"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí

jueves, 24 de abril de 2014

Hemingway y su torneo, los inicios de un romance


Por Julio Batista Rodríguez

Era un viejo que pescaba solo en un bote en la corriente del Golfo y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez. E. Hemingway

Cuando aquel 26 de mayo de 1950 cruzó el canal del Castillo del Morro en busca de la corriente del Golfo, ya el Pilar había intentado cazar submarinos nazis, conocido los excesos de Hemingway y navegado incansablemente bajo el mando del viejo Gregorio.

Ese día, tras sonar el cañonazo de inicio, otros 35 yates hicieron la misma travesía para dejar inaugurado el Torneo de Pesca de la Aguja. El Pilar representaba por entonces al Club Náutico Internacional de La Habana, y el escritor era el más afamado personaje de la competencia.

Récords mediante, Ernest ya formaba parte de los más selectos pescadores de la Isla. Amante impenitente del salitre, el ron y el sol, no extraña que estableciera en La Habana su segunda casa, y en Cojímar su centro de operaciones y refugio personal.

Para 1950 a Hemingway solo le restaba escribir “El viejo y el mar”, ganar el Pulitzer y el Nobel de literatura, pero la guerra, los safaris y tanta vida agitada ya le habían ganado un espacio indiscutible en la historia. Lo que sucedía aquel 26 de mayo era para él apenas otra de sus aventuras, una que se convertiría en el tercer torneo de pesca más antiguo del mundo.
LOS INICIOS DE UN ROMANCE

Desde la década del 20´ se registró en La Habana la primera captura de un gran castero azul del Atlántico con avíos de pesca, lo cual generó en los siguientes 30 años un desarrollo acelerado en la construcción de yates de recreo y pesca deportiva en los astilleros de la capital, especialmente en el del río Almendares.

En 1932, Joe Rusell, amigo personal de Hemingway y por demás datos contrabandista de alcohol desde Cuba hasta Estados Unidos de América durante la Ley Seca, introdujo al escritor en el mundo de la captura de marlines. Al año siguiente, ambos permanecieron en La Habana entre abril y junio a bordo de la lancha Anita, propiedad de Rusell, en la cual traficó suficiente alcohol al norte como para ahogar algunas penas en plena recesión económica estadounidense.

En esos meses subieron a la embarcación 54 agujas, lo cual marcaría definitivamente una relación en la cual, justo es destacarlo, los peces no llevaron la mejor parte.

Tampoco sería exagerado considerar que a bordo del Anita nació, a sus 33 años, la brutal fascinación de Ernest por la pesca de agujas, la cual se convertiría más tarde en tormentosa pasión canalizada en las páginas de una de las novelas más importantes del siglo.
1950, SIN SUERTE…

“Papa” no ganaría las primeras ediciones de la competencia organizada en el Miramar Yacht Club, pero desde los inicios accedió a que el certamen tomara su nombre -a propuesta de algunos de los participantes y tras vencer supersticiones del escritor-, y donó los primeros trofeos de la lid.

Durante los tres días del torneo de 1950, Hemingway no engarzó nada. Parecía que sus carnadas estuviesen siempre en el lugar y la hora incorrectos. Mas, la bella inglesa Mary Welsh, convertida para esa época en su cuarta esposa, se llevó la mayor presa del certamen al capturar un ejemplar de 100 libras y puso a salvo el honor del bote. Sin embargo, la suerte -una vez más- no le sería esquiva a Ernest.

Luego de publicar en 1952 lo que muchos consideran una de sus obras más trascendentes, el periodista aficionado al daiquirí tuvo su tiempo dorado y reinó entre 1953 y 1955, época en que fue imbatible con la caña en la mano. En esos años el Pilar dominó la costa habanera y Hemingway fue el zar de los marlines, un verdadero azote para sus oponentes.

Ello le valió para ratificar la leyenda. Al viejo zorro norteamericano ya no le quedaban trofeos por sumar: había ganado plomos en la Gran Guerra allá en Europa, y regresado para la Guerra Civil española del 36; había cazado leones en África, mujeres en los cinco continentes y ahora agujas en el Golfo; era dueño del Pulitzer y el Nobel, y todo eso en apenas 56 años.

No cabe duda, la pesca de la aguja en Cuba no sería lo mismo sin el misticismo de Hemingway y las imágenes que nos sembró en la memoria, encarnadas en la figura del viejo Santiago mientras luchaba por conseguir su presa, con las manos sangrantes y la sal incrustada en los surcos de los años.

El romanticismo del cordel tirante y la eterna batalla entre hombre y pez tuvieron un giro de 180 grados tras publicarse la novela. Antes de eso la pesca no tenía términos medios: o bien era un trabajo de los más pobres para sobrevivir, o la aristocracia hacía de ella un circo clasista que generaba fotos y no comida.

Luego de 1952, Hemingway democratizó la actividad y la llevó hasta quienes no habían visto nunca el mar, creando toda una legión de soñadores que jamás subieron a un bote o cortaron las palmas de sus manos con el nylon de un carrete a punto de estallar.

Después de ganar en 1955 por última vez, Hemingway tomaría distancia de las competencias, que siguieron celebrándose invariablemente en aguas del norte habanero año tras año. Hasta que en 1959 el Papa también se tomó distancia de la Isla y regresó al norte en busca de frío.- See more at: http://www.cubacontemporanea.com/noticias/hemingway-y-su-torneo-los-inicios-de-un-romance#sthash.n0mYegvH.dpuf

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