"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí

jueves, 7 de abril de 2016

¿Quién será el próximo presidente de Estados Unidos?


Thierry Meyssan analiza aquí el sistema político y electoral de Estados Unidos. Y estima que lo único que realmente está en juego en la elección presidencial es el poder de los WASP, que no se ha visto nunca cuestionado desde los tiempos de la Declaración de Independencia. Ted Cruz y Hillary Clinton serían los garantes de ese poder, mientras que la candidatura de Donald Trump anuncia una perturbación en el sistema, una perturbación que podría producirse cuando los anglosajones sean minoría.


Son muy numerosos los candidatos que se enfrentan en las primarias. Los medios de prensa sólo prestan atención a demócratas y republicanos. Ignoran a todos los demás porque saben que el sistema está concebido para que no puedan ganar.

Las elecciones primarias estadounidenses ofrecen un espectáculo desolador en el que los principales no parecen conscientes de que las opiniones que ellos emiten apresuradamente y sus declaraciones demagógicas van a tener consecuencias, interna y externamente, si llegan a la presidencia.

A pesar de las apariencias, son limitados los poderes del presidente de Estados Unidos. Por ejemplo, fue evidente para todos que el presidente George W. Bush no era capaz de gobernar y que otros lo hacían en su lugar. De la misma manera, hoy en día es evidente que el presidente Barack Obama no logra hacerse obedecer en todos los sectores de su propia administración. Así hemos podido ver, en el terreno –en Ucrania y en Siria–, como los hombres del Pentágono libran una guerra feroz contra los de la CIA. En realidad, el principal poder de la Casa Blanca no es el mando de los ejércitos sino más bien la posibilidad de nombrar o de confirmar las nominaciones de 14 000 altos funcionarios –6 000 de ellos cuando el presidente entra en funciones. Más allá de las apariencias, el presidente de Estados Unidos es por consiguiente quien garantiza que la clase dirigente se mantenga en el poder y, por esa razón, no es el Pueblo sino la clase dirigente quien elige al presidente.

Es importante recordar que, según la Constitución estadounidense (artículo 2, seccion 1), contrariamente a lo que afirman los medios de comunicación ignorantes, el presidente de Estados Unidos no es electo según mediante el sufragio universal de segundo grado sino únicamente por los 538 representantes de los gobernadores. La Constitución estadounidense no obliga a los gobernadores a designar estos grandes electores según el deseo expresado por sus administrados, a través de las urnas, durante lo que no pasa de ser un escrutinio de consulta. Fue por eso que, en la elección del 2000, la Corte Suprema de Estados Unidos se negó a invalidar los electores designados por el gobernador de La Florida, a pesar de que existía la duda sobre la voluntad expresada por los ciudadanos de ese Estado.

No es menos importante recordar también que, contrariamente a lo que sucede en Europa, las «primarias» estadounidenses no las organizan los partidos políticos sino los Estados –bajo la responsabilidad de los gobernadores– y que cada Estado aplica su propio sistema. Las primarias están concebidas, finalmente, para que los grandes partidos presenten cada uno un candidato compatible con los intereses de los gobernadores. Se organizan, por tanto, según el modelo del «centralismo democrático» soviético, para eliminar a todo individuo que muestre un pensamiento original o que simplemente pudiera llegar a cuestionar el sistema y para favorecer a una personalidad «de consenso». Si los ciudadanos participantes no llegaran a designar un candidato, o principalmente si llegaran a designar un candidato incompatible con el sistema, la subsiguiente Convención del partido es quien toma la decisión final, de ser necesario, invirtiendo el voto de los ciudadanos.

Las primarias estadounidenses no son, por consiguiente, un «momento democrático» sino, por el contrario, un proceso que permite, por un lado, que los ciudadanos se expresen mientras que en realidad los conmina a renunciar a sus intereses y a sus propias ideas para apoyar una candidatura conforme con el sistema.

En 2002, Robert A. Dahle, profesor de Derecho Constitucional en la universidad de Yale, publicaba un estudio sobre la manera cómo se escribió la Constitución estadounidense, en 1787, para garantizar que Estados Unidos nunca llegara a ser una verdadera democracia [1]. Más recientemente, en 2014, dos profesores de Ciencias Politicas, Martin Gilens en Princeton y Benjamin I. Page en Northwestern, demostraron que el sistema ha evolucionado de manera tal que hoy en día todas las leyes se votan a pedido y bajo el control de una élite económica sin que nunca lleguen a tenerse en cuenta las opiniones de la población [2].

La presidencia de Barack Obama se vio marcada por la crisis financiera, y después por la crisis económica –en 2008– cuya principal consecuencia es el fin del contrato social. Hasta este momento, lo que unía a los estadounidenses era el «sueño americano», la idea de que cualquiera podía salir de la miseria y hacerse rico gracias al fruto de su trabajo. Podían admitir todo tipo de injusticias con tal de que existiera la esperanzar de «salir adelante». En este momento, exceptuando a los «súper-ricos» –que siguen haciéndose aún más ricos–, lo más que se puede esperar es no caer en el abismo.

El fin del «sueño americano» suscitó primeramente el surgimiento de movimientos de cólera, a la derecha con el Tea Parti –en 2009– y a la izquierda con Occupy Wall Street –en 2011. La idea general era que el sistema de desigualdad ya no era aceptable, no porque porque la desigualdad se había acentuado enormemente sino porque se había convertido en algo permanente e invariable. Los partidarios del Tea Party afirmaban que para mejorar las cosas había que disminuir los impuestos y que cada cual tenía que arreglárselas por sí mismo, sin esperar contar con alguna forma de protección social. Los participantes en el movimiento Occupy Wall Street pensaban que, por el contrario, había que incrementar los impuestos de los súper-ricos y redistribuir lo que lograra recuperarse por esa vía. Pero aquella etapa quedó atrás en 2015, con la llegada de Donald Trump, un multimillonario que no cuestiona el sistema pero que dice haberse beneficiado con el «sueño americano» y ser capaz de reactivarlo. En todo caso, así interpretan los ciudadanos el eslogan de Trump «America great again!» (¡América grande de nuevo!). Sus partidarios no tienen intenciones de apretarse un poco más el cinturón para financiar el complejo militaro-industrial y reanimar el imperialismo, lo que esperan es que se les permita enriquecerse ellos mismos, como lo hicieron varias generaciones de estadounidenses antes que ellos.

Mientras que el Tea Party y Occupy Wall Street legitimaron respectivamente las candidaturas del republicano Ted Cruz y del demócrata Bernie Sanders, la candidatura de Donald Trump pone en peligro las posiciones adquiridas por los individuos que se protegieron bloqueando el sistema durante la crisis financiera de 2008. Trump no está en contra de los súper-ricos sino en contra de los altos funcionarios y de los profesionales de la política, en contra de todos los «pudientes acomodados», que obtienen grandes ingresos sin asumir nunca riesgos personales. Si hubiese que comparar a Trump con una personalidad europea, no sería con Jean-Marie Le Pen, ni con Jorg Haider, sino con Bernard Tapie y con Silvio Berlusconi.

¿Cómo van a reaccionar los gobernadores? 
¿A quién designarán presidente?

Hasta este momento, la «aristocracia» estadounidense –según la expresión de Alexander Hamilton– se componía exclusivamente de WASP, o sea de los White Anglo-Saxons Protestants (Blancos anglosajones protestantes) [Al principio, la «P» significaba «puritanos», pero con el paso del tiempo el concepto se amplió a todos los «protestantes».]. Sin embargo, una primera excepción apareció, en 1961, con el católico irlandés John F. Kennedy, quien permitió resolver pacíficamente el problema de la segregación racial. La segunda apareció en 2008, con el negro kenyano Barack Obama, cuya elección permitió ofrecer una imagen de integración racial.

Pero Kennedy y Obama no utilizaron su poder como presidentes para renovar la clase dirigente. Tampoco pudieron hacer nada para contrarrestar el poder del complejo militaro-industrial, a pesar de que Kennedy había prometido un desarme generalizado y de que Obama había prometido el desarme nuclear. Cierto es que a los dos les habían impuesto como vicepresidente un representante del complejo militaro-industrial –Lyndon B. Johnson y Joe Biden–, garantizando así una posibilidad de reemplazo, que fue utilizada en el caso de Kennedy.

Donald Trump, por su parte, encarna, con su lenguaje descaradamente franco, un populismo que se sitúa en los antípodas de lo «políticamente correcto» que tanto estiman los WASP. Parece evidente que la endeble relación entre el presidente de la National Governors Association (la Asociación Nacional de Gobernadores), el gobernador del Estado de Utah, Gary Herbert, y Donald Trump indica que será muy difícil llegar a un acuerdo entre este aspirante a la candidatura republicana y la casta dirigente.

Quedan otras dos opciones: Hillary Clinton y Ted Cruz.

Ted Cruz es un hispano «convertido» al protestantismo evangélico, lo cual hace de él un WASP en el plano intelectual. Su designación permitiría realizar una operación comparable a la de la elección de Obama, mostrando esta vez una voluntad de integrar a los «latinos», después de haberle acariciado el lomo a los «negros». Desgraciadamente, aunque su candidatura fue lanzada por une firma que trabaja simultáneamente para la CIA y el Pentágono, Ted Cruz es un personaje totalmente artificial a quien le costará mucho trabajo meterse en el traje de presidente.

Queda entonces la abogada feminista Hillary Clinton, cuya elección permitiría ofrecer una imagen de integración de la mujer. Pero su comportamiento irracional y sus crisis de furia histérica son muy inquietantes. Por otro lado, también es cierto que la grave investigación judicial que pende sobre su cabeza la convierte en un personaje fácil de chantajear, y por ende fácil de controlar.

Observarán ustedes que no menciono en este análisis los programas de los candidatos. Si no lo hago es porque en la filosofía política local ese factor no cuenta. Desde los tiempos del «Commonwealth» de Oliver Cromwell, el pensamiento político anglosajón considera la noción de interés general como una mentira tendiente a disimular intenciones dictatoriales. Así que los candidatos no tienen programa para su país sino «posiciones» sobre ciertos temas, las cuales les permiten obtener «respaldos». Los políticos electos no pretenden servir el Bien Común sino satisfacer la mayor cantidad posible de sus electores. En un mitin electoral, un candidato nunca presentará su «visión del mundo» sino que mencionará la lista de respaldos que ya tiene de su parte para invitar a otras «comunidades» a confiar en él para que las defienda. Es por esa razón que en Estados Unidos la traición política no es cambiar de partido sino actuar contra los supuestos intereses de su comunidad.

La originalidad de esta manera de ver las cosas reside en el hecho que los políticos no están obligados a mantener una coherencia en su discurso sino sólo a mantener coherencia entre los intereses que defienden. Por ejemplo, se puede afirmar que los fetos son seres humanos y condenar el aborto en nombre de la protección de la vida y, en la frase siguiente, pronunciarse a favor de la pena de muerte.

La realidad es que no habría mucha diferencia entre la política que podrían aplicar el evangelista Ted Cruz, la feminista Hillary Clinton o el marxista Bernie Sanders. Los tres se verían obligados a seguir los pasos de George W. Bush y Barack Obama. Ted Cruz recurre a la Biblia –en realidad invoca los valores judíos del Antiguo Testamento– y habla a un electorado religioso del regreso a los valores fundamentales de los «Padres Fundadores». Para él, desbloquear el sistema sería por tanto una cuestión de moral personal, ya que el dinero es supuestamente «un don de Dios a quienes le temen». Por su parte, Hillary Clinton hace una campaña dirigida principalmente a las mujeres y da por seguro que cuenta con el voto de quienes se enriquecieron bajo la presidencia de su esposo. Para ellos, el desbloqueo del sistema sería entonces un asunto de familia. Mientras tanto, Bernie Sanders denuncia que un 1% de la población estadounidense acapara las riquezas y lanza un llamado a redistribuir esa riqueza. Quienes lo apoyan sueñan con una revolución, con la cual se beneficiarían sin tener que hacerla.

Sólo la elección de Donald Trump implicaría un cambio en el sistema. Contrariamente a sus declaraciones, Trump es el único candidato racional, porque no es un político sino un hombre de negocios, un dealmaker. Trump no sabe nada sobre temas que tendría que abordar como presidente y no tiene, por tanto, ningún a priori. Se limitaría por consiguiente a tomar decisiones a medida que fuera estableciendo alianzas, con las ventajas y desventajas que ello implicaría.



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Extrañamente, los Estados donde Bernie Sanders ha salido ganador son más o menos los mismos donde ha ganado Ted Cruz, mientras que los Estados donde ha vencido Donald Trump son casi todos los que apoyan a Hillary Clinton. Lo que sucede es que, inconscientemente, los ciudadanos ven su propio futuro a través de la moral que conduce a la redención, y posteriormente al enriquecimiento (Sanders y Cruz), o a través del trabajo y el éxito que dicho trabajo debería garantizar (Trump y Clinton).

En este momento, es imposible predecir quién será el próximo presidente y si ello tendrá o no alguna importancia. Sin embargo, por irremediables razones demográficas, el sistema se derrumbará por sí solo en los próximos años, ya que los anglosajones están convirtiéndose en minoría.



[1] How Democratic is the American Constitution?, Robert A. Dahl, Yale University Press, 2002.

[2] «Testing Theories of American Politics: Elites, Interest Groups, and Average Citizens», Martin Gilens y Benjamin I. Page, Perspectives on Politics, Volume 12, Issue 03, septiembre de 2014, pp. 564-581.

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