"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí

jueves, 5 de mayo de 2016

Parar el efecto dominó: siempre el desafío.

Por Aurelio Alonso 2016-05-05, Cuba Posible

El presente texto fue publicado originalmente en la revista Casa de las Américas, y Cuba Posible lo reproduce con el consentimiento de su autor.

Hoy es una verdad histórica que el obstáculo más significativo puesto a la ofensiva norteamericana para perpetuar el coloniaje continental se levantó en Mar del Plata en 2005 con el rechazo al Alca. Momento ejemplar. Allí se paró el efecto dominó de la estrategia Bush Jr. para la América Latina. Fue un paso importantísimo pero no definitivo; sería iluso excederse en el crédito a las victorias. Desde entonces Washington ha refinado sensiblemente los engranajes de hegemonización, tanto en sus definiciones políticas propias como en el manejo de las oligarquías locales. Ahora tocaría descifrar el efecto dominó en la estrategia Obama. ¿Lo hemos logrado? ¿Cuál será el saldo para hacer frente a esta nueva saga?

El sistema señoreado por el consorcio imperial, que nunca ha podido propiciar paz verdadera al mundo después de Hiroshima y Nagasaki, conduce hoy a guerras paralelas, de diferente intensidad, de diversa connotación, siempre con un denominador colonial, como le es propio al aura del imperio (1). La más explícita, dentro de la clásica norma caliente, tiene lugar en el Oriente Medio, con el respaldo activo de la Alianza Atlántica, en primer lugar por el dominio del petróleo. Esta guerra, que es necesario entender en su integralidad –sin separarla en etapas– tuvo su momento de debut en Afganistán e Irak, se escalonó disfrazada de «primavera árabe» en el Mahgreb y en Egipto, exhibiendo su obscenidad más descarnada en Libia, y al cabo de un quinquenio de violencia en Siria ha desembocado en un complicado atascamiento. Omito otras alusiones a contenciosos del escenario para no extraviar el eje ni extenderme más allá del plano que quiero lograr en este artículo.

Considero que el añadido del conflicto nacionalista ucraniano contribuyó, a pesar de salirse del área de referencia, a radicalizar la posición defensiva de Rusia en las zonas vecinas que podían requerirlo, y a decidirse por intensificar el apoyo consecuente al Estado sirio en la confrontación con el terrorismo dentro de su territorio. Y pienso que, eventualmente, podría extender esa postura más allá, en dependencia de que otros Estados afectados lo requieran. El pecado de abstención del Kremlin en 2011, en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, donde el veto ruso hubiera puesto un obstáculo a la invasión de Libia, debe haber dejado sólidas enseñanzas en la política de Moscú.

I

La tenaz persistencia del sostén occidental al terrorismo, difícil de disimular tras la falacia de respaldo a la oposición frente a regímenes marcados al hierro por ellos como autoritarios o indeseables, favoreció la constitución de la entidad armada llamada Daesh (e impropiamente «Estado islámico» para darle visos de legitimidad nacional, nombre que por tal motivo debiera evitarse). Este engendro extremista del salafismo sunita nació en 2007 en Irak, con el apoyo reconocido del vicepresidente norteamericano Dick Cheney, y se ha fortalecido con Obama, dispuesto a costear todo lo que contribuya al propósito colonial oleocrático en el Medio Oriente. Siempre a la sombra de la mal llamada «primavera», aun desprestigiada como quedó después de la devastación de la Yamajiria Libia, la cual había logrado traducir los beneficios de su riqueza petrolera en bienestar social como ningún otro país exportador de la región.

Armado por las potencias occidentales, Daesh ha llegado a ocupar por la fuerza y el terror –según datos difundidos por AFP y otras agencias informativas– unos cuarenta mil kilómetros cuadrados (25 % del territorio norte de Siria, desde Alepo a Al Boukarnal, y 40 % de Irak, desde Mosul hasta Faluya, mayormente en la franja de tierra que se extiende entre los ríos Tigris y Éufrates), para organizarse allí como califato, provocar un desesperado éxodo migratorio hacia Europa, y estancar el estado de guerra contra Siria. Una guerra que suma ya más de un cuarto de millón de muertos y cuatro millones de refugiados, y que ni siquiera puede citarse como conflicto civil, pues en la actualidad más de la mitad de los combatientes de Daesh no son sirios ni iraquíes.

A pesar de la situación de estancamiento que han generado «insurrectos» y promotores, dirigida a apoderarse de todo el país, sus ofensivas no han conseguido doblegar el nivel de apoyo de la población al régimen que pretenden derrocar en Siria. Téngase en cuenta que ya no se trata por separado de organizaciones como Al Qaeda –criatura primogénita–, Al Nusra, Boko Haram (hoy ligadas a Daesh en África y Medio Oriente), u otras expresiones del yihadismo, sino de una red estructurada, confabulada, cuya agenda tiene como primer punto deshacerse de la dinastía al-Assad, molesta a la hegemonía atlantista, y continuar el despojo petrolero de los países del área. De cierta manera, se trata de repetir la operación realizada años antes contra Sadam Hussein en Irak, con análogas justificaciones, y que tendría, de resultar exitosa, las mismas consecuencias de desmembramiento para el país.

Según The Economist, Daesh podría estar produciendo, en ese territorio usurpado mediante el terror, entre uno y medio y dos millones de barriles diarios de petróleo, comercializados en el mercado negro con Turquía, que en alguna medida –según el diario alemán Bild– benefician también a Israel, Jordania y Kurdistán, y constituyen su principal fuente de financiamiento del grupo. Los expertos consideran que esta producción equivale en volumen a la oferta suplementaria de crudo en el mercado actual. Si la comunidad mundial no toma las medidas para extirpar de raíz el problema podemos hallarnos ante la matriz de una forma de integración diabólica e inédita en la región.

Como otras fuentes de ingreso de Daesh, numerosas publicaciones citan el desmantelamiento y la venta del patrimonio arqueológico sirio e iraquí (el asalto a Mosul se calcula que reportó más de mil millones de dólares en efectivo), impuestos y tributos en las áreas ocupadas, donaciones, rescates de secuestros y venta de armamento excedente. Es decir, que el pretendido califato se ha preparado para traducir en términos propios el patrocinio de sus progenitores, creando una economía de terror.

Ese engendro se sembró con voluntad de perpetuación como Estado (no en balde el nombre) a partir de territorios apropiados por la fuerza. Quisiera dudar que el Irak, el Afganistán, la Libia de hoy, y este empoderamiento terrorista, se ajusten a las que fueron las previsiones norteamericanas y euroccidentales a la hora inicial de sus ofensivas. Pienso que es algo que se les fue de las manos, aunque tome décadas reconocerlo. Han colocado al mundo a merced de fuerzas que, al sentirse vulnerables o abandonadas, no vacilan en imponer su estilo, sacrificando a doscientos treinta y un viajeros en un avión ruso, y otras ciento treinta personas más unos trescientos cuarenta  heridos el viernes 13 de noviembre en una cadena de atentados en París. Y muchas otras acciones, como el atentado suicida que cobró cuarenta y tres vidas en el Líbano, del que se ha hablado tan poco, un día antes del crimen de París.

Recuerdo a los autores que en la América Latina, desde los años setenta, contraponían a una cultura de muerte, los argumentos filosóficos de la cultura de vida, en un llamado que se ha vuelto esencial (2). Se trata de hacer frente a la vieja práctica de juzgar y matar a quien piensa distinto, en tanto la acción de guerra, al igual que el castigo, pueden alcanzar el morbo, como en las decapitaciones o los atentados, selectivos o masivos, aun con autoinmolación. Se llega a matar mediante acciones insólitas.

Por su parte, la sensación de frustración y el espíritu de venganza que subyace al terrorismo de corte fundamentalista (tenga base religiosa o carezca de ella) no se aviene a la costumbre bien calculada de alentar, armar y sostener dictaduras y abandonarlas cuando dejan de serles funcionales, experimentada hasta la saciedad por Wáshington en los países de la América Latina. Podría decirse que, con estos aliados con quienes cometieron el error de aventurarse, muerto el perro, no se acaba la rabia.

El islamismo radical alentado desde Occidente en Egipto para eliminar a Nasser en 1967 le pasó la cuenta a Anwar el Sadat a comienzos de los ochenta por firmar los acuerdos de Camp David y congraciarse con Israel, demostrándoles desde entonces a sus patrocinadores que no siempre podrían controlar a sus auspiciados.

¿Cómo detener ahora el efecto dominó, cuando el califato se vuelve incontrolable para sus trustees, convirtiéndose en un tumor cuya extirpación puede costar mucha sangre, y las metástasis no son fáciles de diagnosticar a tiempo? Es evidente que solo la sistemática intervención aérea rusa desde el 15 de septiembre de 2015, concertada con las fuerzas armadas sirias, decisivas en este empeño, ha logrado un avance real; ahora Daesh percibe, en revancha, un peligro efectivo. Las potencias occidentales –las que se percaten de la locura– no tendrán otra opción que concertar su respuesta con Damasco, Irán y Moscú si quieren neutralizar el monstruo que han contribuido a crear, y esa será una concertación muy difícil.

La cooperación occidental levanta un obstáculo muy serio: la condición de la salida de Bashar al-Assad. No se trata de una discrepancia táctica, soluble por concesiones, sino que está en el centro mismo del problema. El peso del carisma del líder en la cultura política del islam puede hacerse difícil de manejar para las potencias occidentales, no solo cuando se trata de regímenes reformistas, sino incluso en la conducción de sistemas conservadores afines al poder imperial, intocables para la prensa, estos últimos en ocasiones monárquicos, estamentarios siempre. Pero el carisma se hace mucho más problemático cuando se trata de reformistas, los cuales tampoco escapan de perfiles autoritarios pero defienden la nacionalidad con reclamos soberanos definidos, rechazan la injerencia extranjera, y en muchos casos establecen normas más efectivas que las de las democracias liberales de justicia social y de amparo a la población.

Entre los primeros se contabilizan –con particularidades que los diferencian– la monarquía salawita de Arabia Saudí, la hashemita de Jordania, y la de Hassan y sus descendientes en Marruecos, el Egipto del tiempo de Anwar el Sadat o el Irán del sha Reza Pavlevi, por ejemplo. Frente a estas, sobresalen en la historia regímenes islámicos laicos en Egipto (República Árabe Unida) bajo Nasser, Argelia independizada en los sesenta, la Libia de El Gadafi, el Irak de Saddam Hussein, o religiosos progresistas como el Irán de los Ayatolas, también con diferencias más o menos marcadas entre ellos, pero sostenidos, por lo regular, en un consenso mayoritario.

Desde cualquier balcón de la Otan pueden agradar o no, pero eso no da derecho a decidir los destinos de tales gobiernos por la fuerza cuando fracasan en hacerlo por la seducción.

Pueden estar signados por las posiciones que los agrupan, en una dirección o en la otra, con modelos de explotación basados en esquemas prácticamente feudales de propiedad, o con reformismos que han beneficiado a sectores amplios de su sociedad, intransigentes aquí y allá con sus enemigos políticos. Pero en ningún caso están ajenos a una cultura propia, con tradiciones bien arraigadas. La pretensión de desarmarlos o de cambiarlos desde afuera, además de ser ilegítima, significa provocar situaciones caóticas, cualquiera que sea la intención de los interventores.

Si los centros de capital cuidaran mejor su memoria de la codicia imperial, recordarían el siglo de reveses sufridos, desde Thomas Edward Lawrence (Lawrence de Arabia) –y por igual de sus adversarios en el Foreign Office– al buscar influir en el ordenamiento posterior al derrumbe del imperio otomano, hasta los desastres invasivos en Afganistán (el soviético en 1979 y el norteamericano posterior), Irak y Libia. Me atrevo a afirmar que quienes ven a al-Assad como parte del problema debieran considerar la posibilidad de empezar a mirarlo como parte de la solución.

Lamentablemente, temo que a estas alturas ni siquiera una perspectiva optimista de solución feliz en la región nos pueda dar garantías de paz frente a la onda expansiva a la que llegó ya el espectro del terror. Cerrar el efecto dominó supondría hallar un camino de solución política, pero tampoco va a darse poniendo la otra mejilla (y solo tenemos dos) a suicidas cargados de dinamita. La reciente agresión de Daesh a los habitantes de París demuestra que los hombres y de mujeres bombas dejaron de ser casos de excepción para convertirse en un utensilio macabro.

II

Paralelamente a lo que sucede en el Oriente Medio, no podemos pasar por alto otras vertientes del contexto en que nos coloca el sistema-mundo, las cuales intervienen, de manera significativa, en la determinación del conjunto. Pienso, ante todo, en aquellas que podemos vincular, en términos de estructura, al entorno que condiciona lo que se nos presenta como episódico.

El reposicionamiento de China como potencia, con afinidad de intereses con Rusia y en cuerda geoeconómica competitiva frente a los Estados Unidos, pugna por dar forma a un nuevo escenario de confrontación mundial, tal vez más perspectivo que inmediato, pero totalmente visible. Podría decirse que, otra vez, a un escenario frío, si lo tratamos de calificar según el termómetro inventado después de rota la alianza antifascista de la Segunda Guerra Mundial (alianza irrepetible, vale aclarar entre paréntesis, dada la concentración en Washington del poder geoeonómico y geopolítico del Norte capitalista a escala mundial). Se presenta menos probable así el escenario de una asociación en firme del gigante asiático con los Estados Unidos, que algunos analistas norteamericanos pronosticaban viable, llegando a acuñar el neologismo de «Chinamérica».

Las medidas adoptadas desde los Estados Unidos para remontar la crisis financiera que se desencadenó en 2008 solo podían aportar salidas coyunturales. Además, sería difícil repetir los enormes desembolsos requeridos ya para reanimar un sistema que genera el despilfarro orgánico total. Entre los miembros europeos de la Alianza la situación ha desembocado en escenarios más dramáticos que el norteamericano, dada la desigual situación de las economías dentro de la Unión. Europa ha comenzado a derrumbarse, víctima indefensa de un oxidado patrón de desigualdad.

Hago esta escala en mi recorrido porque no podría explicarse nada de lo que quiero decir sin tomar en cuenta el pulso del centro económico y político del aparato imperial. Sus signos de crisis también están detrás de la costosa opción reciente por la producción petrolera mediante el fracking, a partir de los esquistos bituminosos, la cual se compensa en más de un sentido con la caída de los precios impuesta por la disminución de la demanda norteamericana de crudo en el mercado. Y a este problema tendremos que retornar cuando giremos la vista a la situación latinoamericana.

Se va haciendo evidente que China, a pesar de su crecimiento explosivo –o precisamente debido a él– quedaría excluida de la nueva alianza transpacífica (TTP) desde la cual Norteamérica aspira a señorear el 40 % del comercio mundial, al empoderar los lazos entre las dos riberas oceánicas. El efecto de confrontación (la nueva guerra fría) frente a este proyecto de fortalecimiento plutocrático solo podría darse con el reforzamiento efectivo del papel de China en el centro de un potencial eje competidor, un eje inédito. Aclaro, sin embargo, que no tengo intención alguna de hacer vaticinios, y que esta es una eventualidad difícil de prever desde ahora, en el corto plazo, aunque sea la hipótesis más equilibrada.

La repetición, con la Rusia de hoy, del contencioso, incluso con rasgos diferentes del que se desarrolló entre Occidente y la Unión Soviética hasta al derrumbe del Este, demuestra, de todos modos, que el bipolarismo de la Guerra Fría se asentaba en un debate de naturaleza geoeconómica y política –la puja por el poder: definir quién manda– más que en una perspectiva doctrinal. Que fuera socialismo, comunismo, o lo que fuera, lo que había del otro lado del muro era secundario. Una alianza ruso-china que asiente resortes orgánicos es perfectamente previsible hoy dadas las coincidencias y complementariedad de intereses. Es más, sería un desatino no procurarla, visto que las claves del diferendo con Occidente tienen tan poco de doctrinales.

Ya ha sido anunciado por el FMI, desde finales de año, que a partir de octubre de 2016, el yuan chino será reconocido como divisa de curso libre por el sistema financiero mundial, junto al dólar estadunidense, el euro, la libra de esterlina y el yen japonés. Esta potenciación de la capacidad financiera de la economía china no puede ser gratuita (las instituciones financieras no han cambiado tanto), y es presumible que venga cargada de condiciones para articular la fuerza financiera del dragón a las reglas internacionales del imperio. El hecho de anunciarlo con casi un año de antelación también supone una advertencia. Claro que China tiene hoy la fuerza para resistirlo, y la experiencia para beneficiarse sin ceder desde adentro del sistema, y sería la otra cara del nuevo paso del yuan. Otras monedas importantes (el dólar canadiense y el rublo) no son divisas de curso libre. Creo que para el FMI ya era algo que no podía demorar, y para China resulta una opción irrenunciable, a pesar de revelar, por otra parte, el carácter pendular al que la empuja su situación objetiva.

La asociación entre Beijing y Moscú, que pudo haber sido un pilar del socialismo en el siglo pasado pero se estropeó entre intransigencias en el teatro de la anterior Guerra Fría –la primera, insisto– parece llamada a convertirse en un elemento sustantivo de resistencia frente a la presión imperialista en el marco de este segundo enfriamiento.

Juntos, Beijing y Moscú podrían representar también un liderazgo positivo dentro del conjunto de los Brics, un núcleo duro, que contribuiría a potenciar al quinteto como subsistema dentro del sistema-mundo para no quedar sometidos a la dominación piramidal, esa que ha convertido a los organismos financieros internacionales en instrumentos de explotación, y tiene al complejo militar-industrial monitoreando su dominación político-militar. En el seno del frente de segunda línea que forman los Brics, la India, Brasil y África del Sur están más expuestos a las presiones de los centros de poder que China y Rusia. Las tres cuentan, sin embargo, con historia e intereses que favorecen la consolidación del bloque, siempre que se produzcan las conexiones adecuadas, y no se pierda de vista la diferencia entre sus vulnerabilidades respectivas.

Considero que hoy se muestra inminente la necesidad de avanzar en esta perspectiva, pero todavía están por concretarse los vasos comunicantes que posibiliten una corporeidad más allá de la mera constatación de semejanzas y limitaciones compartidas y de algunos acuerdos puntuales de interés bilateral o multilateral que apuntan en esa dirección. Estimo indispensable la consolidación de este proceso para bloquear el efecto dominó, que se vislumbra a través de la formación de pactos diferenciados de los grandes centros occidentales con las subpotencias. Una asociación fuerte entre los Brics contribuiría a dar forma a una contraparte tricontinental del mundo dependiente frente a un Norte occidental (del capital transnacionalizado quiero decir) dominante, en continua reconstitución.

Como contraparte el Brics podría obrar en beneficio de las capacidades de resistencia y de la ampliación de todas las redes de relaciones de una economía soberana y más integrada en la América Latina (representada principalmente por Brasil), en África (donde China es ya la principal contraparte comercial, se podría contar con África del Sur y la gruesa franja independizada con la derrota del apartheid), y en Asia, por China y la India.

Recuerdo una cena con un embajador chino hace no pocos años, en la cual un colega le preguntaba cuál era, a su juicio, el secreto que había permitido a su país obtener tanto éxito en la política exterior. «Low profile, para responderle en dos palabras», dijo el embajador. Quizá nos encontremos en el umbral de una época en la cual ese «perfil bajo» que permitió a la gran nación asiática el descomunal salto que la convierte en la segunda potencia económica del mundo vaya quedando atrás. Tal vez por movimientos poco perceptibles, y mediante alianzas imposibles en otros tiempos, nos sorprenderemos en algún momento de que los secretos han cambiado.

Según un estudio reciente del McKinsey Global Institute, «la acumulación de deudas, privadas y públicas» a escala mundial asciende ya a más de doscientos billones de dólares, que significa el 286 % de la suma del PIB de los países del mundo. En tales condiciones el FMI ha comenzado a recomendar que nos preparemos para una caída de las condiciones de financiación, y el incremento de las quiebras empresariales en los próximos años. El llamado a apretar el cinturón es universal, sin diferenciar dónde se tolera abrirle más agujeros y dónde no. Pero la historia vivida nos dice a quiénes, en un orden mundial que no ha cambiado, toca abrir agujeros.

Los actores que deciden en el poder monetario, cuando hablamos de personas o cuando hablamos de países –los ricos, los muy ricos y los inmensamente ricos–, identifican el éxito con la ganancia. Prefieren el beneficio inmediato de la liquidez de la burbuja financiera que activar la inversión productiva. Por tal motivo, a falta de mercados seguros no hay inversión.

Creo que todas estas consideraciones abonan la comprensión de la racionalidad filosófica del sumak kawsay llevada al plano de las relaciones que arman el entramado mundial, y no solo en el sentido interno de una economía nacional equilibrada.

Me interesa hacer un paréntesis para recordar aquí la idea –valorada a finales de los años setenta del siglo pasado– de promover la consolidación de un West Pacific Basin, con Japón a la cabeza, ante el boom de los «dragones jóvenes» (Hong Kong, Singapur, Macao, Taiwán y Corea del Sur). Me detengo en ella porque fue algo que se levantó como alternativa en el escenario global, y partía de una premisa realista. Esa idea avanzó dentro de una dinámica identificada en un contexto trilateral que quedó atrás, en la Europa de Brandt y Palme, arrasada con la ofensiva neoliberal. Definitivamente atrás, con el derrumbe del sistema soviético y el reordenamiento piramidal del poder mundial. El «trilateralismo» (le bautizaron así) se desvaneció antes de nacer. La idea de una «dependencia policéntrica», que se manejaba asociada a él, quedó sujeta al azar, y nada escapó del neoliberalismo reinante. La concertación de países que representan hoy el TTP y otras variantes de alianza del Pacífico no constituyen un sucedáneo de aquel proyecto sino exactamente lo contrario.

Sería demasiado presumido de nuestra parte pretender que la estrategia de concentrar el poder imperial en el Pacífico se centra en los balances de poder en la América Latina. Pienso que en las valoraciones y juegos aplicados en los análisis gubernamentales norteamericanos, la percepción del claro declive europeo tiene mucho más peso del que se reconoce públicamente. Y también lo tiene el temor de un cierre del dominó en el Oriente Medio, que la resistencia siria (desde hace más de cuatro años) y las bombas rusas (hace más de cuatro meses) comienzan a mostrar posible. Se me antoja que Wáshington se prepara a levantarse de una mesa de póker con lo que tiene ganado, para sentarse en la otra y empezar a apostar fuerte.

La densidad de las operaciones de la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial en la región del Pacífico hacen evidente el aumento del peso específico de la región en el mercado mundial. Aunque en esto cuenta mucho la presencia china, que el FMI toma en consideración al elevar la preferencia de su moneda, y anunciarlo antes de que tenga asiento en la mesa.

A nadie se le ocurriría prever siquiera un descuido de la Alianza Atlántica, insustituible para el mantenimiento de los intereses imperiales en África y Medio Oriente, para los lazos con sus aliados europeos y el diseño de ese continente, llamado viejo en los manuales de geografía general, y para la «contención» de los gigantes del Este.

Pero Europa ha comenzado a desmoronarse por su propio Sur y, con perdón de todos los que saben más que yo, Grecia marca el comienzo de una crisis que no tiene remedio sin cambio de reglas. La codicia de los ricos europeos tendría que moderarse mucho para que los griegos puedan aplicar un modelo que les permita redimensionar su economía evitando –al mismo tiempo– que su sistema social se «tercermundice» de la peor manera.

Aquellas condiciones para la salida del subdesarrollo que el Che enunció con acierto en Argel en 1965, al sostener que era un deber de los países socialistas desarrollados costear el desarrollo de los que trataran de abrirse paso contra la dependencia neocolonial –porque de otro modo no había salida para los débiles–, implican una solidaridad que para los capitalistas desarrollados es impensable. Y detrás de Grecia los otros, que no voy a citar porque creo que no lo necesito aquí.

Algunos autores, a quienes respeto mucho, han comenzado a descifrar el liderazgo que ha asumido Alemania, a través de perfiles que se originaron en tiempo de Bismark (1871), volvieron a aparecer en el desencadenamiento de la Gran Guerra (1914), y se exorbitaron en el estallido de la Segunda (1939). «El problema alemán es siempre el de ser un país demasiado grande para Europa y demasiado pequeño para el mundo», ha dicho con buenos motivos Boaventura de Sousa Santos. No es que yo recele un renacimiento de las ambiciones nacional-socialistas, imposible ahora, pero la locomotora puede convertirse de nuevo en tanque de guerra, esta vez con una función subalterna, como centro de connotación más bien regional del concierto imperial, para mantener un balance de la Alianza Atlántica en los nuevos tiempos.

Gran Bretaña, que otrora no lo hubiera permitido sin erigirse en freno, hoy se limita a la amenaza de abandonar la Unión, a la cual nunca se plegó del todo, por una posición independiente. Parecería que la noticia es que Europa se resquebraja a la vez por debajo y por encima.

III

En la América Latina el modelo neoliberal llevó la desigualdad y la pobreza a niveles sin precedentes, insoportables en el último cuarto del siglo XX, a un punto en que no resulta exagerado ahora hablar de agotamiento de aquel modelo en el ámbito de la relación neocolonial. En especial con la conversión del endeudamiento externo en pivote principal de sometimiento financiero: ya los acreedores, cuando negocian de conjunto, no lo hacen en función de la necesidad del pago tanto como de la sumisión de los deudores arruinados. Cuando condonan vencimientos no son comprensivos; se reafirman dándonos una muestra de poder. Hasta sus concesiones hay que evaluarlas con la prevención de lo que se espera a cambio.

En tales circunstancias se explica que los efectos de la crisis del sistema-mundo en esta etapa se visibilizaran más a través de los vínculos con la periferia que hacia el interior de los centros de poder.

El auge de los movimientos sociales hizo sentir la presión de las masas en la coyuntura histórica regional durante el último cuarto del siglo XX, contribuyendo significativamente a que los resultados electorales comenzaran a responder a los intereses populares, y se creara, con los cambios que sobrevinieron, la configuración en la cual nos encontramos desde la primera década del presente siglo. Lo que sobrevino al desplome de quince dictaduras latinoamericanas en menos de veinte años no podría ser reducido a un simple retorno de la democracia, como pretendieron, en la academia de los Estados Unidos, los teóricos de la transición (3), sino que se convirtió en una adquisición cultural prácticamente inédita en nuestra América.

Se puede afirmar de esa manera porque pasadas las primeras experiencias, y los desgastes de los mandatarios electos, el cambio no quedó en meras alternancias de gobierno dóciles al sistema oligárquico, como esperaban los ingenios neoliberales, sino que se fue allanando, para los intereses genuinos de las masas, el camino de los instrumentos electorales. Se introducía desde entonces la posibilidad real de llegar por las urnas a una nueva correlación: la de una verdadera red de gobiernos populares que cuestionara, en la práctica, el sometimiento a los patrones económicos, políticos, sociales, ideológicos y culturales de dominación desde los centros capitalistas actuales de poder; los que nos subordinaron en el continente después de la independencia de España y Portugal, patrones forjados en Europa y modernizados por los Estados Unidos en el siglo XX. Tocó a nuestra América un siglo después ser el escenario privilegiado de esta sacudida histórica inesperada para las potencias de la modernidad capitalista.

Quede sentado que hablamos de cambios de diferente intensidad y radicalidad –como saben los lectores–, de nuevas alternativas de asociación, y de la correlación que estos cambios propician, a través de su diversidad, frente a cadenas de sometimiento manejadas localmente por las oligarquías.

Correlación que tenemos que constatar, inevitablemente, en el análisis de avances y retrocesos, difíciles de predecir, tras los cuales, como se pretendió en Mar del Plata con el Alca, en 2005, la implantación del efecto dominó se revelaría como principio activo. No me extiendo más en una mirada integral porque creo que bastan estas líneas para pasar, a continuación, a lo que me interesa destacar, ahora que la amenaza de derecha  se hace más visible en la región (4).

En los quince años transcurridos del presente siglo, los cambios en el mapa geopolítico latinoamericano han contribuido también a alentar la inclinación hacia la costa del Pacífico –que expuse arriba– en el diseño de la dominación estadunidense, en el contexto de su proyecto global. De entrada, con un escenario americano más manejable, por razones geográficas, que el del Atlántico y el Caribe, hacia donde se concentran casi todos los países en los cuales han avanzado proyectos reformistas, radicales o moderados.

No sé hasta qué punto funciona el azar, dado que los países del norte del continente tienen cara a los dos océanos, a diferencia de los del sur. Entre los primeros, Canadá y los Estados Unidos, potencia dominante, que linda con México, del que dos siglos atrás usurparon la mitad del territorio y, desde 1994, funge como socio preferencial en el tablero geoeconómico. Gracias al TLC inaugural deformaron, en el acoplamiento, su economía y su estructura social. Todo ese norte mira hacia ambos océanos; une y separa.

Le sigue, en su frontera sur, el mosaico centroamericano, con variaciones determinadas por la pobreza generalizada, el reducido tamaño de los países y una incidencia estadunidense más directa y voraz. Un espacio estratégico, sin embargo, definido por el cruce que conecta a los dos océanos y también a las dos latitudes de América, de conjunto con las islas vecinas y el mar en que el Atlántico se revuelve entre las tierras del Norte y el Sur; el Caribe, multicultural y polifónico, espacio cuya excepcional importancia estratégica para el poder imperial el contralmirante Alfred T. Mahan dejó bien fundamentada desde finales del siglo XIX.

Atilio Boron nos recuerda que no se había desencadenado todavía la crisis que llevó al derrumbe del socialismo europeo cuando Zbigniew Brzezinski declaraba que «la Unión Soviética era un problema transitorio para los Estados Unidos, pero que la América Latina constituía un desafío permanente, arraigado en las inconmovibles razones de la geografía» (5).

Colombia, Perú y Chile se mantienen afines, en distinto grado, a estos pactos subalternos con los Estados Unidos a los que aludí antes y que siguieron a Mar del Plata 2005; y solo Ecuador ha escapado hasta hoy de la esfera de influencia norteamericana en el Pacífico sur continental. La articulación de una nueva edición del Pacific Basin que no se limite a su silueta occidental (liderada por Japón) sino que complete el enclave con el Este del océano (la costa americana), distinta en esencia de la anterior por el papel tutelar de los Estados Unidos, «se cae de la mata», en especial cuando se pretende multiplicar el volumen de la transportación interoceánica de mercancías con la ampliación de las inversiones canaleras.

De hecho, el dominó se presenta cantado aquí, aunque el esquema de dominación continental no descanse en el control de los países del Pacífico americano del sur, muy desigual (e insuficiente) en peso dentro de la región. No obstante, he escogido entrar por esta ruta solamente para retener la perspectiva del plano global en otra contienda (aunque reconozco que no es la ruta más directa). Una contienda que por el momento se nos presenta fría, cifrada en la supuesta exclusión de coyunturas bélicas, pero que no debiéramos considerar inmune a eventuales subidas de temperatura. Se nos revela constantemente que sería una ingenuidad hacerlo.

No queda duda de la necesidad de concentrar la atención en esta vertiente de la estrategia imperial: la ofensiva para romper la correlación progresista que ha avanzado en el continente latinoamericano, que domina principalmente su costa atlántica y que lo convierte en el escenario de resistencia pacífica al imperialismo más efectivo dentro del Tercer Mundo (6). Esta estrategia imperial de ruptura se orienta al conjunto (no solo al Pacífico), y muy especialmente a Venezuela y Brasil.

Venezuela, con un proyecto propio de cambio revolucionario, radical y coherente, fundado por Hugo Chávez sobre el legado de Bolívar, para su pueblo y para América, ha mostrado eficacia, capacidad de resistencia y una impecable sustentabilidad democrática electoral, proyecto que se abrió rápidamente en pilar de transformación continental, y que su líder bautizó como «socialismo del siglo XXI». Además, con la importancia de levantarse sobre los hombros de una potencia petrolera mundial, y el lastre, a la vez, de depender de un modelo rentista monoproductor, vulnerable al mercado, que no ha conseguido remontar. El segundo, Brasil, portador de una propuesta reformista liderada por Luiz Ignacio Lula da Silva, con un programa de eliminación de la pobreza, incremento del empleo, reducción de la desigualdad, y orientado a reforzar el bien común en un país que es casi un continente en población, extensión y riqueza natural. Está llamado a representar, eventualmente, los intereses regionales en una alianza de las subpotencias (Brics), como indiqué líneas atrás, pero con una economía sostenida en una fuerte concentración de capital, que contribuye a impulsar, en su propio beneficio, una tendencia al desorden y la corrupción.

No me parece exagerado afirmar que ambos países se encuentran en el centro de las estrategias de desestabilización que se ingenian para recuperar la ascendencia norteamericana sobre su tradicional patio trasero. Los otros proyectos que podemos considerar de una radicalidad semejante a Venezuela los tenemos en Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Cuba, asociados a partir de diciembre de 2004 en la Alternativa, devenida Alianza Bolivariana de los Pueblos de América (Alba), concertada por Hugo Chávez y Fidel Castro, a la cual se adhirieron varios Estados insulares, como germen de la integración continental independiente. El Alba contiene, en términos primarios, el perfil institucional de una unificación internacional (la integración latinoamericana) de futuro, cuyo avance se condiciona al desafío de remontar progresivamente obstáculos y contradicciones del presente continental. Todos ellos comparten de un modo u otro esa estrategia de asedio multifacético de afuera y adentro.

El arribo del Partido del Trabajo a la presidencia de Brasil, y el de Néstor Kirchner a la Argentina –mediante alianzas sociales que funcionaron con relativa eficacia, pero con poca estabilidad– trajeron consigo una panoplia de reformas sociales y una postura de defensa de la soberanía efectiva y de resistencia a los dictados imperiales que completaron, en lo esencial, el cuadro de la primera década y media del presente siglo; lo que hemos vivido desde el 2000 hasta hoy.

Tendría que añadir que, ganada para la izquierda ya en tres ocasiones la presidencia en Uruguay, y dos en Chile, aportan su peso al panorama de cambio. En Honduras y en Paraguay fue escandaloso que sendas oligarquías, con apoyo norteamericano, llevaran a cabo maniobras golpistas exitosas (también ensayadas sin éxito en Venezuela, Bolivia y Ecuador) (7) El termómetro no ha sido siempre tranquilizante, por lo tanto. Y el año 2016 anuncia complicaciones a partir de la derrota presidencial del kirchnerismo en Argentina y la victoria de la oposición antibolivariana en las elecciones legislativas en Venezuela.

El concierto de todas estas variantes de resistencia latinoamericana que se han podido establecer en gobierno, y que sería impensable querer articular a la integración que se manifiesta en el Alba, logró cobrar forma asociativamente en la creación, en 2012, de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac) que, al excluir a Canadá y los Estados Unidos, se libraba de influencias directas del poder explotador hegemónico. Por primera vez en la historia se cuenta con un escenario de concertación sin la presencia de los centros capitalistas de poder. En consecuencia, se trata de instituciones (Celac y Alba) con un potencial de complementación indispensable, el cual intuyo que estamos todavía bastante lejos de haber aprendido a asimilar.

Este es solo un retrato que procuro armar paso a paso, no un análisis completo, y habrá referencias que preserve para más adelante, o que han aparecido antes, y otras que omita por no estimarlas relevantes para el conjunto o porque no se me revela su trascendencia a plenitud. De modo que tampoco excluyo errores en mi mirada. Me anima, por encima de todo, una vocación por contribuir a este debate.

La bibliografía sobre los procesos y las experiencias del cambio crece por día, pero es todavía insuficiente en comparación con la multiplicidad de los problemas y las aristas que se perciben. Faltan estudios comparativos e inclusivos sobre ellos. Me interesa tocar en este análisis dos aspectos que considero vitales. El primero es que al sustentarse en la acción de las masas y los movimientos sociales, y definirse mediante los dispositivos electorales, sin necesidad de recurrir a la lucha armada en la iniciativa de cambio, podemos ostentar el clima de paz como propósito orgánico del proyecto. Como lo hizo Celac, con acierto, desde su segunda asamblea en 2014 en La Habana, cuando alumbró su nacimiento acordando la declaración de la América Latina como zona de paz. Algo así no podría proclamarse hoy en otra región del mundo.

Más peso habría que reconocer a las urnas por lo que aportan como camino pacífico –dado el descarte de las armas para llegar al poder– que lo que dejan en garantías de democracia, si tenemos en cuenta la frecuencia con que el electorado se muestra capaz de actuar contra sus propios intereses.

El segundo aspecto es que ni las variantes más radicales de cambio socioeconómico excluyen la presencia dentro del sistema de las oligarquías nacionales y el capital, nacional y extranjero, sino que recaban su contribución como contraparte comercial, inversionista y socio financiero. Eso que identificamos como la oposición legal interna  no se explica aquí solo como diferencia de opciones, de tácticas o de políticas, de hojas de ruta; sus gestores promueven, en sentido esencial, diferencia de objetivos, de fines, de utopías. En una palabra: un programa de retroceso. Me he detenido aquí en estos dos elementos, que estimo indispensable distinguir en el proceso de cambio continental, porque hay que valorarlos también en lo que puede costar su asunción.

Lo primero –esa ostensible proyección de paz, ajena a las farsas liberales, que suponen violencia y posiciones de fuerza disimuladas en la retórica– conlleva una regla tácita de renuncia a la crítica de las armas, que no se sabe hasta qué punto los enemigos de una revolución americana (imperio y oligarquías) van a respetar en términos de un pacto (al que ni siquiera han dado señas de querer comprometerse). Hasta podemos intuir, con solo pasar la vista a lo que sucede en otras latitudes (Oriente Medio, por ejemplo) que seguirían dispuestos a perturbarla.

El segundo rasgo que destaco es para subrayar que los cambios que se introducen, incluso los más profundos, se insertan en economías de mercado, dentro de esquemas orgánicos de acumulación de capital, frente a los cuales se lucha por los espacios que permiten empoderar el peso de lo público sobre lo privado, con avances y reveses. Lo uno y lo otro están en el conteo del enemigo para la inducción de las acciones de desestabilización con vistas a hacer retroceder lo que ha cambiado.

Se ha generalizado el concepto del «golpe suave» para canonizar desplazamientos de poder gubernamental logrados por la astucia en lugar de la fuerza, justificados por la Ley o de legitimidad controversial. Tal vez debemos ver en la defenestración de Lugo en Paraguay el experimento pionero de la nueva ingeniería golpista, y en la ruta de Macri a las presidenciales, la variante argentina. No hemos sido capaces de analizar a fondo las debilidades de los sistemas establecidos, o no han cuajado aún mecanismos efectivos para traducir la conciencia de los avances sociales en votación electoral, o las dos cosas juntas. Lo cierto es que lograr irreversibilidad en las conquistas políticas se ha vuelto un desafío de todos los días, y si no se para el efecto dominó desde la preparación misma de cada elección, los electores –las verdaderas mayorías que deciden en ese acto único que no se deja corregir– volverán a elegir contra ellos mismos, aunque carezcan de razones plausibles.

El caso cubano es el único diferente en esta orquestación continental, como historia y como estructura. Los protagonistas del cambio llegaron en Cuba al poder por la vía armada en 1959 y el régimen revolucionario se vio obligado a confirmar su legitimidad también por las armas, puestas ya en manos del pueblo, al tiempo que distribuía la tierra a los productores, revolucionaba la cultura con la campaña de alfabetización, realizaba reformas sociales en el empleo y la vivienda, proscribía la discriminación y expropiaba al mundo empresarial desde la oligarquía hasta la clase media, haciendo estatal la economía en proporciones extremas. Fue un torbellino desencadenado durante los cuatro o cinco primeros años. Hasta qué punto esto funcionó y dónde no, y cómo hubiera funcionado sin bloqueo norteamericano, son temas que sería un despropósito querer abordar en este texto.

Lo que estimo significativo aquí es que en estos casi sesenta años Cuba demostró una capacidad de resistencia al imperio y una posibilidad de soberanía efectiva que se han hecho capitalizables como experiencia para el cambio latinoamericano de este siglo. Esta es casi una verdad de Perogrullo, cuando hasta la Casa Blanca reconoce su política errada. Su historia asigna a la Isla una presencia esencial en el cambio que necesitan hoy nuestros pueblos, que ayuda a parar el efecto dominó y oponerse la hegemonía imperial. Ni las restricciones padecidas en estos años por los cubanos ni los desaciertos y deficiencias que puedan contabilizarse en la conducción del país, han impedido mantener un claro patrón de justicia social y de eliminación del desamparo, y mostrar una ética de solidaridad que entroncan ahora con las propuestas que surgen en los países hermanos.

Sería imposible pasar por alto la sintonía del fenómeno cubano con las plataformas de cambio que se abrieron con el siglo en la América Latina, aunque las rutas no pueden ser idénticas, a todas luces. Donde las economías del continente necesitan reducir el peso de las oligarquías y empoderar el interés social, la cubana necesita descentralizar, incentivar la producción y hacer espacio a la estimulación en estructuras más participativas, desde múltiples formas de propiedad, sobre las cuales el Estado no debe ni tiene que perder el control, pero sin relevar la figura del empresario por la del funcionario, donde el éxito de la iniciativa privada retenga un papel que también contribuya al funcionamiento del sistema. China y Vietnam muestran que los dispositivos económicos capitalistas pueden hacerse operar bajo control político para innovar en el proyecto socialista. Asumir costos y riesgos será siempre el desafío inevitable.

Del mismo modo en que otras sociedades de nuestro continente necesitan consolidar en sus instituciones gubernamentales la continuidad del cambio emprendido en bien de la población, la cubana, cuya solidez institucional no deja espacio a disyuntivas frente al socialismo, tiene que ganar en cultura deliberativa, reconocimiento a la diversidad, y participación efectiva en las instancias de decisión. Son rutas que, siendo inversas en apariencia, no están opuestas, dada la diferencia de los puntos de partida, y considero que, en el largo plazo, se orientan a desembocar en un acoplamiento.

He evitado hablar de modelos porque, de manera general, considero que ni Cuba puede servir de modelo para el cambio latinoamericano ni los procesos transicionales del continente se hacen modélicos para los cambios que Cuba debe hoy afrontar, para decirlo claro y rápido. Lo que no obstaculiza el aprovechamiento de experiencias puntuales exitosas, ni resta convergencia a sus objetivos estratégicos.

IV

En la América Latina de hoy la adopción de una estrategia efectiva supone diferenciar con suficiente claridad los frentes de confrontación y operar según sus condiciones específicas. Las oligarquías latinoamericanas intensifican su papel como aliados de los intereses foráneos en una latitud en la cual los Estados Unidos no tienen la posibilidad de acudir a la Otan. El desenvolvimiento de sus acciones se orienta ahora al objetivo de poner a su recaudo la correlación entre los gobiernos sometidos a las reglas de la economía neoliberal, y los Estados con proyectos soberanos (más o menos radicales), sirviéndose de los patrones dominantes de deformación y desinformación, y la política global del imperio. La desinformación es un arma más nociva en sus efectos –señalaba años atrás en una entrevista el papa Francisco– que la difamación y la calumnia, aunque estas sean más graves en el plano moral (8)

En ese proceso pesan enormemente a favor de las fuerzas reaccionarias –no hay que cansarse de repetirlo– la alianza económica entre el capital local y el transnacional (el dinero es la patria de los ricos), y el monopolio de esta alianza sobre los medios de comunicación, masivos y personalizados, con altos niveles tecnológicos.

De 2008 a 2012, cuando el resto del mundo dependiente, incluido el sur europeo, recibía los efectos más intensos de la crisis, las economías emergentes dentro del cambio latinoamericano comenzaban a sanearse, y hoy están más preparadas para resistir que en los inicios. A pesar de que se hable de «agotamiento del ciclo progresista» latinoamericano, con una lectura perversa de desafíos inevitables, dilemas complejos y retrocesos que la coyuntura explica, los fracasos indican reveses, derrotas, errores, pero de ningún modo justifican que se hable de agotamiento.

Las economías latinoamericanas no han dejado de ser sistemas dependientes de la exportación de productos agrarios y minerales, entre los cuales el petróleo desempeña un papel fundamental. Regreso –sin casualidad de por medio– al elemento que me puso en el centro de la crisis del Oriente Medio, en un momento adverso para las economías periféricas, al margen de aciertos o errores de estrategia, para completar un escenario, más que para introducir otro distinto.

En alrededor de un año y medio, entre 2012 y 2013, los Estados Unidos pasaron de la condición de importadores de crudo a autoabastecerse mediante la introducción generalizada de la tecnología delfracking para la extracción del petróleo de su subsuelo rocoso. Lo justificaba, teóricamente, que al fin se hacía rentable hacerlo a un costo de cuarenta dólares el barril frente a la subida de precios de la Opep y los demás exportadores de crudos, que llegó a los cien dólares el barril.

Me es difícil aceptar que un cambio tecnológico de tal magnitud en esa mercancía tan crítica que les ha servido para convertir el Medio Oriente en un infierno, se realice por meras motivaciones de oferta y demanda, aun si los Estados Unidos exhiben, con mucha distancia, el rango de primer consumidor de petróleo del mundo y ese paso les representa un ahorro enorme en términos de compras. Arabia Saudita ha logrado, en el seno de la Opep –que ya no está en condiciones de controlar sola los precios– que no se reduzca la producción, jugando a la baja, aprovechando que el costo de extracción para los exportadores del Golfo Pérsico es muy reducido y puede resistir un piso de veinte dólares o menos. Más grave se hace la situación de Venezuela donde el costo del barril está mucho más cercano a los veinte dólares norteamericanos.

Las ventas no llegarían de nuevo –cuando se reanime la demanda– a los picos de hace dos años, pero dicen los expertos que se podrían estabilizar entre cuarenta y cincuenta dólares el barril. Estimo que se hace previsible, en todo caso, un significativo redimensionamiento de la disponibilidad de recursos a escala mundial, y particularmente en nuestra América.

Tengo demasiadas preguntas sin responder para aventurarme a hacer predicciones, y me asaltan inquietudes en torno al reordenamiento que tocará al mapa geopolítico y geoeconómico. Quizá Ignacio Ramonet tiene razón en vincular la retirada norteamericana de Afganistán e Irak a esta situación; también se pregunta si la ocupación de Libia habría tenido hoy, para Washington y sus acólitos, el mismo sentido que tuvo en 2011.

En cuanto a Libia no comparto esa duda, porque en este caso deben haber tomado en cuenta en el Pentágono (y sus alrededores) los miles de kilómetros de frontera con Egipto. No creo que los Estados Unidos hubieran querido dejar expuesta esa invisible línea fronteriza desértica a un régimen difícil de controlar para ellos, como el de Gadafi, en medio de la mal llamada «primavera árabe», a cuyo impacto se demostró que no podía escapar el deteriorado régimen de Hosni Moubarak, a pesar de respaldarlo la «internacional de occidente».

Pero mucho más importante que los efectos en el Oriente Medio, de control del mercado por la demanda, monopsónica –diría yo para usar un término económico– posiblemente la más grande de ese tipo que la historia registre, son los de su impacto en la economía latinoamericana. En particular en la economía venezolana, cuyos programas sociales descansan sobre los dividendos del producto que responde por más del 90 % de los ingresos del país. Y, en consecuencia, sobre el aporte que significa para el despegue de una nueva concepción de la integración latinoamericana.

Se me ocurre que si hubiéramos podido avanzar más en la integración (aunque fuera en pensar más como Estados integrados) posiblemente encontraríamos modos de aprovechar mejor la baja de los precios, ya que en nuestra América son más los países que se benefician del precio barato que del caro.

Después de la muerte de Hugo Chávez los Estados Unidos no reconocieron la elección de Nicolás Maduro a la presidencia y han centrado su agresividad política, con el apoyo interno de una oligarquía venezolana (casi monopólica en el comercio, en los servicios y en la industria no petrolera) confiada en ese sostén exterior. Lo que supieron que no tendrían en Cuba después de 1961, debido a que la oligarquía no sobrevivió a la radicalidad revolucionaria.

El revés electoral de diciembre de 2015 sufrido por Venezuela –en curiosa coincidencia con el cambio de la estrategia petrolera norteamericana hacia el fracking–  ha sido manipulado, atribuido al agotamiento o fracaso definitivo de un modelo, dejando al margen los logros sociales cuya reversión, de llegar a darse, achacarán a insuficiencias del chavismo o de sus sucesores.

Tengo que reiterar que en términos económicos objetivos el modelo fracasado no sería el chavista sino el rentista petrolero sobre el cual se articuló la economía del país desde los años cuarenta (vale decir la economía de los capitales nacionales y extranjeros), que el chavismo heredó como modelo productivo y que utilizó, por vez primera, en beneficio del pueblo. La deprimida economía venezolana era sometida ahora a un shock, a través del sabotaje distributivo, el contrabando y la conspiración y, como afirma Naomi Klein, «las sociedades en estado de shock a menudo renuncian a valores que de otro modo defenderían con entereza» (9). La prolongación de las causas del fracaso electoral de 2015 amenaza con mantener esos efectos e incluso aumentarlos.

La situación provocada por el descenso de los precios del petróleo se observa también en las economías de México, Ecuador, Brasil y Argentina, y de conjunto, en el declive productivo en el continente. Aunque la baja sea un paliativo para los consumidores netos, el efecto global se complica con la amenaza de bancarrota para los grandes consorcios petroleros latinoamericanos, de propiedad pública mayoritaria, decisivos en el sostén de los proyectos económicos más autónomos. Es la situación de Pdvesa, Petrobras, Petróleo de Ecuador, Yacimientos Argentinos y Pemex, que ya realiza licitaciones para privatizar lo que le queda en manos del Estado.

En el plano ecológico incide negativamente al incentivar el consumo petrolero y la desestimación de la búsqueda de fuentes alternativas de energías, con el consiguiente incremento de la contaminación ambiental.

Claro que el panorama desfavorable de 2016 para las economías latinoamericanas no se puede explicar exclusivamente por el cambio en la estrategia petrolera. La reducción de la tasa de crecimiento en China casi a la mitad afectará sus importaciones del mundo que seguimos llamando tercero, en tanto la valorización del dólar norteamericano después de nueve años incide en las devaluaciones de las monedas de los países emergentes, especialmente en la América Latina (10).

Se evidenciarán las consecuencias de la crisis económica en la caída en las posibilidades de sostener el ritmo de algunos programas sociales, pero habría que redimensionar las condiciones de la coyuntura con un mínimo de daño. También se explica que se disparen índices de inflación, con la acción concertada de las oligarquías domésticas y las fuerzas externas contrarias. Y siempre la capitalización de descontentos, manejados con habilidad por la propaganda (la calumnia, la difamación y la desinformación) para revertir resultados electorales, como ha sucedido en las presidenciales argentinas y las legislativas venezolanas en diciembre de 2015.

Reveses indiscutibles para los proyectos que atentarán también contra una asociación latinoamericana independiente como la de Celac y tratarán de revitalizar la Oea y el panamericanismo. João Pedro Stedile ha vaticinado el fin posible de Mercosur bajo el extremismo anunciado de Macri; esta organización vivió muchos años de inactividad hasta el arribo de Néstor Kirchner a la presidencia. No descartaría su debilitamiento, que se puede hacer inevitable, pero cuya gravedad tampoco habría que exagerar.

La América Latina encara una hora de analizar reveses. Ha vivido más de una década de realizaciones inéditas y tiene que aprender también de los reveses inéditos.

Analizar hasta la saciedad las causas de los fracasos y discutir sin reservas los errores que el análisis haga visibles se convierte en una prioridad insoslayable. Se ha podido percibir que la pérdida de sufragios del chavismo en las elecciones de diciembre se debió más a la abstención entre sus seguidores que a ganancias de la oposición. Esto indica un castigo más que un desplazamiento.

Reitero que nada de lo sucedido permite hablar de agotamiento del modelo, aunque no se puede desestimar el retroceso evidente. El enemigo neoliberal no tiene alternativa que proponer para dar respuesta al desempleo, el desamparo, la desigualdad y la pobreza, y solo puede hacer que crezcan de nuevo. El escenario histórico obra en su contra y habrá que saberlo utilizar por parte de los pueblos.

Esta batalla política y de ideas que se hace intensa impone el enfrentamiento efectivo de los errores de conducción de la izquierda, y las promesas articuladas con presuntas salidas a la situación. El reto para las fuerzas de izquierda –ante todo de los gobiernos– sería, a juicio mío, el de sostenerse mejor sobre las realizaciones y la interiorización realista de ellas por las masas, y evitar hacerlo sobre concesiones a las circunstancias, que pueden convertirse incluso en concesiones al enemigo. Pienso que la proyección autocrítica que se haga capaz de aportar una rectificación efectiva será, a la larga, la única oportuna.

En todo caso se trata de descifrar, en cada circunstancia adversa, cómo parar el efecto dominó.

Notas:

1.    En La guerra de la paz, La Habana, Ciencias Sociales/Ruth, 2010, sostengo la tesis de que el estado de guerra, definido en términos clásicos, que tuvo su máxima expresión en las dos guerras mundiales del siglo XX, no es repetible, al hacerse descartable la victoria. Pensar en una tercera guerra mundial implicaría, logísticamente, la liquidación de la humanidad, porque en términos militares clásicos creo que no se concibe la guerra  sin considerar el uso del arma de su tiempo. En la era atómica las guerras se definen, se diseñan y se desencadenan de otra manera. En rigor, el mundo no ha salido desde entonces de un estado de guerra y, sin acudir a una mundialidad concertada, las pugnas de poder han universalizado un uso codificado del armamento.

2.    Destaco en este plano la obra de Franz Hinkelammert, desde Las armas ideológicas de la muerte, 1977, hasta Hacia una economía para la vida, 2014.

3.    Ver los estudios de Guillermo O’Donnell, Phillip Schmitter, Terry Lynn Carr y otros, que en las últimas décadas del siglo pasado dieron sistematización teórica a la supuesta victoria de la democracia en las transiciones políticas del período; tanto en la globalización neoliberal aplicada a los esquemas de dominación en la América Latina como a los que siguieron al derrumbe del socialismo europeo. El concepto de transición, que hasta entonces se había referido casi exclusivamente a las transiciones socialistas, fue prácticamente secuestrado para el acta de defunción del socialismo.

4.    Entre la copiosa bibliografía producida en los últimos años sobre el tema me permito recomendar expresamente, al lector de estas líneas, el ensayo de Atilio A. Boron América Latina en la geopolítica del imperialismo, ganador del Premio Libertador al Pensamiento Crítico 2012, Caracas, Ediciones del Ministerio del Poder Popular para la Cultura, 2013.

5.    Ob. cit., p. 78.

6.    Se sigue hablando de Tercer Mundo por inercia o, en nuestro caso, por respeto a la referencia histórica al tiempo de creación de asociaciones dentro de un mundo que no quedaba bien presentado a través de la división Este/Oeste. Personalmente tengo otra lectura del bipolarismo más ligada a la relación Norte/Sur, que expuse en «Notas sobre la hegemonía, los mitos y las alternativas al orden neoliberal», en mi libro El laberinto tras la caída del muro, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2006.

7.    He intentado seguir los signos de progreso de esta correlación a través de las Cumbres de las Américas en el artículo «El siglo XXI y el ocaso del panamericanismo», Casa de las Américas, no. 280, julio-septiembre de 2015, publicado paralelamente en el dosier coordinado por Juan Manuel Karg y Agustín Lewit titulado Del no al Alca a Unasur, Ediciones del Centro Cultural para la Cooperativa, Buenos Aires, 2015.

8.    Ver Sergio Rubini y Francesca Ambrogetti: Papa Francisco, conversaciones con Jorge Bergoglio, entrevista publicada originalmente en 2010 con el título «El jesuita» (Quality Ebooks, p. 129).

9.    Ver Naomi Klein: La doctrina del shock, La Habana, Ciencias Sociales, 2009, p. 21.

10.    Ignacio Ramonet: «Venezuela candente», Le Monde Diplomatique en Español, enero de 2016.

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