Si a un siglo de su nacimiento José Martí fue identificado como responsable de los hechos revolucionarios que inauguraron nuestra etapa libertaria de 1953, también pudiera decirse que esta Casa de las Américas fue fundada por nuestro Apóstol, por su compromiso con los próceres que empezaron las guerras de emancipacióncontinental contra el colonialismo. Para colmo, una joven de la generación del centenario del nacimiento de Martí, protagonista de aquella jornada terrible y simbólicamente hermosa fue, a su vez,quien fundó y animó a esta institución, que ha reunido escritorescomo haciendo un ensayo hogareño de aquel ideal llamado Nuestra América.
Otro imprescindible de esta Casa, mi amigo poeta y pensador Roberto Fernández Retamar, el año pasado me pidió estas palabras de inauguración al Premio número 59. Y es que Roberto sabe que, aunque este entrañable evento aún no ha incluido la modalidad de canción, es incuestionable que aquí se ha cantado mucho, tanto con lírica como con guitárrica.
Por ejemplo, el mes que viene hará medio siglo de que varios trovadores de mi generación estuvimos por primera vez en este mismo salón. Aún no se llamaba Che Guevara, aunque ese fue un nombre que nos sobrevoló aquella noche. Lo que era yo, estaba bastante azorado, casi no me lo creía, porque en febrero de 1968 Casa de las Américas era ya un lugar honroso y querido, liderado por una heroína y respaldado por brillantes artistas y escritores.
Faltaban por llegar muchas novelas, narraciones, piezas de teatro; faltaban inolvidables libros de poesía. Y faltaban por ausentarse, o por sernos arrebatados, varios hermanos queridos. Porque esta Casa y este Premio siempre tuvieron la virtud de reunir a mujeres y a hombres más interesados en la suerte de sus pueblos que en la de sus palabras; gente entregada en el ingenio, pero mucho también en carne y hueso. Así que faltaban por ocurrir sorpresas en muchos escenarios, noticias esperadas o inconcebibles, esperanzas y angustias de diversas honduras.
También faltaban iluminaciones, torpezas, aprendizajes; faltaba tiempo, partícula a partícula, haciendo lo que la brisa y el agua cuando corren. Faltaba, después de la espuma, el sedimento revelador que nos hace reconocer y desafiar, entre las miserias del mundo, lo triste de nuestra propia naturaleza.
A algunos incluso nos faltaba más de la mitad de nuestras vidas, aunque no lo sabíamos. Y todos éramos aprendices de todo: de la historia escrita, de la que pensábamos que faltaba por hacer y escribir y, por supuesto, la de la hormiga cotidiana: la historia real que, entre acorralado y desafiante, ha escrito este pequeño país, capaz de proyectar las enormes luces de sus sueños.
Algunos sueños acaso no los llegaremos a tocar, al menos del todo, porque el acoso constante sin dudas nos limita. Estamos donde una larga, compleja y desigual batalla nos permite. Esto nos ha hecho desarrollar un arte de defensa que nos sostiene. Y aunque el que se defiende bien a veces logra sobrevivir, verse obligado a basar la existencia bajo esa premisa no es lo más saludable.
Quienes hemos sido parte de esta Casa de las Américas durante 59 años tenemos pruebas, en primer lugar, de que el bien es posible, y de que el arte y la cultura son parte de su sustancia. También sabemos que algunas inconveniencias pueden durar más de lo proclamado y que el bien es aún perfectible.
Por esas razones aquí estamos, con la voluntad de ser mejores, de avanzar. Por eso aquí seguimos. Por supuesto que no eternamente y mucho menos por costumbre, sino porque aún somos capaces de estremecernos cuando llegamos a un lugar como esta Casa.
Es como si de pronto se fuera abrir una puerta y entrara una señora con una sonrisa entre pícara y materna, con una mirada entre nostálgica y escrutadora, con una voz de flauta y unos brazos menudos que te rodean, te sostienen y hasta te enderezan, y te hacen pensar que estás a salvo, que realmente puedes decir todo lo que te parece —y hasta lo que imaginas—; extraordinario abrazo que te hace sentir que estás creciendo, o que te hace creer que cuando dices es que creces, y que sólo por eso vale la pena estar vivo.
Gracias a esa y a otras nítidas presencias ahora mismo en esta sala, es que logro decir bienvenidos, hermanos, al Premio Casa de las Américas de 2018.
Vista de la oriental ciudad de Gibara, donde se desarrollará en Festival Internacional de Cine, que según sus organizadores, está posicionado a nivel mediático y en las redes sociales. Foto: Archivo IPS Cuba
La Habana, 14 ene.- Con un espectro más amplio a la producción cinematográfica y fiel a la comunicación entre las distintas artes que caracterizó al encuentro de cine pobre, Cuba convoca a la edición 14 del Festival Internacional de Cine de Gibara (FIC Gibara), del 1 al 7 de julio de 2018.
La cita, que suele desarrollarse en el mes de abril, se trasladó este año a la etapa del verano boreal, con la organización habitual del Ministerio de Cultura, el estatal Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic) y los gobiernos de la provincia de Holguín y el municipio de Gibara.
Esta ciudad del oriente cubano es la sede del actual festival inspirado en el de cine pobre creado en 2003 por el cineasta cubano Humberto Solás (1941-2008).
Presidido por el actor y director Jorge Perugorría, protagonista de numerosos filmes de cinematografía cubana, FIC Gibara invita a concursar a materiales en idioma original con subtítulos en español producidos entre 2016 y 2018.
Concebido desde sus inicios para películas con presupuesto menor a los 300.000 dólares, en 2011 no se realizó en Gibara bajo el argumento de restricciones económicas y, al parecer, motivado por falta de consenso con las autoridades de Holguín.
“El Festival de este año es una continuidad del pasado, que significó un punto de giro en lo que fue el Festival de Cine Pobre creado por Solás”, dijo Perugorría al sitio web Cubacine.
La intención es seguir creciendo, un “deseo que se evidencia desde el pasado año con el cambio de nombre; la apertura del evento a aceptar cualquier tipo de obra sin importar su presupuesto, sino su calidad estético-conceptual; la invitación a un mayor número de artistas de diversas manifestaciones, entre otros cambios”, agregó.
Competencia
En el FIC Gibara se competirá en largometraje y cortometraje de ficción y documental, animación y videoarte, guiones inéditos y cine en construcción (largometrajes de ficción y documental).
La convocatoria indica que el jurado de cada categoría estará integrado por reconocidas figuras nacionales e internacionales del cine, el audiovisual y las artes. Su decisión será inapelable y a cada obra ganadora se le entregará el premio Lucía, en recordación a uno de los más reconocidos filmes de Solás, de 1968.
En la sección cine en construcción, se otorgará el premio Humberto Solás (en metálico) a la obra que más honre su Manifiesto del Cine Pobre, además de una obra confeccionada por un prestigioso artista de la plástica.
El plazo de admisión vence el 27 de abril de 2018. Las obras deberán enviarse en formato DVD o BluRay a Oficina del Festival Internacional de Cine de Gibara, calle 23, nro.1155, e/10 y 12, piso 6, Edificio ICAIC, Vedado, Plaza de la Revolución, La Habana, Cuba. CP 10400.
La cita cinematográfica sacó del anonimato y del olvido a la ciudad de Gibara, conocida como la Villa Blanca.
En cada una de las ediciones, cientos de personalidades de la cultura se desplazan hacia ese territorio holguinero, ubicado a 775 kilómetros al este de La Habana.
Desde sus inicios y antes de cambiar su nombre de Festival Internacional de Cine Pobre, el encuentro ha tenido un marcado alcance comunitario.
Cada año se imparten conferencias, talleres de actuación y creación audiovisual, se realizan ferias de responsabilidad ambiental y se componen murales colectivos que mejoran el paisaje urbano de Gibara.
Al calor del festival, la ciudad fundada en 1817 por Francisco Zayas y donde viven más de 72.000 personas, vio renovarse a espacios públicos y privados y llegó a ser declarada en 2017 como destino turístico.
“De no ser por el festival, tal vez nunca habrían llegado allí los artistas españoles Victoria Abril, Imanol Arias y Luis Eduardo Aute ni el actor y productor Benicio del Toro”, opinó Magalys Núñez, oriunda de Gibara y residente en La Habana.
En las redes sociales, las etiquetas identificativas son #ficgibara y #gibaralomerece, que durante la cita alcanzan numerosas reacciones. (2018)
Más de un centenar de representantes de la sociedad civil cubana aprobaron durante su Asamblea Anual en La Habana sumarse a la enérgica condena emitida por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba ante las declaraciones racistas, denigrantes y groseras del presidente Donald Trump hacia El Salvador, Haití y países africanos.
El pronunciamiento se produjo durante la celebración de la Asamblea General de Asociados a la ACNU, Asociación Cubana de las Naciones Unidas, a la cual asistieron 80 socios colectivos y otros 70 individuales.
Horas antes de este encuentro de la sociedad civil la Cancillería cubana emitió una Declaración que fue ampliamente difundida en Cuba y el mundo, en la cual enfatizó que las declaraciones del presidente de los Estados Unidos “están llenas de odio y de desprecio, producen indignación en el pueblo cubano, orgulloso del aporte que a lo largo de su historia han hecho nacionales y sus descendientes de diversas latitudes, particularmente africanos y haitianos, desde el momento mismo en que se forjó la nacionalidad cubana”.
Mediante su declaración el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba expresó su más sentida solidaridad con todos los países ofendidos, y al mismo tiempo se sumó al fuerte rechazo que las denigrantes afirmaciones de Donald Trump han concitado en todo el mundo, especialmente en los países del Sur.
Durante la Asamblea efectuada en La Habana, a la cual asistió el vicecanciller Abelardo Moreno, la ACNUacordó denunciar el recrudecimiento del bloqueo de Estados Unidos contra Cuba, así como promover acciones y actividades desde la sociedad civil cubana, en ocasión del 70 aniversario de la DeclaraciónUniversal de los Derechos Humanos.
La Asamblea se solidarizó con los pueblos de Palestina, Puerto Rico y la República Árabe Saharahui Democrática, y reiteró su apoyo a la reclamación argentina sobre las Islas Malvinas. Asimismo acordó mantener la denuncia ante las situaciones que ponen en peligro la paz y la seguridad internacionales en el mundo, como el terrorismo, el colonialismo y la existencia de armas nucleares.
Entre los propósitos de la ACNU para el presente año figuran la realización de acciones que favorezcan a la paz, la soberanía, la descolonización y la autodeterminación de los pueblos.
Donald Trump y su esposa, Melania, bailando. REUTERS
Donald Trump es directo. Entra en cualquier discusión sin preámbulos. Corto y duro. Las presentaciones le aburren. Odia los informes largos. Nada de circunloquios. Todo tiene que ser rápidamente metabolizado. Una estrategia política cabe en un tuit, un acuerdo en una conversación. No hay nada que no pueda ser reducido, compactado, exhibido. Por eso ama Twitter. Y aún más la televisión. Frente a la pantalla pasa, según las reconstrucciones más rigurosas, un mínimo de cuatro horas diarias. Le gusta especialmente la extraplana que hizo instalar en el comedor, y cada mañana lo primero que ve es el conservador Fox and Friends. A partir de ahí empieza a escudriñar, no ya lo que ocurre en el mundo sino lo que el mundo piensa de él. Y si algo no le gusta, brama. Y cuando brama, a nadie se le escapa. Su gabinete, sus generales, sus adversarios, el orbe entero lo descubre al instante.
Es ya una liturgia. De lunes a viernes, a eso de las seis de la mañana, a veces con un big mac en la mano y una coca-cola light esperando, Donald Trump lanza su metralla en Twitter. Lo hace, según los medios estadounidenses, desde la cama, en pijama y casi siempre solo. La intimidad es algo sagrado para él. No comparte habitación con su esposa Melania y desde que llegó al 1600 de Pennsylvania Avenue exigió, en contra del servicio de seguridad, colocar una cerradura en su puerta. Ahí dentro, con la televisión encendida y el móvil en la mano, el antiguo rey de la telerrealidad se crece.
Es posible que este juego feroz le deparase éxitos en su época de tiburón inmobiliario. Pero desde que el 20 de enero de 2017 cruzó el umbral de la Casa Blanca, hace temblar al mundo. “Su autoestima supone un riesgo. Cuando se siente agraviado, reacciona impulsivamente, construyendo una historia autojustificativa que no depende de los hechos y que siempre se dirige a culpar a otros”, ha escrito Tony Schwartz, el hombre que fue su sombra durante más de un año y que coescribió The art of the deal (El arte del trato), el bestseller autobiográfico de Trump.
Esta tendencia se ha agudizado. Quienes creyeron que su investidura le iba a domesticar, se equivocaron. A sus 71 años, con cinco hijos, nueve nietos, 500 empresas y una fortuna superior a los 3.500 millones de dólares, Trump sigue salvaje y suelto.
“Es peligrosamente inestable para alguien que tiene la responsabilidad nuclear. No soporta la crítica ordinaria y muchas de sus respuestas tienden a mostrar un comportamiento violento”, explica Bandy X. Lee, profesora de la Escuela de Medicina de Yale, quien ha levantado una enorme polvareda en EE UU al pedir con otros 27 psiquiatras que se le practique de forma urgente un examen mental. Se trata de un solicitud que, pese a ser minoritaria y carecer del apoyo de la Asociación Americana de Psiquiatría, ha llevado a un grupo de parlamentarios, todos demócratas menos uno, a citarse con la profesora Lee. Detrás de la reunión estaba el afán de golpear de la oposición, pero también la perplejidad que genera la conducta del presidente.
Educado por un padre implacable, Trump vive en continúa tensión. A diferencia de su hermano mayor, que murió alcoholizado a los 42 años, él resistió. “Me metieron en los negocios muy joven; mi padre me intimidaba como a todo el mundo, pero permanecí a su lado y me granjeé su respeto. Nuestra relación era de casi empresarial”, escribió en The art of the deal.
Forjado en la dureza, la existencia se tornó para él puro combate. Un esquema binario donde solo cabe ganar o perder. “Está en guerra con el mundo y únicamente ve un camino: dominar. Trump se dota de sentido en la conquista”, ha señalado Schwartz.
El resultado de esta actitud es que, lejos de adoptar la pose olímpica de ciertos presidentes tras ganar las elecciones, el multimillonario sigue en campaña. No hay día en que no mime a los suyos y desprecie a los contrarios. A los mexicanos, a los demócratas, a los republicanos tibios. Para todos ellos tiene la vara presta. En su mandato, como ha revelado una encuesta de The Washington Post, la polarización social ha alcanzado el nivel que tuvo en la guerra de Vietnam. Esa fractura constituye, de momento, su principal legado y la sima por la que previsiblemente emergerá su némesis.
Bajo su égida, solo están a salvo un puñado de generales (Trump siente pasión por los entorchados), su hija mayor, Ivanka, y su yerno, Jared Kushner. El resto sabe que en cualquier momento puede caer. Y el motivo puede ser inconfesable. Al diplomático John Bolton, según el polémico libro Fuego y Furia del periodista Michael Wolff, lo rechazó para el puesto de consejero de Seguridad porque le desagradaba su bigote, y a sus colaboradores más próximos les despreciaba abiertamente: de Priebus odiaba que fuera tan bajo, de Spicer y Bannon su forma de vestir, de la consejera Kellyanne Conway sus “constantes lloriqueos” y del propio Kushner su empalagosa adulación.
“Más tarde o más temprano, todo el que está con Trump acabará viendo un lado suyo que le hará preguntarse por qué escogió trabajar con él”, han escrito en el jugoso Deja a Trump ser Trump dos antiguos (y despedidos) asesores de campaña, Corey Lewandowski y David Bossie.
Con estas características, la pregunta se vuelve obvia. ¿Cómo pudo ganar las elecciones y conectar con casi 63 millones de votantes? Sus defensores enarbolan su transparencia. Dicen que Trump no oculta su humanidad y que es sincero en sus manifestaciones. Odia y ama. Grita y aplaude. No pretende, según esta visión, una imagen edulcorada, sino que exhibe sus entrañas al público como nadie lo ha hecho antes.
Eso entusiasma a sus votantes más radicales. Y repele a sus detractores. “No ha cambiado apenas respecto a la campaña. Es divisivo y su único objetivo es mantener a su base”, asegura el presidente del Comité Nacional Demócrata, Tom Pérez.
En contra de la gran tradición presidencial americana, Trump ha abandonado la meta de gobernar para todos. Triunfó como un marginal y sigue actuando, al menos en superficie, como tal. Esa heterodoxia le ayuda ante su núcleo duro, que no le ve como el monstruo que dibujan los medios progresistas. Por el contrario, la sobreexcitación de cierta izquierda irrita a muchos conservadores. “La mayoría de la gente que le detesta no conoce a nadie que trabaje con él ni que le apoye. Obtiene su información de otros que detestan a Trump, lo cual es la fórmula perfecta para la clausura epistémica”, ha escrito el analista conservador David Brooks.
Ante los suyos, el presidente es básicamente un tipo simpático y resolutivo. Una imagen que él intenta redondear enseñando de vez en cuando su corazón. Lo hace, por ejemplo, cuando está con niños, momentos en los que se presenta como un abuelo juguetón, o al rememorar a su hermano muerto. Pero lo que realmente enloquece a su base es cuando da la cara.
Trump tiene a gala no rehuir las entrevistas ni a los periodistas críticos. Le excita el pulso público. Puede reunirse con una decena de congresistas demócratas decididos a hincarle el diente y, sin previo aviso, ordenar que se emita en directo el encuentro para que todo el país lo siga. Incluso cuando se estudió en la Casa Blanca que el fiscal especial de la trama rusa le pudiese llamar, manifestó su deseo de declarar en público y no por escrito.
Showman consumado, en las cámaras busca posiblemente la absolución. Y en numerosas ocasiones, la logra. Pero el ruido nunca le abandona. Tampoco el tiburón que lleva dentro. Vive en permanente competencia consigo. Inmune al escándalo, ganar es lo único que importa. Si Wall Street registra un día histórico, tiene que decirle a los cuatro vientos que es mérito suyo; si el paro baja, también.
En ese sentido, la derrota le espanta más que la mentira. Y prefiere cualquier polémica antes que admitir un fracaso. Tanto es así que cuando los candidatos a los que ha respaldado pierden, borra los tuits de apoyo. Del igual modo, sigue sin aceptar que Hillary Clinton obtuviera más votos en los comicios y todavía lo atribuye a un imposible fraude electoral.
En constante ebullición, a lo largo de un año, según The Washington Post, ha contado más de 2.000 falsedades o medias verdades. Un festival de irrealidad ante el que una parte de la población ha dado su brazo a torcer. “Es increíble cómo el público se ha acomodado a lo que hace, resulta lo más llamativo de la presidencia”, comenta Julian E. Zelizer, profesor de Historia y Asuntos Públicos de la Universidad de Princeton.
En cualquier momento, además, Trump puede entrar en erupción. La incertidumbre es el signo de su presidencia. Nunca se sabe qué paso va a dar ni qué colmillo enseñará. Un día puede participar en un sentido homenaje a las minorías raciales y al otro llamar “países de mierda” a Haití, El Salvador y las naciones africanas más pobres. “Y no va a cambiar. Es un hombre de 71 años que se ha pasado la vida engañando a la gente. Lo único que cabe es que se vuelva más errático”, afirma el biógrafo y Premio Pulitzer David Cay Johnston.
La residencia oficial no le convence. Ha pasado un tercio de su mandato en mansiones privadas, ya sea la fastuosa Mar-a-Lago (Florida), su club de golf en Nueva Jersey o un complejo hotelero suyo en Virginia. Y cuando le toca quedarse en Washington, rehúye de la vida social y, a diferencia de Obama, casi nunca sale a comer.
En la Casa Blanca, su menú predilecto oscila entre un buen filete con patatas o un big mac y batido de chocolate. Algo rápido y sin demasiadas complicaciones. En general, le molestan las comidas largas; odia perder tiempo en ellas. El tiempo es oro y él es su orfebre. Quizá por eso ha reducido su horario de trabajo en la Casa Blanca. Mientras George Bush hijo entraba al amanecer y Obama después de las nueve, él ha decidido llegar a las once de la mañana. “A veces parece que sigue actuando como si no gobernase y estuviera en un escenario de televisión”, apunta el comentarista Walter Shapiro.
Su jornada se la organiza su jefe de gabinete, el general John Kelly. Un marine reconocido por su patriotismo, que ha logrado ordenar su caótico entorno. En continuo contacto con Kelly y sin dejar de beber Coca-Cola light (12 al día), el presidente lidia con informes, reuniones y declaraciones.
Sobre sus capacidades no hay acuerdo. En Fuego y Furia se le dibuja como un “niño grande”, ignorante y con tan poca concentración que cuando un asesor quiso explicarle la Constitución no pasó de la cuarta enmienda. Otros testimonios hablan de alguien que más bien exige brevedad y argumentos nítidos. Recuerdan que en primavera, cuando había decidido abandonar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, su secretario de Agricultura logró convencerle de no dar el paso mediante un mapa que mostraba las áreas que le habían votado mayoritariamente y que sufrirían por la decisión. “A los granjeros no les podemos hacer esto”, concluyó el presidente.
Terminada la jornada oficial, la cena suele celebrarse a las siete de la tarde con invitados escrutados por Kelly. Aunque el menú puede ser amplio, el filete con patatas siempre está a disposición. Después, llegan las horas más inciertas.
Hasta la medianoche se mantiene activo. Siempre quedan llamadas, reuniones, conversaciones, pero poco a poco los altos funcionarios imperiales se van retirando y el mandatario se queda solo. Las pantallas encendidas, los tuits cada vez más seguidos. El mundo gira y Trump se clava ante la televisión. A ver su propio show.
Publicado: 12 ene 2018 16:26 GMT | Última actualización: 12 ene 2018 16:36 GMT
El Departamento de Estado de EE.UU. ha confirmado que John Feeley decidió "retirarse por motivos personales, a partir del 9 de marzo de este año".
El embajador de EE.UU. en Panamá, John Feeley, ha renunciado debido a que no se siente capaz de servir al presidente Donald Trump, según se desprende de su carta de renuncia, uno de cuyos extractos ha sido publicado por Reuters.
"Como oficial de servicio exterior secundario, firmé un juramento de servir fielmente al presidente y su Administración de una manera apolítica, incluso cuando no estoy de acuerdo con ciertas políticas", explica Feeley en la carta.
"Mis instructores dejaron en claro que si creía que no podía hacer eso, estaría obligado a renunciar. Ese momento ha llegado", agrega el diplomático.
El General de Ejército Raúl Castro Ruz (I), presidente de los Consejos de Estados y de Ministros, presidió la ceremonia militar de traslado e inhumación de los restos de 33 combatientes del III Frente Mario Muñoz, en el mausoleo erigidos a los héroes mártires del III Frente Oriental, situado en la loma de la Esperanza, en el municipio III Frente, en la provincia Santiago de Cuba, Foto: Miguel Rubiera Justiz/ ACN.
El presidente de Cuba, Raúl Castro, presidió hoy en Santiago de Cuba la ceremonia militar de traslado e inhumación de los restos de 33 combatientes caídos durante la guerra de liberación o fallecidos después del triunfo de la revolución de 1959.
La ceremonia tuvo lugar en el Mausoleo del III Frente Mario Muñoz, donde fueron colocadas tres ofrendas florales, de Raúl Castro, del pueblo cubano y de los familiares.
El primer vicepresidente de la isla, Miguel Díaz-Canel, pronunció las palabras centrales del acto, mediante las cuales llamó a multiplicar el homenaje con el trabajo diario creativo e innovador.
“Los restos mortales de estos inmortales patriotas, algunos caídos en la lucha insurreccional y otros fallecidos con posterioridad al triunfo revolucionario, regresan para permanecer junto a su legendario jefe, el comandante de la revolución Juan Almeida Bosque (…)”, subrayó.
El primer vicepresidente cubano precisó que los restos corresponden a tres comandantes, siete capitanes, cinco primeros tenientes, un teniente y 17 soldados, entre ellos tres heroínas.
El III Frente Mario Muñoz del Ejército Rebelde fue creado en marzo de 1958 durante la guerra contra la dictadura de Fulgencio Batista en la provincia de Santiago de Cuba.
Por orden del líder histórico de la Revolución Cubana, Fidel Castro, Almeida Bosque fundó y dirigió el grupo guerrillero con base de operaciones militares en la zona montañosa del oriental territorio.
Estudiantes de la Escuela Militar Camilo Cienfuegos de la ciudad de Contramaestre, conducen ofrendas florales enviadas por Raúl, Pueblo de Cuba y familiares en la ceremonia militar de traslado e inhumación de los restos de 33 combatientes del III Frente Mario Muñoz. Foto: Miguel Rubiera Justiz/ ACN.
Estudiantes de la Escuela Militar Camilo Cienfuegos de la ciudad de Contramaestre, custodian las ofrendas florales. Foto: Miguel Rubiera Justiz/ ACN.
Combatientes de la Unidad de Ceremonia de la Fuerzas Armadas Revolucionarias, conducen los nichos con los restos mortales de 33 combatientes del III Frente Mario Muñoz. Foto: Miguel Rubiera Justiz/ ACN.
Estudiantes de la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, de la ciudad de Contramaestre, custodian las ofrendas florales. Foto: Miguel Rubiera Justiz/ ACN.
Combatientes de la Unidad de Ceremonia de la Fuerzas Armadas Revolucionarias. Foto: Miguel Rubiera Justiz/ ACN.
Combatientes de la Unidad de Ceremonia de la Fuerzas Armadas Revolucionaria. Foto: Miguel Rubiera Justiz/ ACN.
Miguel Díaz-Canel Bermúdez, primer vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros, pronunció las palabras centrales de la ceremonia militar de traslado e inhumación de los restos de 33 combatientes del III Frente Dr. Mario Muñoz Monroy, Foto: Miguel Rubiera Justiz/ ACN.
Combatientes de la Unidad de Ceremonia de la Fuerzas Armadas Revolucionarias conducen los nichos con los restos mortales de 33 combatientes del III Frente Mario Muñoz. Foto: Miguel Rubiera Justiz/ ACN.
Nuevamente los inventados ataques acústicos vuelven a ser noticia, veamos:
El 6 de enero, se hacen públicas las declaraciones del senador estadounidense Jeff Flake republicano de Arizona que integra el Comité de Relaciones Exteriores, en las que afirma: “ No hay evidencia de ‘ataques sónicos’ en Cuba.
Según la Voz de las Américas Flake dijo a The Associated Press que los cubanos le habían asegurado que el FBI les había dicho que sus agentes, en cuatro viajes a Cuba, no encontraron evidencia de que las misteriosas enfermedades sufridas por los diplomáticos estadounidenses fueran el resultado de los ataques. Flake siguiendo lo que informa el medio habría dicho que, los informes clasificados de funcionarios estadounidenses no le dejaron ningún motivo para dudar de la versión cubana.
Tácitamente Flake estaba planteando que existían documentos clasificados de su país que concordaban con la versión de las autoridades cubanas, es decir que no existen pruebas de los “ataques”, y si el FBI es quien ha estado liderando las investigaciones por la parte norteamericana, solo de esa agencia podían provenir dichos documentos, por lo tanto, es el senador el primero que habla públicamente de ellos y su contenido.
Lo que dice Flake se torna irrebatible y embarazoso para el gobierno norteamericano, no pueden desmentir que haya tenido acceso a los documentos que ha citado, ni arriesgarse a poner en duda lo expresado por los investigadores cubanos sobre lo dicho por los oficiales del FBI acerca de no tener pruebas de que los “ataques” hubieran ocurrido, pues podía existir testimonio grabado de los contactos entre los especialistas de ambos países que de ser publicados serían un serio golpe para la farsa montada.
Ante esta situación: ¿Qué reacción mediática se produjo?
CBS NEWS, el mismo 6 de enero publicó haber tenido acceso a documentos desclasificados de Global Affairs Canada que revelaban que funcionarios canadienses llamaron ataques a los supuestos incidentes que presuntamente afectaron a diplomáticos estadounidenses en La Habana, Cuba, desde el 26 de abril, meses antes de que el Departamento de Estado de los Estados Unidos los reconociera públicamente por primera vez.
El mensaje: “No fuimos nosotros los primeros en clasificar ni interpretar como ataques lo que presuntamente estaba ocurriendo, fueron los canadienses”.
Los que dirigen la farsa decidieron hacer control de daños y el 8 de enero le dieron a la AP la tarea de “filtrar” el contenido de un documento del FBI que corrobora lo que ha dicho el senador, de esa forma le restan protagonismo a su figura en el caso, a la vez que incrementan la credibilidad e imagen de imparcialidad del medio que se les subordina.
La audiencia en el Senado: ¿Un reality shows?
Indiscutiblemente lo fue, estaba ensayado y preparado desde mucho antes, forzados por las circunstancias y llevados por mezquinos intereses lo pusieron en escena. Veamos lo que dijeron cada uno de los actores:
El director adjunto de seguridad diplomática del Departamento de Estado estadounidense, Todd Brown, aseguró que no descarta nada y que sí saben que “hay un elemento acústico asociado con ellos, que pueden ser de otro estilo de ataque… entre ellos un ataque “viral”, es decir, que alguien deliberadamente infectara a los estadounidenses con un virus.”. ¿Algo nuevo?, nada, ya el The New York Time, en octubre del 2017 había sugerido esta descabellada versión.
El doctor del FBI, Charles Rosenfarb, según AP confirmó que todos los casos clínicos describían “una combinación de dolor de oído, dolor de cabeza, pitidos o zumbidos en los oídos, vértigo, problemas visuales para enfocar, desorientación, náuseas y fatiga extrema” en las personas que alegan haber estado expuestas a los sonidos. ¿Algo nuevo?, nada.
El secretario de Estado adjunto para Latinoamérica y el Caribe en funciones, Francisco Palmieri, sostuvo que, EE.UU. no tiene pruebas de que agentes del Gobierno cubano perpetraran los ataques pero ha insistido en que La Habana, como mínimo, “falló” en su deber de proteger al personal estadounidense en la isla. ¿Algo nuevo?, nada.
¿Para qué lo hicieron?
Complacer a Marco Rubio y otros que como él odian la Revolución cubana, crear nuevas expectativas alrededor de este manido tema para mantenerlo en la agenda mediática sustentando la matriz de opinión de que estos inexistentes hechos pudieron haber ocurrido y que Cuba tuvo responsabilidad en los mismos, culpar a nuestro país del retroceso de las relaciones y de esta forma justificar sus acciones de reducir el personal y los servicios de su embajada en La Habana, de ahí las declaraciones del Secretario de estado Norteamericano Rex Tillerson a la AP de que, “me abstendré de enviar de vuelta personal diplomático a Cuba, (…) Los estaría poniendo intencionalmente en un camino peligroso. “Me opondré a cualquier persona que me quiera forzar a hacer eso”. A la vez anunciaba que profundizaran en las investigaciones. El cuento de nunca acabar.
El objetivo principal de todo enrarecer hasta destruir las relaciones diplomáticas entre ambos países.
¿Qué viene ahora?
Los medios obedientemente comienzan a replicar la estupidez dicha por el director adjunto de seguridad diplomática del Departamento de Estado estadounidense, Todd Brown sobre la posibilidad de que los “ataques pudieran haber sido realizados utilizando virus”, así REUTERS, The Washington Post. y otros sin ningún pudor difunden tan absurda hipótesis, sin siquiera hacer un comentario que la ponga en duda o citar un experto que la refute.
¿Cómo llegaron esos “entrenados” virus o bacterias a los oídos de los norteamericanos?
Hace un tiempo en un post que escribí hice esta pregunta de forma irónica, en esa ocasión planteé:
No debe sorprendernos que conciban semejante idea y que consideren poder hacerla creíble, pues resulta que ellos si planearon matar a Fidel utilizando este tipo de agentes impregnados en un traje de buzo y en un pañuelo que pretendían hacerle llegar, lo que fue afirmado en 1975, por el Comité de Inteligencia del Senado de EE.UU. que concluyó que existían pruebas concretas sobre estos planes de magnicidio.
Y concluí: Nuevas hipótesis y “victimas” serán inventadas, la acelerada actividad paranormal de Norteamérica así lo indica, no tendremos que esperar mucho para verlas aparecer”, la vida me ha dado la razón.
Dice el senador por la Florida y usurpador de la política de Estados Unidos hacia Latinoamérica, Marco Rubio, que los supuestos ataques sónicos contra diplomáticos gringos en Cuba son un “hecho comprobado”. Sin embargo, la Oficina de Investigaciones Tecnológicas del FBI ha descartado tal cosa y “no ha encontrado evidencia alguna” de esto, reveló la agencia Associated Press.
Los informes del FBI no son improvisados. Los mundialmente afamados investigadores policiacos indagaron durante meses los hechos, viajaron cuatro veces a La Habana, y de lo asegurado por el presidente Donald Trump acerca de estos “ataques sónicos” no hay nada, ni rastro, ni siquiera una partícula de polvo que pudiera decir que el cuerpo diplomático de Estados Unidos en Cuba fue víctima de algún atentado con un arma auditiva.
Asi, el teatro de Marco Rubio se cayó. Sólo basta que se quite la máscara. Y la pantomima se vuelve más dramática ante las palabras expresadas por el embajador cubano en Estados Unidos, José Ramón Cabañas: “Si La Habana fuese un lugar realmente inseguro, no se habrían solicitado entre enero y octubre de 2017, 212 visas para familiares y amigos de los diplomáticos ni estos hubieran realizado más de 250 viajes de recreo fuera de la capital.”
Declaraciones de @JosefinaVidalF: El verdadero propósito de la audiencia no era establecer la verdad, sino imponer por la fuerza y sin evidencia alguna una acusación contra #Cuba que no han podido demostrar (…) La gran víctima de la audiencia del día de hoy ha sido la verdad
«El FBI probó la hipótesis de que ondas audibles, infrasónicas o ultrasónicas pudieran haber sido utilizadas clandestinamente para herir a estadounidenses en Cuba y no encontró evidencia alguna”, dijo Associated Press, la cual tuvo acceso a un informe interino de la División de Operaciones Tecnológicas del FBI, fechado el 4 de junio último, que todavía no se ha hecho público.
Las conclusiones del FBI coinciden con las del Comité de Expertos cubanos encargados por el gobierno de Cuba para indagar los hechos. No hay pruebas de los supuestos ataques sónicos. De hecho, el senador republicano –compañero de bancada de Marco Rubio—, Jeff Flake, aseguró que no existen motivos para dudar de la posición del Gobierno cubano y añadió que los informes a los que ha tenido acceso carecían de pruebas sobre el involucramiento de las autoridades de la Isla en tales falsos atentados.
Pero el montaje ha servido de pretexto a Donald Trump para boicotear los avances en la mejora de las relaciones bilaterales entre Cuba y Estados Unidos. De manera unilateral, Washington retiró a la mayor parte de sus diplomáticos de la Isla, ha reventado los proceso de visados en La Habana, y exigió la retirada de diecisiete diplomáticos cubanos de EE.UU.
Y detrás de todo ello está Marco Rubio; obcecado con golpear a Cuba, un país que no conoce ni entiende, pero que le sirve para cobrar réditos políticos entre la mafia anti-cubana de Miami. El senador cree que así avanzará en sus intenciones de ser nominado por el Partido Republicano a la presidencia de su país ¿Cuál es la lógica de esto? No la hay y no vale la pena buscarla. Dinamitar las relaciones entre La Habana y Washington es una misión que este personaje compró de alguien más por propia ignorancia.
La Fiscalía de La Haya ha solicitado abrir una investigación sobre Afganistán por crímenes de guerra que incluye abusos a prisioneros en Polonia, Rumanía y Lituania. Estados Unidos mantuvo allí centros de detención con la complicidad de sus gobiernos
DAVID MORALES URBANEJA
La policía militar traslada a un preso en la prisión de Guantánamo. SHANE T. MCCOY
LA HAYA | ENERO DE 2018
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Hagamos un viaje en el tiempo. 20 de septiembre de 2001, Washington. El presidente de Estados Unidos, George Walker Bush, da un solemne discurso en el Congreso dirigiéndose a una nación que aún se pregunta por qué ha sido atacada. El texano agradece la solidaridad de la comunidad internacional, habla de la reconstrucción de Nueva York y menciona el odio de los terroristas hacia la democracia. También nombra a una persona, Osama bin Laden, y un país, Afganistán, desconocidos en ese momento para el 99% de sus conciudadanos. Es allí donde Estados Unidos empezaría su “guerra contra el terror” y avisa al resto de naciones que espera una colaboración máxima. “O están con nosotros o están con los terroristas”, dice Bush.
¿Cómo sería esa nueva guerra? El presidente se responde a sí mismo: “Somos un país despertado por el peligro y llamado a defender la libertad. Nuestro dolor se ha convertido en ira, y nuestra ira en resolución. Ya sea que llevemos a nuestros enemigos ante la Justicia o hagamos justicia con nuestros enemigos, se hará justicia”. Los congresistas aplauden al unísono y se ponen de pie. Bush levanta la vista, la baja un poco para mojarse los labios y la vuelve a subir. Sabe que el momento histórico le evitará escuchar disonancias en una cámara entregada.
Lo que venía a decir el presidente era que la “pax americana” estaba por encima del derecho penal internacional y ningún tribunal lo detendría por sus métodos. La operación “Libertad duradera” comenzó dos semanas después y Estados Unidos, junto a una coalición internacional, desplegó tropas en Afganistán para derrocar a su Gobierno. Allí siguen 16 años después.
Los ecos de esos tambores de guerra se sintieron en una lujosa mansión de Filadelfia el 15 de diciembre de 2011. El padre de la Psicología Positiva, Martin Seligman, recibió en su casa a académicos estadounidenses e israelíes y responsables del FBI y la CIA. La finalidad era discutir un estudio suyo, fechado en 1975, que podía tener una aplicación práctica en esa nueva guerra contra el terrorismo. Seligman decía que cuando un perro sufre descargas eléctricas de forma indiscriminada termina por no tomar medidas para evitarlas, incluso si se le abre una vía de escape. Interioriza lo que los expertos llaman la “indefensión aprendida”.
Ese encuentro nunca se hizo público y no existen grabaciones, pero cimentaron el brutal sistema de torturas que la CIA instauró posteriormente. Es lo que cuenta Mark Fallon, experto en Defensa que pasó por el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, en un libro editado este año, Medios injustificables.
Las conclusiones de la cita de Filadelfia requerían una cobertura legal que llegó pronto. La Casa Blanca anunció el 7 de febrero de 2002 que no aplicaría los Convenios de Ginebra a los talibanes y combatientes de Al-Qaeda, dando vía libre a que se les torturase. Tres meses después Bush no ratificó el Estatuto de Roma, carta fundacional de la Corte Penal Internacional que sí había firmado Bill Clinton. Evitó así que la institución recién nacida en La Haya tuviera jurisdicción en territorio estadounidense. La “guerra contra el terror” siguió su curso y Estados Unidos invadió Irak en 2003 con la inestimable colaboración de Tony Blair y José María Aznar, argumentando que el Gobierno de Sadam Husein poseía unas armas de destrucción masiva que nunca aparecieron.
Demos ahora un salto en el tiempo hacia adelante. 9 de noviembre de 2017, La Haya. La Fiscal General de la Corte Penal Internacional, Fatou Bensouda, manda un vídeo a los medios en el que dice lo siguiente: “Durante décadas, el pueblo de Afganistán ha soportado el flagelo del conflicto armado. Tras un minucioso examen preliminar de la situación, he llegado a la conclusión de que se han cumplido todos los criterios jurídicos exigidos en el Estatuto de Roma para iniciar una investigación”. Sospecha de tres actores: los talibanes, las fuerzas de seguridad afganas y miembros del ejército de Estados Unidos y de la CIA.
Una Sala de Cuestiones Preliminares del tribunal estudia actualmente darle luz verde. Se sabrá en los próximos meses y es muy probable que los jueces le den el visto bueno. A partir de ese momento, la Fiscalía tendría autorización para visitar otros países, recopilar pruebas y entrevistar a víctimas. Si cree que existen indicios suficientes, incluso solicitaría órdenes de arresto. Al menos 54 detenidos sufrieron torturas, tratos crueles, violación y otras formas de violencia sexual en cárceles afganas controladas por Estados Unidos, según el último informe de la Oficina de Bensouda. Abu Ghraib queda fuera de la investigación porque Irak no es Estado parte de la Corte Penal Internacional.
La fiscal también documenta abusos contra otros 24 prisioneros en centros de detención de la CIA localizados en Polonia, Lituania y Rumanía “principalmente entre 2003 y 2004”. Es decir, que no sólo encarcelaron a prisioneros sin juicio y en países como Afganistán o Irak, sino también en el viejo continente. Entonces, ¿se cometieron crímenes de guerra en territorio europeo a principios del siglo XX? Vamos por partes.
Polonia: un país ya condenado
El caso de Polonia ya está parcialmente documentado a nivel judicial. Una sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, de julio de 2014, obligó a este país a indemnizar con 230.000 euros a dos prisioneros: Abu Zubaydah y Abd al-Nashiri. Ambos fueron trasladados a la base militar de Stare Kiejkuty, a unos 150 kilómetros de Varsovia y cercana al aeropuerto de Szymany, entre el 4 y el 5 de diciembre de 2002.
El tribunal se basó en informes desclasificados de la CIA para describir con una precisión terrorífica las “técnicas mejoradas de interrogación”, término utilizado por los norteamericanos para evitar la palabra “tortura”, utilizadas con al-Nashiri. Por ejemplo, un oficial lo amenazó con una pistola semiautomática durante un interrogatorio para que hablara. Como no lo hizo, lo metieron en su celda y lo encadenaron. Poco después, el mismo militar entró, apuntó el arma contra su cabeza y apretó el gatillo entre una y dos veces, simulando su ejecución.
El informe de la CIA sigue. “Probablemente el mismo día, el interrogador utilizó un taladro eléctrico para asustar a al-Nashiri (…) entró en su celda y encendió el motor mientras el detenido estaba desnudo y encapuchado”. Ninguna de las amenazas de muerte proporcionó información a los interrogadores. Los servicios secretos norteamericanos documentaron otros abusos, como “levantarlo del suelo por los brazos mientras los tenía atados a la espalda con un cinturón” o usar “un cepillo rígido para inducirle dolor”.
Un informe de la Cruz Roja citado en la misma sentencia explicó que al-Nashiri estuvo con las “muñecas encadenadas a una barra o gancho en el techo por encima de la cabeza (…) durante varios días seguidos” y fue “amenazado con ser sodomizado”. El 6 de junio de 2003 fue trasladado a otra cárcel secreta, en Rabat.
El Tribunal de Estrasburgo consideró probado que “las autoridades polacas sabían” de la existencia de la cárcel secreta de la CIA, pero no pudo explicar por qué Varsovia se había arriesgado a semejante empresa. La explicación llegó a los pocos meses desde el otro lado del Atlántico, pues el Senado estadounidense desclasificó un informe sobre el programa de detención de la CIA que decía lo siguiente: “Para alentar a los gobiernos para que albergasen de forma clandestina centros de detención, o para aumentar el apoyo de los ya existentes, la CIA proporcionó millones de dólares en pagos en efectivo a funcionarios de gobiernos extranjeros”.
No se nombró a los países que colaboraron, sino que se identificó los centros de detención por colores, pero los cruces de datos con otros documentos públicos pusieron en evidencia que la cárcel “azul” era la de Polonia. Sus autoridades habían dado su consentimiento para albergarla y llegó a tener prisioneros “por encima de su capacidad”, según otro cable de la Inteligencia estadounidense.
Las consecuencias políticas fueron inmediatas. El expresidente de Polonia, el socialdemócrata Aleksander Kwasniewski, convocó a la prensa al día siguiente y admitió haber dado permiso a la CIA para que usara la base militar de Stare Kiejkuty, pero negó saber que allí se practicaban torturas. Dijo no tener información sobre los pagos hechos por los norteamericanos y aseguró que el centro se cerró a finales de 2003 gracias a las presiones del Gobierno. ¿Por qué lo consintió entonces? Explicó que Estados Unidos le podría devolver el favor si la seguridad nacional polaca se veía amenazada e invocó una hipotética amenaza rusa.
Lituania: ¿torturas en la Unión Europea?
La UE hizo la mayor ampliación de su historia en mayo de 2004, cuando pasó de 15 a 25 miembros. Entre ellos estaba Lituania, que también se adhería a la Convención Europea de Derechos Humanos cuyo artículo 3 prohíbe tajantemente la tortura. Las reglas, en teoría, estaban claras.
Diversas informaciones acusaron a Lituania durante años de albergar un centro de la CIA, pero la cadena ABC News fue la primera en ponerla en el mapa. Un amplio reportaje en 2009 denunció la existencia de un centro de detención de la CIA en una antigua escuela de equitación, a 20 kilómetros de la capital, durante el año 2005. Las autoridades lo permitieron porque estaban agradecidas a Estados Unidos de que les dejaran unirse a la OTAN.
El reportaje provocó que el Parlamento lituano pidiera una investigación a fondo. Su conclusión fue que la CIA estableció no uno, sino dos centros de detención: el primero en la escuela de equitación y el segundo en una casa situada en la misma capital, en Vilnius, informaron medios nacionales. Sin embargo, no se llegó a probar que esos edificios llegaran a albergar prisioneros. ¿Para qué se usaron entonces? “El verdadero propósito de las instalaciones no se puede revelar porque constituye un secreto de estado”, dijo el fiscal a la prensa lituana.
La excusa no aguantó mucho tiempo. El informe del Senado estadounidense sobre las torturas de la CIA desclasificado en 2014 mencionó en varias ocasiones el centro de detención “violeta”, abierto a principios de 2005 y que según numerosas investigaciones estaba en Lituania. Se desveló que uno de sus prisioneros, Mustafa Ahmad al-Hawsawi, necesitó de asistencia médica después de un interrogatorio, pero funcionarios locales se negaron a trasladarlo a un hospital cercano por miedo a que la prensa se enterase.
El incidente causó enormes tensiones con la CIA, que se cuestionó la disposición del país anfitrión a “participar como originalmente se había acordado", señalan los mismos cables. Estados Unidos cerró las instalaciones en 2006 y trasladó a sus prisioneros al centro de detención “marrón”, que según varias investigaciones estaba en Afganistán. Abu Zubaydah, el detenido que ya ganó un caso contra Polonia en Estrasburgo, ha denunciado que también pasó por Lituania y ha llevado a este país ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, en un caso que está pendiente de decisión.
Rumanía: abusos en pleno Bucarest
Una investigación periodística de Associated Press y un medio local, publicada en diciembre de 2011, localizó el centro de detención de la CIA en Rumanía: un edificio de la Oficina Nacional de Información Clasificada situado en el norte de Bucarest, en un barrio residencial y a pocos minutos del corazón de la capital. Abrió en otoño de 2003 después de que la Inteligencia estadounidense vaciara el centro de Polonia.
Dos de los prisioneros que pasaron por allí fueron Janat Gul y Hassan Ghul. Acusados de ser facilitadores de Al-Qaeda, experimentaron alucinaciones después de sufrir privaciones de sueño durante decenas de horas. Un médico constató que Ghul sufría “fatiga fisiológica notable", “espasmos musculares abdominales y en la espalda", "parálisis leves en los brazos, las piernas y los pies” debido a las horas que pasaba “en posición colgante” y a los intensos regímenes de privación de sueño, hasta 59 horas seguidas en algunos casos, reflejan cables de la propia CIA.
En mayo de 2005 llegó a Rumanía Abu Faraj al-Libi, un supuesto miembro de Al-Qaeda detenido en Pakistán que sufrió durante un mes las “técnicas mejoradas de interrogación”. En ese periodo se quejó de una pérdida de audición, pero sus captores no lo creyeron y siguieron adelante. Sólo pararon cuando los doctores de la CIA avisaron de “inaceptables riesgos médicos o psicológicos”. Al-Libi fue trasladado un año más tarde a Guantánamo, donde le tuvieron que implantar un audífono.
Llegó un momento en el que el jefe del centro rumano contactó con sus superiores para comentarles sus preocupaciones: la función del edificio de Bucarest estaba pasando de “producir inteligencia” (conseguir información de prisioneros) a convertirse en unas “instalaciones de detención de larga duración”. Sin embargo, los planes se fueron al traste en unos meses. El Washington Post denunció en noviembre de 2005 la existencia de centros de la CIA en antiguas repúblicas soviéticas. No dio nombres de países, pero llevó a las autoridades rumanas a reclamarle a Estados Unidos que cerrara la cárcel “en horas”, cosa que sucedió semanas después.
Rumanía negó los hechos durante años, pero su exjefe de Inteligencia Ioan Talpes reconoció en 2014, en una entrevista con Der Spiegel online, que su país albergó “al menos” una de esas cárceles. La razón, al igual que Lituania, era favorecer su entrada en la OTAN. ¿No le preocupaba que allí se produjeran torturas? “Lo que hicieran allí los americanos era asunto suyo”, afirmó Talpes.
Dos de las conclusiones del informe del Senado sobre el programa de detención de la CIA son especialmente chocantes. La primera, que “las técnicas mejoradas de interrogación no fueron un medio efectivo para obtener información precisa”. Es decir, la tortura no funcionó porque las confesiones respondían a los deseos de los interrogadores, no a datos o nombres nuevos que pudieran ser utilizados por los Servicios de Inteligencia. La segunda, que de los 119 expedientes revisados por el Senado, “al menos 26 fueron arrestos erróneos” porque “no cumplían con los estándares legales de detención”. Es decir, más del 20% nunca debieron ser encarcelados porque no habían hecho nada.
¿Sabía Bush dónde estaban éstas y otras cárceles repartidas por medio mundo? El informe del Senado lo aclara: “El presidente pidió no ser informado de las localizaciones de los centros de detención de la CIA para asegurarse de no revelar la información de forma accidental”. Tal cual.
Estados Unidos se opone a la investigación
La pregunta ahora es hasta dónde podría llegar la investigación de La Haya. El Pentágono ya ha avisado de que la rechaza de pleno. Una de sus portavoces dijo que “ni contaría con garantías ni es apropiada”, y que cualquier pesquisa deberá ser hecha por ellos mismos. En el pasado, los obstáculos puestos por algunos estados han echado al traste el trabajo de la Fiscalía, que ha visto derrumbarse casos enteros porque las pruebas desaparecían en el país donde habían sucedido los crímenes o los testigos cambiaban su testimonio a última hora.
Los países europeos señalados y Afganistán deben responder a las eventuales llamadas del tribunal porque sí han ratificado el Estatuto de Roma. Ahora bien, las autoridades afganas recelan mucho del movimiento de Bensouda. “Créame, no están nada contentos con su investigación, han hecho todo lo posible para paralizarla”, dijo a CTXT una alta fuente de La Haya.
La Corte Penal Internacional se basa en el principio de complementariedad, es decir, sólo interviene si detecta que las autoridades nacionales no hacen investigaciones o si éstas no son genuinas. Bensouda, en un informe reciente, dijo que tanto en Polonia como en Lituania y Rumanía “se están llevando a cabo investigaciones penales” sobre el asunto, pero les advierte que seguirá evaluando si esas pesquisas son auténticas y abarcan a “las mismas personas (…) identificada por la Fiscalía”.
El tono contra Estados Unidos es más duro: “No parece que se haya llevado a cabo ningún proceso para examinar la responsabilidad penal de quienes desarrollaron, autorizaron o asumieron la implementación por miembros de la CIA de las técnicas de interrogatorio”, señala la fiscal.
La Fiscalía de La Haya no tiene como política general ir a por los perpetradores directos de los crímenes, sino a por las máximas autoridades que dieron las órdenes de cometerlos. Mark Fallon, ex miembro del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, señala en su libro “Medios injustificables” a dos altos cargos. El primero es Geoffrey D. Miller, el general que extendió el programa de torturas de la CIA, primero en Guantánamo y más tarde en Irak. Se retiró en 2006, pero abogados franceses y alemanes han impulsado iniciativas legales en sus países para juzgarlo por crímenes de guerra. El segundo es nada menos que Donald Rumsfeld, secretario de Defensa de Estados Unidos entre 2001 y 2006 que, según Fallon, autorizó personalmente al general Miller a aplicar las torturas.
¿Se atreverá La Haya procesar a autoridades como Rumsfeld? El caso representa una espada de doble filo para el tribunal. Serviría para limpiar su imagen de ser “una corte para África”, pues de momento todos sus condenados provienen del continente negro. Algunos sueñan con ver a altos cargos de la administración Bush sentados en el banquillo de los acusados y las expectativas creadas han sido importantes. Si finalmente la Fiscalía diera un paso atrás y no llegara a reunir pruebas suficientes para acusarlos de crímenes de guerra, su imagen pública se vería seriamente dañada.
Hagamos política-ficción e imaginemos que, eventualmente, la corte se atreviera a dictar esas órdenes de arresto. La prensa internacional abriría sus portadas con el movimiento de La Haya y se ganaría el respeto de actores que hasta el momento han visto sus pasos con desconfianza. No obstante, se haría evidente una de las grandes debilidades del tribunal: su dependencia de los estados.
El tribunal no dispone de policía propia y necesita que los estados hagan las detenciones, pero los norteamericanos, con toda seguridad, se negarían a enviar a los suyos a La Haya. Habría llamamientos a la comunidad internacional en nombre de las víctimas y los derechos humanos, pero todo quedaría en una declaración de intenciones. Al final se impondría esa incómoda verdad que no gusta oír en La Haya: la Justicia universal sólo se aplica allí donde los grandes poderes la permiten.