"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí
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domingo, 26 de abril de 2015

Economistas de Harvard y Citigroup llaman a eliminar el dinero en efectivo

Por Marco Antonio Moreno

La profunda crisis que vive el sistema financiero tiene a la economía en un callejón sin salida. Los bancos centrales han agotado todo su arsenal de políticas de estímulo y la economía permanece estancada. A siete años del estallido de la crisis y las cuantiosas inyecciones de liquidez, el dinero sigue sin fluir, y la promesa de la recuperación se ha desvanecido. El precario equilibrio entre inflación y deflación tarde o temprano se romperá. Para muchos, el problema es el dinero y las múltiples operaciones que escapan a su control: desde la creación de dinero de la nada por parte de la banca, a los abusos de los paraísos fiscales y los contrabandistas. Tarde han detectado los inconvenientes de los paraísos fiscales, el lucrativo negocio del lavado de dinero, la evasión y los fraudes fiscales a gran escala. 

Por eso que la idea de terminar con el dinero en efectivo ha comenzado a tomar fuerza en el último año. Si inyectar cientos de miles de millones de euros y dólares a la economía no la ha reanimado, significa que el dinero se va justamente al lado oscuro donde no queda ninguna huella de su uso. Para evitar esta metástasis que deja en estado de coma a la economía, Kenneth Rogoff, de la Universidad de Harvard, y Willem Buiter, economista jefe de Citigroup, están proponiendo laabolición del dinero en efectivo. Ambos son de la opinión de que las actuales tasas de interés negativas a los depósitos no están significando un repunte de la economía dado que los grandes capitalistas evaden impuestos al transar sus operaciones en efectivo. Rogoff recuerda el caso de una redada realizada contra los barones de la droga en México, donde se encontraron 250 millones de dólares contantes y sonantes.

No deja de ser de interés que esta vez sean dos economistas del mainstream, de la corriente principal del capitalismo, quienes aboguen por una práctica de control monetario que elimina una de las características centrales del dinero como es el anonimato de su poder y las operaciones que facilita. Para Rogoff y Buiter la existencia del dinero en efectivo es hoy el principal obstáculo para salir de la crisis y avanzar hacia la prosperidad, dado que el dinero real, al parecer, está en muy pocas manos. Con esto promueven el fin de los billetes y la creación de una sociedad en la que no exista el dinero en efectivo, y en la cual los pagos puedan hacerse a través de la multiplicidad de dispositivos móviles y digitales.

Hay que abolir los billetes y monedas

Rogoff ha sido uno de los principales economistas en proponer la abolición del dinero en efectivo. En su documento de trabajo Costs and Beneficts to Phasing Out Paper Currency Costos y beneficios de la eliminación del papel moneda, propone deshacerse de los billetes y monedas a favor de las transacciones electrónicas. Para Rogoff la única manera de evitar la evasión de impuestos, el lavado de dinero y el contrabando es eliminando el dinero físico. Los bancos centrales han fracasado con sus planes de estímulo y sus tasas de interés negativas a los depósitos dado que la economía no se ha reanimado. Esto es porque los grandes capitales prefieren mantener el dinero en efectivo.

Hasta el momento los planes de limitar los pagos en dinero en efectivo han fracasado, o se mantienen en cotas aún muy elevadas. Francia, cuyo límite a las transacciones en efectivo a los no residentes es de 15 mil euros, ha intentado bajar el límite a mil euros, pero aquí choca con los intereses de Alemania, que no tiene ningún límite a las transacciones en efectivo. Para Rogoff, las transacciones en efectivo deben abolirse dado que la situación económica empeora día a día por el abuso de los barones del dinero, cuyos grandes flujos de dinero en efectivo no son declarados.
Sólo billetes de 5 euros

Buiter, más cauto, señala en su informe que solo deberían permitirse los billetes de pequeña denominación (5 euros), eliminando todos los billetes superiores a esa cifra. Hace años, se pedía la eliminación de los billetes de 500 euros (es el billete de mayor denominación mundial) y todavía está vigente, ¿a quien sirve? Buiter reconoce la inefectividad de las tasas de interés negativas dado que "nadie va a tener su dinero en el banco a una tasa negativa que va reducir su riqueza cuando lo puede tener en efectivo sin sufrir ninguna reducción". Mantener el dinero en efectivo es una manera fácil y eficaz de evitar las tasas nominales negativas.

Para evitar este problema y salir del estancamiento económico Buiter propone tres medidas directas: i) abolición del papel moneda, ii) existencia de una moneda tributaria, y iii) eliminar el tipo de cambio fijo entre la moneda y el coeficiente reservas/depósitos de la banca. Buiter aplica una estricta Regla de Taylor para demostrar que la Reserva Federal debió aplicar una tasa negativa desde el año 2009 que debió llegar a -6 por ciento en 2010.


Consciente de que su idea es bastante polémica (Orwell, Huxley y Ray Bradbury se sonrojarían), Buiter se encarga de plantear y responder las desventajas que observan sus detractores: i) de partida, sostiene que deben seguir existiendo los billetes de pequeña denominación (5 euros), para las transacciones de los más pobres, aquellos que no tienen ninguna opción de hacer operaciones vía teléfono móvil; ii) los gobiernos y los bancos centrales perderían ingresos por señoreaje, algo que puede crear resistencias; iii) el uso único del dinero electrónico puede hacer perder privacidad (lo comparan con la Stasi, de la ex-Alemania Oriental, olvidando que EEUU, como mostró Edward Snowden, es aún peor); iv) la exclusividad de los pagos electrónicos puede crear nuevos riesgos de seguridad; v) la abolición del dinero en efectivo creará serias resistencias. Para Buiter, estos últimos argumentos para rechazar la eliminación del dinero en efectivo son débiles.

Actualmente el dinero en efectivo se utiliza en el 85 por ciento de las transacciones globales, lo que da cuenta de la magnitud del cambio que proponen Rogoff y Buiter, idea que está encontrando serias resistencias dentro de la misma ortodoxia de la que provienen estos autores.

La idea de personas intercambiando pagos a través de sus teléfonos móviles revive algunas ideas de la ciencia ficción como en las obras de Ray Bradbury. Pero el mundo está formado por clases sociales muy dispares y solo los "alfa", como en la obra de Huxley, Un mundo feliz, gozan de los privilegios tecnológicos y de los respaldos financieros para desenvolverse en el mundo con los widgets de su móvil. A su vez, la idea de un mundo centralizado donde un gran ojo vigila lo que hace cada ciudadano remite a Orwell y su 1984. Esto es lo que asusta de los ideas de Rogoff y Buiter, hasta ahora defensores del modelo económico que lanzó a la economía mundial por el barranco... Pero si tras siete años de crisis están promoviendo ideas que tienden a coartar la libertad de las personas para manejar su dinero, es porque las cosas se pondrán mucho peor.

jueves, 16 de abril de 2015

Libertad, igualdad, fragilidad: el diálogo Stiglitz-Varoufakis


El 16 de septiembre de 1992 los especuladores forzaron la devaluación de la libra esterlina. Inglaterra buscaba mantener la paridad en 2.7 marcos por libra esterlina. Pero ese objetivo era insostenible porque su tasa de inflación era superior a la de Alemania. Los especuladores no perdieron tiempo. A pesar del incremento de las tasas de interés en Londres, George Soros y otros pasaron a la ofensiva. El Banco de Inglaterra perdió la batalla y Soros se embolsó más de mil millones de dólares, convirtiéndose en campeón de la especulación en los mercados de divisas.

En 2009 Soros donó 50 millones de dólares para crear el Instituto de Nuevo Pensamiento Económico (INET, por sus siglas en inglés) y permitir a una nueva generación de economistas afrontar los desafíos del siglo XXI. El balance de los primeros años de vida del INET es desigual y está lejos de haber generado grandes cambios en el pensamiento económico. La semana pasada organizó una conferencia en París con el curioso título Libertad, igualdad y fragilidad(ineteconomics.org).

El acto estelar de la conferencia fue el diálogo entre Joseph Stiglitz y Yanis Varoufakis, ministro de Finanzas de Grecia. Durante más de una hora Stiglitz hizo preguntas más o menos apacibles sobre el futuro de Grecia en la eurozona (véase la entrevista).

Entre los temas examinados destacan la austeridad y las metas de superávit primario que la troika impuso a Grecia, en especial la meta equivalente a 4.5 por ciento del PIB. En un momento de la conversación (minuto 32) Stiglitz comenta que ningún país ha generado un superávit primario tan importante y pregunta (escandalizado): ¿cómo es posible que el gobierno anterior a Syriza hubiera aceptado semejante compromiso y cómo es posible que la troika lo hubiera impuesto?

Parece que ni Stiglitz ni Varoufakis conocen la historia reciente de América Latina y su experiencia en materia de programas de ajuste. Uno de los rasgos distintivos de la región es que la mayoría de los países mantuvo un superávit primario durante la mayor parte del periodo 1990-2007. En el caso de México, la base de datos del economista mexicano Marcos Chávez, revela que entre 1983 y 2008 el superávit primario promedió 3.6 por ciento. En el periodo 1988-1992 el superávit primario alcanzó un promedio de ¡7.6 por ciento!

Cabe recordar que el superávit primario se genera cuando el gasto público (sin contar cargas financieras) es inferior a los ingresos. La prioridad es el servicio de la deuda y los objetivos de desarrollo y bienestar de la población pasan a segundo plano.

Los datos revelan que durante 25 años las finanzas públicas en México estuvieron orientadas a generar un superávit primario para cubrir cargas financieras, manteniéndose estancada (o declinando) la inversión en salud, educación, vivienda, transporte e infraestructura, agricultura, industria, medio ambiente e investigación científica. Si a Stiglitz le escandaliza el 4.5 por ciento impuesto por la troika, ¿qué diría de la experiencia mexicana? Los resultados están a la vista: el Estado mexicano se desintegra como resultado de perseverar en el experimento neoliberal.

La respuesta a la segunda parte de la pregunta es evidente, pero por diplomacia Varoufakis prefirió no responder. La austeridad no es una medida de técnica económica. Es un instrumento de guerra social que busca destruir las bases del estado de bienestar y del desarrollo.

Otro tema de la conversación fue la salud de los bancos en Grecia. El Fondo Helénico de estabilización fue el conducto del rescate (37 mil millones de euros) que la troika quiere ahora que sea pagado con recursos del superávit primario, pero los niveles de cartera vencida (e incobrable) de los bancos griegos siguen siendo muy elevados. Aquí entra en escena José Ángel Gurría, secretario general de la OCDE.

Varoufakis menciona que la OCDE colabora en el diseño de las reformas que el gobierno de Syriza quiere aplicar y agradece tal ayuda bajo los auspicios de José Ángel Gurría. Claro que hay fórmulas de diplomacia, pero me pregunto si los ministros de Syriza conocen la trayectoria de Gurría, especialmente como secretario de Hacienda. Se trata de uno de los arquitectos del neoliberalismo en México y de un defensor del superávit primario. Cuatro años después de que el sistema bancario quebrara a raíz de la crisis de 1994, Gurría propuso la conversión a deuda pública de la montaña de pagarés que el gobierno había entregado a los bancos para remplazar la cartera vencida con títulos rentables. A la fecha, este rescate bancario (fraudulento y anticonstitucional) sigue manteniendo una fuerte hipoteca sobre las finanzas públicas en México.

La peor metáfora utilizada en la conferencia es la de Rob Johnson, director ejecutivo de INET. Señalando que a nadie le gusta un emperador desnudo, afirmó que nuestro objetivo aquí en el INET es confeccionar el nuevo vestuario del emperador. Yo hubiera preferido escuchar que el objetivo era deshacerse del emperador.

Twitter: @anadaloficial

sábado, 4 de abril de 2015

Seis gráficos alarmantes de que estamos ante una crisis mundial


Algunos creen que es imposible predecir la siguiente gran recesión económica, y todos los intentos de hacerlo no son más que suposiciones. Sin embargo, otros expertos insisten en que la historia se repite, y para 'ver el futuro' solo hay que saber dónde mirar. Les presentamos seis gráficos que pueden ayudar a pronosticar las perspectivas de la economía mundial.

Según indica el portal vestifinance.ru, que ha publicado los gráficos, cuando se acerca una recesión, algunos indicadores de los problemas suelen aparecer con antelación.

Los precios de las materias primas

Así, los precios de las materias primas normalmente empiezan a caer antes de que comience una crisis.

En este sentido, el portal invita a ver el gráfico del índice de materias primas Bloomberg Commodity Index, que lleva ya varios meses bajando.

Otra señal, según el artículo, es el crecimiento del dólar, ya que la última vez que fue registrada una dinámica parecida fue antes del colapso financiero del 2008.

El precio del crudo

El siguiente indicador es la caída de los precios del petróleo: sólo dos veces en la historia bajaron más de 50 dólares en seis meses, recuerda la publicación, explicando que se trata de la caída en víspera de la crisis de 2008 y el desplome reciente.


Del 'boom' del esquisto al derrumbe del esquisto

El número de plataformas de perforación de esquisto en EE.UU. está disminuyendo rápidamente. Según vestifinance.ru, casi la mitad de todas las plataformas en EE.UU. actualmente no funcionan. "Estamos ante una crisis de esquisto en toda regla, que ya tiene un fuerte impacto en la economía de los estados que dependen en gran medida de la industria energética", señala el artículo.


Desaceleración del comercio mundial

Al mismo tiempo, estamos siendo testigos de una desaceleración del comercio mundial. Esto suele ocurrir si las condiciones económicas empeoran, por lo cual la caída del comercio un 1,4% en enero "es alarmante". Además, se trata del mayor derrumbe desde 2011.


Los nuevos pedidos de bienes de consumo

Los indicadores de EE.UU., como una de las economías más grandes, también son relevantes para evaluar la situación mundial. En este sentido, llama la atención que los nuevos pedidos de bienes de consumo caen a una velocidad comparable con la de la última recesión.

Mercado de valores

En cuanto al mercado de valores, por el momento está creciendo, pero cuando las ganancias por acción empiecen a reducirse, habrá una gran probabilidad de caída de la bolsa, igual que en el 2008.

RT

Si nos fijamos en los gráficos de EPS y el precio de las acciones, veremos una diferencia parecida a la que fue registrada en el período entre 2007 y 2008.

sábado, 28 de marzo de 2015

Enredo en la macroeconomía

Robert Skidelsky, Professor Emeritus of Political Economy at Warwick University and a fellow of the British Academy in history and economics, is a member of the British House of Lords.
ITHACA – Hasta hace algunos años, economistas de todas doctrinas afirmaban enérgicamente que nunca se repetiría la Gran Depresión. Hasta cierto punto tuvieron razón. Después del estallido de la crisis financiera de 2008, lo que sobrevino en cambio fue la Gran Recesión. Los gobiernos pudieron controlar los daños mediante inyecciones de enormes sumas de dinero a la economía mundial y recortando a niveles cercanos a cero las tasas de interés. Sin embargo, interrumpir la caída de 2008-2009, agotó sus recursos intelectuales y políticos.

Los asesores económicos aseguraron a sus jefes que la recuperación vendría rápidamente. Y sí hubo un poco de reactivación pero después se estancó en 2010. Mientras tanto, los gobiernos tenían enormes déficits –legado de la desaceleración económica– que se supone sería moderada por un crecimiento restablecido. En la eurozona, países como Grecia enfrentaron crisis de deuda soberana pues los rescates bancarios convirtieron la deuda privada en deuda pública.

La atención se dirigió al problema de los déficits fiscales y su relación con el crecimiento económico. ¿Deberían los gobiernos ampliar deliberadamente sus déficits a fin de contrarrestar la caída de la demanda de vivienda e inversiones? ¿O deberían tratar de recortar el gasto público con el fin de disponer de dinero para el gasto privado?

Dependiendo de la teoría macroeconómica que se adopte, las dos opciones arriba mencionadas podrían haber sido presentadas como políticas favorecedoras del crecimiento. La primera podría generar la expansión de la economía porque el gobierno estaba aumentando el gasto público; la segunda tendría el mismo efecto pero porque se recortaba el gasto público. La teoría keynesiana sugiere la primera opción; y los gobiernos le tienen unánimemente fe a la segunda.

Las consecuencias de esta opción son claras. Ahora se acepta generalmente que una mayor disciplina fiscal costó a las economías desarrolladas entre 5 y 10 puntos porcentuales de crecimiento del PIB desde 2010. El conjunto de la producción e ingresos se han perdido definitivamente. Además, como la austeridad fiscal sofocó el crecimiento económico se complicó mucho más la tarea de reducir el déficit de presupuesto y la deuda nacional como proporción del PIB. Se descubrió que recortar el gasto público no era lo mismo que reducir el déficit porque desaceleró la economía.

Ello debió haber sido suficiente razón para no hacerlo. Pero no fue así. Algunos economistas señalan que los gobiernos enfrentaron un equilibrio de riesgo en 2010: reducir el déficit pudo haber desacelerado el crecimiento; pero de haberlo dejado así pudo haber empeorado las cosas.

El argumento decía que el remedio keynesiano ignoraba el efecto de políticas fiscales en las expectativas. Si la opinión pública pensara que recortar el déficit era lo pertinente, entonces permitir un aumento del déficit anularía cualquier esperanza de efecto de estímulo. Pensar que los impuestos tendrían que aumentar para “financiar” el gasto extra, entonces hogares y compañías aumentarían su ahorro. Temer a los impagos soberanos, entonces los mercados de obligaciones cobrarían a los gobiernos tasas de interés punitivas sobre los créditos que solicitaran.

Y aquí está el punto clave: al comprometerse a aplicar una mayor disciplina fiscal, los ministros de Finanzas se otorgaron el margen de maniobra para un poco de flexibilidad fiscal. Proclamar virtudes fiscales les permitió caer en indulgencia fiscal. Pudieron crear la ilusión de disciplina fiscal mediante un recorte menor que el prometido; y eso es lo que hicieron gran parte de los ministros de Finanzas.

Esto es en parte el problema en el que se han metido los macroeconomistas. Una vez que las creencias y expectativas entran en la economía, como es razonable pensar, los resultados de política fiscal se vuelven indeterminados. Mucho depende de cómo perciben las personas que serán los resultados de una política. En la jerga de los economistas, los resultados de política son “dependientes del modelo”.

El economista y Premio Nobel, Paul Krugman, ha ridiculizado lo que denomina “el hada de la confianza”, la afirmación de que la política fiscal tiene que exigir el respaldo de los mercados de obligaciones. Sin embargo, mostrar que una política corriente empeoró las cosas no significa que existiera una mejor. El éxito adecuado de una política puede depender de las expectativas del público sobre sus efectos. La pregunta sin responder es por qué el público tendría expectativas equivocadas.

Si la política fiscal es un enredo, la política monetaria también. Los bancos centrales han tratado de evitar el hada de la confianza mediante impresión de dinero –técnicamente, comprando bonos gubernamentales en el mercado secundario. Se espera que el dinero extra permee en la economía y acelerar la actividad. El Banco Central Europeo acaba de empezar un programa de compra de bonos por 1.17 billones de dólares para sortear el veto alemán sobre expansión fiscal.

Sin embargo, los efectos de la llamada facilitación cuantitativa también dependen de las expectativas. Si ofrecer a las empresas dinero extra les da mayor confianza, entonces gastarán más, pero si desconfían de la política, entonces acumularán el dinero.

Los resultados de la facilitación cuantitativa en los Estados Unidos y Reino Unido han sido ambiguos. Es cierto que los gobiernos podían obtener crédito más asequible a medida que caían los rendimientos. Sin embargo, los bancos no estaban ofreciendo los créditos que se habían puesto a disposición de los gobiernos, en parte porque lo usaban para pagar sus propias deudas, y también porque había una baja demanda de créditos.

El efecto positivo más importante de la facilitación cuantitativa se dio en los precios de los activos –principalmente activos financieros – Sin embargo, más riqueza para los ricos no produce necesariamente mucho más gasto extra. Incrementa la desigualdad y crea riesgo de burbujas de activos, lo que puede desembocar en una nueva quiebra financiera.

Así pues, llegamos a la era poscrisis sin una postura definida correcta sobre la política macroeconómica para la recuperación y prevención de futuras desaceleraciones. Grandes esperanzas se sustentan en una mejor regulación financiera para frenar la excesiva creación de crédito. No obstante, ¿qué es “excesivo”? ¿Seguirán los bancos centrales fijando una meta de 2% de inflación? ¿O deberían fijar como objetivo el “ingreso nominal”? ¿Cómo deberían ser las nuevas reglas fiscales y cómo –en la eurozona– se deben poner en vigor?

Los economistas debaten si las economías de mercado son naturalmente estables. Como keynesiano pienso firmemente que las economías de mercado necesitan políticas estabilizadoras. Sin embargo, los keynesianos tienen que enfrentar la incómoda verdad de que el éxito de políticas estabilizadoras puede depender de la comunidad empresarial con expectativas keynesianas. Necesitan tener de su lado al hada de la confianza.

Traducción de Kena Nequiz


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miércoles, 25 de marzo de 2015

¿Qué habrá en lugar del dólar tras su colapso?

La inestable situación económica en EE.UU. y el cada vez mayor número de instituciones financieras alternativas, hacen que la era de la economía basada en el dólar como moneda de reserva internacional se acerque a su fin, considera el portal CryptoCoinsNews. ¿Pero que vendrá en su lugar?

Los acuerdos comerciales bilaterales, sobre todo entre los países orientales, nuevas uniones económicas que hace cinco o diez años eran impensables, y una nueva infraestructura financiera son ahora un hecho cotidiano que cada vez más acercan al fin a la "tiranía económica" basada en el dólar, escribe en su nuevo artículo el periodista Evander Smart del portal CryptoCoinsNews.

El "último clavo del ataúd del dólar" ha sido la creación por parte de China del Banco Asiático de Inversiones en Infraestructura (AIIB, por sus siglas en inglés) y el proyecto del Banco de Desarrollo del BRICS, que pueden romper el monopolio del Banco Mundial-Fondo Monetario Internacional dirigido por EE.UU, asegura el autor.

Sin embargo, la cuestión consiste en qué es lo que vendrá a cambio del dólar en el caso de un posible colapso de la divisa estadounidense. Por supuesto, el yuan chino o alguna otra moneda podría reemplazar al dólar como una divisa internacional muy pronto. ¿Pero qué significaría esto para los que no van a usar el yuan a diario, sobre todo los países occidentales? ¿Serán el oro o el bitcóin las alternativas? 

En relación al oro, el autor destaca que es el estándar económico más antiguo del mundo. Todos los índices financieros normalmente están basados en el valor relativo al oro, y el dólar tuvo su "último valor real" en 1971, cuando todavía se podía comerciarlo por oro. Además, el oro representa un cierto prestigio, asegura el artículo.

Por otro lado, está el bitcóin. Mucha gente piensa que no tiene ningún valor porque no se puede manipular físicamente y tenerlo en las manos. Sin embargo, el bitcóin todavía nos puede sorprender, dice el autor. Si el oro es un medio de intercambio de la élite mundial que no es accesible a millones de personas, el bitcóin tiene un potencial ilimitado. Esto es así, a pesar del "miedo de los gobiernos", al tratarse de un sistema independiente e incontrolable.

Tanto el oro como el bitcóin serán grandes inversiones a largo plazo, concluye el artículo. El primero, por su prestigio e historia, el segundo por sus posibilidades infinitas. Al mismo tiempo, miles de empresas y puestos de trabajo estarán basados de manera directa o indirecta a la tecnología del bitcóin a nivel mundial en los próximos años, asegura el autor. Aun así, el bitcóin tiene que ganar confianza para poder ser un elemento clave de la economía mundial después del dólar.

martes, 3 de marzo de 2015

Nouriel Roubini: ¿La vía negativa al crecimiento?


Nouriel Roubini, Project Syndicate

En los seis últimos años, la política monetaria se ha vuelto cada vez más heterodoxa, pues los bancos centrales han aplicado políticas de tipo de interés cero, relajación cuantitativa, relajación crediticia, orientación sobre las políticas monetarias e intervención ilimitada en los tipos de cambio, pero ahora ha aparecido la más heterodoxa de todas ellas: los tipos de interés nominales negativos.

Semejantes tipos predominan actualmente en la zona del euro, Suiza, Dinamarca y Suecia y no son sólo los tipos de interés principales los que son negativos en términos normales: unos tres billones de dólares en activos en Europa y el Japón, con vencimientos a diez años nada menos (en el caso de los bonos estatales suizos), tienen ahora tipos de interés negativos.

A primera vista, parece absurdo: ¿por qué habría de querer alguien prestar dinero con un rédito nominal negativo cuando podría sencillamente conservarlo en metálico y al menos no perder en términos nominales?

En realidad, los inversores llevan mucho tiempo aceptando réditos reales negativos (ajustados a la inflación). Cuando se mantiene una cuenta corriente en un banco con un tipo de interés cero –como hacen la mayoría de las personas en las economías avanzadas–, el rédito real es negativo (el rédito nominal cero menos la inflación); dentro de un año, sus saldos de caja servirán para comprar menos bienes que en la actualidad y, si tenemos en cuenta las comisiones bancarias que se imponen a dichas cuentas, el rédito nominal efectivo era negativo antes incluso de que los bancos centrales optaran por tipos nominales negativos.

Dicho de otro modo, los tipos nominales negativos hacen que el rédito sea más negativo de lo que ya lo era. Los inversores aceptan los réditos negativos por la comodidad de mantener saldos de caja, por lo que, en cierto sentido, los tipos de interés nominales negativos no son una novedad.

Además, si la deflación llegara a consolidarse en la zona del euro y otras partes del mundo, se podría relacionar un rédito nominal negativo con un crédito real positivo. Así ha sido durante los veinte últimos años en el Japón, por la deflación persistente y los tipos de interés cercanos a cero de muchos activos.

Aun así, se podría pensar que tiene sentido conservar el dinero en metálico directamente, en lugar de un activo con un rédito negativo, pero conservar el dinero en metálico puede ser arriesgado, como comprobaron los ahorradores griegos, preocupados por la seguridad de sus depósitos bancarios; después de guardarlos bajo sus colchones o en sus paredes; el número de robos a mano armada en las casas aumentó marcadamente y algunas cantidades fueron devoradas por roedores. Así, pues, si se incluyen los costos de conservar el dinero en metálico con seguridad –y los beneficios de extender cheques–, tiene sentido aceptar un rédito negativo.

Aparte de los pequeños ahorradores, los bancos que mantienen la liquidez de un exceso de reservas necesarias no tienen otra opción que aceptar los réditos nominales negativos que imponen los bancos centrales; de hecho, no podrían mantener, manejar y transferir esos excedentes de reservas, si los conservaran en metálico, en lugar de en una cuenta con rédito negativo en el banco central. Naturalmente, es así sólo mientras el tipo de interés nominal no sea demasiado negativo; de lo contrario, conservar el dinero en metálico –pese a los costos de almacenamiento y seguridad– empieza tener mas sentido.

Pero, ¿por qué habrían de aceptar los inversores un rédito nominal negativo durante tres, cinco o incluso diez años? En Suiza y en Dinamarca, los inversores quieren contar con una divisa cuya apreciación en términos nominales se espera. Quien hubiera tenido activos en francos suizos con un rédito nominal negativo justo antes de que el banco central abandonara su vinculación con el euro a mediados del pasado mes de enero habría podido conseguir un rédito del 20 por ciento de la noche a la mañana; un rédito nominal negativo es un pequeño precio que pagar por una gran ganancia de capital.

Y, sin embargo, los réditos negativos de los bonos están dándose también en países y regiones en los que la divisa está depreciándose y es probable que lo haga aún más, incluida Alemania, otras partes centrales de la zona del euro y el Japón. Así, pues, ¿por qué conservan los inversores semejantes activos?

Muchos inversores a largo plazo, como las compañías de seguros y los fondos de pensiones, no tienen otra opción, pues están obligados a conservar bonos seguros. Naturalmente, los réditos negativos hacen que sus balances sean más frágiles: un plan de pensiones con beneficios determinados de antemano necesita réditos positivos para no perder y, cuando la mayoría de esos activos producen un rendimiento nominal negativo, semejantes resultados resultan cada vez más difíciles de conseguir, pero, en vista de las obligaciones a largo plazo (títulos y beneficios), su mandato consiste en invertir sobre todo en bonos, que entrañan menos riesgo que las acciones u otros activos inestables. Aun cuando sus réditos nominales sean negativos, deben atenerse a la seguridad.

Además, en un ambiente contrario al riesgo, cuando los inversores son reacios al riesgo o cuando las acciones y otros activos de riesgo están sujetos a la incertidumbre del mercado o del crédito, puede ser mejor conservar los bonos con rendimientos negativos que unos activos más inestables y con mayor riesgo.

Naturalmente, con el tiempo los rendimientos nominales y reales negativos pueden mover a los ahorradores a ahorrar menos y gastar más y ése es precisamente el objetivo de los tipos de interés negativos: en un mundo en el que la oferta supera a la demanda y un exceso de ahorro se disputa unas escasas inversiones productivas, el tipo de interés en equilibrio es bajo, si no negativo. De hecho, si las economías avanzadas padecieran un estancamiento prolongado, un mundo con tipos de interés negativos tanto a corto como a largo plazo podría llegar a ser la nueva normalidad.

Para evitarlo, los bancos centrales y las autoridades fiscales deben aplicar políticas que hagan arrancar el crecimiento e induzcan una inflación positiva, lo que, paradójicamente, entraña un período de tipos de interés negativos para inducir a los ahorradores a ahorrar menos y gastar más, pero también requiere estímulo fiscal, en particular inversión pública en proyectos de infraestructuras productivos, que rinden más que los bonos utilizados para financiarlos. Cuanto más se aplacen esas políticas, más tiempo pasaremos en un mundo invertido de tipos de interés nominales negativos. -

domingo, 1 de marzo de 2015

Arreglárselas con más

J. Bradford DeLong is Professor of Economics at the University of California at Berkeley and a research associate at the National Bureau of Economic Research. He was Deputy Assistant US Treasury Secretary during the Clinton Administration

BERKELEY – En los Estados Unidos solo se necesitan tres de cada diez trabajadores para producir y entregar los productos que consumimos. Todo lo que extraemos, cultivamos, diseñamos, construimos, fabricamos y transportamos – hasta preparar una taza de café en la cocina de un restaurante y llevarla a la mesa del cliente – es obra de aproximadamente el 30% de la fuerza laboral.

El resto de nosotros nos dedicamos a planear qué es lo que se va a hacer, a decidir dónde instalar las cosas que se han fabricado, a prestar servicios personales, a hablar entre nosotros y a dar seguimiento a lo que se está haciendo, de modo que podamos decidir qué se necesita hacer después. Sin embargo, a pesar de nuestra evidente capacidad de producir mucho más de lo que necesitamos, no parece que tengamos un exceso de riqueza. Una de las grandes paradojas de nuestro tiempo es que los trabajadores y los hogares de clase media siguen batallando en momentos de abundancia sin paralelo.

En los países desarrollados tenemos más que suficiente para satisfacer nuestras necesidades básicas. Tenemos bastantes enlaces orgánicos de carbono e hidrógeno que al romperse nos dan calorías; suficientes vitaminas y otros nutrientes para mantenernos sanos; viviendas adecuadas para mantenernos secos; suficiente ropa para conservarnos calientes; suficiente capital para mantenernos productivos, al menos potencialmente; y bastante entretenimiento para no aburrirnos. Y todo eso lo producimos en un promedio de menos de dos horas diarias de trabajo fuera de casa.

John Maynard Keynes no se equivocó por mucho cuando en 1930 hizo su célebre predicción de que el “problema económico [del género humano], la lucha por la subsistencia” probablemente “se resolvería o al menos estaría cerca de resolverse en cien años.” Tal vez falte una generación para que los robots se hagan cargo por completo de la fabricación, las labores de cocina y la construcción; y el mundo en desarrollo parece estar 50 años detrás. Pero Keynes habría acertado si hubiera dirigido su ensayo a los tataranietos de sus lectores.

Con todo, hay pocos indicadores de que los estadounidenses de la clase trabajadora y la clase media vivan mejor que hace 35 años. Lo que es más extraño es que el crecimiento de la productividad no parece estar aumentando, como cabría esperar. De hecho, se está desacelerando, según las investigaciones llevadas a cabo por John Fernald y Bing Wang, economistas del Departamento de Investigaciones Económicas del Banco de la Reserva Federal de San Francisco. Las perspectivas de crecimiento son aún peores, pues la innovación se enfrenta a fuertes vientos en contra.

Una forma de conciliar los cambios en el mercado laboral con nuestras experiencias vividas y estadísticas como estas darse cuenta de que lo que estamos produciendo es muy diferente a lo que hemos hecho en el pasado. Durante gran parte de nuestras experiencias mucho de lo que hemos producido no se podría compartir o usar sin permiso. Los bienes producidos se caracterizaron por ser, como señalaron algunos economistas, mercancías “rivales” y “excluyentes”.

En este contexto, “rival” significa que dos personas no pueden usar el mismo producto al mismo tiempo. Asimismo, “excluyente” significa que el propietario de un producto puede fácilmente impedir que otros lo usen. Estas dos características ofrecen gran influencia a aquellos que controlan la producción y la distribución, y de esa manera se convierten en productos ideales para la economía de mercado basada en la propiedad privada. El dinero fluye naturalmente a la fuente de valor y utilidad –y es fácil rastrear dichos flujos en las cuentas nacionales.

Sin embargo, mucho de lo que estamos produciendo en la era de la información no es ni excluyente ni rival –y esto cambia todo el panorama. Es difícil crear incentivos para la creación de bienes en la era de la información; es complicado monetizar su distribución; y no tenemos las herramientas para rastrearlos fácilmente en las cuentas nacionales. El resultado es una creciente discrepancia entre lo que las personas estarían dispuestas a pagar por un servicio determinado y el crecimiento medido en las estadísticas nacionales. En otras palabras, estamos produciendo y consumiendo mucho más de lo que sugieren nuestros indicadores económicos –y los creadores de muchos de esos productos no están recibiendo una compensación adecuada.

Lo anterior genera una serie de problemas únicos. Garantizar que los trabajadores del presente y futuro tengan la posibilidad de capturar los beneficios de la era de la información exigirá una redefinición de nuestro sistema económico a fin de estimular la creación de estos nuevos tipos de mercancías. Además de desarrollar métodos de contabilización de este nuevo tipo de riqueza, tendremos que concebir cauces para hacer que la demanda de un producto contribuya a la fuente de ingreso de su creador.

Solo mediante procedimientos que agregan valor verdadero a los bienes que producimos podremos sostener una sociedad de clase media, en lugar de una compuesta de tecno-plutócratas y sus siervos del sector servicios.

Traducción de Kena Nequiz


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El fracaso de la macroeconomía

Este este es el texto sobre el que la autora impartió una charla en la Manchester University el pasado 26 de febrero de 2015, debatiendo la moción “Esta casa cree que la economíamainstream ha fracasado”. Tras ella hubieron dos contribuciones, la primera de Trina Watson de Post-Crash Economics Society (a favor), y Dr. Andrew Lilico y Dr. Johm Ashwort (en contra), y un encendido debate.

Por Frances Coppola

De un tiempo a esta parte, tras la crisis financiera, ha ido en aumento un criticismo a las ciencias económicas [“economics”].  Desde la famosa pregunta de la Reina “¿por qué nadie lo vio venir?” al movimiento Occupy y ahora la Post-Crash Economics society, fundada por estudiantes de esta universidad, se ha cuestionado el propósito de una profesión económica que ha fallado en ver al desastre acercándose y parece que ha tenido una idea muy poco coherente sobre qué hacer al respecto.

Sin embargo me parece que la condena genérica de un fracaso de las ciencias ecónomicas me parece demasiado vasto. Por lo tanto quisiera estrechar el marco. Hay muchos economista ahí fuera haciendo un trabajo importante, tanto en la industria como en la academia, sobre mercados laborales, sobre el comportamiento de empresas y hogares, sobre dinámicas comerciales, sobre funcionamientos de mercado.  No tengo la menor intención de sugerir que todo eso ha fallado. La microeconomía, como disciplina, va viento en popa. Mi queja va por la macroeconomía.

Olivier Blanchard, economista jefe del FMI, escribió hace poco:

Nosotros en nuestro campo pensábamos que la economía era más o menos lineal, constantemente sujeta a diferentes sacudidas, constantemente fluctuando, pero volviendo de forma natural a su ser estable al cabo del tiempo. En vez de hablar de fluctuaciones, hemos usado cada vez más el término “ciclo económico”. Incluso posteriormente, tras haber desarrollado técnicas para tratar las no-linealidades, estas visiones benignas sobre fluctuaciones siguieron como dominantes.

Los modelos que desarrollaron los facultativos de la macroeconomía reflejaban esa visión esencialmente lineal. Blanchard procedió a observar que a pesar de que los macroeconomistas no ignoraban la posibilidad de eventos de riesgo extremo, lo consideraron como una cosa del pasado en países en desarrollo. Los gobiernos occidentales tenían la inflación bajo control por los objetivos de inflación de los bancos centrales. Los pánicos bancarios quedaban solventados garantizando los depósitos y con la actuación del banco central como prestamista de última instancia.  Las desastrosas y repentinas crisis provocadas por los cambios en los flujos de capitales y en las balanzas de pagos eran problema para economías de mercados emergentes, no para economías europeas desarrolladas. Y de cualquier modo, los bancos centrales podían evitar o parar los pánicos de mercado inundándolos de liquidez. Si llevas bien la política de ajustes, los modelos lineales te van a funcionar.

Salvo que no van a funcionar. Y eso es porque los modelos no son visiones realistas de cómo una economía funciona. Los agentes representantes en realidad no representan a nadie. Las expectativas racionales están motivadas por emociones tanto como por la lógica. La economía conductual se encuentra todavía en su infancia, pero empezamos  a entender cómo los humanos se mueven por instintos como el comportamiento gregario. Y en ninguna parte es eso tan visible como en la industria financiera.

La crisis financiera dirigió nuestra atención –una vez más– hacia el papel crucial de la industria financiera. Ninguna industria que pueda causar tales estragos cuando va mal debería ser considerada irrelevante o superficial. Al contrario: las instituciones financieras desenvuelven funciones de asignación de capital y transmisión monetaria vitales para nuestra economía. La disrupción o interrupción de esas funciones, incluso para un breve período de tiempo, conlleva terribles consecuencias.

Aún y así los macroeconomistas vieron tan poco importante el comportamiento de las instituciones financieras y las motivaciones de aquellos que trabajan en la industria financiera que creyeron que podían ignorarlo tranquilamente. Los modelos basados en agentes representantes, a pesar de ser defectuosos, al menos intentan explicar el comportamiento de hogares y empresas: pero el comportamiento de bancos, y otros entes que no se autodenominan bancos pero que hacen el mismo tipo de cosas, pasaron desapercibidos hasta que fue demasiado tarde. Los macroeconomistas describieron la industria financiera como un “velo”, en vez de como el corazón y el sistema circulatorio de la economía monetaria moderna: los modelos lineales, si acaso incluían a los bancos de algún modo, los retrataban como intermediarios pasivos más que como agentes activos cuyas expectativas no se alinean necesariamente con las de sus clientes ni tampoco, de hecho, con los beneficios para la economía en su conjunto.

El fracaso de la mayoría de macroeconomistas a la hora de ver venir la crisis financiera surgió por su incorrecta comprensión de cómo se crea el dinero, y lo que es quizás más importante, cómo se alza el apalancamiento. Los modelos de fondos prestables, que describen el rol del sector financiero como si intermediara con fondos existentes, no solo están mal, son peligrosos. No muestran de qué modo la exuberancia en la creación de crédito, que emana de la creencia irracional de que el valor de los activos puede seguir aumentando para siempre, lleva consigo las semillas de su propia destrucción. E infunden la creencia en factores exógenos como la causa de la crisis financiera – el “exceso de ahorro asiático” es lo primero que se me viene a la cabeza–. El enorme incremento de masa monetaria ampliada previo a la crisis financiera no vino de Asia, ni de Marte. Fue creada en bancos estadounidenses y europeos.


Claramente la exclusión de la industria financiera en los modelos macroeconómicos fue una grave omisión. De modo igualmente claro, el hecho que la mayoría de macroeconomistas no entendían, y en gran parte todavía no entienden, respresenta un gran, gran problema. Los bancos centrales están “añadiendo” ahora el sector financiero a los modelos EGDE [Equilibrio General Dinámico Estocástico]: pero eso no supone ni empezar a abordar la esencial no-linealidad de la economía monetaria, cuyo corazón es un sistema financiero que no está ocasionalmente sino NORMALMENTE lejos del equilibrio. Hasta que los macroeconomistas no entiendan esto, sus modelos seguiran siendo inadecuados.

Pero los macroeconomistas no son oráculos. Su trabajo es identificar tendencias, no predecir eventos específicos; es irrazonable y peligroso por parte del público esperar que hagan de profetas. Los macroeconomistas han jugado el mismo papel que antes jugaban los curas y los chamanes, un papel que parece haber tenido muy buena acogida a pesar de que estan fatalmente preparados para hacerlo. Se han ataviado a sí mismos con el manto de la infalibilidad y la coraza de la omnipotencia. La crisis financiera les despojó de esas trampas, revelando que por debajo estaban insuficientemente arropados.

Es justo decir que los macroeconomistas académicos han removido bastantes conciencias desde la crisis financiera, y se han dado importantes señales de que las cosas están empezando a cambiar. Pero algunas de las personas más importantes en macroeconomía han dedicado sus vidas a desarrollar teorías y modelos que han resultado ser como mejor inadecuadas y como peor peligrosamente erróneas. La llamada de Olivier Blanchard a los mandatarios para que ajusten sus políticas de tal forma que los modelos lineales sigan funcionando debería ser visto como lo que es: el llanto desesperado de un economista envejecido que descubre que los fundamentos sobre los que ha construido su carrera son de arena fina. No está para nada sólo.

En el seminario de ayer One Bank Research Agenda, del Banco de Inglaterra, el director adjunto Ben Broadbent comentó:

Los economistas se aferran a viejas ideas ante la abrumadora evidencia de que están equivocados, o escogen la evidencia que se adapta a su particular marco.

La macroeconomía efectivamente ha fracasado: no por una inadecuación intrínseca en la propia disciplina, sino por sesgos de confirmación y de selección entre macroeconomistas. ¿Quien lo hubiera pensado?

Frances Coppola es una reputada economista, editora de Pieria

Traducción para www.sinpermiso.info: Edgar Manjarín y Ayoze Alfageme

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lunes, 2 de febrero de 2015

Nouriel Roubini: ¿A qué han llevado las políticas monetarias no convencionales?

¿Quién hubiera pensado que, seis años después de la crisis financiera mundial, las economías más avanzadas aún estarían nadando en una sopa de letras - ZIRP, QE, CE, FG, NDR, y U-FX Int - de las políticas monetarias no convencionales? Ningún banco central había considerado ninguna de estas medidas (la política de tipos de interés cero, de flexibilización cuantitativa, expansión crediticia, de orientación hacia delante, las tasas de depósito negativa, y sin límite de intervención en divisas, respectivamente) antes de 2008. Hoy en día, se han convertido en un elemento básico de herramientas formuladores de políticas.

De hecho, sólo en el último año y medio, el Banco Central Europeo ha adoptado su propia versión de FG, luego se trasladó a ZIRP, y luego abrazó CE, antes de decidirse a probar NDR. En enero, el Comité aprobó plenamente QE. De hecho, por ahora la Reserva Federal, el Banco de Inglaterra, el Banco de Japón, el BCE, y una variedad de bancos centrales de las economías avanzadas más pequeñas, tales como el Banco Nacional de Suiza, han confiado en este tipo de políticas no convencionales.

El resultado de este activismo global de la política monetaria ha sido una rebelión entre los pseudo-economistas y hacks de mercado en los últimos años. Esta variedad de economistas "austriacos", monetaristas radicales, fanáticos del de oro, y los fanáticos de Bitcoin ha advertido en repetidas ocasiones que un aumento masivo de la liquidez mundial conduciría a la hiperinflación, el colapso del dólar, los precios del oro por las nubes, y la eventual desaparición de las monedas fiat monedas en las manos de sus contrapartes krypto en moneda digital.

Ninguno de estos terribles predicciones ha sido confirmada por los acontecimientos. La inflación es baja y la caída se vive en casi todas las economías avanzadas; de hecho, todos los bancos centrales de las economías avanzadas están fallando para lograr su mandato - explícito o implícito - de inflación del 2%, y algunos están luchando para evitar la deflación. Por otra parte, el valor del dólar se ha disparado contra el yen, el euro, y la mayoría de las monedas de los mercados emergentes. Los precios del oro desde la caída de 2013 han caído de 1.900 dólares por onza a alrededor de $ 1.200. Y el Bitcoin fue la moneda de peor desempeño del mundo en 2014, su valor ha caído casi un 60%.

Sin duda, la mayoría de los agoreros tienen apenas ningún conocimiento de economía básica. Pero eso no ha impedido que sus puntos de vista de informar el debate público. Así que vale la pena preguntarse por qué sus predicciones han sido tan espectacularmente mal.

La raíz de su error radica en su confusión de causa y efecto. La razón por la que los bancos centrales han adoptado cada vez más políticas monetarias no convencionales es que la recuperación post-2008 ha sido extremadamente anémica. Se han necesitado tales políticas para contrarrestar las presiones deflacionarias causadas por la necesidad de un doloroso desapalancamiento en la estela de grandes acumulaciones de deuda pública y privada.

En la mayoría de las economías avanzadas, por ejemplo, todavía hay una brecha de producción muy grande, con la producción y la demanda muy por debajo de potencial; por lo tanto, las empresas han limitado el poder de fijación de precios. Existe una considerable holgura en los mercados de trabajo, así: Demasiados trabajadores desempleados están persiguiendo a muy pocos puestos de trabajo disponibles, mientras que el comercio y la globalización, junto con las innovaciones tecnológicas que ahorran trabajo, está apretando cada vez más puestos de trabajo y los ingresos de los trabajadores, colocando un lastre adicional en la demanda.

Por otra parte, todavía hay holgura en los mercados inmobiliarios que tras su auge quebraron en Estados Unidos, Reino Unido, España, Irlanda, Islandia, y Dubai. Y burbujas en otros mercados (por ejemplo, China, Hong Kong, Singapur, Canadá, Suiza, Francia, Suecia, Noruega, Australia, Nueva Zelanda) plantean un nuevo riesgo, dado que su colapso arrastraría los precios de la vivienda.

Los mercados de materias primas, también, se han convertido en una fuente de presión deflacionista. La revolución energética del esquisto en América del Norte ha debilitado los precios del petróleo y del gas, mientras que la desaceleración de China ha minado la demanda de una amplia gama de productos básicos, incluido el mineral de hierro, cobre y otros metales industriales, todos los cuales están en una mayor oferta después de años en que los precios altos estimularon inversiones en nueva capacidad.

La desaceleración de China, que viene después de años de exceso de inversión en el sector inmobiliario y de infraestructura, también es causa de un exceso de oferta mundial de bienes manufacturados e industriales. Con la demanda interna en estos sectores contraída bruscamente, el exceso de capacidad en los sectores del acero y cemento de China - por citar sólo dos ejemplos - está alimentando aún más la presión deflacionaria en los mercados industriales globales.

El aumento de la desigualdad de ingresos, mediante la redistribución de los ingresos de aquellos que pasan más a los que ahorrar más, ha agravado el déficit de la demanda. También lo ha hecho el ajuste asimétrico entre el exceso de ahorro de las economías de los acreedores que se enfrentan a ninguna presión del mercado para pasar las economías deudoras más, y el exceso de gasto que hacen presión del mercado cara y se han visto obligados a ahorrar más.

En pocas palabras, vivimos en un mundo en el que hay demasiada oferta y poca demanda. El resultado es la persistente desinflación, una gran presión deflacionaria, a pesar de la flexibilización monetaria agresiva.

La incapacidad de las políticas monetarias no convencionales para evitar la deflación refleja en parte el hecho de que tales políticas buscan debilitar la moneda, mejorando así las exportaciones netas y el aumento de la inflación. Esto, sin embargo, es un juego de suma cero que sólo exporta deflación y recesión a otras economías.

Tal vez lo más importante ha sido un desajuste profundo con la política fiscal. Para ser eficaz, el estímulo monetario debe ir acompañado por el estímulo fiscal temporal, que ahora está ausente en todas las principales economías. De hecho, la zona euro, el Reino Unido, los EE.UU. y Japón persiguieron diversos grados de austeridad fiscal y la consolidaron.

Incluso el Fondo Monetario Internacional ha señalado correctamente que parte de la solución para un mundo con demasiada oferta y poca demanda tiene que ser la inversión pública en infraestructura, que no existe - o se ha desmoronado - en las economías más avanzadas y los mercados emergentes (con la excepción de China). Con las tasas de interés a largo plazo cerca de cero en la mayoría de las economías avanzadas (y en algunos casos incluso negativas), el caso de los gastos de infraestructura es realmente convincente. Pero una variedad de restricciones políticas - en particular el hecho de que las economías fiscalmente atadas recortan el gasto de capital antes de cortar los salarios del sector público, subsidios y otros gastos corriente - se frena el auge de la infraestructura necesaria.

Todo esto se suma a una receta para el continuo crecimiento lento, estancamiento secular, la desinflación, e incluso deflación. Es por ello que, en ausencia de políticas fiscales apropiadas para abordar la demanda agregada insuficiente, las políticas monetarias no convencionales seguirán siendo una característica central del paisaje macroeconómico.
________
Tomado de Project Syndicate
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domingo, 25 de enero de 2015

Los límites del keynesianismo

Michel Husson 

El estancamiento europeo parece dar la razón a los "análisis keynesianos". Su leitmotiv consiste en decir: la austeridad genera recesión y deuda, por lo tanto es una política absurda. Sería mejor relanzar la actividad económica mediante políticas monetarias y presupuestarias más dinámicas e incrementar los salarios y/o la inversión pública. Esta forma de presentarlo es un poco simple, pero constituye un resumen provisional del núcleo duro del discurso que, para entendernos, llamaremos "keynesiano". 

La crítica que se puede hacer a este discurso se basa en la siguiente dialéctica: 

1. Las propuestas "keynesianas" son correctas en parte; 2. Pero hacen abstracción de la lógica interna del capitalismo y, por lo tanto, 3. Conducen a alternativas incoherentes, porque incompletas. 

Los modelos post-keynesianos 

El diagnóstico "keynesiano" se basa sobre todo en la utilización de los modelos llamados "flujos- stocks consistentes" (stock-flow consistent) elaborados por una escuela de economistas heterodoxos que se definen fundamentalmente como "post-keynesianos". Esos modelos combinan los flujos (por ejemplo, el volumen de producción, las inversiones y la masa salarial) con los stocks (por ejemplo, el capital fijo, la deuda, etc.). Son interesantes porque, en relación a los modelos de equilibrio general inadaptados al estudio de la dinámica capitalista, vuelven a conectar con la macroeconomía abandonada desde hace tiempo por la economía dominante. En la medida en que describen las interacciones entre el comportamiento de los agentes (empresas, hogares) y sus patrimonios, son adecuados para el análisis de la financiarización que ha caracterizado al capitalismo en su fase neoliberal. Además, permiten distinguir las economías nacionales según estén impulsadas por el beneficio (profit-led), por los salarios (wage-led) o, incluso, por las exportaciones (export-led). 

Estos modelos conducen en general a dos tipos de resultados. El primero de ellos propone una explicación a la paradoja de la acumulación, es decir, a la desconexión entre una tasa de beneficio que aumenta y una tasa de acumulación que se estanca. Esta diferencia sería fruto de la sangría ejercida por una finanza predadora. Reduciendo esta presión financiera, se podría liberar la acumulación, relanzar la actividad económica y el empleo. El segundo resultado consiste en mostrar que Europa está globalmente impulsada por los salarios y que, por ello, un relanzamiento coordinado de la demanda favorecería, también, el crecimiento y el empleo. 

Estos modelos, que generan una literatura académica compleja, no se basan en una comprensión real de la lógica del beneficio y, por lo tanto, del capitalismo. Algo parecido a la fórmula de Patrick Artus según la cual la salida de la crisis implicaría que el capitalismo acepta funcionar con una tasa de beneficio menos elevada y que la finanza privilegia las inversiones útiles. Lo que es al mismo tiempo cierto pero incompatible con el fundamento mismo del capitalismo. 

La proeza del capitalismo neoliberal 

Se puede avanzar otra interpretación de la fase neoliberal abierta con la inflexión neoliberal operada a principios de los años 1980. Ésta se apoya en un elemento básico, es decir la ralentización del incremento de la productividad que se manifiesta en los países de la "Triada" (Estados Unidos, Europa, Japón) desde la recesión de mediados de los años 1970. Es un elemento fundamental que hace referencia a un doble agotamiento: el de las innovaciones tecnológicas y el de la organización taylorista del trabajo. Aún cuando resulta complicado interpretarla, se trata de una tendencia objetiva y verificable. 

La ralentización del incremento de la productividad debería haber conducido a una caída de la tasa de beneficio, dado que el incremento de la productividad constituye la base del dinamismo del capitalismo: permite compensar el incremento del capital por cápita (la composición técnica del capital) y distribuir poder de compra a los asalariados, al mismo tiempo que garantiza la tasa de beneficio. Sin embargo, la tasa de beneficio se restableció a partir de mediados de los años 1980. 

Algunos economistas marxistas rechazan esta constatación y buscan, por el contrario, poner de relieve una caída tendencial de la tasa de beneficio como origen de la crisis. Pero es difícil contestar el restablecimiento de la tasa de beneficio, al menos hasta principios de los años 2000. 

La cuestión entonces es de saber cómo el capitalismo ha podido lograr la proeza de restablecer la tasa de beneficio a pesar de la ralentización del incremento de la productividad. 

La respuesta a esta cuestión es fundamental, porque permite comprender la lógica de conjunto del modelo neoliberal. El primer elemento de esta respuesta tiene que ver con la reducción general de la participación de los salarios en la renta nacional; dicho de otra manera, el incremento de la tasa de explotación. Esta tendencia es más o menos universal y está confirmada por instituciones como el FMI o la OCDE. Los salarios se ralentizaron más rápido que el incremento de la productividad y la parte de los beneficios en la rente nacional se incrementó. 

Pero si, como es el caso, esta reducción de los salarios permitió restablecer la tasa de beneficio, no era suficiente para garantizar la dinámica del capitalismo. Porque el problema que se plantea a continuación es el de la "realización" de ese beneficio: ¿quién va a comprar las mercancías producidas por la clase asalariada cuyo poder de compra avanza a una velocidad inferior que la del valor producido? Esta cuestión es legítima, no presupone, desde ningún punto de vista, una lectura "sub-consumista" de la crisis, y el capitalismo neoliberal debía darle respuesta. Las tres principales que le dio fueron: la redistribución de una parte de los beneficios a las capas sociales privilegiadas, el endeudamiento de los hogares, y la extensión a los mercados en el resto del mundo. Por ello, el capitalismo neoliberal está intrínsecamente asociado al incremento de las desigualdades, al sobreendeudamiento y a los desequilibrios comerciales. 

En este esquema, la finanza no es predatoria sino funcional: asegura la redistribución de la riqueza hacia el 1%; conserva, e incluso estimula, el sobreendeudamiento, y facilita las transferencias internacionales. De ese modo, la financiarización forma parte integrante del modelo neoliberal: no es un elemento añadido del que uno se puede desembarazar sin poner en cuestión su coherencia. De ahí que la crisis actual no se puede caracterizar exclusivamente como crisis financiera. 

Una lectura "espectrográfica" de la crisis 

Esta crisis es, por lo tanto, la crisis del capitalismo neoliberal. Se puede analizarla con un enfoque "espectrográfico" consistente en observar las "curvas del capitalismo", es decir una serie de indicadores, graduados para poder ser comparados, a partir de los cuales se puede construir un indicador sintético que no es otra cosa que la media aritmética. Estos indicadores figuran en el siguiente gráfico-1, en el que figura también una estimación de la tasa de beneficio calculada en base a la "Triada" de los viejos países capitalistas. 



Este gráfico permite distinguir dos períodos. Hasta principios de los años 1980, durante lo que se denominó los "treinta gloriosos" o, incluso, "la época dorada" del capitalismo "fordista", todas esas curvas eran planas o estaban orientadas a la baja, de tal forma que el indicador sintético resultaba, él también, plano. A partir de mediados de los años 1980, todas ellas y, por tanto, el indicador sintético, se enderezaron y comenzaron a subir hasta la crisis, en la que se esboza una inflexión. 

Este balance permite realizar dos constataciones. La primera, que el denominado período "fordista" se caracterizó por un funcionamiento del capitalismo relativamente regulado, dado que todos los indicadores tomados en cuenta eran estables. La repartición entre salarios y beneficios fue más o menos constante, las desigualdades tuvieron tendencia a retroceder y la finanza jugó un papel secundario. 

La segunda, que durante la fase neoliberal, todas las curvas subieron al mismo tiempo. No se trata de una coincidencia sino una forma de ver la coherencia, por ejemplo, entre el incremento de la parte de los beneficios en la renta nacional y el sobreendeudamiento de los hogares, o entre la financiarización y el incremento de las desigualdades. Es cierto que esta coherencia era inestable y, sobre todo, insostenible: no era posible que todos los indicadores continuaran subiendo indefinidamente. Todos los economistas que vieron venir la crisis, como Thomas Palley, Steve Keen o Paul Jorion, basaban su pronóstico en uno u otro de los indicadores. La crisis podría haber estallado en un punto o en otro de esta configuración neoliberal. Por ello, el hecho de que se inició en la esfera financiera no implica que se trate de una crisis financiera. Se trata de una crisis sistémica, del conjunto de los dispositivos puestos en marcha para lograr restablecer la tasa de beneficio, una crisis de las soluciones a la crisis. Por otra parte, resulta chocante ver la fuerte correlación entre la evolución de nuestro indicador sintético y el de la tasa de beneficio. 

Una vez más, lo que muchos análisis de la crisis olvidan, sobre todo las lecturas keynesianas, es que el restablecimiento de la tasa de beneficio se dio pese a la ralentización del incremento en la productividad. Es lo que muestra el gráfico-2: la baja tendencial de la tasa de beneficio a partir de los años 1960 en EEUU (algo más tarde, en Europa) coincidió perfectamente con la evolución a la baja de los incrementos de productividad. La inflexión que se produce a principios de los años 1980 se dio a pesar de que el incremento de la productividad se estancó en torno al 2% anual durante todo el período neoliberal. Por otra parte, el vínculo entre ambas no se ha roto completamente: las grandes fluctuaciones de la tasa de beneficio se corresponden estrechamente a las de los aumentos de productividad. 


Así pues, la crisis del capitalismo es profunda: no cuenta con los incrementos de la productividad en los que basó su dinamismo anterior, y la crisis actual hace que los substitutos que antaño le permitieron restablecer la tasa de beneficio hayan entrado en crisis. Esta contradicción no es soluble en una recuperación keynesiana. 

¿Son realmente absurdas las políticas europeas? 

La respuesta a esta pregunta es, de entrada, evidentemente positiva. En el período 2009-2012, los países de la zona euro que más austeridad aplicaron conocieron el menor crecimiento y vieron aumentar más su deuda (en % del PIB). Es lo que se puede ver en el gráfico-3: en él hemos situado a los países según el grado de austeridad presupuestaria al que han estado sometidos, medido en función de lo que los economistas llaman "estímulo presupuestario". Se ve que aparecen dos correlaciones estrechas -según el eje Grecia-Alemania- entre ese grado de austeridad presupuestaria con, por una parte, un menor crecimiento (en la parte alta del gráfico) y, por otra, un incremento del ratio de la deuda pública en relación al PIB (en la parte baja del gráfico). Por tanto, la austeridad presupuestaria no conduce a una reducción del peso de la deuda, aún cuando el objetivo anunciado sea ese; por el contrario, engendra recesión. Esta constatación no ofrece dudas. Era previsible y fue prevista por muchos economistas, más allá de los círculos de los economistas heterodoxos. Ahora forma parte de un consenso bastante amplio. 


Estas políticas, absurdas des de cierto punto de vista, poseen sin embargo su propia racionalidad. El gráfico-4 muestra dos nuevas correlaciones. La primera, que se deduce lógicamente del efecto de la austeridad presupuestaria sobre el crecimiento, establece un vínculo entre esta austeridad presupuestaria y el incremento del paro sobre el período 2009- 2012. Pero es la última correlación la que permite comprender la lógica de fondo: a través del incremento del paro y de la austeridad salarial, esas políticas permiten también recuperar la tasa de margen de las empresas; dicho de otro modo, la parte del beneficio en su valor añadido. Los países que han sufrido la austeridad presupuestaria (y salarial) más fuerte son también países en los que los beneficios se han restablecido de forma neta. Resulta chocante constatar que los países de la periferia (Grecia, España, Portugal e Irlanda) han recuperado la tasa marginal a pesar del hundimiento de su economía y de la explosión del paro. 


El cinismo hipócrita de las políticas de austeridad está perfectamente ilustrado por la discrepancia entre el discurso sobre la competitividad (que la reducción de salarios debería permitir restaurar) y las evoluciones realmente existentes. En efecto, se constata que la reducción de los salarios en los países del sur de la zona euro ha estado mayormente consagrado a restablecer la tasa de margen de las empresas exportadoras más que su competitividad (gráfico-5). Este fenómeno es particularmente neto en la industria que es, sin embargo, el sector más afectado por la competencia internacional (gráfico-6). La Comisión europea no hace mas que confirmar esta constatación: "las márgenes han aumentado, en particular en los sectores expuestos, absorbiendo de ese modo una parte de la reducción de los costes laborales unitarios". 


Así pues, las políticas impulsadas en Europa no se deben analizar como políticas "absurdas" o deficientes, sino como una terapia de choque que, más allá de sus efectos colaterales negativos, buscan alcanzar tres objetivos combinados: restablecer los beneficios, liquidar lo más posible las conquistas sociales y proteger las instituciones financieras y bancarias de una desvalorización de sus activos. 

Esto es lo que no comprenden los analistas keynesianos que, fascinados por la finanza, desprecian los fundamentos estructurales de la crisis. Por ello pasan de largo sobre la divergencia existente entre las actividades productivas que están en la raíz de la crisis de la zona euro, y que sus propuestas no toman en cuenta (ver Michel Husson, "Le tout-compétitivité contre les salaires", A l’encontre, 24 de Diciembre de 2014). En fin, haciendo del crecimiento la única palanca de la creación de empleo, desprecian el papel central de la reducción del tiempo de trabajo en cualquier proyecto de transformación social.

No echar al bebé con el agua sucia de la bañera

Las relaciones entre la visión radical (que va a la raíz de las cosas) y el paradigma keynesiano son profundamente ambiguas. Evidentemente, el paradigma keynesiano contiene elementos de análisis correctos, pero no toma en consideración el conjunto de la situación y, fundamentalmente, la lógica del sistema capitalista. Por tanto es necesario retomar estos elementos de análisis combinándolos con una perspectiva de ruptura radical. Lo que se puede hacer a través de temas esbozados por el propio Keynes como la "semana de quince horas" que plantea en "Posibilidades económicas para nuestros nietos" (escrito en 1930) o la idea de un "Estado como empleador de última instancia", desarrollado por Hyman Minsky (ver por ejemplo Pavlina R. Tcherneva, "Full employment: The road not taken", Levy Economic Institute, March 2014).

Sería totalmente suicida renunciar a la defensa de los salarios y de los derechos sociales o a la puesta en primer plano de la necesaria inversión pública para la transición ecológica bajo el pretexto de que estas propuestas equivaldrían a un vano intento "keynesiano" de "salvar" el capitalismo.

La demostración de los límites keynesianos conduce a volver sobre las interpretaciones de la crisis pero también a interrogarse sobre los perfiles de una alternativa anticapitalista. La cuestión podría ser formulada de la siguiente manera: entre la pequeña música keynesiana y la fanfarria del llamamiento al derrumbar inmediatamente el capitalismo, ¿existe un lugar para una partitura de transformación social? La dificultad se encuentra en no traducir un análisis crítico radical en una retórica anticapitalista abstracta y de construir las mediaciones movilizadoras necesarias entre las reivindicaciones inmediatas contra la austeridad y las medidas de ruptura, asegurando su viabilidad.

15/01/2015

Traducción: VIENTO SUR
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