"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí

domingo, 17 de abril de 2016

La culpa, mi amor, es de ETECSA



LA HABANA. “Estoy en casa ven”, decía el mensaje. B. lo envió a eso de las 9, y yo lo recibí casi a las 12. Durante ese tiempo él se quedó esperando que yo llegara; y yo esperando la contraseña pactada: un simple SMS. Al final esa noche no nos vimos.

Siempre que hay “afectaciones en el servicio”, con cada mensaje retrasado, cuando uno insiste: “oigo, oigo…”, y del otro lado alguien se desespera: “oyee, ¿tú me oyees?”… Cada vez que eso pasa —contrario a toda lógica— ETECSA no pierde ningún cliente, y los clientes no solo gastan su tiempo y su dinero, sino, aun peor, se les va algo de la felicidad que puedan haber ahorrado.

Aunque no existen estadísticas al respecto, apuesto que en esos días aumentan los índices de divorcios, separaciones, peleas, infidelidades… Aunque también se frustran reuniones, se va el transporte, se pierden viajes, llegamos tarde, dejas de ver a un médico…

Sucede que ETECSA es una amante difícil. Uno la odia, la maldice, la traiciona, incluso; pero no la puede dejar. Si ETECSA fuera mujer, sería La bien pagá (♫ “he paga’o con oro tu carne morena…” ♫).


En mi casa nunca hubo teléfono. Cuando fui a nacer, mi padre, en lugar de llamar un taxi, se paró en medio de la calle y abrió los brazos, en actitud de dejarse atropellar si el próximo carro que pasara no llevaba a su mujer al hospital.

En la beca me perdí decenas de fiestas y salidas a la playa, porque los fines de semana no había a dónde avisarme. El teléfono de la vecina era solo para casos de urgencia, dígase, muerto de por medio. De hecho, cuando cogí la carrera de periodismo, mi madre se enteró 24 horas después, pues la vecina —otra— no podía avisarle en ese momento.

Al graduarme en la universidad mi familia me regaló un celular. Antes resultaba imposible, no tanto por la prohibición expresa —que los hay campeones en saltar vallas legales—, sino más bien porque una línea en el espacio radioeléctrico cubano cuesta el 171 por ciento del salario medio (584 pesos en 2014), y esos 40 CUC equivalen a unas cuantas comidas sobre la mesa.

Sin embargo, ya con móvil, parecía que todo sería más fácil. Y lo fue, pero no tanto.


Lo reconozco: yo también he enviado mensajes de felicitación al día siguiente, como si fueran de hoy mismo. Opto por echarle la culpa a ETECSA —que a derechas se ha ganado su mala prensa—, antes de reconocer que olvidé el cumpleaños de un amigo.

También he escrito: “sorry, no voy a poder llegar”, horas después de la cita. Y si me reclaman, alego que mandé el SMS a tiempo. “Pero, bueno, tú sabes, ETECSA es una…”.

Digo más. A veces un grupo de acólitos saboreamos juntos el masoquismo de quejarnos, soltar el rosario de nuestras anécdotas desgraciadas… y de la empresa de telecomunicaciones saltamos a la Aduana, de ahí al Banco, y así todas las entidades que, con las mejores intenciones, dificultan exponencialmente la vida del prójimo.

Es como el transporte: por quinquenios hemos asegurado que llegamos tarde porque las guaguas están malas. Muy cierto. Aunque, según el filósofo, la justificación es la prostitución del carácter. De modo que, podemos concluir, esos “factores objetivos y subjetivos”, además de aguarnos la existencia, nos dañan los valores, la responsabilidad, el sentido del momento histórico, etc.


“Te he llamado mil veces y tienes el teléfono apagado”. B., tan agradable y buena gente, estaba disimuladamente molesto. Hacía dos horas yo conversaba en casa de una amiga, en plena Calzada de 10 de Octubre, pero sin una gota de señal, como si estuviéramos bajo tierra. Esa noche tampoco nos encontramos.

Suerte que B. y yo, por lo general, andamos en la misma “área de cobertura”.

Ni siquiera se trata de las tarifas sodomizantes —aunque también—; ni que me llamen con *99, ni “una perdida es que sí, y dos significan que no”. Lo que me molesta es el irrespeto, la ineficiencia, que me apliquen la ley del más fuerte. Ni siquiera se trata de ETECSA, sino de las otras empresas de telecomunicaciones de Cuba que todavía no existen.

El problema es intrínsecamente sentimental. Es difícil amar a ETECSA, y aun pudiendo, no sería un amor correspondido.

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