"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí

sábado, 28 de marzo de 2015

Enredo en la macroeconomía

Robert Skidelsky, Professor Emeritus of Political Economy at Warwick University and a fellow of the British Academy in history and economics, is a member of the British House of Lords.
ITHACA – Hasta hace algunos años, economistas de todas doctrinas afirmaban enérgicamente que nunca se repetiría la Gran Depresión. Hasta cierto punto tuvieron razón. Después del estallido de la crisis financiera de 2008, lo que sobrevino en cambio fue la Gran Recesión. Los gobiernos pudieron controlar los daños mediante inyecciones de enormes sumas de dinero a la economía mundial y recortando a niveles cercanos a cero las tasas de interés. Sin embargo, interrumpir la caída de 2008-2009, agotó sus recursos intelectuales y políticos.

Los asesores económicos aseguraron a sus jefes que la recuperación vendría rápidamente. Y sí hubo un poco de reactivación pero después se estancó en 2010. Mientras tanto, los gobiernos tenían enormes déficits –legado de la desaceleración económica– que se supone sería moderada por un crecimiento restablecido. En la eurozona, países como Grecia enfrentaron crisis de deuda soberana pues los rescates bancarios convirtieron la deuda privada en deuda pública.

La atención se dirigió al problema de los déficits fiscales y su relación con el crecimiento económico. ¿Deberían los gobiernos ampliar deliberadamente sus déficits a fin de contrarrestar la caída de la demanda de vivienda e inversiones? ¿O deberían tratar de recortar el gasto público con el fin de disponer de dinero para el gasto privado?

Dependiendo de la teoría macroeconómica que se adopte, las dos opciones arriba mencionadas podrían haber sido presentadas como políticas favorecedoras del crecimiento. La primera podría generar la expansión de la economía porque el gobierno estaba aumentando el gasto público; la segunda tendría el mismo efecto pero porque se recortaba el gasto público. La teoría keynesiana sugiere la primera opción; y los gobiernos le tienen unánimemente fe a la segunda.

Las consecuencias de esta opción son claras. Ahora se acepta generalmente que una mayor disciplina fiscal costó a las economías desarrolladas entre 5 y 10 puntos porcentuales de crecimiento del PIB desde 2010. El conjunto de la producción e ingresos se han perdido definitivamente. Además, como la austeridad fiscal sofocó el crecimiento económico se complicó mucho más la tarea de reducir el déficit de presupuesto y la deuda nacional como proporción del PIB. Se descubrió que recortar el gasto público no era lo mismo que reducir el déficit porque desaceleró la economía.

Ello debió haber sido suficiente razón para no hacerlo. Pero no fue así. Algunos economistas señalan que los gobiernos enfrentaron un equilibrio de riesgo en 2010: reducir el déficit pudo haber desacelerado el crecimiento; pero de haberlo dejado así pudo haber empeorado las cosas.

El argumento decía que el remedio keynesiano ignoraba el efecto de políticas fiscales en las expectativas. Si la opinión pública pensara que recortar el déficit era lo pertinente, entonces permitir un aumento del déficit anularía cualquier esperanza de efecto de estímulo. Pensar que los impuestos tendrían que aumentar para “financiar” el gasto extra, entonces hogares y compañías aumentarían su ahorro. Temer a los impagos soberanos, entonces los mercados de obligaciones cobrarían a los gobiernos tasas de interés punitivas sobre los créditos que solicitaran.

Y aquí está el punto clave: al comprometerse a aplicar una mayor disciplina fiscal, los ministros de Finanzas se otorgaron el margen de maniobra para un poco de flexibilidad fiscal. Proclamar virtudes fiscales les permitió caer en indulgencia fiscal. Pudieron crear la ilusión de disciplina fiscal mediante un recorte menor que el prometido; y eso es lo que hicieron gran parte de los ministros de Finanzas.

Esto es en parte el problema en el que se han metido los macroeconomistas. Una vez que las creencias y expectativas entran en la economía, como es razonable pensar, los resultados de política fiscal se vuelven indeterminados. Mucho depende de cómo perciben las personas que serán los resultados de una política. En la jerga de los economistas, los resultados de política son “dependientes del modelo”.

El economista y Premio Nobel, Paul Krugman, ha ridiculizado lo que denomina “el hada de la confianza”, la afirmación de que la política fiscal tiene que exigir el respaldo de los mercados de obligaciones. Sin embargo, mostrar que una política corriente empeoró las cosas no significa que existiera una mejor. El éxito adecuado de una política puede depender de las expectativas del público sobre sus efectos. La pregunta sin responder es por qué el público tendría expectativas equivocadas.

Si la política fiscal es un enredo, la política monetaria también. Los bancos centrales han tratado de evitar el hada de la confianza mediante impresión de dinero –técnicamente, comprando bonos gubernamentales en el mercado secundario. Se espera que el dinero extra permee en la economía y acelerar la actividad. El Banco Central Europeo acaba de empezar un programa de compra de bonos por 1.17 billones de dólares para sortear el veto alemán sobre expansión fiscal.

Sin embargo, los efectos de la llamada facilitación cuantitativa también dependen de las expectativas. Si ofrecer a las empresas dinero extra les da mayor confianza, entonces gastarán más, pero si desconfían de la política, entonces acumularán el dinero.

Los resultados de la facilitación cuantitativa en los Estados Unidos y Reino Unido han sido ambiguos. Es cierto que los gobiernos podían obtener crédito más asequible a medida que caían los rendimientos. Sin embargo, los bancos no estaban ofreciendo los créditos que se habían puesto a disposición de los gobiernos, en parte porque lo usaban para pagar sus propias deudas, y también porque había una baja demanda de créditos.

El efecto positivo más importante de la facilitación cuantitativa se dio en los precios de los activos –principalmente activos financieros – Sin embargo, más riqueza para los ricos no produce necesariamente mucho más gasto extra. Incrementa la desigualdad y crea riesgo de burbujas de activos, lo que puede desembocar en una nueva quiebra financiera.

Así pues, llegamos a la era poscrisis sin una postura definida correcta sobre la política macroeconómica para la recuperación y prevención de futuras desaceleraciones. Grandes esperanzas se sustentan en una mejor regulación financiera para frenar la excesiva creación de crédito. No obstante, ¿qué es “excesivo”? ¿Seguirán los bancos centrales fijando una meta de 2% de inflación? ¿O deberían fijar como objetivo el “ingreso nominal”? ¿Cómo deberían ser las nuevas reglas fiscales y cómo –en la eurozona– se deben poner en vigor?

Los economistas debaten si las economías de mercado son naturalmente estables. Como keynesiano pienso firmemente que las economías de mercado necesitan políticas estabilizadoras. Sin embargo, los keynesianos tienen que enfrentar la incómoda verdad de que el éxito de políticas estabilizadoras puede depender de la comunidad empresarial con expectativas keynesianas. Necesitan tener de su lado al hada de la confianza.

Traducción de Kena Nequiz


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