"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí
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jueves, 29 de enero de 2026

Presencia de José Martí en Fidel Castro

 


enero 29, 2026
9:15 am



Cuando a quien esto escribe se le dio la tarea de seleccionar y prologar, para reunirlos en un libro, textos de Fidel Castro que mostraran lo enunciado en el título del presente artículo, tuvo claro que el volumen (publicado en 1983 con créditos institucionales del Centro de Estudios Martianos) debía titularse José Martí, el autor intelectual, y que la búsqueda de los textos comenzaría por La historia me absolverá, donde el guía de los sucesos del 26 de Julio de 1953 plasmó aquella definición de su inspirador.

La revisión del histórico alegato evidenció que la presencia de Martí en él no se agota en la feliz definición citada, que se ha enriquecido con el tiempo, en correspondencia con el hecho de que, lejos de limitarse al asalto de dos cuarteles, la brújula de Martí seguiría ofreciendo orientación para la etapa revolucionaria iniciada en 1953.

Ese legado radicaba en las tareas que las circunstancias le impidieron a la revolución martiana consumar y, por tanto, aún eran metas por cumplir. Librar a Cuba de la tiranía que la enlutaba era indispensable para la plena independencia, la liberación nacional, condición para que las transformaciones necesarias fueran factibles. Urgía erradicar el neocolonialismo con que, tras la intervención de 1898, los Estados Unidos despojaron a al Ejército Libertador Cubano de la victoria que había probado merecer contra España.

Era preciso derrocar a la tiranía y romper la coyunda estadounidense para acometer otras batallas que darían continuidad al proyecto martiano. Una de ellas era luchar contra las injusticias sociales en una república neocolonial donde agentes vernáculos servirían a la potencia interventora en la materialización de un peligro advertido por Martí mientras organizaba la guerra necesaria.

Sabía que se luchaba “por la patria, ingrata acaso, que abandonan al sacrificio de los humildes los que mañana querrán, astutos, sentarse sobre ellos” (III, 305).* En su afán de sembrar la conciencia necesaria para que eso no ocurriera, lo advirtió con cruda claridad en el Patria del 24 de octubre de 1894, precisamente en un artículo que desde el título, “Los pobres de la tierra”, corroboraba con quiénes echaba su suerte, como había expresado en Versos sencillos.

Los males que él había querido impedir llegaron hasta 1958, y contra ellos se lanzó la lucha armada que en 1953 rindió tributo al centenario del héroe que la inspiró. La República neocolonial aunó la injerencia estadounidense y los privilegios de castas que Martí repudió en la testamentaria carta póstuma que el día antes de morir en combate le escribió a su amigo mexicano Manuel Mercado (IV, 167-170).

A poco tiempo de haber comenzado la guerra contra el Ejército español, sostuvo que entendía como su deber no solo estar dispuesto a dar la vida por su país, sino también “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”. Tal era su determinación, que añadió: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”.

Esa decisión recuerda lo escrito por Fidel Castro a Celia Sánchez en la Sierra Maestra el 5 de junio de 1958, al ver un hogar campesino destruido por bombas que tenían la inscripción de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos y habían sido lanzadas por aviones de la tiranía batistiana: “me he jurado que los americanos [los estadounidenses] van a pagar bien caro lo que están haciendo. Cuando esta guerra se acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y grande: la guerra que voy a echar contra ellos. Me doy cuenta que ese va a ser mi destino verdadero”.




Bajo el yugo imperialista que apoyó a la tiranía, Cuba afrontaría los males de la dependencia política y económica. Y con esa coyunda vendría todo lo esperable de un poder extranjero auxiliado por lacayos dispuestos a tener “un amo, yanqui o español, que les mantenga, o les cree, en premio de su oficio de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pujante—la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país,—la masa inteligente y creadora de blancos y negros”.

La opresión capitalizada por tales “prohombres” y su amo imperial le impondría las peores condiciones de vida a la inmensa mayoría del pueblo, especialmente, pero no solo, en las áreas rurales. Las penurias sufridas por las grandes masas incluirían explotación, torturas y asesinatos, despojos de todo derecho, enfermedades, desnutrición, ignorancia.

Contra semejante escenario había enfilado Martí sus previsiones, los ideales con que organizó la guerra, y se levantaría la acción revolucionaria desatada en 1953. Las transformaciones que se desplegaron en 1959 —Reforma Agraria, Reforma Urbana, nacionalización de recursos fundamentales, planes masivos en salud pública y en educación— sustentaban un espíritu popular, verdaderamente democrático.

Para ilustrar la lealtad de esas transformaciones al legado martiano basta lo hecho desde la Campaña Nacional de Alfabetización. Quien en 1884 sostuvo: “Ser culto es el único modo de ser libre”, no defendía un concepto de cultura elitista de índole burguesa. En 1883 escribió: “De todos los problemas que pasan hoy por capitales, solo lo es uno: y de tan tremendo modo que todo tiempo y celo fueran pocos para conjurarlo: la ignorancia de las clases que tienen de su lado la justicia” (V, 101).

En La historia me absolverá Fidel Castro defendió a los humildes y, al hacerlo, abrazó los ideales martianos. Su concepción de pueblo “si de lucha se trata”, remitió a las necesidades y la pujanza de los más desfavorecidos, y abrazó de hecho lo postulado por Martí el 24 de enero de 1880 en el Steck Hall neoyorquino. Al pasar balance sobre las luchas de Cuba hasta entonces, y valorar lo que se hacía en ese momento, lo hizo con una avanzada perspectiva popular: “Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones” (IV, 193).

Las lacras afianzadas en Cuba durante la colonia y prolongadas en la República neocolonial incluían la discriminación racial. Potenciada por la esclavitud, perduró pese a la participación de patriotas de todos los colores en las luchas independentistas, y al ejemplo de guías en los que descolló Martí. Alabando la obra de Carlos Manuel de Céspedes, sostuvo que “no fue más grande cuando proclamó a su patria libre, sino cuando reunió a sus siervos, y los llamó a sus brazos como hermanos” (IV, 359).

También en esa esfera su pensamiento fue revolucionario. En “Nuestra América” (1891) señaló: “No hay odio de razas, porque no hay razas” (VI, 22). Se adelantó así en más de un siglo a las luces del descubrimiento del mapa del genoma humano, que ratificó la inexistencia de razas en la especie humana y probó la falsedad de prejuicios afincados en intereses económicos y en conceptos que, trasladados de la zoología al ámbito sociológico, sirvieron de pretextos para legitimar la esclavitud de “razas” a las que, en beneficio de “razas superiores”, incluso se les negaba que tuvieran alma.

Por distintos caminos, principalmente intereses de dominación, llegaban a Cuba —ojalá ya hubieran dejado por completo de llegar— criterios que en distintas partes del mundo han avalado masacres y formas de apartheid, expresiones supremacistas asociadas al fascismo. Hoy siguen vivas en sociedades como la estadounidense, donde perduran hasta rezagos del monstruoso Ku Klux Klan. Martí refutó radicalmente la discriminación racial —rótulo que de hecho asume la falacia de las razas—, y así como esa lacra llegó con sus secuelas a la República mediatizada, la Revolución la combatió desde la lucha programada en La historia me absolverá, y sigue combatiéndola.

Otra mácula contraria a la justicia social es la corrupción. Martí luchaba por fundar en Cuba una República moral en la que el país se arrancara de sus costumbres las malas costumbres de la colonia, y la Revolución Cubana siguió actuando contra todas las formas de corrupción, que son un grave peligro para el país.

Lo advirtió El Líder en su discurso del 17 de noviembre de 2005, que —junto con la eficiente política informativa que aún sigue reclamándose— debe ser pauta cotidiana para el afán revolucionario, que necesariamente ha de ser popular, antimperialista, defensor de la equidad, y honrado. No es un dato menor que, empezando por su guía mayor, la Revolución heredara el sentido ético de la existencia que Martí abonó con su propio ejemplo personal.

Es natural que programas concebidos para expresar y defender ideas compartidas tengan similitudes textuales. El cierre que da título al alegato citado —La historia me absolverá—, mueve a recordar cómo finalizó Martí su discurso del 17 de febrero de 1892, conocido como “Oración de Tampa y Cayo Hueso”. Resumiendo sus pasos entre compatriotas emigrados en esas localidades —donde “hemos juntado a tiempo nuestras fuerzas”—, exclamó: “¡[…] la historia no has ha de declarar culpables!”.

Pero las mayores semejanzas entre programas revolucionarios se dan en los hechos, en las tareas e ideales que los vinculan. En una de sus anotaciones dispersas, Martí escribió: “Toda tentativa de comparar, generalizar o razonar sobre textos, debe ser abandonada, so pena de sustituir una mera imitación verbal del raciocinio a un esfuerzo real de la mente”, y añadió “Solo el trabajo directo fructifica” (XXII, 35).

A menudo la presencia de los textos de Martí en los de Fidel revela una apropiación que incluye la lealtad al sentido verbal, y lo desborda. La historia me absolverá es una prueba extraordinaria, no la única, de que frecuentemente el mensaje martiano se expresa en el de su discípulo como asimilación profunda y orgánica.

Ejemplo de ello es la síntesis hecha a partir de lo que el 15 de diciembre de 1893 le escribió Martí a Antonio Maceo: “Yo no trabajo por mi fama, puesto que toda la del mundo cabe en un grano de maíz, ni por bien alguno de esta vida triste, que no tiene ya para mí satisfacción mayor que el salir de ella: trabajo para poner en vías de felicidad a los hombres que hoy viven sin ella” (III, 459).

Con el fin de dar autonomía a la idea que desea citar, Fidel la concentra en un aforismo, para lo cual lo dispondría una forma de expresión que Martí dominaba con soberana maestría literaria: “Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”. Sin detenernos en la sustitución de fama por gloria, concepto que expresa una grandeza verdadera y mayor, observemos que ese aforismo viene de una idea de Martí, pero, como realización textual, es obra de quien, fiel al Maestro, abrazó esa idea como norma de vida.

Mucho más cabría decir sobre cómo vio a Martí el continuador que, al conmemorarse el centenario de la Guerra de 1868 dijo que esa gesta “engendró numerosos líderes de extracción popular” e “inspiró a quien fue sin duda el más genial y el más universal de los políticos cubanos, a José Martí”, y también lo llamó “el más grande pensador político y revolucionario de este continente”. Años después, en “Unas palabras a modo de introducción” escritas para el primer volumen de la edición crítica de sus Obras completas, expresó: “Martí es y será guía eterno de nuestro pueblo. Su legado no caducará jamás”.

No hay espacio para más en un artículo que, animado por el aniversario 173 del nacimiento de Martí y el centenario de El Líder que abrazó sus enseñanzas, solo pretende recordar sucintamente la relación histórica entre ambos. Habría que profundizar en su pertenencia a una estirpe revolucionaria en que sobresalen como continuadores de Simón Bolívar, historia que señala los nexos que unen a Venezuela y Cuba. Mientras, probablemente con un toque de aldeanismo —similar de algún modo al rechazado por Martí en “Nuestra América”— nos preguntábamos quién sería el continuador de Fidel, tal vez no nos percatábamos de que ese lugar ya lo ocupaba Hugo Chávez.

Ese solo hecho requeriría —la merece— una valoración amplia y profunda, no un comentario presuroso. Pero hoy apúntese que tanto al Comandante cubano como al de Venezuela, quien con orgullo se proclamó su hijo y discípulo, y lo fue, se les debe rendir, entre otras formas de homenaje, una plena y lúcida lealtad al Concepto de Revolución que, trazado por el primero, exige “Cambiar todo lo que debe ser cambiado”, Y a eso —para ser fieles a los dos— se debe añadir: No cambiar ni un punto menos, pero tampoco más.

* Las citas provienen de las Obras completas de José Martí publicadas en La Habana entre 1963 y 1966, y con varias reimpresiones. Los números romanos indican los tomos; los arábigos, las páginas. La carta a Manuel Mercado se revisó por José Martí: Epistolario, 1993, V, 250-252.

Imagen. / Roberto Chile.

viernes, 20 de mayo de 2022

La muerte en combate de José Martí en el general español José Ximénez de Sandoval y Ballange

Por: René González Barrios

En este artículo: Cuba, España, José Martí
 

El 10 de octubre de 1913, la Legación Cubana en Madrid ofreció una recepción diplomática en ocasión del 45 aniversario del inicio de las guerras por la independencia de Cuba. Asistieron a ella destacadas personalidades de la sociedad española, políticos, diplomáticos, artistas, intelectuales y militares.

Entre los invitados llamaba la atención la presencia de dos altos oficiales del Ejército Español, de meritorias hojas de servicios combatiendo contra los cubanos en las tres guerras emprendidas por estos en aras de su independencia: el teniente general José Ximénez de Sandoval y Ballange y el general de división Juan Manrique de Lara y Jiménez de Melgar.

Manrique había llegado a Cuba como sargento en febrero de 1869 y se mantuvo en combate, ininterrumpidamente, hasta terminada la Guerra Chiquita, alcanzando por méritos de guerra el grado de coronel. Tras breve estancia de un año en España, a donde marchó en 1882, regresó al siguiente a la Isla, donde le sorprendió la gesta del 95, que hizo completa, enfrentando en combate a los más destacados jefes mambises, entre ellos, el generalísimo Máximo Gómez y al Lugarteniente General Antonio Maceo. Finalizando la contienda, hizo fama su exitoso rechazo a un desembarco de tropas estadounidenses por Tunas de Zazas, al sur de la provincia de Las Villas.

Ximénez de Sandoval, era harto conocido de los cubanos, incluso, tenido como tal por muchos, dados sus largos años de residencia en Cuba, a donde llegó siendo un niño, acompañando a su padre, oficial del Ejército Español destacado en la provincia de Pinar del Río. La gente lo tomaba por cubano; hablaba con acento semejante al de los habitantes de la más occidental de las provincias de la Isla.

Recién graduado como alférez en la escuela de cadetes de La Habana, apenas comenzada la guerra de los Diez Años tomó parte en la llamada Creciente de Valmaseda y en los combates para la recuperación de Bayamo, en Jimaguayú donde cayera el mayor general Ignacio Agramonte y Loynaz, y en acciones de resultados adversos para España, dirigidas por el general Máximo Gómez en La Sacra, Naranjo, Mojacasabe y Las Guásimas. En este último resultó herido. Tras una breve estancia en España, regresó a la Isla donde permaneció combatiendo a las tropas orientales hasta el año 1879, cuando retornó a la península como teniente coronel.

Comenzada la gesta del 95, el ya coronel Ximénez de Sandoval, regresó a Cuba, nombrado jefe de una media brigada de la Segunda División, con sede en Santiago de Cuba, fuerza con la que combatió al general Antonio Maceo y al frente de la cual, aquel fatídico 19 de mayo de 1895, dirigiera el combate de Dos Ríos, en el que cayera, de cara al sol, como había vaticinado, el Apóstol de Cuba, José Martí.

Surge a partir de aquel instante, una compleja relación emocional de este militar español con la memoria del héroe cubano, a quien las circunstancias pusieron en su camino en el campo de batalla. Aquel hecho marcaría su vida y su carrera profesional. Del combate se escribirían diferentes versiones por los protagonistas, cubanos y españoles. Sin lugar a dudas, el hombre de Dos Ríos, José Martí, trascendía universalmente y su muerte lo inmortalizaba.

La muerte de Martí en Dos Ríos, por Esteban Valderrama.

El 20 de mayo la columna de Ximénez de Sandoval dio sepultura en el poblado de Remanganaguas a Martí. Cumpliendo órdenes del Capitán General Arsenio Martínez de Campos y Antón, el 23, el cadáver fue exhumado y trasladado a Santiago de Cuba.

Martínez de Campos, ordenó que la caja en que “…se colocase el cadáver de Martí, fuese la más lujosa que se hallara.” Días después, al conocer que su hijo José había sido propuesto para ascenso y la Cruz pensionada de María Cristina por su participación en el combate de Dos Ríos, escribió al ministro de la Guerra, general Marcelo Azcárraga Palmero, solicitándole no diera curso a ambas propuestas.

De las pertenencias ocupadas por Ximénez de Sandoval a Martí, envió a Martínez de Campos el revólver del Apóstol y al ministro de la Guerra, general Azcárraga, el reloj que llevara en su chaqueta. El 24 de mayo, brindó su versión de los hechos a un corresponsal del diario habanero La Lucha, entrevista que íntegra, publicó el periódico en su edición de 25 de mayo de 1895:

“Con el objetivo de adquirir verdadera información respecto a los sucesos de “Dos Ríos”, fui a ver al coronel don José Ximénez de Sandoval, quien, a los breves instantes de haberle pasado mi tarjeta suplicándole una interview, me recibió con galantería, invitándome para que pasara a su despacho.

Ante todo - le dije después de los saludos de rúbrica – reciba V. mi felicitación por el telegrama de la Reina.

El señor Sandoval declinó toda la gloria en sus soldados.

- Se dice, mi Coronel, que V. es hijo de Pinar del Río, ¿es cierto?

- No, yo nací en Málaga como pudo ser en Constantinopla, porque mi difunto padre, militar como yo, se hallaba allí de guarnición cuando vine a la vida; y no es extraño crean que soy de Pinar del Río, porque siendo pequeño trasladó mi padre su residencia a esta Isla, siendo destinado a mandar el batallón que guarnecía entonces la capital de la Vuelta - Abajo, en la que hice algunos estudios hasta que ingresé en la Academia Militar de La Habana, de la que salí alférez el 68, al empezar la primera campaña, que en la isla terminé.

Mi larga permanencia en Cuba, mi constante trato y roce con sus habitantes, las gratas impresiones de la juventud que difícilmente se olvidan, y una serie de causas y circunstancias que no son del caso, me han hecho considerar siempre a estas españolas provincias, como si en ellas hubiera nacido, sin olvidar por eso que fue en la Península donde por primera vez vi la luz. Y no es extraño que esta creencia exista en Cuba, pues en la Península son muy contadas las personas que me conocen, que no afirmen que soy cubano.

- La Lucha, mi Coronel, que es como V. sabe, periódico de verdadera información, desea saber por conducto mío, cuál es su opinión concreta respecto al actual movimiento, para darla a conocer al público de la Isla, dada las circunstancias de haber sido V. el jefe de la columna que operó entre Bijas y Dos Ríos.

- Yo entiendo, – me explicó encendiendo un cigarrillo – que los actuales momentos, ocurrida la muerte del incansable agitador y propagandista revolucionario don José Martí, son para esa causa, críticos; pero su muerte no es la desaparición en el mundo de los vivos de un hombre cualquiera, sino del jefe más ilustrado, activo y que más simpatías contaba en los Estados Unidos, en el Centro y Sur América y aún en la opinión general de Cuba.

Creo que la cabeza que piensa y a su voluntad obedece el brazo que descarga el golpe, ha desaparecido, y que será muy difícil a los insurgentes en armas, y laborantes, sustituirle, pues por buenas condiciones que el sustituto tuviera, le faltarían aquellos prestigios que inspiraban la confianza en el buen éxito de esta guerra, que para mí no es otra cosa que una inoportuna y loca sublevación en la que pocos hombres pudientes y que tienen que perder han tomado parte, pues si algunos lo han hecho, a parte de las más o menos simpatías que le inspire la independencia de Cuba, es por tener sus fincas alejadas de todo centro de población y destacamentos de tropas que no pueden darles inmediata protección, y quedan a merced de un enemigo poco escrupuloso en el escogimiento de los medios para llegar al fin que se proponen.

- ¿Qué cree V. Coronel sobre la invasión al Camagüey?

- La invasión proyectada hace tiempo por Martí, Máximo Gómez, Massó y otros jefes insurrectos de Holguín, Tunas, Bayamo y Manzanillo – pues para ello no sería político que los mencionados Jefes hubieran contado con las fuerzas de color que hacen la guerra en las jurisdicciones de Cuba, Guantánamo y Baracoa – por ahora ha fracasado, si bien pudiera suceder que para demostrar una falsa vitalidad y robustez, de que carecen en su organización, intentaran algo en el sentido antes expresado, por lo que sería un fracaso para los enemigos, pues el sensato Camagüey y las ricas Villas, no están para aventuras y si para el disfrute del bienestar que a los pueblos la paz proporciona.

- ¿Respecto a la noticia de la muerte de Máximo Gómez, que fundamento tiene?

- No puedo asegurar, pues no acostumbro hacerlo nada más que de aquello que estoy evidentemente convencido, que la muerte de Máximo Gómez sea un hecho, por existir sobre este particular noticias contrarias. Pero si apunto la idea de que muy bien puede resultar cierta su muerte o heridas, recibidas en el combate de Dos Ríos; pues conocedor de esta clase de guerra, por haber hecho toda la anterior, y del sistema empleado casi siempre por Máximo Gómez, es sorprendente que después de terminada la acción con resultados prósperos para las armas españolas, que sobre el campo se apoderaron del cadáver de Martí, no fuera la columna, en su marcha a Remanganaguas para dar cristiana sepultura y trasmitir desde dicho poblado a Cuba la noticia de gran importancia política a mi modo de ver, sin sentir la detonación de un disparo del enemigo en la retaguardia, flancos y vanguardia, ni en el curso de su marcha hasta San Luis, es decir, en un recorrido de cerca de 20 leguas, lleno de admirables posiciones y sitios apropósitos para librar combate y tratar, primero, de arrebatar el cadáver de José Martí y después, para demostrar al mundo que pusieron de su parte cuando fue posible para vengar al que murió peleando con la bizarría de un denodado soldado y de un hombre más avezado a la luchas de la guerra que a las de la política, a los fogosos discursos de Club y a los trabajos de bufete.

Si Máximo Gómez, continuó el Coronel Sandoval, hubiera quedado en disponibilidad después de la acción, es indudable que así lo hubiera hecho, a no ser que existieran para él razones poderosas sobre las que no me es posible formar hipótesis, y que le determinaran a proceder como lo hizo en contradicción con sus costumbres, manera de combatir y estimar los hechos.

- Dada la muerte de D. José Martí, y de que sea un hecho la de Máximo Gómez ¿cree V. posible la autoridad de los titulados generales D. Antonio Maceo y D. Bartolomé Massó, para continuar el movimiento?

- De ningún modo. Massó no tiene renombre, según tengo entendido por referencias, pues no le conozco personalmente; es un señor que ocupaba buena posición en Manzanillo lleno de años y achaques, y que ligado por compromisos contraídos con harta ligereza para un hombre de su edad, se ha lanzado a la insurrección, halagado por ofertas de altos mandos en ella, con poca fé y constancia para persistir en la actitud en la que se ha colocado; y menos hoy en que faltando la cabeza, se hallará frente a frente de Maceo, a quien tampoco he tratado, pero que según dicen, es altivo, soberbio y poco dado a soportar tutelas, y menos aquellas que no le impone la opinión. Maceo pretenderá ser la cabeza del movimiento separatista, y para desempeñar en toda revolución cargo tan importante, no basta tener valor, que no se lo niego, y lo tiene grande, es preciso además poseer facultades intelectuales de que él carece, pues en el reparto hecho por Dios de la inteligencia, ha sido con él parco.

Por otra parte, las simpatías de este cabecilla, puede decirse se hallan limitadas a la jurisdicción de Cuba y con especialidad entre la gente de color, que creen a pies juntillos, que si la revolución triunfa la Isla de Cuba sería un nuevo Haití en la que la raza de color, se impondría a los blancos y al país.

- ¿Qué opina usted de la actitud de don José Miró?

- En primer lugar es para mí un sujeto censurable, porque si lamentable es que los hijos de esta hermosa provincia española empuñan las armas contra la madre patria, en un hombre que ha nacido en la Península es de todo punto condenable y no dejará nunca de ser un crimen de los más feos el contribuir con su actitud y las fuerzas de que disponga al derramamiento de sangre, de aquellos que bajo el mismo cielo nacieron, y hasta de los que como catalanes hablan el mismo dialecto que en los albores de su vida oyó de los labios que la que le dio el ser.

Según tengo entendido Miró es un revoltoso, figuró en las filas carlistas, después como entusiasta republicano, monárquico de la legitimidad cuando el inolvidable Rey Don Alfonso XII vino al trono, y por último, ha hecho causa común con los insurrectos, que en su interés debían de expulsarlo por denigrar la causa que defienden.

- ¿Cree usted que la revolución durará hasta Diciembre?

- Mi opinión es que hasta esa fecha puede muy bien durar, así como creo firmemente que si el Gobierno de S. M. hace un esfuerzo y en plazo brevísimo aumenta el contingente de tropas, hoy en campaña, puede terminarse antes. Si las tropas que el Gobierno envíe salen de la Península perfectamente organizadas, por batallones sueltos, con sus jefes y oficiales naturales; conociendo los jefes a sus subordinados y estos a los que los mandan, será más conveniente, pues las organizaciones en los puntos de desembarque con prisas y dificultades mil, no las estimo convenientes, porque para la guerra uno de los factores más importantes es la sólida y bien ordenada organización de las tropas que en ellas han de tomar parte, y que los soldados no sean solo llevados al combate por la imperiosa voz del que manda, sino que el prestigio de aquellos por el conocimiento anterior de sus buenas cualidades, induzca al soldado gustoso al cumplimiento de su deber.

Yo creo que teniendo en la Península 20 batallones de cazadores con oficialidad brillante y distinguida, podrían estas unidades orgánicas ser la base, con un prudencial aumento de tropas, de los que en lo sucesivo vinieran a compartir los peligros y penalidades de la guerra con los que ya en ella nos hallamos.

- ¿Es cierto, mi Coronel, que ha sido V. recompensado por el Gobierno por el brillante hecho de armas llevado a cabo en Dos Ríos?

- Ciertísimo. El General, Sr. Martínez Campos, me propuso por cablegrama para ser recompensado con la Cruz de María Cristina, y el gobierno ha contestado por el mismo medio, concediéndome la recompensa pedida, que con orgullo ostentaré en mi pecho, por creerme perfectamente premiado, en unión de tres placas y otras varias cruces, que por servicio de guerra prestados anteriormente me fueron concedidas.

- Me han dicho, Sr. Sandoval, que V. se apoderó de una carta que llevaba un espía insurrecto, en la que parece que se trataba de mi ¿es cierto mi Coronel?

- ¡Y tanto! Entre la correspondencia que llevaba el difunto Martí ocupé una carta de un jefe insurrecto, cuyo apellido no recuerdo en este momento, en la que se dirigía a otro de menor graduación, diciéndole que V. tenía que ir por donde ellos estaban, y que en su consecuencia reuniera el mayor número posible de hombres para que a la presencia de V. aparecieran muchos, y llevara la impresión de que contaban con muchos soldados. La carta que llevaba el prisionero que por la mañana aprehendió la vanguardia en el paso del Salado, era de Máximo Gómez, dirigida al dueño de un establecimiento de las Ventas de Casanovas, amenazándole a en ella de no guardarle consideración alguna y considerarlo sólo como cantinero de la tropa, si no disminuía los excesivos precios que, por los efectos que en su tienda iban a comprar, exigía a los pacíficos.

Y aquí dio fin la conferencia que tuve honor de celebrar con el Coronel Sr. Sandoval.”

Era aquella, con las inexactitudes y subjetividades hijas del momento histórico, el calor de los hechos y el acceso a información, la visión que entonces tenía de los hombres del Ejército Libertador, de Martí, Gómez, Maceo y de la guerra, el coronel Ximénez de Sandoval. La historia y los estudiosos de ella, pondrían a sus protagonistas y los acontecimientos, en su debido lugar. El propio Sandoval, mantuvo después de la guerra correspondencia con amigos y adversarios de aquellos tiempos, en aras de esclarecer los acontecimientos.

En la noche del 27 de mayo de 1895, se dio sepultara a José Martí en el cementerio de Santa Ifigenia. Sandoval, que era masón, de su peculio pagó el féretro y el nicho en que fueron depositados los restos del héroe cubano. A los presentes en la modesta ceremonia fúnebre, preguntó si alguien quería hacer uso de la palabra en honor al caído. Ante el silencio, despidió el duelo:

"Señores: Ante el cadáver del que fue en vida José Martí, y en la carencia absoluta de quien ante su cadáver pronuncie las frases que la costumbre ha hecho de rúbrica, suplico a ustedes no vean en el que a nuestra vista está, al enemigo, y sí al cadáver del hombre que las luchas de la política colocaron ante los soldados españoles. Desde el momento que los espíritus abandonan las materias, el Todopoderoso, apoderándose de aquéllos, los acoge con generoso perdón allá en su seno; y nosotros al hacernos cargo de la materia abandonada cesa todo rencor como enemigo dando a su cadáver la cristiana sepultura que los muertos se merecen. He dicho."

Algunos cubanos de entonces e historiadores contemporáneos, consideraron hipócritas las palabras de Sandoval. Su vida demostró que actuó con la dignidad de un caballero.

Condecorado por la Reina con la cruz de María Cristina de tercera clase, declinó, sin embargo, aceptar el marquesado de Dos Ríos porque, dijo, «lo de Dos Ríos no fue una victoria; allí murió el genio más grande que ha nacido en América».

En junio de 1911, desde Valencia, donde fungía como Capitán General de esa provincia española, escribió al periodista e historiador cubano Enrique Ubieta, de quien era amigo, aclarándole algunos detalles de la acción de Dos Ríos. En la carta, en la que se refería a Martí como “…verbo de la segunda guerra de independencia de ese hermoso país en el que pasé la juventud y de muy grata recordación para mí…” explicaba:

“La acción de Dos Ríos es un hecho de mi historia militar, en la que halló muerte gloriosa aquel genio dotado de hermosa elocuencia, tan hermosa como los sentimientos de su bien templada alma. Su arrojo y valentía, así como el entusiasmo por sus ideales, le colocó frente a mis soldados y más cerca de las bayonetas de lo que a su elevada jerarquía correspondiera; pues no debió nunca exponerse a perder la vida de aquel modo, por su representación en la causa cubana, por los que de él dependían y por su significación y alto puesto que ocupaba como primer magistrado de un pueblo que luchaba por su independencia.

Cuando en el campo de la acción vi en el suelo su cadáver en posición supina, sin sombrero, luciendo la ancha frente en cuyo seno tantas brillantes ideas bulleron, entreabiertos sus ojos azules con la expresión del que muere dulcemente por su patria —sentí pena profunda y mi pensamiento se elevó a Dios para pedirle fuera su alma por El acogida.— ¡Qué menos podía hacer por el que si en vida fue mi enemigo, ya muerto merecía todo mi respeto y consideración.

Mis soldados le dieron muerte gloriosa en noble combate y a su cadáver en mi poder se le rodeó de cuantas consideraciones merecen los muertos y en especial los que fueron en vida genios como José Martí.

Conducido por mí a Remanganaguas y llevado luego a Palma Soriano y Santiago de Cuba, en este último punto fui comisionado para darle sepultura y en tan severo acto, dejándome llevar de mis naturales impulsos y por tratarse de figura tan relevante, pronuncié a modo de oración fúnebre un pequeño discurso necrológico reflejo exacto de mi sentir, ya que fue improvisado y el cual tuvo la suerte de agradar lo mismo a españoles que a cubanos, siendo publicado por la prensa toda de la Isla y reproducido por la española y extranjera.

En el mismo sentido que escribo estas líneas, he hablado con el predilecto discípulo de Martí, don Gonzalo de Quesada y también en la correspondencia que con él he sostenido, me he expresado de igual modo.

No puedo ser sospechoso para el pueblo cubano; muchos amigos del alma tengo ahí y todos cuantos me han tratado y conocen mi modo de ser, han comprendido siempre que, si el destino me hizo jefe de la columna que a Martí dio muerte, la pérdida de su vida más que esperanza de medro personal, me produjo sentimiento noble y sincero y me hizo también conocer algunas flaquezas humanas.

No soy yo, sin embargo, el llamado a recordar en épicos cantos al pueblo cubano la nobleza y valía de aquel Apóstol de su causa; ilustres hombres de probada inteligencia tiene Cuba y ellos con mejores facultades pueden hacerlo y lo harán seguramente, para honrar, honrándose, la memoria de un mártir de su patria y para conocimiento y ejemplo de futuras generaciones.

Muchos años han transcurrido, las pasiones se han acabado, y no sería yo fiel a mi conciencia si tratara de desfigurar hechos que pasarán a la historia de una nación nueva, en los que debe resplandecer la verdad desnuda de toda pasión y engaño….”

En 1913, el ya teniente general del Ejército Español, se dirigió a la Legación de Cuba en Madrid para entregar a su ministro, Justo García Vélez, hijo del Lugarteniente General Calixto García Íñiguez, objetos y pertenencias de Martí, conservados por él desde el día del combate de Dos Ríos. Un acta de recepción del Archivo Nacional de Cuba recoge la entrega:

Objetos encontrados en el cadáver de Martí (5)
Objetos recogidos en Dos Ríos después del combate en que murió Martí (4)
Otros objetos de las guerras de independencia (8)
Documentos capturados a insurrectos entre 1895-1896 (35)
Periódicos y revistas de la insurrección cubana (20)

De Martí entregó:
1.- Un corta plumas de dos hojas y cabo de hueso manchado de sangre.
2.- Un par de espejuelos de acero con sus correas.
3.- Un cuaderno pequeño manuscrito con tapas de cartón, con las instrucciones para los Consejos de Guerra en el campo revolucionario, precedido de una pequeña historia de la Administración de Justicia. Este cuaderno, según referencia del general Ximénez de Sandoval, fue escrito por Carlos Manuel de Céspedes.
4.- Una cinta de seda azul acompañada de un papel escrito con lápiz, que dice como sigue: “Martí, no tengo un recuerdo que darte, así quito la cinta de mi cabello que tiene todo el fuego de tantos pensamientos y un color de nuestra bandera y eso solo te llevarás de tu hermana, Clemencia Gómez”.
5.- Una escarapela cubana bordada con cuentecitas blancas y azules, perteneciente a Carlos Manuel de Céspedes.
Con estos objetos figura un recorte de periódico de 1895, en que se hace referencia a ello, recogido en el cadáver de Martí, por el entonces coronel Ximénez de Sandoval.”

La historia está llena de coincidencias. El general andaluz nacido en Málaga el 22 de julio de 1849, falleció en Madrid, el 24 de febrero de 1921, fecha histórica, en la que los cubanos festejaban el inicio de la guerra de Martí, como la sentenciara el Generalísimo Máximo Gómez.

jueves, 21 de mayo de 2020

Por fin, ¿quiénes somos todos? José Martí y la república democrática en Cuba

La frase “Con todos, y para el bien de todos” se ha discutido desde que fuera pronunciada por Martí hasta hoy. No es raro que así ocurra: es la frase más radical de la historia de Cuba.


En febrero de 1905 fue colocada la estatua de José Martí que hasta el día de hoy preside el Parque Central de La Habana. Una encuesta decidió qué figura debía aparecer en ese pedestal, que antes había calzado la figura de Isabel II.

Para esa celebración, el diario La Discusión publicó una serie de viñetas. En una de ellas, el personaje “El Pueblo” —luego será “Liborio”— aparece sobre el pedestal llamando a una suerte de “distanciamiento físico”, tan reclamado en estos días ante la covid-191

Otras viñetas aluden a un problema aún más viralizado: los usos y abusos de Martí. En una de ellas, aparece el Apóstol diciendo: “La república cordial… con todos y para todos”. En otra, un reguero de residuos alude a tanto discurso pronunciado en su nombre.


La frase “Con todos, y para el bien de todos” se ha discutido desde que fuera pronunciada por Martí en un crucial discurso pronunciado en Tampa2, hasta hoy. No es rara tanta discusión: es la frase más radical de la historia de Cuba.

Desde entonces, ese discurso —que ha tomado aquella frase como título habitual— generó debates con veteranos de la Guerra Grande. En 1910, el uso interesado del “con todos, y para el bien de todos” fue calificado de “Jordán de la República”. En él “lavaban sus manos” sectores otrora opuestos a la República, y a su independencia, y que en el nuevo contexto gozaban de control sobre el poder y la riqueza nacionales.3

En 1932, el personaje “El bobo”, de Abela, preguntaba al Maestro: “Ah, pero… ¿usted dijo para todos?” No faltan en nuestros días llamados a “contextualizar” la frase para especificar a quién se refería Martí y justificar así exclusiones, o para emplearla, igual como arma arrojadiza, para lo contrario: demandar inclusiones.

Ante la diversidad de los usos de la frase, parece útil volver sobre el contenido íntegro de aquel discurso. Varios núcleos se encuentran en él, entre ellos: el carácter popular de la república, la prevención de la tiranía, la composición plural del pueblo y el lugar de la dignidad humana en su proyecto.

República democrática vs república oligárquica

Una forma de reducir el alcance de la versión democrática del republicanismo es limitarlo a una forma de gobierno antimonárquica, o, más contemporáneamente, a una forma de gobierno que respete solo acotados compromisos institucionales.

En el contexto de la independencia cubana, el republicanismo no se reducía al par monarquía vs república. No se podía ser monárquico y participar de una lucha antiesclavista. No se podía ser monárquico e independentista. Tampoco era solo una forma de gobierno. Significaba un programa político, social, moral, una propuesta de cómo organizar la sociedad.



Patriotas independentistas. Al centro, de pie, Antonio Maceo

Por ello, el dilema central tomó forma en torno a cuál era la república aspirada.

Hacia el exterior, el programa de la república democrática se enfrentaba a la realidad de las repúblicas “feudales y teóricas” nacidas de la independencia latinoamericana. También, cuestionaba a la (primera) República española, que mantuvo el grueso de la política monárquica colonial hacia Cuba.

Fermín Valdés Domínguez encaró ese conflicto: “…en esto, como en todo, se vé la mano del gobierno de Madrid, que tiene como instrumento en Cuba á Weyler (…) Se dice republicano y es de aquellos que con el gorro frigio proclamaron la República y al día siguiente aclamaron por las calles de Madrid a Alfonso XII y se guardaron el rojo distintivo para la taberna o el lupanar”4.

Rafael Serra fue consistente en la defensa de la república popular hacia el interior del campo independentista: “Echar al déspota fuera de nuestra patria; y también combatir y vencer contra sus enfermizas tradiciones; purificar las costumbres; darle derechos y completa garantía a la mujer; abolir los privilegios (…) establecer la igualdad; difundir la instrucción, y preservar con toda su grandeza la justicia.”5

Serra llamó a quienes defendían este conjunto de ideas “la extrema izquierda del partido separatista”. Era la apuesta radical del campo revolucionario. Es la apuesta de Martí.

El carácter popular de la República y la prevención de la tiranía

El pensamiento martiano en torno a la riqueza social, el trabajo honrado y las funciones democráticas que debe cumplir la propiedad, elabora una defensa comprehensiva de la República popular.


Foto: Julio César Guanche

Martí respaldaba el “amor del hombre a la propiedad adquirida con el trabajo de sus manos”.6 En un texto dedicado a Heredia —el poeta desterrado—, Martí habla de la propiedad de la tierra como bien común: “aquella firmeza del suelo nativo, que es la única propiedad plena del hombre, y tesoro común que a todos los iguala y enriquece, por lo que, para la crisis de la persona y la calma pública, no se ha de ceder, ni fiar a otro, ni hipotecar jamás”.7

Una lectura cita un comentario de Martí sobre Herbert Spencer como la síntesis de su pensamiento sobre el socialismo. 8 Para relacionarlo con Marx, se menciona exclusivamente el “Como se puso del lado de los débiles, merece honor.” 9 Sin embargo, existe otra zona de su pensamiento, que resulta de interés para comprender la proximidad que mantuvo con doctrinas socialistas en su hora.

Martí fue coherente con este ideal: “no es libre el que depende de otro para vivir”, compartido, desde Aristóteles, por una amplia zona del pensamiento político. Cervantes, por ejemplo, lo colocó en boca de Don Quijote: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos… ¡venturoso aquél a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!”10

En esa lógica, el sostenimiento de una esfera de independencia personal material es clave en la configuración política de la libertad. Martí lo aseguró con claridad: “De la independencia de los individuos depende la grandeza de los pueblos. Venturosa es la tierra en que cada hombre posee y cultiva un pedazo de terreno.”11

Es un ideal clásico del republicanismo. El socialismo del xix lo hizo suyo, reelaborándolo según las necesidades de un contexto de revolución industrial. Marx lo defendió en Crítica del Programa de Gotha: “…el hombre que no posea otra propiedad que su propia fuerza de trabajo, en cualesquiera situaciones sociales y culturales, tiene que ser el esclavo de los otros hombres, de los que se han hecho con la propiedad de las condiciones objetivas del trabajo. Sólo puede trabajar con el permiso de éstos, es decir: sólo puede vivir con su permiso.”

Lo hizo también Robespierre en medio de la revolución francesa. No había que ser marxista ni jacobino para hacerlo. Lo defendieron también Paine y Jefferson. En el caso de Martí, se trataba de adscripción al ideal de la democracia social de su época. En el marxismo cubano, figuras como Mella y Roa comprendieron a fondo ese contenido martiano.

El “Apóstol” defendía la distribución de la propiedad que permitiese la “creación de muchos pequeños propietarios.”12 Exaltó a los “nuevos abolicionistas” —los “progresistas” en los Estados Unidos del XIX— “los que quieren abolir la propiedad privada en los bienes de naturaleza pública”.13

Mantuvo cercanía con las ideas de Henry George y celebró a otros “apóstoles”: Swinton, Post y Powderly. Estos creían “que la nación, que es el nombre de Estado del guardián de la propiedad común, no puede dar en dominio la tierra que es de todos, y es para todos necesaria, sino en arrendamiento o en préstamo, y sólo para los usos nacionales.”14

Martí impugnaba así la conexión oligárquica entre riqueza y poder —la estructura de lo que llamó “república césarea” en los Estados Unidos—. “República —decía— es el pueblo que tiene a la derecha la chabeta (sic) del trabajador, y a la izquierda el rifle de la libertad”.15

El discurso de Tampa es explícito sobre tales contenidos. Reclama poner “la mesa de pensar al lado de la de ganar el pan”, y cerrarle “…el paso a la república que no venga preparada por medios dignos del decoro del hombre, para el bien y la prosperidad de todos los cubanos!”.

La democracia social no trata solo sobre justicia económica. Tiene fines políticos: la libertad individual, social y nacional. Es un recurso para prevenir la tiranía —también republicana y capitalista— de la concentración de la riqueza. Martí lo resumió con gran síntesis: “no hay más remedio de asegurar la libertad en la patria y el decoro en el hombre, que fomentar la riqueza pública. La propiedad conserva los estados. Un déspota no puede imponerse a un pueblo de trabajadores.”16
La diversidad del pueblo y su representación plural

En el discurso de Tampa Martí traza un hermoso retrato sobre el pueblo cubano. Es, además, comprehensivo sobre su diversidad.

Foto: Julio César Guanche

En esas palabras menciona una “lista” de sujetos sociales que constituyen el pueblo en lucha por libertad. Nombra a los veteranos de la Guerra Grande, cuyos hábitos de mando no son menos que el “admirable concierto de pensamiento republicano y (de) acción heroica”; a los tantos “que andan descalzos”; al “negro generoso, al hermano negro”; al “español que padece, junto a su mujer cubana, del desamparo irremediable y el mísero porvenir de los hijos”; a los “mártires primeros (que) fueron hombres nacidos en el mármol y seda de la fortuna”.17

Con perspectiva clasista, Martí recuerda cómo “esta santa revolución” hermanó, por la virtud redentora de las guerras justas, al primogénito heroico y al campesino sin heredad (y) al dueño de hombres y a sus esclavos”. Era un reconocimiento del carácter popular de la guerra. De esa guerra, como antes del barracón, terminó de nacer el pueblo cubano.

Ese pueblo se constituía a través de la política a partir de diferencias sociales, clasistas, étnicas, regionales. No se dividía por categorías como “agradecidos y malagradecidos”, como se ha pretendido establecer para justificar el recorte del quiénes “somos todos”. De hecho, Martí demanda amparo, en ese mismo discurso, para el que “…nació en la misma tierra que nosotros, aunque el pecado lo trastorne, o la ignorancia lo extravíe, o la ira lo enfurezca, o lo ensangriente el crimen!”

Si el pueblo es plural, debe ser representado políticamente de modo diverso. En tal búsqueda, Martí impugnó duramente la corrupción del voto, la dependencia de los electores del elegido, y cualquier otra coartación de la independencia de los electores. Se oponía así a la rampante corrupción del voto —su compra y venta—, pero también al clientelismo y al faccionalismo. Pensaba que allí donde había libertad en el voto, los ciudadanos votaban, si por el contrario “hoy, que ven como el voto se mercadea, no votan”.18

Por lo mismo, se preocupó por “ennoblecer” el sufragio: “Ni de las riendas de su caballo debe desasirse el buen jinete; ni de sus derechos el hombre libre. Es cierto que es más cómodo ser dirigido que dirigirse; pero es también más peligroso”.19 Martí no encontraba remedio al problema tanto en “crear organizaciones nuevas de distritos”, como “en mejorar la masa votante”: “Si desdeñan hoy el ejercicio de su derecho de dueños, tendrán mañana aterrados que postrarse ante un tirano que los salve”.20

Martí se preocupó tanto por la limpieza del sufragio que propuso “echar sobre el tesoro público los gastos de las elecciones”21 y hacer el voto obligatorio22 en tanto deber cívico. El voto informado, independiente y autoorganizado era un cauce de la participación política activa a la vez que una manera de asegurar el gobierno colectivo del “todos”: “Sólo en que el sufragio se corrompa puede estar el peligro de los países que se gobiernan por el sufragio: allí donde no hay un poder superior a otro…”.23

Tal programa —ningún poder per se por encima de otro— está inscrito en el artículo 5to de las Bases del Partido Revolucionario Cubano, que “no tiene por objeto llevar a Cuba una agrupación victoriosa que considere la Isla como su presa y dominio, sino preparar, con cuantos medios eficaces le permita la libertad del extranjero, la guerra que se ha de hacer para el decoro y el bien de todos los cubanos, y entregar a todo el país la patria libre.”24
La dignidad de todos

Ana Cairo Ballester reconstruyó las diversas influencias republicanas en el pensamiento político cubano. En específico, argumentó: “Quizás sea [Martí] la personalidad más fascinante para estudiar la conjunción de las matrices en el republicanismo cubano”.


Para Céspedes, Emilia Casanova, Agramonte, Maceo, Máximo Gómez, Rosa Castellanos, Guillermón Moncada, Valdés Domínguez, Rafael Serra, Diego Vicente Tejera, Isabel Rubio, Juan Gualberto Gómez, entre una enorme masa de los participantes en la guerra, la lucha era por la “república democrática”.

Era esa la apuesta de Martí en Tampa: “Creo aún más en la república de ojos abiertos, ni insensata ni tímida, ni togada ni descuellada, ni sobreculta ni inculta, desde que veo, por los avisos sagrados del corazón, juntos en esta noche de fuerza y pensamiento, juntos para ahora y para después, juntos para mientras impere el patriotismo, a los cubanos que ponen su opinión franca y libre por sobre todas las cosas, y a un cubano que se las respeta.”

Tal conjunto no es reducible a una forma de gobierno. Es un compuesto de ideas y prácticas sobre la revolución, la democracia, la libertad y la justicia. Roig de Leuchsenring citaba, de Martí, lo siguiente como el “compromiso que contrae la Revolución: ´Ella se regirá de modo que la guerra pujante y capaz dé pronto casa firme a la nueva República´».25

No se trataba de un ideal defendido solo por intelectuales. El pueblo cubano, prócer principal de la gesta, lo hizo suyo. La “Ilustración cubana” no fue la de los sacarócratas esclavistas: fue la los sujetos populares que reelaboraron para su contexto y sus necesidades los ideales de libertad, igualdad y fraternidad.

Un texto publicado en La doctrina de Martí es, entre muchos otros, un ejemplo de ello. Su autor, que por su prosa parece una persona muy humilde, presentaba a Martí como “el iluminado, el amigo del pueblo, el apóstol de las ideas de justicia, democracia y verdad”. La figura —añadía “Adrasto”, el pseudónimo del autor— “simpática y admirable de Martí no hubiese existido, si no hubiera tenido como pedestal un ideal simpático admirable.”26 Ese ideal era la República.

El sectarismo tiene siempre nula conciencia sobre sí mismo. Lo es al tiempo que pregona no serlo. La idea del “con todos,…” no se dirige a los “buenos”, a los “agradecidos”, que siempre significan los “nuestros” para el respectivo sectarismo.

Adrasto colocó en su texto un exergo, firmado por Martí, que decía: “estos no son más que los preliminares de una gran campaña, generosa y activa, después de la cual los malos no se atreverán a serlo tanto”. El “con todos, y para el bien de todos” es tan radical porque quizás no se refiere tanto al quiénes —puesto que incluía hasta a los “malos”— sino al cómo somos todos: se refiere al sostén de la convivencia común entre libres e iguales: refiere a cómo procesar de modo democrático la propiedad, la libertad, la ley y el Derecho y la representación política del pueblo.

Ese orden de convivencia común tenía enemigos entonces, y los tiene ahora. Sin embargo, se trata de un paradigma que no teme afrontar sus exclusiones —las entiende legítimas, si atentan contra tal orden—, pero se concentra en cómo hacerlo posible. Su núcleo es cómo producir el marco social, moral, institucional, que haga posible vivir, entre todos y para todos, en “dignidad plena del hombre”, esa ley primera de la República, el pedestal sobre el que está erigido Martí en la historia de Cuba.




Notas:

1 “Señoras maestras: El Apóstol me ha cedido su puesto, por el momento, para decirles en su nombre que se lleven enseguidita esos niños para sus casas, pues no quiere que el acto de descubrir hoy su estatua, sea causa de que se descubra mañana, en esas criaturitas, la escarlatina y el sarampión”. La Discusión, 22.02.1905

2 “Discurso en el Liceo Cubano”, Tampa, 26 noviembre 1891 (1991). En José Martí (Ed.): Obras Completas. Tomado de la segunda edición publicada por la Editorial de Ciencias Sociales, 1975, Primera reimpresión, 1992. Tomo 4: Editorial de Ciencias Sociales.

3 Brito, H. C. (C.L. Otardo) (1910): Breves consideraciones sobre el alcance que Martí quiso dar y dio a la frase «La República con todos y para todos». Habana: Imprenta y Papelería de Rambla y Bouza.

4 Valdés Domínguez, Fermín (30 de junio de 1897): Patriotas y (¿repatriotas?). En La doctrina de Martí. La República con todos y para todos, 30 de junio de 1897 (Vol. 1, New York, No. 28).

5 Nuestra labor. La doctrina de Martí. La República con todos y para todos, Nueva York, 25 de julio de 1896, Vol. 1, No. 1.

6 “Vindicación de Cuba”, OC, t. 1 , p. 240

7 “Heredia”, OC, t. 5 , p. 170

8 “La futura esclavitud”, OC, t. 15 , p. 388 y ss

9 “Honores a Karl Marx, que ha muerto”, OC, t. 9 , p. 387 y ss

10 Debo esta referencia a Antoni Doménech Figueras.

11 “Guatemala”, OC, t. 7, p.124

12 “Reflexiones destinadas a proceder a los informes traídos por los jefes políticos a las conferencias de mayo de 1878”, OC, t. 7, p. 167

13 “La conferencia americana”, OC, t. 6 , p. 64

14 “Nueva York en junio”, OC, t. 11 , pp. 18-19

15 “Club político de Ocala”, Patria, 3 de abril de 1892. En ese horizonte, añadía: “La riqueza exclusiva es injusta. Sea de muchos; no de los advenedizos, nuevas manos muertas, sino de los que honrada y laboriosamente la merezcan. Es rica una nación que cuenta muchos pequeños propietarios. No es rico el pueblo donde hay algunos hombres ricos, sino aquel donde cada uno tiene un poco de riqueza. En economía política y en buen gobierno, distribuir es hacer venturosos.” “Guatemala”, OC, t. 7, p. 134

16 “Carta a la República”, OC, t. 8 , p. 27

17 Sobre las mujeres, no obstante, repitió contenidos presentes en su obra, en los que las reserva para la maternidad, el cuidado y la prudencia.

18 “Carta al Director de ´La Opinión Nacional´”, OC, t. 14, pp 509-510.

19 “Carta al Director de ´La Opinión Nacional´”, OC, t. 9, pp. 105-106.

20 OC, t. 10, p. 43.

21“Carta al Director de ´El Partido Liberal”, En “Otras Crónicas de Nueva York”. Centro de Estudios Martianos. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1983, pp. 132-133

22 “Las elecciones del 10 de abril”. De “Patria”, Nueva York, 16 de abril de 1893, OC, tomo 2, p. 296.

23 “Carta al Director de ´La Nación´”, OC, t. 10, p. 123

24 “Bases del Partido Revolucionario Cubano”, OC, t. 1, p. 280

25 Roig de Leuchsenring, Emilio (1957): El Manifiesto de Montecristi, sus raíces, finalidades y proyecciones. La Habana: Oficina del historiador de la ciudad de La Habana.

26 Adrasto (Vol. 1, No. 9, 1896): “La guerra, Martí y la República”. En La doctrina de Martí. La República con todos y para todos, Vol. 1, No. 9, 11/10/1896.



Profesor e investigador. Ha escrito varios libros y un número largo de ensayos y artículos. Hubiera querido ser trompetista, pero la vida es como es. Siente la misma pasión por el cine, la historia, la música y la cultura popular. Descree, en profundidad, de quien no sepa cocinar. Investiga temas de política, historia y derecho, pues cada cual se divierte como puede.

( On Cuba)

jueves, 7 de noviembre de 2019

El bien mayor del hombre

Por Guillermo Castro H.

Para Aida Migone,

profesora de historia

en el Liceo Manuel de Salas,

colegio y escuela de mi generación

en Santiago de Chile, tantos años atrás

Un periodo especialmente fecundo en la vida de José Martí es el que va de enero de 1891, cuando publica el ensayo Nuestra América, y el 19 de mayo de 1895, cuando cae en combate por la liberación de Cuba del dominio colonial español. Fueron aquellos los años de creación del Partido Revolucionario Cubano y su periódico Patria. Fue entonces, también, cuando tuvo lugar la transformación de la última guerra de Independencia de Hispanoamérica en la primera de liberación nacional de nuestra América, que sentó las bases de la extraordinaria capacidad de resistencia de Cuba ante la agresión extranjera, y de su capacidad para contribuir al equilibrio del mundo.

En su aporte a esa transformación, tuvo un papel destacado la capacidad de Martí para incorporar a ella la experiencia derivada de su compromiso con la vida y las luchas de los pueblos latinoamericanos, y su observación atenta del devenir de la sociedad norteamericana entre 1881 y 1890. De allí que abordara la situación de la Cuba de su tiempo desde un análisis político íntimamente vinculado al sustrato cultural de su identidad nacional. “Tienen otros pueblos”, dijo, “y entienden que es trabajo suficiente, un solo problema esencial”:

en uno, es el de acomodar las razas diferentes que lo habitan; en otro, es el de emanciparse sin peligro de los compromisos de geografía o historia que estorban su marcha libre; en otro, es, principalmente, el conflicto entre las dos tendencias, la autoritaria y la generosa, que con los nombres usuales de conservadores y liberales dividen a los pueblos. Y en Cuba, sólo segura porque el alma de sus hijos es de alientos para subir a la dificultad, hay que resolver a la vez los tres problemas.[1]

Los problemas de Cuba, por otra parte, debían ser encarados en una circunstancia inédita: la del ingreso del capitalismo norteamericano a la fase imperialista de su desarrollo, que lo llevaría – una vez completada su expansión territorial a cuenta de Francia y de México – a ingresar en la disputa por la hegemonía en el mercado mundial. En esa disputa, sus primeras áreas de interés serían el Caribe hispano – Cuba, Puerto Rico y el Istmo de Panamá - y la América del Sur, en particular Argentina, Chile y Perú.

Esto, para Cuba, exigía la conquista de una soberanía nacional sólidamente fundamentada en la soberanía popular – y no meramente oligárquica, como había ocurrido en el resto de la América española. Esa tarea, de una simultaneidad inédita en nuestro siglo XIX, exigía liberar al pueblo cubano del colonialismo español para protegerlo del imperialismo norteamericano. Esto explica que la organización creada por Martí y sus compañeros para lograr “la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”, y fundar “un pueblo nuevo y de sincera democracia, capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud” no se llamara Partido Independentista, sino Partido Revolucionario Cubano.[2]

Lo revolucionario de ese partido incluyó, además, percibir las contradicciones en curso en el sistema mundial – en el que se gestaban ya las luchas anticoloniales que marcarían el ingreso al siglo XX en la India, China, el Sudeste de Asia y el Medio Oriente -, y adoptar una clara posición frente al incremento de las rivalidades entre potencias imperialistas. Al respecto, el Manifiesto de Montecristi, que llamó al alzamiento de los cubanos contra el colonialismo español, advertía que

La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo. Honra y conmueve pensar que cuando cae en tierra de Cuba un guerrero de la independencia, abandonado tal vez por los pueblos incautos o indiferentes a quienes se inmola, cae por el bien mayor del hombre, la confirmación de la república moral en América, y la creación de un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo.[3]

Llegar a ese planteamiento no había sido sencillo. Meses antes, un texto ejemplar – “El alma de la revolución y el deber de Cuba en América”- daba cuenta de la intensidad de los debates que el tema provocaba en el Partido Revolucionario Cubano. Allí señaló Martí:

Es un mundo lo que estamos equilibrando: no son sólo dos islas las que vamos a libertar. ¡Cuan pequeño todo, cuán pequeños los comadrazgos de aldea, y los alfilerazos de la vanidad femenil, y la nula intriga de acusar de demagogia, y de lisonja a la muchedumbre, esta obra de previsión continental, ante la verdadera grandeza de asegurar, con la dicha de los hombres laboriosos en la independencia de su pueblo, la amistad entre las secciones adversas de un continente, y evitar, con la vida libre de las Antillas prósperas, el conflicto innecesario entre un pueblo tiranizador de América y el mundo coaligado contra su ambición.[4]

Aquella obra de previsión continental ha venido ya a ser global. Hoy, nuestras gentes contribuyen al esfuerzo por culminar la transición hacia un sistema mundial que será nuevo en la medida en que llegue a ser una república moral de los pueblos, en el que el bien mayor de todos se exprese en la armonía de los humanos entre sí, y con su entorno natural. Del Bravo a la Patagonia, estamos en marcha otra vez.


Alto Boquete, Panamá, 3 de noviembre de 2019


[1] “Los cubanos de Jamaica en el Partido Revolucionario”. Patria, Nueva York, 18 de junio de 1892. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. II: 21 – 22.

[2] “Bases del Partido Revolucionario Cubano” [1892]. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. I: 279.

[3] “Manifiesto de Montecristi”. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. IV: 101

[4] “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano. El alma de la revolución y el deber de Cuba en América”. Patria, 17 de abril de 1894. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. III: 142-143.
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