"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí
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martes, 16 de enero de 2018

¿Hacia dónde?

La Jornada

José Blanco

Eamonn Butler ha escrito libros sobre Hayek, Friedman y Ludwig von Mises, padres del pensamiento neoliberal, y fundadores, en 1947, de la Mont Pèlerin Society.

Butler también escribió A short history of the Mont Pèlerin Society, basada, según sus palabras, en la historia que escribió Max Hartwell sobre esa sociedad, cuyos miembros han sido el gran think tank del neoliberalismo que ha ahogado a la humanidad desde los años 70 y 80 del siglo pasado.

En el capítulo de su historia, La batalla de las ideas, Butler escribe: “La Sociedad [Mont Pèlerin] surgió como respuesta a la ruina social, política, intelectual y moral, que se había apoderado de Europa antes y durante la Segunda Guerra Mundial. [La sociedad] apuntó a mantener la luz, la lla­ma intelectual del liberalismo (la pa­labra se usa en el sentido europeo) en los oscuros días de la posguerra y criticar las nociones intervencionistas centralizadoras que entonces prevaleció. Los miembros originales, escribe Hartwell, ‘compartieron un común sentido de la crisis, una convicción de que la libertad estaba siendo amenazada y que algo debería hacerse al respecto’”.

¿Contra quiénes, o contra qué realidades batallaban los nuevos liberales? Insistamos: el liberalismo clásico surgió para derrotar elancien régime monárquico que privaba en toda Europa hasta el siglo XVIII, aunque tendría un papel distinto en Estados Unidos y en América Latina en los movimientos anticoloniales.

El liberalismo clásico, como conjunto de ideas para organizar el nuevo régimen se extendió y fue hegemónico durante más de dos siglos después de la Revolución Francesa, pero a finales del siglo XIX surgió la tendencia del social liberalismo en Gran Bretaña, que hacía hincapié en un mayor papel del Estado a fin de variar las condiciones sociales devastadoras de la operación del mercado libre que defendía el liberalismo clásico. Con todo, el cambio mayor que minó la hegemonía del liberalismo fue el surgimiento de la URSS.

Contra el liberalismo, pero también contra el socialismo soviético, surgieron nazis y fascistas. El ejército soviético habría de salir victorioso de la Segunda Guerra Mundial desatada por la Alemania nazi.

La influencia internacional de la URSS antes, pero sobre todo después de la Segunda Guerra, fue amplísima entre las clases explotadas y los desposeídos de múltiples áreas del planeta.

Frente a esa influencia, la alianza atlántica (Europa y Estados Unidos), construyó gradualmente desde la primera posguerra, pero intensamente después de la segunda, con una potente participación popular de por medio, un escudo protector que fue el Estado de bienestar, los derechos sociales y el consenso keynesiano. Sin apelación posible, la institucionalización de esa triple tendencia incluía posicionarse también en contra de los fundamentos del liberalismo clásico.

El consenso keynesiano, sin embargo, llevaba consigo un núcleo bacteriano altamente pernicioso que operaba contra las bases de los Estados de bienestar: los acuerdos de Bretton Woods. La implosión final del sistema financiero y monetario internacional catapultó al pensamiento neoliberal a inicios de los años 70 del pasado siglo, que inició con una reforma financiera estafadora y expoliadora. Así saltó a la palestra política el neoliberalismo en una lucha que se propuso pulverizar para siempre tanto al socialismo soviético, como al Estado de bienestar; y se derrumbaron en tal medida que tan temprano como 1992, Fukuyama decretó sonoramente el fin de la historia.

El neoliberalismo afirma que nada hay comparable a la máxima libertad de mercado y a la mínima intervención del Estado. El papel del gobierno debe limitarse a crear y defender los mercados, y proteger la propiedad privada. Todas las funciones son mejor desempeñadas por la empresa privada, que es impulsada por el afán de lucro para vender hasta los servicios esenciales. Liberada la empresa, se toman decisiones racionales y se libera a los ciudadanos de la mano opresiva del Estado. Nada de caricatura hay en lo dicho. En una gran cantidad de países, además, fue copiado el modelo estadunidense de un binomio político neoliberal turnista.

Pero con la conformación, ahora del 0.1%, con la ruina del planeta, con el hambre de tantos millones, con las guerras abusivas, la cuenta regresiva del neoliberalismo inició, aunque no sepamos cuándo termina. Ya le han nacido dos contrincantes, adversarios entre ellos: el populismo reaccionario de los Trump, Macron, Macri, y los movimientos nacional populares o populismos reales, entre otros, los que han hecho su primera experiencia de gobierno en América Latina, que han sido golpeados sin medida, pero regresarán, ya se advierte.

En Alemania han vuelto a formar gobierno los democristianos (CDU) de Merkel y los socialdemócratas (SPD); éstos, cada vez más debilitados: con menos votos propios y con más votos de la ultraderecha en el Bundestag, lo que ha celebrado Macron feliz y satisfecho. El SPD no logró incluir en el programa de gobierno ni el seguro médico ciudadano, ni la elevación de impuestos a los más ricos, que ­proponía.

El neoliberalismo global está en crisis, y el inevitable nacionalismo del capital, a la Trump, coadyuva a la escalada de China –con otros países asiáticos–, hacia el lugar dominante en la economía mundial. En tanto, Rusia, al tiempo que da un giro más a la derecha, deviene protagonista cada vez más descollante en la escena internacional, más allá de Siria.

En ese escenario incierto y abrumadoramente riesgoso, ¿no deben los mexicanos votar contra el binomio neoliberal delpanpriísmo? Morena representa no la certeza de un óptimo escape ­de ese escenario, pero sí la posibilidad de buscar mejor destino.

jueves, 12 de enero de 2017

Claves del anticapitalismo y el antimperialismo hoy


Por: Fernando Martínez Heredia


Fidel Castro Ruz, líder histórico de la Revolución Cubana, inspiración para los movimientos sociales y populares del mundo. Foto: Archivo.

El primer homenaje que recibió Fidel al morir fue una consigna de hoy, una invención de jóvenes que hizo suya todo el pueblo de Cuba: “yo soy Fidel”. Así se demostró que Fidel es del siglo XXI, y que cuando el pueblo entero se moviliza con conciencia revolucionaria es invencible.

En esos días del duelo Fidel libró su primera batalla póstuma, y volvió a mostrarle a todos, como en 1953, el camino verdadero.

Hoy, cuando vamos a compartir acerca de los caminos de las luchas –porque lo verdadero son las luchas–, es natural comenzar con la ayuda de Fidel, y emular con sus ideas y sus actos para sacarles provecho, no imitándolos, sino traduciéndolos a nuestras necesidades, situaciones y acciones.

Para sacarle provecho a Fidel, tenemos que evitar repetir una y otra vez lugares comunes y consignas. Conocer más las creaciones y las razones que lo condujeron a sus victorias, las dificultades y los reveses que Fidel enfrentó, lo que pensó sobre los problemas, sus acciones concretas, puede aportarnos mucho, y de esa manera será más grande su legado.

En el tiempo de su vida pueden distinguirse tres aspectos: Fidel, joven revolucionario; el líder de la Revolución cubana y el líder latinoamericano, del Tercer Mundo y mundial Fidel brinda un gran número de enseñanzas, tanto para el individuo como para las luchas políticas y sociales. Quisiera enumerar muy brevemente algunas de las características de su legado que me parecen importantes para nuestros objetivos:

1-Partir de lo imposible y de lo impensable, para convertirlos en posibilidades mediante la práctica consciente y organizada y el pensamiento crítico, conducir esas posibilidades actuantes hacia la victoria al mismo tiempo que se forman y educan factores humanos y sociales para poder enfrentar situaciones futuras, y mediante las luchas, los triunfos y las consolidaciones convertir las posibilidades en nuevas realidades.

2- No aceptar jamás la derrota. Fidel nunca se quedó conviviendo con la derrota, sino que peleó sin cesar contra ella. Me detengo en cinco casos importantes en su vida en que esto sucedió: 1953, 1956, 1970, el proceso de rectificación y la batalla de ideas. En 1953 respondió a la derrota del Moncada con un análisis acertado de la situación para guiar la acción. Cuando todos creían que era un iluso, se reveló como un verdadero visionario. En 1956, cuando el desastre del Granma, respondió con una formidable determinación personal y una fe inextinguible en mantener siempre la lucha elegida, por saber que era la acertada.

En 1970, comprobó que lograr el despegue económico del país era extremadamente difícil, pero entonces apeló a los protagonistas, mediante una consigna revolucionaria: “el poder del pueblo, ese sí es poder”. En1985, fue prácticamente el primero que se dio cuenta de lo que iba a hacer la URSS, que le traería a Cuba soledad, desastre económico y más grave peligro de ser víctima del imperialismo, pero su respuesta fue ratificar que el socialismo es la única solución para los pueblos, la única vía eficaz y la única bandera popular, que lo necesario es asumirlo bien y profundizarlo. Entonces movilizó al pueblo y acendró su conciencia, y sostuvo firmemente el poder revolucionario. En el 2000, ante la ofensiva mundial capitalista y los retrocesos internos de la Revolución cubana en la lucha para sobrevivir, lanzó y protagonizó la batalla de ideas, con sus acciones en defensa de la justicia social, su movilización popular permanente y su exaltación del papel de la conciencia.

No me va a dar tiempo a exponer cada punto, aunque fuera brevemente, así es que me limitaré a mencionarlos, con la intención de estimular el interés en el estudio de Fidel.

3- La determinación de luchar en todas las situaciones. Sería muy conveniente considerar como concepto a la determinación personal, en el estudio de los que se lanzan a lograr transformaciones sociales. La praxis es decisiva.

4- Organizar, fue una constante, una fiebre de Fidel. Ojalá que este sea uno de los temas principales de este taller.

5- La comunicación siempre, con cada ser humano y con las masas, en lo cotidiano y en lo trascendente, es una de las dimensiones fundamentales de su grandeza y es uno de los requisitos básicos del liderazgo.

6- Utilizar tácticas muy creativas, y estrategias impensables, y sin embargo factibles.

7- Luchar por el poder y conquistarlo. Mantener, defender y expandir el poder. Se puede discutir casi eternamente acerca el poder en términos abstractos, pero solo las prácticas revolucionarias logran convertir al poder en un problema que pueda resolverse.

8- Crear los instrumentos y los protagonistas. Tomar las instituciones para ponerlas a nuestro servicio, no para ponernos al servicio de ellas.

9- Ser más decidido, más consciente y organizado, y más agresivo que los enemigos.

10- Enseñar y aprender al mismo tiempo con los sectores del pueblo que participan o que simpatizan, y después con todo el pueblo. Avanzar hacia formas de poder popular.

11- El gran logro cubano, unir la liberación nacional a la revolución socialista.

12- Ser siempre un educador. Hacer educación a escala del pueblo. Que el pueblo se levante espiritualmente y moralmente, para que se vuelva participante consciente y capaz de todo, complejice sus ideas y sus sentimientos y enriquezca sus vidas.

13- Que la concientización esté en el centro del trabajo político, no solo para avanzar y ser mejores, sino para que la política llegue a convertirse en una propiedad de todos.

Siento que la mayor lección que le brinda Fidel a los luchadores de América Latina actual es lo que pensó y lo que hizo entre 1953 y 1962.

Puede ser muy valioso ponernos de acuerdo para estudiar, discutir y socializar ese período.

Desde hace un año estamos oyendo decir que la situación en nuestro continente se ha vuelto cada vez más difícil, por que acontecen hechos adversos a los pueblos, y por la ofensiva del imperialismo y sus cómplices de clases que son a la vez dominadas por él y dominantes en sus países. Aunque parezca que empiezo por el final, quisiera comenzar con un comentario acerca de las relaciones que existen entre dificultades y revolución.

Para los revolucionarios, y durante los procesos de revolución, hay momentos felices y procesos felices, pero en las revoluciones verdaderas no hay coyunturas fáciles. Cuando puedan parecernos fáciles es solamente porque no nos hemos dado cuenta de sus dificultades. Y es así porque estas revoluciones, a las que amamos y por las que estamos dispuestos a todo, son las iniciativas más audaces y arriesgadas de los seres humanos, que emprenden transformaciones prodigiosas liberadoras de las personas y de las relaciones sociales, a tal grado que nunca más quieran, ni puedan, volver a vivir en vidas y sociedades de dominación y de violencias y daños de unos contra otros, de individualismo y afán de lucro. Son revoluciones que pretenden ir creando personas cada vez más plenas y capaces, y realidades que contengan cada vez más libertad y justicia, donde entre todos se logre cambiar el mundo y la vida. Es decir, crear personas y realidades nuevas.

Si lo que acabo de decir le parece imposible al mundo existente y las creencias vigentes en la prehistoria de la humanidad, al sentido común y al consenso con lo esencial que mantiene a las sociedades sujetas al capitalismo, ¿cómo no va a ser sumamente difícil todo lo que hagamos y proyectemos? Si jamás las clases dominantes estarán dispuestas a admitir que se levante el pueblo y adquiera dignidad, orgullo de sí mismo y dominio de la situación, conciencia y organizaciones suyas, a su servicio y eficaces, que esté en el poder y que lo convierta en un poder popular, entonces hay que convenir en que en esas épocas todo se vuelve muy difícil para la causa del pueblo. El joven Carlos Marx avizoraba bien cuando escribió que solamente mediante la revolución podrán los dominados salir del fango en que viven metidos toda su vida, porque los cambios y la creación de nuevas sociedades exigen también liberaciones colosales de los enemigos íntimos que todos albergamos dentro. ¿Cómo no van ser tan difíciles las revoluciones de liberación?

Pero, si miramos bien y no nos dejamos desanimar, constataremos que el campo popular ya tiene mucho a su favor. Entremos con esas armas en un problema inmediato, que no es pequeño. La coyuntura actual expresa de manera escandalosa una carencia del campo popular que se ha ido acumulando en las últimas décadas, al mismo tiempo que esa carencia dejaba de ser percibida como una grave debilidad: la de un pensamiento verdaderamente propio, capaz de fundamentar su identidad en relación con su conflicto irremediable con la dominación del capitalismo, y capaz de servir para comprender las cuestiones esenciales de la época, las coyunturas, los campos sociales implicados y las fuerzas en pugna.

Un pensamiento, por consiguiente, fuerte, convincente y atractivo, al mismo tiempo que útil como instrumento movilizador y unificante de lo diverso, y como herramienta eficaz para guiar análisis y políticas acertadas que contribuyan a la actuación y a la formulación de proyectos.

Esa ausencia del desarrollo de un pensamiento poderoso del campo popular, crítico y creador, puede constatarse ante el estupor y la falta de explicaciones válidas que han abundado frente a los acontecimientos en curso en varios países latinoamericanos, que han registrado diferentes quebrantos, derrotas o retrocesos de procesos que han sido favorables a sus poblaciones y a su autonomía frente al imperialismo en lo que va de este siglo. En lugar de análisis coherentes, profundos y orientadores hemos escuchado o leído más de una vez comentarios superficiales revestidos con palabras que quisieran ser conceptos, o dogmas que quisieran cumplir funciones de interpretación.

Nada se avanza cuando se tilda de malagradecidos a sectores pobres o paupérrimos que mejoraron su alimentación y sus ingresos, y tuvieron más oportunidades de ascender uno o dos peldaños desde el fondo del terrible orden social, porque no han sido activos en defender a gobiernos que los han favorecido, o hasta les han vuelto la espalda en determinados eventos que les aportan triunfos a los reaccionarios. Y hasta se intenta explicar esos sucesos con retazos de una supuesta teoría de las clases sociales, como cuando se repite la proposición absurda de que “se convirtieron en clase media, y ahora actúan como tales”. Es preferible comenzar por ser precisos ante los hechos y partir siempre de ellos, como cuando el dirigente del Movimiento de los Sin Tierra de Brasil, Joao Pedro Stedile, dice: “Tenemos muchos retos de corto plazo para poder enfrentar a los golpistas. La clase trabajadora sigue en casa, no se movilizó. Se movilizaron los militantes, los sectores más organizados. Pero el 85 por ciento de la clase sigue viendo novelas en la televisión”.

Tampoco se va lejos cuando se elaboran y discuten explicaciones de los eventos y las situaciones políticas e ideológicas candentes de la coyuntura a base de menciones acerca del fin de ciclos de altos precios de las materias primas, ni siquiera cuando economistas capaces ofrecen datos serios y añaden el descenso de la dinámica de la economía mundial y otros factores y procesos adversos.

Simplificando un poco más, habríamos tenido unos quince años de victorias electorales, gobiernos llamados progresistas y notables logros por medidas sociales, una fuerte autonomización de gran parte del continente respecto a los dictados de Estados Unidos y avances en las relaciones bilaterales y las coordinaciones de los países de la región hacia una futura integración, solamente porque tuvimos un largo ciclo de altos precios de exportación de las materias primas, algo que es explicable por los avatares de la economía mundial. Y como ahora esta se mueve en otro sentido y bajan los precios, debe terminar el ciclo político y social, y “la derecha” debe avanzar y recuperar sin remedio la posición dominante que había perdido.

Una persona con buena memoria y escasa credulidad se preguntaría enseguida cómo fue posible que a inicios de los años setenta del siglo pasado no sucediera en la región lo mismo que a inicios de este siglo, en cuanto a elecciones victoriosas, buenas políticas sociales y más autonomía de los Estados y horizontes integracionistas. Porque en aquella coyuntura subieron mucho los precios de las materias primas y, además, en buena parte de la región se vivían aumentos más o menos grandes del sector industrial, con ayuda de aquellos redesplazamientos jubilosos del gran capital en busca de maximización de ganancias que hoy tanto disgustan a Donald Trump.

Lo que sucedió entonces fue totalmente diferente: dictaduras, represiones que llegaron hasta el genocidio, conservatización de las sociedades y otros males, que no deben ser olvidados. Por consiguiente, hay que concluir, no es verdad que a determinada situación económica le “correspondan” necesariamente ciertos hechos políticos y sociales, y no otros.

En este caso estamos ante una de las deformaciones y reduccionismos principales que ha sufrido el pensamiento revolucionario, quizás la más extendida y persistente de todas: la de atribuir una supuesta causa “económica” a todos los procesos sociales. Detrás de su aparente lógica está la cosificación de la vida espiritual y de las ideas sociales que produjo el triunfo del capitalismo, que es aceptada por aquellos que pretenden oponerse al sistema sin lograr salir de la prisión de su cultura, y la consiguiente incapacidad de comprender que son los seres humanos los protagonistas de todos los hechos sociales.

Tres procesos sucedidos dentro las últimas cuatro décadas han tenido un gran impacto y muy duraderas consecuencias para nuestro continente.

El estrepitoso final del sistema que llamaban del socialismo real y sus constelaciones políticas en el mundo, con consecuencias tan negativas en numerosos terrenos. El de la imposibilidad para la mayoría de los países del planeta de lograr el desarrollo económico autónomo de un país sin que necesariamente saliera del sistema del capitalismo. La terrible realidad fue la continuación de regímenes de explotación, opresiones y neocolonialismo, sin que fuera posible desplegar economías nacionales autónomas y capaces de crecer en beneficio del pleno empleo, más producción y productividad, servicios sociales suficientes para todos y una riqueza propia que repartir. El tercer proceso fue el de la consumación del dominio de Estados Unidos sobre casi todo nuestro continente. El capitalismo en América Latina transitó un largo camino de evoluciones neocolonializadas, sobredeterminadas por el poder de Estados Unidos, que lo dejó mucho más débil y subalterno.

Las lecciones que nos brindan esos tres procesos están claras y son sumamente valiosas. Una, todos los avances de las sociedades son reversibles, aun los que se proclamaban eternos; es imprescindible conocer qué es realmente socialismo y qué no lo es. Hay que comprender y organizar la lucha por el socialismo desde las complejidades, dificultades e insuficiencias reales, sin hacer concesiones, como procesos de liberaciones y de creaciones culturales que se vayan unificando. Dos, el capitalismo es un sistema mundial, actualmente hipercentralizado, financiarizado, parasitario y depredador, que solo puede vivir si sigue siéndolo, por lo que no va a cambiar. Las clases dominantes de la mayoría de los países necesitan subordinarse y ser cómplices de los centros imperialistas, porque no existe espacio ni tienen suficiente poder para pretender ser autónomos. La actividad consciente y organizada del pueblo, conducida por proyectos liberadores, es la única fuerza suficiente y eficaz para cambiar la situación. Para la mayoría de los países del planeta, serán los poderes y los procesos socialistas la condición necesaria para plantearse el desarrollo, y no el desarrollo la condición para plantearse el socialismo, como dijo Fidel en 1969.

Tres, Estados Unidos hace víctima a este continente tanto de su poderío como de sus debilidades, como una sobredeterminación en contra de la autonomía de los Estados, el crecimiento sano de las economías nacionales y los intentos de liberación de los pueblos. La explotación y el dominio sobre América Latina es un aspecto necesario de su sistema imperialista, y siempre actúa para impedir que esa situación cambie. Por tanto, es imprescindible que el antimperialismo forme parte inalienable de todas las políticas del campo popular y de todos los procesos sociales de cambio.

Como era de esperar, el capitalismo pasó a una ofensiva general para sacarle todo el provecho posible a aquellos eventos y procesos, y establecer el predominio planetario e incontrastado de su régimen y su cultura. El objetivo era, más allá de las represiones y las políticas antisubversivas, consolidar una nueva hegemonía que desmontara las enormes conquistas del siglo XX, manipulara las disidencias y protestas inevitables, y las identidades, impusiera el olvido de la historia de resistencias y rebeldías, y lograra generalizar el consumo de sus productos culturales y el consenso con su sistema de dominación.

Esa ofensiva no terminó, sino que se consolidó como una actividad sistemática, que sigue siéndolo hasta hoy. Es dentro de ese marco general que en cierto número de países de América Latina y el Caribe, que es la región del mundo con mayor potencial de contradicciones que pueden convertirse en acciones contra el sistema, movimientos populares combativos y victorias electorales produjeron cambios muy importantes de la situación general, a favor de sectores muy amplios de la población y de la capacidad de actuación independiente de una parte de los Estados.

La institucionalidad y las reglas políticas del juego cívico no fueron violadas para acceder y mantenerse en el gobierno, pero dentro de ese orden se han logrado reales avances, que sintetizo en seis aspectos: políticas sociales que benefician a amplios sectores necesitados; ejercicios de la ciudadanía mucho más amplios y mejores; cambios muy positivos en la institucionalidad en algunos de esos países; un rango apreciable de autonomía en el accionar internacional; más relaciones bilaterales latinoamericanas; y adelantos en las relaciones y coordinaciones de los países de la región, bajo la advocación de la necesidad de una integración continental.

No me detengo en esas nuevas realidades, que han alentado muchas motivaciones y esperanzas de avanzar hacia cambios más profundos, y han recuperado la noción del socialismo como el horizonte a conquistar, pocos años después de aquel colapso europeo que el capitalismo pretendió que fuera definitivo a escala mundial. Pero si quiero enfatizar dos cuestiones que el militante social y político debe analizar, conocer y manejar en sus prácticas. Primera, cada país tiene características, dificultades, acumulaciones históricas y condicionamientos que son específicos de él y resultan decisivos, al mismo tiempo que existen rasgos y necesidades comunes a la región que pueden ser fuente de aumento de la fuerza y el potencial de cada país, si somos capaces de desarrollar la cooperación y el internacionalismo.

Segunda, los poderes establecidos en estos países confrontan enormes limitaciones, porque tienen muy poco control de la actividad económica, y padecen la hostilidad de una parte de los propios poderes del Estado y de los medios de comunicación.

Al hacer un balance de 2016, podemos constatar lo específico de cada país. La gran victoria electoral legislativa de la reacción venezolana no consiguió deponer a Maduro, y ahora se encuentra sin fuerza, unidad ni líderes suficientes para intentarlo. Pero en Brasil una pandilla de delincuentes logró todo lo que quiso, sin que haya fuerzas populares organizadas para resistir con alguna eficacia. Los procesos de Bolivia y Ecuador se mantienen fuertes y estables ante sus situaciones específicas, y en Nicaragua el FSLN acaba de ganar otra vez las elecciones muy holgadamente. En México no es probable un triunfo de partidos opositores en 2 018, aunque el prestigio del equipo gobernante está muy deteriorado y existen manifestaciones de protesta y resistencia no articuladas.

Estas especificidades, y muchas otras de tamaño y sentido diferentes, podrían irse enumerando, pero seguiría en pie un problema de gran envergadura: Estados Unidos continúa su ofensiva general dirigida a recuperar todo el control neocolonial sobre América Latina –incluida una “ofensiva de paz” contra Cuba–, y el bloque que forma con los sectores reaccionarios y entreguistas de cada país continúa tratando de cancelar o ir debilitando los procesos de los últimos quince años de la región.

¿Será suficiente el voto, la voluntad popular expresada en las urnas, al menos para defender con éxito las políticas sociales, los funcionarios electos y la legalidad existente, y que ellos no sean burlados, quebrantados o eliminados por la reacción? ¿Podrán seguir existiendo los procesos basados en una institucionalidad sin cambios en el suelo social y político para lograr transformaciones que beneficien a la población y abran paso a sociedades más justas y mejor gobernadas? ¿O, en unos casos, esa vía solo franqueará una forma intermedia de reconstitución a mediano plazo del poder del capitalismo en la región, en apariencia más avanzada que las formas previas, pero que en realidad habría sido solamente su puesta al día, sin afectar a lo esencial del sistema de dominación? Mientras que en otros países del continente se ha permanecido bajo el control del sistema y de camarillas que detentan o administran el poder.

Nada está decidido, ni nuestros enemigos ni nosotros tenemos la victoria al alcance de la mano. Pero albergo la certeza de que las batallas ideológicas y políticas serán las que determinarán la decisión en el enfrentamiento general. Destaco tres direcciones principales para el trabajo de análisis: a) buscar con rigor y sin omisiones todos los datos y todas las percepciones y formulaciones ideológicas que tengan alguna importancia –porque tanto unos como las otras constituyen las realidades que existen–, analizarlas por partes e integralmente, encontrar y formular lo esencial y describir al menos lo secundario; b) examinar y valorar los condicionamientos que sean relevantes para nuestra actuación, institucionales, económicos, ideológicos, políticos o de otro tipo; c) analizar y conocer las identidades, motivaciones, demandas, capacidad movilizativa y grado de organización con que contamos, y lo que está a favor de nuestros adversarios en esos mismos campos, es decir, la correlación de fuerzas. E insisto en que son las actuaciones de los seres humanos la materia principal de los eventos que mañana serán históricos.

La reacción no está proponiendo ideas, está produciendo acciones. No maneja fundamentaciones acerca de la centralidad que debe tener el mercado, la reducción de las funciones del Estado, la apología de la empresa privada y la conveniencia de subordinarse a Estados Unidos. No es a través del debate de ideas que pretende fortalecer y generalizar su dominio ideológico y cultural. El anticomunismo y la defensa de los viejos valores tradicionales ya no son sus caballos de batalla, ni los viejos organismos políticos son sus instrumentos principales.

Desde hace veinte años vengo planteando que el esfuerzo principal del capitalismo actual está puesto en la guerra cultural por el dominio de la vida cotidiana, lograr que todos acepten que la única cultura posible en esa vida cotidiana es la del capitalismo, y que el sistema controle una vida cívica despojada de trascendencia y organicidad.

Lamento decir que todavía no hemos logrado derrotar esa guerra cultural.

Obvio aquí la mayor parte de lo que he expuesto acerca de sus rasgos, los factores a su favor y en contra suya, y sus condicionamientos, y comento solo lo más cercano a nuestro tema. El consumo amplio y sofisticado, que está presente en todas las áreas urbanas del mundo, pero al alcance solamente de minorías, es complementado por un complejo espiritual “democratizado” que es consumido por amplísimos sectores de población. Se tiende así a unificar en su identidad a un número de personas muy superior al de las que consumen materialmente, y lograr que acepten la hegemonía capitalista. La mayoría de los “incorporados” al modo de vida mercantil capitalista son más virtuales que reales. Pero, ¿formarán ellos parte de la base social del bloque de la contrarrevolución preventiva actual? El capitalismo alcanzaría ese objetivo si consigue que la línea divisoria principal en las sociedades se tienda entre los incorporados y los excluidos. Los primeros – los reales y los potenciales, los dueños y los servidores, los vividores y los ilusos– se alejarían de los segundos y los despreciarían, y harían causa común contra ellos cada vez que fuera necesario.

La reproducción cultural universal de su dominio le es básica al capitalismo para suplir los grados crecientes –y contradictorios– en que se ha desentendido de la reproducción de la vida de miles de millones de personas a escala mundial, y se apodera de los recursos naturales y los valores creados, a esa misma escala. Para ganar su guerra cultural, le es preciso eliminar la rebeldía y prevenir las rebeliones, homogeneizar los sentimientos y las ideas, igualar los sueños. Si las mayorías del mundo, oprimidas, explotadas o supeditadas a su dominación, no elaboran su alternativa diferente y opuesta a él, llegaremos a un consenso suicida, porque el capitalismo no dispone de un lugar futuro para nosotros.

Les he aclarado a compañeros que aprecio mucho que el capitalismo no intenta imponer un pensamiento único, como ellos afirman, sino inducir que no haya ningún pensamiento. Está en marcha un colosal proceso de desarmar los instrumentos de pensar y la costumbre humana de hacerlo, de ir erradicando las inferencias mediatas, hasta alcanzar una especie de idiotización de masas.

La situación está exigiendo revisar y analizar con profundidad y con espíritu autocrítico todos los aspectos relevantes de los procesos en curso, todas las políticas y todas las opciones. Esa actitud y las actuaciones consecuentes con ella son factibles, porque el campo popular latinoamericano posee ideales, convicciones, fuerzas reales organizadas y una cultura acumulada. Una enseñanza está muy clara: distribuir mejor la renta, aumentar la calidad de la vida de las mayorías, repartir servicios y prestaciones a los inermes es indispensable, pero no es suficiente. Alcanzar victorias electorales populares dentro del sistema capitalista, administrar mejor que sus pandillas de gobernantes, e incluso gobernar a favor del pueblo a contracorriente de su orden explotador y despiadado, es un gran avance, pero es insuficiente. Vuelve a demostrar su acierto una proposición fundamental de Carlos Marx: la centralidad de una nueva política en la actividad del movimiento de los oprimidos, para lograr vencer y para consolidar la victoria.

Estamos abocándonos a una nueva etapa de acontecimientos que pueden ser decisivos, de grandes retos y enfrentamientos, y de posibilidades de cambios sociales radicales. Es decir, una etapa en la que predominarán la praxis y el movimiento histórico, en la que los actores podrían imponerse a las circunstancias y modificarlas a fondo, una etapa en la que habrá victorias o derrotas.

Comprender las deficiencias de cada proceso es realmente importante.

Pero más aún lo es actuar. Concientizar, organizar, movilizar, utilizar las fuerzas con que se cuenta, son las palabras de orden. No se pueden aceptar expresiones de aceptación resignada o de protesta timorata: hay que revisar las vías y los medios utilizados y su alcance, sus límites y sus condicionamientos. Y hacer todo lo que sea preciso para que no sea derrotado el campo popular. La eficiencia para garantizar los derechos del pueblo y defender y guiar su camino de liberaciones debe ser la única legitimidad que se les exija a las vías y a los instrumentos. Las instituciones y las actuaciones tendrán su razón de ser en servir a las necesidades y los intereses supremos de los pueblos, a la obligación de defender lo logrado y la confianza y la esperanza de tantos millones de personas. Esa debe ser la brújula de los pueblos y de sus activistas, representantes y conductores.

En la época que comienza se está levantando una concurrencia de fuerzas muy diferentes e incluso divergentes, a quienes unirán necesidades, enemigos comunes y factores estratégicos que van más allá de sus identidades, sus demandas y sus proyectos. Y solamente tendrá probabilidades de triunfar una praxis intencionada, organizada, capaz de manejar los datos fundamentales, las valoraciones, las opciones, la pluralidad de situaciones, posiciones y objetivos, las condicionantes y las políticas que están en juego.

La radicalización de los procesos deberá ser la tendencia imprescindible para su propia sobrevivencia. Serían suicidas los retrocesos y las concesiones desarmantes frente a un enemigo que sabe ser implacable, pero lo principal es que –dado el nivel que han alcanzado la cultura política de los pueblos y las esperanzas de libertad, justicia social y bienestar para todos– los movimientos, los poderes y los líderes prestigiosos y audaces solo podrán multiplicar las fuerzas populares y tener opción de vencer si ponen la liberación efectiva de los yugos del capitalismo en la balanza de sus convocatorias a luchar.

La política revolucionaria no puede conformarse con ser alternativa.

La naturaleza del sistema lo ha situado en un callejón sin salida en general, pero su poder y sus recursos actuales le permiten un amplio arco de respuestas contra los procesos en curso, y también puede dejarle un nicho de tolerancia a algunas alternativas mientras combina la inducción y la espera hasta que se desgasten. En la medida en que vayamos obteniendo triunfos y cambios de nosotros mismos, convertiremos las alternativas en procesos de emancipación humana y social.

Mientras exista la opresión, la explotación y la dominación capitalista, no habrá soluciones ni regímenes políticos y sociales satisfactorios para las mayorías, ni serán duraderos. La liberación de los seres humanos y las sociedades es lo que abrirá las puertas a la creación de un mundo nuevo. ¿Parece demasiada ambición? Sí, naturalmente. Pero es lo único factible.

lunes, 27 de junio de 2016

Capitalismo, postcapitalismo, socialismo ¿adónde ir?

Por Luis Manuel Arce Isaac

La Habana, 27 jun (PL) Me decía mi talentoso amigo panameño Guillermo Castro, hurgador de las raíces y del abono que fertiliza a la sociedad contemporánea, que "más allá de una confrontación entre el capitalismo de ayer y el de hoy, no encuentra uno ninguna expresión clara de disposición de ir más allá de ese capitalismo

No se crea que es una visión apocalíptica de las luchas sociales en Latinoamérica, ni mucho menos una expresión de desencanto racional y espiritual por lo que acontece en estos momentos en algunos países en esta parte de nuestro hemisferio que pone en duda hasta el concepto mismo de Socialismo del Siglo XXI.

Es una inquietud dramáticamente razonada que me llega por un artículo sobre la lucha de clases en Latinoamérica puesta muy de manifiesto en Venezuela, Brasil, Argentina, Bolivia, Ecuador e incluso Paraguay, lo cual no significa que alguna nación de nuestro hemisferio esté libre de ese fenómeno histórico-social.

Vistos esos casos, admito con Guillermo que, de forma general, en las circunstancias actuales "se lucha contra el neoliberalismo en nombre de reivindicaciones que finalmente sintetizan la demanda de un regreso al llamado Estado de bienestar/Estado desarrollista creado en su momento por un populismo liberal-nacionalista que hoy carece de asidero en la realidad".

Creo que hay allí un mensaje acerca del camino que las sociedades de nuestro tiempo no deben recorrer para evitar que lo que se ha podido avanzar en el contexto regional en materia de integración colectiva e independencia económica sea afectado por engañosos procesos semejantes a las tesis cepalinas del siglo pasado con Raúl Prebisch y Singer, o al New Deal estadounidense que no impidió la Segunda Guerra Mundial.

Impulsado por el expresidente de Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt para paliar los graves efectos de la depresión de 1929 al que tanto sirvió la teoría de John Maynard Keynes sobre la intervención estatal en la economía para reactivar el consumo de las masas, el New Deal también estuvo en la base del acuerdo de Bretton Woods que consagró el keynesianismo y allanó el camino al Plan Marshall y al nacimiento de la Comunidad Europea.

Mi amigo decía que "todos estamos hoy en una circunstancia semejante, que nos obliga a imaginar nuestras alternativas de futuro a partir de los lenguajes del pasado".

Y esas palabras me recuerdan declaraciones recientes del exministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis quien, a pesar de no ser reformista y estar a favor del cambio como desean las izquierdas en todos los continentes, estima que debemos estar dentro de la institución capitalista para poder cambiarla desde la confrontación.

Después de todo, asegura, así es como transcurre la historia, a través de la tesis y la antítesis, de las clases. Olvidó decir que también desde los extremos de la unidad y lucha de los contrarios.

En América del Sur los gobiernos progresistas de Argentina, Brasil, Ecuador, Paraguay y Bolivia, y en un grado muy especial Venezuela con una revolución social más definida, han intentado realizar cambios pero sin poder liberarse de la camisa de fuerza del capitalismo con sus largas y atenazadoras mangas financieras, en medio de una aguda lucha ideológica y una tenaz resistencia neoliberal que ha provocado innegables retrocesos de la izquierda.

Guillermo indica que "hacemos buen periodismo de denuncia, pero poco periodismo de análisis, y muy poco de propuesta práctica. Hacia allá nos lleva el despliegue de las nuevas realidades, sin embargo, como lleva a la playa al náufrago el sucederse de las olas de la marea que sube. Porque de lo que no cabe duda es que está subiendo".

Su conclusión es un verdadero reto: "Lo que para otros puede parecer una limitación, para nosotros es un desafío constante: ir más allá, incluso, de las percepciones de la realidad y de sí mismos que tienen los protagonistas del diario trajinar de nuestros pueblos".

Varoufakis, un marxista que suministró los santos óleos al socialismo pero al mismo tiempo diagnosticó la fase terminal del capitalismo, camina con botas europeas por un sendero semejante al indicado por Guillermo para América.

"Sabiendo que vamos a asistir a una descomposición del poder de las empresas, la cuestión consiste actualmente en saber qué es lo que va a reemplazarlas".

"¿Vamos hacia un escenario de segunda era del maquinismo, con un fracaso masivo en producir suficiente demanda para los productos de estas máquinas o encontraremos una vía en la que reestructuremos la forma en la que mantenemos relaciones entre nosotros y relaciones con las máquinas para producir y compartir la prosperidad que estas tecnologías hacen posible?" 

¿Estas interrogantes del economista greco-australiano significan que no existe la posibilidad de un Socialismo del Siglo XXI o que ha dejado de ser una alternativa al capitalismo o una meta del difícil y complejo período de transición como algunos suelen denominar a los gobiernos progresistas? ¿Estamos en un limbo entre el capitalismo decadente y el socialismo inerte? 

Varoufakis responde en estos términos: "Es una cuestión política. No se puede resolver por medio de abogados ni por medio de compradores ni de vendedores. Hace falta un esfuerzo por parte de los gobiernos, de los actores del mercado financiero, así como del mundo empresarial. Hay que crear algo nuevo, y acaso se le llame postcapitalismo. En todos los casos, el tipo de acuerdo que resulte de ello será enormemente inestable".

Guillermo, por su parte, acude a "una advertencia que José Martí dejó en su artículo sobre la conferencia monetaria de las repúblicas de América, en mayo de 1891: A lo que se ha de estar no es a la forma de las cosas, sino a su espíritu. Lo real es lo que importa, no lo aparente. En la política, lo real es lo que no se ve."

Hecha trizas la parafernalia antivenezolana en la OEA, guiémonos por Martí, vayamos al espíritu de las cosas y no a sus formas y, como Argos Panopte, tengamos bien abiertos los cien ojos para captar lo real e impedir que el brillo fementido de un nuevo Estado de bienestar nos deje ciegos.

lunes, 14 de marzo de 2016

Secretos del capitalismo de vigilancia: ¿Cómo ha creado Google un nuevo modelo económico?

Publicado: 13 mar 2016 04:42 GMT

"El control gubernamental no es nada comparado con lo que hace Google", advierte una académica estadounidense.

Foto ilustrativa

En enero de 2016, Google superó a Apple como la compañía más valorada del mundo por primera vez desde 2010. Aunque su liderazgo duró solo unos días, el éxito de la compañía tiene implicaciones para todos los que viven en contacto permanente con Internet, advierte la exprofesora de la Escuela de Negocios Harvard y escritora Shoshana Zuboff en el periódico alemán 'Frankfurter Allgemeine'. En concreto, Zuboff habla de "un género del capitalismo completamente nuevo" que está desarrollando Google: el de vigilancia. 

"El control gubernamental no es nada en comparación con lo que hace Google", afirma la autora. En esta nueva especie de sistema económico, "los beneficios derivan de la modificación y la vigilancia unilateral del comportamiento humano", precisa. Hoy en día, las compañías ya no se limitan a enviar a sus clientes catálogos por Internet ni a la publicidad en línea siquiera, sino del uso de los datos sobre el comportamiento humano para modificarlo.

Por ejemplo, en el sector de seguros de automóviles, las compañías pueden a partir de datos sobre los clientes y sus vehículos introducir castigos (aumentos de las tasas en tiempo real o sanciones económicas) o recompensas (descuentos, etc.) para modificar el comportamiento del conductor. 

El año pasado, el director ejecutivo de la compañía Allstate, Tom Wilson, relató que con el tiempo, los avances tecnológicos permitirán a las aseguradoras vender los datos de conducción del consumidor, reportó Bloomberg. Esta información la van a querer todos: los restaurantes, los talleres, las tiendas.

Aunque muchos atribuyen el éxito de Google a su modelo publicitario, en realidad es resultado de "su capacidad de preveer el futuro, concretamente, el futuro del comportamiento", señala Zuboff. Inicialmente, Google comenzó a recoger datos sobre el comportamiento de los usuarios relacionado con las búsquedas como una actividad secundaria, pero pronto se dio cuenta de que con esa información se podían mejorar los buscadores, aumentando la relevancia de la publicidad para los usuarios. Este cambio en el uso de estos datos fue "histórico", ya que los usuarios se convirtieron en un medio para generar ganancias, sin ser compradores ni vendedores ni productos.

"El capitalismo de vigilancia evoca un poder profudamente antidemocrático" que puede llamarse "un golpe desde arriba". O, lo que es lo mismo, el "derrocamiento de la soberanía del pueblo", advierte la autora. "Desafía los principios y las prácticas de la autodeterminación, en la vida física y las relaciones sociales, la política y la gobernanza", añade Zuboff.

jueves, 4 de febrero de 2016

El striptease del liberalismo

Emir Sader

ALAI AMLATIMA, 04/02/2016.- El liberalismo promete el mejor de los mundos posibles: libertad, democracia, progreso, todo junto. Estado, pero no tanto. Mercado, que viabiliza la libertad de cada uno y la felicidad de todos. Cada uno busca lo suyo, pero el resultado es que todo queda mejor para todos.

Después del fin del socialismo soviético, tantos han buscado abrigo en el liberalismo, social demócrata para algunos, derechamente neoliberal para otros. No tener más que defender el Estado, ni los derechos. Basta promover la “sociedad civil”, contra el Estado, contra los partidos, contra la política, más allá de la superada división derecha/izquierda.

Pero llega un momento en que el liberalismo accede al gobierno, sea mediante golpes, sea por elecciones. Llega su hora de la verdad, de mostrar en la práctica como combina, de manera tan fantástica, tantas cosas buenas. Ahí comienza el striptease del liberalismo.

Porque fue en nombre del liberalismo que se han cometido y se siguen cometiendo las peores barbaridades, en la economía, con las acciones políticas correspondientes. Porque el mercado no se revela ser tan mágico, porque la libertad pregonada no es de las personas, sino del capital, porque lo que viene no es el poder de los individuos, sino del dinero.

Los golpes militares en América Latina se han hecho en nombre de los valores del liberalismo: defender la democracia en contra de los riesgos del totalitarismo, defender el individuo en contra del Estado, proteger al mercado, a las empresas, a los empresarios, la libertad de prensa respecto al autoritarismo de los gobiernos. Más reciente, el liberalismo sería la tabla de salvación contra el bolivarianismo, el chavismo, el lulismo, el kirchnerismo, el evismo, el correismo y otras variantes que amenazarían nuestros países.

Pero cuando empiezan a gobernar, los discursos liberales cambian de tono, las promesas tranquilizadoras dan lugar a los llamados al sacrificio, a los planteamientos de que solo pueden quedar con empleos los más capacitados, que hay que pasar por un período de sufrimientos para purgar las herencias populistas recibidas hasta llegar al paraíso prometido por el liberalismo. Vienen: desempleo, recortes de salarios, poder transferido del Estado a las grandes corporaciones privadas. Y, como corolario inevitable, represión, para contener a los que se movilizan para defender sus intereses corporativos a expensas de los gastos del Estado.

En América Latina en particular, el liberalismo ha resultado en fracasos sucesivos. En el período más reciente, orientó a los gobiernos neoliberales, ninguno de ellos resultó, ni en lo económico, ni en lo político. México y Perú son países que han dado continuidad a modelos neoliberales y son los países donde la situación social de la población ha mejorado menos o incluso ha empeorado entre las sociedades latinoamericanas.

Los candidatos liberales proponen combinar duros ajustes fiscales con políticas sociales, porque en las campañas electorales es fácil decirlo. Pero cuando ganan, tienen que enfrentarse con los dilemas concretos de la realidad y ahí tienen que demostrar si eso es compatible.

El gobierno de Mauricio Macri en Argentina tiene la responsabilidad de intentar probar lo que los liberales pregonan en sus campañas electorales. Pareciera ser que efectivamente Macri y sus ministros creen en lo que planteaban en la campana electoral y ponen en práctica un duro ajuste fiscal, conforme los preceptos que siempre han pregonado.

Se ve que en la Argentina de hoy, no es la libertad de la gente, sin las trabas del kirchnerismo, lo que se impone, sino la libertad de los capitales, de los grandes empresarios, de las grandes corporaciones, hasta de los fondos buitres. Sin el contrapeso del Estado, no son los individuos los que ganan poder y libertad, sino los grandes pulpos económicos y sus representantes, en los medios y en los economistas, que hablan por el capital.

Las promesas del liberalismo quedaron en la campaña. A los que sobrevivan, se les ofrece un largo camino de espinas para llegar al jardín de rosas del liberalismo. Todo el sufrimiento es imputado a los largos 12 años de engaño, en que los argentinos tenían la ilusión de que comían mejor, de que vivían mejor, de que la sociedad era menos injusta, de que tenían posición externa soberana, de que eran hermanos de los latinoamericanos, de que los retratos en la Casa Rosada eran de sus líderes, de que Argentina había superado la peor crisis de su historia.

Definitivamente no se puede hacer la historia del liberalismo, porque desnudaría en lo que han resultado sus promesas. Europa tuvo el momento más generoso de su historia con los Estados de bienestar social. Europa fue menos desigual, cuando fue menos liberal. Hoy se vuelve brutalmente injusta de nuevo, bajo las ilusiones liberales.

Eso es lo que el liberalismo promete para Venezuela, que es lo que les gustaría hacer de Brasil, de Ecuador, de Bolivia, de Uruguay. La historia del liberalismo es la historia de los peores fracasos en que se trasforman sus promesas de libertad y democracia, que desembocan en injusticias, exclusiones sociales, represión.

- Emir Sader, sociólogo y científico político brasileño, es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ).


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Agencia Latinoamericana de Informacion

jueves, 28 de enero de 2016

Frei Betto: Descuidar la educación ideológica, grave error

Por Luis M. Arce y Anubis Galardy

La Habana (PL) Para el fraile dominico brasileño Frei Betto, una de las causas principales de retrocesos en gobiernos progresistas en América Latina es el descuido en la formación ideológica de la sociedad.

A juicio de uno de los gestores de la teología de la liberación, no se trata de un fenómeno nuevo ni propio del continente, pues ya se había dado en la antigua Unión Soviética y en el resto de Europa del Este.

En una detallada entrevista con periodistas de Prensa Latina durante su participación en la II Conferencia Internacional Con todos y para el bien de todos, dedicada a José Martí, Betto defendió esos criterios a la luz del pensamiento político y antimperialista martiano.

Hemos avanzado mucho en los últimos años, se logró elegir jefes de Estado progresistas, conquistar conexiones continentales importantes como la alianza bolivariana, Celac, Unasur, pero se cometieron errores.

Según precisó, desde el punto de vista humano lo más fuerte fue no cuidar la organización popular, el trabajo de educación ideológico y allí entra en juego José Martí porque él siempre se preocupó por el trabajo ideológico.

Ahora tenemos que hacernos una autocrítica fuerte y preguntarnos cómo vamos a rescatar esos gobiernos progresistas desde el punto de vista de países como Venezuela, Argentina, Brasil. ¿Cómo evitar en Venezuela y Brasil, por ejemplo, la catástrofe de lo que acaba de suceder en Argentina? 

A una pregunta sobre si retrocesos de esa naturaleza fueron advertidos en las ideas martianas, Betto responde positivamente.

Sí. Los retrocesos en una sociedad desigual significan que hay una permanente lucha de clases. No podemos engañarnos, pues no se garantiza el apoyo popular a los procesos dando al pueblo sólo mejores condiciones de vida, porque eso puede originar en la gente una mentalidad consumista.

En Brasil, ejemplifica, mucha gente ya está aburrida porque no puede consumir como antes. Yo diría que, con todos los logros del gobierno del Partido de los Trabajadores con los presidentes Lula y Dilma, lamentablemente hemos desarrollado una conciencia más consumista que ciudadana.

¿Cuál es el problema? No se politizó a la nación, no se hizo un trabajo político, ideológico, de educación, sobre todo en los jóvenes, y ahora la gente se queja porque ya no puede comprar carros o pasar vacaciones en el exterior.

Estamos volviendo atrás, sobre todo, porque no hemos desarrollado una política sostenible; no hemos hecho reforma estructural, reformas agrarias, tributarias, presidenciales, políticas. Encauzamos una política buena pero cosmética, o sea, carente de raíz, sin fundamentos para su sustentabilidad.

Por eso si me preguntan qué va a pasar en Brasil, yo espero que no pase lo peor, que es el regreso de la derecha al poder. Ahora depende mucho de Dilma en los próximos dos o tres años.

Pero lamentablemente, por lo pronto, no hay señal de que va a cambiar la política económica que hace daño a los más pobres y favorece a los más ricos.

Los periodistas indagan si el consumismo y la corrupción que denuncia tanto están matando la utopía en pueblos de nuestra América, como Argentina y otros, y el entrevistado responde con un sí rotundo.

Sí, porque si la gente no tiene perspectivas de sentido altruista, solidario, revolucionario, de la vida, se va hacia el consumismo, y eso afecta toda perspectiva socialista y cristiana, que es desarrollar en la gente valores solidarios. La solidaridad es el valor mayor tanto del socialismo como del cristianismo.

En la perspectiva capitalista, al contrario, sustenta, la competitividad y la seducción de ese modo de producción es muy fuerte. Toda la presión de los medios de comunicación, publicidad, películas, telenovelas va dirigida a evitar que la gente quiera cambiar el mundo.

Según esos postulados, usted puede cambiar de camisa, de cabello, de anteojos, de carro o de cerveza, pero jamás cambiar su realidad política.

Betto insiste en que en eso radica la falla en gobiernos progresistas, no hicimos un trabajo de base, de formación ideológica de la gente, a pesar de saber que todos nosotros somos egoístas por naturaleza, desde niños.

La educación para el amor, para la solidaridad, es un proceso que hay que desarrollar pedagógicamente, y como eso no se cuidó desde un primer momento, ahora afrontamos las consecuencias, lamentablemente, particulariza.

Al abordar el proceso de distopía, es decir, los intentos de presentar la utopía como algo del pasado, reitera que en los países como Brasil o Venezuela, los gobiernos se equivocaron al creer que garantizar los bienes materiales equivalía a garantizar condiciones espirituales, y no es así.

En ese sentido Betto es también muy agudo en el caso de Cuba al opinar que el gobierno revolucionario, que ha hecho un trabajo ideológico de educación política con el pueblo, ha sido demasiado paternalista según su punto de vista.

Explica que la gente ha mirado a la revolución como¿ una gran vaca que le da leche a cada boca, pero con eso no se moviliza a la gente para un trabajo más efectivo en la consolidación ideológica relacionada, por ejemplo, con la producción agrícola e industrial.

También cree, aunque admite poder equivocarse, que la dependencia de la Unión Soviética llevó a Cuba a acomodarse un poco, y hoy importa del 60 al 70 por ciento de productos especiales de consumo y se convirtió prácticamente en una nación que exporta servicios médicos, educadores, profesionales e importa turistas para conseguir más divisas.

Tenemos que reflexionar todos para definir cuál es el camino entre una perspectiva consumista y una paternalista. Y ahí hay que contar con José Martí, recomienda.

Educación política, participación, compromiso efectivo con la lucha, adecuación de la teoría y la práctica, es lo correcto y ahí están los ejemplos de Martí, de Fidel Castro que han vivido dentro del monstruo, como el caso de Martí, y el de Fidel que proviene de una familia latifundista y se convirtió en revolucionario.

¿Qué pasó en la conciencia de José Martí y de Fidel Castro, quienes tenían la oportunidad de hacerse un lugar en la burguesía pero tuvieron una dirección evangélica para los pobres y asumieron la causa de la liberación?, se pregunta.

La respuesta es la que va a indicarnos el camino que vamos a seguir para evitar que el futuro de América Latina sea de nuevo un lugar de mucha desigualdad, de mucha pobreza, porque corremos el riesgo de ser de nuevo neocolonia de Estados Unidos y de Europa Occidental.

Tomando esas últimas afirmaciones recuerda algo en lo que viene insistiendo desde hace largo tiempo, relacionado con los cambios de paradigma en las sociedades nuestras.

Ya no son paradigmas altruistas, solidarios, como el Che, Camilo, Fidel, Raúl. La gente quiere imitar a los consumistas, sus cantantes, deportistas, porque son las imágenes que el capitalismo proyecta y los jóvenes quieren una razón de vivir, todos nosotros la queremos, y es una disputa permanente entre quienes quieren llevar a los jóvenes a su redil.

Pero no es fácil vivir en un mundo en el que el neoliberalismo proclama que la utopía está muerta, que la historia ha terminado, que no hay esperanza ni futuro, que el mundo siempre va a ser capitalista, que siempre va a haber pobres, miserables, y ricos, y que, como en la naturaleza, siempre va a haber día y noche y eso no se puede cambiar.

¿Pero cómo se resuelve un problema como ese, como en el caso de Argentina, donde hay decenas de partidos y una división atroz?, preguntamos y responde con una conceptualización política.

La derecha se une por interés, y la izquierda por principios, y cuando la izquierda pierde los principios, ahí está el lío.

Qué izquierda esta, afirma, que en Brasil admite corrupción, que hace políticas de ajuste fiscal para penalizar a los pobres y favorecer a los ricos. Entonces, cuando la izquierda viola el horizonte de los principios y va por los intereses, le hace el juego a la derecha.

En Brasil hay una frase definidora: "con esta izquierda no necesitamos tener la derecha porque ya está". Hay gobiernos progresistas pero con una tremenda corrupción y creen que se puede movilizar a un pueblo a través de consignas. No es así.

¿Cuál es la salida entonces?, preguntamos.

La tarea de la izquierda es movilizarse en la línea de una alta formación política y por ese camino es que debemos trabajar.

A corto plazo no hay salida, a corto plazo es que Cuba logre cómo establecer buenas relaciones con Estados Unidos y administrar bien la suspensión del bloqueo sin tornarse vulnerable a la seducción capitalista.

Eso es lo que me preocupa cuando veo a jóvenes irse del país para aprovechar la ley de ajuste porque es señal de que la gente está corriendo contra el tiempo para tornarse ciudadano de Estados Unidos porque en el momento en que termine el bloqueo esa ley va abajo. Pero Cuba tiene que preguntarse por qué jóvenes formados en la revolución quieren ser ciudadanos de Estados Unidos.

Esa visión suya de un asunto al que el gobierno cubano presta la máxima atención sirve de entrada para abordar uno de sus temas preferidos: el quiebre de los sueños.

El peligro que hay aquí, dice, es que la revolución la ven esos jóvenes como un hecho del pasado y no un desafío del futuro, y cuando la gente la ve como un hecho del pasado ya mira las cosas no por sus valores, por su horizonte revolucionario, sino por el consumismo también: quiero tener esto, lo otro, todas las cosas, y entonces aquí no pueden ahora, estiman que demora mucho y ven solo a aquellos pocos a quienes las cosas les han ido bien afuera.

El socialismo, asegura, ha cometido el error de socializar los bienes materiales, y no socializó suficientemente los bienes espirituales, porque un pequeño grupo podía tener sueños de cosas distintas que se podían hacer, y los demás los han tenido que aceptar.

El capitalismo lo hizo al revés, socializó los sueños para privatizar los bienes materiales. Miras la telenovela de O Globo, socializó los sueños, una familia está en la favela pero con el sueño de que un día será como esa heroína de la novela, yo también voy a llegar al mundo de los ricos, y eso es el opio de los pueblos.

Es algo que el capitalismo descubrió para garantizar los bienes, no para compartirlos ni sacarlos de los sueños. Todos deben soñar y que cada uno alimente esa esperanza de que un día podrá ser también rico, un Pelé, una Lady Gaga, un Michael Jackson es su propuesta.

Y ahí llega el sufrimiento de los jóvenes que ponen en su vida cuatro cosas: dinero, fama, poder y belleza, y cuando no alcanzan ninguno de esos parámetros van siempre a los ansiolíticos, las drogas, viene la frustración de los falsos valores, la cual viene siempre desde donde hemos puesto nuestra expectativa.

miércoles, 27 de enero de 2016

Kaput-alismo: ¿morirá el capitalismo?

Robert Misik, Attac.es

El hecho de que el capitalismo occidental sufre una grave crisis es un lugar tan común hoy en día que prácticamente se ha convertido en un cliché. En 2008 el sistema financiero mundial se situó al borde del colapso y las medidas de rescate que emprendieron los gobiernos aterrorizados pesarán sobre sus economías durante muchos años.

Los economistas y analistas de mentalidad neoconservadora y económicamente liberal no nos ofrecen ninguna explicación que contribuya al esclarecimiento de esta postura. Sus modelos sencillamente no pueden explicar por qué un sistema basado en actividades mercantiles desreguladas siempre puede entrar en crisis –y por qué no puede redescubrir el camino de regreso a la prosperidad si el estado sufre un desmantelamiento progresivo y las leyes del mercado se relajan.

Sin embargo, los economistas y analistas que comulgan con el pensamiento keynesiano y reformista están mucho más cerca de la realidad: su juicio crítico viene a significar que la aplicación de unas políticas erróneas –la desregulación de los mercados, la liberalización del sistema financiero, la disminución del papel del estado y el escandaloso aumento de la desigualdad– ya había minado la estabilidad del sistema. En pocas palabras: llevan 30 años impulsando políticas equivocadas y, desde el estallido de la crisis, se han aplicado una serie de políticas desastrosas, y el sistema solo se puede estabilizar cuando se ponen en marcha las políticas correctas.

Pero examinemos el mundo más de cerca: ahí tenemos a España, con sus casas fantasma, monumentos a un fallido nuevo comienzo, que se extienden kilómetros y kilómetros a lo largo de las playas; o echemos un vistazo a las clínicas de ‘solidaridad’ de Grecia abarrotadas de gente sin seguro médico; a la América rural, donde el número de desempleados se niega a bajar a pesar del crecimiento del crédito; a nuestros centros urbanos del norte de Europa donde todo parece estable, pero donde enseguida se puede sentir que las cosas no están progresando -en el mejor de los casos es un estancamiento con una competencia cada vez más dura por un nivel de vida digno a lo que hay que añadir un resentimiento galopante sin ninguna confianza en el futuro. En pocas palabras: ya no funciona adecuadamente. De este modo, cabe preguntarse: ¿y si las herramientas keynesianas no dan para más?

LLEVAN 30 AÑOS IMPULSANDO POLÍTICAS EQUIVOCADAS Y, DESDE EL ESTALLIDO DE LA CRISIS, SE HAN APLICADO UNA SERIE DE POLÍTICAS DESASTROSAS

El economista norteamericano Robert Brenner mencionaba esa evolución hace ya 20 años en su libro La economía de la turbulencia global –y preveía un futuro asolado por la crisis. Fue Brenner el que acuñó el concepto de “estancamiento secular”: una expresión actualmente en boca de todos los economistas de las corrientes dominantes.

El atractivo del análisis de Brenner reside en su explicación del final del boom de posguerra y el inicio del lento declive por ciertas tendencias endógenas o por la lógica dinámica interna del capitalismo. Y, de este modo, llega a una conclusión: aunque solo sean una verdad cruel, estas tendencias críticas no van a desaparecer simplemente por desearlo mediante una serie de políticas diferentes porque el capitalismo desarrollado, por razones tecnológicas así como económicas, está alcanzando límites que ya no permiten altas tasas de crecimiento y aumentos de productividad.

Debido a que los márgenes de beneficios de las empresas medias están disminuyendo, las organizaciones empresariales, ayudadas por gobiernos amigos, han empezado a atacar los derechos de los trabajadores y el estado del bienestar y, de este modo, han reducido los ingresos de la gente normal pero sin conseguir resolver el problema –tal y como este consumidor deprimido vuelve a demandar. Todas las respuestas a la crisis la reavivan de nuevo.

En una situación así es absolutamente obvio que se generará una burbuja en los mercados financieros y las instituciones financieras se convertirán en los actores decisivos del capitalismo global. Sin embargo, los inflados mercados financieros una vez más ponen en juego esas inestabilidades intrínsecas que importantes economistas como Hyman Minsky han analizado. Cuanto más despiadado es el juego de los mercados, más pende de un hilo todo el sistema.

Por qué el capitalismo necesita crecimiento 

La reducción del crecimiento es, por varias razones, un problema sistémico. Para comprender esto debemos examinar un factor decisivo del capitalismo. Su éxito y prosperidad se debieron al crédito a la inversión. En otras palabras, necesita deuda. Las empresas suscriben créditos, acumulan deuda con el objeto de invertir, pero esas inversiones solo se saldan si hay un crecimiento adecuado; si no, hay una oleada de bancarrotas.

Si echamos la vista atrás a los últimos 20 años con seriedad, tenemos que reconocer que hubo una enorme explosión del crédito, pero únicamente un crecimiento económico relativamente bajo. Si la lección económica general que debía desprenderse de una explosión crediticia de tal calibre era que resultaría en una cantidad enorme de crecimiento –ésta debía señalar, de un modo crítico, que este crecimiento sería insostenible, se desviaría hacia canales equivocados, el capital no se destinaría a los lugares correctos– esto no ocurrió. Tenemos expansión crediticia y minicrecimiento –y no de la noche a la mañana.

SI ECHAMOS LA VISTA ATRÁS A LOS ÚLTIMOS 20 AÑOS CON SERIEDAD, TENEMOS QUE RECONOCER QUE HUBO UNA ENORME EXPLOSIÓN DEL CRÉDITO, PERO ÚNICAMENTE UN CRECIMIENTO ECONÓMICO RELATIVAMENTE BAJO

Uno de los síntomas de la crisis menos advertido pero, posiblemente, uno de los más significativos es el grado de endeudamiento general de las economías capitalistas. A lo que nos referimos es a la deuda acumulada de todos los actores económicos de una economía, no sólo del estado: el gobierno, la deuda doméstica corporativa y privada en conjunto. La mayoría de las economías tienen un apalancamiento del 300% del PIB. A menudo del 400%. Hace unas décadas, el nivel todavía era una cuarta parte de este. ¿Cómo se supone que se va a disminuir este nivel si el crecimiento es bajo, cómo se supone que se van a financiar los reembolsos resultantes?

¿El fin del capitalismo?¿Puede imaginarse uno, por lo tanto, que el capitalismo es un kaput-alismo que lleva la señal de la caída de Caín? ¿Y cómo podemos imaginar este fin?

“La imagen que tengo del fin del capitalismo —un fin que creo que ya está en camino— es la de un sistema social en deterioro crónico” es como lo describió el sociólogo alemán Wolfgang Streeck hace dos años. Un cuasi estancamiento permanente con niveles de crecimiento mínimos en el mejor de los casos, una desigualdad candente, la privatización de todo sin excepción, la corrupción endémica y el expolio, donde las expectativas de ganancias normales disminuyen aún más, un consecuente hundimiento moral (el capitalismo cada vez está más ligado al fraude, al robo y a los chanchullos), Occidente debilitándose más y más, tambaleándose a medida que fomenta la desintegración y la crisis en los lugares problemáticos de su periferia.

El premio Nobel de Economía Paul Krugman, al igual que Larry Summers, pinta un panorama de “depresión permanente”. El secretario de Hacienda de Bill Clinton –verdaderamente no rojillo– emplea la expresión “estancamiento secular” como una verdad manifiesta –con el significado de que los largos siglos de crecimiento del capitalismo dinámico podrían llegar a su fin.

El célebre economista Robert J Gordon también ha investigado en un artículo que se ha comentado mucho si, al menos en EEUU, “el crecimiento económico se ha acabado”. Las tasas de crecimiento adoptaron un ritmo dinámico en 1750, alcanzaron una velocidad vertiginosa a mediados del siglo XX y desde entonces han ido disminuyendo en épocas sucesivas. Las grandes innovaciones que traen el desarrollo de la productividad así como el crecimiento pueden pasar a la historia: “El crecimiento de la productividad… se ralentizó sensiblemente tras 1970”. La tercera revolución industrial, con la informatización y el consiguiente ahorro de mano de obra, también demostró sus repercusiones fundamentales entre 1960 y finales de la década de 1990, pero prácticamente ha llegado a un punto muerto desde la década de 2000. A pesar de las impresiones superficiales, en los últimos 15 años prácticamente no se han producido más innovaciones genuinamente productivas. “Desde 2000 las invenciones se han centrado en el entretenimiento y los dispositivos de comunicación, que son más pequeños, más inteligentes y más eficientes, pero no cambian la productividad laboral de un modo fundamental o las condiciones de vida del modo en que lo hicieron la luz eléctrica, los automóviles o el agua corriente.”

A PESAR DE LAS IMPRESIONES SUPERFICIALES, EN LOS ÚLTIMOS 15 AÑOS PRÁCTICAMENTE NO SE HAN PRODUCIDO MÁS INNOVACIONES GENUINAMENTE PRODUCTIVAS

En su último libro, The End of Normal, el economista James K. Galbraith tiene una opinión similar e incluso va un paso más allá. La época de prosperidad que tuvo lugar entre 1850 y 1970 ha afianzado entre los economistas la tácita certeza de que el crecimiento constante es la “normalidad” y que, sin embargo, el estancamiento y la crisis son “la excepción”. Galbraith hoy tiene dudas: “Lo que funcionó en épocas pasadas puede no funcionar hoy día”.

Incluso si la tesis de Robert Gordon sobre el declive en las dinámicas de innovación no fuera totalmente acertada, podría darse el caso de que las innovaciones actuales ya no funcionaran para la naturaleza próspera del capitalismo en conjunto, sino que más bien tiene efectos ambivalentes. Ante todo, uno de sus efectos es que se destruyen empleos y no se reemplazan por otros nuevos. Las nuevas tecnologías digitales están encaminadas principalmente a reducir costes y ganar nuevos mercados a costa de empresas más antiguas. En este caso, el periodo actual se distingue de anteriores fases de innovación: mientras, en épocas anteriores, ‘la destrucción creativa’ en el proceso de innovación se deshacía de trabajos antiguos y a menudo precarios (como en la agricultura), pero surgían cantidades enormes de empleos nuevos y a menudo mejores (como en la industria automovilística), ahora las innovaciones, traen mayor desempleo para una parte y, todavía peor, empleos más precarios a otro segmento de la población activa. De esta manera, los ingresos totales del hombre de la calle están sometidos a una presión cada vez mayor y van, irremediablemente, en sentido descendente.

Todos los indicadores y análisis expuestos aquí señalan en la dirección que los expertos llaman “estado estacionario” o economías sin gran crecimiento.

Ahora bien, obviamente, no es en modo alguno seguro que el capitalismo vaya a morir. La historia está llena de teorías sobre crisis económicas que nunca llegaron a ocurrir. Pero, al mismo tiempo, no deberíamos estar tan seguros sobre su supervivencia. Teniendo en cuenta estos síntomas, que son todos indicios del hundimiento crónico del sistema, un hundimiento que no se puede prevenir simplemente mediante políticas económicas “más inteligentes”, haríamos bien en preguntar cómo se conformará la sociedad de mañana si los profetas del pesimismo llegan a estar en lo cierto. O, en palabras de Galbraith: “Cómo lidiar con una situación en la que los problemas son sustancialmente mayores que los que hayamos experimentado en los últimos 80 años. Tendremos que prestar mucha más atención a las necesidades de los más vulnerables de nuestra sociedad”.

QUIZÁ, DESPUÉS DE TODO, UNA TRANSICIÓN LENTA, SUCESIVA DE UN SISTEMA CAPITALISTA A UN ORDEN ECONÓMICO DIFERENTE ES POSIBLE Y, SÍ, YA HEMOS INICIADO ESA TRANSICIÓN

Sin embargo, quizá deberíamos reflexionar sobre estos asuntos de un modo más ambicioso. Quizá, después de todo, una transición lenta, sucesiva de un sistema capitalista a un orden económico diferente es posible y, sí, ya hemos iniciado esa transición. Esa sería la mejor perspectiva, por supuesto.

He hallado indicios de ello en mis numerosos viajes por las economías que permanecen fuertes, pero también en algunos de los llamados países en crisis. No hace tanto tiempo tuve una conversación con Ioannis Margaris, el CEO del productor de energía nacional de Grecia, un técnico y teórico económico que está invirtiendo mucha de su propia energía en la transformación de la producción eléctrica de Grecia en un sistema de producción entre iguales. Antes de formar parte del equipo directivo de la empresa energética, Margaris era investigador de la Universidad Técnica donde, junto con la economista de Syriza Elena Papadoulou, escribió un importante informe sobre la “transformación de la producción”. La idea de fondo era: cómo se puede cambiar lentamente la economía de forma que las cada vez más descentralizadas empresas autogestionadas, cooperativas e iniciativas desempeñen un papel cada vez más importante –de forma que, al final, emerja una economía mixta compuesta de compañías privadas, empresas estatales y cooperativas y órganos económicos alternativos.

Solo es necesario observar el mundo con los ojos abiertos y, enseguida, se ve que a cada paso hay todo tipo de iniciativas: ONG, empresas y cooperativas que están construyendo conjuntamente un nuevo sistema de redes, el núcleo de un nuevo tipo de socialismo. Un socialismo o una forma de economía de uso compartido, de economía comunitaria, basada en la iniciativa de grupos pequeños y totalmente descentralizados –un socialismo que no tiene nada en común con la bestia burocrática de anteriores economías dominadas por el estado ni con las que conocemos por el comunismo y tampoco con las sociedades del estado capitalista tal y como existían cerca de casa hace 30 años. Y, por supuesto, por ahora, éstas son sólo pequeñas islas alrededor de cientos de iniciativas nuevas, pero su peso y valor no se aprecian como se merecen –apenas podríamos superar esta crisis sin ellas. “Creo”, escribe el escritor economista británico Paul Mason en su libro Postcapitalism que trata de proyectos como estos, que ofrecen “una vía de escape –pero únicamente si estos microproyectos son alimentados, promocionados y protegidos por un cambio fundamental en lo que hacen los gobiernos”.

Quizás lo que necesitemos sea aprender a examinar las cosas de forma adecuada. ¿Conocen esos famosos dibujos rompecabezas en los que, cuando los miras de una forma parecen totalmente caóticos y borrosos, y solo cuando los miras de la forma correcta aparece una imagen?

Tal vez pase lo mismo con nuestra economía: creemos que vivimos en una economía que gira exclusivamente alrededor del comercio, el beneficio, el dinero, la riqueza material y el resultante estatus social. Y el resto de los actores económicos –ya sean grupos de autoayuda, círculos de intercambio de archivos, cooperativas, ideas creativas para empresas, proyectos altruistas de ayuda– nos parecen algo que, de algún modo, son extraeconómicos, algo así como la actividad de unos cuantos locos que tienen graciosas ideas fijas, como terapia laboral para hombres y mujeres buenos. Sin embargo, quizá sea esa la forma totalmente errónea de ver el mundo. Quizá ya estemos en plena transformación poscapitalista –y simplemente no nos damos cuenta.

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