"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí
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martes, 7 de febrero de 2017

Camilo, una leyenda viva en el pueblo cubano

Por Rachel Rivero Acosta, 6 febrero 2017.- Por tener un carácter jovial, generoso y humilde se caracterizaba Camilo Cienfuegos Gorriarán. Nació el 6 de febrero de 1932 en la barriada de Lawton, en la capital cubana. A 85 años de su natalicio conversamos con Elgin Fontaine Ortiz, quien tuvo la oportunidad de estar cerca de una de las personalidades más paradigmáticas de la Revolución Cubana.

Fontaine, hoy coronel jubilado perteneciente a la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana (ACRC), evoca las vivencias que tuvo junto a Camilo como invasor de la Columna No. 2.

El hombre del sombrero del alón.

«Eran cerca de las diez de la mañana y me presenté delante de Camilo y al explicarle las razones para querer estar en su pelotón, me recibió con los brazos abiertos. El cielo se abría ante mí, la firmeza, valentía y compañerismo que lo distinguía hizo que cada uno de los rebeldes lo respetaran a diario», cuenta.

El Comandante del Pueblo, conquistó con su coraje y actuar el respeto y admiración de todos sus compañeros, desde el desembarco del yate Granma, quien fuera uno de los últimos hombres aceptados en la expedición, llegaría a ser llamado por el Che «el más grande jefe guerrillero que dio esta Revolución».

«Jugar pelota, boxear, realizar grandes caminatas bajo el sol y hasta chapaletear en el río fueron algunas de las actividades que realizaba y lo convertían en uno más de la tropa, pero si cometías una indisciplina, al momento cambiaba su carácter, era riguroso y determinaba un castigo que servía de escarmiento para no volver a incidir en una desobediencia. Asimismo, siempre fue muy justo en sus decisiones, las cuales eran respetadas».


Entre los rebeldes 

Fontaine recuerda que, cuando varios de los soldados de la Columna se reúnen en la Casa de los Combatientes, inmortalizan con sus relatos la figura de Cienfuegos.

«Algunos de nuestros compañeros de armas de la invasión han dicho que, de la Sierra hasta el norte de Las Villas, Camilo recorrió como jefe de una punta a la otra de la Columna. Que anduvo, para estimularlos, desde la vanguardia hasta el último lugar de la retaguardia.

«Fue, además, el primero de los oficiales de la Sierra Maestra en bajar a combatir al llano, ya hecho toda una leyenda, y notando mucho más allá de lo que alcanzaba la vista de sus hombres. Camilo también resultó ser el primer jefe guerrillero que llegó a Las Villas, el 7 de octubre de 1958».

El hambre no pudo con los hombres de la columna 2 

«Veníamos en la invasión y llevábamos cinco días sin comer. Lo único que había por los alrededores de los pantanos eran mosquitos y hambre. Camilo supo dirigir a los hombres en un solo núcleo, hacerles saber la importancia de la honestidad.

Cuando íbamos por los manglares, no robamos nunca comida. Hubo un momento en que traíamos con nosotros una yegua que cargaba un radio, libros o algún compañero que se enfermara, pero se decidió matarla porque el hambre iba en aumento.

«Cuando se mató a la yegua, empezó a volar una avioneta encima de nosotros, y estábamos precisamente cocinando la carne, surgía el humo cada vez en mayor cantidad y entonces Camilo mandó a apagar la fogata, porque se podía poner en peligro a la Columna. Así fue siempre el Señor de la Vanguardia, pendiente de la vida de cada soldado».


Camilo: confianza y amor del pueblo cubano 

«Después del triunfo revolucionario, Mara mi esposa, tuvo un encuentro en Matanzas junto a su padre —mi futuro suegro— con Camilo. Cuando lo reconoció fue hacia su lado y le comentó: “¿Usted es Camilo? Yo soy la novia de un invasor que perteneció a la Columna No. 2”.

«Cuando comenzaron hablar, Cienfuegos, quien estaba de visita en la provincia para observar el estado del Morrillo, lugar donde murió asesinado Antonio Guiteras Holmes y se encontraba abandonado, comenzó a jaranear, y le decía: Yo no soy Camilo, usted está equivocada. Yo no soy Camilo”.

«En ese preciso momento, mi futuro suegro, quien se oponía a nuestra relación, le preguntó: “¿Bueno y cómo es ese muchacho? (refiriéndose a mí)”, a lo que respondió Camilo con una sonrisa convincente: “Ese guajirito, ese sí que era guapo”. Después de esa conversación el padre de Mara me dio la mano de su hija, y nos comprometimos».

Para hablar de Camilo, hay que hablar de Fidel 

El líder de la naciente Revolución Cubana sentía una gran admiración y respeto por el joven rebelde. La expresión «¿Voy bien Camilo?» de Fidel a Camilo en los primeros días de su llegada a La Habana expresa la total confianza y el reconocimiento de sus fehacientes ideas revolucionarias.

Después del triunfo de la Revolución, los inseparables guerrilleros acudían con regularidad a los encuentros de pelota, algunas veces como espectadores y otras como activos participantes.

En una ocasión en que ambos acudieron al estadio del Cerro para participar en un desafío que se desarrollaría esa noche, surgió la idea de que en las dos novenas jugaran los guerrilleros contra el equipo de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR).

«Camilo, acariciando su amplia barba oía la proposición y mascaba fuertemente su tabaco. Cuando concluyeron de explicarle la idea, respondió: “¿Qué integre una novena contra Fidel? ¡Qué va! ¡Contra Fidel yo no estoy ni en la pelota!”», rememoró Fontaine.

Ese día mientras Fidel ocupaba el montículo de los lanzadores, en la novena de Los Barbudos, Camilo le atrapaba sus líneas como receptor. El célebre tope beisbolero culminó 3-0 con la victoria de los guerrilleros.


La juventud cubana necesita más Cienfuegos 

«La juventud necesita un trabajo político-ideológico más profundo, requieren redescubrir la fortaleza que han demostrado las grandes personalidades de la Revolución Cubana. En los jóvenes está la fuerza y el impulso de nuestro país, no pueden dejar caer los ideales por los que se ha luchado durante siglos. Nosotros dejamos las anécdotas, las historias y hechos que marcaron nuestras vidas, ellos son los encargados de revivirlas y mantener la Revolución que logramos», expresó Fontaine, con su voz agrietada por el paso de los años.

viernes, 28 de octubre de 2016

El Camilo que acompaña mis pasos



Cada 28 de octubre los niños cubanos lanzan flores al mar en honor a Camilo. Foto: Ladyrene Pérez/ Cubadebate.

Por Yeilén Delgado Calvo

Así habla quien siente lo que dice, quien le pone a las palabras el pecho, la angustia, la esperanza; pero entonces era muy pequeña para entenderlo. Solo sabía que aquella voz algo ronca me emocionaba, y mientras desde los altoparlantes se escuchaba a Camilo recitar los versos de Bonifacio Byrne, yo me apretaba contra el costado de mi papá y sujetaba bien fuerte, aunque me pinchara, la rosa arduamente conseguida, porque todos los niños ansiaban su flor, y los jardines quedaban desprovistos.

Llegábamos a la costa y las olas me salpicaban los zapatos, quería acercarme más: no había nada más triste que ver a la flor presa en el “diente de perro”, sin flotar junto al resto. Si sucedía eso, a pesar de que los adultos consolaran diciendo que luego subiría la marea y a Camilo le llegaría el regalo de la pionera, una lágrima se escapaba.

Ese día de octubre no quería dar clases de Matemática ni de Español, sino que me contaran más del joven simpático, un poco flaco, de barba y sombrero, que nos miraba desde las láminas; y que me volvieran a explicar cómo se cayó en el mar su avioneta. Siempre, tras el relato, fantaseaba que aparecía, que había estado perdido en una isla; no lo veía volver viejo, tenía el mismo pelo negro y la sonrisa.

Así Camilo fue una leyenda de mi infancia, un héroe mítico, y lo quise porque en la escuela y en casa me decían que era –así, en presente– un muchacho bueno, valiente, que protegía a la Patria y era amigo del Che.

Ya el amor estaba sembrado. Después, cuando llegaron las clases de Historia, los libros y la vida, aprendí que los héroes distan de ser perfectos y la sacralización tiende a arrebatarnos lo más genuino de su legado. A pesar de ello, la imagen de Camilo no se melló, se hizo menos ideal pero más humana; tal vez por eso, cuando no soy una niña y me restan escasos años para cumplir su edad cuando murió, aún está conmigo.

El Camilo que acompaña mis pasos no se avergüenza de sus defectos ni de sus impulsos, aunque comprende que madurar es imprescindible. Se enorgullece de la cubanía, de la pelota, los amigos, las bromas, es capaz de lograr una confesión usando un esfigmómetro como detector de mentiras. Sabe que trabajar supone el único camino honrado, y que sentado al borde del camino nada se logra.

Camilo me dice que la audacia vale mucho, y la inconformidad otro tanto, mas sin lealtad se quedan vacías. Que ser joven es ser alegre, arriesgado, desafiar la autoridad supuesta, bailar, enfermarse del hartazgo después del hambre prolongada; y nadie por ello tiene el derecho de declarar la irresponsabilidad, porque ese mismo joven puede latir en la frecuencia de su tierra que “cueste lo que cueste, tiene que ser libre”, y con devoción bajar a Dos Ríos para ponerle flores y una bandera al Apóstol, o cubrir con su cuerpo una ametralladora para salvarla del fuego enemigo, aunque implique el balazo en el abdomen.

Él me enseña el compromiso y la humildad. El Camilo Comandante era el mismo Camilomandadero y aprendiz de sastre, enamoró a un pueblo porque no asumía imposturas: quien se autoproclama grande, hace rato extravió la grandeza en algún trillo.

No llegó a los treinta y se sembró en Cuba, ¡y aún hay quien mira con sospecha a los que no lucimos canas! Este octubre le llevaré su flor, y aunque ya me alcanza la fuerza en el brazo para que mi ofrenda flote sobre el agua, sentiré la misma cosquilla en el estómago cuando escuche su voz, grabada pero viva. Camilo me habla, nos habla, y esa emoción recuerda que aún hay mucho por lo que luchar.


Camilo con Raúl Castro.


Fidel y Camilo en la Sierra Maestra.


Con el Che.


Camilo.


 

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