"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí
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lunes, 15 de diciembre de 2014

El modelo sueco neoliberalizado

Eva Björklund

A la sombra de la revolución bolchevique, el movimiento obrero sueco se propuso la construcción del socialismo en tres pasos: la conquista pacífica de la democracia política (derecho al voto, parlamentarismo), la democracia social (derecho a una vida decente, al empleo, la seguridad social, la educación, la salud y la cultura: «la sociedad de bienestar»), y la democracia económica (propiedad social sobre los medios de producción).

Con el poder parlamentario a partir de los primeros años de la década de los 30, y en coalición con el partido campesino, el Partido Socialdemócrata (SAP) inició la realización de su proyecto. En 1975 había alcanzado muchas metas importantes, pero no el socialismo; las reformas dentro del capitalismo habían llegado a su tope, pero no habían logrado socavar el sistema. Al tiempo que este mostraba signos de crisis, la política socialdemócrata llegaba al principio de su fin: perdió las elecciones en 1976, ganó de nuevo en 1982; pero ya la avalancha del neoliberalismo estaba al doblar la esquina.

En vez de tres etapas para construir el socialismo en el siglo xx, fueron tres etapas de abandono: al principio, las reformas sociales se vieron —además de como reclamos justos para una vida digna— como instrumentos de movilización, concientización y fortalecimiento de la lucha de clases para socavar el capitalismo y construir una sociedad socialista. La política se apoyó más tarde en la ilusión de que se podía construir el socialismo en colaboración con la clase capitalista, sin conflicto ni confrontación (el modelo sueco, el consenso); y después vinieron el abandono de la meta socialista y la adaptación a la idea de un capitalismo de «cara humana» bajo control político: era el fin de la historia del modelo sueco socialdemócrata y el inicio de un nuevo consenso neoliberal.

A finales del siglo XX, las empresas privadas ya habían crecido y fortalecieron el poder del capital. Entonces, el dogma neoliberal pudo empezar a revertir, empobrecer y desvirtuar los logros sociales en Suecia. De vidriera de la sociedad de bienestar, el país mutó hacia un experimento radical del nuevo orden neoliberal. El modelo sueco había sido construido explícitamente como alternativa reformista frente a la URSS, y el desplome del propio modelo soviético terminaría por acelerar también el fin de la alternativa socialdemócrata en Suecia.

De Keynes a Friedman

La sociedad de bienestar y la economía keynesiana fueron marcos referenciales comunes en la mayor parte de los países de Europa occidental después de la Segunda guerra mundial, independientemente de si sus gobiernos eran de derecha, centro o izquierda. La singularidad de Suecia era que, bajo un gobierno socialdemócrata durante más de cuarenta años, alcanzó el estado de bienestar más avanzado dentro de una economía capitalista.

Pero a partir de la última década del siglo comenzó a perder su unicidad, hasta convertirse en una sociedad con crecientes diferencias, marginalización y bienestar diluido. En 1994, ingresó en la Unión Europea. La socialdemocracia en el poder avanzó en la implementación de la agenda neoliberal con recortes y desregulaciones en el sistema de bienestar, mientras la derecha cambiaba de táctica y se aseguraba las elecciones de 2006 como defensora de aquel modelo de sociedad. En aquellos comicios, los socialdemócratas registraron los niveles de popularidad más bajos desde la década de los años 20.

Desde entonces, en Suecia gobierna una derecha que, sin mucha resistencia popular, ha logrado desvirtuar las metas de igualdad y solidaridad que habían caracterizado al «modelo sueco» a mediados de la década de los 70.

El Partido Obrero Socialdemócrata

El Partido Obrero Socialdemócrata (SAP) fue fundado en 1889 por las emergentes organizaciones sindicales, como instrumento político para cambiar la sociedad y construir el socialismo. En 1917, medio año antes de la revolución bolchevique, expulsó a la minoría más radical, núcleo fundador del que sería el Partido Comunista Sueco y, a partir de 1990, el Partido de Izquierda.

El SAP conquistó el poder parlamentario en 1920, y lo mantuvo apenas medio año; dispuso nuevamente de él entre 1924 y 1926. En 1932 se estableció en el gobierno por los próximos cuarenta y cuatro años. Sus primeros tiempos se caracterizaron por el combate a la crisis económica, el desempleo, la precariedad y el hacinamiento.

Durante la Segunda guerra mundial invitó a los partidos burgueses a un gobierno de unidad nacional, neutral ante la confrontación mundial. Pero después de la guerra se levantó una ola de radicalización de la lucha obrera con huelgas y demandas socialistas. Fue el verdadero inicio de la construcción de la sociedad de bienestar.

La socialdemocracia ha tenido su principal respaldo en la clase obrera: primero en la tradicional (industrial, masculina), y después, en la nueva (personal de servicios, de mayoría femenina, tanto en el sector público como en el privado).

Históricamente, el Partido Comunista —ahora de Izquierda— ha tenido un peso limitado en el parlamento: entre 5% y 6%; algunas veces ha llegado a 10%. Como el SAP casi nunca ha podido tener mayoría, ha dependido de los votos de la izquierda, siempre concedidos bajo protesta, para no apoyar a la derecha.

Un pacto histórico entre trabajo y capital

La clase capitalista financiera e industrial sueca ha estado siempre muy centralizada —se hablaba de una docena de familias en el siglo pasado, y hoy son unas cincuenta— y bien organizada. A través de la llamada Asociación Patronal Sueca (SAF), rebautizada en el siglo xxi como Näringslivet (La Vida Económica), había desempeñado un papel político e ideológico más importante que el de los partidos burgueses, hasta lograr el poder en 2006.

El movimiento sindical también ha estado bien organizado. En el siglo pasado, fue único entre los de países capitalistas con más de 80% de afiliación. Perdió unos trescientos mil miembros con las medidas del gobierno de derecha a partir de 2006, que encarecieron la tarifa para el seguro de desempleo y redujeron la retribución. Hoy, 70% de los asalariados son miembros del movimiento sindical, dividido horizontalmente: la más grande es la Central Obrera (LO), que agrupa la clase obrera tradicional-industrial y la nueva de servicios, con 1,8 millones de miembros; la segunda es la Central Funcionaria (TCO), de clase media baja (camisas blancas, funcionarios, técnicos medios, personal administrativo) con 1,6 millones; y, por último, la Central Académica (SACO), de clase media alta, con medio millón de miembros.

La Central Obrera mantiene una alianza estratégica con el SAP, como dos brazos (sindical y político) del mismo movimiento. Su dirección siempre ha ocupado posiciones altas en el Partido. Las otras dos centrales sindicales no son tan definidas, pero su política coincide a menudo con los partidos de centro-derecha.

Fue en los años 30 cuando el movimiento obrero y la Asociación Patronal hallaron las formas de colaboración características del «modelo sueco». En 1938, LO y SAF firmaron un histórico acuerdo en Saltsjöbaden que trazaba reglas para negociaciones, contratos y solución de conflictos como base para una duradera paz laboral: a la Patronal se le garantizaba el derecho de propiedad sobre los medios de producción y el mando irrestricto sobre la organización del trabajo, buenas ganancias y el apoyo estatal para su expansión internacional; a los obreros se les garantizaba el derecho a la organización sindical y a los acuerdos colectivos. Junto a esas garantías, al SAP se le permitía construir el Estado de bienestar, financiado con impuestos a los salarios y a las ganancias de las corporaciones. El «espíritu de Saltsjöbaden» caracterizó toda una época de consenso y colaboración, con el propósito de promover el desarrollo económico.

El capital —entendiendo las ventajas de una clase obrera educada y saludable— aceptó la construcción de la sociedad de bienestar; mientras, el gobierno no amenazaba el dictado de los empresarios sobre la producción. La hegemonía política favorecía al mundo obrero, pero también facilitó el enriquecimiento de las corporaciones suecas.

Durante más de treinta años, los resultados beneficiaron a las dos partes. También las favoreció que Suecia, tras la Segunda guerra mundial y desde una posición privilegiada, pudo cabalgar sobre una larga ola de bonanza económica internacional hasta principios de los años 70.

Formalmente, el pacto duró setenta años —entre 1938 y 2008. Al final del siglo, LO tuvo que aceptar una renegociación con Näringslivet, basada en la adhesión sueca a la Unión Europea, con sus reglas neoliberales y antisindicales; y en 2008, se sintió obligada a adaptarse a la liberalización del mercado de trabajo.

El Estado sueco de bienestar: la socialización de la distribución

Una característica del modelo sueco es la política de bienestar para todos los ciudadanos, financiada con impuestos progresivos —que todos deben pagar, según sus posibilidades— sobre los salarios e ingresos, sobre el consumo material individual (circulación de mercancías), sobre las ganancias de las empresas y sobre la propiedad inmobiliaria —incluyendo las viviendas particulares. Por el carácter universal de los beneficios, sin diferenciación por el poder adquisitivo individual, el modelo sueco es distinto al de otros Estados europeos que dirigen subsidios y derechos a los necesitados, en vez de a toda la población por igual. Se ha dicho que ello ha facilitado la aceptación, por la clase media, de los altos impuestos para financiar servicios sociales, porque también ella se beneficia; se considera que ha funcionado como un adhesivo social y que, por eso, la sociedad de bienestar sueca ha sido más duradera que otras.

El Estado central, provincial y municipal organizaba y administraba las estructuras del bienestar y la seguridad social: la educación, la salud, los círculos infantiles, la infraestructura técnica, el seguro de enfermedad, las pensiones de jubilación, la licencia de maternidad/paternidad, los subsidios a la infancia y a la construcción de viviendas, etc. Este modelo se fue construyendo y ampliando durante las décadas de bonanza económica. Daba la impresión de que se vivía en el mejor de los mundos, de que era posible dominar políticamente —aun sin tener la propiedad de los medios de producción— a las fuerzas del mercado y del capital, y construir una sociedad de bienestar en el capitalismo.

El reformismo socialdemócrata había ganado aceptación y legitimidad por parte del capital y del movimiento obrero. El primero fue atraído por la posibilidad de posponer o evitar la transición al socialismo; el segundo, por la idea de poder lograrla sin confrontación.

Con el éxito, vino una tendencia a minimizar las limitaciones reales de una sociedad de bienestar en el capitalismo y a ignorar, durante décadas de no confrontación, que la fuerza laboral tenía que subordinarse cada día más a la lógica del capital. Se subestimó el efecto de las formas de producción y el mercado capitalista, y no se tuvo en cuenta el conflicto entre las fuerzas antagónicas; el socialismo fue visto como una forma más racional o justa para las relaciones capitalistas y no para su erradicación.

El modelo se basó en una producción material capitalista y una distribución justa y racional de los servicios sociales administrados por el Estado, responsable, además, de financiar y mantener la infraestructura de redes viales y de ferrocarriles, los servicios telefónicos y de electricidad, la vivienda, la radio y la televisión, el sistema de salud, la educación y la seguridad social. Pero la producción de todo lo material fue encargada al mercado y a las empresas privadas. Con esa formidable base de ganancias crecieron las grandes corporaciones suecas hasta fuera de sus fronteras, y se convirtieron en transnacionales importantes como Asea (ABV), Ericsson, SKF y Volvo.

La división entre distribución social y producción privada ha sido más notable en el sector de la vivienda. La construcción en manos de empresas privadas fue fuertemente subsidiada por el Estado para bajar los costos de inversión de las empresas municipales y cooperativas, a través de las cuales se administraba la distribución de las viviendas. El Estado no tenía acceso a la contabilidad de las empresas y, por tanto, no podía analizar el nivel de ganancias ni detener el permanente crecimiento de los costos. Las empresas de construcción se enriquecieron y se lanzaron con éxito a la competencia internacional. Ya en la década de los 70, Suecia tenía el porcentaje más alto del mundo de corporaciones transnacionales en relación con la población. En el siglo xxi, la mayor parte de esas empresas ha sido absorbida por el gran capital internacional, fuera de Suecia, donde también se quedan ahora las ganancias.

La democracia económica y los fondos de los asalariados

En la década de los 60, el modelo fue desafiado desde la izquierda. Por un lado, una juventud radicalizada a raíz de la guerra de Viet Nam; por otro, los obreros, cuya formación en valores de igualdad y solidaridad chocaba ya con las formas autoritarias y que la democracia se quedara fuera de las puertas de los centros laborales y educativos. Desde finales de ese decenio y hasta los 80, estallaron varias huelgas grandes contra el mando dictatorial en los centros de trabajo y las pérdidas en el poder adquisitivo debido al estancamiento del crecimiento económico. Con esta radicalización general del movimiento obrero se actualizaron las ideas socialistas, y se exigió la nacionalización de bancos, farmacias e industrias; democracia económica y laboral, y desconcentración del poder y la propiedad. En términos de la «democracia de las tres etapas», la económica era un asunto pendiente.

Un hecho decisivo fue que el movimiento sindical obrero, empujado por la base, exigiera, primero, una participación en la toma de decisiones en los centros laborales y las empresas y, después, la creación de fondos de asalariados para participar de las ganancias y ejercer cierto poder sobre las empresas, en calidad de copropietarios. El proyecto fue adoptado en el congreso de LO, en la primavera de 1976, y en el del SAP, en 1978, y significó la ruptura del consenso que había reinado entre sindicato y patronato desde los años 30.

Con el proyecto de los fondos, el movimiento sindical fortaleció su papel como el motor ideológico en la alianza con el Partido. Esto no solamente rompió el consenso con el capital, también actualizó una contradicción entre socialistas «funcionales» y «demócratas» dentro del SAP. La idea había sido de los «demócratas» de LO; los «funcionales» querían limitar el espacio y poder del capital, pero dentro del sistema capitalista.

Los dueños del capital se dieron cuenta de la seria amenaza que significaba este proyecto y protestaron por todos medios contra esta ruptura del consenso. Habiendo perdido el control absoluto, tuvieron que recurrir a la masa de los pequeños empresarios, asustarlos con que Suecia se iba a convertir en una dictadura comunista y movilizarlos masivamente por las calles, y a través de su creciente dominación sobre los medios masivos, captar a la opinión pública con esta ofensiva ideológica y política.

En el otoño de 1976, una coalición de centro-derecha ganó las elecciones y pudo formar gobierno por primera vez en cincuenta años. Tuvo que administrar un país en crisis económica; se había aplacado la larga ola del crecimiento económico de la posguerra. Perdió de nuevo en 1982.

Mientras, la idea de los fondos de asalariados se reformuló en manos del SAP y cambió su carácter. El proyecto adoptado por el parlamento en 1983, cuando el SAP había vuelto al poder, ya no tenía ninguna meta socialista o de poder sindical sobre los medios de producción; más bien se había convertido en una forma de ahorro colectivo obligatorio, impuesto a los asalariados con el fin de contribuir, con capital de riesgo, a una producción en manos privadas.

La apuesta por un instrumento de poder sobre el capital fue abandonada y los fondos fueron disueltos por el gobierno de centro-derecha en 1991. La Central Obrera perdió su papel de vanguardia ideológica y mucho de su poder político.

La dirección socialdemócrata ya había abandonado toda idea de cambio de sistema y nunca más ha permitido que se cuestione la propiedad privada sobre el capital accionista. Al contrario, apoyó la privatización de muchas de las grandes empresas estatales de la infraestructura: transporte, electricidad, comunicaciones, etc. y, con el tiempo, de bases tan importantes de la sociedad de bienestar como la educación, la salud y la seguridad social.

Los medios masivos y la democracia liberal

Desde sus orígenes, el movimiento obrero sueco había creado sus propios periódicos y revistas. Después de la Segunda guerra mundial, tenía un matutino y un vespertino nacionales, y un diario en cada una de las principales ciudades. Pero no podía financiar estos espacios con la venta de anuncios, al estilo de la prensa liberal. El Partido Socialdemócrata, o más bien la Central Obrera —la parte rica de la pareja—, tuvo que cubrir el déficit durante mucho tiempo, consciente de la importancia de tener una voz propia en la formación de la opinión pública y en el fortalecimiento de la autoconfianza de la clase obrera como sujeto para sí.

Pero la competencia asimétrica con los medios financiados con anuncios comerciales, poco a poco fue estrangulando aquellos diarios que llevaban la contraria a la política de los anunciantes. Paralelamente, la dirección de LO y de SAP decidieron que no hacía falta mantener una prensa propia. En las décadas de los 80 y los 90 se cerraron o fusionaron casi todos los periódicos socialdemócratas. De ahí que hoy la inmensa mayoría de la prensa escrita, radial y televisiva predique la política neoliberal y la hegemonía estadounidense.

La cúpula de la socialdemocracia sueca se dejó captar por los cantos de sirena del New Labour de Tony Blair y su «tercera vía», y la «renovación de la socialdemocracia» que, entre otras cosas, proclamaba la aceptación del capitalismo, la democracia liberal/parlamentaria y su globalización, como únicas alternativas tras la caída del Muro de Berlín. Pero la opinión pública y el pueblo no estaban todavía de acuerdo. A pesar de que se escuchaba básicamente una sola voz, proclamando que el único camino era el neoliberal, la mayoría de los suecos se resistían a aceptarlo. Las encuestas mostraban que entre 60% y 70% de la ciudadanía quería seguir pagando impuestos para mantener la seguridad social, la educación y la salud como bienes comunes financiados solidariamente.
La separación entre dirección y movimiento

En la década de los 60, los partidos habían conseguido financiamiento estatal, por lo que ya no necesitaban tanto la contribución de sus miembros. Hace cincuenta años, casi la quinta parte de los hombres y una décima parte de las mujeres pertenecía a algún partido —el SAP era el más grande—; hoy militan solo 5% de los hombres y las mujeres, y casi todos tienen cincuenta años o más. Durante la década de los 90, los partidos perdieron treinta mil miembros por año. El Obrero perdió mucho más que los de centro-derecha. Ahora, más de 65% de la población considera que los partidos no cumplen con sus tareas fundamentales y no inspiran confianza. Pero la mayoría de los electores mantuvo su fe en el modelo sueco de la sociedad de bienestar.

Las organizaciones de masa y los movimientos sociales que tanto han caracterizado la sociedad sueca están perdiendo terreno, y los partidos sustituyen sus miembros con consultores de publicidad. Eso sí, se han convertido en organizaciones de hombres y mujeres de poder. La política se ha convertido en profesión y carrera. Con el abandono del trabajo en la base, sustituido por campañas publicitarias al estilo yanqui, el trabajo político cambió de carácter.

En el siglo xxi se ha establecido un nuevo paisaje político. Su élite se mueve entre la publicidad y el partido, tanto en la derecha como en la socialdemocracia, en vías de carrera entrelazadas. El mejor ejemplo es el mismo Per Schlingmann, ministro de Propaganda de la Alianza de Derecha: empezó su carrera como presidente de la juventud derechista, siguió por un buró transnacional de publicidad, y de allí fue reclutado para el Partido en 2006, y para ministro de Propaganda —oficialmente de Comunicación—, en 2010. Su credo es que la política es comunicación y promoción de visiones. Por esta línea, los funcionarios de publicidad del gobierno han aumentado de unos veinte a ciento cuarenta en los últimos quince años. Y el presupuesto para comprar publicidad de empresas externas aumentó en 119 millones de coronas en cuatro años.

Los ministros son reclutados en las grandes empresas de publicidad, y viceversa. Los ministros de la Alianza de Derecha Carl Bildt, Nyamko Sabuni y Anna-Karin Hatt tenían un pasado semejante. Y entre las grandes empresas de publicidad se puede encontrar ahora al ex primer ministro socialdemócrata Göran Persson, y al ex ministro de derecha Anders Björk. En la empresa Springtime trabajaba la nueva ministra de Igualdad de género, y hacia Prime se fue el jefe del Estado mayor del gobierno de derecha. La lista es más larga.

Según el profesor británico de Sociología Colin Crouch, la élite política vive contenida en su propio mundo donde acapara fortunas cada día más grandes. La política y los políticos están dando vuelta atrás al juego de fuerzas que dominaba antes del nacimiento de la democracia de masas. Crouch llama «posdemocracia» a este fenómeno.[1]

La Unión Europea: el sello neoliberal de la política

El congreso del SAP en 1990 decidió, por gran mayoría, que Suecia no debería entrar en la Unión Europea (UE) porque su base neoliberal era incompatible con la sociedad de bienestar y los derechos laborales conquistados por el país. Medio año después, el primer ministro, presidente del Partido, firmó la solicitud formal del Reino de Suecia de entrar como miembro en la Unión. En el otoño siguiente, el SAP perdió las elecciones y se instaló un nuevo gobierno de centro-derecha con el apoyo parlamentario del primer partido sueco basado en la xenofobia.

Cuatro años después, con mucho dinero y fuertes amenazas, la cúpula socialdemócrata estableció una alianza con todos los partidos burgueses en el poder para lograr, en un plebiscito, un débil 51% a favor de la afiliación de Suecia a la UE. Perdió en el referendo de 2002 sobre la afiliación a la Unión Económica y Monetaria, a pesar de la misma asimetría brutal en el financiamiento de las campañas y en el acceso a los medios masivos. El resultado de la política neoliberal se estaba notando ya en todos los campos, con costos más altos y servicios más huecos.

Y cuando se trató de ratificar la nueva Constitución de la UE (ahora llamada «Convención» para pretender ser menos fuerte), los partidos burgueses y la socialdemocracia estaban decididos a no permitir el referendo, que temían perder. La opinión pública estaba claramente en contra y exigió un referendo, entre otras cosas porque la Constitución de la UE limitaría los derechos de lucha de los sindicatos y obligaría a Suecia abandonar lo que le quedaba del sector público.

Suecia era todavía una democracia liberal. La UE ni siquiera cumple con estos requisitos, por muy pluripartidista que sea.

Los primeros pasos neoliberales de gobierno

El retroceso del modelo sueco había comenzado suavemente con el gobierno burgués entre 1976 y 1982, continuó durante el gobierno del SAP (1982-1991), adelantó rápidamente durante el gobierno burgués (1991-1994) y siguió, a un ritmo más lento, durante el gobierno socialdemócrata (1994 -2006).

Cuando el SAP retomó el poder en 1982, cambió la política financiera e impositiva vigente por una de manipulación de las tasas de cambio para estimular las exportaciones y crear empleo en el país. Comenzó con una devaluación récord y, con ello, una reducción indirecta pero notable de los salarios, lo que amplió las brechas económicas. Así el nivel de empleo podía mantenerse sin necesidad de retar al capital.

Las ideas neoliberales se materializaron después con la desregulación del mercado bancario/financiero en 1985. Para amortiguar el creciente déficit en las finanzas del Estado, el sector público tenía que encogerse.

Aunque no lo sabían, la primera «reforma» lograda en un nuevo consenso neoliberal tocaba al sistema de pensiones por jubilación según el mismo principio que impuso Augusto Pinochet en Chile. Hasta entonces, las contribuciones a las pensiones venían de los impuestos pagados por las empresas en relación con sus empleados. El acuerdo que el gobierno del SAP hizo con los partidos en 1989 —salvo con el comunista, que se opuso— significaba pasar esos fondos al capital financiero según la opción que hiciera cada asalariado en cuanto a consorcios de la bolsa de acciones donde invertir su parte. Se consideraba un derecho y una libertad de cada cual especular con sus pensiones. Fue una inyección enorme a la bolsa financiera y, con el tiempo, una disminución sensible de las pensiones; una estafa colosal que terminaría llevando a una cantidad considerable de jubilados al nivel de pobreza.

Este cambio de hegemonía ideológica expresa un cambio en el balance de poder entre capital y trabajo, y una ofensiva fuerte por la Patronal. Su actuación se produjo en el marco de una estrategia internacional para expandir el capital a terrenos antes cerrados, tanto de Europa —los países del este y los sectores públicos del oeste— como de algunos países del Tercer mundo donde pervivían «conquistas» de posguerra.

Sellado el acuerdo de pensiones, la derecha ganó en las elecciones de 1991.
La crisis económica


Poco después de la victoria electoral de la derecha en el otoño de 1990, llegó la crisis económica más profunda del país en medio siglo. Ya el gobierno anterior, socialdemócrata, había abrazado la llamada política de norma, al priorizar la reducción de la inflación por encima del empleo e introducir la política monetaria, que fijaba la tasa de cambio de la corona al tiempo que soltaba el control de las transacciones financieras internacionales. Junto al fuerte endeudamiento inmobiliario de finales de los 80, ello llevó a una crisis bancaria dramática entre 1991 y 1992. El desempleo aumentó de 1,7% en 1990 a 8,2% en 1994. Pero el gobierno salvó los grandes consorcios bancarios, al borde de la bancarrota, con créditos estatales que costaron miles de millones de dólares a los ciudadanos, que lo financiaban con sus impuestos.

El gobierno inició una serie de recortes fuertes en el sector público (trabajo social, escuelas, atención médica, a los ancianos etc.) y mandó a cientos de miles de trabajadores —sobre todo mujeres— a la cesantía. Introdujo grandes «reformas»: abrió la salud, la escuela y los círculos infantiles a empresas privadas, sin restricciones en cuanto a retorno de ganancias sobre la financiación pública. Según explicó, entregaba así a los ciudadanos la libertad de elegir dónde satisfacer sus necesidades de atención médica, educación y cuidado de niños y ancianos.

Un partido obrero neoliberalizado

A pesar de un desempleo extremadamente alto en relación con lo tradicional en Suecia, el SAP no dio prioridad a este problema cuando volvió al gobierno en 1994. No hizo lo que había prometido y sus electores esperaban: recuperar la sociedad de bienestar. Se mantuvo firme en la llamada política de norma (balance presupuestario, reprimir la inflación, política monetaria), fortalecida con la entrada a la Unión Europea. Pero sí logró avances importantes en asuntos como la emancipación de la mujer y la igualdad de género, los derechos de preferencia sexual, los de las personas discapacitadas, etc. También hizo varios intentos idealistas para contrarrestar la creciente marginalización de los suburbios, la xenofobia y el racismo.

Sin embargo, no rompió con medidas neoliberales como la privatización del sector público. Implementó también en ese sector la doctrina reaganiana del new public management, que se puede resumir en dos tesis: los hospitales, policlínicos, escuelas y cualquier servicio público pudieran ser aún más eficientes si adoptaran el sistema de emprendedores en un mercado donde las autoridades estatales comprarían los productos de los más capaces; y la libertad de los ciudadanos para elegir hospitales, policlínicos y escuelas aumentaría la eficiencia y bajaría los costos. Esto ha revolucionado tanto al sistema, que hoy están en crisis todos los componentes de lo que fuera el sector público sueco: una contrarrevolución solapada.[2]

El desempleo bajó un poco, pero se mantuvo alto con una tasa de entre 6% y 7% en el año electoral 2006. Había un gran descontento, lo suficiente para que también parte de los que siempre habían votado por la socialdemocracia se dejaran llevar por el Nuevo Partido Obrero, como se presentaba la derecha. Ganó bajo ese manto, con la promesa de eliminar el desempleo masivo y la marginalización, y de no tocar algunas sagradas conquistas laborales como los acuerdos colectivos y ciertos aspectos de la seguridad de empleo.

Las elecciones de 2006: ¿cómo pudo ganar la Alianza de centro-derecha?

El partido tradicional burgués (Moderata), después de una enorme derrota en las elecciones de 2002, se dio cuenta de que nunca llegaría al poder si continuaba propagando abiertamente su política de derecha. Una mayoría abrumadora de la población se oponía al desmontaje del Estado de bienestar y del derecho laboral, a pesar de la preferencia masiva que los medios de comunicación daban al consumismo, al mercado y al desprecio hacia la política.

Cuando Fredrik Reinfeldt fue elegido presidente del Partido Moderata, varios comentarios a su discurso se refrían a que con él se ensayaba la receta del conservatismo compasivo. Y como Bush, Reinfeldt decía que tomaría el partido de «la gente común» frente a la élite; que «los moderatas nuevos» eran también el nuevo partido obrero con la meta tradicional del movimiento: la «línea de trabajo» para todos, ya que el Partido Socialdemócrata no había podido erradicar el desempleo masivo en cuatro años.

Y de haber hablado siempre mal de Suecia como un país «casi soviético», los moderatas pasaron al eslogan «Amamos a Suecia». Esto los llevó a su mejor resultado electoral desde los años 30, y aunque tres partidos pequeños de la Alianza perdieron votos, ganaron el acceso al gobierno. El gran misterio es por qué los socialdemócratas no tomaron esto en serio y no reaccionaron cuando la derecha les robó el tema del desempleo y la exclusión, haciéndose pasar por los que se preocupaban en serio por el descontento de la gente. La Alianza consiguió 48%, y la socialdemocracia, con sus partidos de apoyo —Izquierda y Ambientalista—, 46% de los votos.

No fue la clase obrera en primer lugar —es decir, los afiliados a la Central Obrera— la que abandonó al SAP, sino una parte de la clase media, por la que tanto se habían esforzado los socialdemócratas, la que votó para mostrar, sobre todo, su descontento con el presidente del Partido, Göran Persson, a quien los medios masivos habían logrado difamar. SAP también perdió un pequeño grupo de obreros jóvenes en pequeñas ciudades, los cuales votaron por el partido xenófobo Sverigedemokraterna (Demócratas Suecos).

Resultado: la abuelita muestra sus dientes

Los días que siguieron a las elecciones, la incógnita era si la Alianza se apresuraría en dar el golpe de gracia al sistema, o si se lo tomaría con calma, apuntando a ganar las elecciones de 2010. Hubo respuesta cuando el gobierno y el presupuesto fueron presentados. Era una política de derecha, clásica y radical: elevación drástica de las tarifas del seguro de desempleo y de tráfico; eliminación del derecho a la deducción de impuestos por la cotización sindical y de los subsidios para la construcción de viviendas; recortes a las reposiciones a los desempleados, a las retribuciones por seguros de maternidad y paternidad, y al seguro por enfermedad (en dinero y tiempo); reducción del impuesto sobre la riqueza privada y la casa propia (50%) y sobre el ingreso; subsidios al empleo de sirvientas en las casas de la burguesía; venta de empresas estatales por unos siete mil millones de coronas anuales; cierre del Instituto Nacional del Trabajo, del Instituto Nacional para la Protección de Animales, de la Dirección Nacional de Integración; disminución de la cotización patronal, etcétera.

Era un presupuesto de lucha de clases, de castigo a los desempleados —que aumentaron por los recortes de los presupuestos para salud y educación— y a los enfermos. Una declaración de guerra contra el movimiento sindical, una política de privatizaciones masivas para robarle al pueblo la propiedad común; una política de más dinero para los ricos, de abrir nuevos mercados para las empresas privadas de seguros y de una escalada en la contaminación del medio ambiente.[3]

No fue el «discreto encanto de la burguesía» el que caracterizó la formación del nuevo gobierno, sino los evasores de impuestos y tarifas, la clase alta que estafa a sus sirvientas negándoles el seguro social y haciendo que otros paguen sus pensiones, escuelas, visitas al hospital y el mantenimiento de las carreteras por la cuales avanzan. Así empezaron y han seguido con una ola masiva y acelerada de privatizaciones de la salud, la educación y las empresas municipales de la vivienda. Esto ha significado una escalada de la segregación urbana, con gentrificación de los barrios centrales y atractivos, y división entre escuelas de calidad alta y baja. Vendieron a precios de liquidación hospitales y clínicas a empresas privadas que los mantuvieron funcionando con los ingresos del seguro de salud. El desempleo subió a 8%.[4]

En vísperas de las elecciones de 2010, el Partido Socialdemócrata vio un aumento de apoyo en las encuestas, que daban un balance de 55-45 a favor de la oposición en su conjunto: el SAP (44%), sin presentar realmente ninguna alternativa a la política de gobierno; y la izquierda y los ambientalistas, con 5% cada uno. Pero por mal manejo político y con una campaña mediática en su contra, perdieron de nuevo. La Alianza ganó con su consigna «Suecia, el país de avanzada» y en su congreso de 2011 adoptó un nuevo programa que proclamaba: «Tomando responsabilidad por toda Suecia. Trabajo, bienestar y protección».

Un modelo y un partido «renovado»

El nuevo programa de los moderatas fue presentado en 2011, asumiendo todas sus palabras de valores socialdemócratas: un partido que representa el interés común, con las metas de empleo pleno, fuerte cohesión social y solidaridad internacional. No importa que eso contradiga «el individualismo» (el cuento y la emoción son lo que vale):

Gracias a su franqueza, individualismo y economía de mercado, Suecia se ha convertido en uno de los mejores países del mundo. Con el bienestar que viene con la libertad hemos podido aumentar la seguridad y con la educación, la salud y el cuidado social/humano [hemos] podido crear una de las sociedades más cohesionadas del mundo […] Los moderatas queremos seguir construyendo sobre los valores que muchos reconocen como típicamente suecos.[5]

Según esta propaganda, el consenso y el bien común son la base para todo su proyecto. El ministro de Propaganda afirma que Suecia nunca ha sido socialdemócrata y que

muchos conceptos que se asocian con Suecia, el modelo sueco, las reformas de bienestar y crecimiento económico, son valores suecos que los socialdemócratas representaban en el tiempo de posguerra y que muchos se dan cuenta que nosotros representamos ahora. Cuando leí el libro de Trägårdh/Berggren me di cuenta de que ofrecieron un pedazo muy importante del rompecabezas sueco.[6]

En 2006, la derecha había robado de la socialdemocracia su «línea de trabajo», un tesoro viejo, y ahora se apoderaba también, abiertamente, del Estado de bienestar.

El genio salió de la botella

La razón de ser del Estado de bienestar era que podía hacer el futuro más previsible, y las fallas, menos fatales. El poder del capital fue empotrado en la sociedad con reglas, organizaciones sindicales y una cultura de consenso. Pero con la globalización del capital, el genio salió de la botella, y tanto la política como los sindicatos quedaron fuera del poder.

La desigualdad estalló, pero los problemas fueron individualizados. Cada quien era responsable de ser apto a emplearse, ahorrar un sueldo anual en el banco y hacer ejercicios para trabajar hasta la vejez.


[1]. Véase Colin Crouch, Postdemokrati, Daidalos, Suecia, 2011.

[2]. Véase Eva Björklund, «La (contra) revolución en el sector público», Dagens Nyheter, 22 de junio de 2013.

[3]. Véase Anne-Marie Lindgren, «La ola de privatizaciones», Tiden, 3 de abril de 2013.

[4]. Véase Eva Björklund, «En el país menos desigual: Las diferencias han aumentado más rápido», Informe OECD, 15 de mayo de 2013.

[5]. Claes Lönegard, «Propagandaministers Plan», Fokus, 21 de febrero de 2011.

[6]. Véase Per Svensson, «Striden om den Nordiska Modellen», Magasinet Arena, 14 de febrero de 2013, disponible enwww.dagensarena.se/magasinetarena/historicatarna-striden-om-den-nordiska....

viernes, 10 de enero de 2014

Todos los noruegos se despertaron siendo millonarios esta semana


Todos y cada uno de los ciudadanos de Noruega se ha convertido recientemente en millonario, al menos en teoría, gracias al mayor fondo soberano de inversión del mundo, hinchado por el crecimiento de los precios de los hidrocarburos.

Establecido en 1990, el Fondo de Pensiones Global recauda parte de las ganancias de la venta de crudo y gas.

El séptimo exportador de crudo del mundo invierte estos fondos en el extranjero.

El fondo es un éxito en el sentido de que el Parlamento logró ahorrar dinero para el futuro

El fondo posee un 1% de las acciones bursátiles mundiales, así como bonos y bienes inmobiliarios de Londres a Boston.

El contador en la página web del Banco Central, que gestiona el fondo, muestra que se han acumulado 5,11 billones de coronas (828.660 millones de dólares), una cantidad más de un millón de veces mayor que la población que alcanzó recientemente los 5.096.300 personas.

Según el portavoz del Banco Central, Thomas Sevang, es la primera vez que cada ciudadano tiene el equivalente a un millón de coronas en este fondo.

Sin embargo, esta riqueza se mantendrá fuera del alcance de los ciudadanos, conservándose estos fondos en previsión de que lleguen malos tiempos para ellos o para las generaciones futuras.

"El fondo es un éxito en el sentido de que el Parlamento logró ahorrar dinero para el futuro. Hay muchos ejemplos de países que no lo hicieron", comentó Oeystein Doerum, el principal economista del banco de inversión noruego DNB Markets, citado por la agencia Reuters.



Texto completo en: http://actualidad.rt.com/economia/view/116665-noruega-poblacion-millonario-hidrocarburos


Todos y cada uno de los ciudadanos de Noruega se ha convertido recientemente en millonario, al menos en teoría, gracias al mayor fondo soberano de inversión del mundo, hinchado por el crecimiento de los precios de los hidrocarburos.
Establecido en 1990, el Fondo de Pensiones Global recauda parte de las ganancias de la venta de crudo y gas.

El séptimo exportador de crudo del mundo invierte estos fondos en el extranjero.
El fondo es un éxito en el sentido de que el Parlamento logró ahorrar dinero para el futuro


El fondo posee un 1% de las acciones bursátiles mundiales, así como bonos y bienes inmobiliarios de Londres a Boston.

El contador en la página web del Banco Central, que gestiona el fondo, muestra que se han acumulado 5,11 billones de coronas (828.660 millones de dólares), una cantidad más de un millón de veces mayor que la población que alcanzó recientemente los 5.096.300 personas.  

Según el portavoz del Banco Central, Thomas Sevang, es la primera vez que cada ciudadano tiene el equivalente a un millón de coronas en este fondo.

Sin embargo, esta riqueza se mantendrá fuera del alcance de los ciudadanos, conservándose estos fondos en previsión de que lleguen malos tiempos para ellos o para las generaciones futuras.

"El fondo es un éxito en el sentido de que el Parlamento logró ahorrar dinero para el futuro. Hay muchos ejemplos de países que no lo hicieron", comentó Oeystein Doerum, el principal economista del banco de inversión noruego DNB Markets, citado por la agencia Reuters. 


Texto completo en: http://actualidad.rt.com/economia/view/116665-noruega-poblacion-millonario-hidrocarburos

lunes, 30 de diciembre de 2013

Por qué los bebés de Finlandia duermen en cajas de cartón

Helena Lee
BBC

Durante 75 años, las mujeres embarazadas en Finlandia han recibido cajas de cartón del Estado. Es como un paquete inicial con ropa, sábanas y juguetes que a su vez puede ser usado como camita. Muchos argumentan que esta política ha ayudado a que el país nórdico sea una de las naciones con menor tasa de mortalidad infantil en el mundo.

Se trata de una tradición que data de la década de los años 30 y busca dar a todos los niños finlandeses, sin importar su condición social, un comienzo de vida equitativo.

El paquete de maternidad, un regalo del gobierno, está disponible para todas las que esperan un bebé.

Contiene monitos, sacos de dormir, ropa para el aire libre, productos para el baño, así como pañales y un colchón pequeño.

Con el colchón en el fondo, la caja se convierte en la primera cama del bebé. Muchos niños tienen su primera siesta dentro de la seguridad que brindan las paredes de cartón.

Las madres pueden escoger entre tomar la caja o recibir efectivo (unos US$214), pero el 95% opta por la caja, pues su valor es mucho mayor.

Esta tradición nació en 1938. Al principio era sólo para familias de bajos recursos, algo que cambió en 1949.

"No sólo fue ofrecido a todas las futuras madres, sino que la nueva legislación también significó que, para obtener la caja, tenían que visitar a un médico y una clínica pública prenatal antes de los cuatro meses de embarazo", cuenta Heidi Liesivesi, quien trabaja en Kela, la institución de seguridad social finlandesa.

La caja les daba a las madres lo que necesitaban para cuidar a sus bebés, pero también ayudaba a guiar a las mujeres hacia los brazos de los profesionales de la salud del Estado de bienestar naciente de Finlandia.

En Finlandia, el índice de mortalidad por nacimientos ha bajado de más de 70 por cada 1.000 bebés a menos de cinco.

En los años 30, el país nórdico era muy pobre y la mortalidad infantil era alta, con 65 muertes por cada 1.000 nacimientos. Pero estos datos mejoraron rápidamente en las décadas siguientes.

Mika Gissler, un profesor del Instituto Nacional de la Salud y Bienestar en Helsinki, ofrece varias razones para esto: a la caja de maternidad y los cuidados prenatales para todas las mujeres en los años 40 les siguieron, en los 60, un sistema de seguridad social nacional y una red de hospitales centralizada.

Con 75 años, la caja está ahora institucionalizada en Finlandia como la transición hacia la maternidad, algo que une a varias generaciones de mujeres.

Reija Klemetti, de 49 años, vive en Helsinki. Recuerda ir a la oficina de correos y recoger la caja de uno de sus seis hijos.

"Era emocionante recibirla y que de alguna forma fuera la primera promesa de bebé. Mi mamá, mis amigos y mis familiares estaban ilusionados con ver qué tipo de cosas recibiría y qué colores habían escogido para ese año".

Su suegra, de 78 años, contó en gran medida con la caja cuando tuvo al primero de sus cuatro hijos en los años 60. En ese punto, tenía poca idea de lo que podía necesitar.

La caja de hoy en día

  • Colchón, funda de colchón, edredón, manta, saco de dormir / edredón para dormir
  • La misma caja funciona como una cuna
  • Traje para la nieve, gorro, guantes y botas aislantes
  • Traje ligero encapuchado y monos de punto
  • Calcetines y manoplas y sombrero y pasamontañas de punto
  • Monos y ropita en diferentes colores y estampados unisex
  • Toalla de baño con capucha, tijeras de uñas, cepillo de pelo, cepillo de dientes, termómetro de baño, crema de pañales, estropajo para el baño
  • Pañal de tela y trapos para limpiar a los bebés
  • Libro de imágenes y juguetes para la dentición
  • Parches para los pechos, condones

Más recientemente, la hija de Klemetti, Solja, compartió con 23 años la emoción que su madre sintió una vez, cuando se hizo poseedora de la "primera cosa substancial" incluso antes que el bebé. Ahora tiene dos hijos.

"Es fácil saber en qué año nacieron los bebés, porque cada año cambia un poco la ropa que viene. Está bien comparar y pensar 'ese niño nació el mismo año que el mío'", dice Titta Vayrynen, una madre de 35 años que tiene dos hijos.
"Las más felices"

Algunas familias no podrían costear el contenido de la caja si no fuera gratuito, a pesar de que para Vayrynen fue más una cuestión de ahorrar dinero.

Ella trabajaba muchas horas cuando quedó embarazada de su primer hijo y agradeció no tener que buscar tiempo para salir de compras y comparar precios.

"Hubo un reciente informe en el que se asegura que las madres finlandesas son las más felices del mundo y la caja es una de las cosas que me vienen a la mente. Nos cuidan muy bien, incluso ahora que algunos servicios públicos han sido recortados", agrega Vayrynen.

Cuando tuvo a su segundo hijo, Ilmari, ella optó por el dinero en efectivo en lugar de la caja y sencillamente volvió a usar todo lo que le habían dado para su primogénito Aarni.

Un niño también puede pasarle ropa a una niña y viceversa, pues los colores son deliberadamente neutrales.

El contenido de la caja ha cambiado bastante con el paso de los años.

Durante las décadas del 30 y del 40, tenían telas porque las madres estaban acostumbradas a confeccionar ropa de bebés.

Pero durante la Segunda Guerra Mundial, el algodón y los tejidos eran requeridos por el Ministerio de Defensa, así que en las cajas había sábanas de papel y un cobertor de tela.

Historia de una caja

1938: dos tercios de las mujeres que dieron a luz ese año fueron candidatas al subsidio en efectivo, la caja de maternidad o una mezcla de las dos. Desde el principio el paquete podía ser usado como una cuna en hogares más pobres, donde las condiciones higiénicas no eran las más apropiadas para el bebé.
1940: a pesar de la escasez en tiempos de guerra, el programa continuó cuando muchos finlandeses perdieron sus casas en los bombardeos y evacuaciones.
1942-6: El papel remplazó a la tela en artículos como envolturas de pañales y sábana para la madre.
1949: El paquete es ofrecido a todas las madres en Finlandia, siempre y cuando se hicieran controles de salud prenatal (el paquete de la foto de arriba es de 1953).
1957: Las telas y material para coser fueron remplazados por prendas ya confeccionadas.
1969: Se añaden pañales desechables al paquete.
1970: Con más mujeres trabajando, las ropas blancas se sustituyen por algodones elásticos y fáciles de lavar.
2006: Se reintroducen los pañales de tela y se retira el biberón para fomentar la lactancia materna.

En los años 50 hubo un incremento de la ropa fabricada, y en los 60 y 70 la indumentaria incorporó nuevas telas elásticas.
Sin desechables ni biberones

El saco de dormir apareció en 1968 y al año siguiente hubo pañales desechables por primera vez.

Pero no por mucho tiempo.
Con la llegada del nuevo siglo, retiraron los pañales desechables y regresaron los de tela, cumpliendo con lineamientos de protección del medio ambiente.

Motivar una buena maternidad y paternidad siempre ha sido parte de la política de la caja.

"Los bebés solían dormir en la misma cama que sus padres y se recomendó dejar de hacerlo", explica Panu Pulma, profesor de historia finlandesa y nórdica en la Universidad de Helsinki. "Incluir la caja como cama significó que la gente empezó a dejar que sus bebés durmieran aparte".

En determinado momento, las botellas de bebés (biberones o teteros) y los chupetes o chupones fueron retirados para promover la lactancia materna.

"Uno de los principales objetivos de todo el sistema ha sido lograr que las mujeres den más el pecho", dice Pulma, quien agrega que "ha funcionado".

El experto también piensa que incluir un libro de cuentos ilustrado ha tenido un efecto positivo, pues motiva a los niños a manipular libros y, un día, a leerlos.

Además de todo esto, Pulma asegura que esta caja es un símbolo.

Un símbolo de la idea de igualdad y de la importancia de los niños.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Escocia independiente: ¿más cerca del modelo nórdico que de Londres?

A un año de que decidan su independencia del Reino Unido, ¿qué pueden imitar los escoces  del éxito de sus vecinos Suecia, Noruega y Finlandia?

ALLAN LITTLE
BBC Mundo

Si uno se para en el muelle en Aberdeen, geográficamente se está más cerca de Stavanger, en Noruega, que de Londres.

En los siglos en que era más fácil viajar por mar que por tierra, los vikingos llegaron al sur para saquear, conquistar y colonizar.

Muchos de los topónimos de Escocia son el legado de una época en la que la Europa nórdica delineó las zonas que bordean al Mar del Norte y las unió en una comunidad volcada al océano.

¿Sobrevive algo de esa época lejana?

A menos de un año de que Escocia decida en un referendo su independencia de Reino Unido, y en la semana en que la campaña por el Sí presentó el llamado Libro Blanco con el plan para un país independiente, esas preguntas cobran validez.

LA ENVIDIA DE EUROPA
Una de las atracciones turísticas más populares de Suecia es el buque de guerra Vasa, del siglo XVII. Su casco es de 70 metros de largo y decorado con tallas de roble de sirenas, hombres salvajes y monstruos marinos, diseñados para celebrar el poder de la Suecia imperial y para intimidar a sus enemigos.

Es un recordatorio visual impresionante de que Suecia dominó una vez la parte norte de Europa. Tanto Noruega como Finlandia, en diferentes períodos de su historia, participaron de una unión con Suecia. Los tres países son, en términos generales, comparables a Escocia.

A primera vista todos estos países tienen:

- Pequeñas poblaciones repartidas en grandes territorios. – Largas costas (la palabra noruega “fiordo” se deriva, con certeza, de la misma raíz que la palabra escocesa “firth” -ría-). – Una tradicional dependencia de las actividades marítimas, incluidas la pesca y la construcción de buques. – Y Noruega tiene una industria petrolera que le ha ayudado a pasar de ser uno de los países más pobres de Europa a uno de los más ricos del mundo.

También han desarrollado una forma de vivir y de gobernar que es la envidia de gran parte de Europa.

A menudo aparecen como ejemplo de lo que Escocia podría aspirar a convertirse: socialdemocracias benignas, no beligerantes, armoniosas socialmente y prósperas. Esta lectura le atrae en particular a la izquierda independista en Escocia.

El modelo nórdico es “una economía de salarios altos, basado en empresas altamente productivas”, dice Robin MacAlpine, de la Fundación Jimmy Reid.

“Se utiliza el dinero que se genera a través de impuestos para crear servicios públicos muy fuertes. Tienes esta cadena: buena economía, buenos trabajos, buenos salarios, buenos impuestos, buenos servicios públicos, y una alta cohesión social”.

Finlandia ilustra bien las fortalezas y debilidades de las pequeñas naciones independientes de la periferia de Europa. Durante décadas después de la Segunda Guerra Mundial era casi totalmente dependiente del comercio con la Unión Soviética. Y prosperó.

De hecho, se sobrepasó. A finales de los ochenta liberalizó su sector bancario y entró en un período que llegó a ser conocido como el “los años del casino”.

Luego llegó la caída. Y proporcionó una lección sobre la debilidad fundamental de muchos pueblos pequeños: que sus economías son a menudo peligrosamente dependientes de un número relativamente pequeño de sectores volátiles.

En el caso de Finlandia, su dependencia de la Unión Soviética significó que en 1991 su principal mercado de exportación desapareció. La economía se contrajo un 10% de la noche a la mañana.

El gobierno se vio obligado a hacer recortes drásticos en el gasto público en lo que ya era un país de altos impuestos.

Los finlandeses no se amotinaron, no hubo huelgas, no insistieron en gastar dinero que no tenían. El desempleo se disparó.

EL CASO NOKIA

Tomó muchos años, pero Finlandia se recuperó. Este año fue clasificado en el primer lugar en Europa en un reciente índice de dinamismo global. Suecia y Noruega ocuparon el segundo y el tercer puesto. Los únicos tres países europeos en los diez primeros lugares.

El secreto de la recuperación finlandesa fue su divisa independiente markka, el marco finlandés.

“Intentamos mantenerla a una tasa fija frente a otras monedas. Pero tuvimos que renunciar a ella y dejar que flote. Se devaluó considerablemente y esto ayudó a las exportaciones. Dejamos quebrar un par de grandes bancos y fusionamos los que habían quedado. El sector bancario se renovó por completo”, explica Martti Sanna, asesor económico del gobierno finlandés.

Una Escocia independiente, en una crisis similar en el futuro, no tendría esta opción, ya que bajo los actuales planes no tendría una moneda independiente.

Suecia, Noruega y Dinamarca han mantenido sus propias monedas. Entre los países nórdicos, sólo los finlandeses, irónicamente, se unieron al euro.

Pero no fue sólo la independencia monetaria que sacó a Finlandia del borde del abismo y la convirtió en una de las sociedades más exitosas del continente. Fueron una serie de factores que ilustran la flexibilidad de los pequeños estados independientes. Las únicas áreas del gasto público que el gobierno no recortó fueron la investigación y el desarrollo. Es más, la incrementaron un 25%.

Al mismo tiempo, una vieja empresa finlandesa decidió hacer una apuesta importante. Nokia había comenzado la vida en el siglo XIX en el negocio de la pulpa de madera. A finales del siglo XX también se dedicaba al cableado eléctrico y las botas de goma.

Decidieron vender todo y concentrarse en la telefonía móvil.

Durante 20 años, la pequeña Finlandia dominó el mercado mundial de teléfonos celulares, del cual llegó a tener el 40%. Su venta este año a Microsoft marcó el fin de una era. Despidió a 10.000 empleados en el mundo. El desempleo en Finlandia es 8%, más alto que el de Escocia.

Pero capeó el temporal porque durante los años de ascenso de Nokia, la inversión finlandesa creó muchas empresas pequeñas y de alta tecnología que le vendían servicios a la telefónica.

El creador de juegos Rovio es una de ellas. Su videojuego Angry Birds ha vendido 1.700 millones de descargas en todo el mundo.

¿Hay una lección aquí para Escocia? Hace una década le pregunté al director general de una pequeña pero muy exitosa compañía de seguridad en internet algo simple: ¿si Finlandia todavía estuviera en una unión con Suecia, y su régimen fiscal se decidiera en Estocolmo en lugar de Helsinki, cómo se vería la economía finlandesa ahora?

“Nokia todavía estaría haciendo botas de goma”, dijo. La autonomía fiscal es vital para el éxito del modelo nórdico. No es sólo la izquierda en Escocia la que aplaude el modelo nórdico. Finlandia, Suecia y Noruega tienen gobiernos de centroderecha.

El escocés Fraser Nelson, editor del conservador semanario londinense The Spectator, ve a Suecia como inspiración y desea que el primer ministro británico, David Cameron, tuviera las agallas de ser tan de derecha en algunos de sus pensamientos como son los suecos.

Suecia, dice, es “uno de los pocos países del mundo que está recortando impuestos y obteniendo un crecimiento como resultado. En todo, desde las políticas de pensiones a la forma de ejecutar los servicios públicos, los suecos están a la vanguardia de la liberalización. Muestran que no tiene por qué haber una tensión entre las ideas de libre mercado y los fines progresistas”.

El 10% de los servicios de salud pública en Suecia se subcontrata a empresas privadas. Los suecos también pagan una tarifa para visitar al médico.

Britta Walgreen es la directora ejecutiva del hospital de St Goran, en las afueras de Estocolmo.

“Tenemos un contrato con la autoridad local para proporcionar atención médica como parte del servicio de salud pública. Nos pagan por cada paciente que tratamos. Pero si mejoramos el servicio, y estamos en condiciones de dar el alta a un paciente dos días antes, nos pagan lo mismo, pero nuestro costo se reduce”.

No deja de ser controvertido incluso en Suecia, porque un poco de dinero público termina generando beneficios privados. “Creo -agrega- que el debate importante no es si el proveedor de servicios es de carácter público o privado, pero lo que puede ofrecer. Sólo por ser público no es garantía de que la calidad sea alta”.

Esta flexibilidad también es clave para el éxito del modelo nórdico. ¿Sería aplicable en Escocia? ¿Se atrevería un gobierno a proponer reformas que, en nuestra cultura política ideológicamente binaria, se parecerían a la privatización de la salud?

El modelo de bienestar de Suecia también es poco conocido aquí. No es generoso con los desempleados. Está diseñado para mantener a la gente en el trabajo, y recompensar a quienes están sin trabajo.

Si alguien está desempleado desde hace más de 12 meses, los pagos caen drásticamente y está obligado a asistir a seminarios y talleres de capacitación.

Muchos toman trabajos no remunerados para ganar experiencia laboral. Los desempleados son estigmatizados en Suecia.

El historiador Lars Tragardh me dijo: “Suecia es en muchos sentidos una sociedad dura. No hay mucha compasión por los vagos, para las personas que no trabajan. Esto no es un Estado de bienestar generoso. No tenemos una gran cantidad de reinas de la asistencia social”.

Pero Suecia gasta más en servicios de guardería para padres que trabajan que en sus Fuerzas Armadas.

Anna Nyborg es madre de dos niños y es una alta ejecutiva de Ericsson en Estocolmo.

Desde los 12 meses, cada condado está obligado por ley a proporcionar a los niños una guardería. Por dos niños en edad preescolar, paga unos US$320 al mes. “Y esto incluye la comida y pañales y todo”, aseguró Nyborg.

Como resultado, los países nórdicos tienen más mujeres en el trabajo que en cualquier otro lugar de Europa. El gasto social está destinado a sostener y apoyar la creación de riqueza, en lugar de escurrirse de ella.

Pero sigue siendo costoso. Tragardh me llevó a la azotea de su edificio de su universidad: “Uno tiene una visión de 360 grados. Ahí está el palacio real. Ahí está el parque de atracciones, pero ¿cuál el edificio más alto de Estocolmo? Ahí está, y simboliza el romance de Suecia con el Estado. Es la sede de la autoridad tributaria nacional”.

Los escandinavos pagan los impuestos más altos del mundo. En Suecia, alguien que está razonablemente bien desde el punto de vista económico deja dos tercios de sus ingresos al fisco.

PROPIEDAD DE LA TIERRA
Es el igualitarismo de la sociedad nórdica lo que atrae a muchos en Escocia. ¿De dónde viene? ¿Se puede tomar la situación social de los países escandinavos y adaptarla a una sociedad no nórdica? El mundo nórdico ha sido, históricamente, mucho más sin clases que Reino Unido.

Tiene una tradición de propiedad de la tierra que es radicalmente diferente a cualquier cosa que Escocia ha experimentado. En el siglo XVIII los campesinos suecos poseían la tierra que trabajaban. Tenían títulos de propiedad.

Eso los puso en una relación diferente con el poder de la corona que sus pares en Escocia, donde, según el periodista Lesley Riddoch, un millar de personas tiene la propiedad del 60% de la tierra privada y donde sólo en los últimos años alcanzó al 50% el porcentaje de personas que poseen sus propias casas.

Pero el país nórdico posiblemente más parecido a Escocia es Noruega. Si uno llegaba a Oslo en barco hace 30 años, pasaba por astilleros y talleres. En ese entonces ya estaban en fase terminal. Hubo mucha presión pública sobre el gobierno para utilizar la nueva riqueza petrolera del país para rescatar a la industria y salvar puestos de trabajo.

No sucedió.

Noruega, sin piedad, dejó que sus viejas industrias en declive murieran. Pero comprendió muy pronto que la riqueza petrolera, si era mal administrada, sería una maldición más que una bendición.

Los recursos excepcionales pueden inflar la moneda y convertir a los demás sectores de la economía en poco competitivos y derrumbarse.

Los partidos políticos celebraron un pacto de abnegación. Estuvieron de acuerdo en no gastar ni un centavo de los ingresos del petróleo en el propio país. Así que ahorran y lo invierten en empresas en el extranjero.

Su fondo petrolero tiene un valor de US$650.000 millones. El 96% de los intereses de ese fondo se reinvierten en el propio fondo. Los noruegos se permiten gastar sólo el 4% de los intereses de cada año y nada del capital. Eso es suficiente para pagar el 10% del presupuesto público anual.

El gobierno escocés considera que podría, con el tiempo, crear un fondo petrolero. Pero los noruegos llevan 40 años de ventaja y quizá la mayor parte de la riqueza que estaba allí se ha ido.

Noruega declaró su independencia de Suecia en 1905. Había tensión entre las dos naciones e incluso amenazas de guerra. Los ecos se mantienen.

La periodista noruega Marie Simenson trabajó durante un tiempo como corresponsal un periódico en Londres y reportó desde Escocia durante la campaña del referendo de 1997.

“Los noruegos -me dijo- solían tener un complejo de inferioridad por los suecos. Los suecos eran el hermano mayor de los países nórdicos. Gobernaron Noruega hasta 1905. Todavía está ahí, especialmente entre las personas mayores. Los suecos parecen más elegantes, más sofisticados, y nosotros todavía somos como agricultores y pescadores”.

“Vi estos mismos rasgos en la visión escocesa de Inglaterra, los escoceses son como los noruegos… Son extrovertidos y así sucesivamente, pero si tocas el punto débil, son un poco delicados. Es lo mismo con los suecos. En el deporte, lo más importante es derrotar a los suecos”.

El buque de guerra Vasa se hundió, a sólo 120 metros de la orilla, en su viaje inaugural en 1638. Se desplomó bajo el peso de su propia grandiosidad, de la ambición insostenible.

Hace 20 años, en Europa se decía que había pasado el momento del modelo económico nórdico: el sector público era demasiado grande, el Estado, al igual que el Vasa, demasiado pesado.

El exministro de Relaciones Exteriores de Noruega, Jonas Store, me dijo: “Nos dijeron que estábamos condenados en la nueva economía global. Pero hemos visto en estos últimos años que los países nórdicos están a la cabeza en lo que respecta a la innovación, en la creación de nuevas empresas y en la flexibilidad”.

“Tenemos más empleo, las finanzas públicas más sanas, y un Estado de bienestar seguro y sólido porque tenemos sindicatos que tienen responsabilidad colectiva y llegan a acuerdos responsables. Tenemos un alto nivel de capital social, así como capital financiero”.

¿Podría una Escocia independiente emular el modelo? Y si pudiera, ¿por qué no podría una Escocia con mayor autonomía de Reino Unido hacer lo mismo? ¿Qué quiere decir, en el contexto nórdico, “soberanía”? Y, dado el extraordinario grado de interdependencia y cooperación que existe entre ellos y el resto de Europa, ¿en qué sentido cualquiera de estos países (en la jerga del debate constitucional escocés) “va por su cuenta”?

No soy yo quien debe responder las preguntas.

Pero como un viejo corresponsal extranjero que regresa a su país en un momento de decisiones históricas, me pregunto: ¿no deberíamos por lo menos tratar de ver la elección que enfrentamos el año que viene en su contexto europeo más amplio?

domingo, 13 de octubre de 2013

US$1.000.000.000.000 = fondo soberano noruego... ¿demasiado?

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Matthew Price
BBC, Oslo

  Bajo los hermosos paisajes noruegos hay una gran riqueza en petróleo y gas natural.

Mientras la mayoría de países de Europa procuran reducir sus gastos, Noruega no tiene que preocuparse. El país ha invertido tan sabiamente sus ingresos de sus reservas de petróleo y gas, que amasó el que muchos consideran el fondo soberano más grande del mundo. Se calcula que en el año 2020 alcanzará el millón de millones de dólares. ¿No será demasiado grande?

En el mercado bursátil, no se apresuran. Cuando Facebook anunció que iba a registrarse en la bolsa de valores, los analistas noruegos se pusieron a trabajar. Evaluaron los pros y contras, el valor probable de la compañía, la posibilidad de una gran pérdida y de una gran ganancia.

Entonces compraron acciones de Facebook. Como todo el mundo, perdieron dinero casi inmediatamente. Sin embargo, a diferencia de muchos otros, no se apresuraron a venderlas.

"En tiempos de turbulencia tenemos la posibilidad de sentarnos a esperar que pase", le dice a la BBC Yngve Slyngstad, presidente ejecutivo del Fondo de Pensiones de Noruega.

Cada semana, mil millones de dólares pasan por la oficina del fondo en el edificio del Banco Central de Noruega en Oslo.

 
"Tuvimos el privilegio de no sólo sentarnos en nuestros activos, sino acumular más"
Yngve Slyngstad, presidente ejecutivo del Fondo de Pensiones de Noruega
Más de 200 personas trabajan aquí. Otras 100 en sus oficinas en Nueva York, Londres, Shanghai y Singapur.

Su bolsa de valores es calmada, considerada, incluso ligeramente académica. No es Wall Street. No hay ventas de valores por pánico mientras los mercados desploman.

Su misión, por mandato gubernamental, es edificar riqueza lenta y cuidadosamente para ayudar a financiar a este país cuando se hayan agotado sus reservas de petróleo y gas.

"Eso fue lo que ocurrió en el periodo 2008-2009", prosigue Slyngstad. "Muchos otros inversionistas se vieron forzados a vender. Nosotros tuvimos el privilegio de no sólo sentarnos en nuestros activos, sino de acumular más".
"Trabajando con la razón"

En el caso de Noruega, el dinero produce dinero. Las ganancias y los impuestos de la industria del petróleo y el gas le dan al gobierno US$1.000 millones semanales.

El fondo mantiene un promedio de 1% de las acciones del mundo. En Europa, es dueña de más de 2% de todas las compañías listadas.

Esto es gracias tanto a los hidrocarburos, como al hecho de que gobiernos consecutivos se han adherido al consenso político de que las ganancias de la industria petrolera se deben invertir en el fondo.

Valhall es un yacimiento petrolero en el sector noruego del Mar del Norte.

El mandato gubernamental para el fondo especifica que debe ser transparente y abierto. También tiene el propósito de influir sobre la manera en que se comportan las compañías en las cuales invierte.

Ha establecido un conjunto de principios que guían sus estrategias de inversión, y que intenta que otros adopten.

"Como propietarios a largo plazo", señala Slyngstad, "necesitamos asegurarnos de que las compañías sean rentables a largo plazo, y no sólo buenas para los inversores y los accionistas, sino para la sociedad entera".

"Trabajamos con la razón y no con la fuerza".

Pero ¿hay alguna diferencia? El fondo cree que sí. Por ejemplo, en el área de los derechos de los niños, creen que su posición ha animado a compañías que usan trabajo infantil a lidiar con el asunto.

"Por supuesto que es una labor a muy largo plazo, donde los resultados no se miden en años, sino en décadas", agrega.
¿Fondos múltiples?

Más allá de su belleza natural, la riqueza de Noruega se debe al buen manejo de sus recursos.

Noruega es uno de los países más ricos per cápita. La crisis de la deuda en Europa se siente muy, muy lejos en este próspero rincón del continente.

Sin embargo, en la Escuela de Negocios de Noruega, en Oslo, el profesor de gestión de activos, Bruno Gerard, cree que el fondo debe ser modificado.

"Va a ser imposible mantener la administración de este inmenso flujo de dinero dentro de una organización", opina, en entrevista con la BBC.

"Todo está muy bien manejado, pero... un pequeño error en un fondo grande puede tener consecuencias enormes. El daño sería mucho menor si tuviéramos varios fondos más pequeños".

Eso es algo que el recién elegido partido Conservador noruego -que encabezará la próxima coalición gubernamental- dice que podría considerar.

"¿Deberían ser dos o tres fondos en vez de uno?", pregunta Erna Solberg, la líder del partido.

Habrá una discusión, indica.

"Por supuesto que como conservadores también creemos que si uno tiene un régimen con un poco más de competencia, se pueden lograr mejores resultados".

Gerard está convencido de que es el camino por el que irá el debate. "No se trata de si dividiremos el fondo, sino de cuándo lo dividiremos".
Con petróleo o sin él

Erna Solberg describió su reciente victoria electoral como "histórica".

Cualquier cambio en el modo en que se manejen las cosas en el fondo no tendría efecto en los mercados globales, pero sería crucial para el futuro de Noruega.

Algunos dicen que el fondo posee demasiadas acciones y argumentan que por lo menos algunas de las ganancias serán mejor invertidas en infraestructura o investigación y desarrollo en Noruega.

Pero gastar demasiado dentro del país implica arriesgarse a sobrecalentar la economía.

Slyngstad considera el asunto con una sonrisa irónica. "Como punto de partida es mejor tener un fondo grande que un fondo pequeño", dice.

Pero sea lo que fuere que decidan, mientras la mayor parte de Europa lucha por ahorrar, Noruega está muy por delante.

Está enfocada en asegurarse de que incluso cuando el flujo de petróleo se seque, el de dinero continúe.

sábado, 5 de enero de 2013

Organización del bienestar. Algunas experiencias suecas

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Ingemar Lindberg 
Jurista. 


Los socialdemócratas suecos acostumbramos a tener fama de una actitud bastante autosuficiente al elogiar el Estado de bienestar nórdico. Desgraciadamente, hoy tenemos que afirmar: En relación con otros modelos, lo que caracteriza a este Estado de bienestar es que se construye con derechos sociales universales, generales, para toda la población —seguro general de enfermedad, subsidio infantil y derecho a jubilación remunerada— en vez de subsidios para los más necesitados, conforme a ciertos criterios. 
En la actualidad, se puede observar en todo el mundo occidental industrializado dos fases de este Estado: su construcción y su deconstrucción. En varios sentidos Suecia avanzó más que otros países en el camino hacia un modelo ejemplar socialdemócrata. Pero ¿en qué condiciones se encuentra dicho modelo hoy? Está amenazado y las amenazas no solo dependen del gobierno burgués, en el poder desde hace más de cinco años. 
En mi opinión, el Estado de bienestar sueco enfrenta tres retos: el primero es cómo financiarlo. Una política que abarque a toda la población, y no solo a los pobres y necesitados, exige grandes gastos estatales y, por ende, altos impuestos. El segundo consiste en que las prestaciones de bienestar —organizadas de forma burocrática, iguales para todos— hoy no logran responder a las exigencias crecientes y a los deseos variados de la población. En esta situación, fuertes intereses del mercado —con «la opción libre» como consigna principal— han logrado la aceptación general de una amplia privatización de prestaciones centrales. El tercero viene de la pérdida de confianza —tanto en Suecia como en todo el mundo occidental— en la planificación de la sociedad y en la dirección estatal. 


Inicios de la construcción del Estado de bienestar sueco 


El modelo sueco se ha desarrollado de manera pragmática, por etapas. Durante la primera (las décadas de los años 30 y 40) el enfoque se centraba en medidas contra la pobreza infantil. Atención médica para todas las madres y los niños, almuerzos escolares gratuitos, y posteriormente subsidios generales a la infancia fueron medidas importantes para crear una base de condiciones iguales para todos. Se evitó el examen detallado de las necesidades individuales, tanto para no fomentar la burocracia como para no someter a los ciudadanos a ningún tipo de humillación. Los subsidios económicos equitativos expresaban confianza en la decisión soberana de las familias de disponer de su dinero. 
Los próximos pasos se dieron en los decenios de los 501 y 60, cuando se elaboraron las grandes reformas del seguro médico y la jubilación remunerada general según un modelo único para todos los asalariados. Esta se logró después de una lucha política dura, ganada —por margen escaso— por la socialdemocracia, con el apoyo del movimiento sindical. 
Luego en los años 60 y los 70 se produjo la expansión del bienestar público a través de servicios sociales de salud y círculos infantiles y el cuidado de las personas de edad avanzada, en tanto las mujeres buscaban entrar en el mercado laboral. Después de la década de los 60, con la entrada en vigor del sistema de jubilación y la expansión de los servicios públicos, Suecia empezó a distinguirse no solo por la amplitud del bienestar, sino también por los altos impuestos. 
El desarrollo a partir de los 70 se caracterizó por una nueva concepción sobre la familia y el objetivo de lograr la equidad de género. La posibilidad de que las mujeres y los hombres pudieran participar en la vida laboral en iguales condiciones y compartir la responsabilidad de la casa y de sus hijos fue apoyada por la construcción de muchos círculos infantiles. Se introdujo la separación de impuestos (como la tasa de impuestos sobre los salarios era progresiva, al sumar los sueldos gravaba más la suma de ingresos de la familia, situación que se eliminó con la individualización de los impuestos), la pensión de viudez se eliminó y en la licencia de maternidad remunerada se incluyó a los padres. En su sentido más amplio, el modelo sueco —o nórdico— de bienestar estatal no era solo una política de seguridad y protección social, de servicios sociales, de salud y educación, sino que a este empeño se unieron la política económica, la laboral y la del sistema salarial solidario (en las negociaciones colectivas anuales, los sindicatos exigían aumentos mayores para los salarios más bajos). Las metas principales para el Estado de bienestar eran garantizar empleo para todos los ciudadanos que optaran por él, y una distribución justa de los resultados de la producción. 
Esta política fue exitosa por largo tiempo. Las dos metas fueron cumpliéndose cada vez más durante los primeros treinta y cinco o cuarenta años después de la Segunda guerra mundial. Suecia, con una economía pequeña, dependiente de la exportación, desarrolló una política laboral que facilitaba la transformación estructural de la producción industrial (centralización en grandes centros de producción, cierre de fábricas pequeñas y otros centros de producción menores, migración masiva desde las poblaciones pequeñas hacia las grandes ciudades). El Estado les daba apoyo económico a las personas deseosas de superarse en su profesión o bien formarse en otra. Durante todo este período, el desempleo era escaso, alrededor de 2%. 
La creciente demanda del mundo occidental industrializado facilitó este índice. Más personas se sumaron a la fuerza de trabajo, incluyendo las mujeres. En Suecia las diferencias de niveles de ingresos fueron disminuyendo de manera drástica, sobre todo entre 1965 y 1980. Los salarios bajos aumentaron más que los altos. Y los sistemas de seguridad y cuidados sociales, en especial las jubilaciones, fueron mejorando. En 1981, pudiéramos haber repicado las campanas para celebrar que Suecia —junto con Finlandia— tenía la distribución de ingresos más equitativa del mundo occidental industrializado. 
A finales de los 80 esta tendencia fue cambiando, pues la desigualdad de ingresos aumentó, el desempleo subió y alcanzó entre 6 y 8%; en consecuencia, la política de bienestar se empezó a socavar mediante recortes en varios renglones. 


Tres modelos 


Después de la Segunda guerra mundial, según los estudiosos, se desarrollaron tres modelos básicos de política de bienestar en las economías de mercado en Occidente: el conservador, predominante en Europa continental (y actualmente en la Unión Europea), constituido por fundaciones religiosas u otras que se encargan de los servicios; mientras que los seguros sociales se diferencian por distintos sistemas de seguridad de ingresos para diversos grupos de profesiones y trabajos. Ese modelo, si bien ofrece cierta seguridad social, mantiene las diferencias de estatus en la sociedad, una familia tradicional y la influencia de las iglesias. El liberal, propio de los países anglosajones, limita los sistemas de seguridad social a una protección mínima condicionada, para la obtención de la cual se examina en detalle las necesidades individuales. El sector de bienestar se caracteriza por una separación entre los sistemas públicos para los ciudadanos más pobres, y un predominio de servicios privados comercializados para los de mayores recursos financieros. Por último, el socialdemócrata, practicado en los países nórdicos y parcialmente también en Holanda, basado en amplias alianzas entre las clases obrera y media, se caracteriza por sistemas generales de seguridad y cuidado, que ofrecen tanto una protección básica como una garantía de ingresos. Súmase a ello el hecho de que los servicios sociales son financiados y ofrecidos por instituciones públicas y por una política que fomenta la igualdad de condiciones para hombres y mujeres.2 
Esta descripción de modelos significa generalizaciones. Hay grandes diferencias también entre países con el mismo «modelo básico». Sin embargo, es posible constatar que estos modelos se han desarrollado poco a poco en los tiempos de posguerra y no tienden a converger, más bien sus diferentes características parecen fortalecerse. A grandes rasgos, en el anglosajón, el sector público es pequeño, el desempleo relativamente bajo y las diferencias de ingresos son grandes; en el continental, el sector de bienestar público es más limitado (en parte a raíz de gran cantidad de trabajo femenino no asalariado), las diferencias salariales son menores y el desempleo más o menos alto; el nórdico se caracteriza por un sector público grande, desempleo bajo y diferencias salariales relativamente pequeñas. 


Los retos de hoy 


La financiación 


El problema principal y más evidente del modelo sueco de bienestar está en el carácter universal de la política, que abarca a toda la población, exige un nivel más alto de impuestos. El gobierno burgués ha bajado el nivel total de impuestos de 50 a 45% del Producto Nacional Bruto (PNB). Al mismo tiempo, la población envejece, lo que incrementa la necesidad de servicios de salud y sociales. Estas dos tendencias —una política, la otra estructural— agrandan la diferencia entre necesidades y recursos. 
El problema se agrava por una relación que a veces se denomina «ley de Baumol» y se puede resumir en la siguiente tesis: un concierto no se puede tocar 2% más rápido cada año. Significa que en la producción material y parte del sector de servicios es posible contar con un aumento anual de la productividad de 2 a 5% o más. Sin embargo, las actividades como la educación y los cuidados de la infancia y la vejez no se pueden racionalizar de la misma manera. Por tanto, las actividades del bienestar no exigirán solo un porcentaje permanente de los recursos del país sino también una parte creciente de ellos. Esta ley resulta válida independientemente de si esas actividades se financian de forma privada o a través de los impuestos. Pero si se financian con contribuciones comunes, se exige una cuota más alta de impuestos con el único propósito de mantener la calidad actual del bienestar. Si los políticos tratan, a corto plazo, de ganar las elecciones con promesas de disminuir los impuestos, poco a poco la calidad de la actividad pública se socava. 
Sin embargo, en encuestas sucesivas, la población sueca reitera que el sistema de bienestar vale su dinero. Los investigadores del Instituto de Sociología de Umeå vienen observando estas opiniones desde la década de los 80. La última encuesta se hizo en 2010.3 Las respuestas muestran una estabilidad, casi chocante, del apoyo de los ciudadanos a la política de bienestar generalizado. Los grandes costos que conlleva tienen un respaldo que apenas varía desde 1982. Aumenta la cantidad de personas que expresan su disposición a pagar más impuestos si el dinero ingresa en el sistema de bienestar. El financiamiento colectivo de la seguridad social también goza de aprobación. Ello puede parecer tranquilizador. Pero… ¿dónde está la gallina y dónde el huevo? 
¿Es que el Estado de bienestar tiene sus fundamentos en los valores? Y entonces, ¿la amenaza consistiría en que estos fueran a cambiar, que nos estemos convirtiendo en individualistas? En tal caso, las encuestas indican que no hay mucho peligro, los valores se mantienen estables. 
O ¿es que la política de bienestar tiene que construir su propio respaldo? Entonces, ¿el peligro radicaría en que las privatizaciones y los recortes realizados en los últimos tiempos irán socavando la voluntad futura de pagar impuestos altos? Esta sería una perspectiva más peligrosa. 
La verdadera amenaza se presenta cuando la calidad de las prestaciones se debilita. Disminuir los impuestos al nivel promedio europeo no estabilizaría la política sueca de bienestar, como argumenta el gobierno burgués. Al contrario: si baja la calidad se resquebraja el apoyo a la política común. El bienestar tiene que tener una calidad tan alta como para poder responder también a las exigencias de las personas relativamente bien pagadas. Así se puede contar con amplias mayorías democráticas para mantener tal política. 
En parte, las amenazas actuales contra este modelo están en la estrategia, practicada por los gobiernos burgueses, de rebajar los impuestos y privatizar las instituciones públicas, en lo que incide el impacto ideológico del neoliberalismo. Pero los defensores del Estado de bienestar no pueden solo echar la culpa a los demás. 
Gestión burocrática desde arriba 


El segundo gran reto para el modelo sueco consiste en elaborar nuevas formas para llevar a cabo la organización de las prestaciones de bienestar. La siguiente anécdota es muestra de ello: Escuché en una emisora de radio local que en uno de los asilos de ancianos del municipio iban a hacer un experimento: se permitiría a los inquilinos, si así lo quisieran, tomar una copa de vino con la comida. Si esto daba buen resultado, se iba a extender a otros asilos de ancianos de la zona. Y estamos en 2011, pensé, pellizcándome el brazo. Hace casi treinta años que el entonces primer ministro Olof Palme dio a su ministro de democracia, Bo Holmberg, la tarea de reformar el sector público. Y uno de los ejemplos que más le gustaba citar entonces a este último, era la tolerante actitud de los asilos de ancianos de Dinamarca donde, para complacer los diversos deseos de los inquilinos, se incluía vino o un traguito con la comida. Es obvio que transformar el sector público no es cosa rápida. 
Este caso no solo constituye un ejemplo de un manejo público flexible, sino también un buen punto de partida para discutir la actitud de la política de bienestar universal respecto de la autonomía o la autodeterminación del individuo. 


Los servicios de bienestar 


En un sentido amplio, esos servicios han ido creciendo dentro de una organización social caracterizada por jerarquías y por un manejo vertical (de arriba hacia abajo). Uno de los hilos históricos está en la estructura burocrática —desde hace siglos— de las autoridades civiles y militares. El otro, posterior, radica en transferir las estrategias industriales de racionalización hacia las prestaciones de bienestar. El resultado es una organización irracional con falta de influencia sobre la actividad tanto del personal como de los beneficiarios del servicio. 
Habrá que añadir que la política universal de bienestar, que quiere evitar el examen de la necesidad individual, por regla general ha escogido productos/servicios estándares —en los círculos infantiles, en los asilos de ancianos, en todo: el mismo menú para todos. 
Mientras que los servicios de bienestar fueron construidos de manera burocrática conforme a un patrón, en el consumo privado la libre opción ha aumentado de forma explosiva. La oferta estándar ha chocado cada día más con un individualismo creciente, comprobado en estudios internacionales sobre valores. Constituye una paradoja que Suecia —a menudo presentada como el caso típico de una política de bienestar «colectivista»—, según estos mismos estudios, se encuentra en la avanzada cuando se trata del individualismo, del secularismo y de la renuencia a confiar en las autoridades. 


Advenimiento de los modelos de mercado 


Hasta finales de los 80 era más o menos evidente que la educación, la salud y los cuidados sociales financiados con recursos comunes también deberían ser manejados por instituciones públicas. Hoy en día, casi la tercera parte del total de las prestaciones de bienestar ha sido encargada a empresas privadas. Cerca de la cuarta parte de los estudiantes preuniversitarios van a escuelas de ese tipo. Los proveedores privados dentro del sector de bienestar son, en general, grandes cadenas de empresas con fines de lucro. Aun dentro de lo que queda de la actividad pública se han introducido modelos de mercado: por ejemplo, una dotación individual que acompaña al alumno a la escuela que escoja. 
Detrás de esta mercantilización de las prestaciones de bienestar encuentro tres factores principales: a) la rigidez burocrática que ha dominado distintas partes de la actividad pública. Durante largo tiempo, los policlínicos y los hospitales tuvieron áreas de atención determinadas geográficamente y horarios estrechos. Las colas crecieron y para los pacientes las opciones eran muy limitadas. Se fusionaron escuelas y fueron centralizadas en las urbes más grandes. Ancianos, drogadictos, jóvenes delincuentes y enfermos mentales que necesitaban cuidado fueron atendidos en grandes instituciones con tratamientos estándares y métodos defectuosos. b) Detrás de la ola de privatizaciones en las décadas de los 90 y los 2000 tuvo lugar una amplia ofensiva de la empresa privada con el fin de extender el espacio donde maximizar la ganancia.4 
El cambio ideológico impulsado con fuerza por la empresa privada, ocurrido en Suecia y el mundo, tuvo un impacto impresionante en el decenio de los 80. Para caracterizar a las prestaciones del bienestar público se dijo que «erosionaban» los recursos de la sociedad, y los presentaban como un obstáculo al crecimiento económico. Incluso se afirmó que si estas prestaciones fueran liberalizadas y expuestas a la competencia, la productividad socioeconómica crecería al mismo tiempo que el paciente/cliente tendría las «opciones» y la propia influencia, que supuestamente faltaban en la actividad pública. 


De los modelos públicos de mercado a las privatizaciones 


Los discretos primeros pasos hacia la privatización se dieron en los 80. Se abrieron varios círculos infantiles administrados por cooperativas de padres o por el personal. En algunas grandes ciudades, los médicos crearon salas de emergencia, para trabajar extra en su tiempo libre. Organizaciones sin fines de lucro introdujeron nuevas formas de tratamiento para adictos a distintas sustancias. También se inició —con moderación— un proyecto de renovación de los métodos de trabajo en la actividad pública de bienestar y en la educación. A las mujeres embarazadas se les dio la opción de escoger en qué clínica de maternidad parir, con el fin de suscitar en dichas instituciones sensibilidad hacia los deseos de las madres. A las familias se les dio derecho a escoger la escuela, todavía en manos públicas, adonde irían sus hijos. Por otra parte, en las administraciones públicas se introdujeron los conceptos de mercado de «comprador» y «ejecutor». Se argumentaba que el papel de los políticos electos debería ser representar los deseos de los electores/clientes como compradores de servicios, mientras que el del ejecutor debía ser una tarea profesional, no política. 
Tal estilo de razonamiento abrió el camino para el próximo paso: privatizar la ejecución, por ser ya considerada un asunto «apolítico». Estos exiguos pasos a menudo fueron interpretados como mejoras en relación con el rígido orden anterior. Sin embargo, el modelo de clientes/compradores y ejecutores/proveedores condujo a una situación de demanda y oferta como en el mercado. Y ya que, por regla general, no había sistemas de control de calidad, el ejecutor que ofrecía el precio más barato conseguía el contrato de proveedor de servicios de bienestar. Como consecuencia inmanente, el precio —no la calidad— llegó a ser determinante. Los dirigentes municipales electos, siempre con un presupuesto sobrecargado, aprovecharon con gusto la posibilidad de bajar los costos. Poca gente se percató de la mezcla explosiva que se estaba cocinando ya en los años 80. 


Perplejidad socialdemócrata 


Hoy es evidente que el proceso de privatización coincide con un cambio profundo de la práctica política. La derecha tradicional siempre se ha opuesto a impuestos altos. Durante la larga expansión del sector público en las décadas de los 60 y 70, la derecha se encontraba marginada, confusa y a la defensiva. Como es lógico, los ciudadanos veían con agrado la ampliación de las prestaciones de bienestar, a pesar de que conllevaban impuestos altos. Aquella época fue de verdadera hegemonía socialdemócrata. No obstante, en el decenio siguiente la derecha formuló una política nueva. Si apoyaba la expansión de las prestaciones del bienestar en manos de empresas privadas, podía combinar una actitud positiva hacia estos servicios, con una crítica ante los impuestos. Durante la segunda mitad de los 80, la socialdemocracia, por el contrario, no logró encontrar una política sustentable en ese nuevo contexto. Desgraciadamente esta situación se mantiene. 
Es cierto que los socialdemócratas, junto con el partido ambientalista y la izquierda, al principio del siglo XXI, lograron prohibir la venta de los hospitales públicos a empresas comerciales, donde las ganancias irían a parar a manos de los accionistas u otras partes interesadas. Esta ley «de poner fin» también establecía que en hospitales financiados por recursos públicos no se permitiera que se abrieran «rutas privilegiadas» para pacientes con seguros privados adicionales al seguro público. Recién instalado en el poder, en 2006, el gobierno burgués la derogó, y la sustituyó por la «de iniciar», para fomentar la comercialización de los servicios de salud. En el partido socialdemócrata se abrió una brecha entre actitudes opuestas respecto al lucro en los servicios sociales de salud y en la educación, división que persiste. Por tal razón, dicho partido no ha sido capaz de priorizar la oposición a la privatización del sistema de bienestar, como asunto de importancia vital en el debate político (el partido obrero de Noruega sí lo hizo, y conserva el poder). 


Aumentan las críticas 


Las críticas contra las consecuencias del lucro en los servicios sociales y de salud, en la educación, han ido creciendo, tanto en los medios masivos de comunicación como en la ciudadanía. Lo más relevante ha sido algunos escándalos dentro de la actividad del cuidado de la vejez. Los fuertes recortes de personal han provocado que, en horas nocturnas, ancianos han sufrido caídas, sin que nadie los atendiera; han tenido que pasar horas con los pañales sucios, y las empresas en cuestión, guiadas por la ganancia, han aplicado métodos industriales de producción en serie. Han introducido reglas como pesar los pañales usados para calcular cuánto tiempo los pueden dejar puestos, y así racionalizar este aspecto. A pesar de los intereses de sus dueños burgueses, la prensa ha revelado que quienes dominan la prestación privada de servicios sociales de salud y de educación ya son grandes consorcios transnacionales de capital de riesgo. Y que, para colmo, emplean formas astutas de contabilidad, usando «paraísos fiscales» para evadir el pago de impuestos en Suecia, al mismo tiempo que sus dividendos provienen de una actividad financiada con los impuestos pagados por la población de este país. Las críticas resaltan la prioridad que esas empresas dan a la ganancia, por encima de la calidad de los servicios. A raíz de dichas revelaciones, la opinión pública —desde antes ya escéptica— se ha mostrado abiertamente crítica. 
Más preocupante aún es lo que sucede en la educación. Está claro que hay escuelas de mayor o menor calidad, tanto entre las públicas como entre las privadas. Los resultados en ambas modalidades son bastante equivalentes; no se puede determinar que las segundas sean más «eficientes», como se argumentaba. Al contrario, los alumnos que egresan de las escuelas básicas públicas presentan resultados algo mejores cuando pasan al preuniversitario. Sin embargo, la «reforma educacional» que abría las puertas a la privatización de los centros de enseñanza y la libre elección de escuela en el «mercado», ha manifestado graves efectos negativos a nivel de sistema. La segregación de alumnos de diferentes barrios y ambientes sociales se ha profundizado, y las escuelas públicas han aumentado sus costos. El hecho de que los alumnos puedan escoger las instituciones que aparentan ofrecer buenos conocimientos, o, por lo menos, notas elevadas, hace que la competencia por atraer alumnos genere la tentación de conceder notas excesivas. Y así se crea una tendencia generalizada a la inflación de notas. 
Estos resultados fueron presentados en el informe de una investigación científica,5 a pesar de que esta había sido financiada por un grupo de expertos asesores de diferentes políticas de la empresa privada. La conclusión principal fue que no se podía detectar —ni en los reportes científicos suecos, ni en los internacionales— pruebas indicadoras de que la privatización de la educación o de los servicios de salud o sociales hubiera bajado los costos ni mejorado la calidad. El informe fue rechazado rotundamente por la empresa privada, lo que obligó a la directora del tanque pensante y a la investigadora principal a renunciar a sus cargos. 
Los intereses económicos en la privatización de la prestación de los servicios de bienestar son enormes. En la actualidad, 12% de los alumnos en la escuela básica (primaria y secundaria) y 24% de los estudiantes de preuniversitario asisten a escuelas privadas, y el porcentaje crece con celeridad.6 No son —como se pensaba en la década de los 80— cooperativas autónomas de personal, ni grupos de innovación pedagógica quienes determinan el desarrollo de las escuelas privadas. A nivel preuniversitario 90% de las «escuelas libres» están en manos de grandes empresas transnacionales de capital de riesgo. 
Recientemente, en un artículo periodístico, representantes patronales de la empresa Suecos exigieron más control de calidad y que se examinaran de manera exhaustiva las capacidades y la economía de esas empresas, mediante inspecciones más frecuentes y sin previo aviso, así como posibilidades más determinantes para poner fin a actividades de mala calidad. Sus propuestas resultan paradójicas. La idea con la cual lanzaron las privatizaciones consistía en que de este modo se podía aumentar la calidad y la eficiencia —a través de la libre opción de los clientes—, al mismo tiempo que combatir la burocracia pública. Hoy, según los mismos que impulsaron la privatización, hay que contrarrestar sus consecuencias con lo que se suele llamar burocracia: reglas, controles e inspecciones. 


Para discutir 


En su sentido amplio, la izquierda política tiene ante sí un gran desafío en cuanto a la organización de las prestaciones de bienestar. No se ajustan a ser gobernadas desde arriba en el sistema jerárquico de funcionarios estatales; pero tampoco al principio de ganancias de mercado. El momento de la verdad —donde se determina la calidad— es cuando el trabajador del sistema de bienestar se encuentra cara a cara con el ciudadano (paciente, alumno, usuario). 
Como complemento, una actividad privada sin fines de lucro puede jugar un papel positivo en los servicios de salud o sociales y en la educación. Se le puede ver como escape, que puede ser utilizado cuando por algún motivo surge descontento con el trato en la actividad pública. También pueden contribuir con innovaciones y desarrollo de métodos, algo que se ha demostrado en la práctica de los cuidados a la juventud y a drogadictos, entre otros. 
Una cosa distinta sucede cuando la empresa privada obtiene una posición predominante y cuando se rige por la maximización de la ganancia. Si algo se puede deducir del desarrollo en Suecia en el siglo XXI es la facilidad con que se subestima la fuerza transformadora del interés por la ganancia privada, sobre todo cuando se trata de inversionistas transnacionales en búsqueda de máximos dividendos a corto plazo. 
Para poder entender la rapidez del impacto de las privatizaciones en este «país modelo» socialdemócrata hay que verlo en correspondencia con el hecho de que en lo fundamental toda la actividad del bienestar ha sido pública, gobernada por las direcciones municipales y regionales. Vecinos como Holanda y Alemania tienen una larga tradición de fundaciones a cargo de hospitales, asilos de ancianos y círculos infantiles, mientras que los intereses de lucro privado han estado prácticamente excluidos. Estos países no han experimentado el movimiento de péndulo tan abrupto que ha ocurrido en Suecia. Por esta razón, nos parece necesario hacer un llamado de alerta. 
Las actividades dentro de los servicios médicos, sociales y de la educación tienen otra lógica, diferente a la de la producción material o del ejercicio de la autoridad pública. Tampoco el concepto de servicios —tomado del mundo de los mercados y restaurantes— comprende el carácter propio de la labor del cuidado de seres humanos. El servicio vinculado al mercado se caracteriza por la relación con un usuario que sabe lo que quiere. En cambio, el trabajo del cuidado y educación presenta un intercambio entre proveedor y receptor, en el que, por regla general, el receptor es la parte más vulnerable. La compasión y la empatía del proveedor juegan un papel determinante para la calidad. 
Una actividad regida por el lucro fomenta desigualdad y segregación. Las escuelas se dividen según las distintas capas sociales, y las condiciones de los niños de barrios pobres son menos favorables para su vida futura. Esa división de la educación en centros de variada calidad fortalece la segregación entre barrios, y a su vez, en un círculo vicioso, la división en capas sociales. Los médicos y los policlínicos privados se concentran en lugares donde se mueven clientes adinerados. Los valores éticos del cuidado humano, basados en el derecho de todo el mundo según sus necesidades, se pierden. Cuando se permite que las diferencias económicas en el seno de la población se agudicen, se abren brechas sociales profundas en el país que una vez fuera uno de los más igualitarios del mundo. 
Sin embargo, solo es posible detener esas fuerzas de privatización si los servicios sociales, de salud, y de la educación pública mantienen una calidad que también satisfaga a las personas económicamente acomodadas. 
La socialdemocracia sueca necesita una teoría nueva para la organización del trabajo de bienestar. El punto de partida podría ser las dos diferencias decisivas en relación con la producción industrial. Una, básica, es que el producto es, en esencia, distinto. El encuentro típico entre proveedor y receptor en el servicio privado del mundo de los mercados y restaurantes es de duración más breve y estandarizado. Las personas que trabajan en el sector de bienestar no crean un producto que se vende a clientes anónimos. «El producto» se crea de manera continua, a menudo durante un tiempo largo, en una relación personal mutua pero no simétrica. La calidad de la actividad se determina cara a cara entre la persona que trabaja en el sector de bienestar y la beneficiaria. 
La otra diferencia es —o ha sido hasta hoy— que el empleador público no se rige por el lucro. Este factor debería permitir más espacio para la participación y la influencia del personal. Hasta ahora, la actividad pública no ha sabido utilizar este espacio, dada su tradición de dirección desde arriba, fusionada con las jerarquías de la democracia representativa. 
Racionalidad y eficiencia son conceptos con otro sentido en los servicios de salud, sociales y en la educación, a diferencia del que tienen en la producción material o en la teoría económica. La actividad de bienestar adquiere su contenido y su calidad en el encuentro entre dos o varias personas en el aula, círculo infantil, policlínico o en la casa de un enfermo o anciano. El afán de ganancia cambia profundamente el carácter de la actividad y los estímulos de las personas empleadas. La racionalidad económica es instrumental hacia una meta precisa, cuantificada. Pero quien trabaja en el cuidado de seres humanos puede hacer un poco más que lo reglamentado, porque se da cuenta de la necesidad del paciente en el preciso momento que determina la calidad del cuidado. Conforme a la lógica de la máxima ganancia, este comportamiento deviene irracional. Si se rige por el afán de lucro, la racionalidad del cuidado de una persona se ve desplazada por la lógica instrumental. 


Confianza en la capacidad del Estado 


¿Por qué y cómo se pudo construir un sistema de bienestar tan amplio en Suecia? La confianza fue determinante, afirma el politólogo Bo Rothstein. Nuestra política de bienestar tan extendida se debe a la inusual confianza que los suecos tienen en el funcionamiento eficiente e imparcial del poder estatal. También confiamos en que la mayor parte de la ciudadanía se comporta de forma leal y paga sus impuestos. A mi juicio, su razonamiento capta algo esencial: el debilitamiento de la confianza y del sentimiento de comunidad constituye la tercera gran amenaza contra el Estado de bienestar.7 
El punto de partida de Rothstein es la teoría de «recursos de poder» de Walter Korpi.8 La estructura clasista de la sociedad y la movilización sindical y política de las masas trabajadoras se consideran factores decisivos para explicar las diferencias entre los diferentes modelos de bienestar de distintos países. No obstante, según Rothstein hace falta la combinación con otro elemento. Para lograr que la fuerza de la clase obrera conduzca a un Estado de bienestar universal, es necesaria la falta confianza en el poder estatal. Y la legitimidad del Estado se basa en el ejercicio imparcial del poder. 
Un factor importante para el éxito relativo de tal modelo en los países nórdicos es un bajo nivel de corrupción y uno alto de confianza entre los ciudadanos. Alrededor de 60% de la población considera que «en general se puede confiar en las personas de la sociedad». En Europa continental estas cifras son de 40% y en países como Brasil o Túnez son tan bajas como 10%. El respaldo al Estado de bienestar está condicionado por la confianza en una administración razonablemente justa e imparcial. Y la gente paga sus impuestos porque también lo hacen los demás. 
En Suecia, el desarrollo de los últimos años refleja cómo se ha debilitado la confianza en la dirección estatal. La integración económica internacional y la desregulación han contribuido a que la masa trabajadora se sienta menos protegida. Los seguros generales de enfermedad y desempleo han perdido en valor. La fuerza laboral es tratada cada día más como una mercancía. La liberalización de los mercados de capitales y financieros ha alterado la correlación de fuerzas en detrimento de los asalariados. Hoy en día la política se dedica más a limpiarle el suelo al capital financiero ágil, a menudo llamado «mercado». 
Las crecientes diferencias económicas y la inseguridad que nacen de la globalización socavan los sentimientos de afinidad y participación en la sociedad. La política de bienestar se construye sobre la base del Estado nacional pero este es al mismo tiempo su propio constructor. Cuando el obrero de la construcción y el director de empresa coinciden en el hospital, el asilo de ancianos, cuando sus hijos asisten a la misma escuela, cuando madres y padres de diferentes capas sociales se encuentran en una reunión, entonces se puede lograr un sentido de pertenencia y contexto. En el pasado la socialdemocracia tenía instrumentos para manejar las tensiones entre los ganadores y los perdedores en los cambios que impone una economía de mercado como la sueca. Hoy estos instrumentos han perdido fuerza. Ello conduce a un debilitamiento del sentido de participación y pertenencia, lo cual de por sí amenaza lo que queda del Estado de bienestar. 
¿Qué podemos hacer para restablecer la confianza sobre la cual se puede construir los elementos de un bienestar general? La ciencia y la experiencia indican dos respuestas fundamentales. Una de ellas —como ya mencionábamos— sería un poder estatal imparcial. La otra es la existencia de un nivel aceptable de igualdad. 
Bienestar universal, un poder estatal imparcial y un nivel de igualdad aceptable coinciden en círculos viciosos o beneficiosos. Debido a una confianza social elevada pueden surgir órganos de bienestar universal y ellos son a la vez un camino para construir esta confianza. Algunos primeros pasos importantes hacia dispositivos comunes —en el caso sueco, por ejemplo, el subsidio a la infancia o la educación para todos— pueden generar un círculo virtuoso donde las diferencias disminuyan y la confianza crezca. 


Al final 


Suecia todavía tiene un sistema de bienestar bastante amplio. No son los países con este modelo nórdico los que han sido más golpeados durante la época neoliberal, sino más bien los países anglosajones y los del sur de Europa. 
En Suecia, el movimiento sindical es también relativamente fuerte. Aunque el nivel de organización sindical ha disminuido, todavía 90% de la fuerza laboral empleada trabaja en centros que poseen convenios colectivos. La fuerza de este modelo se relaciona con haber demostrado su eficiencia, incluso con el crecimiento económico en una economía globalizada. Se considera que Suecia se encuentra en el tercer lugar del mundo en cuanto a la competitividad de su economía. Una política de bienestar universal también equivale a una política económicamente racional. 
Pero los rasgos negativos del modelo son varios y las amenazas evidentes. Las privatizaciones han socavado los sistemas de protección. Los seguros de enfermedad y desempleo se están convirtiendo en un nivel mínimo de subsistencia. Ello conduce a soluciones complementarias por encima del nivel básico, diferentes para distintos grupos de asalariados. Los más vulnerables quedan al margen, y la necesidad de subsidios sociales individuales aumenta. 
Hay una dinámica importante en la organización de la política de bienestar. De la misma manera que en la política general, cuando funciona bien construye su propio respaldo, mientras la pérdida de calidad la debilita. Constituye un ejemplo evidente la combinación de seguros privados con clínicas privadas. En la actualidad, entre 10% y 15% de la población sueca —la más adinerada— posee seguros privados de enfermedad. Asimismo, se han ido privatizando clínicas hospitalarias con el derecho, «si tienen capacidad extra», a priorizar a los pacientes con seguros privados. A las clínicas les resulta económicamente favorable recibir a esos pacientes fuera del sistema de turnos. A menudo son los empleadores los que ofrecen este tipo de ventajas a sus directores y altos funcionarios. Si se privatizan más clínicas, lo que está sucediendo, pronto tendremos dos sistemas de salud, uno de primera clase para los que pagan seguros privados, y uno de atención básica para los que no pueden hacerlo. Así, el respaldo a la atención médica común, financiada por medio de los impuestos se socavaría enseguida. Volver atrás resultaría casi imposible. 
Lo que amenaza al modelo sueco de bienestar estatal no son los altos impuestos sino los recortes y las privatizaciones. Si algo se puede aprender de la experiencia de la socialdemocracia sueca es que se ha subestimado el efecto de la introducción del sistema de oferta y demanda y la fuerza impactante del afán por el lucro privado. No surgieron pequeños colectivos innovadores, lo que se impuso fue el capital transnacional de riesgo. 
El dilema de la economía mixta —como había sido la sueca— consiste en aceptar la dinámica de mercado y al mismo tiempo proteger a la gente contra los efectos de este. Cuando Karl Polanyi analizó la aparición del fascismo en Europa en la década de los 30, acuñó el concepto de «movimiento doble». Desafortunadamente su razonamiento hoy tiene la misma actualidad. En 1944, escribió: «El papel que empezó a jugar el fascismo fue determinado por un solo factor: la situación del sistema de mercado».9 La condición deprimente del actual, resulta, en muchos sentidos, una reminiscencia de dicho decenio. 
Cuando se permite a las fuerzas del mercado trazar el camino, las diferencias crecen y se agudizan. Es tarea de la política crear cohesión, participación y contextos. Si las fuerzas democráticas no son capaces de realizarlo se corre el riesgo de que la gente apoye métodos autoritarios y totalitarios para controlar las fuerzas disruptivas del mercado. 


Traducción: Eva Björklund. 


Notas 


1. Aún en estos años, el hombre era considerado el proveedor fundamental, mientras que la responsabilidad de la mujer residía en la atención a la familia. Aquellas que laboraban en las fábricas, lavanderías, en el cuidado de niños, viejos y enfermos, o en el servicio doméstico, devengaban salarios mínimos en pésimas condiciones de trabajo al mismo tiempo que tenían que ocuparse de su hogar. Entonces apenas existían círculos infantiles. Este concepto fue cambiando en los años 60, como resultado de la lucha sindical de las mujeres. 
2. Véase Gösta Esping-Andersen, Three Worlds of Welfare Capitalism, Polity Press, Cambridge, 1990. 
3. Véase Stefan Svallfors, Klassamhällets kollektiva medvetande [La conciencia colectiva de la sociedad clasista], Editorial Borea, Umea, 2004, disponible en www.soc.umu.se/om-institutionen/personal/stefan-svallfors. 
4. Durante la década de los 70 la cuota de ganancia de la producción total y la de la industria de producción material había disminuido mientras que la cuota de salarios y el sector de servicios había crecido. La empresa privada tuvo que buscar nuevos campos para maximizar la ganancia, la fuerza motriz principal del capitalismo. La respuesta de la empresa privada a estas tendencias consistió —además de la expansión del sector financiero— en una campaña de privatización del sector de bienestar público. 
5. Laura Hartman et al., Konkurrenses konsek venser. Vad häder med svensk välfard?, Fakta, 2011. 
6. Ingemar Lindberg, Välfärdens idéer — globaliseringen. elitismen och välfärdsstatens framtid [Las ideas del bienestar. La globalización, el elitismo y el futuro del Estado de bienestar], Atlas, 1999. 
7. Véase Bo Rothstein, «The Quality of Government — Corruption, Social Trust, and Inequality», International Perspective, University of Chicago, Chicago, 2011. 
8. Véase Walter Korpi, The Democratic Class Struggle, Routledge & Kegan Paul, Londres, 1981. 
9. Karl Polanyi, The Great Transformation: the Political and Economic Origins of our Time, Farrar & Rinehart, Nueva York, 1944. 
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