"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí
Mostrando entradas con la etiqueta Ernest Hemingway. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ernest Hemingway. Mostrar todas las entradas

lunes, 4 de julio de 2022

Mi Hemingway personal

Por Gabriel García Márquez

Lo reconocí de pronto, paseando con su esposa, Mary Welsh, por el bulevar de Saint Michel, en París, un día de la lluviosa primavera de 1957. Caminaba por la acera opuesta en dirección del jardín de Luxemburgo, y llevaba unos pantalones de vaquero muy usados, una camisa de cuadros escoceses y una gorra de pelotero. Lo único que no parecía suyo eran los lentes de armadura metálica, redondos y minúsculos, que le daban un aire de abuelo prematuro. Había cumplido cincuenta y nueve años, y era enorme y demasiado visible, pero no daba la impresión de fortaleza brutal que sin duda él hubiera deseado, porque tenía las caderas estrechas y las piernas un poco escuálidas sobre sus bastos. Parecía tan vivo entre los puestos de libros usados y el torrente juvenil de la Sorbona que era imposible imaginarse que le faltaban apenas cuatro años para morir.

Por una fracción de segundo —como me ha ocurrido siempre— me encontré dividido entre mis dos oficios rivales. No sabía si hacerle una entrevista de prensa o solo atravesar la avenida para expresarle mi admiración sin reserva. Para ambos propósitos, sin embargo, había el mismo inconveniente grande: yo hablaba desde entonces el mismo inglés rudimentario que seguí hablando siempre, y no estaba muy seguro de su español de torero. De modo que no hice ninguna de las dos cosas que hubieran podido estropear aquel instante, sino que me puse las manos en bocina, como Tarzán en la selva, y grité de una acera a la otra: «Maeeeestro». Ernest Hemingway comprendió que no podía haber otro maestro entre la muchedumbre de estudiantes, y se volvió con la mano en alto, y me gritó en castellano con una voz un tanto pueril: «Adioooós, amigo». Fue la única vez que lo vi.

Yo era entonces un periodista de veintiocho años, con una novela publicada y un premio literario en Colombia, pero estaba varado y sin rumbo en París. Mis dos maestros mayores eran los dos novelistas norteamericanos que parecían tener menos cosas en común. Había leído todo lo que ellos habían publicado hasta entonces, pero no como lecturas complementarias, sino todo lo contrario: como dos formas distintas y casi excluyentes de concebir la literatura. Uno de ellos era William Faulkner, a quien nunca vi con estos ojos y a quien solo puedo imaginarme como el granjero en mangas de camisa que se rascaba el brazo junto a dos perritos blancos, en el retrato célebre que le hizo Cartier Bresson. El otro era aquel hombre efímero que acababa de decirme adiós desde la otra acera, y me había dejado la impresión de que algo había ocurrido en mi vida, y que había ocurrido para siempre.

No sé quién dijo que los novelistas leemos las novelas de los otros solo para averiguar cómo están escritas. Creo que es cierto. No nos conformamos con los secretos expuestos en el frente de la página, sino que la volteamos al revés, para descifrar las costuras. De algún modo imposible de explicar desarmamos el libro en sus piezas esenciales y lo volvemos a armar cuando ya conocemos los misterios de su relojería personal. Esa tentativa es descorazonadora en los libros de Faulkner, porque este no parecía tener un sistema orgánico para escribir, sino que andaba a ciegas por su universo bíblico como un tropel de cabras sueltas en una cristalería. Cuando se logra desmontar una página suya, uno tiene la impresión de que le sobran resortes y tornillos y que será imposible devolverla otra vez a su estado original. Hemingway, en cambio, con menos inspiración, con menos pasión y menos locura, pero con un rigor lúcido, dejaba sus tornillos a la vista por el lado de fuera, como en los vagones de ferrocarril. Tal vez por eso Faulkner es un escritor que tuvo mucho que ver con mi alma, pero Hemingway es el que más ha tenido que ver con mi oficio.

No solo por sus libros, sino por su asombroso conocimiento del aspecto artesanal de la ciencia de escribir. En la entrevista histórica que le hizo el periodista George Plimpton para Paris Review enseñó para siempre —contra el concepto romántico de la creación— que la comodidad económica y la buena salud son convenientes para escribir, que una de las dificultades mayores es la de organizar bien las palabras, que es bueno releer los propios libros cuando cuesta trabajo escribir para recordar que siempre fue difícil, que se puede escribir en cualquier parte siempre que no haya visitas ni teléfono, y que no es cierto que el periodismo acabe con el escritor, como tanto se ha dicho, sino todo lo contrario, a condición de que se abandone a tiempo. «Una vez que escribir se ha convertido en el vicio principal y el mayor placer —dijo—, solo la muerte puede ponerle fin.» Con todo, su lección fue el descubrimiento de que el trabajo de cada día solo debe interrumpirse cuando ya se sabe cómo se va a empezar al día siguiente. No creo que se haya dado jamás un consejo más útil para escribir. Es, ni más ni menos, el remedio absoluto contra el fantasma más temido de los escritores: la agonía matinal frente a la página en blanco.

Toda la obra de Hemingway demuestra que su aliento era genial, pero de corta duración. Y es comprensible. Una tensión interna como la suya, sometida a un dominio técnico tan severo, es insostenible dentro del ámbito vasto y azaroso de una novela. Era una condición personal, y el error suyo fue haber intentado rebasar sus límites espléndidos. Es por eso que todo lo superfluo se nota más en él que en otros escritores. Sus novelas parecen cuentos desmedidos a los que les sobran demasiadas cosas. En cambio, lo mejor que tienen sus cuentos es la impresión que causan de que algo les quedó faltando, y es eso precisamente lo que les confiere su misterio y su belleza. Jorge Luis Borges, que es uno de los grandes escritores de nuestro tiempo, tiene los mismos límites, pero ha tenido la inteligencia de no rebasarlos.

Un solo disparo de Francis Macomber contra el león ensaña tanto como una lección de cacería, pero también como un resumen de la ciencia de escribir. En algún cuento suyo escribió que un toro de lidia, después de pasar rozando el pecho del torero, se volvió «como un gato doblando una esquina». Creo, con toda humildad, que esa observación es una de las tonterías geniales que solo son posibles en los escritores más lúcidos. La obra de Hemingway está llena de esos hallazgos simples y deslumbrantes, que demuestran hasta qué punto se ciñó a su propia definición de que la escritura literaria —como el iceberg— solo tiene validez si está sustentada debajo del agua por los siete octavos de su volumen.

Esa conciencia técnica será sin duda la causa de que Hemingway no pase a la gloria por ninguna de sus novelas, sino por sus cuentos más estrictos. Hablando de Por quién doblan las campanas, él mismo dijo que no tenía un plan preconcebido para componer el libro, sino que lo inventaba cada día a medida que lo iba escribiendo. No tenía que decirlo: se nota. En cambio, sus cuentos de inspiración instantánea son invulnerables. Como aquellos tres que escribió en la tarde de un 16 de mayo en una pensión de Madrid, cuando una nevada obligó a cancelar la corrida de toros de la feria de San Isidro. Esos cuentos —según él mismo le contó a George Plimpton— fueron «Los asesinos», «Diez indios» y «Hoy es viernes», y los tres son magistrales.

Dentro de esa línea, para mi gusto, el cuento donde mejor se condensan sus virtudes es uno de los más cortos: «Gato bajo la lluvia». Sin embargo, aunque parezca una burla de su destino, me parece que su obra más hermosa y humana es la menos lograda: Al otro lado del río y entre los árboles. Es, como él mismo reveló, algo que comenzó por ser un cuento y se extravió por los manglares de la novela. Es difícil entender tantas grietas estructurales y tantos errores de mecánica literaria en un técnico tan sabio, y unos diálogos tan artificiales y aun tan artificiosos en uno de los más brillantes orfebres de diálogos de la historia de las letras. Cuando el libro se publicó, en 1950, la crítica fue feroz. Porque no fue certera. Hemingway se sintió herido donde más le dolía, y se defendió desde La Habana con un telegrama pasional que no pareció digno de un autor de su tamaño. No solo era su mejor novela, sino también la más suya, pues había sido escrita en los albores de un otoño incierto, con las nostalgias irreparables de los años vividos y la premonición nostálgica de los pocos años que le quedaban por vivir. En ninguno de sus libros dejó tanto de sí mismo ni consiguió plasmar con tanta belleza y tanta ternura el sentimiento esencial de su obra y de su vida: la inutilidad de la victoria. La muerte de su protagonista, de apariencia tan apacible y natural, era la prefiguración cifrada de su propio suicidio.

Cuando se convive por tanto tiempo con la obra de un escritor entrañable, uno termina sin remedio por revolver su ficción con su realidad. He pasado muchas horas de muchos días leyendo en aquel café de la place de Saint Michel que él consideraba bueno para escribir, porque le parecía simpático, caliente, limpio y amable, y siempre he esperado encontrar otra vez a la muchacha que él vio entrar una tarde de vientos helados, que era muy bella y diáfana, con el pelo cortado en diagonal, como un ala de cuervo. «Eres mía y París es mío», escribió para ella, con ese inexorable poder de apropiación que tuvo su literatura. Todo lo que describió, todo instante que fue suyo, le sigue pertenecido para siempre. No puedo pasar por el número 112 de la calle del Odeón, en París, sin verlo a él conversando con Sylvia Beach en una librería que ya no es la misma, ganando tiempo hasta que fueran las seis de la tarde por si acaso llegaba James Joyce. En las praderas de Kenia, con solo mirarlas una vez, se hizo dueño de sus búfalos y sus leones, y de los secretos más intrincados del arte de cazar. Se hizo dueño de toreros y boxeadores, de artistas y pistoleros que solo existieron por un instante, mientras fueron suyos. Italia, España, Cuba, medio mundo está lleno de los sitios de los cuales se apropió con solo mencionarlos. En Cojímar, un pueblecito cerca de La Habana donde vivía el pescador solitario de El viejo y el mar, hay un templete conmemorativo de su hazaña con un busto de Hemingway pintado con barniz de oro. En Finca Vigía, su refugio cubano donde vivió hasta muy poco antes de morir, la casa está intacta entre los árboles sombríos, con sus libros disímiles, sus trofeos de caza, su atril de escribir, sus enormes zapatos de muerto, las incontables chucherías de la vida y del mundo entero que fueron suyas hasta su muerte, y que siguen viviendo sin él con el alma que les infundió por la sola magia de su dominio. Hace unos años entré en el automóvil de Fidel Castro —que es un empecinado lector de literatura— y vi en el asiento un pequeño libro empastado en cuero rojo. «Es el maestro Hemingway», me dijo. En realidad, Hemingway sigue estando donde uno menos se lo imagina —veinte años después de muerto—, tan persistente y a la vez tan efímero como aquella mañana, desde la acera opuesta del bulevar de Saint Michel.

© Gabriel García Márquez: Mi Hemingway personal. Texto introductorio a la colección de Cuentos de Ernest Hemingway, publicada por editorial Lumen en 2007.

martes, 26 de julio de 2016

Tras siete intentos gana concurso de dobles de Hemingway

25 julio 2016 | 2 | 



Foto: EFE

Después de intentar en siete ocasiones, Dave Hemingway ganó como el más parecido al escritor, con el que además comparte apellido, Ernest Hemingway, de los más de 130 que se apuntaron este año al tradicional concurso en Cayo Hueso (EE.UU).

Dave, quien no es familiar del célebre premio nobel, pero lució una gran barba canosa y un ‘estratégico’ suéter marinero de lana habano como el que él usaba, logró conquistar al jurado la noche del sábado, que lo coronó esta madrugada como el ganador.

El nuevo Hemingway, de 65 años, además está convencido de que merecía triunfar, no solo porque se aguantó el saco de lana con un calor que superaba los 30 grados centígrados, sino por su afinidad con el autor de ‘Adiós a las armas’.

“Me gusta pescar, me gusta beber un poco y me gustan las mujeres. Me gusta pasarla bien, y me siento como Ernest porque estoy en la ciudad en que vivió tantos años”, expresó Hemingway.

El emocionado concursante, de Carolina del Norte, dijo que la clave está en ‘perseverar’ y seguir el consejo de los ganadores de años anteriores, que han hecho lo mismo.

Trece sosias finalistas de Ernest Hemingway competieron en el concurso desde el jueves pasado, que se lleva a cabo en el tradicional bar Sloppy Joe’s, el favorito de Hemingway durante los más de diez años que tuvo casa en Cayo Hueso.

“Ya era hora de que un Hemingway ganara el concurso a la semejanza de Hemingway. Por lo que yo sé, no soy familia de Ernest Hemingway”, expresó Dave.

Sin embargo, manifestó que desconoce por qué su padre y otros familiares aseguraban que sí había parentesco con el autor, que cumplió este jueves 21 de julio 117 años de su natalicio.

A las celebraciones, organizadas por la Hemingway Look-Alike Society, con una fiesta con tarta y velas, se sumó ahora la del otro Hemingway, Dave, que prometió ‘divertirse y festejar su triunfo como Ernest’.

Las llamadas Jornadas Hemingway se celebran por estos días del año desde la década de 1980 y el concurso de sosias del escritor es la actividad principal, pero no la única.

Ernest Hemingway pasó en Cayo Hueso largas temporadas, sobre todo los inviernos, desde finales de la década de los años veinte hasta el fin de los años treinta.

En esta isla, hoy unida al continente por una sucesión de puentes que unen los cayos de Florida, Hemingway escribió muchas de sus mejores obras, como ‘Por quién doblan las campanas’ (ambientada en la Guerra Civil española), y practicó la pesca, uno de sus deportes preferidos, del que también gozaba en la vecina Cuba. (Con información de EFE)

lunes, 11 de enero de 2016

Prólogo del libro "Hemingway, ese desconocido", de Enrique Cirules


Enrique Cirules es una figura conocida y admirada del paisaje intelectual cubano. Este prestigioso escritor y ensayista, miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), es el autor de numerosos libros que tuvieron un gran éxito. Algunos títulos, como Conversación con el último norteamericano o El imperio de La Habana, tuvieron un merecido eco internacional y fueron traducidos a varios idiomas.

Este especialista de la cultura cubana tiene varios temas de predilección: el mar, la guerra y el amor. Primero el mar: en efecto, nada más natural para un insular que la fascinación por esta inmensidad azul, a la vez fuente de esperanzas y de angustias. Luego la guerra: Cuba, patria de José Martí y tierra de espíritus libres, estuvo marcada por la más larga y sangrienta guerra de independencia de la historia de América Latina y sufre un estado de sitio implacable impuesto por Estados Unidos desde 1959 por proclamar con fuerza su deseo de emancipación. Por fin el amor: Cirules recuerda sin duda que la Revolución Cubana es primero y ante todo una declaración de amor a los oprimidos, a los humillados y a los aplastados de este mundo, un grito de esperanza y de rebeldía a favor de la “cariátide” –para retomar el término que usaba Victor Hugo para designar a la plebe– el símbolo de la insumisión y de la irreverencia de los pordioseros, de los reprobados y de los desgraciados, decididos a tomar las riendas de su propio destino.

Pero Enrique Cirules es un apasionado de la figura de Ernest Hemingway (1899-1961), como lo ilustra esta obra cautivadora titulada Hemingway, ese desconocido. Este libro constituye una empresa de rescate del autor de El viejo y el mar y nos revela varias facetas poco conocidas del más universal de los escritores estadounidenses, particularmente su relación con Cuba. Este ensayo obtuvo una mención más que merecida en el Concurso 2013 del prestigioso Premio Literario Casa de las Américas, en el cual tuve el honor de participar como miembro del jurado.

Ernest Hemingway ocupa un lugar aparte entre los escritores del siglo XX y varias de sus obras se han convertido en clásicos de la literatura universal. Durante su vida publicó siete novelas, seis recopilaciones de cuentos y dos ensayos. Varios escritos más se publicarían a título póstumo.

Pero además de ser un hombre de ideas Hemingway fue sobre todo un hombre de acción. Procedente de una familia acomodada de Oak Park, cerca de Chicago, el joven Ernest, a pesar de sus innegables disposiciones intelectuales, renunció a una carrera universitaria para elegir la profesión de periodista en el Kansas City Star. En 1918, en plena Primera Guerra Mundial, trabajó en la Cruz Roja italiana como conductor de ambulancia y viajó para el frente. Resultó gravemente herido por un disparo de mortero. A pesar de sus heridas en las piernas, Hemingway no vaciló en auxiliar a un soldado italiano. Recibió la Medalla Italiana al Valor por este acto de valentía. Esta experiencia inspiraría su novela Adiós a las armas.

Hemingway siempre sintió una aversión profunda a todas las injusticias, sobre todo las que golpeaban despiadadamente a los más vulnerables. Antifascista convencido, corresponsal de guerra durante la el conflicto fratricida español entre 1936 y 1939, se dedicó en cuerpo y alma en el combate a favor de la República, asediada por las hordas franquistas y sus partidarios, a saber “la gente de bien” y la Iglesia Católica, quienes rechazaban visceralmente la abolición de los privilegios, la repartición de las riquezas y la justicia social. En 1938 estuvo hasta el final en la Batalla del Ebro, último bastión republicano. Su obra maestra Por quién doblan las campanas reconstruye la tragedia del pueblo español, abandonado a su suerte por una Europa temerosa de un conflicto mundial y unas elites espantadas por la idea de ver “el yugo de la disparidad de las fortunas” –para citar al inolvidable Henri Guillemin– finalmente sacudido y de asistir a la emergencia de una verdadera democracia popular y participativa. Para ellas el fascismo era un mal menor ya que permanecían intactas las estructuras sociales.

Frente a la barbarie nazi, Hemingway se involucró otra vez en la lucha contra el totalitarismo y fundó una agencia antifascista en Cuba, entonces dominada por Fulgencio Batista, fiel aliado de Washington, quien traicionó la Revolución de 1933. Hemingway incluso participó en la caza de los submarinos alemanes en alta mar, cerca de las costas cubanas con su yate Pilar. En 1947 recibiría la Medalla de Bronce al Valor por su compromiso contra el fascismo.

Una profunda historia de amor une a Hemingway a Cuba y Enrique Cirules se consagra con brío a recordar esos lazos inquebrantables. No es por casualidad que la historia de El Viejo y el mar, su obra más famosa que le valdría el Premio Pulitzer en 1953, se desarrolle en la isla del Caribe, donde el escritor estadounidense vivió muchos años entre el Hotel Ambos Mundos y su propiedad Finca Vigía. Una anécdota basta para ilustrar su apego al pueblo cubano. Tras su consagración literaria en 1954, año cuando recibió el Premio Nobel, Hemingway eligió a un periodista cubano para conceder su primera entrevista sobre el tema. Él, americano, declararía con mucho afecto: “Soy el primer cubano que consigue un Premio Nobel”. Hemingway, quien vio con preocupación el auge del fascismo en Cuba con el golpe de Estado de Fulgencio Batista en 1952 y el establecimiento de un Estado mafioso, acogió con entusiasmo el triunfo de la Revolución Cubana liderada por Fidel Castro, con el cual mantendría relaciones cordiales hasta su salida definitiva de Cuba en 1960.

Enrique Cirules, mediante su biografía apasionada y comprometida, nos recuerda sin duda la cosa más importante a propósito de Ernest Hemingway más allá de su extraordinario talento literario: supo cumplir su primer deber de ciudadano libre siendo un eterno indignado.

Enrique Cirules, Hemingway, ese desconocido, La Habana, Editorial Arte y Literatura, 2015.

Este ensayo tuvo una “mención honorífica” del Premio Casa de las Américas 2013

lunes, 22 de junio de 2015

Digitalizan libros de Ernest Hemingway

Lorena Sánchez García| Foto: Marcelino Vázquez Hernández/AIN


La Habana, 22 jun (AIN) La colección de libros de Ernest Hemingway dispuesta en el museo finca Vigía ya cuenta con un archivo digital, afirmó en esta capital el profesor Hideo Yanagisawa, de la Universidad de Meijo, Japón.

Yanagisawa, quien ha trabajado en este proyecto durante los últimos dos años, aseguró durante el XV Coloquio Internacional dedicado al novelista, concluido este domingo, que se han digitalizado casi todas las anotaciones escritas a mano en los textos del autor norteamericano.

A veces, comentó, encontrábamos en un mismo libro más de 200 anotaciones, en tanto hoy en día contamos ya con un total de 7mil imágenes.

Según manifestó el catedrático nipón, la idea de realizar el proyecto surge a partir del deterioro de los documentos, razón por la cual buscó el apoyo del gobierno japonés, así como del Consejo Nacional de Patrimonio Cultural en la Isla.

Asimismo, Yanagisawa para implementar la investigación diseñó la máquina de escaneo, buscando siempre la movilidad de la misma por la finca Vigía con el propósito de facilitar la digitalización de los volúmenes.

El archivo digital contiene, además de los datos esenciales del libro, la ubicación exacta de cada texto dentro del museo.

La finalidad de este proyecto, destacó el también miembro de la Fundación Hemingway en Japón, es instalar los equipos que contengan el archivo en el Museo; publicar para febrero del 2016 el libro Anotaciones en textos encontrados en finca Vigía; y colgar en un futuro el archivo en Internet.

De esta manera, los estudiosos y amantes de la obra hemingwayana podrán obtener una información más completa y quizás reveladora, comentó el experto.

viernes, 19 de junio de 2015

Proyecto Cartas de Hemingway publicará su tercer volumen

Creado el Viernes, 19 Junio 2015 08:27 | Yeneily García García



La Habana, 19 jun (AIN) El proyecto Cartas de Hemingway, a cargo de un grupo de investigadores norteamericanos liderados por Sandra Spanier, publicará en octubre próximo su tercer volumen, que recoge la correspondencia del Premio Nobel de Literatura desde 1926 a 1929.

Iniciada a principios de 2000, la compilación incluye seis mil misivas, entre ellas las halladas en la colección de tres mil documentos pertenecientes al patrimonio del museo ubicado en Finca Vigía, hogar cubano del autor de El Viejo y el Mar por 20 años, anunció Spanier a la AIN.

Todo comenzó a partir de la idea de uno de los hijos de Hemingway, que quiso que las cartas de su padre fueran reunidas de una manera más académica, comentó la también profesora de la Universidad del Estado de Pennsylvania, de visita en La Habana para asistir al XV Coloquio Internacional dedicado al novelista.

Ha sido una tarea difícil, pero muy gratificante, porque nunca antes se había podido leer de manera cronológica esta correspondencia, significó Spanier, quien adelantó que serán en total unos 15 tomos.

Explicó que aunque no ha habido grandes sorpresas ni descubrimientos trascendentales, ha sido a través de pequeños detalles que se han esclarecido momentos en la vida de Hemingway, hasta ese momento difusos.

Por ejemplo, ha sido a través de este trabajo paciente de preservación e investigación que se conoce ahora el proceso de escritura de una obra tan famosa como Adiós a las Armas, porque él contaba a sus amigos cuántas páginas había avanzado o si tal parte le había costado trabajo, precisó.

Podemos ver a un Hemingway más relajado, con errores tipográficos, que inventa palabras, y establece una relación personal con su interlocutor y eso es lo valioso, insistió la especialista, que hablará hoy en el Coloquio sobre la relación entre el autor y su tercera esposa, Martha Gellhorn.

Hasta el 21 próximo estudiosos de Cuba, Estados Unidos, Japón, Israel, Argentina y España recorrerán sitios como La Bodeguita del Medio, Cojímar, el Floridita y el renovado Sloppy Joe´s, lugares clave en la mitología hemingwayana en La Habana.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...