"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí
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domingo, 6 de mayo de 2018

La Mejorana y las páginas arrancadas al Diario de José Martí

Por Marta O. Carreras Rivery*/Martianos-Hermes-Cubainformación.- 

Hace 123 años, un día como hoy 6 de mayo, el alma herida de José Martí volcaba sobre las páginas de su diario de campaña como constancia y tal vez para su propio discernimiento, los hechos que habían marcado el momento más álgido y a la vez decisivo del reinicio de la contienda libertadora cubana, cuando el día anterior, los tres gigantes de la lucha por la independencia, José Martí, Máximo Gómez y Antonio Maceo, juntos en el terreno de combate, se reunían en la finca del ingenio La Mejorana -hoy territorio de la provincia de Santiago de Cuba- para trazar la estrategia definitiva con la cual lograr en breve lapso de tiempo, la independencia de Cuba.

Cuba y Puerto Rico eran las dos últimas colonias que le quedaban al imperio español en América. Si en el primer cuarto de siglo, los ejércitos libertadores bolivarianos se habían enfrentado en sus guerras a un total de 100 mil efectivos realistas en todo el vasto territorio latinoamericano, a la altura de finales del siglo XIX, las fuerzas independentistas cubanas se verían obligadas a combatir, como último reducto del imperio, contra una concentración tres veces mayor en un territorio cientos de veces más pequeño y con potencialidades de hombres muchas veces menor. Si a esto se agrega el claramente identificado desafío que provenía de las apetencias expansionistas del vecino del norte que ya había engullido más de la mitad del territorio del fronterizo México, el gran reto del reinicio de la guerra en Cuba debía ser una estrategia de lucha superior y sistémicamente participativa para sostener su impulso y lograr su objetivo en el menor tiempo posible.

Sobrevivientes de ese encuentro, testimoniaron con posterioridad, que sentados a la mesa bajo la apacible sombra de un frondoso framboyán, con Gómez en el centro, José Martí a su derecha y Maceo a la izquierda, colocados en el extremo del primero José Maceo y del lado del Titán, Paquito Borrego y José Rabí, el tono de la discusión se tornó ríspido y cortante. Los tres grandes se levantaron y fueron a una de las habitaciones de la casona, donde se encerraron a discutir sin testigos. Nadie sabe a ciencia cierta qué temas se trataron, ni cuáles fueron las razones y los argumentos esgrimidos por cada uno, solo que tras abrirse la puerta, Gómez y Martí se marcharon del lugar entre soldados resistentes a su paso y durmieron esa noche –si acaso pudieron hacerlo- prácticamente desprotegidos con solo 20 hombres sin experiencias y mal armados, mientras Maceo juntó a sus hombres y se marchó a su campamento.

Cuenta el entonces alférez Ramón Garriga, quien como ayudante designado custodiaba en sus alforjas el diario de campaña de José Martí, que esa misma noche entregó el cuaderno al Apóstol y que al devolverlo, un día como hoy, estaban escritos varios pliegos más. Ese mismo día, recapacitando sobre su comportamiento, Maceo envió a buscar a Martí y a Gómez de regreso al campamento y fueron recibidos con toda la tropa formada y los invitó a pasar revista militar, intentando borrar el desaire ocurrido en La Mejorana.

Nadie nace perfecto para liderar una contienda; es la contienda la que entre aciertos y errores, hace brotar el genio de un líder que la encuentra y se entrega a ella. Y es la obra de la vida de los hombres en la consecución de objetivos supremos que los trascienden como personas, lo que los hace brillar entre los demás y más allá de su tiempo. No es posible imaginar un empeño tan sublime como lograr la independencia y la soberanía de Cuba, asediada siempre, en un fin de siglo tan convulso, sin imaginar contradicciones. No es en lecho de rosas donde se fraguan las grandes voluntades y las hazañas. Nacemos y morimos como humanos; nunca dioses.

Los testimonios de aquella época y las escasas referencias que se han podido acopiar en misivas escritas con posterioridad a ese encuentro, sugieren que en La Mejorana volvieron a aflorar las viejas contradicciones entre el poder civil y el poder militar que dio al traste con la Guerra de los Diez Años. Maceo defendía un poder militar sin interferencias, con un grupo legislativo que se ocupase de redactar las leyes de acuerdo al momento y que una vez conseguida la victoria, se conformara el gobierno; pero eso difería de la proyección martiana, que veía la necesidad de un gobierno civilista con funciones bien delimitadas, para el apoyo social a la causa en armas y el impulso para el logro de la ansiada independencia.

En su carta inconclusa a Manuel Mercado un día antes de morir, José Martí escribía: “…La revolución desea plena libertad en el ejército, sin las trabas que antes le opuso una Cámara sin sanción real, o la suspicacia de una juventud celosa de su republicanismo, o los celos, y temores de excesiva prominencia futura, de un caudillo puntilloso o previsor; pero quiere la revolución a la vez sucinta y respetable representación republicana -la misma alma de humanidad y decoro, llena de anhelo de la dignidad individual, en la representación de la república, que la que empuja y mantiene en la guerra a los revolucionarios”.

También existe la tesis de que en aquella reunión se debatió sobre la invasión a occidente y que Martí insistía en la necesidad de hacerla a la mayor brevedad posible, luego de conformar el Gobierno de la República en Armas en Camagüey. En ese mismo sentido, el posible disgusto de Maceo por el apoyo que el experimentado Máximo Gómez había dado a la idea de Martí de ponerlo bajo las órdenes de Flor Crombet, con quien el Titán de Bronce tenía discrepancias personales, incidente que pudo haber desatado la ira de Maceo la noche anterior.

Todo indica que también se abordó la conveniencia de la salida de Martí del campo insurrecto que Maceo consideraba imprescindible para el apoyo logístico desde el exterior, a lo que Martí se opuso hasta que no lograra llegar al Camagüey, pudiera entrevistarse con Bartolomé Masó y con Salvador Cisneros Betancourt, formara el gobierno y participara en combates. De cualquier modo, él había sido el organizador de esa guerra y le parecía indigno, no jugarse la vida por la independencia de Cuba en los campos de batalla, como así lo escribió premonitoriamente en la famosa carta a su amigo Manuel Mercado: “…ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo— de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso…”. 

A la caída en combate de José Martí en Dos Ríos, el diario de campaña fue entregado a Máximo Gómez tal y como lo dejó escrito José Martí, con todas sus hojas íntegras, según testimonió Ramón Garriga, quien llegó después a grado de coronel. Gómez lo mantuvo siempre a buen recaudo en un cofre de madera junto con el suyo, hasta que 46 años después del incidente y 36 años de su fallecimiento, descendientes de Gómez, en 1941 entregaron ambos diarios para su publicación, el de José Martí como un apéndice del de Gómez. Es en ese momento en que se suscita la polémica de las cuatro hojas arrancadas y de quién pudo hacerlo, un asunto aún sin resolver.

Se sabe que poco días después del fallecimiento de José Martí, en una carta escrita a Gómez fechada el 16 de junio de 1895, Maceo señala en alusión a la discusión en La Mejorana: “la última vez que nos vimos usted, Martí y yo, creía un poco prematuro la formación del gobierno, pero hoy lo exige la pujanza de la revolución”.

¿Qué fue en realidad lo que se discutió aquel día en el ingenio? ¿Qué lecciones nos traería como experiencia histórica para hoy? Nadie pudo plasmarlo mejor que José Martí, pero lo escrito desapareció. Refiriéndose a esos acontecimientos el historiador cubano Rolando Rodríguez en su libro “Dos Ríos: A caballo y con el sol en la frente”, publicado por la Editorial Capiro de Villa Clara en 2014, escribió lo que considero la mejor sentencia sobre lo acontecido:

“…No se trataba de que ellos hubieran elegido la empresa, sino que la empresa los había elegido a ellos, porque dada su índole descomunal, ciclópea, para ella se necesitaban leones, y los leones no se acarician. Resultaban los tres, el fino, seductor y genial José Martí; el vigoroso, enérgico y talentoso Maceo; el áspero sagaz y empeñoso Gómez, hombres hechos para mandar y para dirigir, cada uno a su forma, y no para ser mandados. Sus relaciones no podían ser, por tanto, fáciles y eso explica las divergencias. Si ellos hubieran sido de otra forma, posiblemente sus nombres nunca habrían pasado a la historia…”. 

Lo que sí testimoniaron los sobrevivientes que estuvieron presentes el día en que fueron regresados al campamento Martí y Gómez, es que luego del pase de revista, Martí les explicó el giro que debían tomar las acciones en Cuba y que unos instantes después, los tres hombres se abrazaron frente a la tropa que celebró con gritos de júbilo y alborozo el significativo gesto: la lucha por la independencia y la soberanía de Cuba está más allá de todo y de todos. Y en eso radica la fuerza del proyecto en el que 123 años después aún seguimos enfrascados quienes queremos lograr que nuestra Cuba independiente, alcance soberanía plena en todos los frentes y prosperidad, lo cual solo es posible con la unión de sus hijos, que a decir de Martí significa “Con todos y para el bien de todos”. 

*Marta O. Carreras Rivery, periodista y editora cubana.

domingo, 28 de enero de 2018

Vuelve José Martí a su ciudad natal

Por Pedro Martínez Pírez

Ventidós años después de sus primeras gestiones para traer a La Habana una réplica del monumento ecuestre a José Martí del Parque Central de Nueva York, el Historiador de la Ciudad Eusebio Leal Spengler, ha logrado su sueño.

Foto Eugenio Martinez

Desde este domingo ha vuelto el Apóstol de Cuba a su ciudad natal, gracias a la solidaridad del Museo del Bronx, la alcaldía de Nueva York y los donativos de numerosos estadounidenses, de una admiradora mexicana de Martí y de más de un centenar de cubanos patriotas  residentes en los Estados Unidos.

El acto de este domingo en La Habana, que fue presidido por el Jefe de Estado de Cuba, Raúl Castro y otros altos dirigentes cubanos, fue transmitido al mundo por varios canales de television y también por las ondas internacionales de Radio Habana Cuba.

Fue el mayor homenaje al Apóstol de la independencia cubana en el 165 aniversario de su nacimiento en La Habana, y sirvió para poner en evidencia los fuertes lazos históricos que en gran medida gracias a José Martí unen a los pueblos de Cuba y los Estados Unidos.

El monumento original de esta colosal obra fue realizado en la década de los años cincuenta por la escultora estadounidense Ana Hyatt, y evoca el momento de la caída en combate de José Martí en el oriente cubano el 19 de mayo de 1895.

Se trata de una pieza de 8 coma cinco toneladas de bronce sobre una base de mármol negro situada muy cerca del antiguo Palacio Presidencial, en el Centro Histórico de La Habana, que fue proclamado en 1982 como Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO, la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

El acto de este domingo en homenaje a José Martí, cuyo nombre ha sido utilizado para denominar a las emisoras de radio y televisión que desde Estados Unidos intentan derrocar a la Revolución Cubana, constituye una muestra de que son más fuertes los lazos que unen a la emigración patriótica y a los amigos de Cuba en el territorio estadounidense, que aquellos que buscan interrumpir el proceso de normalización de los vínculos entre los dos países.

Martí, quien vivió quince años en los Estados Unidos y conoció bien las entrañas del imperio, no solamente es el más universal de los cubanos, sino también el soporte ético, moral, político, y filosófico en el que se afirma el pueblo cubano frente a las pretensiones hegemónicas de Wahington.

De ahí la importancia de esta réplica del Martí de Nueva York que a partir de este domingo se puede apreciar en el cada vez más hermoso y acogedor Centro histórico de La Habana.

sábado, 26 de agosto de 2017

Dos Cármenes en la vida de José Martí

Agosto es mes fértil en Cuba para realzar el rol de las féminas. Con la satisfacción de reciente vindicación de Carmen Zayas-Bazán realizado por la historiadora y escritora cienfueguera Mirtha Luisa Acevedo, tomo como pie forzado el precepto de Andrés García Suárez en su reseña sobre Bautismo en la soledad, el libro recién publicado: “Sus resultados investigativos nos ofrecen la luz necesaria para formarnos una opinión que no tiene que seguir los cánones de biógrafos y una bibliografía de arraigados criterios machistas en boga entonces...”. Hablo hoy de otra Carmen, casi anónima en la vida del Maestro

Por Dagmara Barbieri López  5  de Septiermbre 26 Agosto, 2017



Carmen Zayas-Bazán (arriba), la esposa; Carmen Miyares, (debajo), la amiga del exilio en Nueva York, cuya relación ha dado pábulo a los más dispares criterios y opiniones.

Entre mis gemas literarias conservo un texto de la periodista santiaguera Nydia Sarabia Hernández, quien dedicara buena parte de su obra a biografías de mujeres de impronta anónima. Se titula Carmen Miyares, la patriota del silencio, alusivo a la madre de María Mantilla. Publicado en 1990 por la editorial Ciencias Sociales en discreta tirada, un lustro después llegó a mis manos a través de un vendedor particular de libros de uso.

Por aquellas fechas de 1995 escribí una crónica sobre el tema para los espacios informativos de Radio Ciudad del Mar, en coincidencia con la conmemoración del centenario de la caída en combate del Héroe Nacional; controvertido resultó el trabajo periodístico en su momento, por lo que a la luz del tiempo pretendo complementarlo.

La autora, entonces presidenta de la Unión Nacional de Historiadores de Cuba (UNHIC) y lamentablemente recién fallecida el 15 de julio último en La Habana a poco de cumplir sus 95 años, compila en la obra citada cartas de Carmen Miyares y María Mantilla con Gonzalo de Quesada y Miranda, albacea de la papelería martiana.

El texto de Nydia persigue el objetivo de visibilizar a esta coterránea suya, a quien ella llama, y con sobradas razones, “patriota del silencio”, por su contribución anónima a la lucha independentista cubana desde el prolongado exilio —al que le obligaron razones de índole económica y política alrededor del año 1870—, y su colaboración oculta y altruista en el bregar del Héroe Nacional.

En esa pretensión, la investigadora —acreedora de la Medalla Alejo Carpentier por su destacada trayectoria política y revolucionaria y su obra intelectual— logra rebasar prejuicios y tabúes al desvelar delicados asuntos de una vida dada al sacrificio, hasta en sus más “carísimos sentimientos”, como ella misma expresara.

Portada del libro de la escritora santiaguera Nydia Sarabia, fallecida en julio pasado.

Al decir de la afamada escritora feminista, Carmita nació en Santiago de Cuba el 7 de octubre de 1848 como fruto matrimonial de la unión del puertorriqueño Carlos Miyares Egui y la habanera Socorro Peoli y Mancebo, descendiente ella de una prominente familia corsa.

Ambos progenitores tenían ideas separatistas y solidarias con los afanes libertarios de América promovidos por los próceres de la época encabezados por Simón Bolívar, al punto que desdeñando riesgos emigraron a la Venezuela convulsa por la guerra y el caudillismo tras la muerte del Libertador, en 1830. De allá regresarían cuando Carmen tenía ya doce años, cuatro antes de quedar huérfana de padre y madre, junto a sus cuatro hermanos menores.

A los 21 años contrajo matrimonio con el santiaguero de ascendencia colombiana Manuel de la Caridad Mantilla y Sorzano, cinco años mayor que ella. Y huyendo a la delicada situación económica y política imperante entonces en el oriente de la Isla, envuelto en el fragor de la guerra de independencia, emigraron en 1869 —ya nacido Manuel, el primogénito de la prole Mantilla Miyares—, primero a Santo Domingo y por último a Estados Unidos, nación donde sufrieron incontables penurias.

Blanche Baralt Zacharie, una amiga, escribió de Carmen Miyares: “Desafió la adversidad y mantuvo el barco a flote… En medio de sus tareas de madre de familia y ama de casa, le alcanzaba el tiempo para auxiliar a los pobres, alojar a algún cubano impecunio… su gran corazón era refugio y consuelo de tristes”.

En suelo extraño trajo al mundo otros cuatro hijos (Carmen, Eduardo, Ernesto y María); su esposo, tabaquero, sufría una enfermedad coronaria y ella se ganaba la vida al frente de una casa de huéspedes.

El 3 de enero de 1880 llegó José Martí a New York, deseoso de trabajar, subsistir, ayudar a su familia en Cuba y contactar con emigrados revolucionarios. A poco de su arribo a suelo estadounidense, su amigo Miguel Francisco Viondi y Viera le recomendó la dirección de la casa de huéspedes de Carmen Miyares de Mantilla, sita en 51 East, 25 Street, adonde se trasladó.

Allí encontró sosiego, y de la mano del pintor santiaguero Guillermo Collazo, colaborador de la revista The Hour, se introdujo en la crítica de arte, con entregas al referido medio especializado. Por descontada se da la continuación de su intenso activismo político a pesar de la vigilancia (sabida por él) a la que era sometido tanto por espías de la metrópoli colonial como de la naciente agencia de detectives Pinkerton. Y aun así, pasando por sobre estrecheces económicas personales, pagó el billete para que se le unieran su esposa, Carmen Zayas-Bazán, y su hijo José Francisco, el Ismaelillo de apenas quince meses de nacido.

En la casa de los Mantilla, donde se respiraba un ambiente cubano y no se hablaba de otra cosa que de la libertad de Cuba, Martí también conoció y se relacionó con otros prestigiosos intelectuales y políticos latinoamericanos, pues eran muchos quienes conocían a Carmita Miyares.

En apretada síntesis, la biógrafa Nydia Sarabia narra que, de pronto y sin una causa que explicara los motivos una precipitada partida, en octubre de 1880 regresó a Puerto Príncipe la esposa de Martí con el niño.

Al siguiente mes, el día 28, nació María, la hija menor de Carmen Miyares, bautizada el 6 de enero de 1881 en la parroquia de San Patricio (285 Willoughby Avenue, en Broonklyn), donde está asentada el acta de sacramento de la pequeña, rubricada por sus padrinos, José Martí y Gertrudis Pujals Puente.

Al momento de publicar la ya antes mencionada crónica radial, el colega Julio Acanda expuso la imagen del documento, en uno de los capítulos de su serial Tras las huellas de la historia.

PUNTO NUDAL

Y llega esta reseña a la controvertida encrucijada. Sobre el tiempo que Martí vivió en la casa de huéspedes, cita Blanche Baralt Zacharie (entrañable amiga del Apóstol y autora del libro El Martí que yo conocía) refiriendo la amistad con Carmen: “… no tardó en encontrar en ella un apoyo, una consejera que le prodigaba una amistad que no iba a terminar y fue en la vida de Martí un gran auxilio, una fuerza hasta en su obra redentora”.

Mucho se ha hablado de tal relación, mucho más al quedar viuda Carmita en 1885 de un hombre, aunque enfermo, todavía joven (42 años). De tal fecha data la respuesta de Martí a una carta de Victoria Smith Miyares, prima de la protagonista de este relato:

“Tengo un sentido tan exaltado e intransigente de mi propio honor, un hábito tan arraigado de posponer todo interés y goce mío al beneficio ajeno, una costumbre tan profunda de la justicia y una seguridad tan de mi mismo, que le ruego me perdone si soy necesariamente duro, asegurándole que ni mi decoro, ni el de quien por su desdicha esté relacionado conmigo, tendrá jamás nada que temer de mí, ni requiere más vigilancia que la propia mía. Yo sé padecer por todo, Victoria, y consideraría en llano español, una vileza quitar por ofuscaciones amorosas el respeto público a una mujer buena y a unos pobres niños. Puedo afirmar a V., ya que su perspicacia no le ha bastado esta vez a entender mi alma, que Carmita no tiene, sean cualesquiera mis sucesos y aficiones, un amigo más seguro, y más cuidadoso de su bien parecer que yo. Además, debe V. estar cierta de que ella sabría, en caso necesario, reprimir al corazón indelicado que por satisfacer deseos o vanidades tuviese en poco el porvenir de sus hijos. En el mundo, Victoria, hay muchos dolores que merecen respeto, y grandezas calladas, dignas de admiración”.

Casi como postdata, entre los anexos del libro Carmen Miyares, la patriota del silencio, Nydia Sarabia adjunta dos testimonios reveladores. El primero de ellos es de María Teresa Bances y Fernández-Criado (Teté), viuda del hijo del Maestro, quien habla de la admiración que le causó conocer a María Mantilla en ocasión de su asistencia al homenaje que se realizó en enero de 1953 al conmemorarse el centenario de José Martí: “Cuando la vi por primera vez en persona y bastante cerca, me impresionó el parecido que tenía con Pepe Martí, mi esposo, ya fallecido. No podía creer que ese parecido físico guardara relación con Pepe. A medida que la veía conversar con los que la rodeaban, me percataba que en sus ademanes, su sonrisa, su forma hasta de sentarse, aparte del parecido físico como la cara, las manos, eran tan iguales a las de Pepe Martí, que no pude por menos de convencerme que existía un parentesco entre ambos. No obstante mi observación, mi intuición femenina, no fuimos presentadas, y de inmediato abandoné el lugar. En realidad me impactó ese parecido, aunque no tenía nada para probarlo. María Mantilla era una mujer distinguida. Había mucho de ella con mi esposo, Pepe Martí y Zayas-Bazán”.

La autora expresa que ‘Teté’ Bances pidió no se publicara la testificación hasta su fallecimiento, voluntad que fue cumplida.

Martí y María Mantilla.

Más adelante, también entre los adjuntos, aparece una carta aclaratoria de María Mantilla a Gonzalo de Quesada, cuando fueron de su conocimiento las declaraciones que realizara a finales del año 1958, en La Habana, el Dr. Alfredo Vicente Martí y Sáenz, asegurando públicamente en ser nieto de José Martí Pérez, según le había confesado su madre María de la Concepción Sáez, una delicada afirmación de la cual no pudo presentar prueba documental alguna que lo confirmara.

A continuación una síntesis de la misiva de María fechada el 12 de febrero de 1959 en Los Ángeles: “Querido Gonzalo (…) ¿Quién es este señor que ha dejado pasar tantos años sin darse a conocer? Yo, con toda la autorización que poseo le aseguro que nada de esto puede ser verdad. Yo, como usted sabe soy la hija de Martí, y mis cuatro hijos, María Teresa, César, Graciela y Ernesto Romero, son los únicos nietos de José Martí. Desde el año 1880, año en que yo nací Martí vivió en mi casa, rodeándome de infinito amor y protección, hasta el día en el año 1895 que salió para Santo Domingo a juntarse con Máximo Gómez, y luego el famoso desembarco en Cuba. ¿Usted me preguntará por qué este relato mío? Porque tengo que defender el nombre de mi padre, ante los cubanos que veneran el nombre de José Martí (…) Le aseguro que este asunto me ha causado mucho pesar, y realizando que no me queda muchos años más de vida, quiero dar a conocer al mundo este secreto que guardo en el corazón con tanto orgullo y satisfacción (…) Espero me perdone este desahogo del alma, que siento tan necesario en este momento”.

Cuenta Nydia que al enterarse Carmita de la muerte del Apóstol un drama terrible azotó a la familia, que atormentada pasó días horribles. De manera clara le dice a su amiga Irene Pintó de Carrillo: “…este es el más grande de los pesares que ha podido caer sobre mi alma, no sé si podré tener valor para soportar tanto dolor… por el cariño tan grande y desinteresado que nos teníamos”.

A Clarita Pujols, otra de sus amigas, le confiesa: “…¡qué hombre tan grande y qué falta le va a hacer a Cuba y a los cubanos; con dificultad habrá quien pueda llenar este puesto: y para nosotros, para nosotros no tiene tamaño esta desgracia…”.

La biógrafa narra la muerte de Carmen Miyares, ocurrida el 17 de abril de 1925 en New York, ciudad en la que se quedó a vivir después de la caída de Martí en Dos Rios. Allí continuó cooperando con la formación del club patriótico cubano Hijas de Cuba, que reunía a prominentes figuras femeninas de acendrado amor por la Patria. Laboró sin cesar en la recaudación de fondos con los cuales levantar el Tesoro de la Revolución y confeccionar uniformes, banderas y escarapelas que se enviaban a los campos de Cuba Libre. Fue hasta el final de sus días una celosa guardiana de la rica papelería martiana y contribuyó sobremanera en que se conociera públicamente.

En su edición digital del 21 de mayo de 2016, el periódico Vanguardia, en entrevista con el el ganador en 2015 del premio de ensayo de la Casa Víctor Hugo por el trabajo Martí camina por el Père Lachaise, se hace eco de declaraciones del escritor y periodista santaclareño Yamil Díaz Gómez contenidas en esa obra: “Además de su ahijada o de su ‘hija espiritual’, María Mantilla fue la hija biológica de José Martí”.

La afirmación está respaldada por los resultados de la prueba morfológica y antropométrica creada por el doctor Ercilio Vento —método científico que cuenta incluso con el aval del Tribunal Supremo de Justicia como eficaz herramienta para dilucidar casos de filiación a partir del análisis comparativo de imágenes—, mediante la cual el también antropólogo, médico legal, historiador, arqueólogo y escritor matancero reconoce que luego de comparar 66 caracteres antropométricos entre fotos Martí y María Mantilla, estos mostraron un significativo ¡74,3 por ciento! de compatibilidad.

Jorge Mañach, una de las personalidades más notables de la literatura cubana, en una colaboración a la revista Bohemia titulada Los amores y el amor en Martí, que se publicara en marzo de 1954 y aparece recogida en un libro de ensayos sobre el Héroe Nacional cita “…En todas partes ‒confiesa él mismo‒, un alma de mujer ha venido a bendecir y endulzar mi vida exhausta. Añadamos en fin como lo más duradero, las dos Cármenes ‒la esposa legítima y frustrada; la otra ilegítima y lograda…”.

Emilio Roig de Leuchsenring publicó en 1925: “Cuando el correr de los años nos libre de falsos prejuicios resplandecerá la verdad”.

Poco más de un siglo después llegamos a este 2017 con avances en la historia de estas mujeres, dos Carmenes, dos amores, no importa el cauce, redimidas en su inmensa devoción por el Héroe Nacional de Cuba.

viernes, 14 de abril de 2017

Martí para niños, 1889: ver, y creer

“La luz no se ve, y es verdad, como que si se acabase la luz, se rompería el mundo en pedazos, como se rompen allá por el cielo las estrellas que se enfrían. Así hay muchas cosas que son verdad aunque no se las vea. Hay gente loca, por supuesto, y es la que dice que no es verdad sino lo que ve con los ojos. ¡Como si alguien viera el pensamiento, ni el cariño, ni lo que, allá dentro de su cabeza canosa, va hablándose el padre, para cuando haya trabajado mucho, y tenga con qué comprarle caballos como la seda o velocípedos como la luz a su hijo!”

1975, XVIII, 502: ”La última página”, La Edad de Oro (Vol. I, No 4, octubre, 1889).

viernes, 17 de marzo de 2017

Martí, 1876: verdad y virtud

“La inspiración es la anticipación de lo futuro; sólo anticipándose
a él se vive en él. La grandeza está en la verdad, y la verdad en la virtud.”


“La cadena de hierro. Drama de Agustín Cuenca”. Revista Universal. México, 27 de agosto de 1876. Obras Completas. Edición Crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2000. III, 196.

sábado, 25 de junio de 2016

Martí, 1894: "El pueblo más grande..."


“El pueblo más grande no es aquel en que una riqueza desigual y desenfrenada produce hombres crudos y sórdidos, y mujeres venales y egoístas: pueblo grande, cualquiera que sea su tamaño, es aquel que da hombres generosos y mujeres puras. La prueba de cada civilización humana está en la especie de hombre y de mujer que en ella se produce.”

Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VIII, 27: “Honduras y los extranjeros”. Patria, Nueva York, 15 de diciembre de 1894.

sábado, 11 de junio de 2016

Martí, 1884: universidad y cultura

“[En torno a la cuestión del griego y el latín] se concretan dos épocas, - la que muere y la que alborea. La educación ornamental y florida que bastaba en los siglos de definidas aristocracias a hombres cuya existencia proveía la organización injusta e imperfecta de las naciones; la educación literaria y metafísica, último mampuesto de los que creen en la necesidad de levantar, con una clase impenetrable y ultrailustrada, una valla a las nuevas corrientes impetuosas de la humanidad, que por todas partes acometen y triunfan; la educación antigua, de poemas griegos y libros latinos, e historias de Livio y Suetonio, - libra ahora sus últimos combates contra la educación que asoma y se impone, hija legítima de la impaciencia de los hombres, libres ya para aprender y obrar, que necesitan saber cómo está hecha, y se mueve y transforma, la tierra que han de mejorar y de la que han de extraer con sus propias manos los medios del bien universal y del mantenimiento propio.”

Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975: VIII, 429: “Reforma esencial en el programa de las universidades americanas”. La América,Nueva York, enero de 1884.

jueves, 2 de junio de 2016

Martí: "Como niñas en estación de amor..."

“¡Tan enamorados que andamos de pueblos que tienen poca liga y ningún parentesco con los nuestros, y tan desatendidos que dejamos otros países que viven de nuestra misma alma, y no serán jamás – aunque acá o allá asome un Judas la cabeza – más que una gran nación espiritual! Como niñas en estación de amor echan los ojos ansiosos por el aire azul en busca de gallardo novio, así vivimos suspensos de toda idea y grandeza ajena, que trae cuño de Francia o Norteamérica; y en plantar bellacamente en suelo de cierto Estado y de cierta historia, ideas nacidas de otro Estado y de otra historia, perdemos las fuerzas que nos hacen falta para presentarnos al mundo – que nos ve desamorados y como entre nubes – compactos de visión y unos en la marcha, ofreciendo a la tierra el espectáculo ni visto de una familia de pueblos que adelanta a iguales pasos en un continente libre. A Homero leemos: pues, ¿fue más pintoresca, más ingenua, más heroica la formación de los pueblos griegos que la de nuestros pueblos americanos?”

Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VII, 324 - 325: “Agrupamiento de pueblos”. La América, Nueva York, junio de 1883.

lunes, 30 de mayo de 2016

Electo René González Sehwerert Vicepresidente de la Sociedad Cultural José Martí

30 mayo 2016 | + | 


René González en la sede la Unión de Periodistas de Cuba, en septiembre de 2014. Foto: Ricardo López Hevia/Cubadebate.

Tras la consulta a los miembros del Comité Nacional de la Sociedad Cultural José Martí, en cumplimiento de lo establecido en los Estatutos de esa Organización, y a propuesta de su presidente el Dr. Armando Hart Dávalos, fue electo y designado vicepresidente de la misma el Héroe de la República de Cuba compañero René González Sehwerert.

El Dr. Héctor Hernández Pardo, Vicepresidente Primero de la Sociedad Cultural José Martí, dio formalmente la bienvenida al destacado luchador revolucionario en el acto de presentación de René al colectivo de la sede nacional de la Organización, y destacó el honor y la alegría que representa para sus afiliados en todo el país, para las instituciones martianas y para todos los que trabajan por afirmar en el alma y en la conducta de cada cubano el legado del Maestro, contar con la presencia activa y el apoyo de un combatiente de la talla de González Sheweret, uno de los Cinco Héroes que con su inclaudicable resistencia en las entrañas del monstruo pusieron en alto el valor de las ideas.

René, quien de inmediato comenzó a cumplir un programa de encuentros con diferentes instituciones martianas, y los Ministerios de Cultura, Educación Superior y Educación, atenderá en la Sociedad Cultural, entre otras cosas, la labor con los niños y jóvenes, así como el trabajo de los clubes martianos, los consejos municipales y las Juntas Provinciales de la Sociedad Cultural.

domingo, 17 de abril de 2016

Martí: "en la revolución; con la revolución"

“Que dónde estoy? en la revolución; con la revolución. Pero no para perderla, ayudándola a ir por malos caminos! Sino para poner el ella, con mi leal entender, los elementos que, aunque no sean reconocidos al principio por la gente de poca vista o mala voluntad, serán los que en las batallas de la guerra, y en los días difíciles y trascendentales batallas de la paz, han de salvarla”.

José Martí, “Fragmentos”, 119, [1885 – 1895]. Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, tomo 22, p. 73.

viernes, 15 de abril de 2016

Martí: "Buena es, y como higiene de la mente..."

“Buena es, y como higiene de la mente, la crítica que baja a su puesto lo que la imaginación sube, y decanta las ideas y las depura y las espuma, y avienta; les da color con la fantasía, las viste y atropella; pero esta crítica es buena, por ser leal. Se ha de estudiar la obra ajena, no como una mujer fea estudia a una hermosa, que es como los críticos, incapaces casi siempre de crear, estudian a los que crean, sino como un padre estudia a su hija. Y en cuanto supone villanías al virtuoso, como la crítica del Fígaro, es una infamia. Enturbia las fuentes más limpias. Inquieta los ánimos más seguros. Despuebla y desuela. Oscurece las más limpias figuras. Viola y mancha.”

José Martí, “Otros Fragmentos”, 16, [1885 – 1895]. Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, tomo 22, p. 317 - 318.

Martí: "un pueblo vil"

“Quiero que el pueblo de mi tierra no sea como este, una masa ignorante y apasionada, que va donde quieren llevarla, con ruidos que ella no entiende, los que tocan sobre sus pasiones como un pianista toca sobre el teclado. El hombre que halaga las pasiones populares es un vil. – El pueblo que abdica del uso de la razón, y que deja que se explote su país, es un pueblo vil. – Yo no necesito ganar una batalla para hoy; sino que, al ganarla, desplegar por el aire el estandarte de la victoria de mañana, una victoria sesuda y permanente, que nos haga libres de un tirano, ahora y después.-“

José Martí, “Fragmentos”, 119, [1885 – 1895]. Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, tomo 22, p. 73.

sábado, 19 de marzo de 2016

Declaración de Asociaciones, Colectivo y Medios Alternativos de cubanos en Francia

“De altar se ha de tomar a Cuba, para ofrendarle nuestra vida, y no de pedestal, para levantarnos sobre ella”.

José Martí


Nosotros, residentes cubanos en Francia pertenecientes a diferentes asociaciones, colectivo y medios alternativos; apoyamos el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre los gobiernos de Cuba y los Estados Unidos; valorando la decisión del presidente de la nación norteña de viajar a nuestro país como un paso importante en los esfuerzos por avanzar hacia la normalización de las relaciones entre los dos países.

Esperando en esta ocasión los pronunciamientos concretos de Barack Obama con vista a eliminar el injusto bloqueo económico impuesto al pueblo cubano, al igual que la devolución a Cuba del territorio ilegalmente ocupado en Guantánamo.

Condenamos todo tipo de manipulación mediática realizada por los apátridas al servicio de los intereses anexionista de los Estados Unidos; pues como dijera nuestro héroe nacional, José Martí, ”No hay espectáculo, en verdad, más odioso que el de los talentos serviles”.

Obama y su comitiva tendrá la oportunidad de confraternizar con un pueblo heroico que a lo largo de su historia ha demostrado su entereza, dignidad de principio y solidaridad con los pueblos de este mundo.

Si arribamos hoy a este intercambio de relaciones se ha debido a la firmeza, unidad y cohesión de nuestra nación en torno a sus dirigentes y en especial a nuestro Comandante en Jefe, quien nos supo trasmitir el decir de la frase martiana, "Vale más un minuto de pie que una vida de rodillas".



Firman la presente declaración el 19 de marzo de 2016:



Vilma Suárez: Asociación Les Enfants de Cuba.

Felina Bernard: Asociación Habana Club.

Ana K. Martinez, Coordinadora de Cubanos Residentes en Francia.

Virgilio Ponce: Red Social Martianos

Cristóbal Danilo Campos Aveillé: Colectivo entre Amigos, Blog Cayo Hueso

Enviado por el autor a: Martianos-Hermes-Cubainformación


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sábado, 20 de febrero de 2016

Martí: civilización, y barbarie

“[Una joven bachiller lee] un estudio en que se defiende el derecho y capacidad de los egipcios para gobernar su propia tierra, y se acusa de mera cáscara de la ambición inglesa ese pretexto indecoroso con que, como el boa a la paloma, viene desde hace años enroscándose sobre el Egipto; el pretexto de que unos ambiciosos que saben latín tienen derecho natural de robar su tierra a unos africanos que hablan árabe; el pretexto de que la civilización, que es el nombre vulgar con que corre el estado actual del hombre europeo, tiene derecho natural de apoderarse de la tierra ajena perteneciente a la barbarie, que es el nombre que los que desean la tierra ajena dan al estado actual de todo hombre que no es de Europa o de la América europea: como si cabeza por cabeza, y corazón por corazón, valiera más un estrujador de irlandeses o un cañoneador de cipayos, que uno de esos prudentes, amorosos y desinteresados árabes que sin escarmentar por la derrota o amilanarse ante el número, defienden la tierra patria, con la esperanza en Alá, en cada mano una lanza y la pistola entre los dientes. Pero como la libertad vive de respeto, y la razón se nutre en la controversia, edúcase aquí a los jóvenes en la viril y salvadora práctica de decir sin miedo lo que piensan; y oír sin ira y sin mala sospecha lo que piensan otros: de modo que no bien cesan las palmas con que acogemos todos al mantenedor del decoro humano, ya está en la tribuna un bachiller defendiendo el buen derecho de Inglaterra a poner definitivamente manos sobre la gente abandonada de Egipto, y a cogérsela brazada a brazada, como han cogido los Estados Unidos el territorio de los indios.[c:gch]”

Martí, José: Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, Cuba, 1975. VIII, 442: “Una distribución de diplomas en un colegio de los Estados Unidos”. La América, Nueva York, junio de 1884.

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martes, 16 de febrero de 2016

Martí: vivir con decoro

“Poco vale este amigo infeliz e impotente; pero sabe dónde está la virtud, y el modo de conciliarla con las obligaciones de la vida, sin falta a éstas ni a ella. Las almas nacidas para la honradez no tienen conveniencia, ni viven tranquilas, fuera de la honradez. Ancho campo en el mundo hay para vivir con decoro: aquí, o donde lo haya. Ud. me da con su nobleza valor para decirle esto. Tanta fealdad de alma estoy viendo a mi alrededor, que me siento tentado a darle gracias por ser Ud. como es; porque las malas acciones me entristecen, como si las cometiera yo, y las buenas me dan brío para pelear. Aún se puede, Gonzalo. Son algunos los vendidos y muchos los venales, pero de un bufido del honor puede echarse atrás a los que, por hábitos de rebaño, o el apetito de las lentejas, se salen de las filas en cuanto oyen el látigo que los convoca, o ven el plato puesto.”

-- Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VI, 122: Carta a Gonzalo de Quesada, “Nueva York, 16 de noviembre de 1889".


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jueves, 28 de enero de 2016

Raúl Castro, Pepe Mujica y Leonel Fernández encabezaron Marcha de las Antorchas en La Habana

Editado por Julio Pérez


La Habana, 28 ene (RHC) El Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba, General de Ejército Raúl Castro Ruz, encabezó la marcha de las antorchas en homenaje al aniversario 163 del natalicio del Apóstol José Martí, acompañado por los exprimeros mandatarios de Uruguay, José (Pepe) Mujica, y de República Dominicana, Leonel Fernández.

Junto a los jóvenes y el pueblo cubano marcharon en esta tradicional peregrinación desde la escalinata de la Uni­ver­sidad de La Habana hasta la Fragua Mar­tiana, el segundo secretario del Partido Comunista y vicepresidente de los Con­sejos de Es­tado y de Ministros, José Ramón Machado Ven­tura; los miembros del Buró Político, Co­man­dante de la Re­vo­lución Ra­miro Valdés Me­néndez y Merce­des López Acea; así como Jennifer Bello, presidenta de la Federación Es­tudiantil Uni­versitaria, en­tre otros dirigentes cubanos. Además estuvo presente la senadora uruguaya Lucía Topo­lansky, es­­posa de Mujica.

Antes de iniciar la marcha fue depositada una ofrenda floral en el nicho que guarda los restos mortales del líder estudiantil Julio An­tonio Mella y se escucharon las vibrantes palabras de Fidel Castro sobre el compromiso que tenemos los cubanos con las ideas de Martí y el ejemplo de próceres como Maceo.

Esta marcha es el tributo sincero de los pinos nuevos a nuestro Héroe Nacional, ratificó Jenni­fer Bello minutos antes de iniciar el trayecto.

Además, dijo que miles de estudiantes y jóvenes en todo el país recorrieron las calles con la alegría de celebrar también el 90 cumpleaños de Fidel, siendo herederos de su espíritu de lucha y al igual que él, como perennes e inconformes revolucionarios.

El desfile en esta ocasión también fue dedicado el VII Congreso del Partido Comunista, que removerá la acción y el pensamiento en torno a los desafíos del pueblo cubano para alcanzar la prosperidad que garantice la estabilidad social, dijo Bello.

Exhortó a cuidar la esencia de esta Re­vo­lu­ción y resaltó que nuestras antorchas se en­cien­den como respeto a la historia, como mues­tra de fidelidad y lealtad a Cuba.

Una vez en la Fragua Martiana, el Pre­si­dente cubano y la dirigente juvenil depositaron una ofrenda floral al Maestro, a quienes todos los presentes rindieron tributo.

José Martí: un hombre que se levanta para todos los tiempos

La Habana, 28 ene (PL) El legado histórico y universal del Héroe Nacional cubano, José Martí, pervive hoy a 163 años del natalicio del prócer, en un contexto donde su pensamiento deviene guía y promesa de que un mundo mejor es posible.

Martí nació en La Habana el 28 de enero de 1853 y en 42 años de vida hasta su caída en combate en Dos Ríos contra el colonialismo español, su misión más preclara fue la de una existencia marcada por el sacrificio para el advenimiento de una Cuba libre.

Pero más allá de los pormenores de su vida, sin dudas, la vigencia que reviste cada faceta de su ideario hace que el Apóstol -como también se le conoce- sea necesariamente un hombre de todos los tiempos.

Su sensibilidad social se hace notar desde bien temprano cuando en su niñez ve al esclavo azotado y siente como propia la afrenta que representa la injusticia, o cuando ya de adolescente admira la gesta libertaria de 1868 y se convence de que a Cuba sólo le queda el camino de la independencia si desea realmente ser próspera y feliz.

A partir de entonces, sus acciones y sobre todo sus ideas lo llevarán a la cárcel, lo forzarán al destierro, pero lo conducirán también a la inmortalidad.

Martí es el ideólogo de una soñada República Cordial y el intelectual que recuerda que el hombre no tiene ningún derecho especial porque pertenezca a una raza o a otra, porque hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro, porque dígase hombre, y ya se dicen todos los derechos.

El Apóstol, es el vocero además de una América profunda, de esa Nuestra América -como la llamara él- del Bravo a Magallanes, donde conviven el indígena, el africano y el mestizo, junto al criollo o al europeo.

Martí es asimismo el guardián alerta que advierte a la América Latina sobre la existencia del peligroso vecino del Norte (Estados Unidos), del gigante que lleva siete leguas en las botas y que le puede poner la bota encima.

Por ello, al mismo tiempo, se yergue el Apóstol como paladín de la unidad latinoamericana y antimperialista y deviene artífice y precursor de la integración al recordar que los países de la región como los árboles "se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas".

En ese sentido, manifiesta que "es la hora del recuento, y de la marcha unida, y que hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes".

Martí es igualmente referente de altruismo y su noción de que "Patria es humanidad", constituye base para la solidaridad y fundamento esencial de un internacionalismo que caracterizará en lo adelante al pueblo cubano.

El ideal martiano no morirá el 19 de mayo de 1895, pues -rescatado por la Generación del Centenario bajo la guía de Fidel Castro- será germen de la Revolución cubana, que se abocó tras su triunfo en 1959 a la materialización de un proyecto de justicia social que hiciera al fin realidad la tan anhelada República con Todos y para el Bien de todos.

lunes, 25 de enero de 2016

José Martí y las conferencias internacional y monetaria: Alegato por la independencia económica de Nuestra América

Salim Lamrani*
Université de La Réunion (DIRE)


Introducción

A finales del siglo XIX, Estados Unidos había terminado la conquista del territorio continental con la última batalla de Wounded Knee de 1890, que desembocó en otra masacre de los indios Dakota y en otra violación del tratado de paz firmado con ese pueblo. En pleno auge industrial, la nueva potencia estadounidense se encontraba con un excedente de capitales y de productos. Washington empezó entonces a buscar nuevos mercados y organizó del 2 de octubre de 1889 al 19 de abril de 1890 la primera Conferencia Internacional Americana, que agrupó a los representantes de las naciones del continente. El objetivo era aumentar el comercio de Estados Unidos con el resto de América Latina, cuyos intercambios se realizaban sobre todo con Europa, por razones históricas evidentes, y particularmente con Inglaterra, gran potencia económica de la época. Para ello, Washington también deseaba crear una unión aduanera, establecer una red de comunicación más eficiente entre los principales puertos del continente, adoptar una moneda común basada en el patrón plata, uniformar el sistema de pesos y medidas, ajustar los criterios de la propiedad intelectual e instaurar un sistema de arbitraje internacional para solucionar los conflictos entre los países americanos.

Unos meses más tarde, del 7 de enero al 8 de abril de 1891, la Comisión Monetaria Internacional se reunió en Washington para echar las bases de una unión panamericana. Estados Unidos deseaba asentar su hegemonía económica y comercial, y por consiguiente política, en el continente e imponer la plata como moneda de cambio. Como cónsul de la República de Uruguay, José Martí participó activamente en las ocho sesiones de debate y desarrolló una intensa reflexión en las diferentes comisiones. Se afanó por informar a la opinión pública continental de los peligros de una alianza tan estrecha con Estados Unidos e intentó convencer a sus colegas latinoamericanos de que no cedieran a las propuestas de Washington, con el fin de preservar la independencia y la soberanía de América Latina.

Entre el 28 de septiembre de 1889 y el 31 de agosto de 1890, redactó once crónicas detalladas, diez para el diario argentino La Nación, uno de los más importantes de América Latina, y una para el periódico mexicanoEl Partido Liberal. También intercambió tres cartas al respecto con su amigo Gonzalo de Quesada entre el 29 de octubre de 1889 y febrero de 1891 y escribió un largo informe que se publicó en La Revista Ilustrada de Nueva York en mayo de 1891.

En esos escritos de vocación pedagógica, José Martí alerta a América Latina sobre los peligros de una alianza desequilibrada con Estados Unidos y expresa su pensamiento antiimperialista. Los designios hegemónicos de Washington, que empezaba a emerger como principal potencia mundial, eran patentes. Entonces era vital para las naciones hispanoamericanas presentar un frente unido ante esa amenaza.

1. Apertura del Congreso de Washington

En su primer artículo titulado “El Congreso de Washington”, publicado el 28 de septiembre de 1889 en el diario La Nación, José Martí narra sus primeras impresiones sobre la cumbre panamericana.[1] Aunque la mayoría de las naciones latinoamericanas están presentes, 17 en total, faltan varios países. Así, a causa de un diferendo de orden territorial con Estados Unidos, Haití declinó temporalmente la invitación por las pretensiones de Washington sobre la península de San Nicolás, sitio estratégico en el extremo oeste de la isla considerado el “Gibraltar del Caribe”. El presidente haitiano Hippolyte, en pleno conflicto fratricida, dio prueba de firmeza y se negó a ceder dicho territorio al Presidente Benjamín Harrison, que deseaba construir allí una base naval. Del mismo modo la República Dominicana, también en conflicto con Estados Unidos a propósito de la Bahía de Samaná de la cual deseaba apoderarse, no asistió a la Conferencia Internacional y hubo represalias económicas por parte de Washington. Otros países, como Paraguay, estaban ausentes, sin mencionar a Cuba y Puerto Rico, entonces colonias españolas.

Antes del inicio de las sesiones de noviembre, Estados Unidos organizó un viaje de un mes a través del país para mostrar a los huéspedes la “grandeza y esplendidez de las ciudades” y las “industrias”. El objetivo era convencer a América Latina para que fuese el principal socio comercial de Estados Unidos aunque sus productos eran “más caro[s], sin ser en todo mejor[es]”. Martí denuncia las condiciones que desea imponer Washington a los pueblos del Sur y advierte a sus compatriotas de la trampa de una alianza comercial que no se basaría en la reciprocidad, el respeto mutuo y la no injerencia en los asuntos de las naciones hispanoamericanas. Así, para ser socio comercial del vecino del Norte, los países latinoamericanos tienen que someter su política exterior comercial o diplomática a la voluntad de Estados Unidos y por lo tanto renunciar a su independencia y a su soberanía. Tienen que comprometerse “a no recibir ayuda ni aceptar tratos de ningún otro pueblo del mundo”.[2]

Washington impondría ese tipo de condiciones a Cuba en 1901. Así, tras la intervención militar estadounidense en la Guerra de Independencia de Cuba en 1898, los cubanos, contra su voluntad, tuvieron que integrar la enmienda Platt a la nueva Constitución. Además de autorizar la intervención militar de Estados Unidos en los asuntos internos cubanos, ese apéndice de ocho puntos, redactado por el senador Orville H. Platt, estipulaba, entre otros, que La Habana no podía establecer relaciones económicas, comerciales, financieras o diplomáticas con otras naciones sin el consentimiento de la Casa Blanca.[3]

Desde el inicio, ese Congreso estaba condenado al fracaso, según Martí, pues sólo era la “bandera de la campaña presidencial” estadounidense y simbolizaba la lucha entre el presidente saliente Benjamín Harrison (1889-1893) y su sucesor Groover Cleveland (1893-1897). No obstante, constituirá “el recuento del honor, en que se vea quienes defienden con energía y mesura la independencia de la América española, donde está el equilibrio del mundo”.[4]

Los embajadores de las naciones latinoamericanas son representativos de todas las actitudes y todas las corrientes ideológicas, ilustrando así la falta de unidad mencionada por Martí. El espectro es amplio. Por una parte, se encuentra el lacayo “con los labios fríos como dos monedas de oro” que considera a Estados Unidos como su patria y piensa que Washington “va a poner en la riqueza y en la libertad a los pueblos que no la saben conquistar por sí propios”. Por otra parte, están “los de alma americana”, como el embajador de Honduras Jerónimo Zelaya, que celebra con “elocuente pasión beldad o fuerza su patria centroamericana”. Favorable a la unión de las naciones latinoamericanas, “es de los que quieren resucitar de la tumba de Morazán a Centroamérica”. Martí se refiere al general José Francisco Morazán Quesada, Presidente de la República de Honduras de 1827 a 1830, de Guatemala en 1829, de la República Federal de América Central de 1830 a 1834 y de 1835 a 1839, del Salvador en 1839 y 1840 y de Costa Rica en 1840. Líder del Movimiento liberal, partidario de la integración regional, Morazán fue una importante figura de la vida política centroamericana del siglo XIX y sigue siendo un símbolo de la voluntad de emancipación de los pueblos[5].

Martí no rechaza el comercio ni el mundo de los negocios. Sólo exige que sea “libre y natural”, que favorezca a todos los actores y que no sirva de herramienta para encadenar a los pueblos y saquear los recursos del continente. “La mano extranjera” no ha de atar a los pueblos del Sur con “cemento de espinas”.[6]

La mirada condescendiente y despectiva de la prensa estadounidense sobre América Latina, sea el Mail and Express de Nueva York, el Herald, el Tribune o el Sun, convencida de que “ha llegado la hora de hacer sentir [su] influencia en América”, es emblemática de la mentalidad del Congreso. No se trata de un intercambio o un diálogo basado en el entendimiento cordial y el respeto mutuo. Al revés, Washington está presente para aleccionar a América Latina, cuyo papel se limitará a aprobar, aplaudir y mostrarse reverenciosa. El cónsul de la República de Uruguay enumera los golpes bajos que da Estados Unidos. El secretario de Estado Blaine se impuso como Presidente del Congreso sin ser siquiera miembro del mismo. En vano protestó Vargas, el representante chileno: Hubo “esgrima, intriga, calumnia[7]”.

2. La resistencia necesaria

A pesar de su deber de reserva, al que debe someterse como diplomático, José Martí no vacila en expresar claramente sus temores y en alertar a sus compatriotas. Fiel a su adagio según el cual “la palabra no es para encubrir la verdad, sino para decirla”, el cubano siente que debe informar a los pueblos del Sur:

Jamás hubo en América, de la Independencia acá, asunto que requiera más sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso, que el convite que los Estados Unidos potentes, repletos de productos invendibles, y determinados a extender sus dominios en América, hacen a las naciones americanas de menos poder, ligadas por el comercio libre y útil con los pueblos europeos, para ajustar una liga contra Europa, y cerrar tratos con el resto del mundo. De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia[8].

Martí llama a la vigilancia y la prevención. No hay que callar los peligros que amenazan al continente: “Lo primero en política, es aclarar y prever”. Frente a las ambiciones imperialistas de Washington hace falta “una respuesta unánime y viril”. Sin unión, América Latina caerá en la sumisión que le reserva el “Norte revuelto y brutal”. Martí no descarta la posible traición de “repúblicas venales o débiles” sometidas a Estados Unidos. Hace falta resistir a “la política secular y confesa de predominio de un vecino pujante y ambicioso” que ha extendido su influencia en todo el continente y quiere obligarlo “a comprar lo que no puede vender” y a “cortar por la intimidación sus tratos con el resto del universo, como en Colombia”. Martí alude aquí al Tratado Mallarino-Bidlack de 1846 entre la República de Nueva Granada y Estados Unidos que obligó a Bogotá a ceder el uso del canal de Panamá a Washington[9].

Firme defensor de los oprimidos, Martí se siente afligido por la realidad de la segregación racial que afecta a Estados Unidos y brinda su testimonio en una crónica publicada en noviembre de 1889. Es golpeado por el incesante ballet de los hombres de color que están al servicio de los delegados: “Los negros van y vienen, diez para cada huésped, cepillo en mano”.[10] Según él, América Latina no debe esperar nada de una nación que condena a semejante ostracismo a una parte de sus hijos y “que no vio crimen en dejar a una masa de hombres, so pretexto de la ignorancia en que la mantenían, bajo la esclavitud”.[11]

Martí recuerda la realidad histórica. Durante la epopeya independentista de América Latina, los pueblos emancipados conquistaron su libertad por sus propios esfuerzos, sin el concurso del Vecino del Norte. Aún más, Washington “exigió que los ejércitos del Sur abandonasen su proyecto de ir a redimir las islas americanas del golfo de la servidumbre de una monarquía europea”. El Apóstol alude aquí al proyecto de Gran Colombia y México de 1824 de montar una expedición bajo el liderazgo de Simón Bolívar para liberar a Cuba y Puerto Rico. Estados Unidos, con sus proyectos anexionistas para los dos archipiélagos, los cuales deseaba integrar a su Unión, había expresado con vehemencia su oposición a tal iniciativa[12].

“Acababan de unirse, con no menor dificultad que las colonias híbridas del Sur, los trece Estados del Norte y ya prohibían que se fortaleciese, como se hubiera fortalecido y puede fortalecerse aún, la unión necesaria de los pueblos meridionales, la unión posible de objeto y espíritu, con la independencia de las islas que la naturaleza les ha puesto de pórtico y guarda”. América Latina no puede confiar en una potencia que se opone a la libertad de todos los pueblos del Sur y que usurpó a México más de la mitad de su territorio. De Thomas Jefferson a John Quincy Adams, pasando por Clay o Webster, todos los expansionistas declararon su voluntad de someter al continente. Sería entonces peligroso vincular su suerte con la de “un pueblo rapaz de raíz, criado en la esperanza y certidumbre de la posesión del continente”.[13]

Estados Unidos se caracteriza por “su ambición de pueblo universal”, su “producción falsa” que incrementa sin cesar “para que no decaigan su influjo y su fausto”. Martí exhorta a América Latina a que no se deje sumergir por esa dominación y se oponga a esa forma de opresión: “Urge ponerle cuantos frenos se puedan fraguar, con el pudor de las ideas […] y la declaración de la verdad”. Hay una razón para ello: “La simpatía por los pueblos libres dura hasta que hacen traición a la libertad; o ponen en riesgo la de nuestra patria”.[14]

El discurso inaugural de Blaine estuvo marcado por la condescendencia “imperial”, según Martí. El Maestro recuerda los crímenes que cometió el secretario de Estado en América Latina, particularmente en Chile y en Perú, “quien perturbaba y debilitaba a los vencidos, con promesas que no les había de cumplir”. Ese Congreso americano que organiza Washington sólo es una cortina de humo detrás de la cual se disimulan el capital y los intereses de las multinacionales, que desean apoderarse de las riquezas del continente, controlar el comercio y encontrar nuevos mercados, con la complicidad de los políticos locales corruptos. Martí recuerda un lema de la época que repetía el mundo de los negocios respecto a la construcción de un canal en América Central: “O por Panamá, o por Nicaragua, o por los dos, porque los dos serán nuestros”.[15]

Este Congreso marca “el planteamiento desembozado de la era del predominio de los Estados Unidos sobre los pueblos de la América”, y no hay que fiarse de “la aparente mansedumbre de la convocatoria” que no es más que una “primera tentativa de dominio”. Esta reunión no puede disociarse de los planes imperiales de la Casa Blanca que desea aplastar a América Latina y ello se ve “en el exceso impropio de sus pretensiones”. Hay una realidad innegable: “Los pueblos más débiles e infelices de América […] son, fuera de México, tierra de fuerza original, los pueblos más cercanos a los Estados Unidos”. José Martí piensa claramente en la suerte de su patria, aún bajo el yugo del colonialismo español, que no deja de suscitar las apetencias de Washington.[16]

Martí llama a la reflexión. ¿Cuáles son los verdaderos intereses de los pueblos de Bolívar? Las dos Américas son distintas. ¿Acaso no valdría establecer las relaciones sobre bases libres “como amigas naturales”? Sería peligroso someterse “a un pueblo de intereses distintos, composición híbrida y problemas pavorosos, resuelto a entrar, antes de tener arreglada su casa, en desafío arrogante, y acaso pueril, con el mundo”. Los pueblos de América Latina no deben “abdicar su soberanía” en favor de una potencia que “no les ayudó jamás”. Martí exhorta a sus compatriotas a no firmar un pacto con el diablo. Al revés, hace falta “vivir en la salud de la verdad, sin alianzas innecesarias con un pueblo agresivo”, “un pueblo que comienza a mirar como privilegio suyo la libertad, que es aspiración universal y perenne del hombre, y a invocarla para privar a los pueblos de ella”.[17]

3. El arbitraje

Para José Martí, conviene no fiarse de las apariencias exteriores, no “ver las cosas en la superficie”, sino al contrario, analizar cuidadosamente la realidad.[18] En apariencia, los objetivos buscados por el Congreso son nobles, sea la cuestión de la unión aduanera, la creación de una red de comunicación eficiente entre los puertos americanos, la adopción de una moneda común, la uniformidad del sistema de pesos y medidas, la extradición de criminales o el arbitraje de los diferendos.

Pero la realidad es otra y un abismo separa la retórica de Estados Unidos y su acción. Martí cita como ejemplo la actuación de Washington en Haití que, en vez de intervenir como mediador pacífico en plena guerra civil, eligió “proveer de armas al bando que le ha ofrecido cederle la península de San Nicolás, para echar del país al gobierno legítimo, que no se la quiso ceder”. El diplomático Martí deja de lado las conveniencias para expresar su pensamiento. Conviene desconfiar de ese pueblo que se autoproclama rey, en nombre de una “moralidad geográfica” y que intenta apoderarse de la isla de Cuba. “¿Y han de poner sus negocios los pueblos de América en manos de su único enemigo?”, pregunta Martí. Para él, la respuesta es evidente. América Latina debe resistir, unirse “y merecer definitivamente el crédito y respeto de naciones”.[19]

No hay diferencias entre Demócratas y Republicanos. En el caso de Haití, los Demócratas, a pesar de su fama de moderados, “iniciaron la misma política de conquista que los Republicanos”. Martí recuerda que los Demócratas de Thomas Jefferson lanzaron la política de expansión con la adquisición de la Luisiana (2 millones de km²) en 1803, vendida por Francia por la irrisoria suma de 15 millones de dólares.[20]

América Latina no puede aliarse conscientemente con una nación que intenta transformar a Haití y la República Dominicana en protectorados, que se obsesiona por adueñarse de Cuba para integrarla en su seno, que se apoderó de las riquezas de América Central, que quiere tomar el control de Nicaragua para construir allí un canal, que fomenta la discordia entre países hermanos (México, Costa Rica, Colombia) y que se extendió en Alaska desde 1867, comprada a Rusia.

Martí fustiga las complicidades locales en referencia a “un pretendiente a la presidencia en Costa Rica, que prefiere a la unión de Centroamérica la anexión a los Estados Unidos”. El Maestro alerta contra “la admiración ciega, por pasión de novicio o por falta de estudio” por Estados Unidos, pues “es la fuerza mayor” sobre la cual cuenta Washington para imponer su dominio. “La admiración justa por la prosperidad de los hombres liberales y enérgicos” no puede justificar los crímenes y los atentados contra la libertad de los demás pueblos. “¿O son los pueblos de América estatuas de ceguedad” incapaces de ver las maniobras del poderoso vecino? “¿A qué ir de aliados, en lo mejor de la juventud, en la batalla que los Estados Unidos se preparan a librar con el resto del mundo?”. Conviene resistir a la empresa hegemónica de Estados Unidos en todo el continente y oponerle una “política de la dignidad”.[21]

En su reflexión del 31 de marzo de 1890 en el diario La Nación, José Martí se congratula de la unión que mostraron los delegados latinoamericanos frente a las pretensiones de Estados Unidos, particularmente sobre la cuestión del arbitraje, en la cual Washington deseaba imponer su tutela. Los intentos de Blaine de conseguir el apoyo de algunas naciones fracasaron y la condescendencia y la prepotencia de la delegación estadounidense irritaron fuertemente a los embajadores del Sur.[22] La prensa estadounidense reconoció la prevalencia latinoamericana subrayando “la victoria patente y completa del pensamiento hispanoamericano sobre arbitraje, marcadamente opuesto al pensamiento de los Estados Unidos”.[23]

Martí indica a sus compatriotas la vía a seguir: “Los pueblos castellanos de América han de volverse a juntar pronto […]. El corazón se lo pide”. La expresión de resistencia frente a los intentos de división que orquestó Washington conforta a Martí en su misión de precursor y de pedagogo. “Vale más resguardarse juntos de los peligros de afuera, y unirse antes de que el peligro exceda a la capacidad de sujetarlo”.[24] Los esfuerzos tuvieron éxito y Martí relata la victoria de los pueblos del Sur: “La unión de los pueblos cautos y decorosos de Hispanoamérica, derrotó el plan norteamericano de arbitraje continental y compulsorio sobre las repúblicas de América, con tribunal continuo e inapelable residente en Washington”.[25]

Martí se felicita de la resistencia de las naciones latinoamericanas: “La conferencia de naciones pudo ser, a valer los pueblos de América menos de lo que valen, la sumisión humillante y definitiva de una familia de repúblicas libres […] a un poder temible e indiferente, de apetitos gigantescos y objetos distintos. Pero ha sido, ya por el clamor del corazón, ya por el aviso del juicio […] la antesala de una gran concordia”. Las ambiciones de las dos Américas son disímiles. Mientras que la América sajona “quiere ponerse sobre el mundo”, América Latina “le quiere abrir los brazos”.[26]

4. La unión aduanera

Para eliminar a Inglaterra, su rival comercial, e imponer su dominio en el continente, Estados Unidos lanzó la idea de una unión aduanera panamericana. José Martí expresó inmediatamente su oposición al proyecto. En efecto, la unión aduanera tenía como objetivo inundar a América Latina de excedentes de producción de Estados Unidos y arruinaría las economías locales. El único objetivo que buscaba el poderoso vecino era encontrar “acomodo a los sobrantes” y deseaba que sus “vecinos se priv[as]en de todo, o de casi todo”, particularmente de las rentas aduaneras en su propio beneficio.[27]

Martí señala que sólo se pide sacrificios a América Latina a la que se intimida para que baje sus aranceles mientras Washington los aumenta para los productos de América Latina como la lana suramericana, el cobre chileno, el plomo mexicano o el azúcar cubano. Así, Estados Unidos “exige además la sumisión” imponiendo sus productos y excluyendo los del Sur. Se requiere a los países de América Latina que liberalicen su comercio cuando la Casa Blanca impone medidas proteccionistas para preservar su producción[28] –impuestos de un 60% a la lana argentina– y esa ausencia de reciprocidad por parte de los Estados Unidos “pletóricos y desdeñosos” es inaceptable.[29]

Según Martí, Washington hace un regalo envenenado a América Latina. La unión comercial que propone el poderoso vecino del Norte es un mal negocio. Está destinada a someter a las naciones del Sur, atando sus economías a la de Estados Unidos, privándolas de todo margen de maniobra y reduciendo singularmente su independencia económica. El continente no debe limitarse al papel de simple suministrador de materias primas baratas y constituir un mercado seguro para los productos manufacturados estadounidenses. Resulta vital preservar las relaciones comerciales, basadas en la reciprocidad y el beneficio mutuo, con Europa y el resto del mundo. En caso contrario, al atar su suerte a la de la economía estadounidense, América Latina volverá a la esclavitud y la dependencia.

La unión aduanera y la eliminación eventual de las barreras al comercio y de los impuestos sobre las importaciones privarían los países latinoamericanos de una importante fuente de ingresos y de divisas necesarias para la adquisición de bienes y servicios y el desarrollo nacional. Del mismo modo, la penetración masiva de productos estadounidenses arruinaría la industria local, que no podría resistir a la competencia desleal de las mercancías importadas. Por otra parte, semejante unión ocasionaría la llegada masiva de capitales extranjeros que se apoderarían de todos los sectores de la economía nacional.

Washington no conseguiría imponer la unión aduanera pero lograría establecer años más tarde con América Latina los famosos tratados de reciprocidad, tan defendidos por Blaine, que materializarían los temores de José Martí y los cuales Cuba sufriría a partir de 1903. Luego los tratados de libre cambio firmados de modo bilateral entre Estados Unidos y las naciones latinoamericanas inaugurarían la era del neocolonialismo estadounidense y tendrían consecuencias catastróficas para las economías del Nuevo Mundo. La entrada en vigor de la ALENA en 1994 entre Canadá, Estados Unidos y México sería emblemática. La economía mexicana, sea el sector agrícola, industrial o de los servicios, ha sido totalmente devastada y no ha podido resistir a la competencia de los productos estadounidenses. Las consecuencias sociales han sido trágicas con el aumento del desempleo, la precariedad y la pobreza.

Al respecto, Martí recordaría que el deber de todo hombre libre es ubicarse al lado de los marginados, los aplastados y los humillados: “¡Malhaya el que teme verse solo, o acompañado de los humildes, cuando tiene una idea noble que defender, y los de cuenta de banco y botín de charol están del lado de los que la sofocan o abandonan!”[30] Martí se refería al proyecto de ley debatido en el Senado cuyo objetivo era deportar a las poblaciones negras de Estados Unidos a África o a América Latina y subraya la decadencia de la sociedad estadounidense: “convida a los norteamericanos negros a expatriarse, a salir de su patria para siempre, para que no tengan que tratarlos como hombres, y sentarse a su lado en los carros, los norteamericanos blancos”.[31]

5. Prohibición de la guerra de conquista

Durante la sesión de abril de 1890, los países del Sur propusieron un proyecto de resolución que condenaba las guerras de conquista. Ésas “serían actos injustificables de violencia y despojo” y “la inseguridad del territorio nacional conduciría fatalmente al sistema ruinoso de la paz armada”. Entonces, “la conferencia acuerda resolver: Que la conquista quede eliminada para siempre del derecho público americano: Que las cesiones territoriales serán insanablemente nulas si fuesen hechas bajo la amenaza de la guerra o la presión de la fuerza armada: Que la nación que las hiciese, podrá siempre recurrir al arbitraje para invalidarlas: Que la renuncia del derecho de recurrir al arbitraje carecerá de valor y eficacia, cualesquiera que fuesen la época, circunstancias y condiciones en que hubiere sido hecha”.[32]

Sin sorpresa, la delegación estadounidense expresó su firme oposición a la adopción de la resolución, que contradecía sus designios expansionistas. Washington no dio explicaciones a los embajadores latinoamericanos. El senador Ingalls mostró más franqueza en una entrevista al diario World: “Dentro de poco todo el continente será nuestro, y luego todo el hemisferio”.[33]

Quintana, representante de Argentina y autor del proyecto, recibió las felicitaciones de todas las delegaciones por defender con vehemencia y pasión el derecho a la paz. Martí, “americano sin patria, hijo infeliz de una tierra que no ha sabido aún inspirar compasión a las repúblicas de que es centinela natural, y parte indispensable”, resultó conmovido por “aquel arrebato de nobleza”. Todas las delegaciones latinoamericanas, con la excepción de Chile que eligió la abstención, por su conquista de una parte de Bolivia, aprobaron la resolución. “¿Por qué los Estados Unidos son los únicos en oponerse?”, pregunta Martí.[34] La respuesta resulta evidente. En un último esfuerzo, Washington propuso limitar la vigencia de la resolución a veinte años, petición que las distintas delegaciones aceptaron en nombre del consenso, algo que lamentó el Maestro.

La historia mostraría rápidamente que Estados Unidos no respetaría ni siquiera ese compromiso de veinte años ya que menos de una década después se apoderaría por la fuerza de la isla de Cuba y de Puerto Rico durante su intervención en la Guerra de Independencia contra España.

6. Un ineludible fracaso

El Congreso llegó a su término con una constatación de fracaso.[35] Los delegados latinoamericanos se dieron cuenta de que sólo se trataba de un “ardid electoral” en la lucha que oponía a los dos candidatos a la presidencia. José Martí se alegró de la lucidez de sus compatriotas. Ese encuentro permitió por lo menos que todos tomaran conciencia de los verdaderos objetivos de Washington y acercase a los pueblos. Así, los embajadores “vuelven a Centro América, los de los cinco países, más centroamericanos de lo que vinieron, porque al venir se veían de soslayo unos a otros, y ahora se van juntos como si comprendieran que este modo de andar les va mejor”.[36]

El desdén del Norte hacia las repúblicas latinoamericanas se expresó en la revista militar en la Casa Blanca antes del regreso de las delegaciones a sus respectivos países. Martí apuntó en su crónica del 5 de mayo de 1890 que no se autorizó a las esposas de los embajadores a entrar en el recinto presidencial. Fueron abandonadas “al fuego del sol en los carruajes descubiertos, ni les llevaron a los coches la limonada republicana, ni salió a recibir a sus huéspedes la esposa del Presidente, que miraba de atrás de una cortina, ni saludó el Presidente a las señoras”.[37]

7. Intercambios epistolares con Gonzalo de Quesada

José Martí había previsto hacer del Congreso una tribuna a favor de la independencia de Cuba. Es lo que refleja el intercambio epistolar con su amigo Gonzalo de Quesada. En una carta del 29 de octubre de 1889, Martí hizo una constatación lúcida de los resultados del encuentro de Washington y no se hace ilusiones: “ésta del congreso, de donde nada práctico puede salir, a no ser lo que convenga a los intereses norteamericanos, que no son, por de contado, los nuestros”. Puso en guardia contra las artimañas tramadas por “el vecino codicioso”: “Creo, en redondo, peligroso para nuestra América o por lo menos inútil, el Congreso Internacional”.[38]

La única resolución aceptable para los patriotas sería una que garantizaría “a Cuba su absoluta independencia”. El principal opositor a semejante texto sería desde luego Estados Unidos que deseaba apoderarse de la Perla de las Antillas y sólo esperaba la descomposición de la isla: “Eso espera este país, y a eso debemos oponernos nosotros” pues “una vez en Cuba los Estados Unidos ¿quién los saca de ella?”[39]

En otra misiva, de diciembre de 1889, Martí denunció de modo profético el proyecto de intervención militar de Estados Unidos en Cuba, que se realizaría en 1898: “Sobre nuestra tierra, Gonzalo, hay otro plan más tenebroso que lo que hasta ahora conocemos y es el inicuo de forzar a la Isla, de precipitarla a la guerra para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella. Cosa más cobarde no hay en los anales de los pueblos libres: Ni maldad más fría”.[40]

8. Informe para La Revista Ilustrada

En mayo de 1891, en La Revista Ilustrada de Nueva York, José Martí publicó un largo informe sobre la Conferencia Internacional y las conclusiones que adoptó la Comisión Monetaria Internacional que nació del primer encuentro. Martí recordó el génesis. En mayo de 1888, el Presidente de Estados Unidos convidó a todas las naciones de América Latina y al reino de Hawái a una Conferencia Internacional en Washington para establecer una moneda común basada en el patrón plata que tendría un “uso forzoso en las transacciones comerciales recíprocas de los ciudadanos de todos los Estados de América[41]”.

Desde 1873, el valor del metal plata se había depreciado de modo sustancial tras la decisión de Washington de suprimir el dólar plata. En vísperas de las elecciones presidenciales estadounidenses, los lobbiesmineros presionaron a los dirigentes para revalorizar dicho metal. En abril de 1890, la Conferencia Internacional Monetaria crea una Comisión Monetaria encargada de estudiar las modalidades de la elaboración de esa moneda plata (cantidad, valor, relación entre los patrones oro/plata). En 1891, Estados Unidos se encontraba en plena lucha entre los lobbies del Oeste ligados al sector minero, favorables al bimetalismo, y los del Este que representaban al sector financiero vinculado al comercio, la industria y la banca, partidarios de la paridad dólar/oro. Washington propuso no obstante a la Comisión, que vino “a cumplir lo que se había recomendado”, estudiar las posibilidades durante las ocho sesiones de trabajo que se desarrollaron entre enero y abril de 1891.

Martí declaró su escepticismo, pues durante los debates de la Comisión, “lo uniforme no era allí la moneda, sino la duda”, para ilustrar la justificada desconfianza de los países del Sur. Si el proyecto era loable pues “La América ha de promover todo lo que acerque a los pueblos, y de abominar todo lo que los aparte”, la elaboración del bimetalismo no suscita la unanimidad entre las repúblicas latinoamericanas, a causa de la oposición de algunas potencias europeas que son importantes socios comerciales del Nuevo Mundo. Así Argentina, cuyo principal socio comercial era Inglaterra, favorable al monometalismo oro, se opuso al proyecto. Conviene recordar que hasta los años de 1920 Inglaterra era el principal inversionista en América Latina. Personalmente, Martí estaba favorable con tal de que se estableciera una relación fija entre el oro y la plata, que se controlara la producción para evitar una depreciación de la plata y que hubiera un consenso entre las naciones. Dado que no estaban reunidas dichas condiciones, no había llegado la hora de semejante unificación.

Por otra parte, Martí desconfiaba de las verdaderas intenciones de Washington. No había que fiarse de las apariencias pues “en la política, lo real es lo que no se ve”. Así, “a todo convite entre pueblos hay que buscarle las razones ocultas”. La unión sólo puede realizarse sobre bases de una comunidad de intereses y “los pueblos menores, que están aún en los vuelcos de la gestación, no pueden unirse sin peligro con los que buscan un remedio al exceso de productos de una población compacta y agresiva”. “En la vida común, las ideas y los hábitos han de ser comunes”. Ahora bien, todo separa las dos Américas y un cordero no puede aliarse a un cóndor sin peligro. ¿Cómo América Latina puede echar su suerte con la nación que “consumió la raza nativa, fomentó y vivió de la esclavitud de otra raza y redujo o robó los países vecinos?”

Martí se muestra implacable con Estados Unidos de quien fustiga los abusos, la condescendencia y la arrogancia: “Creen en la necesidad, en el derecho bárbaro, como único derecho: ‘esto será nuestro, porque lo necesitamos’. Creen en la superioridad incontrastable de ‘la raza anglosajona contra la raza latina’. Creen en la bajeza de la raza negra, que esclavizaron ayer y vejan hoy, y de la india, que exterminan”.

Mientras Estados Unidos muestre su ignorancia verificada sobre las realidades latinoamericanas, sólo sentirá desprecio para con los pueblos del Sur. Con tales condiciones, “¿pueden los Estados Unidos convidar a Hispanoamérica a una unión sincera y útil para Hispanoamérica? ¿Conviene a Hispanoamérica la unión política y económica con los Estados Unidos?” Para Martí, la respuesta es categóricamente negativa. Hay una razón para ello: “Quien dice unión económica, dice unión política. El pueblo que compra, manda. El pueblo que vende, sirve. Hay que equilibrar el comercio, para asegurar la libertad. El pueblo que quiere morir, vende a un solo pueblo, y el que quiere salvarse, vende a más de uno. El influjo excesivo de un país en el comercio de otro, se convierte en influjo político. […] Cuando un pueblo fuerte da de comer a otro, se hace servir de él”.

Por consiguiente, América Latina debe imperativamente emanciparse de la tutela comercial de Estados Unidos si no quiere encontrarse irremediablemente sumisa. Debe hacer alarde de una unión sagrada pues “lo primero que hace un pueblo para llegar a dominar a otro, es separarlo de los demás pueblos”. La dependencia, sea económica o comercial, es irreparablemente sinónimo de subordinación: “El pueblo que quiera ser libre, sea libre en negocios. Distribuya sus negocios entre países igualmente fuertes. Si ha de preferir a alguno, prefiera al que lo necesite menos, al que lo desdeñe menos”. De ningún modo puede ser “el Norte revuelto y brutal que los desprecia”. La cercanía geográfica no obliga para nada a una unión comercial, es decir a una unión política.

América debe preservar su relación comercial con Europa y diversificarla para no caer en la trampa de la dependencia del “vecino codicioso”. La unificación monetaria mediante el patrón plata es deseable si el objetivo es llegar a “la paz igual y culta” entre los pueblos, si es que “acerque a los hombres y les haga la vida más moral y llevadera”. Pero, de ninguna forma, debe ser una herramienta de dominación ni de guerra comercial contra Europa. Debe conseguir la unanimidad entre socios comerciales y no imponerse por la fuerza: “Si los países de Hispanoamérica venden principalmente, cuando no exclusivamente, sus frutos en Europa, y reciben de Europa empréstitos y créditos, ¿qué conveniencia puede haber en entrar, por un sistema que quiere violentar al europeo, en un sistema de moneda que no se recibiría, o se recibiría depreciada, en Europa?” Para Martí, el sistema debe servir el interés de la comunidad internacional y no sólo de los productores de plata estadounidenses.

Conclusión

Las dos conferencias que convocó Estados Unidos estuvieron condenadas al fracaso. Nada salió salvo la constitución formal de una Unión Internacional de Repúblicas Americanas. Las reflexiones de José Martí, intelectual infalible capaz de adivinar los peligros relacionados con una dependencia demasiado estrecha con Estados Unidos, sobre esas reuniones son emblemáticas de su pensamiento antiimperialista. Usando su talento pedagógico, su manifiesta lucidez y su capacidad de persuasión, el revolucionario incorruptible logró desvelar los planes maquiavélicos del “vecino codicioso” y consiguió una victoria política simbólica sobre Estados Unidos. Aunque actuó como representante de la República de Uruguay, no dejó de defender “los derechos patentes de [los] países americanos”.[42]

La historia ha dado razón al precursor de la unión continental y se justifican sus advertencias. Así hoy, las multinacionales estadounidenses controlan una gran parte del mercado mundial y ejercen una fuerte influencia en la vida política de muchos países de América Latina y del Tercer Mundo, e incluso de los países desarrollados. Esa innegable injerencia tiene una fuerte incidencia en la soberanía de las naciones del mundo. El capital financiero estadounidense está implicado en la inmensa mayoría de los golpes de Estado que derrocaron gobiernos democráticos, populares y reformistas en América Latina e impuso sangrientas y represivas dictaduras en el siglo XX.

Aunque Estados Unidos no logró imponer el patrón plata como moneda única a finales del siglo XIX, el fracaso sólo fue temporal y la futura victoria superó todas las esperanzas. En efecto, desde 1944 y los acuerdos de Bretton Woods, Washington logró imponer el dólar como moneda de referencia en el mercado mundial con una relación nominal con el oro. Así, la masa monetaria en circulación en el mundo se garantizaba con reservas en oro. Estados Unidos dibujó así el nuevo sistema financiero internacional que le permite una dominación total sobre el resto del mundo. La suspensión de la convertibilidad dólar/oro en 1971, a causa de la falta de reservas suficientes, confirmó la hegemonía estadounidense en el campo financiero y monetario, indiscutida hasta hoy a pesar de la emergencia de otras monedas como el euro o el yuan. Así, gracias a la imposición de su sistema monetario, Estados Unidos ejerce un control sobre las economías de los países del Sur y sanciona a las naciones díscolas, como lo ilustra el caso de Cuba hoy.

*Doctor en Estudios Ibéricos y Latinoamericanos de la Universidad Paris Sorbonne-Paris IV, Salim Lamrani es profesor titular de la Universidad de La Reunión y periodista, especialista de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Su último libro se titula Cuba, the Media, and the Challenge of Impartiality, New York, Monthly Review Press, 2014, con un prólogo de Eduardo Galeano. http://monthlyreview.org/books/pb4710/ Contacto: lamranisalim@yahoo.fr ; Salim.Lamrani@univ-reunion.fr Página Facebook: https://www.facebook.com/SalimLamraniOfficiel


[1] José Martí, «El Congreso de Washington», La Nación, 28 septiembre de 1889. (Todos los documentos citados en este artículo se encuentran en la Biblioteca Ayacucho: http://www.bibliotecayacucho.gob.ve/fba/index.php?id=97&backPID=103&begin_at=16&tt_products=15 (sitio consultado el 20 de abril de 2015)

[2] Ibid.

[3] Enmienda Platt. http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/01371529900164820760035/p0000001.htm (sitio consultado el 20 de abril de 2015).

[4] José Martí, «Carta al Director», La Nación, 2 de noviembre de 1889.

[5] José Martí, «El Congreso de Washington», La Nación, 28 septiembre de 1889, op. cit.

[6] Ibid.

[7] José Martí, « El Congreso de Washington », La Nación, 4 octobre 1889.

[8] José Martí, «El Congreso de Washington», La Nación, 2 de noviembre de 1889.

[9] Ibid.

[10] José Martí, «El Congreso de Washington», La Nación, 4 de octubre de 1889, op. cit.


[11] José Martí, «El Congreso de Washington», La Nación, 2 de noviembre de 1889, op. cit.


[12] Ibid


[13] Ibid.


[14] Ibid.


[15] Ibid.


[16] Ibid.


[17] Ibid.


[18] José Martí, «Carta al Director», La Nación, 2 de noviembre de 1889.


[19] Ibid.


[20] Ibid.


[21] José Martí, «Carta al Director», La Nación, 2 de noviembre de 1889.


[22] José Martí, “Carta al Director”, La Nación, 31 de marzo de 1890.


[23] José Martí, «La Conferencia de Washington 8», La Nación, 31 de mayo de 1890.


[24] José Martí, «La Conferencia de Washington 7», La Nación, 9 de mayo de 1890.


[25] José Martí, «Carta al director», La Nación, 18 de abril de 1890.


[26] José Martí, “Carta al Director”, La Nación, 31 de marzo de 1890, op. cit.


[27] José Martí, «Carta al Director», La Nación, 2 de noviembre de 1889.


[28] Ibid.


[29] Ibid.


[30] José Martí, «Carta al director», La Nación, 24 de enero de 1890.


[31] José Martí, «Carta al director», La Nación, 20 de marzo de 1890.


[32] José Martí, «Carta al director», La Nación, 18 de abril de 1890, op. cit.


[33] José Martí, «La Conferencia de Washington 8», La Nación, 31 de mayo de 1890.


[34] José Martí, « Carta al Director », La Nación, 15 de junio de 1890.


[35] Ibid.


[36] José Martí, «Carta al Director», La Nación, 3 de mayo de 1890.


[37] José Martí, «Los delegados argentinos en Nueva York 10», 19 de junio de 1890.


[38] José Martí, «A Gonzalo de Quesada», 29 de octubre de 1889.


[39] Ibid.


[40] José Martí, «A Gonzalo de Quesada», diciembre de 1889.


[41] José Martí, «Comisión Monetaria Internacional Americana», La Revista Ilustrada, mayo de 1891.


[42] Paul Estrade, «La acción de José Martí en el seno de la Comisión Monetaria Internacional Americana», en Martí en su siglo y en el nuestro, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2008, p. 19.
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