"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí

jueves, 21 de junio de 2018

MARTÍ LECTOR


Por Carlos Ripoll


Después de afirmar que Napoleón había nacido sobre "una alfombra donde estaba la guerra de Europa", Martí escribió: "Yo debí de nacer sobre una pila de libros"; es decir, que le venía de cuna su amor por la lectura, como al corso la vocación de soldado. Dijo en una ocasión: "Siempre que hundo la mente en libros graves la saco con un haz de luz de aurora". Pero no fue porque en el hogar tuvo ambiente propicio para ella, como dijo de Heredia, a quien el padre acostumbró desde niño al trato de Lucrecio, Horacio y Virgilio. Los padres de Martí eran más pobres en el saber que en la fortuna: "de poca inteligencia e instrucción", como los describió Fermín Valdés Domínguez, amigo y compañero de estudios de Martí. Su tenaz apego a los libros, se debió más al "yo" que a la "circunstancia", pues a ésta, durante su niñez, le fue siempre adversa la cultura.

Lección y aprendizaje

El más antiguo escrito que se conoce de Martí es su carta a la madre desde la Hanábana, en 1862, pero aún hay un testimonio más temprano de su afición a leer: cuando con su familia visitaba la casa de José Toribio de Arazoza, de buena posición económica, éste le permitía al niño de siete años pasar horas en su biblioteca leyendo, y fue aquella precocidad la que llevó a Arazoza a pagarle los estudios en el colegio San Anacleto. Al terminar las primeras letras, tuvo la suerte de entrar en el colegio de Rafael María de Mendive, donde disfrutó de la librería del culto educador y poeta. Luego, en el exilio madrileño, fue asiduo visitante de la Biblioteca Nacional y del Ateneo, donde pudo familiarizarse con los autores del clasicismo español y con la obra de sus contemporáneos; en México, Guatemala y Venezuela se le reveló la América, junto a sus héroes, en sus escritores; y al fin, en Nueva York hizo buen uso de la riqueza cultural de la ciudad, particularmente en sus bibliotecas: la de Columbia College, la de Cooper Union, la fundada por John Astor y la Lenox Library —estas dos últimas, reunidas, formaron en 1895 la New York Public Library, hoy la quinta en el mundo, junto a la del Congreso, la de Harvard, la Británica y la Bibliothèque Nationale de París.

A la de Astor iba Martí con su amigo José Joaquín Palma, "el bardo bibliotecario", como lo llamaba; y allí supo del lugar que perteneció a Antonio Bachiller y Morales —"no había asiento más bruñido que el del ‘caballero cubano’ en la biblioteca de Astor", recordaba en su crónica sobre el erudito habanero. De la otra gran biblioteca en el Nueva York de sus días, la de James Lenox, abierta al público desde 1876, nos dejó recuerdo por un paseo no del todo ajeno a quien allá ha vivido añorando a su patria. La Lenox Library estaba en el Quinta Avenida, junto al Parque Central, donde hoy se encuentra la Henry C. Frick Collection; por esos lugares paseaba Martí en un día de otoño; "Iba yo ayer domingo a ver caer las hojas y enlutarse el Parque; iba dejando atrás, con ese paso lento con que se anda en las tierras extrañas, la Escuela de Maestras... Iba pensando en la biblioteca de Lenox, que queda cerca [y que estaría cerrada por ser domingo]... Iba pensando en los códices y pergaminos de historia de América que suelo hojear en la biblioteca con manos filiales y avaras: ¡Quién tuviera en los dedos mangas de fraile, para que se colaran por ellos sin ser vistos, como las limosnas de los frailes, aquellos libros amados!... Iba yo pensando en esto a la sombra de los pinos majestuosos que rodean la biblioteca de piedra blanca..."

A juzgar por los cientos de reseñas y menciones de libros que aparecen en su obra, debió ser Martí tan compulsivo en la lectura como se pintó Cervantes en el Quijote; a la vista de un joven que vendía papeles viejos, se los quiso comprar con esta disculpa: "Como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado de esta mi natural inclinación, tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía..."; y era, nada menos, que la Historia de Don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo... De la magia que la letra impresa tenía sobre Martí, y de que se le iban los ojos hasta "los papeles rotos de las calles", como a Cervantes, hay esta curiosa confesión en uno de sus Cuadernos de Apuntes: "Si he de envolver el sombrerito de paja y las pequeñas botas que usó hace un año mi hijo, miro si el papel periódico en que los envuelvo está escrito por las pasiones de los hombres, o si defiende cosas de justicia, y los envuelvo en él porque defiende cosas de justicia. Creo en esos contagios".

Todo lo quería leer Martí, y estar rodeado de libros: en octubre de 1887 le pide a Enrique Estrázulas, en París, que le mande "dos o tres catálogos de librerías baratas"; y al mismo destinatario, a quien sustituye en Nueva York como cónsul del Uruguay, al siguiente año, le escribe: "¡Viera Ud. ahora el Consulado! Dos estantes de libros, una librería giratoria, libros en los rincones. ¡Y qué libros! Se los compro, real a real, a un anciano pelón que me ha tomado cariño... La semana pasada compré 33 tomos de teatro francés, Beaumarchais, Diderot, hermosuras, en ¡oh villanía! dos pesos y medio. Y hoy por tres y medio he comprado toda la Historia Parlamentaria de la Revolución, y en pasta fina".

Se revisa el inventario de la biblioteca de Martí, de lo que sabemos la formaba, y cabe preguntarse qué hacían allí algunos libros que nada tenían que ver con su trabajo, sus conocimientos o sus aficiones —el Álbum del Comendador Moreno del Christo, unas Cartas físico-matemáticas de Teodosio a Eugenio, las Diversions of a Diplomat in Turkey, un Patriotic Reader y unas Traditional Tales of the English and Scottish Peasantry: caprichos de bibliófilo, quizás: en todo lector obsesivo hay algo del deseo misterioso de poseer libros por el mero gusto de tenerlos cerca, como objetos de arte, aunque no se lean, y aunque tengan joroba o el lomo deslucido por la edad y el uso.

El lector y el crítico

"Martí escritor" ha sido bien estudiado, desde que con ese título inició Pedro Henríquez Ureña, en 1905, la amplia bibliografía sobre el tema. El lector es mucho menos conocido, y no por ser en tamaño inferior al otro. ¿Cómo pudo escribir tanto, nos preguntamos ante sus casi doce mil páginas en letra de imprenta —incluyendo todo lo que pasó por su pluma— que es lo que ocupa lo publicado hasta hoy? Lo primero suyo lo hizo a los quince años, tuvo así menos de treinta para escribir, lo que da un promedio de unas quinientas palabras por día...

¿Y el lector? El lector no se queda atrás. También nos preguntamos, ¿cómo pudo leer tanto? Con familiaridad habla de los escritores de Cuba: Heredia, Francisco Sellén, Bachiller y Morales, los hermanos Guiteras, Varona, la Avellaneda, Villaverde, Raimundo Cabrera, Julián del Casal; de Hispanoamérica, desde los cronistas hasta Cecilio Acosta, Pérez Bonalde, Pombo, Hostos, Zorrilla de San Martín, Eloy Escobar, Peón Contreras, Sarmiento, Magariños Cervantes; de la América inglesa: Emerson, Whitman, Longfellow, Amos Bronson Alcott, Washington Irving, Henry George, Helen Hunt Jackson, Mark Twain; de España: desde Quevedo, Gracián, Lope, Santa Teresa y Calderón, hasta los de su siglo: Pérez Galdós, la Pardo Bazán, Echegaray, Bécquer, Núñez de Arce, Zorrilla, Campoamor, Espronceda, Castelar; de Francia, desde sus clásicos, hasta Víctor Hugo, Flaubert, Balzac, Daudet, Zola, Dumas, Alfred de Musset, los hermanos Goncourt, Sully Prudhomme; de Inglaterra Oscar Wilde, Darwin, Spencer; entre otros, y también de muchos hoy poco recordados, sin contar ahora, por no hacer más extensa la relación, los griegos y latinos.

Diego Vicente Tejera, hablando de las muchas actividades y de la resistencia de Martí en el trabajo, dijo a raíz de la muerte de su amigo, sobre su notable capacidad en la lectura: "... Había encontrado modo de leer lo importante de toda la prensa americana y extranjera y de no dejar pasar libro nuevo sobre cualquier materia sin estudiarlo y anotarlo".

Y no es que lo podamos suponer un lector superficial, de los que más hojean que ojean los libros: advirtió en uno de sus Apuntes recomendando la lectura reposada: "Al leer se ha de horadar, como al escribir. El que lee de prisa, no lee"; horadar, dice, como si la lectura atenta pudiera dejar en el libro un agujero, como de gigante polilla, de cubierta a cubierta. Y en otra ocasión insistía: "Los libros deben siempre leerse con una pluma en la mano", para tomar notas o para escribir en sus márgenes los comentarios que provocan: así están algunos de los libros que le pertenecieron: la Historia de San Martín y de la emancipación sud-americana, de Bartolomé Mitre; las Obras poéticas de José María Heredia; los Études et Portraits, de Paul Bourget; la History of the French Revolution, de Thomas Carlyle; y el Contemporary Socialism, de John Rae, en su edición de 1887, secuestrado hoy en Cuba, y al que no tiene acceso el público por sus críticas del marxismo y por las anotaciones del mismo tenor que contiene de Martí —por una revisión expurgada y vigilada de ese libro se ha podido saber, por ejemplo, que Martí escribió en el margen inferior de la página 19 lo siguiente: "Democracia no es el gobierno de una parte del pueblo sobre otra, porque eso es tiranía. Sino el gobierno de todo el pueblo en equitativa representación y el equilibrio de las clases..."

A pesar de esas recomendaciones de cuidada lectura, sin embargo, no deja de haber en sus muchas reseñas o menciones de libros alguna excepcional manifestación de apuro: en uno de sus Apuntes, por ejemplo, se lee: "Bryce y Noailles, un inglés y un francés, piensan como yo, piensan como yo sobre el estado pujante, embrionario, no satisfactorio de los Estados Unidos". Pero esta opinión demuestra que no leyó bien The American Commonwealth (1888), de James Bryce, pues en realidad este inglés elogia en casi todo a los Estados Unidos. Es posible que él haya leído solamente los comentarios del duque de Noailles, en Cent Ans de République aux États-Unis (en el tomo segundo, publicado en 1889), donde cita algunos juicios levemente negativos de Bryce. Noailles sí es más severo en su crítica de los Estados Unidos, pero nunca como Martí.

El bibliófilo

Podría hacerse una curiosa colección de los juicios que le merecieron a Martí los libros, porque les daba categoría de acuerdo con su calidad y sus fines. Por uno sobre México, por ejemplo, de un viajero norteamericano que no entendió del todo el país, escribió en La Nación, de Buenos Aires: "Hay libros de gala escritos con el corazón, que excusan con su sinceridad las ligerezas del juicio; libros como acuarelas, con un color que tiene algo de rosa y de miel, y una gracia como de pluma de ave blanca; libros de perla, leche y oro..." Y en una crónica de La América, al contar cómo se imprimían los libros en los Estados Unidos, dijo: "Un libro, aunque sea de mente ajena, parece cosa como nacida de uno mismo, y se siente uno como mejorado y agrandado con cada libro nuevo. Bien es que entre los libros —porque no hay serie de objetos inanimada que no refleje las leyes y órdenes de la naturaleza viva— haya insectos: y se conoce el libro león, el libro ardilla, el libro escorpión, el libro sierpe. Y hay libros de cabellos rojos y lúgubre mirada... y hay libros repugnantes como sapos".

Pero entre las alabanzas del libro, siempre en él entusiastas, no puede faltar este comentario escrito en Centroamérica, no se sabe para qué revista, en el que decía: "Un libro nuevo es siempre un motivo de alegría, una verdad que nos sale al paso, un amigo que nos espera, la eternidad que se nos adelanta, una ráfaga divina que viene a posarse en nuestra frente... Nos parece que cada libro es una respuesta a nuestras ansias, un paso más adelantando hacia el cumplimiento final de nuestros incógnitos destinos. Como que al tender las manos a él vamos a empujar un poco más la puerta que nos separa del misterioso mundo donde se cumplen entre tinieblas las maravillosas revoluciones de lo Eterno..." Y Martí, que se identifica con la revista para la que escribía, asegura que ella "cree que los libros sirven para cerrar las heridas que las armas abren; que sirven para construir los pueblos con los escombros que la piqueta revolucionaria ha echado a tierra; que encienden lo escondido; que sacan a luz lo oscuro; que iluminan con colores vivísimos todas las fecundas e infatigables obras de la Creación". Y concluye: "Los libros consuelan, calman, preparan, enriquecen y redimen. Leer es una manera de crecer, de mejorar la fortuna, de mejorar el alma, otra fortuna que debemos a la colosal Naturaleza".

Solía Martí poner en los hombres que admiraba virtudes, costumbres y pensamientos que no le eran ajenos, y viene bien aquí lo que escribió de Emerson, de su gusto por la lectura, de la biblioteca en su casa de Concord: "En el cuarto del sabio, los libros no parecían libros, sino huéspedes: todos llevaban ropas de familia, hojas descoloridas, lomos usados. Él lo leía todo, como águila que salta... Leía a Montaigne, que vio por sí, y dijo cosas ciertas; a Swedenborg el místico, que tuvo mente oceánica; a Plotino, que buscó a Dios y estuvo cerca de hallarlo; a los hindús, que asisten trémulos y sumisos a la evaporación de su propia alma; y a Platón, que vio sin miedo, y con fruto no igualado, en la mente divina... La lectura estimula, enciende, aviva, y es como soplo de aire fresco sobre la hoguera resguardada, que se lleva las cenizas, y deja al aire el fuego. Se lee lo grande, y se es capaz de lo grandioso, se queda en mayor capacidad de ser grande. Se despierta el león noble, y de su melena, robustamente sacudida, caen pensamientos, como copos de oro".

Siempre se destacan en Martí las dos vertientes de su existir, el pensamiento y la acción: el intelectual y el revolucionario. Pero en él se le funden los dos caminos, aunque siempre inclinado al acto; dijo al hablar de Juárez: "Quedan los hombres de acto; y sobre todo los de acto de amor. El acto es la dignidad de la grandeza"; y en su elogio de Luz y Caballero se preguntaba: "¿Qué es pensar sin obrar, decir sin hacer?" Y ¿el libro?, ¿era para Martí acción o pensamiento?; en Patria dejó su respuesta, cuando afirmó que el hacer era "el brazo del pensar", y concluía: "Obra quien pone a los hombres en camino de obrar". El libro, así considerado, se convierte en acto. Fuera de algunas de sus traducciones (como Mis hijos, Ramona y Misterio); Martí prefirió escribir la presentación de un libro ajeno para aquéllos en que vio una llamada a la acción: como el Poema del Niágara, de Pérez Bonalde ("Toca a cada hombre reconstruir la vida") , Los poetas de la guerra (la "colección de versos escritos en la guerra de independencia de Cuba", en los que encontraba algunos "que mandan montar a caballo") y los Cuentos de hoy y de mañana, de Rafael de Castro Palomino. Éste, en particular, sirve como el mejor ejemplo puesto que ponía "a los hombres en camino de obrar"; lo llama "libro sano, libro generoso, libro útil"; el "Prólogo" es una de sus más vivas denuncias contra las ideas de Marx, llega a decir: "Antes serán los árboles dosel de la tierra y el cielo pavimento de hombres, que renunciará el espíritu humano a sus placeres de creación, abarcamiento de espíritus ajenos, pesquisa de lo desconocido, y ejercicio permanente y altivo de sí propio. Si la tierra llegara a ser una comunidad inmensa, no habría árbol más cuajado de frutas, que de rebeldes gloriosos el patíbulo... Este libro que enseña todo eso [el fracaso de los experimentos socialistas que en él se describen], es más que un buen libro: es una buena acción. Los libros que definen, calman. En toda palabra ha de ir envuelto un acto".

Los primeros libros

Martí perteneció a una de las tres generaciones de cubanos que aprendieron a leer con los libros de Eusebio Guiteras. El ilustre maestro, discípulo de Luz y Caballero, había fundado en Matanzas con su hermano Antonio el colegio "La Empresa". Viajó por Europa, pero al regresar fue encarcelado en El Morro por sus ideas liberales. Poco después se fue a los Estados Unidos, y en Filadelfia hizo imprimir su Libro primero de lectura, en 1856, que tuvo 37 ediciones; al año siguiente, elsegundo, el cual llegó en 1907 a su décima tercera edición (dice en su "Lección I": "El que lee bien, habla bien. Repara cómo tú hablas, y cómo los otros hablan, y lee del mismo modo"); y le siguieron un tercero (1858), también con numerosas reimpresiones y un cuarto (Matanzas, 1868). De alguno de esos libros hizo la casa Appleton, de Nueva York, 18 mil ejemplares.


Eusebio Guiteras. Su Libro Segundo de Lectura, en la edición de Matanzas, de 1862. De páginas como ésta (abajo, a la izquierda), del Libro Primero, dijo Martí: "La misma página serena de ellos, y su letra esparcida, era como una muestra de su alma ordenada y límpida". Ilustración de un cuento de Guiteras que recuerda las de los cuentos de La Edad de Oro.

Al iniciarse la Guerra de los Diez Años, Guiteras otra vez tuvo que emigrar: en su Libro cuarto de lectura, además de selecciones de Cirilo Villaverde, Plácido, Zenea, Saco y Enrique Piñeyro, se atrevió a reproducir las ideas del padre Varela sobre el patriotismo, quien había dicho en El Habanero: "Yo jamás he creído en el patriotismo de ningún pícaro... Hablan, escriben, intrigan, arrostran a todo el mundo, todo lo agitan, no paran un momento, arde en su pecho el sagrado fuego del amor patrio, se difunde esta opinión, y está conseguido el intento. Si se les persigue, está en ellos perseguido el patriotismo; si se les castiga, son víctimas del amor patrio..." Y como se hace en Cuba hoy, por estar en contra del gobierno y haberse ido del país se prohibieron los libros de Guiteras en la isla. Y en la emigración murió, en 1893, la víspera de Navidad, al día siguiente de morir su esposa. Tenía setenta años.

Martí viajaba con frecuencia a Filadelfia, donde había una activa colonia cubana. Allí visitaba al bondadoso matancero, y, cinco días después de su muerte publicó en Patria una hermosa semblanza; "En sus libros", dijo allí, "hemos aprendido los cubanos a leer; la misma página serena de ellos, y su letra esparcida, era como una muestra de su alma ordenada y límpida; sus versos sencillos, de nuestros pájaros y de nuestras flores, y sus cuentos sanos, de la casa y la niñez criollas, fueron, para mucho hijo de Cuba, la primera literatura y fantasías..." Con toda seguridad Martí fue uno de esos cubanos. En el libro tercero, en la Lección LIII, por ejemplo, debió descubrir las seguidillas, curiosamente también romanceadas, como las de Ismaelillo, aunque éstas aparecen tejidas en cuartetas de hexasílabos:

Corónate de flores
Niña hechicera,
Que ellas mejor te adornan
Que el oro y perlas.
Los años primeros
De la vida nuestra
Pasan como arroyo
Por entre la yerba.[...]
Con la encendida rosa,
Si eres discreta,
Pondrás en tu corona
Las azucenas.[...]
Las gracias del rostro,
Del alma las prendas,
Más brillan si al lado
Está la modestia.
Corónate de flores,
Niña hechicera,
Que son mejor adorno
Que el oro y perlas.

¿Tendría en mente Martí, con los de otros autores, estos versos de Guiteras al dedicarle el libro al hijo con la conocida protesta, "si alguien te dice que estas páginas se parecen a otras páginas, diles que te amo demasiado para profanarte así"?

Y en Guiteras se pueden encontrar también como modestos anticipos de algunos Versos Sencillos; véase este ejemplo:

Cuando Luz al campo sale
Coronada de azahar,
Y todos los que la miran
Le dicen ¡qué linda estás!
Vuelve a su madre la cara
Y pregunta con afán:
"¿Es verdad lo que me dicen"?
Y ella responde: "Es verdad,
Porque eres buena, hija mía,
Y ser buena vale más
Que los ojos de azabache
Y los labios de coral".
Toda belleza del cuerpo
Se pierde y no vuelve más;
Pero el alma es hecha a imagen
De Dios que en el cielo está.[...]
La sencillez, la modestia,
La inocencia y la humildad,
Valen más que lindos ojos
Y que labios de coral.

Y hasta recuerdan los cuentos de Guiteras algunos de La Edad de Oro: "La niña cariñosa", "Amor de madre", "El niño miedoso", "Los dos amigos", "La niña descuidada": en éste también aparecen el personaje tipo (como Piedad en "La muñeca negra"); la voluntad instructiva ("la niña que no sabe cuidar las pocas cosas que tiene, no sabrá cuando sea grande cuidar de su casa", le dice la madre); la narración en forma de unidades escénicas (en Guiteras, numeradas); los personajes, el habla y los escenarios más familiares al niño; y hasta cierto preciosismo descriptivo. Parece un personaje de Martí esta "niña" de Guiteras:

Carlota era una niña muy descuida: su ropa, sus libros, sus juguetes andaban siempre regados por la casa... Una vez le regalaron a Carlota un sombrerito de paja muy lindo, adornado con plumas y flores finas... Dos gaticos que allí había vieron las cintas colgando, y se pusieron a halar hasta que el sombrerito vino al suelo. ¡Que diversión la de los dos gaticos! ... Cuanto Carlota vio el destrozo empezó a gritar y a llorar... pero vino su madre y le dijo: "No son los gaticos los que tienen la culpa, sino tú, Carlota, que nunca tienes cuidado de las cosas... Voy a arreglar un cuarto para ti sola..." La madre llamó a una criada para mandar hacer lo que había dicho. Al día siguiente el cuarto de Carlota estaba listo. Los muebles no podían ser más bonitos: había un escaparate de cedro, un tocador y una cómoda de caoba, y un lavamanos. El escaparate tenía perchas para colgar los túnicos; y todo era de tamaño proporcionado a la edad de Carlota. En medio del cuarto había una mesita, sobre la cual estaban los libros de Carlota y además una palmatoria de cristal, un tintero de china y una papelera de tafilete... Carlota se puso muy contenta al ver su cuarto tan bonito; y por algunos días lo conservó de la misma manera; pero pronto volvió a hacer de las suyas, pues un día se apareció Carlota a la hora de almorzar con el pelo todo desgreñado. "¿Qué es eso, Carlota?" preguntó el padre —"No me he peinado, papá, porque, porque..." Carlota no se atrevía a decir que ni los peines, ni la escobilla estaban en su lugar... "Y esas medias", dijo la madre, "¿por qué no te las has mudado?" —"Porque no encontré otro par limpio en la gaveta, mamá..." Por la tarde, en lugar de ir a pasear, Carlota tuvo que enseñar a su madre el estado en que estaba el cuarto... La madre se sentó en una silla hasta que Carlota acabó de componerlo todo... Gracias a la paciencia de su madre, Carlota al fin se hizo una muchacha activa y cuidadosa; y su cuarto era el más bonito y el mejor arreglado de la casa.

Y no menos que la técnica narrativa, las ilustraciones de estos libros de lectura recuerdan las de la revista infantil, "de recreo e instrucción dedicada a los niños", como llamó Martí a La Edad de Oro. ¿Y no es lo más natural que su memoria se le haya ido, aunque inconsciente de ello, a sus primeras impresiones de lector cuando se propuso venticinco años después escribir para los niños de su revista?

Los últimos libros

Estaba en Santo Domingo Martí, preparando con el general Gómez su postrer viaje a Cuba, el 15 de febrero de 1895, y se reunió con un grupo de jóvenes en el "Centro de Recreo" de Santiago de los Caballeros; y por su continuo interés en la lectura anotó en su Diario de Montecristi a Cabo Haitiano: "En el Centro fue mucha y amable la conversación: de los libros nuevos del país, del cuarto libre de leer, que quisiera yo que abriese la sociedad para los muchachos pobres..." El 2 de marzo, ya en Haití, extravía el camino, y en la casa en que lo sirven, cuenta que "al ir a darle unas monedas" al muchacho que le trae un vaso de agua, se las rechazó diciendo: "Non: argent non; petit livre, oui"; y agrega el Diario: "Por el bolsillo de mi saco asomaba un libro, el segundo prontuario científico de Paul Bert..." Ese mismo día llega a Fort Liberté, y escribe: "Hojeo libros viejos", y menciona uno de 1776 —Origines des découvertes attribuées aux modernes—, y un Goethe, también en francés. El día 3 ya se hospeda en la casa del cubano amigo, Ulpiano Dellundé, y allí lee, en Las madres cristianas, una de sus biografías, la de Madame Moore, la madre de Thomas, el autor del Lalla Rookh, cuya traducción él hizo en Nueva York y que nunca se ha encontrado; y también allí recibe carta de Carmita Mantilla y Miyares, quien le había enviado desde Nueva York un libro, y Martí le acusa recibo del regalo con estas palabras: "... El libro de citas tú verás cómo va a alejar de mí todo peligro: lo llevaré siempre del lado del corazón".

Tres de los libros que le recomendó Martí a Carmita y a María Mantilla en su carta desde Cabo Haitiano: el de Víctor Duruy, de historia; y los dos de John Lubbock, el the Flowers, Fruits and Leaves, y el de los insectos, Ants, Bees, and Wasps, que es, como reza el subtítulo: "A Record of Observations on the Habits of the Social Heminoptera", con ilustraciones, publicado por Appleton, de Nueva York, en 1883, cuando trabajaba Martí en esa casa editora.

El 1º de abril le escribe a Gonzalo de Quesada una carta que se considera su testamento literario: no sólo dispone allí la manera en que se ha de ordenar su "papelería", sino que le da instrucciones sobre lo que debe de hacer con su biblioteca; le dice: "De mis libros no le he hablado. Consérvenlos... Esos libros han sido mi vicio y mi lujo" (vicio, entendido ahí como gusto mayor de ellos; y lujo, como regalo y adorno de la vida); y continúa diciendo: "Esos pobres libros casuales y de trabajo. Jamás tuve los que deseé, ni me creí con derecho a comprar los que no necesitaba para la faena..." Y ¿cuáles hubiera querido comprar? Entre sus papeles se encuentra la relación de una veintena encabezada con estas palabras: "Libros por comprar"; y como prueba de la amplitud de sus intereses, entre los títulos menciona los Selected Poems of Mathew Arnold; los Poems de Wordsworth; The ABC of Finance; los cuentos de Eurípides; Victor Hugo raconté par un témoin de sa vie; de A. J. Pons, Sainte-Beuve et ses inconnues; Les mistères de la main, de Desbarolles; La maison d’un artiste, de Edmund de Goncourt y Les deux masques, de Paul de Saint Victor...

Ya lista la salida desde Cabo Haitiano, a pesar de la angustia por la embarcación, la vigilancia de las autoridades y las armas que necesitan, lee en casa de Dellundé sobre la conquista de México, "del flaco Moctezuma", y comenta: "Con mucho amor leí de Cacama, y de Cuitláhuac, que a cadáveres heroicos le tupían los cañones a Cortés...": y, aún no satisfecho con esas lecturas, manda a un criado de la casa a que le consiga más libros; añade en el mismo apunte del Diario: "Con una doblez de papel en que pido libros, para escoger, a la librería de la esquina, la librería haitiana, le doy un billete de dos pesos, a que lo guarde en rehenes, mientras escojo. Y el librero, el caballero negro de Haití, me manda los libros, y los dos pesos".

El 9 de abril, la víspera de salir hacia Cuba, le envía una larga carta a María Mantilla, en la que le dice: "Por el correo te mando dos libros, y con ellos una tarea que harás, si me quieres; y no harás si no me quieres... Un libro es L’Histoire Génerale [de Victor Duruy], un libro muy corto... Son 180 sus páginas: yo quiero que tú traduzcas en invierno o en verano, una página por día... en buen español, de manera que se pueda imprimir como libro de vender..." Hacía sólo unos meses que la niña había cumplido 14 años, y educada en los Estados Unidos, sin un conocimiento mayor del francés, cuesta trabajo aceptar que Martí pensaba seriamente que la traducción tendría valor comercial (de hecho, en la carta misma le da una lección elemental de cómo traducir una frase del libro); quizás no era más que un encargo para ocuparla en algo noble, —como la recomendación de que abriera una escuelita para niños con su hermana— por su letanía de consejos: le pregunta: "Y mi hijita ¿qué hace, allá en el norte, tan lejos?... ¿Se prepara a la vida, al trabajo virtuoso e independiente de la vida...? Mucha tienda, poca alma. Quien tiene mucho adentro, necesita poco afuera. Quien lleva mucho afuera, tiene poco adentro... Pasa, callada, por entre la gente vanidosa... Siéntete limpia y ligera como la luz. Deja a otras el mundo frívolo: tú vales más. Sonríe y pasa..."

El otro libro que le manda, le advierte, "es para leer y para enseñar". No da el título, sólo el autor, Paul Bert, y debía ser el que llevaba en el bolsillo y que le pidió el joven haitiano cerca de Ounaminthe: el "segundo prontuario científico" del fisiólogo y político francés (con toda probabilidad era una reducción de Le deuxième année d’enseignement scientifique..., publicado en París en 1885, que en 1909 ya tenía 53 reimpresiones; de ahí salió también el Premier of Scientific Knowledge, publicado en Filadelfia en 1888, con 182 páginas). En particular les recomienda, a María y a su hermana Carmita, que lean el último capítulo de ese libro, sobre "la phisiologie végétale". Y para las clases les habla también de otros tres: uno de Arabella Buckley, The Fairy-Land of Science, y dos de John Lubbock: uno de botánica (Fruits, Flowers and Leaves) y otro sobre los insectos (Ants, Bees, and Wasps). De este último, que parece conocía mejor (Martí trabajaba en Appleton cuando lo publicó esa editorial), le comenta a María: "Imagínate a Carmita contando a las niñas las amistades de las abejas y las flores, y las coqueterías de la flor con la abeja, y la inteligencia de las hojas, que duermen y quieren y se defienden, y las visitas y los viajes de las estrellas, y las casas de las hormigas..." Y, efectivamente, de todo eso trata el libro.

Dos días más tarde llegó con Gómez a Oriente. Desde Baracoa le escribe el 16 a la familia de Mantilla; a la niña le dice: "Voy bien cargado, mi María, con mi rifle al hombro, mi machete y revólver a la cintura... a la espalda mi mochila, con sus dos arrobas de medicina y ropa y hamaca y frazada y libros..." El día 17, en medio de las privaciones y ansiedades del campamento insurrecto, preparando el camino, anota en su Diario: "Me meto la Vida de Cicerón en el bolsillo en que llevo 50 cápsulas". Es la última vez que menciona un libro en sus escritos: la Vida de Cicerón junto a las municiones: pensamiento y acto —el tema que le había tocado para lograr la licenciatura en Filosofía y Letras, en la Universidad de Zaragoza, en 1874, había sido "La oratoria política y forense entre los romanos, Cicerón como su más alta expresión": le dieron tres horas para prepararse: expuso sus ideas ante el tribunal y salió con la calificación de Sobresaliente.

¡Libros! ¡Siempre libros! De Martí puede decirse lo que él escribió sobre el venezolano Cecilio Acosta: "¡Qué leer! Así ha vivido: de los libros hizo esposa, hacienda e hijos..." Y Martí entró en la vida con un libro en la mano, y quiso salir de ella, cual si fuera un arma, con uno al hombro.

Al despedirse de María Mantilla, en la carta del 9 de abril, en un rapto de ternura, le pide: "...Y si no me vuelves a ver, haz como el chiquitín cuando el entierro de Frank Sorzano: pon un libro sobre la sepultura... O sobre tu pecho, porque ahí estaré enterrado yo si muero donde no lo sepan los hombres..." ¡Un libro!


Testimonio de Manuel A Tellecea


Muy interesante el artículo de José Leandro Garbey Castillo (que llegue a leer antes que lo quitaran) sobre el trabajo de Teresa Zayas Lay en la restauración de parte de la biblioteca perdida de José Martí, un total de 35 de los miles de libros que poseía. Estos se encontraban en su mayoría en la casa neoyorquina de Carmen Miyares cuando él murió y ella se los entregó a Manuel Sanguily, quien los llevó a Cuba donde llegaron a parar en la Oficina del Historiador de La Habana. ¿Y los otros? Estaban en la oficina martiana de 120 Front Street (4th floor, suite 13), sede del Partido Revolucionario Cubano. Esos libros fueron entregados a la viuda de Martí, Carmen Zayas-Bazán, y vendidos por ella, sin hacer catálogo ni retener uno solo, a una librería en México, y desde entonces no tenemos ninguna pista de ellos. Pero sí nos queda la reseña de Carlos Ripoll, "Martí Lector", donde el preeminente investigador martiano enumera todos los libros que se sabe que Martí leyó y tenía en su biblioteca, no sólo los que se conservan materialmente:








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