"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí

lunes, 5 de septiembre de 2016

El reto del ICAIC: Integrar la industria clásica a las novedades de hoy

Juan Antonio García Borrero • 5 de septiembre, 2016



CAMAGÜEY. En el décimo Por Cuanto de la Ley Nro. 169, gracias a la cual fue creado el ICAIC el 24 de marzo de 1959, puede leerse lo siguiente:

“La Industria Cinematográfica y la distribución de sus productos constituyen una permanente y progresiva fuente de divisas, tanto por la venta o explotación directa de los films como por el extraordinario impacto publicitario y de sugestión que posee la imagen cinematográfica sobre el espectador, y la consecuente oportunidad que se tiene de popularizar nuestro país y sus riquezas y de favorecer el turismo”.

Aunque ya por esas fechas la televisión se vislumbraba como la gran adversaria de la industria fílmica, lo que se dice en la ley 169 está respondiendo de modo correcto a las demandas de una fecha en la que se combinaban a la perfección las ansiedades nacionalistas y las demandas culturales de las élites revolucionarias.

Hasta ese momento, la idea de contar con una industria cinematográfica cubana no había pasado de las fantasías de un grupo de soñadores, como Ramón Peón o Manuel Alonso, que en más de una ocasión intentaron hacer realidad esos sueños, pero que siempre chocaron con “la hidra de la indiferencia” (Cabrera Infante) de los gobiernos de turno. Los fundadores del ICAIC, con Alfredo Guevara a la cabeza, supieron interpretar lo que significaba construir un cine nacional (porque más que industria en el sentido estrecho de la palabra, con el ICAIC se aspiraba a producir a la par películas y nuevos públicos).

Imposible a estas alturas negar el legado del ICAIC, legado donde tendríamos que tener en cuenta las películas rodadas, pero también los filmes exhibidos, las publicaciones, los festivales del nuevo cine latinoamericano, y que como conjunto permite hablar de una cinematografía cubana moderna. Por otro lado, aunque suene mal en los oídos de quienes prefieren dejar el cine en los predios del entretenimiento más puro, existió en ese acumulado de acciones un gesto de descolonización cultural que rindió sus frutos.

El problema es que ese gran legado hoy corre el riesgo de desaparecer, debido a que la industria cinematográfica, tal como la entendíamos hasta el siglo pasado, ya no existe más. Y nosotros como país, todavía no nos hemos preparado para adaptarnos a las nuevas circunstancias. Lo anotó ese gran estudioso del tema que fue Octavio Getino:

“Un negocio que ya no se circunscribe a los ingresos de las salas de cine, sino a las múltiples posibilidades abiertas para la oferta y comercialización de películas con las nuevas tecnologías. Quienes supieron o pudieron articular vertical y horizontalmente esas relaciones, reforzaron su poder en las pantallas e incrementaron sus utilidades; los que por una u otra razón —como ha sucedido en nuestros países— no lograron todavía hacerlo, sobreviven apenas, aunque sólo allí donde el Estado concurre con sus ayudas.”

Y también:

“Los cambios tecnológicos y el crecimiento y la diversificación de los mercados, han promovido a su vez situaciones relativamente nuevas para la industria audiovisual. Una de ellas es la articulación de esta industria con otras, de enorme impacto en la economía y en el desarrollo de las naciones, como la electrónica, la informática y las telecomunicaciones. Lo cual se traduce en una fusión creciente de empresas y de intereses económicos a escala internacional, así como en una concentración mayor que nunca en la lucha por el dominio mundial de los mercados.”

Cuando miramos el entorno cubano, vemos que de alguna forma los llamados “independientes” ya han comenzado a tomar nota del asunto, lo que se confirma con la presencia de varias de sus películas en festivales y circuitos internacionales de distribución y exhibición. Todo ello apelando a nuevas maneras de promoción y modos de llegar a un público que tal vez ya no va como antes al cine, pero que ve tantas o más películas que los de mi generación a través de otros canales y plataformas.

Aquí lo que se está manifestando es la creatividad endógena en función de nuevos escenarios asociados a la modernidad líquida acuñada por Bauman. Con un público moderno que cada vez es más nómada e interactivo, gracias a las constantes revoluciones tecnológicas, pensar en mantener intocada una industria que se pensaba a sí misma como paradigma de la fijeza, a estas alturas suena sencillamente a suicidio.

Obviamente, repensar las funciones de la industria cinematográfica en Cuba exige una actualización de los principales conceptos que movilizan la actividad. El que lee el Por Cuanto de la Ley 169 con el que inicié este texto puede reconocer allí el mismo horizonte de expectativas que trajo a esta Isla a los productores de Rápido y furioso. Solo que a estas alturas “la consecuente oportunidad que se tiene de popularizar nuestro país y sus riquezas y de favorecer el turismo” tendría, en términos políticos, grandes impuestos que pagar.

Mi criterio es que el ICAIC sería el ente ideal para impulsar la necesaria transición de una industria cinematográfica típica del siglo XX, a una industria creativa característica de la era del audiovisual en que vivimos. A diferencia de otros países de la región, gracias al ICAIC Cuba ha contado con una política cultural asociada al cine, donde no se ha perdido de vista que este es “un arte”.

Si bien defender todo el tiempo a las producciones cinematográficas como expresión artística es autoengaño, al menos nos ayuda a no olvidar el gran superobjetivo, que estaría vinculado al humanismo. El ICAIC podría, entonces, servir de ente articulador que propicia la interactividad de las diversas industrias creativas (porque son varias) vinculadas al audiovisual, concediéndole visibilidad a aquellos proyectos en los que ya es tangible la integración de todos esos horizontes que antes se percibían como islas lejanas entre sí. En ese sentido, necesitamos una perspectiva molar, más que molecular, que nos permita apreciar a la industria cinematográfica como parte de algo mucho más complejo que la simple producción, distribución y exhibición de películas.

Imagen de portada: Tomada de Un día más, corto animado del joven realizador cubano Marcos Menéndez.

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