"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí
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lunes, 30 de octubre de 2017

Retrato de mi asesino

Se publica una biografía de Stalin en gran parte inédita que Trotski escribía cuando fue asesinado


León Trotski en el despacho de su casa en México. AFP



“Stalin se divertía en su casa de campo degollando ovejas o vertiendo queroseno en los hormigueros y prendiéndoles fuego. Kámenev me dijo que, en sus visitas de ocio sabatinas a Zubalovka, Stalin caminaba por el bosque y continuamente se divertía disparando a los animales salvajes y asustando a la población local. Tales historias sobre él, procedentes de observadores independientes, son numerosas. Y, sin embargo, no faltan personas con este tipo de tendencias sádicas en el mundo. Fueron necesarias condiciones históricas especiales antes de que estos instintos oscuros encontraran una expresión tan monstruosa”.

Estas palabras forman parte de una biografía singular. Por la relevancia de sus protagonistas, dos de las figuras prominentes de la Revolución Rusa, enfrentadas por una de las rivalidades más encarnizadas del siglo XX. Y porque el perfil quedó inconcluso después de que el retratado ordenara la muerte de su biógrafo. Stalin, la obra que León Trotski escribía cuando fue asesinado por Ramón Mercader en México en agosto de 1940, ha permanecido dormida durante más de siete décadas. Y después de muchas peripecias, mutilaciones y añadidos, vuelve a ver la luz en un volumen de casi mil páginas, en gran parte inédito, coincidiendo con el centenario de la llegada al poder de los bolcheviques.

La historia de este libro merecería la publicación de otro que la contara. Trotski, exiliado en México tras serle denegado el asilo en varios países, se sabía sentenciado por el líder de la Unión Soviética Josif Stalin. Pero no tenía particular interés en escribir la vida de su antiguo camarada. “No fue una venganza. Escribir esta biografía no entraba en los planes del abuelo. Estaba centrado en acabar otra sobre Lenin”, explica Esteban Volkov, nieto del revolucionario, en conversación telefónica desde Ciudad de México, donde reside. “Pero necesitaba dinero y la editorial Harper & Brothers de Nueva York le hizo una oferta generosa”.

Volkov, a punto de cumplir 92 años, ha sido durante décadas el guardián de la memoria de su abuelo. También es director de la Casa Museo León Trotski, entre cuyos muros fue asesinado el revolucionario en agosto de 1940 por un golpe de piolet del agente estalinista Ramón Mercader. El mismo escenario donde se presentará la versión en español del libro, publicada por la editorial mexicana Fontamara, el día 11, coincidiendo con el aniversario de una Revolución de Octubre que por diferencias entre los calendarios gregoriano y juliano, sucedió en noviembre para el resto del mundo. La obra se publicó hace un año en inglés en una editorial marxista de Londres y fue traducida después al italiano y al portugués, pero la noticia no tuvo repercusión en los grandes medios.

La biografía más trascendental de Joseph Vissarionovich, tristemente celebrado aún por algunos por su apodo: Stalin, es un retrato minucioso del diabólico dictador ruso en 890 páginas, escrito nada menos que por León Davidovich Bronstein, que conocemos como Trotski. Parece increíble que al publicarse en inglés hace un año no haya provocado titulares a ocho columnas o revuelo en las redes ni reseñas diversas. Vivimos en amnesias funcionales que creen saciarse con 140 caracteres donde al menos dos generaciones sólo saben algo de León Trotski por las películas, postales, cafeteras y demás productos que circulan desde que Frida Kahlo se convirtió en marca registrada.

La inmensa biografía firmada por uno de los principales líderes de la Revolución Rusa desmenuza quirúrgicamente la demencia increíble de un sanguinario traidor de esa misma Revolución: un animal que parecería indescriptible de no contarse con miles de documentos, fotografías (incluso las alteradas “por el bien de la Historia”), testimonios, sobrevivientes de las purgas, náufragos del Gulag, proscritos redimidos y seguidores arrepentidos que incluso desde el primer triunfo bolchevique dejaron constancia de su reguero de desgracias y compendio constante de crímenes. Entre los párrafos que pergeñaba Trotski durante su exilio incansable en su frágil fortaleza de Coyoacán, estaban sobre la mesa los papeles que serían su lápida, cuya redacción se interrumpió en cuanto Ramón Mercader clavó su piolet de montañista en su cráneo.

Trotski forcejeó con el enviado, sabiendo que su verdugo se hallaba sonriente en el Kremlin y quizá durante su agonía pensó que al menos gran parte de la escrupulosa biografía del verdugo de él y de casi toda su familia, de millones de seres humanos y de no pocas ilusiones utópicas estaba prácticamente terminada. Había aceptado escribirla por el jugoso pago que prometió una editorial americana, cuyo traductor tuvo a bien mal-traducir, editar e incluso, enmendar y añadirle párrafos de su propia cosecha. Eso ya quedó corregido y contamos ahora con la publicación de un retrato del Diablo hecho en prosa sobre papeles… manchados de sangre.

Harper & Brothers publicó una versión incompleta del libro en inglés en 1946. Antes no era posible, porque EE UU y la Unión Soviética eran aliados contra Alemania. Pero la viuda de Trotski, Natalia Sedova, pleiteó en los tribunales sin éxito para que fuera retirada. Sus objeciones se dirigían, sobre todo, contra el editor y traductor de la obra. “Hizo una deficiente edición del libro, con mutilaciones y múltiples añadidos de su cosecha muy alejados del pensamiento político del abuelo”, explica Volkov. El propio Trotski nunca tuvo demasiada confianza en su traductor, y había montado en cólera cuando supo que había enseñado algunos originales a terceras personas. “Parece tener al menos tres cualidades: que no sabe ruso, que no sabe inglés y que es tremendamente pretencioso”, escribió en una carta al periodista estadounidense Joseph Hansen.

Pero una parte de la obra no llegó nunca a manos de la editorial. Cuando se supo sentenciado, Trotski envió a la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, muchos de sus documentos para su custodia. “Los archivos salen esta mañana en tren”, había escrito el revolucionario el 17 de julio de 1940, un mes y tres días antes de su asesinato. Y allí se acumularon 20.000 documentos que ocupaban 172 cajas de artículos, fotografías y papeles manuscritos, mecanografiados, traducidos y sin traducir, con gran cantidad de correcciones que demostraban lo extraordinariamente meticuloso que era con su trabajo.

Capítulos enteros del libro sobre Stalin permanecieron así dormidos hasta que en 2003 el historiador galés Alan Woods comenzó a indagar en la montaña de documentos para rescatar la versión más amplia e íntegra posible del libro. Y después de más de diez años de trabajo el resultado fue una obra un tercio más extensa que el libro publicado en los años 40, sin los añadidos del primer traductor y, ahora sí, con las bendiciones de la familia de Trotski.

Woods coincide con Volkov en que Trotski no quería escribir este libro. “Pero una vez que se puso a ello, lo hizo concienzudamente, con mucha documentación y detalles incluso del periodo más desconocido de la vida de Stalin, su infancia. Para cualquier lector es un estudio psicológico fascinante”, explica desde Londres, donde reside. El historiador es un activo miembro de la Corriente Marxista Internacional. Participó en la lucha contra el Franquismo en España y fue firme defensor de la revolución bolivariana y amigo personal de Hugo Chávez, aunque en los últimos tiempos se ha distanciado de la deriva del Gobierno venezolano.

Los dirigentes del Partido Bolchevique eran en general gente muy capacitada, y entre ellos brillaba Trotski, que dominaba cinco idiomas y escribía varios libros a la vez. Stalin aparece en cambio retratado por su gran rival político como un hombre de horizontes limitados. Ese perfil mediocre coincide con el que hicieron otros observadores, como el periodista estadounidense John Reed, que en su crónica Diez días que estremecieron al mundo menciona a El hombre de acerosolo dos veces y a Trotski nada menos que 67.


Imagen de la edición del libro que en España publicará Lucha de Clases.

Pero, por lo que se cuenta en el libro que ahora se presenta, las cualidades de Stalin eran otras: la astucia y el arte de la manipulación. “La técnica de Stalin consistía en avanzar gradualmente paso a paso hacia la posición de dictador, mientras que representaba el papel de un defensor modesto del Comité Central y de la dirección colectiva. Utilizó a fondo el período de enfermedad de Lenin para colocar a individuos que le eran devotos. Se aprovechó de cada situación, de cada circunstancia política, de cualquier combinación de personas para promover su propio avance que le ayudara en su lucha por el poder y lograr su deseo de dominar a los demás. Si no podía elevarse a su altura intelectual, podía provocar un conflicto entre dos competidores más fuertes. Elevó el arte de manipular los antagonismos personales o de grupo a nuevas alturas. En este campo desarrolló un instinto casi infalible”.

Sin embargo, Woods no atribuye la llegada al poder de Stalin a su carácter. “Era un niño maltratado por su padre, rencoroso y con tendencias sádicas. Pero no todos los maltratados se vuelven monstruos. Como no todos los artistas fracasados se vuelven Hitler”. Y propone un argumento marxista para explicar su ascenso. “En todas las revoluciones hay un periodo que necesita héroes, gigantes. Cuando llega a un periodo de declive, necesitan mediocres. La degeneración burocrática hubiera tenido lugar sin o con Stalin, porque Rusia era un país aislado y atrasado. Pero en este caso la burocracia se encarnó en un personaje sanguinario”.

¿Pudo acelerar el libro el asesinato? Stalin estaba muy bien informado de lo que hacía su rival. Cada mañana tenía los últimos artículos de Trotski sobre su mesa. Y Volkov recuerda cómo Robert Sheldon Harte, guardaespaldas de su abuelo a quien se atribuye la traición que facilitó un primer atentado contra él en mayo de 1940, le preguntaba siempre por la marcha de la obra. “Como cualquier criminal tenía que eliminar los testigos”, coincide Woods.

ESTEBAN VOLKOV: “UNO DE LOS GRANDES CRÍMENES DE STALIN FUE MUTILAR LA MEMORIA”



Esteban Volkov, en su casa de Ciudad de México en 2016. SAÚL RUIZ

B. M.

Esteban Volkov (Yalta, entonces Unión Soviética,1926), nieto de León Trotski y heredero de su legado, prepara estos días los actos para conmemorar el centenario de la Revolución Rusa en Ciudad de México, donde preside la Casa Museo en la que fue asesinado su abuelo. Allí llegó en 1939 para acompañarle en su exilio siendo apenas un adolescente, después de que su padre desapareciera en el Gulag y de que su madre muriera acosada por los sicarios de Stalin. Fue herido en un pie en el atentado que el pintor David Alfaro Siqueiros organizó para acabar con la vida del revolucionario en mayo de 1940 y pocos meses después fue testigo de la agonía de su abuelo tras ser atacado por Ramón Mercader. Pese a los terribles acontecimientos que ha presenciado, mantiene un espíritu sereno y un humor envidiable y a sus 91 años dice que espera vivir muchos más “para compensar todos los años que Stalin arrebató a sus familiares”.

Ha dedicado gran parte de su vida y de sus energías a defender la memoria de su abuelo. ¿Qué le ha movido a hacerlo?

Fui testigo de su asesinato y de la campaña de calumnias y difamaciones contra él de la prensa estalinista. Mentiras que muchos se encargaban de repetir una y mil veces para tratar de convertirlas en verdades. Uno de los más grandes crímenes de Stalin ha sido mutilar la memoria histórica. Si es un delito darle un mapa falso a un explorador que va a entrar en el Amazonas, dar falsos planos a la humanidad es un crimen aún más grave, dejar con una venda en los ojos al género humano entre profundos abismos es uno de los peores crímenes que se puede cometer.

¿Qué valor tiene la publicación de su biografía de Stalin tantos años después?

No era el libro que mi abuelo quería escribir, y lo hizo acuciado por las estrecheces económicas. Pero es muy interesante, porque fue escrito en la época de mayor madurez política de Trotski y cuenta el entorno en que un personaje de las características de Stalin, que rebasa la escala ética de cualquiera, puede llegar al poder. No hay duda de que fue un individuo sui generis, de una crueldad como pocas veces se ha visto en la historia. Personajes como Nerón o Atila se quedan chiquitos a su lado. Y por ello posiblemente aceleró la sentencia de muerte que había lanzado contra mi abuelo cuando supo que se estaba escribiendo su biografía.

¿Qué queda del pensamiento de Trotski cien años después de la Revolución Rusa?

Mi abuelo dejó un arsenal de ideas políticas para cambiar la sociedad. Para construir un mundo que vele por el ser humano y no por la codicia. Estudió a fondo el proceso estalinista y la contrarrevolución. Y predijo con 70 años de antelación la caída del totalitarismo burocrático en la Unión Soviética.

domingo, 14 de mayo de 2017

Cuba: Historia clínica del asesino de León Trotsky

Por Leonardo Padura

El doctor Miguel Angel Azcue, oncólogo, seguramente habría tardado muchísimos años en saber quién había sido, en realidad, aquel paciente a quien, en los primeros meses de 1978, le diagnosticó, sin margen de dudas, un cáncer de amígdalas en fase avanzada. Incluso, es más que probable que el médico jamás hubiera llegado a saber la identidad de aquel español cetrino y avejentado que fue traído a su consulta por el propio director del hospital, el doctor Zoilo Marinello.

Para que el 21 de octubre de 1978 el doctor Azcue pudiera enterarse de quién había sido en verdad aquel paciente enigmático (y ya entenderán por qué uso este calificativo) tuvo que ocurrir toda una serie de coincidencias, preparadas y desarrolladas casi por un destino superior, interesado en revelarle al médico una historia recóndita y alarmante.

El primer hecho imprescindible para que todo el montaje se hiciera efectivo fue que el 20 de octubre, devorado por aquel cáncer que el doctor Azcue vio y diagnosticó de inmediato, muriera en La Habana Ramón Mercader del Río, el invisible asesino de Trotski. El segundo hecho indispensable es que, contra lo que se había dispuesto, la noticia del fallecimiento de Mercader atravesara las férreas cortinas del anonimato y el silencio, y por alguna vía se filtrara a la prensa internacional. Porque, de más está decirlo, la prensa cubana nunca publicó esa ni ninguna otra noticia relacionada con la presencia durante cuatro años o con la muerte, en Cuba, del español que en 1940 había asesinado violentamente al segundo hombre de la Revolución de Octubre.

Los otros hechos que se conjugaron para que el médico se asombrara hasta la conmoción fueron que aquel 21 de octubre de 1978, el doctor Azcue y su colega, el doctor Cuevas, salieran de La Habana hacia Buenos Aires para participar en un congreso de oncología al que habían sido invitados. De no haber existido ese congreso y la invitación, Azcue y Cuevitas –como todos llaman al experimentado oncólogo cubano– no habrían estado a bordo de la nave de Aerolíneas Argentinas, una de las que por ese entonces cubría el trayecto La Habana-Buenos Aires. Pero es que si en lugar de viajar con la compañía rioplatense, lo hubieran hecho con Cubana de Aviación, quizás Azcue y Cuevas tampoco habrían accedido a la verdad: la diferencia radica en la prensa que, en una y otra aerolínea, se entrega a los pasajeros. En Cubana, prensa cubana; en Aerolíneas Argentinas, prensa argentina. Los periódicos cubanos, como se ha dicho, hubieran contribuido a mantener a Azcue en la ignorancia, al menos un día más, o tal vez muchos días más, quizás, incluso, por siempre; la prensa argentina, en cambio, le mostró un titular que desde el primer momento lo conmovió en muchos sentidos –“Muere en La Habana el asesino de León Trotski”– y una foto que lo removió de arriba abajo: aquel Ramón Mercader que aparecía en el periódico tenía que ser el mismo paciente que, meses atrás, él y Cuevitas habían diagnosticado con cáncer... y así se lo ratificó a Azcue su colega del Hospital Oncológico y compañero de fila en el avión de Aerolíneas Argentinas donde, para casi completar las conjunciones de esta historia, le habían entregado a los médicos un periódico de Buenos Aires y no uno de La Habana.

Pero es que en realidad la historia de la relación del doctor Azcue con el asesino de Trotski había comenzado treinta y ocho años antes, en México D.F., cuando siendo un niño le escuchó decir a su padre que habían asesinado al líder soviético en su casa de Coyoacán. Azcue, que había nacido en España, había llegado muy joven en México y no se trasladaría a Cuba hasta unos 20 años después, había vivido desde entonces con la curiosidad desvelada por aquella historia que había conmovido no solo a su padre, un republicano español, sino a millones de hombres en el mundo. Del asesino de León Trotski pudo conocer, a lo largo de todos esos años, lo poco que todos sabían: que su nombre (presumiblemente falso) era Jacques Mornard, que aseguraba ser un trotskista desencantado aunque todos sabían que era un embuste, que había matado a Trotski con un piolet, con mucha premeditación y toneladas de alevosía, y que por ese crimen cumplía veinte años de condena en cárceles mexicanas... y prácticamente nada más. Quizás esa misma nata de misterio, silencio, complot y engaños que se habían condensado alrededor de la figura del asesino, mantuvieron vivo, a través del tiempo, el interés de Azcue por aquel hombre: lo mantuvo en México, lo trajo consigo a Cuba y lo conservaba casi perdido en un rincón de su memoria –pero vivo y latente– cuando subió en el avión de Aerolíneas Argentinas y abrió el periódico que lo enfrentaría con una verdad conmovedora: él, Azcue, había tenido ante sí a aquel asesino, le había hablado, lo había tocado y había sido el encargado de decirle que muy pronto iba a morir.

Azcue siempre recordaría vívidamente la tarde en que el doctor Zoilo Marinello lo enfrentó con aquel paciente. El hecho de que el director del hospital le pidiera que, con sus otros colegas oncólogos especialistas en “cabeza y cuello”, examinara a aquel español, que era un caso “suyo”, motivó la curiosidad de Azcue. Luego, el hecho de que aquel hombre al cual, según él mismo, lo habían visto muchos médicos (no dijo quiénes ni dónde) que no habían sido capaces de diagnosticar el evidente y muy extendido cáncer de amígdalas que lo estaba matando, generó la sorpresa del team de especialistas y marcó una muesca en la memoria del médico. Por último, el hecho de que el tratamiento de consuelo –unas pocas radiaciones– que Azcue y sus colegas le aconsejaron al paciente, ante lo extendido de la enfermedad, no le fuera suministrado en el Hospital Oncológico, sino en otra institución, terminó de fijar en el recuerdo de Azcue la estampa de aquel paciente específico que, de lo contrario, tal vez se habría convertido en uno más de las decenas, cientos de personas que examinaba cada año.

En la recomendación del director del hospital había además varios elementos que solo meses después, cuando supo quién era en verdad su paciente, el doctor Miguel Angel Azcue comenzó a valorar: el doctor Zoilo Marinello era un viejo militante comunista, hermano del político y ensayista Juan Marinello, uno de los líderes del antiguo Partido Socialista Popular (Comunista) más reconocidos en Cuba. Como el médico sabría mucho más tarde, Ramón Mercader y su madre, Caridad del Río, tenían relaciones de amistad con algunos de esos viejos militantes comunistas cubanos, entre ellos el propio Juan Marinello y el músico Harold Gratmages, con el que –mucho, mucho más tarde lo sabría Azcue– había trabajado Caridad cuando Gratmages fungió como embajador cubano en París (1960-1964). Por lo tanto, si alguien sabía o tenía que saber quién era el republicano español invadido por el cáncer, ese hombre era Zoilo Marinello. No se trataba, pues, de una recomendación corriente.

También fue años después de la muerte de Mercader y de haber sabido su identidad, que el doctor Azcue tendría una nueva y extraña conmoción relacionada con aquel tétrico y oscuro personaje. Ocurrió en la zona montañosa del centro de la isla, el Escambray, donde existe un museo dedicado a “la lucha contra bandidos”, como fue calificada desde los años de la década de 1960 la guerra de baja intensidad que se desarrolló en esa zona entre las guerrillas de opositores al sistema y las milicias y el ejército revolucionario. En aquel museo, entre muchas fotos, hay una de un grupo de combatientes “cazabandidos” en la que aparece un hombre que... ¡según Azcue debe ser Ramón Mercader! ¿Es posible que cuando todos lo creíamos en Moscú Mercader estuviera en Cuba, colaborando con los cuerpos cubanos antiguerrillas o de contrainteligencia? Aunque las evidencias que se manejan hacen poco factible esa posibilidad, el doctor Azcue piensa que solo si Mercader tenía un gemelo, el hombre de la foto museable (no identificado en las explicaciones escritas de la muestra) no es él.

Veinticinco años después de la muerte de Ramón Mercader, mientras yo comenzaba a realizar la investigación para la escritura de la novela sobre el asesinato de Trotski que titularía “El hombre que amaba a los perros”, tuve la desgracia y la suerte de conocer al doctor Miguel Angel Azcue. El motivo fue en principio doloroso y preocupante: a raíz de la extirpación de una pequeña verruga que mi padre tenía en la nariz, la biopsia de oficio que se realiza en esos casos había dado positivo, o sea, que existían células cancerígenas. De inmediato me movilicé para ver qué podíamos hacer con mi padre y, como siempre hacemos en Cuba, la primera opción fue buscar un camino directo hacia la posible solución: el camino de los amigos.

Entonces le escribí a mi viejo amigo y compañero de estudios José Luis Ferrer, que vive desde 1989 en Estados Unidos, pues su madre, la doctora María Luisa Buch, había sido la subdirectora del Hospital Oncológico (a las órdenes del doctor Marinello) y, aunque ella había muerto, seguramente quedarían amigos en el staff de la institución. Por esta vía, apenas unos días después llegué con mi padre de la mano a la consulta del doctor Azcue, quien, desde el principio, tomó el caso como suyo y –hoy lo sabemos: y aquí radica la parte afortunada de la historia– salvó la vida de mi padre.

Fue en una de esas visitas a la consulta del doctor Azcue y cuando ya le había regalado algunos de mis libros y surgido una amistad extra hospitalaria cuando le comenté que estaba preparando la escritura de una novela sobre el asesino de Trotski. Recuerdo que la mirada del buen médico se clavó en la mía antes de decirme, con sorna y con orgullo: –Pues yo conocí a ese hombre y tengo con él una historia increíble...



Leonardo Padura, escritor cubano. Premio Princesa de Asturias de las Letras en el año 2015. Autor entre otros libros de “El hombre que amaba a los perros” (Tusquets, 2009, primera edición)

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domingo, 23 de agosto de 2015

A 75 años del asesinato de León Trotski

Daniel Raventós · · · · ·
23/08/15

León Trotski nació en 1879 y fue asesinado en México el 21 de agosto de 1940. Ramón Mercader nació en 1913 y murió en La Habana el 18 de octubre de 1978. Mercader pasó 20 años en las cárceles mexicanas y recibió, en 1961 al regresar a Moscú, la medalla de mayor distinción en la URSS desde 1934 a 1991 por sus servicios mercenarios: la estrella de Héroe de la Unión Soviética.

Trotski estaba acorralado en México, el único país que se atrevió a darle acogida. El resto del mundo era un “planeta sin visado” para el que fue uno de los hombres más odiados del mundo por parte de todo el establishment mundial. Pero aún representaba un peligro potencial. Una muestra. Un año antes de su asesinato, el 25 de agosto de 1939, el embajador francés en Berlín, Robert Coulondre, intentó disuadir a Hitler de que no invadiera Polonia. La guerra, como lo fue la de 1914, podía ser el preámbulo de la revolución, temía el diplomático, y ello ¡qué duda puede caber! encogía a muchos espíritus que deseaban conservar el orden del mundo tal como estaba. La forma de expresarlo del embajador francés ante Hitler fue: "Temo que al término de una guerra no haya más que un vencedor: el señor Trotski."

Mercader asesinó ahora hace 75 años a Trotski. El asesino, un militante del PSUC, partido que en aquellos momentos era unos de los más directamente controlados por Stalin y sus agentes, conseguía el objetivo del dirigente de la URSS de acabar con la vida del brillante dirigente de la Revolución Rusa y fundador del Ejército Rojo.

Tres cuartos de siglo después, la obra del revolucionario ruso “más occidental”, como fue caracterizado por distintos autores, sigue teniendo un interés indiscutible. La primera mitad del siglo XX difícilmente puede ser entendida cabalmente sin conocer algunas de las principales aportaciones de Trotski. Los acontecimientos más importantes de las primeras décadas del siglo pasado fueron analizados por él: la misma revolución rusa, el thermidor estalinista posterior y el nacimiento de una impresionante burocracia cada vez más alejada de la población trabajadora, el auge del fascismo, el alzamiento militar contra la República española…

Hace algo más de 5 años publicamos en SP este artículo que ahora reproducimos. Se trata de una reseña de un famoso libro sobre los últimos años de Trotski. Hemos creído que era una buena forma de recordar la figura del gran revolucionario junto con la edición en nuestra colección de libros electrónicos de la obra de Ernest Mandel, El pensamiento de León Trotsky, que se puede descargar gratuitamente desde nuestra página web. SP



El sicario de Stalin que tenía perros

Daniel Raventós

Métete esto en la cabeza de una puta vez: tú no piensas, solo obedeces; tú no actúas, solo ejecutas; tú no decides, solo cumples; tú vas a ser mi mano en el cuello de este hijo de puta, y mi voz va a ser la del camarada Stalin, y Stalin piensa por todos nosotros… (p. 341)

Él ve a Rakovsky, hermano querido, quien, principesco, había ofrecido al movimiento revolucionario su enorme fortuna. Ve a Smirnov, brillante y alegre; a Murálov, el general de enormes mostachos, héroe del Ejército Rojo… Ve a sus hijos Nina, Zina, Liova, a sus queridos Blumkin, Yoffe, Tujachevsky, Andreu Nin, Klement, Wolf. Todos muertos. Todos. L.D. está solo… (p. 361)

Las profecías de Trostky acabaron cumpliéndose y la fábula futurista e imaginativa de Orwell en 1984 terminó convirtiéndose en una novela descarnadamente realista. Y nosotros sin saber nada… ¿O es que no queríamos saber? (p. 488)

La editorial Tusquets publicó en septiembre de 2009 la novela del cubano Leonardo Padura El hombre que amaba a los perros. Se trata de un largo libro de 573 páginas de apretada letra. Padura era hasta ahora conocido principalmente por sus relatos cuyo protagonista es el policía cubano Mario Conde. Este libro es sin duda su obra más ambiciosa.

Los protagonistas principales de El hombre que amaba a los perros son el dirigente de la revolución rusa León Trotski y el sicario estalinista Ramón Mercader, nacido en Barcelona y militante del PSUC. Ramón Mercader, por orden de Stalin, asesinó a Trotski en la calle Viena del barrio de Coyoacán en Ciudad de México el 21 de agosto de 1940, pronto hará 70 años. Otros personajes importantes en el libro, además de la compañera del exilado, Natalia Sedova, son la madre del sicario, Caridad Mercader, y su amante, un altísimo cargo de los servicios secretos estalinistas, Nahum Eitingon, que elige a un Ramón Mercader muy joven para convertirlo en un asesino al servicio de Stalin. En la novela no sale en ningún momento el verdadero nombre de Eitingon y sí muchos de los falsos que utilizó: Kotov y Tom, entre otros.

Para escribir este libro Leonardo Padura ha afirmado que se documentó a fondo durante cinco años. Y el resultado es muy serio. En realidad, en El hombre que amaba a los perros hay tres novelas. Una está dedicada a los últimos años de la vida del revolucionario Lev Davidovich Bronstein (que ya de muy joven tomó el seudónimo de Trotski de un vigilante en jefe de una prisión zarista en la que estuvo preso en los inicios de su actividad política) desde su deportación a Alma Atá hasta su asesinato. Se trata de un período de 12 años, 1928-1940. La segunda y más larga, cuenta la vida de Ramón Mercader desde que tenía 22 años (nació en 1914) cuando es reclutado por Eitingon ("Kotov") cuando ya Stalin había decidido acabar con la vida del creador del Ejército Rojo, hasta su muerte. Esta parte abarca de 1936 a 1978. Y la tercera, que tiene como principal protagonista a Iván, un escritor cubano fracasado, es una parte que se desarrolla en La Habana y que sirve para enlazar, con mayor o menor fortuna, las dos anteriores. Es la parte, con mucho, menos conseguida.

La historia es conocida. La guerra civil del acabado de nacer país de los soviets contra las fuerzas blancas monárquicas en coalición con los países más poderosos del momento –que incluye el Reino Unido, Japón, Alemania, Francia, EEUU− ha concluido. Decenas de miles de cuadros y militantes comunistas han quedado en el campo de batalla o muertos por las enfermedades que asolan el territorio soviético. Las tierras de la revolución sufren hambre. Lenin muere el 21 de enero de 1924 impedido físicamente ya desde algunos meses atrás de poder trabajar. Quiere llevar la batalla para apartar a Stalin de la secretaría general como deja expresado en uno de sus últimos documentos escritos, pero muere antes de poder hacerlo. Crece una burocracia privilegiada que elimina en pocos años el menor vestigio de democracia soviética y de cualquier otro tipo. Stalin, buen canalizador y muñidor de los intereses de esta floreciente nueva capa social, se erige como amo absoluto del PCUS y de toda la URSS. Dos datos sobre la burocracia cada vez más privilegiada que crece sin freno y que es la principal base social que explica el triunfo de Stalin. El primero: en 1923 el partido bolchevique tiene 370.000 afiliados de los cuales solamente 35.000 son obreros, las dos terceras partes de la afiliación son asalariados del partido, el ejército (aunque Trotski es el jefe formal del mismo y goza de gran prestigio entre los veteranos de la guerra civil, Stalin ya ha colocado a sus fieles en los puestos clave para minar su autoridad), los sindicatos, los organismos estatales… El segundo: ya a finales de 1926, un militante a sueldo del partido del nivel más bajo gana entre 5 y 6 veces más que el salario medio obrero. Pero en 1927 ni aún el propio Stalin se atreve a asesinar a Trotski pues solamente han pasado 10 años de la revolución rusa y el papel protagonista en la misma del excomisario de la guerra está todavía demasiado presente entre la población de la URSS, los cuadros del partido y el movimiento comunista internacional (Trotski había sido junto con Lenin el dirigente más conocido doméstica e internacionalmente durante los primeros años de la Tercera Internacional; en todo el mundo el partido bolchevique es conocido aún por el partido de Lenin y Trotski). Con los preparativos de la Segunda Guerra Mundial, estos reparos ya no existen y el todopoderoso secretario general decide hacer los preparativos para asesinarlo. Trotski puede ser un auténtico problema cuando se inicie la guerra… o cuando acabe (1). Ramón Mercader representa una de las líneas posibles para liquidar al exilado, puesto que los servicios secretos preparan diferentes planes de asesinato y completamente independientes entre sí. Para convertirlo en posible asesino de Trotski, Ramón Mercader es enviado a la URSS y entrenado para tal fin siempre bien vigilado por el hombre al que Stalin le dio la orden directamente, Nahum Eitingon, omnipresente en la novela de Padura. Posteriormente, el esbirro se traslada a París y en 1938 conoce –en realidad, también el encuentro está preparado por la NKVD, las siglas en ruso del comisariado de asuntos internos, la sucesora de la GPU– a la estadounidense Sylvia Ageloff, una partidaria de Trotski (2), con la que logrará intimar y tener una relación supuestamente amorosa. Así va introduciéndose en el círculo más reservado del exilado hasta que puede lograr una cita para permanecer a solas con él en la habitación en donde acostumbraba a trabajar el revolucionario. Como es conocido, Mercader, entonces camuflado con el falso nombre de Jacques Mornard y representando el papel de un apolítico hombre de negocios belga, le atizó un mortífero golpe en la cabeza con un piolet, esta pieza imprescindible para toda persona que practique la alta montaña. No le produjo instantáneamente la muerte, pero sí unas horas después.

Esta rápida enumeración de algunos de los hechos más importantes que novela Padura en El hombre que amaba a los perros está bien desarrollada, pero con una tersura un tanto desigual.

Me parecen especialmente sobresaliente los fragmentos del libro que desarrollan los episodios sobre la transformación en algún edificio de la NKVD en la URSS del joven Ramón Mercader en Jacques Mornard (el frío asesinato de un pobre vagabundo acusado de "perro trotskista" es memorable); la forma de describir lo que realmente preocupaba a la burocracia estalinista del alzamiento fascista contra la II República española: que no pudiera convertirse en una revolución (3); la conversión de los partidos comunistas en simples peones de la diplomacia de la URSS, siendo uno de los campeones de ello el PCE con su servilismo (Dolores Ibárruri queda retratada en algunas páginas dedicadas a la guerra civil y al posterior regreso del asesino de Trotski a la URSS) a los dictados de Stalin y sus recaderos; los momentos en que se cuenta el secuestro del dirigente catalán del POUM Andreu Nin y el criminal montaje para el exterminio de este partido; el modo de describir el cinismo de tantos dirigentes de la época de Stalin, ejemplarizados en la novela por el implacable Nahum Eitingon (4); la dedicación próvida de algunos secretarios de Trotski, entre ellos el que lo fue de 1932 a 1939, Jean Van Heijenoort, posteriormente un destacadísimo lógico matemático que enseñó en las universidades de Columbia y Stanford; el drama increíble que supuso para Trotski tener que sobrevivir a la muerte de sus 4 hijos: Nina y Zinaida, las hijas también de Aleksandra Sokolovskaya, y los dos varones que tuvo con Natalia Sedova (el mayor, Liova, asesinado en París por un agente de Stalin infiltrado en los círculos trotskistas y que se había ganado la confianza de la propia víctima, era la mano derecha política de su padre; el menor, Serguei, no interesado en la política, murió (5) en uno de los escalofriantes campos de trabajo forzado de la URSS); las caracterizaciones de dos pintores mexicanos: la del cobarde Siqueiros y la del inconsistente y poco fiable Diego Rivera; la descripción de los momentos en que todo el mundo se convirtió en un "planeta sin visado", en que derechistas, socialdemócratas (fabulosas las páginas dedicadas al tornadizo Trygve Lie cuando Trotski está semipreso en Noruega en 1936, entonces jefe de los socialdemócratas noruegos y después secretario general de la ONU entre 1946 y 1952), fascistas, monárquicos y, por supuesto, estalinistas, se vengan del que ven como odioso causante del triunfo revolucionario en 1917, hasta que Lázaro Cárdenas lo acoge en México; el ambiente claustrofóbico en la fortaleza de Coyoacán, y los momentos del asesinato, con el drama político objetivo que supone el hecho de que Trotski (que no perdió la conciencia hasta horas después del golpe asestado por el sicario barcelonés de Stalin) exhorte a sus guardias que han venido a socorrerlo para que averigüen a quién sirve el asesino, si a la Gestapo o a la NKVD (6). En todo caso, Trotski ya sabía que su fin era cuestión de poco tiempo y lo dejó más de una vez escrito, convencimiento que también está muy correctamente desarrollado en El hombre que amaba a los perros.

Pero quizás uno de los momentos de la novela que resulta especialmente imponente por su gran significado político y por la forma en que está contado es al que voy a dedicarle algunas líneas a continuación.

Se trata de un episodio bien conocido por los historiadores y biógrafos de Trotski. El protagonista es Nikolai Bujarin, uno de los más brillantes dirigentes bolcheviques, elegido en 1926 secretario general de la Tercera Internacional y sombra tenue de lo que fue cuando se convierte en aliado, y después víctima, de Stalin. Estamos a comienzos de 1936 y en Noruega, Trotski recibe una carta de un viejo adversario Fiódor Dan, un menchevique exiliado en París con el que había tenido grandes enfrentamientos durante los días que van de la revolución de Febrero a la de Octubre de 1917. Dan le expresa su extrañeza de que Bujarin haya sido enviado a Europa para comprar documentos con destino al Instituto Marx-Engels-Lenin. El menchevique enunciaba su asombro por el hecho de que Stalin hubiera elegido a Bujarin para este menester. Estupefacción que se acrecentó cuando también fue enviada pocos días después a París Anna Larina, la esposa de Bujarin. ¿Estaba Stalin invitando a Bujarin a desertar? Pocos días después, Bujarin recibe la orden escrita de Stalin de regresar a Moscú. Sabe que regresar equivale a morir en más o menos poco tiempo (efectivamente, Bujarin fue condenado y ejecutado tan solo dos años después, en marzo de 1938, en uno de los depravados procesos de Moscú). Conocidos y exilados le sugieren que si se queda en Europa podría convertirse en un segundo Trotski y liderar juntos una oposición con mayores oportunidades de desbancar a Stalin. Pero Bujarin prepara el regreso a Moscú, sigue contando Dan en la carta. Entonces le preguntan que cómo es posible que después de haber luchado contra el temible zarismo, se encaminase ahora como un cordero mansamente al degüello. La respuesta de Bujarin es terrible: "vuelvo por miedo". Bujarin se sinceró: él no estaba hecho de la misma madera que Trotski y "eso Stalin lo sabía y, sobre todo, lo sabía él mismo". Idea que, con otras palabras, expresa en su propio proceso cuando declara: "Hay que ser Trotski para no deponer las armas". "Vuelvo por miedo" Bujarin lo razona, en la carta de Dan, con estas escalofriantes palabras: "Sé que tarde o temprano Stalin va a acabar conmigo; quizás me mate, quizás no. Pero voy a regresar para aferrarme a la posibilidad de que no crea necesario matarme. Prefiero vivir con esa esperanza que con el miedo constante de saber que estoy condenado." Para Trotski esta revelación fue la certeza de que Stalin ya no quería dejar ningún superviviente entre los dirigentes de la revolución, por útiles que le hubieran sido en algún momento, como fue el caso de Bujarin entre tantos otros. Efectivamente, el ¡90 por ciento! del mítico Comité Central bolchevique que protagonizó la revolución de 1917 fue exterminado físicamente por Stalin.

El conde Czernin, representante austríaco en las negociaciones de Brest-Litovsk en 1918, harto de la inteligencia e inflexibilidad de Trotski como comisario del pueblo de asuntos exteriores y jefe de la delegación soviética, expresó más de una vez su deseo ardiente de que apareciera una Charlotte Corday que eliminara al jefe revolucionario. Stalin hizo realidad con Ramón Mercader el sueño del reaccionario conde aunque éste ya no estuviera vivo para poderlo disfrutar.

El libro del novelista cubano aún no se ha publicado en Cuba. Está previsto que circule en aquel país en breve. Padura no está muy seguro de cuáles puedan ser las reacciones. Ramón Mercader, el hombre que según Leonardo Padura "amaba a los perros" especialmente a la raza de los borzoi, murió el 18 de octubre de 1978 en La Habana, después de haber pasado 20 años en las cárceles mexicanas y de haber recibido, en 1961 al regresar a Moscú, la medalla de mayor distinción en la URSS desde 1934 a 1991: la estrella de Héroe de la Unión Soviética.

Notas:

(1) Un año antes del asesinato de Trotski, el 25 de agosto de 1939, el embajador francés en Berlín, Robert Coulondre, intenta disuadir a Hitler de que no invada Polonia. La guerra, como lo fue la de 1914, puede ser el preámbulo de la revolución y ello encoge algunos espíritus. La forma de expresarlo del embajador francés ante Hitler es: "Temo que al término de una guerra no haya más que un vencedor: el señor Trotski."

(2) Increíblemente representada por Romy Schneider en la nada afortunada película de Joseph Losey El asesinato de Trotski (1972), en donde el papel de Trotski lo desempeña Richard Burton. Romy Schneider era una actriz sumamente guapa, Sylvia Ageloff era una mujer muy poco agraciada. Ramón Mercader, quizás adecuadamente representado por Alain Delon en la película mencionada, era un hombre físicamente atractivo. Mercader siempre que tuvo que carearse, después del asesinato, con Ageloff debió soportar que ésta invariablemente le escupiese en la cara para mostrarle el desprecio que le producía por la sucia y bellaca manipulación de la que había sido objeto.

(3) El 20 de marzo de 1937 Stalin escribe a Rafael Alberti y María Teresa León: "Hay que decir al pueblo y al mundo entero que el pueblo español no está en condiciones de realizar la revolución proletaria" (citado por Jean-Jacques Marie en Trotski, FCE, 2009).

(4) Que, como tantos otros estalinistas, también sufrió tortura y cárcel en la URSS, pero la muerte de Stalin en 1953 motivó su excarcelación. Vivió hasta 1981. Una genial y estremecedora descripción del terror estalinista que no solamente afectaba a auténticos trotskistas sino a estalinistas de más o menos luces, escrita por alguien que lo sufrió también directamente, es El caso Tuláyev de Víctor Serge (Alfaguara, 2007).

(5) Padura menciona en varias ocasiones el recuerdo que tuvo Trotski, a medida que iban muriendo sus hijos, sus familiares más cercanos, sus colaboradores y miles de partidarios reales o imaginados por Stalin, de las palabras que el veterano bolchevique Georgy Piatakov lanzó, después de una sesión del Politburó del 18 de octubre de 1926: "¿Por qué Lev Davidovich ha dicho eso? Stalin no se lo perdonará ni a sus bisnietos". Piatakov se refería a las premonitorias palabras de Trotski en dicha sesión del Politburó en donde había acusado a Stalin de "sepulturero de la revolución".

(6) El judío Trotski fue calumniado ininterrumpidamente por todo el poderoso aparato estalinista de ser agente al servicio de Hitler… hasta que se selló el pacto Molotov-Ribbentrop el 23 de agosto de 1939. Entonces las calumnias tuvieron que reencauzarse.


Daniel Raventós es profesor de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona, miembro del Comité de Redacción de Sin Permiso y presidente de la Red Renta Básica. Es autor de Las condiciones materiales de la libertad (Ed. El Viejo Topo, 2007).

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www.sinpermiso.info , 23 de agosto 2015
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