"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí

viernes, 18 de marzo de 2016

Un cojín de flores… después de la patada

Por: Paquita Armas Fonseca. 18|3|2016

Desde febrero de 1988 hasta hoy han pasado unos cuantos días… Fue un mes ni caluroso ni frío, normal. Y el último en que fui directora en ejercicio de la revistaEl Caimán Barbudo. Un día de ese febrero, si no me equivoco el 22, recibí la patada, de una vez, aunque venía anunciada de mucho tiempo atrás. Pero lo increíble resultó que comenzaron a llegar flores, de todos los colores y olores, tantas que no me canso de repetir que, de no haber sido destituida de “mi cocodrilo”, nunca habría sabido de cómo las más contrastantes personas me querían, o por lo menos me apreciaban.

Llegué “al Saurio” en agosto de 1983, por dos razones: Era una tarea que me daba el Partido Comunista, al que sigo perteneciendo con la misma convicción marxista de cuando entré en sus filas; y aquella “heroicidad” la acometería como segunda al mando de Jorge Oliver Medina (Oli), mi amigo, y el único “jefe” que he reconocido como tal en mi vida.

Historietista, filósofo y sobre todo comunicador, él me convenció para que fuera la jefa de redacción de aquella revista en la que había una “terrible guerra ideológica”, según le informaron. Yo ocupaba ese mismo cargo en la revista Somos Jóvenes y, por supuesto, las ciencias sociales eran mi hobby preferido y ¡me encantan los retos!

Al mes siguiente, luego de ver fotos, actas y enterarnos de sanciones impuestas a algunos miembros de la redacción, que no prosperaron gracias al tribunal; Oli y yo empezamos a convencernos de que las cosas no eran tal y como decían, y que no teníamos que vigilar con lupa cada párrafo, título, foto, dibujo, para estar seguros de que no “nos estaban colando el diversionismo ideológico”. Habíamos decretado “la ley seca” en El Caimán, la cual duró si acaso tres meses.

Cuando llegamos, nunca me han podido explicar por qué, el oficial de la Seguridad del Estado que nos atendía revisaba la revista antes de que fuera para imprenta. Lo hizo solo dos veces. Le dijimos que si nos habían mandado allí es porque nosotros éramos “confiables”. Y, a propósito, discusiones a un lado, sostuve excelentes relaciones con los oficiales de la inteligencia que nos atendieron. Jamás me impusieron una actitud, ni siquiera con los resultados de los concursos.

No recuerdo por qué descorchamos la primera botella, tal vez el motivo fue el cumpleaños de Oli. Cuando las aguas cogieron su nivel, las reuniones de la redacción, obligatorias para todos, se convertían a veces en competencia de tirar zepelines de papel, y Oliver era el primero… En esos encuentros desbaratábamos el Caimán que circulaba, desde título, subtítulos, diseño, ilustraciones, y nos trazábamos cómo sería ya no el siguiente sino el de más atrás, porque había dos entregas de redacción con materiales intemporales y solo dos páginas para un texto importante de última hora.

Logramos armar un gran equipo. Poco a poco retornaron colaboradores que se habían marchado, y el local de la calle Paseo —¿por qué se perdería luego?— resurgió como punto de reunión, donde recibíamos visitas de Eduardo Galeano, Tomás Borge, Osvaldo Guayasamín, Quino y otros grandes intelectuales de América Latina; mientras que del patio, acogíamos con placer a Armando Hart, Roberto Fernández Retamar, Cintio Vitier, Alfredo Guevara, Silvio Rodríguez, a la vez que Roberto Fabelo, Nelson Domínguez, Zaida del Río, llevaban sus ilustraciones.

La “plantilla” estaba integrada por Víctor Rodríguez Núñez, Bernardo Marqués Ravelo, Alex Fleites, Víctor Águila, Pedro Luis Rodríguez, Armando Fernández, Bladimir Zamora, Ramón Estupiñán, Madeline Cámara, Abilio Estévez, Luis Felipe Calvo, Lourdes Pasalodos, Andrés Ugaldes, Emilio Surí; Hilda y Eulalia, las secretarias; Barrio, el administrador; y nuestra imprescindible Zenaida, la matahambre de todo el mundo. Claro, ese grupo de profesionales (quizás olvido alguno) no estuvieron todos al mismo tiempo, unos sustituyeron a otros.

Al año y no sé cuántos meses, Oliver me llevó a la esquina de Paseo y Zapata a tomarnos unos “laguer”. Allí me dice que se va del Caimán, yo sin pensarlo le dije: “Y yo contigo, no aguanto esto con otro director”. Él se me quedó mirando y me dijo: “¿Qué tiempo hace que no reviso un Caimán? Tú estás dirigiendo esto. Nada, que te lo paguen, hermana”.

Así fue. Lo que el salario de director no lo cobré hasta cinco meses después, porque ese cargo lo aprobaba un miembro del secretariado del PCC. En ese caso fue Carlos Aldana, quien, a propósito, visitó el saurio varias veces y nos dio discursos, como el de la clausura del Congreso Constitutivo de la Asociación Hermanos Saiz, un texto que se “cocinó” en el Caimán. Si para cobrar por mi “jerarquía”, tuve que esperar por él… ¿Me podían botar sin su aprobación? Todo el mundo sabe que no.

Una de las veces que fui a la oficina de Aldana, vi que tenía circulados unos dibujos de José Bedia. Le dije que parecía mentira que él lo hiciera, y me comentó: “Personas que te aplauden de frente, por la espalda te critican”. “El día que te equivoques, seré el primero en decírtelo”, aseguró mirándome a los ojos. Todavía lo estoy esperando…

Y bueno, Bladimir armó una peña mensual con temas tan diversos, que iban desde el rock (hubo que cerrar la calle Paseo) hasta la Perestroika. Primero la hacíamos en la redacción, luego en el parque de 23 y Paseo. Por ahí andan unas fotos con jurados del premio Casa de las Américas, sentados en los escalones. La trova era un ingrediente permanente; y buena parte de la escuela de periodismo se daba cita allí, por lo que el tema podía transitar de una obra de teatro al último libro de Milán Kundera. En una de esas noches mágicas hasta se fue la luz, y Fernando Pérez habló de su filmeClandestinos; y Jesús Díaz, de Las iniciales de la tierra, su gran novela. Creadores y asistentes caminaban de los protagonistas del poema fílmico a los del texto impreso. Cada encuentro con jóvenes era una retroalimentación especial para armar los números por venir.

A propósito, la película de Fernando obtuvo su primer premio en nuestra revista, que desde un año atrás entregaba un lauro en el Festival de Cine de La Habana. Y otra tangencial: empezamos a publicar libros, el primero fue Entre cuerdas, del Guille Vilar y… la policía hizo un cordón en la librería que se presentó. Entonces rock era sinónimo de “mala palabra” y sus seguidores se mataban por cualquier texto acerca del tema.

¿Cómo olvidar el día que José Luis Posada, nuestro “Gallego”, se apareció en el Caimán con una caricatura de Fidel? “¿La publicamos?”, me dijo con su acento peculiar. Me quedé con ella, hasta la llevé para mi casa. Yo amaba, amo, a Fidel y nada que fuera en menoscabo de su figura, la del gran hombre del siglo XX, recibiría mi apoyo. Dos jornadas después me senté con Peyi y le dije que esa sería la portada de la revista que circularía durante el Congreso de la UJC por celebrarse. Mi loco y dulce diseñador empezó a valorar los colores hasta que, por fin, nos decidimos. Se imprimió y, como siempre, sacamos de la imprenta unos cuantos ejemplares. Para mi sorpresa, el entonces ideológico de la UJC, Raúl Castellanos Lage, me llamó para decirme que se iba a quemar la tirada.

Al cabo de los años me alegro muchísimo de que, sin proponérnoslo, se hubiera creado un “puesto de mando” en el Caimán, gracias al cual se evitó tal barbaridad. Víctor Rodríguez Núñez salió con unos ejemplares para Casa de las Américas; Marqués Ravelo para el ICAIC; Posada le dio algunos a no sé quien; y fue Bladimir quien llamó a la oficina de Carlos Rafael Rodríguez, vicepresidente del Consejo de Estado. Por mi parte, marqué por 27 veces el teléfono que me correspondía: el de Aldana. De este nunca llegó siquiera el regaño.

Como a las dos de la tarde respondió Carlos Rafael, “nuestro caimanero”, así se autonombraba. Dijimos que le llevaríamos un ejemplar, aseguró que no hacía falta y que recibiríamos una contestación por las vías pertinentes. Con la certeza de que se autorizaría la circulación, el “puesto de mando” se dispersó. Dos o tres días después, en un Consejo de Dirección, Castellanos me dijo que el lío era que Fidel “en esa imagen tenía las manos muy grandes”. Me levanté como un resorte, le mostré las mías, que no son pequeñas, y que tan sólo unos meses atrás, al habla con él, me las había cubierto Fidel con las suyas. Los años han pasado y es esa la imagen más nítida que conservo de aquella charla inolvidable.

Para mí estaba claro desde el principio que si me pusieron ahí, también me podían quitar. Así que, con aquellos truenos, comenzamos a hacer revistas con trabajos más complejos y críticos de los habituales. Aclaro que, por si alguien piensa otra cosa, eran defendiendo nuestra Revolución.

De agosto a diciembre de 1987 —y pueden revisar esos números— hubo siempre, por lo menos, un trabajo polémico por revista; y cada vez que acabábamos de montar la plana en la imprenta, Peyi, Armandito (aunque no bebía), Bladimir, Marqués Ravelo, y algún colaborador quizás, terminábamos todos en el Bar Cuba, para beber dos tragos por “mi despedida”, pues pensábamos que ese iba a ser el último Caimán que yo dirigiría… Llegó diciembre y decidimos descansar un poco; en febrero circularía una revista “suave” sin ningún texto polémico.

Cuando empezó el run run por un cuento de Juan Carlos Pérez, me reía. No podía ser que por una ficción me sustituyeran, mucho menos cuando El Caimán había sido elegido como la mejor revista en la emulación integral de la UJC. Y sin haber recibido yo crítica alguna, ni como cuadro, ni como militante… Pero fue. A mi amigo Ernesto Padrón, como director de la Editora Abril, le tocó decirme que mi época al frente del saurio había terminado, aunque debía mantenerme en el puesto hasta la llegada del sustituto.

En esos días, muy tristes, en los que seguía haciendo el Caimán ya sin ser su directora, un babalawo que visitaba la sede me dijo: “Quién te hizo esto, más pronto de lo que te imaginas pasará por lo mismo”. Creo que transcurrieron sólo cuatro años…

El 8 de marzo de 1988 hubo fiesta en el Caimán. Me llevaron flores, tarjetas, y hasta los de la Inteligencia se pusieron de mi lado. Pocos días después, llegó Carlos Rafael, que andaba de un recorrido por los países del ya tambaleante CAME, y me hizo una llamada a la casa de un vecino, pues yo ni tenía teléfono. Tras el saludo, me dijo “¿En que puedo ayudarte?” Con esa llamada bastaba, le dije. No olvido a Julio García Luis, entonces presidente de la UPEC, preguntándome lo mismo; ni a Yurina Cabalo, funcionaria del Comité Central. Por decisión propia, me salí de la prensa en ese entonces… ¡No aguanté ni dos años fuera del trajín de emborronar cuartillas!

Ahora, después de esta “descarga escrita”, que antes, muchas veces, he soltado verbalmente, quiero resumir lo que significó y significa El Caimán Barbudo para mí:

1. Tuve la suerte de ser su jefa de redacción y directora cuando recién se había hecho pública una resolución del Buró Político donde se afirmaba que el director es el máximo responsable de lo que se publica. Primero con Oli, y luego sola, cumplí a pie juntillas esa orientación de la máxima dirección política del país.

2. En esos años hubo un buen equipo de trabajo, las decisiones se colegiaban y, por supuesto, algunas tomé en tanto máxima responsable de la publicación y no me arrepiento de eso.

3. Ahí crecí como ser humano: el Caimán logró que yo no sólo tolerara sino aceptara lo diverso. Aprendí a debatir opiniones contrapuestas, a publicar textos que no compartía pero se trataba del respeto a mis redactores, leí los libros que no pensé hojear, fui como nunca a exposiciones de artes plásticas, conciertos, estrenos teatrales, festivales de cine, lo que incentivó mi amor por el arte.

4. Logramos que un grupo importante de jóvenes tributaran al Caimán sus poemas, ilustraciones y también textos periodísticos, sin que fuera un acto de paternalismo, sino un reconocimiento a la calidad.

5. Gracias a mis redactores y colaboradores publicamos textos atrevidos entonces, como uno dedicado a Emilio Ballagas, o desnudos de Estupiñán, o poemas eróticos no comunes, o autores de la diáspora (entonces no se les llamaba así) y fuimos bastante ecuménicos, sin piñas por edad o tendencia.

6. Mentiría si dijera que me disgusta que en tres tesis de grado universitarias, se le llame la “Era Paquita” al tiempo que estuve en el saurio. No es mi mérito: las condiciones lo propiciaron: debido a la muy manoseada por ese tiempo política informativa, pude ser directora, es decir decidir lo que se publicaba.

Y chirrín, chirrán que el espacio del texto no puede marginar al de la ilustración. Eso también lo aprendí de mi saurio querido.



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