"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí

martes, 8 de noviembre de 2016

Donald Trump en la recta final: un candidato nervioso se aferra a su círculo íntimo

Por MAGGIE HABERMAN , ASHLEY PARKER , JEREMY W. PETERS y MICHAEL BARBARO 7 de noviembre de 2016


Donald Trump, en Selma, Carolina del Norte, el jueves CreditDamon Winter/The New York Times


Donald Trump no duerme mucho estos días.

A bordo de su jet jumbo, al candidato republicano no le gusta descansar ni estar a solas con sus pensamientos e insiste en que sus asistentes se queden despiertos y no dejen de hablarle.

Requiere que le aseguren todo el tiempo que su candidatura va por buen camino. “¡Miren qué multitud!”, exclamó hace unos días mientras volaba por Florida, volteando hacia su joven secretario de prensa mientras la televisión mostraba imágenes de Fox News de lo que, según él, eran miles de personas que lo esperaban en tierra.

En los últimos días de la campaña presidencial, la candidatura de Trump es una pantalla dividida y discordante, que muestra por un lado el show coreografiado de calma y confianza orquestado por su personal y, por otro, la necesidad y vulnerabilidad de un candidato que alguna vez fanfarroneaba y hoy no está seguro de tener la victoria.

En la superficie la campaña le está robando a Hillary Clinton su arma más poderosa: los estallidos de Trump, que una y otra vez habían socavado su candidatura. Debajo de esa fachada, sigue reinando la agitación, lo que le dificulta sobreponerse a todos los obstáculos que bloqueaban su camino a la Casa Blanca.

Los contrastes permean su campaña. Los asistentes de Trump por fin le arrebataron la cuenta de Twitter que usaba para atacar a sus rivales de forma colorida y salvaje, y a veces muy contraproducente. Sin embargo, fuera de internet, Trump sigue rumiando en privado todas las formas en las que castigará a sus enemigos tras las elecciones.

La campaña de Trump ya no genera titulares por sus vergonzosos cambios radicales de personal. No obstante, esto lo ha dejado con una horda de asesores que se pelean entre sí y a los que no puede despedir, cuyas funciones son confusas y que son además incapaces de concluir tareas básicas.

El resultado es caótico. Asesores que se desmarcaron de la campaña hace meses, como Corey Lewandowski, quien todavía habla con el candidato frecuentemente, ofrecen asesoría que algunas veces se opone a la de los actuales líderes de su equipo. Trump, quien no usa una computadora, despotrica contra los gastos en anuncios digitales, sin creer que esos anuncios que nunca ve puedan tener algún efecto.

Ni siquiera los miembros de su personal que presentaron su renuncia voluntaria han podido irse. El asesor principal de comunicaciones, Jason Miller, ofreció renunciar después de que se le vio en un strip club de Las Vegas la noche antes del último debate presidencial. La oferta fue rechazada.

El relato interno de la recta final de la campaña de Trump se basa en entrevistas con docenas de asistentes, operadores, seguidores y asesores, cuyo anonimato se respetó en muchos de los casos por describir momentos y conversaciones que debían ser confidenciales.

Hope Hicks, la vocera de Trump, dijo que la campaña seguía por buen camino y estaba ganando terreno. Ella rechazó firmemente las sugerencias de que había altercados entre los asesores y dijo que los electores estaban respondiendo al mensaje de Trump.

Altibajos

La fase final de la campaña de Trump se ha visto interrumpida por encuestas —cuyos resultados oscilan— y vertiginosos cambios de humor. Comenzó el 7 de octubre con una grabación que se hizo pública en la que Trump fue captado jactándose de besar mujeres y tocar sus genitales por la fuerza.

Muchos republicanos decidieron que la campaña de Trump, que ya se tambaleaba, había llegado a su fin. Algunos miembros jóvenes desanimados de la campaña en el Comité Nacional Republicano en el Capitolio, que por lo general trabajan hasta bien entrada la noche en la recta final de una campaña, comenzaron a abandonar sus escritorios temprano, a tiempo para la hora feliz en los bares. Se quejaron de que Trump no solo había perdido la elección, sino que además estaba arrastrando a los candidatos a diputados y senadores, condenando a todo el partido.

El 23 de octubre, Trump se enteró de que una encuesta de ABC News lo colocaba 12 puntos por debajo de Clinton. Repartió insultos a diestra y siniestra, agitándose a tal punto que sus asistentes planearon confrontar a la cadena sobre sus cálculos y acusar a ABC de sesgo, de acuerdo con correos electrónicos internos.

“¿Piensan que los republicanos y los seguidores de Trump no van a votar?”, escribió uno de los encuestadores de Trump, John McLaughlin, al grupo. “¿O esto es un esfuerzo internacional para contener el número de votantes de Trump?”.

Presionaron a la red con sus métodos, pero otras encuestas obtuvieron noticias igualmente desalentadoras.


El sábado, Trump estuvo en Tampa, Florida, en un mitin. CreditDamon Winter/The New York Times

Una inyección de esperanza

Después vino un acontecimiento asombroso. El 28 de octubre, el director del FBI, James B. Comey, anunció que su agencia revisaría correos electrónicos descubiertos recientemente, los cuales posiblemente eran relevantes para su investigación del servidor privado de Clinton.

Trump no estaba seguro de cómo responder.

En el mitin, Trump hizo lo que le dijeron; lanzó unas alabanzas rápidas al FBI y advirtió que no podían permitir que Clinton “llevara su plan delictivo a la Oficina Oval”. Después, de manera inverosímil, cambió de tema.

Durante la semana siguiente, su equipo de campaña desplegó una serie de trucos creativos para proteger a su jefe de sus impulsos más autodestructivos.

Varios asesores le advirtieron que corría el riesgo de convertirse en algo así como un animal salvaje que cazaba a su presa tan celosamente que acababa lanzándose a toda velocidad por un precipicio, un recordatorio de sus ganas de repartir reclamos e insultos, pero que el costo sería un clavado al abismo electoral.

Quitarle su cuenta de Twitter acabó por ser un movimiento esencial de su equipo de prensa, lo cual lo privó de un canal sin filtro para sus agresiones.

‘Voy a ganar’

Trump sigue aferrándose a ciertas prerrogativas, tales como aprobar personalmente cada comercial antes de que llegue a la pantalla de televisión. Durante un vuelo reciente de una hora, Trump revisó con sumo cuidado un nuevo lote de anuncios en la computadora portátil de uno de sus asistentes y sacó partido de los detalles más nimios.

Se opuso a un video corto en un comercial que lo mostraba alejándose de una seguidora después de un abrazo, ya que le preocupaba que lo hiciera ver más displicente que cálido.

“Parece como si la estuviera rechazando”, se quejó Trump. El comercial se arregló.

Aunque en términos generales, parecía complacido con los resultados, cuando las encuestas comenzaron a cerrarse y su cobertura de medios cambió. A bordo de su avión el jueves, pareció golpeado por una tendencia poco familiar: las historias noticiosas hacían énfasis en el mensaje pretendido de sus mítines de campaña y no en su improvisada forma de despotricar o sus tuits inconexos.

“Todas mis citas provienen de mis discursos”, dijo. “Y eso es bueno”.

Por supuesto, unos cuantos días de buen comportamiento no pueden borrar dieciséis meses de conducta errática, y sus asistentes reconocen que sus esfuerzos de corregir el curso podrían flaquear.

Ellos saben que sus posibilidades de ganar la elección son dudosas: tal vez su mejor esperanza, la investigación del FBI al servidor de correos electrónicos de Clinton, crepitó el domingo sin que hubiera acusaciones ni revelaciones. No obstante, mantienen que hay dinero oculto y fuerza detrás de la operación política de Trump, a un nivel de sofisticación que los externos, así como la gente que ha dirigido campañas tradicionales, no puede apreciar en su totalidad.

Sus analistas parecían más evocadores que científicos.

“Puedes ir a Pensilvania”, dijo el director digital de la campaña, Brad Parscale, refiriéndose al estado cuyas encuestas favorecen a Clinton. “La emoción es palpable; se siente a flor de piel”.

Aunque los informes de los votantes tempranos se muestran a favor de Clinton, trataron de tranquilizarse, una y otra vez, diciéndose que nadie terminaría más fuerte que Trump, comparando la sabiduría de sus juicios políticos con Babe Ruth apuntando su bate hacia las gradas para predecir dónde caería el jonrón.

De regreso en su avión, camino a la última semana de la campaña, Trump se reclinó en su silla de piel y se negó a contemplar cualquier sugerencia de que su campaña presidencial poco ortodoxa, impredecible y ahora incierta acabaría en derrota.

“Voy a ganar”, dijo.

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