"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí

lunes, 20 de febrero de 2012

Paul Krugman añora la economía de equivalencia

Por Heinz Dieterich

Si Krugman quiere una gratificación justa del trabajo,tendría que convertirse en un protagonista de la economía de equivalencia del Socialismo del Siglo 21. Si lo hiciera, podría decir, que es un científico ético que nunca llamaría a una verdad “mentira”.
1. El economista contemporáneo más influyente
El economista actual más influyente del mundo, el Premio Nobel Paul Krugman (2008), añora la economía de equivalencia. Desde la aparición del Movimiento Ocupar Wallstreet y su genial consigna, “Nosotros somos el 99%”, el keynesiano Krugman usa el diario más importante de Occidente, el New York Times (NYT), para advertir a los estrategas del capitalismo mundial sobre un peligro mortal: la desestabilización del sistema capitalista por la creciente desigualdad de la riqueza social.
La fama profesional de Krugman se debe al desenmascaramiento de las idioteces económicas de los neoliberales, ayudado por su impecable lógica y cultura general. Des-cubrir, que el neoliberalismo es 99% por ciento ideología y 1% ciencia, es, por cierto, ninguna novedad. Pero, en la actual lucha hegemónica entre el gran capital monetarista y el gran capital keynesiano ---en términos políticos, entre el Partido Republicano y el Partido Demócrata--- los artículos de Krugman son útiles no sólo para el gobierno de Obama, sino también para la izquierda global.
2. Megacapitalistas más democráticos que Presidentes burgueses
En su columna del 25 de Noviembre, 2011, Krugman aborda el problema de la desigualdad y equivalencia, fustigando a los multimillonarios estadounidenses que pagan menos de la mitad de la tasa de impuestos (15%) que pagan los trabajadores. Esta brutal revelación del carácter de clase del Estado burgués ---que ha motivado a que algunos de los megacapitalistas más poderosos del mundo, como Warren Buffet--- ofrezcan públicamente abonar impuestos más altos, deslegitima al sistema. Cuando los Capos de la explotación se muestran más democráticos y justos que los “representantes del pueblo” en Parlamentos, Senados y Gobiernos, el fetiche de la democracia burguesa se desmorona estrepitosamente.
3. Krugman, Keynes y la equivalencia
Krugman diagnostica como causa de la actitud de los gobiernos capitalistas una violación del principio de equivalencia de la economía de mercado, del cual se derivan la satisfacción de los trabajadores y la estabilidad social. “After all, in an idealized market economy each worker would be paid exactly what he or she contributes to the economy by choosing to work, no more and no less. And this would be equally true for workers making $30,000 a year and executives making $30 million a year.” Es decir: En una economía de mercado idealizada, se le pagaría a todo trabajador “exactamente lo que él o ella contribuirían a la economía…, ni más ni menos”.
Krugman reactiva con esta formulación un supuesto fundamental subyacente a toda teoría económica socialdemócrata ---es decir, orientada en la idea del contrato social de Rousseau--- que John Maynard Keynes había expresado de la siguiente manera: “The businessman is only tolerable so long as his gains can be held to bear some relation to what, roughly and in some sense, his activities have contributed to society.” En castellano: El hombre de negocios es solo tolerable, mientras sus beneficios guarden cierta relación con las actividades que ha contribuido a la sociedad.
4. Equivalencia económica y sociedad de clase
La equivalencia económica como base fundamental de la estabilidad social en una sociedad de clase, como la estadounidense, se está destruyendo, lamenta Krugman, porque las estadísticas sobre la distribución del ingreso demuestran, que no existe una relación pertinente general entre el ingreso de un sujeto económico y su contribución económica: “mostly no relationship between someone´s income and his economic contribution”. En términos generales, hay, de hecho, un abismo entre las contribuciones económicas y los ingresos de los agentes económicos, por ejemplo, el trabajador manufacturero y el banquero de hedge fonds o manager de bienes raíces. Por lo tanto, la economía de mercado estadounidense es fundamentalmente injusta.
5. Las causas de la injusticia
Krugman identifica dos factores que neutralizan el principio de equivalencia. El primero es el sistema fiscal que favorece a los ricos. No se le ocurre al Premio Nobel mencionar que en un régimen plutocrático este comportamiento del sistema es el comportamiento que probabilísticamente se espera que ocurra. En otras palabras que sea su comportamiento “normal”.
El segundo factor es la cibernética del mercado. En una “economía de mercado idealizada” dice Krugman, se le pagaría a todo trabajador “exactamente lo que él o ella contribuirían a la economía”. Aquí el Premio Nobel cumple plenamente con su papel de intelectual orgánico del Capital, repitiendo las respectivas ilusiones de Adam Smith y las mentiras de los neoliberales. La misma disciplina de mandarín del sistema le impiden explicar, porque no se produce la equivalencia necesaria. Se limita a reconocer que Estados Unidos no tiene “the idealized, perfect market economy of conservative fantasies”, pero no desarrolla las implicaciones de esta afirmación que ponen en tela de juicio todo el modelo de bienestar colectivo de Smith.
6. La ceguera clasista de Krugman
Krugman no puede decir que la equivalencia entre trabajo y remuneración no se produce en la crematística estadounidense, porque su estructura de poder económico-político clasista la hace imposible. Para librarse de esa obligación de honestidad intelectual, usa el viejo truco de conceptualizar la justicia económica dentro del sistema de precios de mercado. Como hemos demostrado en otros ensayos, ese enfoque hace cognitivamente imposible resolver el problema de la gratificación o del intercambio “justo”, porque la noción de un precio mercantil “justo” es una idiotez cognitiva. Los precios mercantiles en la crematística son una función del poder y eso vale para el precio del trabajo. Los precios de mercado expresan correlaciones de poder, no gradientes de justicia.
7. El precio de la verdad científica
Si Krugman quiere una gratificación justa del trabajo, tiene que usar un sistema de medición del esfuerzo laboral por valores, no por precios, porque los time inputs son datos objetivos, intersubjetivamente constatables. Es decir, tendría que convertirse en un protagonista de la economía de equivalencia del Socialismo del Siglo 21. Si lo hiciera, podría decir, que es un científico ético que nunca llamaría a una verdad “mentira”. Pero, no tendría el Premio Nobel, no sería multimillonario y no escribiría en el New York Times.
Un precio demasiado alto para un producto virtual como la ética, dirá el Premio Nobel Paul Krugman.

viernes, 17 de febrero de 2012

¿Entienden bien sus defensores las implicaciones políticas radicales de una economía de crecimiento cero?

Por Ted Traiiner
A lo largo de cincuenta años se ha ido acumulando la literatura que señala la contradicción entre la búsqueda del crecimiento económico y la sostenibilidad ecológica, aunque haya tenido un efecto poco apreciable sobre la teoría o la práctica de la economía. Unos pocos han seguido intentando introducir la economía del estado estacionario en la agenda, pero sólo en los últimos años ha comenzado esta discusión a tomar impulso. La tesis inicial que aquí sostenemos es que no se puede reformar ni reparar la sociedad de consumo capitalista: Se ha de desechar y rehacer en gran medida de acuerdo sobre bases bastante distintas.
A lo largo de cincuenta años se ha ido acumulando la literatura que señala la contradicción entre la búsqueda del crecimiento económico y la sostenibilidad ecológica, aunque haya tenido un efecto poco apreciable sobre la teoría o la práctica de la economía. Unos pocos, especialmente Herman Daly (2008), han seguido intentando introducir la economía del estado estacionario en la agenda, pero sólo en los últimos años ha comenzado esta discusión a tomar impulso. Prosperity Without Growth (2009) de Jackson, ha gozado de un amplio reconocimiento, y ha surgido ya un movimiento europeo substantivo en torno al “decrecimiento” (Latouche, 2007), y CASSE (2010).
La argumentación de este artículo (1) se cifra en que no se han entendido bien en absoluto las implicaciones de una economía de estado estacionario, especialmente por parte de quienes la defienden. La mayoría actúa como si pudiéramos o debiéramos eliminar el elemento del crecimiento, mientras dejamos el resto más o menos tal cual. Habrá que argumentar en primer lugar que esto no es posible, porque no es ésta una economía que tenga crecimiento; es una economía de crecimiento, un sistema en el que la mayoría de las estructuras y procesos centrales entrañan crecimiento. Si se elimina el crecimiento, entonces habrá que encontrar modos radicalmente diferentes de llevar a cabo muchos procesos.
En segundo lugar, los críticos del crecimiento actúan de forma característica como si fuera la única cosa, la cosa primordial o suficiente que hay que resolver, pero se argumentará que los problemas de primer orden que hemos de encarar no pueden resolverse a menos que se rehagan de modo radical varios sistemas y estructuras fundamentales en el seno de la sociedad capitalista de consumo. Lo que hace falta es un cambio social mucho mayor que el que ha atravesado la sociedad occidental en varios cientos de años.
Antes de prestar apoyo a estas afirmaciones, es importante delinear la situación general de “límites del crecimiento” a la que nos enfrentamos. En general, no se advierte la magnitud de la gravedad del problema global medioambiental y de recursos. Sólo cuando se entiende esto, es posible comprender que los cambios sociales exigidos deben ser inmensos, radicales y de largo alcance. La tesis inicial que aquí sostenemos (y que se detalla en Trainer, 2010b) es que no se puede reformar ni reparar la sociedad de consumo capitalista: Se ha de desechar y rehacer en gran medida de acuerdo sobre bases bastante distintas.
Perfil de la defensa de los “límites del crecimiento”
El planeta se adentra hoy rápidamente en muchos problemas de envergadura, cualquiera de los cuales podría ocasionar el derrumbe de la civilización en no mucho tiempo. Los más graves son la destrucción, la privación del Tercer Mundo, el agotamiento de los recursos, los conflictos y guerras, y la descomposición de la cohesión social. La causa principal de todos estos productos estriba en la sobreproducción y el sobreconsumo: la gente trata de vivir en un nivel de opulencia demasiado elevado para poder sostenerlo o compartirlo entre todos.
Nuestra sociedad es enormemente insostenible – los niveles de consumo, el uso de los recursos y el impacto ecológico que tenemos en países ricos como Australia quedan bastante lejos de niveles que pudieran mantenerse durante mucho tiempo o ampliarse a todo el mundo. Sin embargo, la meta suprema de casi todos consiste en aumentar los niveles de vida materiales y el PIB y el consumo, la inversión y el comercio, etc. Lo más rápido posible y sin ningún limite a la vista. No hay elemento en nuestra condición suicida que sea más importante que esta insensata obsesión por acelerar el factor principal que causa esta situación.
Los siguientes puntos nos ilustran sobre la magnitud de este rebasamiento.
* Si los 9.000 millones de personas que tendremos sobre la Tierra en cincuenta años utilizaran recursos al ritmo per cápita de los países ricos, la producción anual de recursos tendría que ser ocho veces mayor de lo que es hoy.
* Si esos 9.000 millones consumieran una dieta norteamericana, necesitaríamos 4.500 millones de hectáreas de cultivo, y sólo disponemos de 1.400 millones de hectáreas de tierra cultivada en el planeta.
* Los recursos hídricos son escasos y menguantes. ¿Cuál será la situación si 9.000 millones tratan de utilizar el agua como hacemos en los países ricos, mientras el problema de los gases de invernadero reduce los recursos hídricos?
* Las pesquerías del mundo se encuentran hoy con serios problemas, la mayoría con sobrepesca y en declive. ¿Qué pasaría si los 9.000 millones intentaran consumir pescado al ritmo de los australianos de hoy en día?
* Es probable que diversos recursos minerales y de otro género pasen pronto a ser muy escasos, entre ellos el galio, el indio, y el helio, y hay inquietud respecto al cobre, zinc, plata y fósforo.
* Es probable que comience a menguar el petróleo y el gas, y que en buena medida no se pueda disponer de ellos en la segunda mitad de siglo. Si lo 9.000 millones consumieran petróleo al ritmo per cápita australiano, la demanda mundial sería cinco veces mayor de lo que es hoy. La gravedad de esto resulta extrema, dada la onerosa dependencia de nuestra sociedad de los combustibles líquidos.
* Recientes análisis de la “huella” ecológica muestran que se precisan ocho hectáreas de tierra productiva para proporcionar agua, energía, terreno de asentamiento y alimentos para una persona que vive en Australia. (World Wildlife Fund, 2009.) De manera que si 9.000 millones vivieran como nosotros, serían necesarias unos 72.000 millones de hectáreas de tierra productiva. Pero eso equivale a cerca de diez veces toda la tierra productiva disponible en el planeta.
* El argumento más inquietante es el referido a los gases de invernadero. Es muy probable que con el fin de impedir que el contenido de carbono en la atmósfera se eleve a niveles peligrosos, haya que eliminar por completo las emisiones de Co2 para 2050 (Hansen dice que para 2030). (Hansen, 2009, Meinschausen et al., 2009.) El geo-almacenamiento no nos lo permite, sólo sea porque únicamente puede captar cerca del 85% del 50% de las emisiones que proceden de fuentes estacionarias como centrales eléctricas.
Este tipo de cifras deja sobradamente claro que los “niveles de vida” materiales del mundo rico son enormemente insostenibles. Vivimos de un modo que resulta imposible de compartir por todos. No es que hayamos sobrepasado un poco los niveles sostenibles de consumo de recursos: es que los hemos sobrepasado en un factor de cinco a diez. Pocos parecen darse cuenta de la magnitud del exceso ni tampoco, por lo tanto, de las enormes reducciones que han de llevarse a cabo.
Añádanse hoy las implicaciones del crecimiento
Las cifras arriba señaladas se refieren a la actual situación, pero eso no define el problema al que nos enfrentamos. El problema es: ¿cuál será la situación en el futuro, dada la determinación de aumentar la producción y el consumo de modo continuo y sin límites?
Como mínimo, en esta sociedad se exige y se logra por lo común un crecimiento del 3% anual. Si Australia tuviese un aumento anual de su rendimiento hasta 2050 y para entonces los 9.000 millones de personas esperados hubiesen llegado a los niveles de vida materiales que tendrían los australianos, el mundo estaría produciendo casi veinte veces más de lo que produce hoy. Sin embargo, el actual nivel es insostenible de un modo alarmante.
“El progreso técnico lo hará todo posible”
Llegamos ahora al supuesto que asume la mayor parte de la gente, a saber, que no hay necesidad siquiera de pensar en poner en cuestión el crecimiento, y no digamos ya en reducir el consumo o la producción económica, por no hablar de recortar el PIB en un factor de 5 a 10. El punto de vista generalmente asumido es que “podremos seguir comprando montones de cosas, viviendo en casas inmensas, conduciendo distancias prolongadas, yendo de vacaciones, volando por todo el mundo, y disponiendo de un nutrido fondo de armario, etc., y aumentar nuestro consumo de todos estos bienes con cada año que pasa, porque nuestros magos de la tecnología encontrarán la forma de producir bienes de consumo y hacer que los coches sigan funcionando, etc., sin causar problemas de importancia. Desde luego que las tecnologías existen ya, lo que pasa es tan solo que nuestros embotados políticos nos han fallado a la hora de llevarlas a la práctica”.
Sin embargo, el rebasamiento es demasiado grande para que los avances técnicos plausibles puedan reducir los problemas a proporciones tolerables. Quizás el optimista más conocido del “arreglo técnico”, Amory Lovins, pretenda que podemos al menos doblar el rendimiento global mientras dejamos en la mitad los impactos sobre los recursos y medioambientales, es decir, podríamos lograr una reducción de “factor cuatro” (Von Weisacher y Lovins, 1997. Más recientemente se ha argumentado en torno a una reducción de factor cinco). Pero esto no significaría estar lo bastante cerca de resolver los problemas.
Asumamos que los actuales impactos globales sobre los recursos y el medio ambiente deben reducirse a la mitad. Se ha explicado que si nosotros en los países ricos tenemos una media de un crecimiento del 3%, y 9.000 millones de personas alcanzaran los niveles de vida de los que disfrutaríamos para 2050, la producción total del mundo sería veinte veces mayor de lo que es hoy. Es muy poco verosímil que los progresos técnicos hagan posible multiplicar el rendimiento económico total por 20 a la vez que se reducen a la mitad los impactos, es decir que permitan ¿una reducción de factor 40?
“Pero, ¿qué hay de las fuentes de energía renovables?”
No hay supuesto más común en el remedio técnico ni menos analizado que la idea de que se pueden substituir los combustibles fósiles por fuentes renovables de energía, permitiendo ese modo disponer de abundante riqueza energética, a la vez que se eliminan los problemas de los gases de invernadero y demás. La hipótesis contraria queda detallada en Renewable Energy Cannot Sustain A Consumer Society (Trainer 2007, y puesta al día en Trainer, 2008. Véase también Trainer, 2009 y 2010.) Así, por ejemplo, a continuación se indican las razones por las que no hay ninguna posibilidad de que todo el mundo pueda disponer de vehículos movidos por combustible de biomasa.
Probablemente será posible derivar siete toneladas de biomasa por hectárea de una producción a muy gran escala, y siete GJ de etanol por tonelada de biomasa. Esto supondría 2,6 hectáreas para producir los 128 GJ [un gigajoule (GJ) son mil millones de joules, equivalentes a 278 kWh; T.] que cada australiano utiliza cada año en petróleo más gas. Si los 9.000 millones de personas vivieran como los australianos de hoy en día, harían falta 23.000 millones de hectáreas de bosque en un planeta que sólo dispone de 13.000 millones de hectáreas de tierra.
Esto no significa que tengamos que olvidarnos de las renovables. Son las fuentes hacia cuya plena dependencia deberíamos ir moviéndonos lo antes posible. Pero no pueden hacer de combustible de una sociedad de consumo para todos. Tienen que formar parte de esa “forma más sencilla” esbozada anteriormente.
El fracaso de los Verdes
Pese a lo abrumadora que resulta la argumentación contraria al crecimiento, y el argumento de que no es posible resolver el problema del medio ambiente a menos que pasemos a una economía de crecimiento cero, los movimientos y partidos políticos verdes han ignorado casi por completo la cuestión. El partido de los Verdes alemanes entendió la necesidad de un vasto y radical cambio de sistema que nos alejara de la sociedad de consumo capitalista. Sin embargo, hoy en día casi todos los esfuerzos verdes se dirigen a intentar simplemente reformar esa sociedad, de tal modo que se reduzca de algún modo su agresión al medio ambiente, y prácticamente no hay campañas verdes encaminadas a llevarnos hacia un tipo de sociedad que no destruya inevitablemente y cada vez más el medio ambiente. Casi no prestan atención a la cuestión del crecimiento (así, por ejemplo, el reciente libro de Geoff Mosley detalla la negativa continuada de la Australian Conservation Foundation a ocuparse de ello. Mosley, 2010).
De manera semejante, los partidos políticos verdes no discuten el crecimiento económico o de población y se centran en cambio en reformas que nunca ponen en tela de juicio el crecimiento y la opulencia. Los verdes se encuentran entre quienes presentan las afirmaciones más contundentes acerca de que la tecnología puede resolver los problemas, eliminando toda necesidad de encarar el cambio de sistema...y los políticos son responsables de no aplicar las soluciones disponibles. La razón de este fracaso/negativa estriba, por supuesto, en que si se manifestaran contrarios a la búsqueda del crecimiento y la opulencia en una sociedad ferozmente obsesionada con estas metas, perderían rápidamente a sus partidarios.
Un contexto más amplio
La ingente insostenibilidad de la sociedad capitalista de consumo no es más que el primero de los dos argumentos demoledores en contra de que sea aceptable. El otro tiene que ver con la extrema y brutal injusticia inserta en la economía global, y sin la cual no podríamos disponer en los países ricos de niveles de vida materiales tan elevados.
La economía global entrega la mayoría de la riqueza mundial en recursos, a saber, del petróleo, a los países ricos. Tal es el caso debido simplemente a que se trata de un sistema de mercado y en el mercado las cosas de mayor escasez y valor se destinan a los ricos, pues son ellos quienes más pueden pagar por recursos y bienes.
El mismo principio garantiza que el desarrollo que tiene lugar en el Tercer Mundo no va mucho más allá de enriquecer a las corporaciones de los países ricos, las élites del Tercer Mundo y la gente que compra en los supermercados de los países ricos.
La economía global ignora totalmente las necesidades y derechos de la gente y los ecosistemas. Permite y garantiza que 850 millones de personas pasen hambre mientras se alimenta a los animales de los países ricos con 600 millones de toneladas de cereales cada año, y la mayor parte de la mejor tierra de muchos países con hambre se dedique a cultivos para la exportación. El desarrollo convencional, es decir, el desarrollo determinado por las fuerzas de mercado y el beneficio, es claramente, por tanto, una forma de saqueo: utiliza la capacidad productiva del Tercer mundo para enriquecernos a nosotros, no a ellos.
La teoría y práctica del desarrollo convencional se basa en la idea del “crecimiento y goteo” [trickle down, de la riqueza hacia abajo], es decir, en el supuesto de que si todos vamos con entusiasmo en pos del crecimiento en el mercado, ésta será entonces la mejor forma de elevar al Tercer Mundo a niveles de vida satisfactorios. ¡Qué delicia para los muy ricos! “No hace falta pensar en redistribuir la riqueza existente o en producir lo que se necesita, sólo lo que es rentable…únicamente producir lo que más enriquece a los que ya son ricos, y la riqueza irá goteando hasta enriquecernos a todos”. Esto equivale a decir que deberíamos contentarnos con un enfoque del desarrollo que pone en nuestras manos en los países ricos casi toda la riqueza del Tercer Mundo, mientras una minúscula fracción de la misma beneficia a la gente del Tercer Mundo.
El mayor punto ciego de esta teoría y práctica del desarrollo convencional es que esta meta es absolutamente imposible. La anterior discusión deja claro que no hay posibilidad de que el Tercer Mundo se desarrolle como los países ricos o disponga de los “niveles de vida” del mundo opulento, no hay en ningún lado recursos ni por asomo para ello.
“Pero, ¡mira China!” Sí, hay en la economía global lugares en los que la gente logra beneficios espectaculares y en el que hay beneficios significativos que van a la gente más pobre. Hay pruebas contundentes de que los “niveles de vida” de gran número de personas del Tercer Mundo están ascendiendo de forma notable (véase, por ejemplo, Rosling, 2009.) Sin embargo, esto no significa que el enfoque del “goteo” sea aceptable o que pueda resolver los problemas fundamentales.
En primer lugar, los mercados de exportación en auge de los que disfrutan los chinos se han tomado de mucha gente de los países pobres que antaño disponía de ellos, pero que ahora no gana para exportar las cosas que solía vender. También resulta fácil pasar por alto el hecho de que hay 800 millones de chinos que no participan de esa nueva riqueza (Hutton, 2007). Los sistemas basados en el mercado benefician en su mayor parte a la clase media y los ricos, y crean oportunidades limitadas para que algunos asciendan a la clase media. Pregúntese a los 500 millones de África, o a la mayoría de la gente de Haití y Tuvalu sobre los milagros del crecimiento y el goteo. La mayoría de ellos están sufriendo un PIB per cápita en declive (…lo que, por supuesto, sólo significa que tienen que trabajar más duro, recortar el precio de sus exportaciones, talar más bosques…). Muy poca cosa gotea hasta llegar a los más pobres, y la globalización ha aumentado el ritmo al que los recursos de los pobrísimos se transfieren a los ricos (para una amplia documentación, véase la nota ¡Que los ricos creen puestos de trabajo! 6 mitos).
Incluso para el caso de aquellas clases pobres que se benefician del enfoque del desarrollo de crecimiento y goteo, los ritmos muestran de modo evidente que necesitarían cientos de años para ponerse a la altura de los “niveles de vida” del mundo rico. Entretanto, los países ricos se habrían elevado a niveles estratosféricos… y los ecosistemas del planeta se habrían venido abajo hace mucho.
Aunque el enfoque del crecimiento y goteo estuviera resolviendo los problemas más graves, se trata evidentemente de una estrategia extremadamente despilfarradora e injusta. Por cada migaja que arroja a la mayoría pobre, los que ya son ricos acumulan una inmensa opulencia.
Los países ricos se toman muchas molestias para mantener asentada la injusta economía global. Utilizan la ayuda, el apoyo a regímenes brutalmente dictatoriales del Tercer Mundo, Paquetes de Ajuste Estructural del Banco Mundial, y suministro de armamento, y recurren a invasiones militares al objeto de mantener los gobiernos y sistemas que garantizan que nuestras corporaciones y compradores continúen haciéndose con la mayor parte de la riqueza en recursos del mundo y apoderarse de la mayoría de los mercados. Los países ricos impiden deliberadamente un desarrollo apropiado, es decir, la aplicación de la capacidad productiva del Tercer Mundo, su trabajo, tierra, habilidades y capital, que desarrollarían aquellas cosas sencillas que harían todo lo posible por incrementar el bienestar de sus respectivos pueblos. Las condiciones inscritas en los Paquetes de Ajuste Estructural del Banco Mundial desechan esto de modo explícito y decretan que la capacidad productiva debe quedar libre para que las fuerzas del mercado determinen a qué se destinará, que esté libre para que las corporaciones la utilicen de cualquier forma que maximice sus beneficios globales.
Nuestros elevados “niveles de vida” materiales no pueden seguir satisfaciéndose a menos que continúen estos sistemas y procesos espantosamente injustos. No podríamos ni por asomo vivir tan bien como vivimos si no nos hiciéramos con la mayoría del estaño, café, petróleo, etc., disponibles. El problema de la penuria del Tercer Mundo no podrá resolverse hasta que el mundo rico reduzca su consumo de forma espectacular y viva de algo semejante a la parte que le corresponde en justicia de la riqueza mundial en recursos. Sin embargo, su meta suprema consiste en aumentar sus niveles de producción, consumo y PIB.
Así pues, el crecimiento es causa principal de problemas globales
Este análisis de los “límites del crecimiento” resulta crucial si quiere entenderse la naturaleza del problema medioambiental, del agotamiento de recursos y los conflictos armados en el mundo. Aunque pueda haber muchos otros factores causales en juego, todos estos problemas se deben directa y primordialmente al hecho de que existe demasiada producción y consumo.
Así, por ejemplo, tenemos un problema ambiental debido a que se extraen muchísimos recursos de la naturaleza y se le devuelven con el vertido con creces de muchísimos residuos a un ritmo que el progreso técnico no puede reducir a niveles sostenibles. Tenemos un Tercer Mundo empobrecido y subdesarrollado porque la gente de los países ricos insiste en apoderarse de la mayoría de los recursos, entre ellos los que debería utilizar el Tercer Mundo para satisfacer sus propias necesidades. ¿Y qué probabilidades hay de alcanzar alguna vez la paz mundial si los recursos son escasísimos y no pueden usarlos todos al ritmo que lo hacen hoy en día sólo unos pocos, pero insistiendo en enriquecerse cada vez todo el tiempo ilimitadamente? Si se insiste en continuar en la opulencia, habrá entonces que armarse cuantiosamente, harán falta armas si se quiere continuar tomando más de lo que en justicia corresponde.
La calidad de vida
La paradoja última es que durante décadas ha estado claro en la literatura que aumentar el PIB de los países ricos no incrementa la calidad de vida (Eckersley, 1997; Speth, 2001.) De hecho, lo que probablemente estamos viendo hoy en día es cómo desciende la calidad de vida en los países más ricos. ¿Qué sentido tiene entonces esforzarse en pos del crecimiento económico?
“Pero el crecimiento nos hará tan ricos que podremos permitirnos salvar el medio ambiente”
Esta afirmación es característica de la mentalidad económica convencional... sólo con crear riqueza monetaria, podremos resolver todos los problemas gracias a ello. El error fatal de este argumento resulta transparente. Si no reducimos la producción de “riqueza” de modo espectacular y rápido, las consecuencias medioambientales eliminarán pronto nuestra capacidad de producir cualquier forma de riqueza.
¿Conclusión?
Puestos a repetirlo, la razón del anterior esbozo ha consistido en dejar clara la magnitud del problema. Las cantidades de producción y consumo que hoy tenemos en el mundo rebasan muchas veces los niveles de lo que podría ser sostenible. No se trata sólo de llegar a una economía que no crezca ya más; el imperativo reside en alcanzar una economía de estado estacionario en la que la producción, el consumo, la inversión, el comercio y el PIB sean fracciones muy pequeñas de sus actualidades cantidades. En la discusión que sigue intentaremos mostrar que esto significa que habrá, por tanto, que desechar las estructuras y sistemas centrales de esta sociedad.
Las implicaciones de largo alcance y profundamente radicales del crecimiento cero
El problema del crecimiento no es sólo que la economía haya crecido hasta hacerse demasiado grande, agotando hoy recursos y dañando y eventualmente destruyendo ecosistemas. El problema más central es que el crecimiento resulta integral para el sistema.
La mayoría de las estructuras y mecanismos básicos del sistema se ven impulsados por el crecimiento y no pueden funcionar sin ello. No se puede eliminar el crecimiento dejando el resto de la economía más o menos tal cual. Por desgracia, los partidarios del actual movimiento a favor del “decrecimiento” tienden a pensar que el crecimiento es como un aparato de aire acondicionado que funciona mal en una casa, que sólo hace falta retirarlo y el resto de la casa seguirá funcionando más o menos como antes.
Si nos deshacemos del crecimiento, no puede haber pagos con intereses. Si hay que devolver más de lo que se prestó o invirtió, en ese caso la cantidad total crecerá inevitablemente con el tiempo. La actual economía depende literalmente del pago con intereses de un modo u otro, una economía sin pago con intereses debería de disponer de mecanismos totalmente diferentes para llevar a cabo muchos procesos.
Así pues, hay que descartar casi la totalidad de la industria financiera, y substituirla por disposiciones mediante las cuales pueda disponerse de dinero, prestarlo, invertirlo, sin aumentar la riqueza de quien lo presta. Eso le resulta incomprensible a la mayoría de los actuales economistas, políticos y gente del común. Entre los problemas ligados a ello está el cómo mantenerse en la vejez, cuando esto no puede resolverse mediante planes caducos que dependen del rendimiento de los ahorros invertidos.
La actual economía se rige literalmente por ir en pos del enriquecimiento; esta motivación es la que garantiza una enérgica busca de opciones, adoptar riesgos, la construcción y el desarrollo, etc. La alternativa más evidente es que estas acciones se vean motivadas por un esfuerzo colectivo por hacer funcionar lo que la sociedad necesita, y organizar y producir y desarrollar estas cosas. Ello entraña una visión del mundo y un mecanismo de impulso enteramente diferentes. Dicha sociedad tendría que encontrar otra vía para garantizar la innovación, la iniciativa empresarial y el correr riesgos cuando la gente no pueda ya esperar enriquecerse merced a sus esfuerzos (esto no es necesariamente un problema difícil; véase Trainer 2010a, Ch. 5.)
El problema de la desigualdad se volvería grave y exigiría atención. No podría afrontarse asumiendo que “la marea alta levantará todos los barcos”. En la actual economía, el crecimiento “legitima” la atención y desactiva el problema. La extrema desigualdad no es fuente de un descontento significativo, porque puede decirse que el crecimiento económico eleva los “niveles de vida” de todo el mundo”. Pero si el pastel sigue teniendo un tamaño constante, y todo el mundo se ve todo el tiempo impulsado por la lucha competitiva por enriquecerse, al poco tiempo unos pocos de entre los más enérgicos/talentosos/despiadados se habrán quedado con la mayor parte del pastel. Habría que encarar y resolver esta desigualdad consciente y deliberadamente, lo que entraña decisiones sociales respecto a la distribución y porción justa… lo que implica nuevamente un tipo muy distinto de sociedad.
Por encima de todo, si no ha de haber crecimiento, no puede quedar ningún papel reservado a las fuerzas del mercado. Muchos de quienes se oponen al crecimiento no parecen darse cuenta de esto. El mercado significa maximizar, es decir, producir, vender e invertir con el fin de ganar todo el dinero que sea posible gracias a estos tratos para después intentar invertir, producir y vender más, al objeto de hacer nuevamente cuanto más dinero sea posible. Dicho de otro modo, existe una relación inseparable entre el crecimiento, el sistema de mercado y el imperativo de acumulación que define al capitalismo. Si hemos de terminar con el crecimiento, tenemos que deshacernos del sistema de mercado.
Los cambios arriba mencionados no podrían llevarse a cabo a menos que se produjera un profundo cambio cultural, que entrañe nada menos que abandone el deseo de sacar provecho. Durante más de doscientos años, nuestra sociedad occidental se ha centrado en la búsqueda del enriquecimiento, de la acumulación de riqueza y propiedad (la cuestión resulta central en los escritos de Polanyi, 1944, y Tawney 1922, en el surgimiento de la sociedad capitalista a partir de la sociedad medieval). Esto es lo que impulsa toda actividad económica, así como el comportamiento de individuos y empresas en el mercado, y se encuentra en el centro de la política nacional. La gente trabaja para conseguir todo el dinero que puede. Las empresas se esfuerzan en conseguir el máximo beneficio posible y por crecer todo lo que pueden. La gente comercia con el fin de hacerse más ricos de lo que eran. Las naciones se esfuerzan por enriquecerse sin cesar.
La cuestión de la que resulta lógicamente imposible huir es que en una economía de crecimiento cero no habría lugar a este motivo psicológico o proceso económico. La gente habría de preocuparse por producir y adquirir sólo esa cantidad estable de bienes y servicios que resulta suficiente para una calidad de vida satisfactoria, y no tratar de incrementar en modo alguno ahorros, riqueza, posesiones, etc. Sería difícil exagerar la magnitud de esta transición cultural. No puede existir una economía de crecimiento cero a menos que se produzca un enorme cambio en la mentalidad que es característica de la sociedad de consumo y que ha constituido la fuerza impulsora dominante de la cultura occidental durante varios cientos de años.
Subsistencia, obsequio, reciprocidad... suficiencia
La alternativa a una economía del crecimiento estriba de hecho en una economía de subsistencia, es decir, una economía en la que la gente produce para satisfacer necesidades estables y no para acumular riqueza. En sociedades tribales, campesinas, antiguas y medievales, así como en muchas comunas de hoy en día, se producen artículos no para venderlos con el fin de beneficiarse, de acumular dinero con el tiempo. (véase la discusión de Polanyi, 1944). Se producen para intercambiarlos por otros artículos necesarios de igual “valor”.
Los días de mercado nos permiten a todos adquirir las cosas que necesitamos, a cambio de una aportación a la satisfacción de las necesidades de los otros. Nadie intenta sacar beneficios del intercambio, todo el mundo intenta sólo intercambiar artículos de un cierto “valor” por otros del mismo “valor” (medido habitualmente en el tiempo de trabajo necesario para producirlos). La gente no va al mercado a hacerse rica (los mercaderes que visitaban las ciudades, generalmente con cosas innecesarias, objetos de lujo, para venderlas, comerciaban para obtener beneficio, pero en la Europa medieval constituían una minoría casi irrelevante en los márgenes de la corriente económica principal, y no se les respetaba).
En estas economías de subsistencia, la operación básica no consistía en conseguir sino en dar… sabiendo que los otros le darían a uno. Dicho de otro modo, el mecanismo económico clave era el obsequio y la reciprocidad. Las tribus están gobernadas por elaboradas reglas acerca de lo que es dar y recibir, que garantizan la manutención de todos (ninguna persona de las sociedades tribales es pobre o pasa hambre, salvo que los tiempos sean para todos difíciles).
Son esos los principios económicos que han de existir, nos gusten o no, en una economía satisfactoria, viable con la perspectiva de una escasez intensa e irremediable, en la que debemos desarrollar principalmente pequeñas cooperativas locales, economías estables centradas en satisfacer necesidades. Las preocupaciones centrales deben enfocarse hacia la organización de los recursos locales y las capacidades productivas para poder mantener a todos sin noción alguna de beneficio o enriquecimiento con el tiempo. El mecanismo básico debe consistir en dar a los demás y a la comunidad, sabiendo que nos darán lo que necesitemos (por ejemplo, contribuir a las abejas obreras voluntarias que mantienen los huertos de la comunidad).
La historia puede contemplarse en términos del daño finalmente causado por el impulso de obtener beneficio. A menudo surge una civilización que mantiene durante algún tiempo una considerable equidad, pero con el tiempo algunos consiguen riqueza y poder, y se desarrollan como clase con poder y privilegios crecientes que domina después al resto. Su deseo de obtener beneficios impulsa la búsqueda de más y más tierras, opulencia, esclavos… y fuentes exteriores de riqueza. Comienza una fase imperial. Se saquea la riqueza de otras regiones. Puesto que no existe concepto de lo que es bastante, en poco tiempo llegan a extralimitarse; se vuelve imposible mantener el imperio, y la civilización se autodestruye. En la actualidad, Occidente atraviesa esta fase de extralimitación que apunta a su declive, mientras que nos rebasa China, impulsada por esa misma obsesión decidida de enriquecerse y hacerse más poderosa. Esta triste historia no terminará hasta que los seres humanos aprendan a contentarse con lo que es suficiente.
Este tema es el núcleo del análisis de “The Simpler Way” (“Un camino más sencillo”): esta sociedad no tiene arreglo; sus elementos principales han de descartarse y reemplazarse (Trainer, 2010b) Lo que es más evidente es que no se puede reformar una economía de crecimiento para convertirla en una economía de crecimiento cero, y no se puede eliminar el elemento de crecimiento si se deja el resto tal cual; hay que levantar una economía completamente diferente. Y sobre todo, no se resolverán los muchos problemas que causa el perseguir el crecimiento sin desechar estructuras centrales de nuestra cultura, es decir, hasta que la gente en general se dé por contenta con lo que es suficiente, y programe y gestione economías que se centren en la subsistencia, el obsequio y la reciprocidad.
Así pues, la mayoría de la gente que apela a una economía estable no parece comprender las implicaciones de su campaña, ni las razones para pensar que sus posibilidades de éxito son insignificantes. Por encima de todo, no parecen haber pensado en los cambios sociales ligados a ello, muchos y muy profundos, que han de lograrse para poder eliminar el crecimiento.
¿Es compatible el capitalismo con una economía de crecimiento cero?
Debería ser evidente ya que una economía de crecimiento cero no puede ser una economía capitalista. El capitalismo se remite por definición a la acumulación, a ganar más dinero del invertido, con el fin de invertir la plusvalía para disponer de aún más… para invertirlo al objeto de hacerse más ricos. En una economía estable sería posible que unos pocos fuesen propietarios de la mayor parte del capital y las fábricas, y vivir de la renta de estas inversiones, pero serían como rentistas o terratenientes que obtienen una renta de su propiedad. No podrían verse impulsados a acumular, hacerse más ricos, aumentar la cantidad de capital que poseen e invertir para enriquecerse aún más. Si lo hicieran, unos poquísimos se quedarían rápidamente con casi toda la cantidad fija de renta y riqueza disponibles… y pronto el sistema se autodestruiría.
Hay quien, como Herman Daly, cree que el aumento de la “productividad” permitiría al capitalismo continuar en una economía de crecimiento cero. El contraargumento es que habría una ligera tendencia a que esto sucediese, pero que el efecto sería trivial y efímero.
Hay mucha gente en el movimiento cada vez mayor en favor del “decrecimiento” que no desea enfrentarse a la conclusión de que si uno desea deshacerse del crecimiento, habrá entonces que librarse del capitalismo e inevitablemente tendremos (algún tipo de) “socialismo”. Es decir, la economía no podría dejarse en ese caso a la competencia entre quienes poseen capital activo en los mercados libres que operan en el libre mercado. Como mínimo las decisiones económicas principales tendrían que adoptarse por medio de discusiones, debates y planificación sociales... porque se trata de la única alternativa lógica a dejar que los “mercados libres” y los poseedores de capital compitan por sacar provecho.
Resulta crucial recalcar de inmediato que esto no ha de significar que hayamos de aceptar un gran Estado autoritario, burocrático que se ocupe de todo y que es probable que no sea del gusto de nadie. Un bosquejo de una nueva economía aparece a continuación (y queda pormenorizado en el capítulo 4 de Trainer, 2010). Las decisiones principales habrían de tomarse colectivamente por parte de todos los miembros de pequeñas economías (pero con la mayoría de la economía en forma de empresas privadas).
¿Cuál es la alternativa?
Si debemos abandonar el crecimiento y reducir de modo ingente la producción y el consumo, entonces no hay más alternativa que desarrollar una economía que quede básicamente bajo control social, a saber, en la que discutamos, decidamos, planifiquemos y nos organicemos para producir esa cantidad estable de cosas fundamentales que necesitamos para hacer posible una alta calidad de vida para todos. En las condiciones de intensa escasez de recursos que se avecinan, para que las comunidades sean viables tendrán que ser en su mayor parte economías locales pequeñas, autosuficientes, que utilicen recursos del lugar para producir lo que necesitan los lugareños. Esas economías sólo pueden funcionar bien si el control se encuentra en manos de todos los ciudadanos, por medio de la democracia participativa ejercida a través de asambleas que representen a la ciudad entera. Esta visión haría posible que la mayoría de las empresas y explotaciones agrícolas fueran de propiedad privada o de cooperativas comunitarias, y dejaría poco que hacer a gobiernos municipales, de los estados o federales.
Aunque las razones en contra de proseguir el crecimiento y la opulencia han resultado en mi opinión abrumadoramente convincentes durante décadas, han sido ignoradas casi por completo. Y si bien atraen cada vez más atención en los márgenes de la profesión económica, se reconoce poco por desgracia cuán profundamente radical es la noción de crecimiento cero. Entraña lógicamente la terminación de varias estructuras y procesos fundamentales, de valores e ideas asumidas, desarrolladas a lo largo de cientos de años.
Si es válido este análisis respecto a los límites nos quedan sólo unas décadas para llevar a cabo esas inmensas transiciones. Dado que la corriente principal, resueltamente guiada por la profesión de los economistas, no muestra signo alguno de prestar atención a estas cuestiones, resulta difícil mantener la creencia de que disponemos de ingenio o voluntad para salvarnos.

Ted Trainer es profesor de teoría económica en Universidad de Nueva Gales del Sur, Australia; real-world economics review, 6 septiembre 2011. Traducción para SinPermiso: Lucas Antón. http://www.sinpermiso.info
Notas:
1. Este trabajo elabora y amplía una discusión de temas publicada en The International Journal of Inclusive Democracy, otoño 2010; véase Trainer, 2010.?
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jueves, 16 de febrero de 2012

Toda la verdad y nada más

Por Paul Krugman

El criterio, según Politifact, parece ser que un hecho no es un hecho si ayuda a la narrativa demócrata. En su Informe de Gobierno del 24 de enero, el presidente Barack Obama dijo: “Durante los últimos 22 meses, los negocios han creado más de tres millones de puestos de trabajo. El año pasado, la cifra fue la más alta desde 2005”. Cosa que simplemente es cierta. Punto. Pero Politifact inicialmente apenas la calificó de “verdad a medias” porque “esencialmente estaba tomando crédito por el crecimiento del empleo”. De hecho no estaba tomando crédito e, incluso, si así hubiera sido, un hecho es un hecho. No creo que la palabra signifique lo que Politifact piensa que significa.
Un lector hace una buena pregunta: ¿adónde hay que ir para comprobar que una declaración de un político realmente es cierta? La respuesta, desafortunadamente, es que depende del tema de la declaración. La mayoría de las cifras económicas puede corroborarse recurriendo a fuentes oficiales de datos como el Buró de Estadísticas Laborales o el Buró de Análisis Económico, y, mucha de esta información oficial está inmediatamente disponible en la excelente base de datos F.R.E.D. del Banco de la Reserva Federal de San Luis. Pero la contestación más amplia es que hay que saber dónde buscar.
Ahora, el punto de Politifact y otros sitios que corroboran hechos supuestamente debe ser que hacen este trabajo en lugar de los lectores, para que no tenga que aprender de fuerza laboral o comercio o crimen o cualquier otra estadística cada vez que dude de la afirmación de algún político.
Desafortunadamente, Politifact ha perdido de vista lo que supuestamente debería estar haciendo. En lugar de simplemente decir si una afirmación es cierta, está intentando actuar como determinado tipo de árbitro en lo que imagina que es un juego limpio: incluso si un político dice algo completamente cierto, es juzgado sólo como parcialmente verídico si Politifact siente que el hecho está siendo usado para ganar una ventaja política injusta.
En el caso de la declaración de Obama sobre el empleo, Politifact primero dijo que era una verdad a medias y, después, la actualizó a casi completamente cierta, no porque Obama haya dicho algo objetivamente incorrecto, sino porque Politifact percibió que Obama intentaba demostrar que él fue responsable de las ganancias.
Esto es profundamente erróneo en dos niveles. Primero, la corroboración de hechos debería consistir en corroborar hechos, no en intentar imponer cierto tipo de reglas del Marqués de Queensbury sobre cómo se permite usar los hechos. Además de socavar la misión, esto vuelve todo subjetivo. Note que Politifact ni siquiera estaba analizando lo que dijo Obama; analizó su impresión sobre lo que podría estar intentando demostrar. ¡Dejen eso para los comentaristas de televisión!
En segundo lugar, en la práctica esto se convierte en un asunto partidista. La simple realidad es que, en el paisaje político estadounidense de la actualidad, los republicanos cometen muchos más errores garrafales con los hechos que los demócratas. Lo siento, pero así son las cosas.
No obstante, Politifact quiere ser visto como apolítico. Si sólo se apegara a los hechos, podría decir: “miren, sólo estamos informando hechos”. Pero habiendo definido su papel como algo que va más allá de revisar hechos, para decir si éstos están siendo usados de forma “propia”, entonces se encuentra bajo la presión de ser “equilibrado”, lo que termina traduciéndose en inventar excusas para las falsedades republicanas y encontrar formas de criticar las declaraciones verídicas de los demócratas.
Todo eso es muy triste.

Reescribir la historia para redefinir la hipocresía

George Washington era un hipócrita. Bueno, yo no lo creo así. Pero aparentemente es lo que cree Scott Brown, senador de Massachusetts.
Brown está lanzándose de lleno en su campaña de reelección con la proposición de que Elizabeth Warren es una gran hipócrita.
Según Brian McGrory, columnista de The Boston Globe, Brown, un republicano, “parece estar echando humo porque a su principal rival demócrata, Elizabeth Warren, le ha ido bastante bien financieramente”.
“Una documentación dada a conocer la semana pasada muestra que obtuvo ingresos de 700.000 dólares durante un período reciente de dos años, y es incluso mayor que eso cuando se toma en cuenta un salario gubernamental que recibió durante parte de ese tiempo”, escribió McGrory en una columna del 18 de enero. “Cualquiera que sea la cifra, tiene a Brown al borde de la locura. Causó que su jefe de campaña, un joven nativo de Vermont aparentemente agradable de nombre Jim Barnett, lanzara la descripción de ‘hipócrita elitista’, como si fuera un crimen subir por la escalera del éxito en Estados Unidos y como si resultara imposible recordar cómo es la vida en los peldaños más bajos”.
Verá, Warren ha lanzado una cruzada para ayudar a una clase media en peligro de extinción, pero es una profesora de Harvard bien paga que terminaría abonando más impuestos como resultado de las políticas que defiende. ¿Ve la hipocresía? Yo tampoco.
Ya he escrito antes al respecto: de alguna forma ha entrado a nuestra política la noción de que apoyar una causa que no lo beneficie a usted personalmente financieramente lo convierte en un hipócrita. Es realmente extraño.
Tal como lo he sugerido, piense lo que esto dice sobre George Washington. El hecho es que personalmente le estaba yendo muy bien bajo el gobierno británico -era un gran terrateniente, un hombre de estatura en las colonias-.
Su vida era simplemente excelente; no obstante, corrió un enorme riesgo personal para encabezar una rebelión por la causa de la libertad.
¡Era un hipócrita! O, tal vez, fue un hombre de virtud cívica que puso las necesidades de su nación por encima de su propia comodidad. Parte de la razón por la que esto agrada a la derecha es porque su respuesta a cualquier intento de hablar sobre desigualdad y sistema fiscal se topa con afirmaciones de que todo tiene que ver con la envidia; supuestamente, cualquiera que piense que el impuesto a las ganancias de capital debería ser mayor sólo lo dice porque él o ella odian a la gente rica.
Entonces, ¿cómo es que ellos pueden ser ricos? Por extraño que parezca, es posible no tener animosidad especial hacia los ricos y aun así creer que deberían pagar más impuestos, que sus trabajadores deberían tener más poder de negociación y, en general, que las políticas que no los volverían tan ricos harían que esta nación fuera mejor. Pero entonces, como profesor/periodista liberal bien pago, sería normal que yo lo diga, ¿o no?  .

miércoles, 15 de febrero de 2012

Cómo dividen su tiempo los líderes empresariales

Un estudio evalúa las agendas de más de 500 presidentes ejecutivos de todo el mundo

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Justo lo que se imagina: pasan alrededor de un tercio de su tiempo laboral en reuniones.
Esa es una de las conclusiones a las que ha llegado un grupo de académicos de la London School of Economics y la Escuela de Negocios de Harvard, que están hurgando en las agendas de más de 500 presidentes ejecutivos en todo el mundo con el fin de determinar cómo organizan exactamente su tiempo, y cómo ello afecta el desempeño y la administración de sus firmas.

Los ejecutivos invierten cerca de un tercio de su tiempo laboral en reuniones.
Su estudio —conocido como el Proyecto del uso del tiempo ejecutivo— analiza las agendas de los presidentes ejecutivos en las que sus asistentes personales registraron cada actividad de 15 minutos o más de duración durante una semana seleccionada por los investigadores. El proyecto, que sigue en marcha, ha recolectado hasta el momento datos de tres estudios de presidentes ejecutivos en todo el mundo.
En un grupo de 65 presidentes ejecutivos, estos líderes empresariales pasaron casi 18 horas de una semana de trabajo promedio de 55 horas en reuniones, más de tres horas en llamadas telefónicas y cinco horas en comidas de negocios. El resto del tiempo lo pasaron viajando, en actividades personales, como rutinas de ejercicio, citas médicas o almuerzos con sus parejas, o en actividades cortas, como llamadas rápidas o haciendo la facturación para un viaje, que no necesariamente fueron registradas por las asistentes de los altos ejecutivos. Trabajaron solos durante apenas seis horas semanales.
Los investigadores dicen que nos les sorprende la cantidad de tiempo dedicado a reuniones, ya que uno de los roles de un presidente ejecutivo es coordinar las tareas de los empleados y reunirse con clientes y consultores. Un cronograma ajetreado de reuniones —a menudo realizado de forma virtual en empresas globales— puede indicar que los ejecutivos están involucrados con sus empresas y cerca de sus gerentes y clientes. De todos modos, los presidentes ejecutivos afirman que añoran tener más tiempo a solas para pensar y trazar estrategias.
Mientras más informes directos tenía un presidente ejecutivo, había más y más largas reuniones internas, según los investigadores. En lugar de trasladar responsabilidades a otros gerentes, los presidentes ejecutivos con más informes directos de hecho son más activos y se involucran más en las operaciones internas, agregan.
Pero no todos los informes directos son iguales. En firmas que incorporaron un director financiero o jefe de operaciones a la jerarquía corporativa, el tiempo del presidente ejecutivo en reuniones se reducía a alrededor de cinco horas y media por semana, en promedio, según los investigadores.
Incluso si un presidente ejecutivo tiene muchos informes directos, "el efecto del director general de finanzas y el director general de operaciones es más sólido" y podría ayudar a reducir el tiempo que pasa un presidente ejecutivo en reuniones internas, sostiene Raffaella Sadun, de Harvard y coautora del proyecto. Los otros investigadores fueron Oriana Bandiera y Andrea Prat, de la LSE, y Julie Wulf, también de Harvard. Sus conclusiones preliminares se publicarán en un artículo de la Escuela de Negocios de Harvard.
Rory Cowan, presidente ejecutiva de Lionbridge Technologies Inc., una empresa estadounidense de servicios de tecnología con unos 4.500 empleados, afirma que se comunica constantemente con personal y clientes.
"No sé cuándo no estoy en una reunión", sostiene.
En lugar de pasar mucho tiempo en largas reuniones cara a cara, sin embargo, Cowan pasa más tiempo "haciendo frecuentes toques interactivos", ya sea en persona o a través de mensajes de texto, chats o video chats, a veces con "cuatro o cinco ventanas abiertas a la vez".
Como consecuencia, sus reuniones rara vez duran más de 15 minutos, afirma.
La evaluación de los ejecutivos sobre cómo invierten su tiempo difiere de lo que dicen sus agendas y asistentes personales.
Cuando los ejecutivos comparan sus prioridades con el tiempo invertido, "usualmente se sorprenden de la diferencia", dice Robert Steven Kaplan, un profesor de administración de Harvard.
Él recomienda a los líderes empresariales sustituir la palabra "dinero" por "tiempo" cuando programan sus horarios. "Con el dinero... uno es más cuidadoso y juicioso. Si alguien le pide dinero, seguramente usted se negará", dice Kaplan.

martes, 14 de febrero de 2012

Ultima Carta de Jose Marti a su madre

Madre mía:

Hoy, 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en Vd. Yo sin cesar pienso en Vd. Vd. se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué nací de Vd. con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre.
Abrace a mis hermanas, y a sus compañeros. ¡Ojalá pueda algún día verlos a todos a mi alrededor, contentos de mí! Y entonces sí que cuidaré yo de Vd. con mimo y con orgullo. Ahora, bendígame, y crea que jamás saldrá de mi corazón obra sin piedad y sin limpieza. La bendición.
Su   
J. Martí
Marzo 25, Montecristi R. Dominicana
El Apóstol moría 55 días después.

lunes, 13 de febrero de 2012

“Temo que suceda un Hiroshima cibernético”

Eugene KasperskyEugene Kaspersky: “Temo que suceda un Hiroshima cibernético”

En junio de 2010, Eugene Kaspersky declaró el comienzo de la primera ciberguerra de carácter global. Creador de una de las empresas de seguridad informática más importantes del mundo, este ingeniero y matemático ruso es, hoy, consultor de algunos de los más poderosos gobiernos del planeta. Su mensaje es meridiano: Internet es un inmenso territorio en el que todos, de alguna forma, ya vivimos. Un territorio sin fronteras ni reglas bien definidas, y desde el que se puede hacer cada vez más daño al “mundo real”. Y son muchos quienes intentan hacerlo. A medida que internet madura, también lo hacen las organizaciones criminales y terroristas que campean a sus anchas en la red. Y ahora, también los gobiernos están empezando a diseñar, y a utilizar, ciberarmas de una potencia hasta ahora desconocida. Para Kaspersky, es hora de sentarse a hablar, de organizarse y de poner límites a esta nueva carrera armamentista.
- Habla usted de ciberguerra como si ya estuviéramos inmersos en ella. ¿Está seguro de eso?
- Sí, bastante seguro. Unos ejemplos. Recuerda el apagón de Estados Unidos en 2003? Pues fue un acto de sabotaje. Fue diseñado por ordenador. O el ataque informático a Estonia en 2007… Dirá que son episodios aislados y que no están conectados entre sí. Sólo son ejemplos de lo que puede suceder. El más demoledor fue Stuxnet, el primer virus específicamente diseñado para sabotear procesos industriales. En concreto, se trataba de destruir instalaciones nucleares en Irán. El ataque se produjo en junio de 2010 y en realidad nadie sabe quién estuvo detrás de eso, Pero la complejidad del virus y sus objetivos no dejan duda de que fue una acción militar.
-¿Piensa que esa clase de ataques puede generalizarse?
Todo está on line, y todo lo que está on line, por desgracia, puede ser un objetivo. Ahora no hay más que echar un vistazo alrededor. Estamos rodeados de sistemas informáticos. Un gran número de ordenadores que se ocupan de muchos servicios básicos. Y esos ordenadores están conectados a otros ordenadores, formando sistemas muy complejos pero en los que todo está relacionado. Si atacas a una parte, ese ataque puede multiplicarse.
- Sin embargo, esta guerra no se lucha contra un solo enemigo, ¿no es cierto?
- Una parte creciente de nuestras vidas transcurre en un país virtual que es Internet. Un país que está en todas partes y en el que no hay fronteras ni límites, También las empresas y los gobiernos están en ese país virtual. Y los terroristas, y los criminales, y los hacktivistas, que han encontrado allí un coto de caza abierto y en el que las “presas” no pueden defenderse. Es hora de tomar medidas, de organizarse, de crear organismos internacionales y de protegerse. Por un lado se están produciendo ataques terroristas, por otro acciones militares de gobiernos… Lo malo es que un ciberataque, cuando se produce, puede replicarse. En la guerra convencional, cuando lanzas un misil es solo un misil. Un ciberataque, sin embargo, puede multiplicarse al infinito con un único disparo.
- Una guerra, además necesita librarse en un territorio. ¿Cuál es el territorio de esta ciberguerra?
- Es Internet. Un inmenso territorio global en el que no hay fronteras y en el que está depositada una parte de nuestras vidas. Por ejemplo, el super virus Stuxnet fue diseñado para infectar computadoras al azar. Y de hecho se infectaron miles de ordenadores en todo el mundo, aunque la mayoría de ellos estaban en Irán. Quiero decir que el virus no estaba diseñado para atacar un objetivo específico, sino a una determinada clase de sistemas y ordenadores, que eran los de las instalaciones nucleares. Y eso fue exactamente lo que hizo. Se puede diseñar, como fue el caso, un virus capaz de dañar instalaciones nucleares, pero al lanzarlo todas las instalaciones similares que infecte resultarán dañadas. Y eso es muy preocupante.
- Bien. El territorio es Internet. ¿Y las armas para defenderse?
- Por desgracia, no existe forma de defenderse de uno de estos ataques. Por ahora no existe protección, y no es algo que diga yo solo. El director de la Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos, por ejemplo, dijo que en caso de ciberataque, lo único que podemos hacer es mirar cómo se produce. No hay protección ni defensa.
- ¿Qué podemos hacer entonces?
- Lo que sí se puede hacer es diseñar una estrategia que consiga evitar esta clase de acciones. Como acuerdos internacionales de cooperación. También se podrían rediseñar los sistemas críticos de ordenadores, elaborar unos estándares militares más seguros. Y vigilar mucho más que ahora la forma en que se realizan las actualizaciones de software, más control sobre todos los procesos… Es decir, prevención.
- ¿Y por qué no se hace ya?
- Desafortunadamente, en muchos casos, quizá en la mayoría, esto es muy difícil de hacer, porque es complicado para los sistemas industriales el proceso de actualización, que es continuo… Los científicos, por ejemplo, deberían realizar experimentos y buscar formas más seguras de actualizar los sistemas críticos.
- ¿Significa eso que no hay defensa posible?
- Si una organización quiere atacarte, te atacará, y no hay nada que se pueda hacer. Hay muchos ejemplos solo durante el pasado año, cuando un gran número de grandes empresas sufrieron, una detrás de otra, ataques informáticos demoledores…
- ¿Cómo afecta esta guerra a la vida de la gente corriente y a las pequeñas empresas?
- La gente está en internet, trabaja en internet y hay millones de empresas en internet. Un ciberataque posiblemente no afecte a sus negocios, pero sí que puede afectar a las infraestucturas que la gente utiliza, por ejemplo a los transportes, o a las redes eléctricas, o a la gran industria, o a las centrales de energía…. Qué más? Es como una película de Hollywood.
- ¿Y qué posibilidades hay de que este escenario que describe se generalice?
- Estoy muy preocupado, porque sucederá. Es solo una cuestión de tiempo. No se cuánto tiempo, porque no estoy en la mente de las personas que lanzan estos ataques, pero estoy convencido de que será bastante pronto. Me preocupa que los gobiernos aún no hayan podido tomar medidas, y me preocupa saber que hacer algo así está ya en la mente de distintos grupos terroristas.
- Además están también los cibercriminales, los hacktivistas…
- Si, pero los cibercriminales sólo se mueven para conseguir dinero. Y muchos de ellos ya lo han conseguido. Muchos de ellos incluso se están retirando para disfrutar de sus enormes ganancias, y sin haber sido nunca detenidos. Y los hacktivistas tienen otros motivos, que son políticos… Las razones por las que se boicotea la red son variadas, y con objetivos muy diferentes. Pero un ataque militar se puede hacer con armas convencionales o con armas no convencionales. Fíjese que los terroristas han utilizado hasta aviones comerciales… La misma regla sirve también para Internet.
- Y ahora, a todo esto, se suman también las acciones de los gobiernos…
- Evidentemente. Estados Unidos, por ejemplo, está trabajando en ciberarmas cada vez más potentes. Y también otros países. Gran Bretaña está desarrollando unidades militares especializadas en ciberguerra. Y también Japón, Corea, China, India… están haciendo lo mismo. Es una escalada armamentista en toda regla. Podría llegar a producirse un “Hiroshima cibernético”. Aunque esperemos que no sea pronto.
- ¿Ha empezado ya la ciberguerra?
Para algunos países si. Estados Unidos, Israel, puede que China… ya están luchando en ese terreno. El primer gran ataque podría venir de cualquiera de estos grandes países contra otro… O de India contra Paquistán…
- ¿Qué puede hacer una empresa como la suya en esta situación?
- Nada. Podemos simplemente ayudar a prevenir uno de estos ataques, pero cuando se produce no hay defensa posible. Sí que podíamos interceptar y detener a las primeras ciberarmas, hace ya años. Pero hoy se manejan grandes presupuestos para desarrollarlas, con equipos de ingenieros y profesionales muy numerosos y bien preparados, y las ciberarmas están diseñadas para pasar por encima de cualquier clase de protección. Sí que podemos proteger a la gente de lo que hacen los cibercriminales, que actúan en otro nivel, pero no de las ciberarmas de que le hablo. Los criminales no gastan millones en el desarrollo de estas armas, y trabajan con software más sencillo. Nunca podrían desarrollar un Stuxnet.
- ¿Hay alguna estrategia común entre las compañias y agencias de seguridad para prevenir esta situación de la que habla?
- Información, dar información y consejo, promover la creación de organismos internacionales, explicar a los gobiernos cuáles son los posibles escenarios… Es terrible.
- ¿Es usted optimista sobre el futuro?
- Soy realista. En Rusia decimos que los optimistas estudian inglés, los pesimistas estudian chino, y los realistas estudian cómo manejar un fusil de asalto Kalasnikov…
(Tomado de ABC)

sábado, 11 de febrero de 2012

Jacque Fresco explica qué es una Economía basada en recursos


El hecho de vivir en un Sistema anti-solidario, donde a cada uno de nosotros se nos obliga mediante "mecanismos de mercado" a vender nuestra mano de obra para "ganarnos la vida" como si fuéramos baterías arrendables, evita que levantemos la cabeza al cielo para contemplar con tranquilidad las estrellas. Allí podríamos estar si el Sistema no nos hubiera robado la capacidad de imaginar alternativas...
Jacque Fresco

El obsoleto sistema monetario

A pesar de la ingeniosa publicidad que nos pueda llevar a creer lo contrario, cuando una nueva tecnología es introducida en cualquiera de los actuales sistemas basados en el dinero, el beneficio sobre la humanidad es marginal, excepto para aquellos que consiguen convertirse en "clientes". En cualquier sistema monetario, el motor de la industria es la utilidad monetaria, es decir, vender algo por más de lo que vale. El bienestar de la humanidad no se incluye en la ecuación. Los problemas sociales que pueden provenir de las masas desplazadas por la automatización de muchas tareas son consideradas irrelevantes, si es que se les considera. Cualquier necesidad humana es secundaria frente a la necesidad de utilidad monetaria del mundo de los negocios. Si la utilidad es insuficiente, el servicio cerrará. Lo que el mundo de los negocios busca es mejorar las ventajas competitivas para incrementar las ganancias de sus accionistas y esto se contradice con producir bienes y servicios que permitan mejorar la vida de los seres humanos [por ejemplo, en cualquier sistema basado en el dinero mientras más personas tengan SIDA, mejor, porque esa gran masa de enfermos le dará trabajo a miles de médicos y pondrá en movimiento a la economía. Por lo mismo, encontrar la cura del SIDA sería catastrófico para la economía, porque muchas empresas farmacéuticas se irían a la quiebra]. Debido al interés público manifestado por muchas personas en el efecto invernadero, la lluvia ácida, la contaminación del aire y del agua, etc., algunas empresas han entendido que para mantenerse en el mercado deben mostrar interés por las preocupaciones ambientales y sociales. Si bien dichas acciones son positivas, no se pueden tomar seriamente como la "solución de mercado" a la generación de residuos, a la degradación ambiental y al sufrimiento humano.

El sistema monetario fue útil como una herramienta provisional que permite poner valor a bienes y servicios cuando existe escasez y permitió superar las imperfecciones del trueque. Así como en el pasado no existió un sistema universal de trueque, así mismo no existe un único sistema monetario mundial en la actualidad. Igual que en el pasado, hoy podemos ver a individuos y grupos que necesitan intercambiar objetos y servicios. La desigual distribución de habilidades, recursos y materiales en el mundo exige la existencia de un comercio mundial.

Hasta hace unas pocas décadas, el sistema monetario funcionaba relativamente bien. La población mundial de tres mil millones no agotaba los recursos ni la energía, el efecto invernadero no era evidente y la contaminación ambiental sólo era tema para unos pocos. Al comenzar el siglo XXI la población se ha incrementado exponencialmente hasta superar los seis mil millones, los recursos y la energía claramente están disminuyendo, el efecto invernadero es una realidad y la contaminación es evidente en todo el mundo. El planeta está en crisis y la mayoría de la población no puede satisfacer sus necesidades básicas porque no cuentan con el dinero suficiente como para adquirir recursos que cada día son más caros. El dinero es la variable que determina la calidad de vida de una persona en lugar de la verdadera disponibilidad de los recursos.

En un sistema monetario el poder adquisitivo no se relaciona con la capacidad de producir bienes y servicios. Por ejemplo, durante una crisis recesiva siguen existiendo en los almacenes CDs y automóviles, pero mucha gente no cuenta con el dinero para comprarlos, a pesar de que la Tierra sigue siendo el mismo lugar. Lo que ocurre es que existen ciertas reglas de mercado que son obsoletas pero que toleramos que sigan existiendo incluso cuando producen conflictos, privaciones y sufrimiento.

Dado que la cultura de hoy se basa en la utilidad monetaria, entonces nosotros no producimos bienes basados en las necesidades humanas. Por ejemplo, no construímos casas basadas en las necesidades de poblamiento. No producimos alimentos para alimentar a la gente. La motivación primaria de la industria es la utilidad monetaria.

En la actualidad, el sistema monetario es un obstáculo a la supervivencia de la raza humana más que un medio que promovería nuestro crecimiento y desarrollo. Esta herramienta de gestión de recursos ha dejado de ser útil y está perjudicando a la humanidad, razón por la cual es deseable su eliminación. Dado que es obvio que la humanidad necesita de recursos para poder existir, el nuevo sistema debe ser capaz de suministrar los recursos directamente a la gente sin obstáculos financieros ni el lobby de los grupos de interés que buscan su beneficio a costa de dañar al resto de la población. Por lo tanto, es lógico que la alternativa tiene que ser un sistema económico basado en los recursos (y no en el dinero). Se puede pensar en un sistema económico mundial basado en los recursos que sería establecido gradualmente a medida que se abandonara el actual sistema monetario.

Todos los sistemas económicos mundiales - socialismo, comunismo, fascismo e incluso el tan respetado sistema capitalista de "libre" mercado - perpetúan la estratificación social, el clasismo, el elitismo, el nacionalismo y el racismo, paradigmas que necesitan de la diferencias económicas para existir. Basta con que cualquier sociedad comience a utilizar el dinero o el trueque, para que comencemos a ver una desenfranada carrera por buscar ventajas diferenciales. Si esas ventajas no se pueden mantener por medio del comercio, entonces será inevitable la intervención militar [Ej: Estados Unidos y la invasión de Iraq con la excusa de buscar inexistentes armas de destrucción masiva].

La guerra nos demuestra de forma inequívoca la incapacidad de las naciones para resolver sus diferencias en un sistema monetario. Desde un punto de vista estrictamente pragmático, la guerra es la más ineficiente forma de utilizar vidas humanas y recursos naturales concebido por nuestros líderes. En la actualidad esto es aún peor si se considera la tecnología termonuclear, las armas químicas y bacteriológicas, las amenazas de sabotaje a las redes computarizadas de las naciones, etc., todas ellas son realidades creadas gracias a la existencia de la oferta y la demanda en un sistema monetario. A pesar de que las naciones afirman querer la paz, por lo general carecen del conocimiento necesario para llegar a soluciones pacíficas.

La guerra no es el único medio del que disponen las naciones desarrolladas y subdesarrolladas para abusar de la población cuando no se consiguen adecuados arreglos sociales. También se dispone del hambre, de la pobreza y de la reducción de la oferta. Mientras la sociedad utilice dinero podremos ver la creación de deuda y la inseguridad económica y ambos factores perpetuarán la delincuencia, la anarquía y el resentimiento. Los tratados y decretos no cumplen un papel efectivo para cambiar las condiciones de escasez e inseguridad. Por otro lado, el nacionalismo sólo ayuda a aumentar el sentido de separación entre los pueblos.

Los tratados de paz son incapaces de evitar una guerra si no se abordan las causas. Además, existen ciertos aspectos ineficaces del derecho internacional que tienden a mantener el statu quo. Las naciones que han obtenido riquezas gracias a la violencia siguen manteniendo en la actualidad sus posiciones ventajosas. Lo comprendamos o no, el derecho internacional sólo sirve como una suspensión temporal de los conflictos.

El intentar encontrar soluciones a tales problemas dentro del paradigma monetario sólo creará soluciones-parches que prolongarán la existencia de un sistema obsoleto.

En este mundo de constantes cambios, la pregunta no es si escogemos reemplazar el actual sistema por otro que sí funcione. Ahora es obligatorio que tomemos el reto en serio y que le hagamos frente a la actual decadencia social y económica.

Este es el problema que debemos encarar y las soluciones deben encajar correctamente con el mundo real. Parece ser que las soluciones pasan por actualizar y rediseñar la sociedad más que por aferrarse a los viejos valores de las antiguas sociedades. Desafortunadamente esto no se conseguirá mientras el actual sistema económico mundial no esté al borde del colapso.

Una economía basada en recursos


A continuación se presentará un conciso enfoque sobre un modelo de civilización donde la guerra, la pobreza, el hambre, la deuda y el sufrimiento humano innecesario son vistos no sólo como evitables, sino como totalmente inaceptables. La idea de fondo es eliminar las causas subyacentes que son responsables de la mayoría de los problemas que actualmente enfrentamos. Como se estableció previamente, esas causas no pueden ser eliminadas dentro de un sistema monetario que sólo perpetúa el establishment. El comportamiento humano está sujeto a la ley de la Causalidad, igual que cuaquier otro fenómeno físico. Nadie nace con codicia, prejuicios, intolerancias ni odios. Todo esto es aprendido. Si el ambiente no cambia, los problemas similares se repetirán.

Las aspiraciones de una mejor sociedad no pueden ser alcanzadas dentro de un sistema monetario basado en el despilfarro y en la depredación en todos los niveles. El método estándar para resolver los problemas es mediante la promulgación de leyes, pero los hechos indican que tales soluciones están destinadas al fracaso. Además, las nuevas tecnologías que podrían mejorar nuestra calidad de vida sólo llegan a aquellos seres humanos con el dinero suficiente como para poder comprarlas. En la actualidad más y más industrias están adoptando las ventajas de la automatización, lo que resulta en una mayor productividad con un menor número de empleados. A largo plazo esto significará la desaparición de los sistemas económicos monetarios. Sólo en un sistema monetario la automatización puede producir desempleo. Entre 1990 y 1995 las compañías despidieron 17.1 millones de trabajadores, de lo cual se responsabiliza en gran parte a la automatización. La automatización conducirá al reemplazo de la gente por máquinas, lo que significará una disminución del poder adquisitivo de los trabajadores desplazados. A pesar de la globalización, el costo humano de la automatización producirá inevitablemente problemas sociales difíciles de gestionar.

Durante la década de 1930, mientras se vivía La Gran Depresión, la administración Roosevelt promulgó una serie de leyes sociales destinadas a frenar las tendencias revolucionarias y a hacer frente a los problemas derivados del desempleo. Los puestos de trabajo fueron proporcionados a través de la Administración para el Progreso del Trabajo, los Cuerpos de Conservación Civil, el Acta de Recuperación Nacional, los campamentos transitorios y los proyectos de Artes Federales. La Segunda Guerra Mundial arrastró a USA dentro de una nueva depresión mundial. Si permitimos que las actuales condiciones sigan su curso natural, pronto podríamos llegar a ver una nueva recesión mundial de gran magnitud. Durante la Gran Depresión, Estados Unidos sólo contaba con 600 aviones de primera clase, pero al comenzar la Segunda Guerra Mundial, la producción se disparó a 90.000 aviones por año. ¿Cómo se consiguió? ¿Acaso repentinamente conseguimos el suficiente dinero u oro para financiar la Guerra? La respuesta es no. Siempre se contó con los recursos y el personal suficiente como para alcanzar niveles de producción y eficiencias necesarios para ganar la guerra. Desafortunadamente, los sistemas monetarios necesitan de guerras o desastres para realizar tales hazañas.
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