"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí

martes, 20 de octubre de 2026

Rusia advierte del riesgo de desestabilización en Latinoamérica y el Caribe



La advertencia se produce tras la emisión de una orden de arresto por un juez en Miami contra el líder histórico cubano y expresidente de la nación Raúl Castro.


Imagen ilustrativaJon G. Fuller, Jr. / Gettyimages.ru

Rusia advirtió este 20 de octubre que la escalada de tensiones contra Cuba impulsada por Washington podría desestabilizar toda la región de Latinoamérica y el Caribe.

"La intensificación adicional de la situación en torno a la Isla de la Libertad, que atraviesa tiempos extremadamente difíciles relacionados con un bloqueo comercial, económico, financiero y energético sin precedentes, puede provocar la desestabilización de la situación en toda la región de Latinoamérica y el Caribe", señaló el Ministerio de Relaciones Exteriores ruso. La Cancillería alertó que, "en caso de una explosión social en Cuba", resultaría "muy probable" que se produjera "una migración masiva de ciudadanos cubanos a países vecinos", lo que conllevaría una amenaza de "crisis social para ellos".


La advertencia se produce tras la emisión de una orden de arresto por un juez en Miami contra el líder histórico cubano y expresidente de la nación Raúl Castro. Moscú expresó su "categórico rechazo y firme condena" de la orden, que califica de "acusación infundada y fabricada" presentada más de 30 años después de los hechos de febrero de 1996.

La Cancillería rusa subrayó que las evaluaciones políticas y jurídicas de aquellos acontecimientos fueron establecidas en la resolución 1067 (1996) del Consejo de Seguridad de la ONU, que no contiene llamamientos a responsabilizar personalmente a nadie, lo que "significa de facto el acuerdo del Consejo (incluido EE.UU.) de que en esa parte el incidente quedó zanjado".

"La presentación de una acusación infundada y fabricada más de 30 años después no parece otra cosa que la venganza del 'lobby' anticubano de Miami, el deseo de ajustar cuentas con Castro, quien cumplió 95 años en junio", afirmó el Ministerio ruso de Relaciones Exteriores.

Rusia vinculó esta decisión judicial con lo ocurrido a principios de año en Venezuela, cuyo presidente Nicolás Maduro "fue secuestrado en violación de todas las normas y principios del derecho internacional". En este contexto, la Cancillería rusa confirmó "la solidaridad inquebrantable con el Gobierno de la hermana Cuba" y expresó confianza en que "el indomable pueblo cubano y sus líderes responderán dignamente a este nuevo ataque de los detractores extranjeros".
¿Qué ocurrió?

El 24 de febrero de 1996, dos avionetas fueron derribadas sobre el estrecho de Florida por cazas de la Fuerza Aérea cubana. Cuatro personas murieron: Carlos Costa, Armando Alejandre Jr., Mario de la Peña y Pablo Morales.



A lo largo de tres décadas, EE.UU. ha insistido falsamente en que los fallecidos eran civiles inocentes embarcados en una misión humanitaria, lo que ha sido desmentido por distintas evidencias.

La organización 'Hermanos al Rescate' fue fundada en Miami por José Basulto en 1991. La narrativa oficial estadounidense lo ha presentado sistemáticamente como un supuesto "disidente cubano" que ayudaba a sus compatriotas a llegar a EE.UU., pero, según la evidencia disponible, desarrolló una prolongada actividad paramilitar contra la Revolución cubana bajo los auspicios de la CIA.

Hay constancia de su participación en la invasión de Bahía de Cochinos en 1961, así como en numerosas operaciones encubiertas destinadas a derrocar a las autoridades cubanas, algunas de las cuales incluso lo han admitido ante la prensa.

A partir de 1994, 'Hermanos al Rescate' comenzó a incursionar en territorio cubano para ejecutar actividades subversivas, como el lanzamiento de panfletos y propaganda antigubernamental sobre La Habana. Dos años más tarde, en enero de 1996, infiltró un equipo de NBC en el país caribeño para transmitir en directo cómo las aeronaves sobrevolaban la capital cubana.

Frente a estos hechos recurrentes, la Cancillería cubana emitió 25 notas diplomáticas a la Administración del entonces presidente de EE.UU., Bill Clinton, con el objetivo de advertirle sobre las violaciones reiteradas del espacio aéreo y exigir el retiro de las licencias a esos pilotos. A pesar de las advertencias, las autoridades estadounidenses aprobaban los planes de vuelo y permitían la salida de las aeronaves sistemáticamente.

martes, 6 de octubre de 2026

«¡Y cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla!» (+ Video)


Discurso pronunciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Primer Ministro del Gobierno Revolucionario, en el acto de despedida de duelo de las víctimas del avión de Cubana destruido en pleno vuelo, el 6 de octubre, efectuado en la Plaza de la Revolución el día 15 de octubre de 1976, «Año del XX aniversario del Granma»


6 de octubre de 2026 03:10:38


(Versiones Taquigráficas-Consejo de Estado)
Fidel en el sepelio de las víctimas de Barbados Foto: Estudios Revolución

Familiares de los cubanos asesinados el 6 de octubre;

Compatriotas:

Conmovidos, luctuosos, indignados, nos reunimos hoy en esta histórica Plaza para despedir, aunque solo sea casi simbólicamente, los restos de nuestros hermanos asesinados en el brutal acto de terrorismo perpetrado contra un avión civil en pleno vuelo con 73 personas a bordo, de ellas 57 cubanos. La mayor parte de los restos yacen en las profundidades abismales del océano, sin que la tragedia haya dejado a los familiares allegados ni aun el consuelo de sus cadáveres. Solo los restos mortales de ocho cubanos han podido ser recuperados. Ellos se convierten así en símbolo de todos los caídos, el único resto material al que daremos sepultura en nuestra tierra de quienes fueron 57 saludables, vigorosos, entusiastas, abnegados y jóvenes compatriotas nuestros. Su edad promedio apenas rebasaba los 30 años aunque sus vidas eran ya, sin embargo, inmensamente ricas en su aporte al trabajo, al estudio, al deporte, al afecto de sus familiares allegados y a la Revolución.

Cuando leemos las biografías de cada uno de ellos vemos qué espléndida hoja de servicios al país constituyen sus vidas. El capitán de la nave habla sido elegido, este mismo año, Héroe Nacional del Trabajo. Muchos habían recibido la Medalla XX Aniversario. Numerosos entre los tripulantes habían prestado distintos servicios internacionalistas y los atletas acababan de escribir una brillante e insuperable página deportiva, ganando la totalidad de las medallas de oro en las competencias regionales de esgrima que acababan de efectuarse en Caracas. Muchos eran militantes de la Juventud o del Partido, todos se destacaban en sus actividades, cada uno de ellos había sido un claro ejemplo de cómo la dedicación al estudio, a la superación, al trabajo y al cumplimiento del deber es hoy la característica esencial de nuestros conciudadanos.

No eran millonarios en viaje de placer, no eran turistas que disponían de tiempo y de recursos para visitar otros países; eran humildes trabajadores o estudiantes y deportistas que cumplían con modestia y dedicación las tareas asignadas por la patria.

Entre los viajeros del avión había 11 jóvenes guyaneses, seis de ellos seleccionados para realizar estudios de medicina en Cuba, vidas que se pierden de hombres cuyo destino era salvar vidas en su país subdesarrollado y pobre. También murieron cinco abnegados ciudadanos de la República Popular Democrática de Corea, un pueblo tanto tiempo asediado por Estados Unidos, que visitaban países de América Latina en viaje de amistad.

En pleno vuelo el avión fue destruido por una carga explosiva a los pocos minutos de haber despegado del aeropuerto de Barbados. Con heroísmo indescriptible los bravos y expertos pilotos de la nave hicieron un supremo esfuerzo para hacerla regresar a tierra, pero el equipo, ardiendo y casi destruido, solo pudo permanecer en el aire unos minutos más. Contaron, sin embargo, con el tiempo y la entereza suficiente para explicar que había ocurrido una explosión a bordo, que la nave ardía e intentaban regresar a tierra. Es inimaginable el drama que tiene que haber significado para los pasajeros y los tripulantes la explosión y el incendio encerrados en una nave aérea a una altura aproximada de 6 000 metros.

Alguna agencia imperialista de inmediato habló sobre un posible fallo mecánico, pero en cinta grabada quedaron registradas todas las palabras del piloto trasmitidas al aeropuerto de Barbados. A esa evidencia se sumaron inmediatamente otras. Dos individuos con documentos que los acreditaban como venezolanos habían tomado el avión en Trinidad para descender del mismo en Barbados antes del accidente; casi inmediatamente después que la nave estallara en el aire tomaron otro avión de regreso a Trinidad, donde se alojaron sin equipaje alguno en el más lujoso hotel. A petición de las autoridades de Barbados, a quienes se les habían hecho sospechosos, fueron arrestados.

Las investigaciones iniciadas por la policía de ambos países arrojaron de inmediato indicios que hacían recaer sobre ellos la fuerte presunción de ser los autores materiales del sabotaje.

Por el carácter de la documentación, las autoridades de Venezuela tuvieron también rápido conocimiento de los hechos y acceso a la investigación. Al día siguiente, 7 de octubre, el presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, en cable de condolencia a Cuba, calificaba el hecho de abominable crimen. En términos públicos semejantes se expresó después, en la sede de Naciones Unidas, el propio Primer Ministro de Barbados. El hecho de que esos gobiernos ––cuyos funcionarios tenían acceso a las fuentes más inmediatas e importantes de información, que eran los propios arrestados, las circunstancias que rodeaban su conducta y sus documentos– calificaran el acto como terrorismo, era ya de por sí muy significativo.

Aunque desde las primeras informaciones el Gobierno de Cuba no albergaba la menor duda acerca de la causa de la tragedia, se abstuvo de hacer declaración alguna en espera de analizar cuidadosamente las noticias que se fueran recibiendo, así como los antecedentes e informes –unos públicos y otros confidenciales– que obraban en su poder.

En los primeros instantes no se conocía con exactitud la verdadera identidad de los detenidos. Se habló de la posibilidad de que la documentación fuera falsa. Se dieron a la publicidad los nombres de Freddy Lugo y José Velázquez y se dijo que este último se hacía llamar también José García, mencionándose que portaba más de un pasaporte. Se publicó también, más adelante, que la cónsul de Venezuela había conversado cinco horas con los detenidos y que el Embajador de Estados Unidos en Barbados había partido apresuradamente hacia Washington. No obstante, las noticias en torno a los arrestados y otros detalles y circunstancias de interés se guardaban bastante herméticamente.

El 9 de octubre el Gobierno de Venezuela declaró que Freddy Lugo era ciudadano venezolano y que se proseguían las pesquisas para identificar a José Velázquez o José García.

El 10 de octubre varias fuentes absolutamente fidedignas de círculos periodísticos de Venezuela, indignados por el monstruoso crimen, hicieron llegar a Cuba informes de suma importancia. Estos revelaban que un fotógrafo del periódico El Mundo, llamado Hernán Ricardo, dos semanas atrás habla sido visto en compañía de Félix Martínez Suárez, conocido enemigo de la Revolución Cubana, y dos sujetos más. Que este Hernán Ricardo era inseparable de Freddy Lugo. Que dos días después de la explosión de una bomba en las oficinas de Cubana de Aviación en Panamá, Hernán Ricardo había llegado al aeropuerto de Maiquetía procedente de ese país. Que poseían indicios ciertos de que dicho sujeto contaba con tres pasaportes, uno de ellos a nombre de José Velázquez. Se añadía que en la propia redacción del periódico El Mundo había alardeado conocer que un avión cubano sería volado en Barbados.

Pero lo más esencial e importante que nos comunicaron estas fuentes bien informadas de Venezuela, es que en amplios círculos se conocía que Hernán Ricardo era agente de la CIA, que muchas veces manejaba informes procedentes de la misma y que, devengando un sueldo relativamente modesto de 1 600 bolívares, poseía un automóvil de 40 000 y un apartamento de 100 000. Algunas personas lo habían oído también comentar con Freddy Lugo sobre cursos de explosivos que estaban recibiendo. Que por todos estos antecedentes ellos sospechaban que el otro arrestado, que se hacía pasar por José Velázquez, era Hernán Ricardo.

Dos días después, el 12 de octubre, el Gobierno de Venezuela anunció oficialmente que el segundo detenido, José Velázquez, era realmente Hernán Ricardo.

Esto lo explica todo.

A los informes procedentes de Venezuela debemos añadir que, de acuerdo con los datos que obran en nuestro poder, Félix Martínez Suárez es reputado agente de la CIA.

Noticias públicas procedentes de Venezuela hablan sobre fabulosas cantidades de dinero entregadas a los autores materiales del hecho.

El territorio de Venezuela fue incuestionablemente usado para la materialización del sabotaje en la fase final del mismo y ciudadanos de ese país, sin lugar a dudas, fueron los autores materiales del horrible crimen. Pero esto no nos conduce a confusiones de ninguna índole.

Es cierto que en Venezuela existe un grupo de connotados elementos contrarrevolucionarios cubanos, con cierto acceso a determinadas esferas políticas, que están implicados en los planes imperialistas de terrorismo contra nuestra patria y que es muy difícil que algunos de ellos no hayan tenido que ver con los hechos. Pero nosotros no albergamos la menor duda de que el Gobierno de Venezuela es absolutamente ajeno a los planes agresivos de Estados Unidos contra Cuba; que su actitud hacia nuestro país ha sido honesta; que tal como lo ha prometido el propio presidente Carlos Andrés Pérez, hará una investigación exhaustiva sobre las implicaciones que en los repugnantes hechos pueden haber tenido ciudadanos venezolanos o residentes en el país, y que exigirá responsabilidad a quien corresponda por la utilización del territorio de Venezuela como base de agresiones para actos terroristas.

El reclutamiento de ciudadanos y el empleo del territorio de otros países para realizar actos de esa naturaleza, son métodos típicos de la CIA.

Al principio teníamos dudas si la CIA había organizado directamente el sabotaje o lo elaboró cuidadosamente a través de sus organizaciones de cobertura integradas por contrarrevolucionarios cubanos; ahora nos inclinamos decididamente por la primera tesis. La CIA tuvo una participación directa en la destrucción del avión de Cubana en Barbados.

Lo más repugnante de este caso es el empleo de mercenarios que por dinero son capaces de segar en unos segundos 73 preciosas vidas de personas indefensas, con las cuales incluso viajaron en el avión minutos antes.

En los últimos meses el Gobierno de Estados Unidos, resentido por la contribución de Cuba a la derrota sufrida por los imperialistas y los racistas en África, junto a brutales amenazas de agresión, desató una serie de actividades terroristas contra Cuba. Esa campaña se ha venido intensificando por día y se ha dirigido, fundamentalmente, contra nuestras sedes diplomáticas y nuestras líneas aéreas.

El 9 de julio del presente año, en Kingston, Jamaica, solo varias semanas antes del sabotaje al avión de Barbados, una potente bomba hizo explosión en el vagón que cargaba los equipajes del vuelo de Cubana de Aviación que se dirigía hacia Cuba. El artefacto no estalló dentro de la nave en pleno vuelo, debido a que se produjo un atraso en el arribo de la misma.

El 2 de octubre de este año, cuatro días antes del sabotaje al avión en Barbados, el periodista contrarrevolucionario Llano Montes, que tiene razones para estar bien informado sobre esos menesteres, publicó en El Mundo de Caracas que una bomba de dinamita plástica había sido colocada bajo el ala de un avión de la Compañía Cubana de Aviación en Barbados y que la misma se había despegado por un pequeño derrame de gasolina cuando el avión iba por la pista para iniciar el vuelo. Añadió que un empleado de Seguridad del aeropuerto encontró la dinamita plástica en el suelo, le quitó el detonador y la llevó a las oficinas, de donde desapareció sin que diera cuenta a sus superiores.

En los actos de terrorismo perpetrados contra Cuba en todos los estados de la zona del Caribe y Centroamérica que mantienen relaciones con nuestra patria, han sido utilizados no solo los territorios de esos países: México, Panamá, Colombia, Jamaica, Barbados, Trinidad y Tobago y Venezuela, sino además los de otras naciones vecinas como Santo Domingo y Costa Rica, donde también residen, se mueven y organizan los terroristas, sin excluir, desde luego, Estados Unidos, Puerto Rico, Nicaragua y Chile donde tienen sus bases y actúan abiertamente con apoyo oficial. En el desarrollo de estas actividades el imperialismo ha violado descaradamente la soberanía y las leyes de numerosos países del área.

Los autores de estos crímenes se mueven impunemente por todas partes; cuentan con recursos financieros inagotables; utilizan pasaportes de Estados Unidos como ciudadanos naturalizados de ese país o documentos reales o falsos de otros numerosos países, y emplean los medios más sofisticados de terror y crimen.

¿Quién si no la CIA, al amparo de las condiciones de dominio e impunidad imperialistas establecidas en este hemisferio, puede realizar estos hechos?

Un aspecto importante es la estrecha asociación de la Agencia Central de Inteligencia con las tiranías de Nicaragua y Chile para llevar a cabo estos planes.

Aunque ya en los días del ataque mercenario a Girón los territorios de Nicaragua y Guatemala sirvieron de base a las agresiones armadas contra Cuba, y más adelante los ataques piratas se llevaron a cabo desde bases en Miami, Puerto Rico, Santo Domingo y Costa Rica, en la actualidad los mismos grupos de elementos contrarrevolucionarios están siendo utilizados también por Somoza y Pinochet de acuerdo con los fines específicos de cada cual, no solo contra Cuba, sino también contra Panamá, Jamaica, Guyana, el movimiento popular chileno y otros movimientos progresistas latinoamericanos.

Es bien conocido que la CIA, siempre que fraguó un plan de acción contra Cuba en los días de Girón o más adelante, para perpetrar la interminable cadena de ataques piratas, actos subversivos y desembarco de armas organizados y dirigidos por ella, en cada ocasión enmascaró siempre sus actividades bajo el manto de determinadas organizaciones contrarrevolucionarias cubanas. Es imposible recordar la cantidad de nombres y siglas que esta tenebrosa institución yanki ha creado.

El pasado mes de junio un grupo de organizaciones contrarrevolucionarias terroristas radicadas todas en Estados Unidos –las denominadas Frente de Liberación Nacional de Cuba, Acción Cubana, Movimiento Nacionalista Cubano, Brigada 2506 y F-14, integradas en su mayoría por elementos que han trabajado para la CIA durante varios años y recibieron de ella el entrenamiento–, se reunieron en Costa Rica para crear un llamado Comando de Organizaciones Revolucionarias Unidas (CORU).

Estos grupos no solo actúan libre e impunemente desde territorio de Estados Unidos, sino que sus cabecillas principales, a través de la organización CORU, están estrechamente vinculados a las actividades de la CIA contra Cuba.

No siempre las acciones son realizadas por elementos de estos grupos de cobertura. Muchas veces la CIA realiza el sucio trabajo por otros medios, y las organizaciones creadas sirven para atribuirse la paternidad de los hechos.

En Estados Unidos estos grupos proclaman públicamente sus crímenes y anuncian nuevos actos vandálicos.

En el mes de agosto de 1976 apareció publicado en un periódico contrarrevolucionario que se edita en Miami un supuesto parte de guerra, donde después de referir cómo volaron un automóvil frente a la Embajada cubana en Colombia y destruyeron las oficinas de Air Panamá, declaran al final textualmente: «Muy pronto atacaremos aeronaves en vuelo...» Y firman las cinco organizaciones terroristas radicadas en Miami que anteriormente señalamos.

En otro periódico de Miami, el 19 de septiembre de este propio año, vemos una descripción detallada que hace el CORU de cómo fue el intento de secuestro del cónsul cubano en Mérida y el asesinato del técnico pesquero Artagnán Díaz Díaz combinado con el proyecto de dinamitar la Embajada cubana en México. Dos de los asesinos habían volado de Miami a México con pasaportes norteamericanos para realizar los hechos, y fueron arrestados en ese país después del crimen. Un tercero regresó a Estados Unidos para escapar a la acción de la justicia mexicana.

En otro de los libelos que se publica en Miami, aparece el día 9 de septiembre de 1976 una página gráfica sobre un supuesto congreso de la organización terrorista Brigada 2506 celebrado en esa ciudad. En la misma se incluye la foto del tirano Somoza haciendo el resumen del acto y junto a él un representante yanki, Claude Pepper.

En otra publicación aparece la foto de una asamblea de esos grupos contrarrevolucionarios donde se encuentran presidiendo el acto, según reza el pie de grabado, Julio Durán, embajador de Chile en Naciones Unidas; el alcalde de Miami, Maurice Ferrer; el coronel Eduardo Sepúlveda, cónsul general de Chile en Miami; y el congresista norteamericano Tom Gallager.

¿Qué tiene de extraño que ahora el CORU reivindique ante la agencia AP la repugnante hazaña de haber dinamitado en el aire un avión de pasajeros con 73 personas a bordo?

¿Qué tendría de extraño que estos mismos elementos fuesen los autores del asesinato del ex canciller chileno Orlando Letelier, cuya muerte indignó a la opinión latinoamericana y mundial?

Haciendo un recuento de los actos terroristas llevados a cabo contra Cuba, después que el Gobierno de Estados Unidos lanzó sus insolentes amenazas contra nuestro país, tenemos los siguientes:


Año 1976. Seis de abril. Dos barcos pesqueros, «Ferro 119» y «Ferro 123», son atacados por lanchas piratas procedentes de la Florida causando la muerte al pescador Bienvenido Mauriz y graves daños a las embarcaciones.
22 de abril. Una bomba es colocada en la Embajada cubana en Portugal ocasionando la muerte de dos compañeros y heridas graves a varios más, destruyendo totalmente el local.
5 de julio. La misión de Cuba ante la ONU es objeto de un atentado con explosivos ocasionando importantes pérdidas materiales.
9 de julio. Una bomba hace explosión en el vagón que cargaba los equipajes del vuelo de Cubana de Aviación, en el aeropuerto de Jamaica, momentos antes de ser transbordados.
10 de julio. Una bomba estalla en las oficinas de la British West Indies de Barbados, que representa los intereses de Cubana de Aviación en ese país.
23 de julio. Un técnico del Instituto Nacional de la Pesca, Artagnán Díaz Díaz, es asesinado en un intento de secuestrar al cónsul cubano en Mérida.
9 de agosto. Dos funcionarios de la Embajada cubana en Argentina son secuestrados sin que se haya vuelto a tener noticias de ellos.
18 de agosto. Una bomba hace explosión en las oficinas de Cubana de Aviación en Panamá, causando daños de consideración.
6 de octubre. Es destruido en pleno vuelo un avión de Cubana de Aviación con 73 personas a bordo.
Como se puede apreciar, en solo dos meses fueron organizados dos sabotajes de extraordinaria gravedad contra aviones cubanos en vuelos internacionales repletos de pasajeros, uno de los cuales resultó fatal.



Detrás de estos hechos está la CIA. Y casi sin excepción en todas las ocasiones, las organizaciones terroristas que radican en Estados Unidos y actúan impunemente en territorio de ese país, esencialmente las cinco que integran el conjunto llamado CORU, se atribuyeron la paternidad de los mismos.

Deseo recordar que la CIA ha sido autora de procedimientos delictivos que han estado afectando de modo creciente a la comunidad internacional en los últimos años, La CIA inventó y alentó los secuestros de aviones para aplicarlos contra Cuba en los primeros años de la Revolución; la CIA inventó los ataques piratas desde bases extranjeras en su política de agresiones contra Cuba; la CIA inventó la desestabilización de gobiernos extranjeros; la CIA reeditó en el mundo moderno la funesta política de planear e intentar el asesinato de dirigentes de otros estados; la CIA inventó ahora el tenebroso recurso de hacer estallar aviones civiles en pleno vuelo. Es necesario que la comunidad mundial tome conciencia de la gravedad que tales hechos implican.

Aun cuando el Senado de Estados Unidos investigó y reconoció públicamente los incontables planes de la CIA para asesinar a los dirigentes de la Revolución Cubana y su consagración a esa tarea durante varios años, el Gobierno de Estados Unidos no ha dado ninguna explicación de tales hechos al Gobierno de Cuba ni ha pedido siquiera la menor excusa.

Tenemos la sospecha de que el Gobierno de Estados Unidos no ha renunciado a tales prácticas. El 9 de octubre, solo tres días después del criminal sabotaje de Barbados, fue interceptado un mensaje enviado por la CIA a un agente suyo en La Habana. Dicho mensaje, trasmitido desde el centro principal de la CIA en Langley, Virginia, dice textualmente, entre otras cosas: «Favor informar primera oportunidad cualquier dato respecto asistencia Fidel ceremonia primer aniversario independencia de Angola día 11 de noviembre. Caso afirmativo, tratar de averiguar itinerario completo visita Fidel otros países mismo viaje».

Otra instrucción de fecha anterior dice así:

¿Cuál es la reacción oficial y particular sobre ataques de bombas contra oficinas cubanas en el extranjero? ¿Qué van a hacer para evitarlas y prevenirlas? ¿De quién se sospecha como responsables? ¿Habrá represalias?

Esperamos que el Gobierno de Estados Unidos no se atreva a negar la veracidad de estas instrucciones de la oficina central de la CIA y otras muchas que en flagrantes actos de espionaje ha cursado a la misma persona. Poseemos la clave, las cifras y todas las pruebas de la autenticidad de estas comunicaciones. En este caso concreto, el supuesto agente reclutado por la CIA, desde el primer instante y durante 10 años ha mantenido al Gobierno de Cuba detalladamente informado de todos sus contactos con la misma, los equipos y las instrucciones recibidas (Aplausos). La CIA suponía que el agente había logrado colocar un microtrasmisor electrónico moderno, que le fuera entregado por esta, nada menos que en el despacho del compañero Osmany Cienfuegos, Secretario del Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros. De ahí la seguridad con que presumía recibir, con la debida antelación, la información pertinente sobre cualquier viaje del Primer Ministro de Cuba al extranjero.

Los que imaginan que la CIA se ha enmendado un ápice por las denuncias que en el propio seno de la sociedad norteamericana se han producido sobre sus espeluznantes hechos, están en un profundo error. Sus métodos, en todo caso, se harán más sutiles y más pérfidos.

¿Para qué deseaba la CIA conocer el itinerario exacto del posible viaje del Primer Ministro a Angola y otros países de África con motivo del 11 de noviembre? ¿Por qué deseaba conocer qué medidas se tomarían para evitar y prevenir los actos terroristas?

Dada la importancia de este hecho y su valor esclarecedor sobre la conducta y las actividades de la CIA, hemos considerado la conveniencia de hacerlo público aunque ello implica el sacrificio de una fuente valiosa de información (Aplausos).

Hace tres años el Gobierno de Cuba suscribió un acuerdo sobre piratería aérea, marítima y otros delitos con el Gobierno de Estados Unidos, que fue por parte de nuestro país una importante contribución a la solución del grave problema mundial de los secuestros de aviones. El Gobierno de Cuba no exigió condición alguna, ni siquiera el cese del criminal bloqueo económico que el Gobierno de Estados Unidos mantenía sobre nuestro país, para suscribir ese acuerdo. Cuba, además, sin la menor obligación legal devolvió a una empresa norteamericana los 2 millones de dólares que unos secuestradores habían traído consigo y que fueron confiscados por nuestras autoridades.

En cierta ocasión las autoridades cubanas en el aeropuerto de Rancho Boyeros salvaron la vida a numerosos ciudadanos norteamericanos que, procedentes de la Florida, tuvieron que efectuar un aterrizaje de emergencia después que la policía norteamericana había destruido a tiros las gomas del avión en un intento inútil de retenerlo en tierra. Exactamente haríamos en cualquier situación similar, por razones estrictamente humanitarias.

¡Qué diferente de la brutal conducta de los que armaron las manos asesinas y alentaron la destrucción de nuestro avión en Barbados!

Cuba nunca hizo ni hará propaganda a los secuestradores de aviones, y está en disposición de colaborar realmente con cualquier gobierno responsable en la lucha contra la piratería y el terrorismo aéreo.

Pero el Gobierno de Estados Unidos ha sido incapaz de cumplir el espíritu y la letra del acuerdo suscrito con Cuba en febrero de 1973.

Después del asesinato impune de un pescador cubano y la destrucción de dos lanchas por un ataque pirata en la proximidad de la Florida, advertimos al Gobierno de Estados Unidos que si tales hechos se repetían y sus autores no eran ejemplarmente sancionados, el convenio dejaría de tener vigencia (Aplausos). No hubo respuesta. El crimen no fue investigado ni sancionado.

Los hechos ocurridos con posterioridad son mucho más graves, porque la acción terrorista desencadenada por la hostilidad y la política de Estados Unidos hacia Cuba ha culminado en la increíble barbarie de destruir aviones civiles cubanos en pleno vuelo.

El acuerdo suscrito entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba el 15 de febrero de 1973, no puede sobrevivir a este brutal crimen (Aplausos y exclamaciones de: "¡Fidel, seguro, a los yankis dales duro!")

El Gobierno de Cuba se ve en la necesidad de cancelarlo y así lo comunicará esta misma tarde al Gobierno de Estados Unidos (Aplausos). Conforme a los términos textuales de dicho acuerdo, en cualquier momento de su período de vigencia y mediante denuncia escrita, formulada con seis meses de anticipación, una de las partes podrá comunicar a la otra su decisión de dar por terminado el mismo. Ateniéndonos estrictamente a lo convenido y procediendo a la notificación de su denuncia en el día de hoy, 15 de octubre de 1976, dicho acuerdo tendrá vigencia solamente hasta el 15 de abril de 1977, y no volveremos a suscribir con Estados Unidos ningún acuerdo de esta índole (Aplausos) hasta que cese terminantemente la campaña terrorista desatada contra Cuba, se brinden garantías efectivas contra estos hechos a nuestro pueblo, y se ponga definitivamente fin a los actos de hostilidad y de agresión de Estados Unidos contra Cuba (Aplausos). No puede haber colaboración de ninguna índole entre un país agresor y un país agredido.

Si después del 15 de abril de 1977, cuando cesará la vigencia del acuerdo, cualquier avión comercial norteamericano fuese desviado a Cuba, tanto el equipo como la tripulación y los pasajeros recibirán todas las facilidades para regresar de inmediato a su país (Aplausos).

Cuba no alentará jamás los secuestros aéreos ni será tolerante con sus autores, pero no puede mantener compromisos virtualmente unilaterales de devolver o castigar a los mismos con un gobierno sobre el que recae la responsabilidad fundamental de esta infame ofensiva terrorista contra nuestro país.

Los acuerdos suscritos en este sentido con Canadá, México, Colombia y Venezuela, seguirán con plena vigencia.

Cuba está dispuesta también a colaborar con México, Panamá, Venezuela, Colombia, Jamaica, Trinidad y Tobago, Guyana, Barbados y los demás países del área del Caribe y Centroamérica que sean capaces de actuar de buena fe, en cualquier conjunto de medidas que se consideren apropiadas para combatir estos crímenes.

Cuba incluso mantiene la disposición de discutir con Estados Unidos, sea cual fuese el gobierno electo el próximo mes de noviembre, una solución a estos problemas, pero tiene que ser, repito, sobre la base del cese definitivo de todo acto de hostilidad y agresión a nuestra patria (Aplausos).

Podríamos preguntarnos qué se pretende con estos crímenes. ¿Destruir la Revolución? (Exclamaciones de: "¡No!") Es imposible. La Revolución emerge más vigorosa frente a cada golpe y cada agresión, se profundiza, se hace más consciente, se hace más fuerte (Aplausos). ¿Intimidar al pueblo? (Exclamaciones de: "¡No!") Es imposible. Frente a la cobardía y la monstruosidad de crímenes semejantes el pueblo se enardece, y cada hombre y mujer se convierte en un soldado fervoroso y heroico dispuesto a morir (Aplausos).

La Revolución nos inculcó a todos la idea de la fraternidad y la solidaridad humana. A todos nos hizo hermanos entrañables en los que la sangre de uno pertenece a todos y la sangre de todos pertenece a cada uno de los demás (Aplausos). Por eso el dolor es de todos, el luto es de todos, pero la invencible y poderosa fuerza de millones de personas es nuestra fuerza. ¡Y nuestra fuerza no es solo la fuerza de un pueblo, es la fuerza de todos los pueblos que ya se redimieron de la esclavitud y la de todos los que en el mundo luchan para erradicar del seno de la sociedad humana la explotación, la injusticia y el crimen! (Aplausos.)

Nuestra fuerza es, en fin, la fuerza del patriotismo y la fuerza del internacionalismo. Las ideas por las que luchamos son estandarte de los hombres más honestos y dignos del mundo de hoy y el emblema seguro y victorioso del mundo de mañana.

El imperialismo, el capitalismo, el fascismo, el neocolonialismo, el racismo, la brutal explotación del hombre por el hombre en todas sus formas y manifestaciones, se acercan al ocaso en la historia de la humanidad, y sus enloquecidos servidores lo saben; por eso sus reacciones son cada vez más desesperadas, más histéricas, más cínicas, más impotentes. Solo eso puede explicar crímenes tan repugnantes y absurdos como el de Barbados.

Durante más de 100 años ha sido recordado y condenado con inextinguible indignación el fusilamiento de los estudiantes de medicina en 1871. Durante miles de años nuestro pueblo recordará, condenará y aborrecerá en lo más profundo de su espíritu este horrible asesinato.

¡Nuestros atletas sacrificados en la flor de su vida y de sus facultades serán campeones eternos en nuestros corazones (Aplausos); sus medallas de oro no yacerán en el fondo del océano, se levantan ya como soles sin manchas y como símbolos en el firmamento de Cuba; no alcanzarán el honor de la olimpiada, pero han ascendido para siempre al hermoso olimpo de los mártires de la patria! (Aplausos.)

¡Nuestros tripulantes, nuestros heroicos trabajadores del aire y todos nuestros abnegados compatriotas sacrificados cobardemente ese día, vivirán eternamente en el recuerdo, en el cariño y la admiración del pueblo! (Aplausos) ¡Una patria cada vez más revolucionaria, más digna, más socialista y más internacionalista (Aplausos) será el grandioso monumento que nuestro pueblo erija a su memoria y a la de todos los que han caído o hayan de caer por la Revolución! (Aplausos.)

Hacia nuestros hermanos guyaneses y coreanos inmolados ese día, va también nuestro recuerdo más ferviente en estos instantes. Ellos nos recuerdan que los crímenes del imperialismo no tienen fronteras, que todos pertenecemos a la misma familia humana y que nuestra lucha es universal (Aplausos).

No podemos decir que el dolor se comparte. El dolor se multiplica. Millones de cubanos lloramos hoy junto a los seres queridos de las víctimas del abominable crimen. ¡Y cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla!

¡Patria o Muerte!

¡Venceremos!

(Ovación).

domingo, 4 de octubre de 2026

Cuando los monstruos caminan entre nosotros




Henry Giroux, Counter Punch

Tenemos muchos monstruos que destruir.

–George Seferis

Pero, ¿cómo puede alguien decir la verdad sobre el fascismo si no está dispuesto a denunciarlo abiertamente, a menos que esté dispuesto a alzar la voz contra el capitalismo, que es lo que lo engendra?

–Bertolt Brecht

Hace más de cuatro décadas, el compositor e intelectual griego Manos Hadjidakis lanzó una advertencia que hoy se lee menos como una reflexión sobre el fascismo y más como una profecía de nuestro tiempo. El mayor peligro, sugirió, surge cuando nos acostumbramos al monstruo, cuando su presencia ya no escandaliza la conciencia y su violencia comienza a integrarse en la rutina diaria. La tolerancia no disminuye al monstruo; multiplica las condiciones que le permiten prosperar, fortaleciendo su presencia en la vida pública hasta que la propia monstruosidad adquiere la autoridad para gobernar. En este caso, el colapso de la conciencia es inseparable de la disociación entre «creencia y juicio, convicción y acción».

Hemos llegado a ese momento.

Los monstruos ya no se esconden en las sombras. Ocupan oficinas presidenciales y ministerios, comandan ejércitos y fuerzas policiales, controlan plataformas digitales, dominan las pantallas de televisión, administran fronteras, construyen centros de detención y transforman el sufrimiento ajeno en teatro político. Su discurso de purificación racial, deportación masiva, exterminio, venganza y descarte ya no produce la indignación que antes generaba. La crueldad se exhibe como fortaleza. La humillación se convierte en entretenimiento. El espectáculo del sufrimiento se transforma en fuente de placer político. Lo que debería ser insoportable se vuelve familiar; lo que debería provocar resistencia se integra en la rutina diaria.

El monstruo triunfa no solo cuando comete atrocidades, sino cuando su lenguaje se vuelve común, su violencia se vuelve aceptable, su instrumentalización de las divisiones raciales y de clase pasa desapercibida y su presencia ya no perturba la imaginación moral. Toni Morrison nos legó otro lenguaje para comprender cómo los monstruos se vuelven comunes. Lo llamó «lenguaje muerto», un lenguaje desprovisto de responsabilidad ética y puesto al servicio de la dominación. El lenguaje muerto de Morrison es, en sí mismo, monstruoso. Como ella escribe, el lenguaje opresivo «hace más que representar la violencia; es violencia». Es un lenguaje que «bebe sangre, se aprovecha de las vulnerabilidades, esconde sus botas fascistas bajo las crinolinas de la respetabilidad y el patriotismo mientras avanza implacablemente hacia el fondo y la mente más podrida».

La visión de Morrison trasciende la retórica. Los monstruos requieren un lenguaje que prepare el terreno para su violencia, despoje a sus víctimas de su humanidad y enseñe a la gente a aceptar lo impensable. El lenguaje muerto es una de las condiciones que permite que la monstruosidad se infiltre en la vida cotidiana disfrazada de sentido común.

Primo Levi observó en una ocasión que «los monstruos existen, pero son demasiado pocos para ser realmente peligrosos. Más peligrosos son los ciudadanos comunes, los funcionarios dispuestos a creer y actuar sin cuestionar». Levi sigue teniendo razón sobre el papel de los funcionarios irreflexivos, pero hoy en día los propios monstruos han adquirido poder institucional y legitimidad pública. Envalentonados por una desigualdad económica abrumadora, fortalecidos por la maquinaria del autoritarismo de alta tecnología y legitimados por una creciente cultura de violencia estatal, han pasado de los márgenes políticos a las altas esferas de la sociedad estadounidense.

Aquí, la advertencia de Hannah Arendt sobre el fracaso del pensamiento cobra renovada urgencia. La monstruosidad prospera cuando se renuncia al juicio, cuando la obligación de pensar se convierte en una carga y cuando la ignorancia se transforma de una simple ausencia de conocimiento en una deliberada negativa a saber. Podríamos llamar a esto la banalidad de la ignorancia: la suspensión voluntaria del juicio que permite a las personas ver el sufrimiento sin enfrentarlo y oír mentiras sin rechazarlas. El monstruo no solo exige obediencia; necesita sujetos que hayan aprendido a no pensar en las consecuencias de su obediencia.

Sin embargo, la advertencia de Hadjidakis plantea una pregunta más inquietante que si ahora nos gobiernan monstruos. ¿Qué significa que una sociedad comience a parecerse a sus monstruos? ¿Y qué fuerzas pedagógicas operan en la creación y normalización de esa semejanza? La semejanza no implica que todos se conviertan en asesinos o fascistas. Significa que los hábitos de pensamiento, las estructuras de sentimiento y las formas de indiferencia de las que depende la monstruosidad comienzan a penetrar en la vida cotidiana. La banalidad de la ignorancia se convierte en una condición social, una forma cultivada de ceguera moral en la que el desconocimiento ofrece un refugio de la responsabilidad y la negativa a pensar se convierte en una condición de pertenencia. Pero tal ignorancia no existe fuera del ámbito del deseo. Posee un registro emocional, una psicología del autoritarismo y una pedagogía del terror a través de la cual las personas aprenden no solo a convivir con la crueldad, sino a sumergirse en su carga emocional, encontrando placer y pertenencia en «patrones de dominación y sumisión [que se endurecen] hasta convertirse en un síndrome de actitudes respecto a la jerarquía, el poder, la sexualidad y la tradición».

El monstruo tiene una larga historia, nacida en las regiones más oscuras del imaginario social donde convergen el miedo, la diferencia y el poder. Como ha observado Manvir Singh, los monstruos han acechado durante mucho tiempo los límites entre lo humano y lo inhumano, lo familiar y lo aterrador, lo civilizado y aquello que se excluye de sus fronteras. Pero los monstruos nunca son meras criaturas de fantasía. Son advertencias, proyecciones, encarnaciones de miedos colectivos y, a menudo, armas para decidir quién pertenece al círculo de la humanidad y quién puede ser excluido. Lo que importa políticamente es qué sucede cuando el monstruo trasciende el mito y la fantasía, se apodera de las instituciones de poder y adquiere la autoridad para decidir quién puede vivir, quién debe sufrir y quién puede ser desechado.

Sin embargo, existe otro problema con la metáfora del monstruo. Imaginar a Donald Trump, Stephen Miller, Pete Hegseth, Itamar Ben-Gvir, Benjamin Netanyahu u otros artífices de la violencia autoritaria contemporánea simplemente como monstruos conlleva el riesgo de situarlos fuera de la historia, como si su crueldad se originara en alguna patología privada ajena a la sociedad que los produjo. El monstruo puede entonces convertirse en una coartada para la sociedad que lo creó. La indignación moral se individualiza, mientras que las instituciones, los intereses económicos, las jerarquías raciales, los aparatos culturales y las fuerzas políticas que hacen posible la crueldad organizada desaparecen. Esta es la idea crucial en el argumento de Jorge González Arocha: convertir a los perpetradores en monstruos puede convertirse en una forma de mirar hacia otro lado. Arocha argumenta que “reducir al perpetrador a nada más que un monstruo nos protege de reconocernos a nosotros mismos como potenciales perpetradores. Nos distancia del suceso y de su realidad, al tiempo que nos coloca en una posición de superioridad moral… [Es] una forma de negar que la capacidad de destruir también nos pertenece, que forma parte de la condición humana”.

El problema no radica en la inexistencia de monstruos. El problema surge cuando la monstruosidad se convierte en una explicación en lugar de una pregunta. Los monstruos no surgen de fuera de la historia. Se producen dentro de la historia, se cultivan a través de las instituciones, se protegen mediante burocracias, se legitiman por ley, se financian con poderosos intereses económicos, se amplifican por los medios de comunicación y se normalizan a través de la cultura. La importancia política de los monstruos no reside simplemente en los horrores que cometen, sino en el orden social que los hace posibles, útiles, legítimos y, finalmente, comunes. Centrarse exclusivamente en los monstruos puede ocultar la estructura más profunda del capitalismo mafioso, un sistema que «prioriza ciertas formas de poder sobre el bien común y permite la deshumanización gradual de nuestras sociedades».

Por lo tanto, la pregunta debe cambiar. Debemos pasar del monstruo a la maquinaria, de la patología del individuo a la economía política de la crueldad organizada, y de ahí a las fuerzas culturales y educativas que enseñan a la gente a vivir con el sufrimiento que produce dicha maquinaria. Los monstruos no actúan solos. Su poder se hace visible en las instituciones que los protegen, la riqueza que los sustenta, las leyes que los autorizan y la violencia que les sigue. Vemos su obra en calles manchadas de sangre, en migrantes brutalizados y abandonados a su suerte en centros de detención, en la tortura documentada en prisiones israelíes y en los cuerpos de niños y familias destrozadas por las bombas israelíes y estadounidenses en Gaza. Detrás de estas abstracciones se encuentran miembros arrancados, cuerpos desmembrados, niños rescatados de entre los escombros, familias quemadas y sepultadas bajo las ruinas de sus hogares y seres humanos reducidos a carne y hueso por sistemas en los que la crueldad se ha organizado, autorizado y repetido hasta que incluso la violencia más horrenda amenaza con perder su capacidad de conmocionar.

El horror reside en la creciente tolerancia de la sociedad hacia los monstruos, en el silencio que rodea sus crímenes y en la erosión de los límites morales y políticos que antes hacían intolerables sus actos. Tal silencio jamás es inocente. Es el rigor mortis de la decadencia ética y política, el punto en el que una política organizada en torno a la muerte empieza a hacerse pasar por vida ordinaria. La pesadilla ya no acecha en las sombras; se abre paso a la luz del día y es recibida con indiferencia, resignación o aplausos. La pregunta es cómo las personas aprenden a vivir en medio del sufrimiento colectivo y, finalmente, a apartar la mirada. ¿Qué formas de poder requieren tal silencio? ¿Qué instituciones lo cultivan? ¿Qué cultura enseña a las personas a dar la espalda a los cuerpos que quedan atrás? Y, lo más importante, ¿qué mecanismos pedagógicos enseñan a millones no solo a tolerar la crueldad, sino a identificarse con quienes la infligen, a desear el poder que encarnan y a experimentar el sufrimiento ajeno como el precio de su propia liberación imaginada?

Aquí convergen la economía política, la cultura y la pedagogía. El monstruo se vuelve inseparable del capitalismo despiadado, el terrorismo pedagógico y la cultura de la crueldad. El capitalismo despiadado no produce monstruos por casualidad; cada vez los necesita más, junto con públicos capaces de amarlos.

El concepto de mal radical de Arendt lleva este argumento más allá, pasando del fallo de juicio a la maquinaria política que convierte a los seres humanos en superfluos. En Los orígenes del totalitarismo, el mal radical surge de un orden político capaz de despojar a los seres humanos de sus derechos, su historia, su individualidad y, finalmente, su pertenencia a la comunidad humana. El campo de concentración representó la máxima expresión de esta lógica, pero su significado político trascendió el campo. El totalitarismo requería instituciones capaces de transformar a los seres humanos en materia desechable.

El posterior relato de Arendt sobre Adolf Eichmann complicó aún más la situación. Eichmann no se le presentó como una figura demoníaca poseedora de una maldad insondable. Le pareció terriblemente común: burocrático, arribista, obediente, incapaz de reflexionar seriamente sobre las consecuencias de sus actos. La banalidad del mal no significaba que sus crímenes fueran banales, sino que crímenes extraordinarios podían cometerse mediante rutinas cotidianas, lenguaje burocrático, ambición profesional, obediencia y la suspensión del juicio.

Reinhard Heydrich, uno de los principales artífices de la maquinaria nazi de terror y asesinatos en masa, representa otra configuración del monstruo político. En él convergieron el fanatismo ideológico, la inteligencia administrativa y un extraordinario poder institucional. No conviene reducir a Eichmann y Heydrich al mismo tipo psicológico, pero ambos evidencian la insuficiencia de considerar la atrocidad simplemente como obra de monstruos. Los sistemas modernos de terror requieren administradores, abogados, técnicos, policías, propagandistas, intelectuales, periodistas y funcionarios. El mal se vuelve más peligroso políticamente cuando adquiere una oficina, un presupuesto, una burocracia, un lenguaje de necesidad y una opinión pública dispuesta a aceptar sus premisas.

Primo Levi comprendió este peligro desde otra perspectiva . Rechazó la tentación, aparentemente reconfortante, de dividir el mundo simplistamente entre la humanidad inocente y los monstruos incomprensibles. Como él mismo afirmó: «Es un error estúpido ver a todos los demonios de un lado y a todos los santos del otro… Dividir en blanco y negro significa desconocer la naturaleza humana». Su concepto de zona gris otorgó a esta idea su fuerza política más inquietante. La zona gris no abolió las distinciones entre víctima y perpetrador; expuso las formas en que los sistemas de dominación corrompen la vida moral misma. La lección política resulta perturbadora precisamente porque nos niega el consuelo de creer que la atrocidad pertenece a otra especie humana. La barbarie moderna no surge al margen de la civilización. Se organiza a través de las instituciones, las tecnologías, las formas de conocimiento y las estructuras de obediencia de la civilización.

Umberto Eco hizo una observación similar sobre el fascismo . El fascismo no posee una única vestimenta inmutable. Cambia su lenguaje, símbolos, tecnologías y formas institucionales. Eco advirtió que «el fascismo primigenio puede resurgir bajo el disfraz más inocente». Buscar únicamente a las camisas negras de Mussolini o a las camisas pardas de Hitler implica, por lo tanto, el riesgo de no ver el fascismo cuando regresa vestido de traje, portando una Biblia, apareciendo en podcasts, controlando un algoritmo o invocando el lenguaje de la libertad, el renacimiento nacional, la seguridad fronteriza y la soberanía popular. El fascismo sobrevive precisamente porque aprende a adaptarse a las condiciones históricas de su tiempo.

Si el fascismo evoluciona según las condiciones históricas en las que se inserta, entonces dichas condiciones se vuelven fundamentales para comprender cómo se producen y perpetúan sus monstruos. Por lo tanto, el problema del monstruo debe situarse dentro de la economía política, la cultura, la pedagogía y la historia. Las condiciones que posibilitan la monstruosidad no son ni accidentales ni atemporales. Surgen de sociedades en las que la desigualdad extrema se considera natural, la crueldad se convierte en entretenimiento, la jerarquía racial se defiende como sentido común, el militarismo se erige como una virtud nacional y poblaciones enteras son consideradas prescindibles.

La monstruosidad del presente no surgió repentinamente con Trump. Su genealogía se remonta a la larga historia del imperio estadounidense y, con especial fuerza, a la Guerra contra el Terror . En nombre de la lucha contra el terrorismo, Estados Unidos desató guerras cuyo número de muertos directos superó los 600.000 en Afganistán, Irak, Pakistán, Siria y Yemen, mientras que las estimaciones de muertes indirectas, producidas por la destrucción de infraestructuras, las enfermedades, el desplazamiento y la desnutrición, ascienden a millones. Tal devastación no puede reducirse al lenguaje de un fracaso político catastrófico. Constituyó una vasta maquinaria de desecho racializado en la que poblaciones enteras podían ser bombardeadas, torturadas, desplazadas, encarceladas y abandonadas, mientras su sufrimiento apenas se registraba en el vocabulario moral de la vida política estadounidense.

Aimé Césaire comprendió hace mucho tiempo que la violencia imperial nunca se limita a quienes se dirigen inicialmente contra ella. La brutalidad colonial, advirtió, produce un «terrible efecto bumerán»: los hábitos de deshumanización, jerarquía racial, anarquía y violencia organizada cultivados en el extranjero acaban regresando a casa. La Guerra contra el Terrorismo ofrece una aterradora ilustración contemporánea de esta advertencia. Las cámaras de tortura de Abu Ghraib, la detención indefinida en Guantánamo, las entregas extrajudiciales, los asesinatos con drones, la vigilancia masiva y la normalización de la guerra permanente no solo devastaron otras sociedades , sino que también contribuyeron a que el público estadounidense aceptara la tortura, la vigilancia, la militarización policial, el poder ejecutivo sin ley y la designación de poblaciones enteras como amenazas. El trumpismo no inventó esta cultura política; la heredó, la intensificó y volcó sus hábitos imperiales hacia el interior. En este sentido, el monstruo regresó a casa porque la maquinaria que lo produjo llevaba décadas en funcionamiento.

Bajo el capitalismo mafioso, la maquinaria imperial de la precariedad se vuelve contra sí misma, adoptando una forma doméstica especialmente letal. La riqueza se concentra, los bienes públicos se despojan para el beneficio privado, las instituciones democráticas se subordinan al poder multimillonario y el Estado punitivo se expande mientras el Estado social se contrae. El abandono y la represión se convierten en dos caras de un mismo orden político.

La pedagogía se vuelve fundamental porque el fascismo nunca se impone simplemente desde arriba. Debe aprenderse. Hay que enseñar a la gente a quién temer, a quién odiar, qué sufrimiento importa, cuál puede ignorarse y cuál puede celebrarse su desaparición. Deben aprender a experimentar la crueldad como fortaleza, la dominación como libertad, la jerarquía racial como algo natural y la violencia como purificación nacional.

El terrorismo pedagógico da nombre a este proceso. Opera a través de escuelas e iglesias, televisión y redes sociales, podcasts, mítines políticos, plataformas digitales, publicidad y el espectáculo de la violencia estatal. Estos aparatos culturales van más allá de comunicar ideas. Organizan la atención, moldean la conciencia, movilizan el deseo y enseñan hábitos emocionales. Crean las condiciones emocionales e ideológicas que convierten la desechabilidad en sentido común.

Las ansiedades privadas se convierten en enemigos públicos. La soledad se transforma en la falsa solidaridad de la tribu, la impotencia se redirige hacia la agresión y el resentimiento se eleva a la categoría de virtud moral. El miedo se convierte en odio y la humillación en el deseo de humillar a los demás. El fascismo se nutre de esta economía emocional porque otorga al sufrimiento privado un objetivo público. Las heridas infligidas por un orden social cada vez más brutal se desvían de las estructuras que las producen y se dirigen hacia los inmigrantes, las personas negras, los palestinos, las feministas, los intelectuales, las personas queer, los disidentes y cualquier otra persona designada como enemigo.

Una cultura de barbarie se arraiga cuando la crueldad deja de limitarse al Estado o a sus líderes más fanáticos y se introduce en la vida cotidiana, moldeando la conciencia pública, el anhelo político y los límites de lo que se considera humano. La barbarie se convierte en cultura cuando un gran número de personas apoya el desplazamiento forzoso, el castigo colectivo, el hambre, la violencia exterminadora y la destrucción de la vida civil sin percibir tales políticas como una catástrofe moral.

Israel ofrece un ejemplo escalofriante. En mayo de 2025, una encuesta realizada por Tamir Sorek, profesor de la Universidad Estatal de Pensilvania, reveló que el 82% de los judíos israelíes encuestados apoyaba la expulsión de los palestinos de Gaza, y el 54% se declaraba muy a favor. Aún más inquietante, el 47% coincidió en que, cuando el ejército israelí conquista una ciudad enemiga, debería actuar como lo hicieron los israelitas en la conquista bíblica de Jericó, es decir, exterminando a todos sus habitantes. Estas cifras reflejan algo más aterrador que el simple apoyo a una política militar concreta. Revelan cómo el lenguaje de la expulsión y el exterminio puede trascender los márgenes de la vida política e integrarse en el vocabulario moral de la sociedad cotidiana. Así se manifiesta una cultura de barbarie cuando la prescindibilidad se convierte en sentido común y la destrucción de otro pueblo puede considerarse legítima, necesaria o incluso justa.

Omer Bartov ha ido más allá, argumentando que la sociedad israelí se ha vuelto cómplice tanto por sus acciones como por su silencio, y que se caracteriza cada vez más por la violencia, la vulgaridad y la indiferencia. Lo que está en juego aquí trasciende los crímenes de Netanyahu, Ben-Gvir o el ejército israelí. Apunta a la producción pedagógica de un orden social en el que el lenguaje de la eliminación se vuelve concebible, el sufrimiento masivo se vuelve tolerable y la violencia exterminadora se integra en los ritmos cotidianos de la vida nacional. Este es el objetivo final del terrorismo pedagógico: la creación de sujetos para quienes la barbarie ya no parece bárbara.

La cultura del fascismo no solo tolera a los monstruos; los convierte en celebridades, caudillos, salvadores y objetos de identificación, reproduciendo un culto al liderazgo. Sus transgresiones de las normas morales y políticas se convierten en signos de autenticidad, su crueldad en prueba de fuerza. Su desprecio por las restricciones democráticas se convierte en fuente de placer para sus seguidores, quienes experimentan cada transgresión como una liberación imaginaria de las obligaciones de igualdad, compasión y responsabilidad mutua.

Trump ofreció una escalofriante muestra de estas pasiones movilizadoras del fascismo cuando instó a sus seguidores a hacer trampa en las elecciones de noviembre. En la convención republicana de Dallas, ordenó a miles de simpatizantes que levantaran la mano derecha y repitieran un juramento de lealtad personal que incluía la declaración: «Me da igual si estoy registrado o no. Voy a intentar hacer trampa como es debido, igual que ellos». Esto fue más que un simple ataque a las normas democráticas. Fue un ritual político fascista en el que la lealtad al líder, el desprecio por la ley y la emoción de la transgresión colectiva se fusionaron en un espectáculo de masas. Sin embargo, el incidente se absorbió en el torbellino de noticias como otra actuación extravagante de Trump. Así es como el fascismo se vuelve común: lo escandaloso se informa, se consume y se olvida antes de que su significado pueda convertirse en una cuestión de juicio público sostenido. Lo que debería haber sido una emergencia política se disolvió en la cultura de la inmediatez, despojado de su significado histórico y reducido a otro espectáculo sin consecuencias.

La tarea política no puede reducirse a destituir a individuos del poder. El lenguaje de la monstruosidad se vuelve políticamente paralizante cuando individualiza lo sistémico, dirigiendo la atención hacia líderes patológicos y dejando intactas las instituciones, los intereses económicos, los ecosistemas mediáticos, las jerarquías raciales y las fuerzas educativas que generan una conciencia autoritaria.

La cuestión política fundamental de nuestro tiempo no es si los monstruos han regresado, sino qué tipo de sociedad los produce, qué formas de poder los necesitan y qué mecanismos pedagógicos enseñan a la gente a seguirlos. El monstruo no es el fin del análisis, sino su comienzo. El fascismo no puede ser derrotado eliminando a sus líderes más visibles sin alterar la maquinaria económica, política y cultural que lo generó. La lucha contra el fascismo también debe confrontar el capitalismo mafioso, la supremacía blanca, el militarismo, el Estado punitivo y las instituciones que convierten a los seres humanos en poblaciones desechables.

Pero la resistencia no puede vivir solo de indignación. Necesita un lenguaje de posibilidades y una política capaz de concretar la esperanza. La esperanza no es ni optimismo ni fe en que la historia se incline automáticamente hacia la justicia. Es una práctica que nace cuando las personas rechazan la soledad artificial de la vida neoliberal, se encuentran en la lucha y reconocen que lo que experimentan como sufrimiento privado es a menudo una herida pública producida por las estructuras de poder. Se manifiesta en sindicatos, aulas, manifestaciones, redes de ayuda mutua, movimientos abolicionistas, luchas por la libertad palestina, campañas por la justicia para los inmigrantes y organizaciones capaces de transformar la ira en poder colectivo.

Ya existen indicios de que una política de este tipo está luchando por nacer en Estados Unidos. El resurgimiento del socialismo democrático, el extraordinario crecimiento de los Socialistas Democráticos de América (DSA), las victorias electorales de candidatos socialistas y la renovada militancia obrera sugieren que cada vez más personas ya no están dispuestas a aceptar la tiranía del mercado como el horizonte de la posibilidad política. Los DSA reportaron más de 120.000 miembros para el verano de 2026, junto con un campo cada vez más amplio de victorias electorales socialistas y campañas de organización. Estos acontecimientos no deben idealizarse ni confundirse con una transformación socialista masiva. Pero son importantes porque evidencian algo que el orden dominante desea desesperadamente que se declare imposible: el capitalismo vuelve a ser señalado como un problema político, el socialismo ha regresado a la vida pública como un lenguaje de posibilidad, y la lucha colectiva está rompiendo la asfixiante afirmación de que no hay alternativa.

La esperanza es peligrosa para el fascismo porque el poder autoritario se nutre del aislamiento, la amnesia histórica, el agotamiento político y la convicción de que nada puede cambiar. La esperanza militante destruye esa convicción. Transforma el sufrimiento privado en ira pública, a los espectadores en agentes políticos y la soledad de la que se alimenta el fascismo en poder colectivo. Frente a la pedagogía del miedo, crea una pedagogía de la resistencia y el coraje cívico. Frente a la cultura de la crueldad, convierte la solidaridad en un arma y la justicia en una exigencia colectiva. Frente a una sociedad organizada en torno a la desechabilidad, insiste en que los seres humanos valen más que los mercados, las fronteras, la propiedad y el lucro, y que las instituciones que producen miseria, abandono y violencia organizada deben transformarse.

La lucha va más allá de derrotar a los monstruos que ostentan el poder. Debemos destruir las condiciones que los hacen posibles, construyendo una política democrática de masas capaz de confrontar la concentración de la riqueza, desmantelar las jerarquías raciales y económicas, defender los bienes públicos, romper el dominio del militarismo y devolver el poder económico y político a la gente común. La democracia no puede sobrevivir como la mera cáscara política del capitalismo, vacía de su esencia, mientras el poder económico concentrado gobierna desde dentro. Debe convertirse en una forma de organizar la vida social misma, fundamentada en la igualdad, el poder colectivo y la lucha por un futuro justo.

Hace más de cuatro décadas, Manos Hadjidakis advirtió : «Cuando el rostro del monstruo deje de asustarnos, entonces sí que tendremos miedo… porque eso significa que hemos empezado a parecernos a él». Su advertencia nunca ha sido tan urgente. Pero el parecido no es destino. El monstruo depende de nuestra resignación, nuestro silencio, nuestro aislamiento y, finalmente, nuestra creencia de que la resistencia es inútil. La forma más radical de esperanza comienza con el rechazo de esa mentira. Los monstruos son creados por la historia, y pueden ser deshechos por la lucha colectiva. Esa lucha debe confrontar al capitalismo mismo y construir una política socialista democrática capaz de arrebatar el poder a las élites gobernantes, devolvérselo a la gente común y transformar la esperanza en una fuerza para rehacer el mundo.


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Henry A. Giroux actualmente ostenta la Cátedra McMaster de Investigación en Interés Público en el Departamento de Inglés y Estudios Culturales y es el Profesor Distinguido Paulo Freire en Pedagogía Crítica. Entre sus libros más recientes se incluyen: El terror de lo imprevisto (Los Angeles Review of Books, 2019), Sobre pedagogía crítica, 2.ª edición (Bloomsbury, 2020); Raza, política y pedagogía pandémica: Educación en tiempos de crisis (Bloomsbury, 2021); Pedagogía de la resistencia: Contra la ignorancia fabricada (Bloomsbury, 2022) e Insurrecciones: Educación en la era de la política contrarrevolucionaria (Bloomsbury, 2023), y, en coautoría con Anthony DiMaggio, Fascismo a juicio: Educación y la posibilidad de la democracia (Bloomsbury, 2025). Giroux también es miembro de la junta directiva de Truthout.
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