcionarles cosas.

Paul Krugman es profesor de Economía de la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía de 2008.

© 2015 The New York Times. Traducción de News Clips.

jueves, 16 de abril de 2015

El multilateralismo de Asia

Joseph E. Stiglitz, a Nobel laureate in economics and University Professor at Columbia University, was Chairman of President Bill Clinton’s Council of Economic Advisers and served as Senior Vice President and Chief Economist of the World Bank.

NUEVA YORK – El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial están en vísperas de celebrar sus reuniones anuales, pero la gran noticia con respecto a la gobernanza de la economía mundial no surgirá en Washington D.C. durante los próximos días. De hecho, se la conoció el mes pasado, cuando el Reino Unido, Alemania, Francia e Italia se unieron a más de otros treinta países, y se convirtieron en miembros fundadores del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (BAII). El BAII con 50 mil millones de dólares estadounidenses, fue puesto en marcha por China y ayudará a satisfacer las enormes necesidades de infraestructura de Asia, mismas que van mucho más allá de la capacidad que tienen los mecanismos institucionales de financiación de hoy en día.

Uno pensaría que la puesta en marcha del BAII, y la decisión de tantísimos gobiernos de brindarle su apoyo, sería un motivo de regocijo universal. Y sí lo fue para el FMI, el Banco Mundial, y para muchos otros. Pero, desconcertantemente, la decisión que tomaron los países ricos de Europa al unirse a esta institución provocó la ira de las autoridades estadounidenses. De hecho, una fuente estadounidense no identificada acusó al Reino Unido de “la constantemente acomodación” de la China. Secretamente, Estados Unidos presiona a los países alrededor del mundo para que se mantengan alejados.

De hecho, la oposición de Estados Unidos al BAII es incompatible con sus prioridades económicas declaradas en Asia. Lamentablemente, este parece ser otro caso de inseguridad estadounidense sobre su influencia mundial, misma que prevalece sobre su retórica idealista – esta vez posiblemente socavando una importante oportunidad para fortalecer las economías en desarrollo de Asia.

La propia China es un testimonio de la medida en la que la inversión en infraestructura puede contribuir al desarrollo. El mes pasado visité zonas de este país que anteriormente eran remotas, y que ahora son prósperas por la conectividad que proviene de dichas inversiones – y, consiguientemente, ahora son zonas que gozan de flujos más libres de personas, bienes e ideas.

El BAII traería beneficios similares a otras partes de Asia, lo que profundiza la ironía de la oposición estadounidense. La administración del presidente Barack Obama defiende las virtudes del comercio; pero, en los países en desarrollo, la falta de infraestructura es una barrera mucho más grave para el comercio, en comparación con la barrera de los aranceles.

Existe una importante ventaja adicional a nivel mundial que brinda un fondo como el BAII: en este momento, el mundo sufre de una demanda agregada insuficiente. Los mercados financieros han demostrado su desigualdad en la tarea de reciclar los ahorros; es decir, fallan al momento de desplazar los ahorros desde lugares donde los ingresos exceden el consumo hacia lugares donde se necesita inversión.

Cuando era presidente de la Reserva Federal de EE.UU., Ben Bernanke describió erróneamente este problema, ya que lo calificó como una “sobreabundancia de ahorro mundial”. Pero, en un mundo que tiene enormes necesidades de infraestructura, el problema no es un excedente de ahorros o una deficiencia de buenas oportunidades de inversión. El problema es un sistema financiero que ha sido sobresaliente en lo que respecta a permitir la manipulación del mercado, la especulación y el uso de información privilegiada, pero ha fracasado en su tarea fundamental: la intermediación del ahorro y las inversiones en una escala mundial. Por eso, el BAII podría brindar un impulso pequeño, pero muy necesario, a la demanda agregada mundial.

Así que debemos acoger con satisfacción la iniciativa de China por multilateralizar el flujo de fondos. De hecho, esta iniciativa replica la política estadounidense en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando se fundó el Banco Mundial con la misión de multilateralizar fondos de desarrollo, mismos que de manera abrumadora provenían de EE.UU. (Esta iniciativa también ayudó a crear un grupo de primera clase de empleados públicos y profesionales del desarrollo).

La ayuda del Banco Mundial estuvo a veces sobrecargada por ideología dominante; por ejemplo, por las políticas de libre mercado del Consenso de Washington impuestas a los receptores; fueron estas políticas las que en los hechos condujeron a la desindustrialización y a la reducción del ingreso en el África subsahariana. No obstante, la ayuda estadounidense, al haber sido multilateralizada, fue – en general – mucho más eficaz de lo que hubiera sido en el caso contrario. Si estos recursos se habrían canalizado a través de la propia agencia de ayuda de Estados Unidos, la formulación de políticas hubiese estado sujeta a los vaivenes antojadizos causados por las distintas reflexiones sobre el desarrollo (o por la ausencia de reflexión) de una y otra administración.

De manera similar, los nuevos intentos de multilateralizar las corrientes de ayuda (incluyendo la puesta en marcha del Nuevo Banco de Desarrollo por parte de los países BRICS, en julio pasado) probablemente vayan a contribuir significativamente al desarrollo mundial. Hace algunos años, el Banco Asiático de Desarrollo, defendió las virtudes del pluralismo competitivo. El BAII ofrece la oportunidad de probar dicha idea en el propio ámbito de la financiación del desarrollo.

Quizás la oposición de Estados Unidos al BAII es un ejemplo de un fenómeno económico que he observado a menudo: las empresas quieren una mayor competencia en todas partes excepto en su propia industria. Esta posición ya ha cobrado un precio muy alto: si hubiera habido un mercado de ideas más competitivo, puede que el defectuoso Consenso de Washington nunca hubiese llegado a ser un consenso.

La oposición estadounidense al BAII sí tiene precedentes; de hecho, es similar a la exitosa oposición de Estados Unidos a la generosa Nueva Iniciativa Miyazawa de Japón de finales de la década de 1990, que ofreció 80 mil millones de dólares estadounidenses para ayudar a los países durante la crisis de Asia oriental. En aquel entonces, como ahora, EE.UU. no ofreció una fuente alternativa de financiación. Simplemente quería hegemonía. En un mundo cada vez más multi polar, quiso permanecer como el G-1. La falta de dinero, combinada con la insistencia de Estados Unidos en ideas erróneas sobre cómo responder a la crisis, provocó que dicha crisis fuese mucho más profunda y más larga de lo que debería haber sido.

Dicho esto, la oposición estadounidense al BAII es más difícil de entender, ya que las políticas de infraestructuras están mucho menos sujetas a la influencia de la ideología y de los intereses particulares en comparación con otras áreas de formulación de políticas, como aquellas dominadas por EE.UU. en el Banco Mundial. Además, es más probable que se aborden de manera más eficaz las necesidades de salvaguardas ambientales y sociales en inversiones de infraestructura que se realizan dentro de un marco multilateral.

Se debe felicitar al Reino Unido, Francia, Italia, Alemania, y a los otros que han decidido unirse al BAII. Se tiene la esperanza de que otros países, tanto en Europa como en Asia, se vayan a unir también, ayudando de dicha manera a cumplir el gran deseo de que las mejoras de infraestructura puedan elevar los niveles de vida en otras partes de la región, como ya lo han hecho en China.

Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.


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sábado, 11 de abril de 2015

Lo que el Gobierno sabe hacer mejor

Por Paul Krugman

Mientras los candidatos republicanos a la presidencia recitan sus programas políticos —que siempre conllevan una rebaja de impuestos a los ricos y un recorte drástico de las prestaciones que reciben los pobres y la clase media—, al otro lado del pasillo están apareciendo ideas verdaderamente novedosas. Es como si, de repente, muchos demócratas hubiesen decidido romper con la ortodoxia de Washington, que siempre pide recortes de las “ayudas sociales”. Lo que proponen en cambio es que las prestaciones de la Seguridad Social se amplíen.

Este hecho es de agradecer por dos motivos. Primero, el argumento para ampliar la Seguridad Social es bastante bueno. Segundo, y más importante, parece que los demócratas por fin están plantándole cara a la propaganda antigubernamental y admiten el hecho de que hay algunas cosas que el Gobierno hace mejor que el sector privado.

Como todos los países desarrollados, Estados Unidos depende sobre todo del mercado y la iniciativa privados para proporcionar a los ciudadanos todo aquello que quieren y necesitan, y prácticamente ningún político estadounidense propondría que eso cambiase. Hace ya mucho tiempo que quedaron atrás los días en que parecía una buena idea que el Gobierno controlase directamente una gran parte de la economía.

Pero también sabemos que hay cosas que, hasta cierto punto, debe hacerlas el Gobierno. Cualquier libro de texto de economía habla de determinados “bienes públicos”, como la defensa nacional y el control del tráfico aéreo, que no pueden ponerse a disposición de cualquiera sin que estén a disposición de todos y, por tanto, no ofrecen incentivos para que los suministren las empresas con ánimo de lucro. ¿Pero son los bienes públicos el único ámbito en el que el Gobierno supera al sector privado? De ninguna manera.

Un ejemplo típico de actividad en la que el Gobierno destaca son los seguros médicos. Sí, los conservadores siempre están haciendo campaña a favor de una mayor privatización —concretamente, quieren reducir Medicare a unos simples cupones canjeables por un seguro privado—, pero todas las pruebas indican que esto nos llevaría justamente por el camino equivocado. Medicare y Medicaid son considerablemente más baratos y eficaces que los seguros privados; incluso conllevan menos papeleo. En el plano internacional, el sistema sanitario estadounidense es único en cuanto a su dependencia del sector privado, y también es único por su increíble ineficacia y su alto coste.

Y hay otro ejemplo importante de superioridad gubernamental: las pensiones de jubilación.

Tal vez no necesitaríamos la Seguridad Social si la gente corriente fuese de verdad tan perfectamente racional y tuviese tanta visión de futuro como a los economistas les gusta suponer en sus modelos (y a la gente de derechas en su propaganda). En un mundo ideal, los trabajadores de 25 años basarían sus decisiones sobre cuánto ahorrar en una valoración realista de lo que necesitarán para vivir cómodamente cuando tengan más de 70 años. También serían inteligentes y perspicaces a la hora de invertir esos ahorros, y se esmerarían por encontrar el mejor equilibrio posible entre riesgo y rentabilidad.

En el mundo real, sin embargo, muchos estadounidenses, posiblemente la mayoría de ellos, ahorran poquísimo para su jubilación. Además, invierten mal esos ahorros. Por ejemplo, un informe reciente de la Casa Blanca revelaba que los estadounidenses pierden miles de millones cada año debido a que los asesores de inversión ponen más empeño en ganar tanto como pueden que en velar por el bienestar de sus clientes.

Uno podría sentir la tentación de responder que si los trabajadores ahorran demasiado poco e invierten mal, es culpa suya. Pero la gente tiene trabajo e hijos y debe hacer frente a todas las crisis de la vida. Es injusto esperar que, además, sean inversores expertos. En cualquier caso, se supone que la economía debe ser útil para las personas reales que viven una vida real; no debería ser una carrera de obstáculos que solo unos cuantos puedan superar.

Y, en el mundo real de la jubilación, la Seguridad Social es un ejemplo excelente de un sistema que funciona. Es sencillo y limpio, con un coste operativo bajo y unos trámites burocráticos mínimos. Les brinda a los estadounidenses mayores que han trabajado mucho durante toda su vida la oportunidad de vivir decentemente tras jubilarse, sin necesidad de poseer la capacidad inhumana de anticiparse al futuro que les espera décadas después, ni ser, además, unos prodigios de la inversión. El único problema es que el declive de las pensiones privadas y su sustitución por los planes 401(k) [muy populares en EE UU, ofrecen ventajas fiscales a los trabajadores que destinen a ellos una parte de su sueldo], que resultan insuficientes, han dejado un vacío que la Seguridad Social no tiene actualmente capacidad suficiente para llenar. Así que ¿por qué no ampliarla?

Ni que decir tiene que esta clase de propuesta ya está provocando reacciones casi histéricas, no solo de la derecha, sino también de autoproclamados centristas. Como escribí hace algunos años, el hecho de pedir que se recorte la Seguridad Social se ha considerado durante mucho tiempo, en los círculos de Washington, “una señal de seriedad, una forma de demostrar la tenacidad y las cualidades de estadista que se poseen”. Y solo ha transcurrido una década desde que el expresidente George W. Bush intentase privatizar el programa, con mucho apoyo centrista.

Pero la verdadera seriedad consiste en observar lo que funciona y lo que no. Los planes de jubilación privatizados funcionan muy mal; la Seguridad Social funciona muy bien. Y deberíamos aprovechar ese éxito.

Paul Krugman es profesor de Economía de la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía de 2008.

Traducción de News Clips.

Poder y sueldos

Por Paul Krugman



El miércoles, McDonald’s —cuyos empleados llevan un tiempo protestando por sus bajos salarios— anunció que les subiría el sueldo a los trabajadores. La subida no supondrá mucho en sí misma: el nuevo sueldo mínimo está solo un dólar por encima del salario mínimo nacional y, además, esta medida solamente afecta a los restaurantes que son propiedad directa de McDonald’s, no a los muchos establecimientos cuyos propietarios son franquiciados. Pero, al menos, es posible que esta última declaración, como la que realizó Walmart hace un par de meses al anunciar una subida de salarios mucho mayor, sea el presagio de un cambio importante en las relaciones laborales estadounidenses.

A lo mejor no es tan difícil subirles el sueldo a los trabajadores de EE UU, después de todo.

Seguramente, la mayoría de la gente estaría de acuerdo en que el estancamiento de los salarios y, en términos más generales, la reducción del número de puestos de trabajo capaces de mantener a la clase media son dos grandes problemas para Estados Unidos. Pero la actitud general ante la disminución del empleo de calidad es fatalista. ¿No es una cuestión de oferta y demanda? ¿No es cierto que la competencia mundial y la tecnología que ahorra mano de obra han imposibilitado que se paguen sueldos dignos a los empleados, a menos que estos tengan mucha formación?

Por extraño que resulte, sin embargo, cuanto más sabe uno sobre la economía del trabajo, menos inclinado se siente a compartir ese fatalismo. Para empezar, la influencia de la competencia mundial sobre el mercado laboral está sobrevalorada; sí, la manufacturación se enfrenta a mucha más competencia que antes, pero la gran mayoría de los empleados estadounidenses trabajan en el sector de los servicios y no les afecta el comercio internacional. Y la prueba de que la tecnología está reduciendo los salarios está mucho menos clara de lo que se podría deducir de todos esos comentarios sobre el "desfase formativo".

Y aún más importante es el hecho de que el mercado laboral no es como el mercado de la soja o el de la panceta. Los trabajadores son personas: las relaciones entre los empresarios y sus empleados son más complejas que una simple relación entre oferta y demanda. Y esta complejidad hace que exista mucho más margen para fijar los salarios de lo que generalmente se cree. De hecho, podemos subir los sueldos considerablemente si queremos.

¿Cómo sabemos que el mercado laboral es diferente? Empecemos por las consecuencias del salario mínimo. Hay muchas pruebas sobre los efectos que tiene: cada vez que un estado sube el salario mínimo pero los estados vecinos no lo hacen, está, de hecho, llevando a cabo un experimento controlado. Y la inmensa mayoría de las veces, la conclusión que se extrae de esas pruebas es que el efecto que se podría esperar —que la subida del salario mínimo destruya empleo— es débil o inexistente. Subir el salario mínimo mejora la calidad del empleo; no parece que lo haga más escaso.

¿Cómo es eso posible? Al menos una parte de la respuesta radica en que los trabajadores no son, de hecho, materias primas. A una fanega de soja no le importa cuánto paguemos por ella; pero unos empleados con un sueldo digno tienden a trabajar mejor - por no mencionar que es menos probable que se marchen y haya que sustituirlos - que unos trabajadores que reciban la cantidad mínima que un empresario pueda pagar impunemente. En consecuencia, la subida del salario mínimo, aunque encarece la mano de obra, tiene ventajas que tienden a reducir los costes, lo que compensa el posible efecto negativo sobre el empleo.

Hay factores similares que explican otro de los enigmas del mercado laboral: el hecho de que distintas empresas que aparentemente se dedican a lo mismo, puedan pagar sueldos muy diferentes. Se suele comparar a Walmart (con sus salarios bajos, el escaso entusiasmo de sus trabajadores y su elevada rotación de personal) con Costco (que ofrece sueldos más altos y mejores prestaciones, y compensa la diferencia con más productividad y una mayor lealtad de los trabajadores). Es verdad que ambos minoristas prestan servicio a mercados diferentes; los productos de Costco son superiores y sus clientes tienen más dinero. Pero, no obstante, la comparación indica que pagar sueldos más altos le cuesta al empresario mucho menos de lo que se podría pensar.

Y esto, a su vez, indica que no debería ser tan difícil subir los sueldos de forma generalizada. Imaginen que les diésemos a los trabajadores cierta capacidad de negociación aumentando el salario mínimo, haciendo que les resultase más fácil organizarse y, lo que es fundamental, aspirando al pleno empleo en vez de buscar razones para estrangular la recuperación a pesar de la baja tasa de inflación. Teniendo en cuenta lo que ahora sabemos sobre el mercado laboral, los resultados podrían ser sorprendentemente notables; porque quizás un pequeño empujón sea todo lo que necesiten muchas empresas estadounidenses para alejarse de esa estrategia de sueldos bajos que se ha impuesto en nuestra sociedad desde hace ya muchos años.

Hay precedentes históricos de este tipo de subida salarial. La sociedad de clase media que ahora vemos reducirse y perderse en la distancia no surgió de manera espontánea; nació en gran medida gracias a la "gran compresión" salarial que se produjo durante la Segunda Guerra Mundial y cuyos efectos se prolongaron durante más de una generación.

¿Podríamos repetir ese logro? Las subidas de sueldos de Walmart y McDonald’s —que se ha materializado gracias a un mercado laboral más tenso y a la presión de los activistas— nos dan una pequeña idea de lo que podría ocurrir a una escala inmensamente mayor. No hay excusas para el fatalismo salarial. Si queremos, podemos subirles el sueldo a los trabajadores estadounidenses.

Paul Krugman es profesor de Economía de la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía de 2008.

© The New York Times Company, 2015.

Traducción de News Clips

martes, 7 de abril de 2015

El México de hoy y el de hace 30 años: la mirada de Paul Krugman

Diego Castañeda

“La teoría económica nos dice que las economías emergentes deben crecer más rápido que las economías avanzadas… menos ésta” (la de México).

El 27 de marzo, en el marco de la Convención Nacional de Industriales organizada por Canacintra, se presentó un invitado muy especial, el célebre Premio Nobel de Economía Paul Krugman.

El profesor Krugman asistió para dar una conferencia magistral sobre algunos aspectos de la economía mundial y en particular en torno de economías emergentes. Durante el evento tuve la oportunidad de tener una larga conversación con él sobre muchos temas desde música hasta literatura de ciencia ficción. Y uno de tantos temas fue la economía mexicana. Este texto es una breve recopilación de lo que platicamos sobre México.

El profesor me contaba:

PK: La primera vez que yo realmente le presté atención a México fue en 1983, cuando formaba parte del staff de asesores económicos en la Casa Blanca. En ese entonces mirábamos a México con mucha atención; siempre esperábamos cómo una nueva crisis aparecería.

En esos tiempos, hace 30 años, la economía mexicana pasaba por serias dificultades. Los años del llamado milagro mexicano se agotaron, el modelo de industrialización por sustitución de importaciones responsable de la rápida industrialización del pasado ya no funcionaba. Los problemas de deuda rápidamente plagaban a México y a todas las otras economías de América Latina. Comenzaba un cambio en la forma de conducir la política económica en estos países. Iniciaba la época de los llamados programas de ajuste estructural (las políticas del infame Consenso de Washington), que a la larga producirían la década perdida para el desarrollo en toda la región.

Mientras repasábamos algunos de estos sucesos en las terribles crisis de deuda en la región, el profesor me decía:

PK: Diego, ¿recuerdas la ley de Dornsbusch? (Nombrada así por el gran economista Rudiger Dornsbusch.) Cuando Rudy (Dornsbusch) era mi profesor, nos la recordaba (la ley). Las crisis financieras toman mucho más tiempo en llegar de lo que uno imagina, y luego pasan más rápido de lo que pensabas; así tienes la oportunidad de equivocarte dos veces.

Vaya que en el México de los años ochenta se presentó la oportunidad de equivocarnos en múltiples ocasiones. Éramos el país donde la ley de Dornsbusch siempre encontraba formas de manifestarse.

Recordando a Dornsbusch y su fantástico libro de texto de macroeconomía, le preguntaba: profesor Krugman, Rudiger Dornsbusch y Alejandro Werner fueron los primeros en anticipar la crisis de 1995, ¿no es así?

PK: Sí, ellos anticiparon cómo el tipo de cambio fijo y la elevada especulación financiera que atrajeron eventualmente podría conducir a una crisis monetaria y de balanza de pagos, y acertaron. Verás: en los ochenta y los noventa, México realmente era un caso de estudio muy interesante. Lo que aprendimos de su crisis en 1995 fue de gran ayuda para entender la crisis asiática de 1997 y otras crisis monetarias de la época.

En retrospectiva, viendo lo recurrente que eran las crisis económicas severas en México, es imposible negar que el país ha cambiado: la apertura comercial se ha consolidado; la integración de las cadenas productivas en el norte con la economía de Estados Unidos es más fuerte que nunca; tenemos un sistema financiero que, aunque deficiente en su tarea principal (dar crédito), al menos no es propenso a las crisis como la de 1995.

Con esta reflexión en mente le preguntaba al profesor: ¿Por qué la economía mexicana no crece? Le insistía en que quizá se deba a la tremenda desigualdad que tiene el país a su concentración de poder monopólico en muchos sectores, a lo cual contestó:

PK: El mal desempeño de México en términos de crecimiento sí es preocupante. Todos hubiéramos esperado que fueran un caso como el de Corea del sur; sin embargo, parece que durante los últimos 30 años han encontrado formas de hacer cosas positivas en el peor momento posible, cuando el viento sopla en contra. Respecto a la desigualdad, hay evidencias que señalan cierta relación entre ésta y el bajo crecimiento, pero lo que me preocuparía más de la desigualdad es la inestabilidad política y financiera que trae consigo. No deberíamos ser egoístas y pensar en la redistribución sólo porque pueda favorecer al crecimiento; deberíamos hacerlo porque es buena para las personas en situación de pobreza: ésa es la razón más fuerte.

Pero, entonces ¿sólo hemos tenido mala suerte? A lo que él respondió:

PK: Hay algo de eso, pero definitivamente pudieron tomar mejores decisiones durante los últimos años. Mi amigo Larry Summers la llama “secular stagnation” (la mejor traducción en español sería estancamiento permanente). Pareciera que la economía simplemente no logra generar la suficiente demanda interna, y eso involucra muchos factores, muchos de los cuales quizá realmente no entendemos aun.

Lo que Larry Summers trata de explicar con el término que acuñó y al que Paul Krugman hace referencia, es que las economías a veces quedan atrapadas en ciclos de bajo crecimiento por largos periodos. La política monetaria, y en cierta medida la política fiscal, parecen no tener gran efecto en generar tracción. Viendo la tendencia de la economía mexicana desde los años ochenta, el término sí aplica para lo que observamos.

Después de todo, la insistencia en un modelo económico que tiene como único motor de crecimiento el sector externo omite gravemente el rol de un mercado interno fuerte y del desarrollo de una política industrial que le ayude a escapar el embrujo del estancamiento.

Para cerrar el tema de México en nuestra conversación, le pregunté: ¿No valdría, entonces, la pena hacer un cambio en el modelo económico? Después de todo, si por tantos años no responde quizás es tiempo de aceptar que simplemente no funciona. Usted siempre ha sido muy enfático sobre cómo los modelos son simples metáforas y que tomarlos como la realidad y forzarlos en la sociedad a la luz de la evidencia de su no funcionamiento es francamente tonto.

PK: Es cierto: es tonto insistir en políticas que claramente no funcionan. Robert Solow decía que cuando no entendemos algo realmente, cuando nos cuestionamos seriamente el funcionamiento de un modelo hasta sus mínimos detalles, bien podríamos terminar haciendo sociología; simplemente hay mucho que no entendemos. Sin embargo, sí entendemos algunas cosas sobre el crecimiento, y es claro que son una guía útil para tratar políticas nuevas. Seguramente eso es mejor alternativa que tratar lo que no funciona.

Respecto a la economía mexicana es claro que Krugman ve cosas distintas en el ayer y en el ahora; hemos cambiado como país para bien o para mal, en un gran número de temas, quizás el más obvio es que las crisis mundiales ya no inician aquí. Después de hablar un poco sobre México hace 30 años y la actualidad es imposible no reflexionar que después de tres décadas la economía mexicana es ahora muy distinta y al mismo tiempo sigue siendo un tanto igual. Aún sigue en lo general un mismo modelo de crecimiento, blandiendo como gran y única ventaja su cercanía con Estados Unidos. Sigue haciendo cosas aparentemente positivas en los peores momentos del clima internacional. Es como avanzar y al mismo tiempo quedarse estático.

Cuando le comento esta reflexión, el profesor Krugman se detiene un momento, sonríe y hace un pequeño chiste:

PK: La teoría económica nos dice que las economías emergentes deben crecer más rápido que las economías avanzadas… menos ésta…

La teoría económica le llama a este fenómeno convergencia. Todos queremos que la economía mexicana despegue y que genere el suficiente crecimiento para comenzar a aliviar algunos de sus problemas más severos como la pobreza, la informalidad, el desempleo y, el más fuerte quizá, la desigualdad, todos relacionados entre sí. Ojalá ese momento llegue pronto, pero no lo hará sin un cambio de rumbo en la política económica y la aceptación de las fallas de un modelo que tiene 30 años sin funcionar.


Nota: Un agradecimiento al presidente nacional de Canacintra, Rodrigo Alpízar, y al presidente de Jóvenes Industriales, Miguel Céspedes, por las facilidades para poder tener esta larga conversación con Paul Krugman durante la celebración de la CNI 2015.

sábado, 4 de abril de 2015

Horrores sanitarios imaginarios

Por Paul krugman

Hay muchas matemáticas imprecisas en la política estadounidense, pero el representante republicano por Texas Pete Sessions, presidente de la Comisión de Normas de la Cámara de Representantes, establecía recientemente un nuevo nivel al calificar de "desmesurado" el coste de la atención sanitaria introducida por Obama, el Obamacare. Haciendo una "simple multiplicación", insistía, se llega a la conclusión de que la ampliación de la cobertura cuesta 5 millones de dólares por perceptor. Pero este cálculo estaba un poco errado, a saber, por un factor superior a mil. El coste real por cada nuevo asegurado estadounidense ronda los 4.000 dólares.

Cierto que todo el mundo comete errores. Pero este no ha sido un error perdonable. Sea cual sea la opinión que cualquiera tenga sobre la Ley de Atención Sanitaria Asequible, un hecho indiscutible es que está costando a los contribuyentes mucho menos de lo esperado, aproximadamente un 20% menos, según la Oficina Presupuestaria del Congreso. Un miembro veterano del Congreso debería saberlo, y ciertamente no tiene derecho a hacer discursos sobre un tema si no se molesta en leer los informes de la oficina presupuestaria.

Pero con el Obamacare, cómo no, es lo que ha pasado siempre. Antes de que la ley entrase en vigor, los que se oponían a ella predecían un desastre en todos los planos. Pero lo que ha sucedido por el contrario es que la ley está funcionando muy bien. ¿Y cómo han respondido los profetas del desastre? Fingiendo que lo malo que ellos habían predicho que ocurriría ha ocurrido de hecho.

Los costes no son la única área en la que los enemigos de la reforma prefieren hablar de los desastres imaginarios y no de los verdaderos relatos de éxito. Recuerden que también se suponía que el Obamacare destruiría una enorme cantidad de puestos de trabajo. En 2011, la Cámara de Representantes aprobó incluso una propuesta de ley denominada Revocación de la Ley de Atención Sanitaria Destructora de Empleo. La reforma sanitaria, declaraban sus detractores, perjudicaría la economía y, en concreto, haría que las empresas obligasen a sus trabajadores a aceptar empleos a tiempo parcial.

Pues bien, la reforma sanitaria entró en vigor plenamente a principios de 2014, y el empleo en el sector privado se aceleró de hecho, a un ritmo no visto desde los años de Clinton. Por otra parte, el empleo a tiempo parcial involuntario —el número de trabajadores que desean un trabajo a tiempo completo pero no lo consiguen— ha caído drásticamente. Pero los sospechosos de rigor hablan como si sus terribles predicciones se hubiesen hecho realidad. El Obamacare, declaraba Jeb Bush hace unas semanas, "es el mayor destructor de empleo en la llamada recuperación".

Por último, está la interminable caza de criaturas inexistentes, los estadounidenses corrientes y hacendosos que están en la penuria por culpa de la reforma sanitaria. Como acabamos de ver, los detractores del Obamacare no hacen números por lo general (y se arrepienten cuando lo intentan). Pero todo lo que necesitan en realidad son unas cuantas historias lacrimosas, relatos de individuos simpáticos que se han visto empobrecidos por algún aspecto de la ley.

Asombrosamente, sin embargo, no han logrado encontrar esos relatos. A comienzos del año pasado, Estadounidenses por la Prosperidad, un grupo financiado por los hermanos Koch, pagó una serie de anuncios presentando supuestas víctimas del Obamacare, pero ninguno de esos relatos de infortunio soportó un examen minucioso. Más recientemente, la representante republicana por Washington Cathy McMorris entró en Facebook para pedir historias de horror del Obamacare. Lo que recibió, por el contrario, fue un torrente de testimonios de personas cuya vida ha mejorado, y en algunos casos se ha salvado, gracias a la reforma sanitaria.

En realidad, los únicos perjudicados por la reforma sanitaria son los estadounidenses con rentas muy altas, que han visto subir sus impuestos, y un número relativamente pequeño de personas cuya prima ha subido porque son jóvenes y sanos (de modo que las aseguradoras los veían antes como riesgos buenos) y ricos (de modo que no tienen derecho a las subvenciones). Ninguno de estos grupos aporta víctimas adecuadas para los anuncios en contra.

En resumen, en lo que a hechos se refiere, el ataque a la reforma sanitaria no tiene nada que ofrecer. Pero la ciudadanía no sabe esto. La buena noticia sobre los costes no se ha difundido en absoluto: según un sondeo reciente llevado a cabo por Vox.com, solo el 5% de los estadounidenses sabe que el Obamacare cuesta menos de lo previsto, mientras que el 42% piensa que la Administración está gastando más de lo esperado.

Y las experiencias favorables de los aproximadamente 16 millones de estadounidenses asegurados hasta el momento han tenido poco efecto en las percepciones ciudadanas. En parte se debe a que la Ley de Atención Sanitaria Asequible, adrede, casi no ha tenido efecto sobre aquellos que ya tenían un buen seguro sanitario: antes de la ley, la gran mayoría de los estadounidenses estaban ya cubiertos por sus empresas, por el servicio de atención a jubilados (Medicare), o por el servicio de atención a personas sin recursos (Medicaid), y no han experimentado cambio alguno en su situación.

Sin embargo, en un plano más profundo, lo que observamos aquí es el impacto de la política posverdad. Vivimos en una era en la que los políticos y los supuestos expertos que los sirven nunca se sienten obligados a reconocer los datos incómodos, en la que jamás se abandona ningún argumento, por muy abrumadoras que sean las pruebas de que está errado.

Y la consecuencia es que los desastres imaginarios pueden ensombrecer los éxitos reales. El Obamacare no es perfecto, pero ha mejorado drásticamente la vida de millones de personas. Alguien debería decírselo a los votantes.

Paul Krugman es profesor de Economía en la universidad de Princeton y premio Nobel de Economía de 2008.

© 2015, New York Times Service.

Traducción de News Clips.

sábado, 28 de marzo de 2015

Amanecer en el Estados Unidos demócrata

Por Paul Krugman

Los conservadores nunca lo van a admitir, pero sus creencias son falsas

Durante el año pasado, a la economía estadounidense le han sucedido dos cosas imposibles (o, al menos, se suponía que eran imposibles, según la ideología que impera en la mitad de nuestro espectro político). Primero, ¿se acuerdan de que, supuestamente, la reforma sanitaria iba a destruir una cantidad ingente de puestos de trabajo? Bueno, pues durante el primer año de plena aplicación de la Ley de Asistencia Sanitaria Asequible, el conjunto de la economía estadounidense sumó 3,3 millones de puestos de trabajo (el mayor aumento desde la década de 1990). Y segundo, medio millón de esos trabajos corresponden a California, que le ha arrebatado a Texas el primer puesto de la creación de empleo.

¿Han sido las políticas del presidente Obama la causa del crecimiento del empleo nacional? ¿Ha sido Jerry Brown —el gobernador de California, defensor de la reforma y recaudador de impuestos— el responsable de la prosperidad de su estado? No, y pocos progresistas dirían lo contrario. Lo que hemos visto tanto a escala nacional como estatal es, sobre todo, un proceso natural de recuperación, ahora que la economía por fin empieza a curarse de las burbujas inmobiliaria y de deuda que se formaron durante la era Bush.

Pero el reciente crecimiento del empleo tiene, no obstante, importantes repercusiones políticas; repercusiones tan incómodas para gran parte de la derecha que esta se encuentra sumida en un estado de negación desesperada y se dedica a afirmar que la recuperación es una especie de bulo. ¿Por qué no pueden afrontar las buenas noticias? La respuesta tiene, en realidad, tres dimensiones: el síndrome del trastorno de Obama, o STO; la reaganolatría; y el timo de la confianza.

No hay mucho que decir sobre el STO. A estas alturas, la derecha ya tiene la idea fija de que el presidente es malvado e incompetente, que todo lo que toque este demócrata ateo, keniano, marxista e islámico —pero sobre todo demócrata— tiene que salir desastrosamente mal. Cuando llegan buenas noticias sobre el presupuesto, la economía u Obamacare (que, por cierto, está logrando reducir rápidamente el número de personas sin seguro con un coste muy inferior al esperado), hay que negarlas.

En un sentido más profundo, la ideología conservadora moderna depende por completo de la idea de que los conservadores, y solo ellos, son los que poseen la clave secreta de la prosperidad. En consecuencia, solemos ver a los políticos de la derecha haciendo declaraciones como la siguiente, del senador Rand Paul: "¿Cuándo fue la última vez que en nuestro país se crearon millones de puestos de trabajo? Fue durante el mandato de Ronald Reagan".

En realidad, si por crear "millones de puestos de trabajo" entendemos dos millones o más en un año, esto ha ocurrido 13 veces desde que Reagan dejó la presidencia: ocho veces con Bill Clinton, dos con George W. Bush y tres veces, hasta ahora, con Barack Obama. Pero ¿qué más dan los números?

Aun así, ¿acaso los progresistas no tienen fantasías similares? Lo cierto es que no. La economía sumó 23 millones de puestos de trabajo con Clinton, frente a los 16 millones de Reagan, pero en la izquierda no hay nada comparable al culto por el Santísimo Ronald. Esto se debe a que los liberales no tienen necesidad de afirmar que sus políticas generarán un crecimiento espectacular. Lo único que tienen que reafirmar es la viabilidad: que es posible hacer cosas como, por ejemplo, garantizar la cobertura sanitaria a todo el mundo sin destruir la economía. Los conservadores, por otro lado, quieren paralizar esa clase de medidas y, en su lugar, rebajarles los impuestos a los ricos y recortar las ayudas a los menos afortunados. Así que deben afirmar que las políticas progresistas destruyen empleo y, además, que portarse bien con los ricos es un elixir mágico.

Lo que nos lleva al último punto: el timo de la confianza.

La economía política se enfrenta continuamente al enigma de por qué los intereses corporativos se oponen tan a menudo a las políticas que combaten el paro. Después de todo, el hecho de impulsar la economía mediante unas políticas de expansión monetaria y fiscal es bueno tanto para los beneficios como para los sueldos, aunque muchos particulares y empresarios ricos exijan, en vez de eso, austeridad y restricciones del crédito.

Sin embargo, como muchos observadores han señalado, si las empresas admitiesen que las políticas gubernamentales pueden crear empleo, estarían restándole valor a uno de sus argumentos políticos preferidos: la afirmación de que, para alcanzar la prosperidad, los políticos deben salvaguardar la confianza en las empresas absteniéndose de criticar lo que hace la gente de negocios (entre otras cosas).

En el caso de las políticas económicas de Obama, este tipo de pensamiento conduce a lo que a mí me gusta llamar la teoría de la recuperación lenta basada en "¡Mamá! ¡Me está mirando con mala cara!". Con esto me refiero a la insistencia en que la recuperación no se ha visto entorpecida por factores objetivos como el recorte del gasto y el exceso de deuda, sino porque la élite empresarial se sintió herida cuando Obama dio a entender que algunos banqueros habían actuado mal y ciertos ejecutivos ganaban demasiado dinero. ¿Quién iba a imaginar que los magnates y los potentados eran unas almas tan sensibles? En cualquier caso, esa teoría no se sostiene frente a la realidad de que la recuperación por fin ha empezado a traducirse en creación de empleo, aun cuando esto debiera haber sucedido antes.

Así que, como he dicho al principio, el hecho de que ahora haya buenas noticias en el Estados Unidos demócrata —una importante creación de empleo tanto en el país como en los estados que no han acatado la ortodoxia liberalizadora de las rebajas de impuestos— es un gran problema para los conservadores. Jamás lo admitirían, pero los acontecimientos han demostrado que sus más preciadas creencias son falsas.

Paul Krugman es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía en 2008

© The New York Times Company, 2015.

Traducción de News Clips.

La gente ya se cansó de esperar el milagro mexicano: Krugman

Sábado 28 de marzo de 2015, p. 20

La gente ya se cansó de esperar el milagro mexicano. La gran liberalización (del país) ya tiene 30 años y claramente eso por sí mismo no bastó. No estamos hablando de que haya habido un desempeño terrible, pero no fue lo que se esperaba, aseveró Paul Krugman, premio Nobel de Economía, en una conferencia magistral en la Convención Anual de Industriales de la Canacintra.

Hay desencanto, dijo, y aunque México realizó grandes cambios porque liberalizó su comercio de manera dramática y reorientó su economía, consideró que muchas razones pueden haber incidido en que no creciera.

Hay muchas recetas para el crecimiento pero sólo Dios sabe qué pasó, comentó irónico. No obstante, destacó que uno de los factores que contribuyen al desarrollo de un país es contar con un buen nivel educativo, por lo que deben hacerse grandes inversiones en educación básica aun cuando los resultados tarden mucho porque se invierte en personas.

Sobre las recientes reformas, declaró no conocerlas aunque sus amigos del FMI le dijeron que son buenas, pero advirtió que en la privatización del sector energético se debe tener cuidado porque en el mundo ha habido casos alarmantes en que las concesiones se han convertido en regalos para amigos, como ha ocurrido hasta en Estados Unidos e Israel.

Ante el panorama que el premio Nobel pintó sobre México, uno de los empresarios de la Canacintra le preguntó qué pueden hacer los industriales para que mejore la situación del país rápidamente. ¡Vaya! Yo soy economista y si ustedes son el sector privado deberían saber qué es lo que están haciendo. Difícilmente puedo darles consejos, respondió.

Recomienda no elevar tasas

Por otro lado, Krugman recomendó a México no elevar las tasas de interés aunque la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) tenga prisa por hacerlo, lo cual consideró un error .

Yo estoy en contra de tirar el gatillo demasiado rápido, y dijo que México no tiene que seguir necesariamente las tasas de interés de Estados Unidos al pie de la letra. ¡No lo hagan!, exclamó ante los industriales y advirtió que si la Fed se equivoca los riesgos podrían ser demasiado graves, como una deflación y excesivo desempleo si las eleva rápido o aumento de inflación si se tarda en hacerlo.

Krugman, quien ganó el Nobel de Economía en 2008 por sus análisis sobre el comercio mundial en la era de la globalización, presentó a los industriales un diagnóstigo general sobre la economía mundial, pero la mitad de su ponencia la dedicó a México.

Una de las cosas que sí es decepcionante es el despegue en el crecimiento económico. Ustedes todavía siguen esperando ese crecimiento y que México se convierta en un país como Corea, pero a pesar de 30 años de reformas no ha sucedido, insistió.

En una conferencia de prensa previa a su encuentro con los empresarios, aseveró que México ha sido la paradoja porque cuando liberalizó su economía a partir de la década de los 80 mucha gente pensó que se reduciría la desigualdad entre su población porque exportaría muchos productos y tendría mucha demanda de mano de obra, pero “sucedió todo lo contrario y hubo más desigualdad.

Esto indica que el comercio no necesariamente es una buena herramienta para abatir la desigualdad. México ha logrado una significativa reducción de la desigualdad, pero a partir del año 2000 más o menos, a partir de otros canales y medios (...) capacitando más a la mano de obra y un aumento significativo en el gasto social, que es bastante bueno. Hablando de comercio, no sólo del punto de visto de la desigualdad, tenemos que preguntarnos cómo va a sobrevivir esta economía y adaptarse al crecimiento. El papel de México como parte de un sistema de producción de Norteamérica sigue siendo central y una gran historia de éxito, dada su ubicación, éste es el destino económico de México para la siguiente generación, puntualizó.

Bajo riesgo de ser irrespetuoso, el mayor activo económico de México reside en la vecindad que tiene con Estados Unidos, está cerca de una economía enorme y bastante exitosa que le da ventajas y le permite integrar su producción de manufactura. Y las reformas económicas han tenido una orientación geográfica, comentó. De la inseguridad en México, dijo que es más alto el nivel de violencia doméstica.

El economista agregó que no ve una crisis económica de manera inminente para México, como ocurría con cada elección presidencial, pero advirtió que a nivel mundial se presentan caídas en los indicadores macroeconómicos similares a los que precedieron a otras crisis aunque no en la misma dimensión. El problema, dijo, no es de baja producción sino que el comercio mundial está muy deprimido porque hay una baja demanda de consumidores, un estancamiento secular, y recomendó a México tener cuidado con endeudarse en monedas extranjeras porque no conseguirá créditos tan baratos como Estados Unidos.
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