"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí

domingo, 3 de junio de 2012

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El fin del capitalismo ya ha comenzado

Poco antes de darse muerte, André Gorz envió a la revista ecorev este artículo, escrito en julio del 2007, mucho antes del estallido de la última crisis. En él, Gorz constata que el sistema está en permanente crisis, y analiza de forma muy original lo que él entiende que es su principal causa, vaticinando la salida del capitalismo e interrogándose sobre si esta salida será bárbara o civilizada

André Gorz, Decrecimiento

La cuestión de la salida del capitalismo nunca ha sido tan de actualidad: se plantea hoy de una manera novedosa y con la necesidad urgente de una radicalidad nueva. Debido a su propio desarrollo, el capitalismo ha alcanzado un límite interno y externo que es incapaz de superar y que le convierte en un sistema que sobrevive gracias a subterfugios a la crisis de sus categorías fundamentales: el trabajo, el valor, el capital.

La crisis del sistema se manifiesta tanto a nivel macro-económico como a nivel micro-económico. La principal causa es el cambio radical tecno-científico que introduce una ruptura en el desarrollo del capitalismo y arruina, con sus repercusiones, la base de su poder y su capacidad para reproducirse. Intentaré analizar esta crisis primero bajo la perspectiva macro-económica [1], y segundo a través de sus efectos en el funcionamiento y la gestión de las empresas [2].

La informatización y la robotización han permitido producir cada vez más mercancías con cada vez menos trabajo. El coste del trabajo por unidad de producto no ha dejado de disminuir y el precio de los productos tiende a bajar. Sin embargo, cuanto más disminuye la cantidad de trabajo para una producción particular, más tiene que aumentar el valor producido por trabajador -su productividad- para que la masa de beneficio no disminuya. Obtenemos por tanto esta paradoja aparente: cuanto más aumenta la productividad, más tiene que aumentar ésta para evitar que el volumen de beneficio disminuya. La carrera hacia la productividad tiende a acelerarse, los recursos humanos a reducirse, la presión sobre el personal a endurecerse, el nivel y la masa salarial a disminuir. El sistema evoluciona hacia un límite interno donde la producción y la inversión en la producción dejan de ser lo suficientemente rentables.

Las cifras prueban que se ha alcanzado este límite. La acumulación productiva de capital productivo no ha dejado de experimentar una regresión. En los Estados-Unidos, las 500 empresas del índice Standard & Poor’s disponen de 631 millones de millones de reservas líquidas; la mitad de los beneficios de las empresas americanas proviene de operaciones en los mercados financieros. En Francia, la inversión productiva de las empresas del CAC 40 ni siquiera aumenta cuando sus beneficios se multiplican.

Puesto que la producción ya no es capaz de valorizar todos los capitales acumulados, una parte creciente de ellos se queda bajo la forma de capital financiero. Se constituye una industria financiera que no deja de refinar el arte de hacer dinero comprando y vendiendo solamente diversas formas de dinero. El dinero mismo es la única mercancía que produce la industria financiera a través de operaciones cada vez más arriesgadas y cada vez menos controlables en los mercados financieros.

La masa de capital que la industria financiera drena y gestiona supera desde luego la masa de capital que valoriza la economía real (el total de los activos financieros representa 160.000 millones de millones de dólares, es decir de tres a cuatro veces el PIB mundial). El “valor” de este capital es puramente ficticio; descansa en gran parte sobre el endeudamiento y el “good will”, es decir sobre anticipaciones: la Bolsa capitaliza el crecimiento futuro, los beneficios futuros de las empresas, el futuro alza de los precios inmobiliarios, las ganancias que podrán aportar las reestructuraciones, fusiones, concentraciones, etc… Las cotizaciones de la Bolsa se hinchan de capitales y de sus plus-valías futuras: los bancos incitan a las familias a comprar (entre otras cosas) acciones y certificados de inversión inmobiliaria, a acelerar así el alza de las cotizaciones, a pedir prestado a sus bancos importes crecientes en la medida que aumenta su capital ficticio bursátil.

La capitalización de las anticipaciones de beneficios y crecimiento mantiene un endeudamiento creciente, alimenta la economía en liquidez, debidos al reciclaje bancario de plus-valías ficticias, y permite a los Estados-Unidos un “crecimiento económico” que, basado en el endeudamiento interno y externo, es claramente el motor principal del crecimiento mundial (incluso del crecimiento chino). La economía real se convierte en un apéndice de las burbujas especulativas sustentadas por la industria financiera. Hasta el inevitable momento en que las burbujas estallan, arrastran a los bancos hacia bancarrotas en cadena que amenazan de colapsar el sistema mundial de crédito, y que amenazan a la economía real de una depresión severa y prolongada (la depresión japonesa dura ya quince años).

Siempre podremos culpar a la especulación, a los paraísos fiscales, a la opacidad y a la falta de control de la industria financiera (en particular los “hedge funds”), pero la amenaza de depresión, incluso de colapso que pesa sobre la economía mundial, no se debe a la falta de control: se debe a la incapacidad del capitalismo de reproducirse. Sólo se perpetua y funciona sobre bases ficticias cada vez más precarias. Pretender la redistribución, a través del impuesto, de las plus-valías ficticias de las burbujas, precipitaría exactamente lo que intenta evitar la industria financiera: la desvalorización de masas gigantescas de activos financieros y la quiebra del sistema bancario. La “reestructuración ecológica” sólo puede agravar la crisis del sistema. Es imposible evitar una catástrofe climática sin romper de manera radical con los métodos y la lógica económica que impera desde hace 150 años. Si prolongamos la tendencia actual, se multiplicará el PIB mundial por un factor 3 o 4 hasta el 2050. Sin embargo, según el informe del Consejo sobre el Clima de la ONU, las emisiones de CO2 tendrán que disminuir de un 85% hasta esta fecha para limitar el calentamiento climático a 2ºC máximo. Más allá de 2ºC, las consecuencias serán irreversibles y no controlables.

Por tanto el decrecimiento es un imperativo de superviviencia. Pero supone otra economía, otro estilo de vida, otra civilización, otras relaciones sociales. Sin estas premisas, sólo se podrá evitar el colapso a través de restricciones, racionamientos, repartos autoritarios de recursos característicos de una economía de guerra. Por tanto la salida del capitalismo tendrá lugar sí o sí, de forma civilizada o bárbara. Sólo se plantea la cuestión del tipo de salida y su ritmo con el cual va a tener lugar.

Ya conocemos la forma bárbara. Prevalece en varias regiones de África, dominadas por jefes de guerra, por el saqueo de las ruinas de la modernidad, las masacres y tráfico de seres humanos, en un panorama de hambrunas. Los tres Mad Max eran novelas de anticipación. En cambio, no se suele plantear una forma civilizada de salida del capitalismo. La evocación de la catástrofe climática que nos amenaza conduce generalmente a considerar un necesario “cambio de mentalidad”, pero la naturaleza de este cambio, las condiciones que lo hacen posible, los obstáculos que hay que saltar parecen desafiar la imaginación. Proyectar otra economía, otras relaciones sociales, otros métodos y medios de producción y otros modos de vida se tacha de “irrealista”, como si la sociedad de la mercancía, del asalariado y del dinero fuera infranqueable. En realidad una multidud de indicios convergentes sugieren que ya se ha iniciado esta superación y que las probabilidades de una salida civilizada del capitalismo dependen ante todo de nuestra capacidad de distinguir las tendencias y las prácticas que anuncian su factibilidad.

El capitalismo debe su expansión y su dominación al poder que ha adquirido en un siglo, tanto en la producción como en el consumo. Al privar primero a los obreros de sus medios de trabajo y de sus productos, se ha garantizado progresivamente el monopolio de los medios de producción y ha conseguido subsumir el trabajo. Con la especialización, la división y la mecanización del trabajo en grandes instalaciones, los trabajadores se convirtieron en los apéndices de las megamáquinas del capital. Se tornó así imposible para los productores apropiarse de los medios de producción. Gracias a la eliminación del poder de aquéllos sobre la naturaleza y el destino de los productos, se ha asegurado al capital el cuasi-monopolio de la oferta, es decir el poder de anteponer en todos los ámbitos las producciones y los consumos más rentables, así como el poder de crear los gustos y deseos de los consumidores y la manera con la que iban a satisfacer sus necesidades. Este poder es el que la revolución informacional empieza a agrietar.

En un primer momento, el objetivo de la informatización fue la reducción de los costes de producción. Para evitar que esta reducción de costes conllevara la correspondiente baja de los precios de las mercancías, había que, en la medida de lo posible, sustraerlas a las leyes del mercado. Esta sustracción consistía en conferir a las mercancías cualidades incomparables gracias a las que parecen no tener equivalente y dejan de ser por tanto simples mercancías.

El valor comercial (el precio) de los productos tenía, por lo tanto, que depender más de sus cualidades inmateriales no medibles que de su utilidad (valor de uso) sustancial. Estas cualidades inmateriales -el estilo, la novedad, el prestigio de la marca, la rareza o “exclusividad”- tenía que conferir a los productos un estatuto comparable al de las obras de arte.

Éstas últimas tienen un valor intrínseco: no existe ningún patrón que permita establecer entre ellas una relación de equivalencia o “precio justo”. No son por tanto verdaderas mercancías. Su precio depende de la rareza, de la reputación del creador, del deseo del comprador eventual. Las cualidades inmateriales incomparables proporcionan a la empresa productiva el equivalente de un monopolio y la posibilidad de asegurarse una renta de novedad, rareza, exclusividad.

Esta renta esconde, compensa y a menudo sobrecompensa la disminución del valor en su aceptación económica que la reducción de los costes de producción genera para los productos en tanto que mercancías por esencia intercambiables entre sí según la relación de equivalencia. De un punto de vista económico, la innovación no crea valor: es el medio para crear una rareza fuente de renta y conseguir un sobreprecio en detrimento de los productos competidores. La parte de la renta en el precio de una mercancía puede ser diez, veinte o cincuenta veces más grande que su coste de producción, y no sólo se aplica a los artículos de lujo; también se aplica a los artículos del día a día como zapatillas de deporte, camisetas, móviles, discos, pantalones vaqueros, etc…

Sin embargo, la renta no tiene la misma naturaleza que el beneficio: no corresponde a la creación de un aumento de valor, de una plus-valía. Redistribuye la masa total del valor a favor de las empresas rentistas y en detrimento de los otros; no aumenta esta masa [1].

Cuando el incremento de la renta se convierte en la meta determinante de la política de las empresas -más importante que el beneficio que, por su parte, choca con el límite interno que hemos indicado antes- la competencia entre empresas descansa ante todo sobre su capacidad y rapidez de innovación. De ella depende ante todo la amplitud de su renta. Por tanto intentan superarse con el lanzamiento de nuevos productos o modelos o estilos, con la originalidad del diseño, con la inventiva de sus campañas de marketing, con la “personalización” de sus productos. La aceleración de la obsolescencia, que va de la mano con la menor durabilidad de los productos y de la menor facilidad para repararlos, se convierte en el medio decisivo para aumentar el volumen de ventas. Obliga a las empresas a inventar continuamente necesidades y deseos nuevos, a atribuir a las mercancías un valor simbólico, social, erótico, a difundir una “cultura del consumo” que apuesta por la individualización, singularización, rivalidad, envidia, es decir, lo que he llamado en otro escrito la “socialización antisocial”.

En este sistema todo se opone a la autonomía de los individuos; a su capacidad de reflexionar juntos sobre sus objetivos y necesidades comunes; de concertarse sobre la mejor manera de eliminar el despilfarro, de ahorrar recursos, de elaborar juntos, como productores y consumidores, una norma común de lo suficiente -lo que Jacques Delors llamaba una “abundancia frugal”. Sin duda alguna, la ruptura con la tendencia del “producir más, consumir más” y la redefinición autónoma de un modelo de vida que aspira a hacer más y mejor con menos, supone la ruptura con una civilización donde no se produce nada de lo que se consume y no se consume nada de lo que se produce; donde los productores y consumidores están separados y donde cada uno se opone a sí mismo ya que es siempre lo uno y lo otro a la vez; donde todas las necesidades y todos los deseos se centran en la necesidad de ganar dinero y el deseo de ganar más; donde la posibilidad de autoproducción para el autoconsumo parece fuera de alcance y ridículamente arcaico - sin razón.

Sin embargo, la “dictadura de las necesidades” pierde fuerza. La influencia que las empresas ejercen sobre los consumidores se vuelve más débil a pesar del aumento exponencial de los gastos para el marketing y la publicidad. La tendencia a la autoproducción gana de nuevo terreno gracias al peso creciente que tienen los contenidos inmateriales en la naturaleza de las mercancías. El monopolio de la oferta escapa poco a poco al capital. No era difícil privatizar y monopolizar contenidos inmateriales mientras los conocimientos, ideas, conceptos utilizados en la producción y concepción de las mercancías se definían en función de máquinas y de artículos en los que se incorporaban para un uso concreto. Máquinas y artículos se podían patentar y la posición de monopolio quedaba protegida. La propiedad privada de los conocimientos y de los conceptos se hacía posible, ya que eran inseparables de los objetos que les materializaban. Eran un componente del capital fijo. Pero todo cambia en el momento en que los contenidos inmateriales no son inseparables de los productos que los contienen, ni siquiera de las personas que los poseen; cuando acceden a una existencia independiente de todo uso particular y se convierten en susceptibles de ser reproducidos en cantidades ilimitadas por un coste ínfimo, tras su traducción en programas. Entonces se pueden convertir en un bien abundante que, por su disponibilidad ilimitada, pierde cualquier valor de cambio y cae en el dominio público como bien común gratuito - salvo si se consigue impedirlo al prohibir el acceso y el uso ilimitados para los cuales está hecho. El problema que enfrenta “la economía del conocimiento” proviene del hecho de que la dimensión inmaterial de la que depende la rentabilidad de las mercancías no es, en la edad de la informática, de la misma naturaleza que éstas últimas: no es propiedad privada ni de las empresas ni de sus colaboradores; no tiene un carácter privatizable y no puede por consiguiente convertirse en una verdadera mercancía. Sólo se puede disfrazar de propiedad privada y mercancía al reservar su uso exclusivo a través de artimañas jurídicas o técnicas (códigos de acceso secretos). No obstante este disfraz no cambia nada a la realidad de bien común del bien así disfrazado: sigue siendo una no-mercancía no vendible cuyo acceso y uso libres están prohibidos porque permanecen siempre posibles, porque le amenaza las “copias ilícitas”, las “imitaciones”, los usos prohibidos. Incluso el autodenomidado propietario no los puede vender, es decir transferir la propiedad privada a otro, como lo haría con una verdadera mercancía; sólo puede vender un derecho de acceso o de uso “bajo licencia”. Así la economía del conocimiento se basa en una riqueza cuya vocación es la de ser un bien común, y los patentes y copyrights que debieran privatizarlo no cambian nada: la era de la gratuidad se expande de manera irrefrenable. La informática y el Internet atacan las bases del reino de la mercancía. Todo lo que se traduce en lenguaje numérico y reproducible, comunicable sin gastos tiende irresistiblemente a convertirse en un bien común, incluso en un bien común universal cuando es accesible a todos y utilizable por todos. Cualquiera puede reproducir con su ordenador contenidos inmateriales como el diseño, planes de construcción o de montaje, fórmulas y ecuaciones químicas; inventar sus propios estilos y formas; imprimir textos, grabar discos, reproducir tablas.

Más de 200 millones de referencias están actualmente accesibles bajo licencia “creative commons”. En Brasil, donde la industria del disco comercializa 15 nuevos discos al año, los jóvenes de las favelas graban 80 discos por semana y los difunden en la calle. Las tres cuartas partes de los ordenadores fabricados en 2004 se construyeron en favelas con los componentes de materiales desechados. El gobierno apoya a las cooperativas y agrupaciones informales de autoproducción para el auto-abastecimiento.

Claudio Prado, que dirige el departamento de cultura numérica en el ministerio de Cultura de Brasil, hace poco: “El empleo es una especie en vía de extinción. Tenemos la intención de saltarnos esta fase sin interés del siglo XX para pasar directamente del siglo XIX al siglo XXI”. Por ejemplo se ha apoyado oficialmente la autoproducción de ordenadores: se trata de favorecer la “apropiación de las tecnologías por los usuarios con un objetivo de transformación social”. La próxima etapa será lógicamente la autoproducción de medios de producción. Volveré sobre este tema.

Lo importante por el momento es que la principal fuerza productiva y la principal fuente de rentas caen progresivamente en el dominio público y tienden hacia la gratuidad; que la propiedad privada de los medios de producción y por tanto el monopolio de la oferta son cada vez menos posibles; que por consiguiente la influencia del capital sobre el consumo se relaja y éste puede tender a emanciparse de la oferta mercantil. Se trata aquí de una ruptura que ataca la base del capitalismo. La lucha emprendida entre los “programas propietarios” y los “programas libres” (libre, “free”, es también el equivalente en inglés de “gratuito”) ha sido el inicio del conflicto central de esta época.

Se extiende y se prolonga en la lucha contra la mercantilización de las riquezas primas -la tierra, las semillas, el genoma, los bienes culturales, los saberes y las competencias comunes que constituyen la cultura cotidiana y que son las condiciones previas a la existencia de una sociedad. Del resultado de esta lucha dependerá que la salida del capitalismo tenga lugar de forma civilizada o bárbara.

Salir del capitalismo implica necesariamente nuestra emancipación de la influencia que ejerce el capital sobre el consumo y de su monopolio sobre los medios de producción. Significa restablecer la unidad del sujeto de la producción y del sujeto del consumo y retomar la autonomía en la definición de nuestras necesidades y de su modo de satisfacción. El obstáculo insalvable que el capitalismo había colocado en este camino era el carácter mismo de los medios de producción que había creado: constituían una megamáquina donde todos eran sirvientes y que nos dictaba qué fines perseguir y qué vida llevar. Este periodo llega a su fin. Los medios de autoproducción high-tech convierten la megamáquina industrial en virtualmente obsoleta.

Claudio Prado alega “la apropiación de las tecnologías” porque todos pueden apropiarse la clave común de todas: la informática. Porque, como lo pedía Iván Illich, “cada uno puede utilizarla sin dificultad tan a menudo o tan poco como lo desea sin que el uso que hace de ella usurpe la libertad de otros de hacer lo mismo”; y porque este uso (se trata de la definición de Illich de las herramientas conviviales) “estimula la realización personal” y amplía la autonomía de todos. La definición que Pekka Himanen da de la Etica Hacker es bastante parecida: un modo de vida que antepone “la felicidad de la amistad, del amor, de la libre cooperación y de la creatividad personal”.

Las herramientas high-tech existentes o en curso de desarrollo, generalmente comparables a periféricos de ordenadores, apuntan hacia un futuro donde prácticamente todo lo necesario y deseable podrá ser producido en talleres cooperativos o comunales; donde las actividades de producción se podrán combinar con el aprendizaje y la enseñanza, con la experimentación y la investigación, con la creación de nuevos gustos, perfumes y materiales, con la invención de nuevas formas y técnicas agrícolas, de construcción, de medicinas, etc… Los talleres comunales de autoproducción estarán interconectados a escala global y podrán intercambiar o poner en común sus experiencias, invenciones, ideas, descubrimientos. El trabajo será productor de cultura, la autoproducción un modo de plenitud.

Dos circunstancias abogan en favor de este tipo de desarrollo. La primera es que existe bastante más know-how, talento y creatividad de lo que la economía capitalista es capaz de utilizar. Este excedente de recursos humanos sólo puede ser productivo en una economía donde la creación de riqueza no se someta a criterios de rentabilidad. La segunda es que “el empleo es una especie en vía de extinción”.

No digo que estas transformaciones radicales vayan a tener lugar. Sólo digo que por primera vez podemos querer que se realicen. Los medios existen, así como la gente que los ponen en práctica metódicamente. Es probable que sean los sur-americanos o sur-africanos los primeros que decidan recrear en los suburbios desheredados de las ciudades europeas los talleres de autoproducción de su favela o de su township de origen.

André Gorz, el 17/09/2007.
Traducción y revisión de Florent Marcellesi y Lara Pérez Dueñas.
Notas:
[1] El valor trabajo es una idea de Adam Smith, que veía en el trabajo la sustancia común de todas las mercancías y pensaba que éstas se intercambiaban según la cantidad de trabajo que contenían. El valor trabajo no tiene nada que ver con lo que entenderíamos hoy en día y que (en el caso de Dominique Méda y otros) se tendría que designar como trabajo valor (valor moral, social, ideológico, etc.).
[2] Marx afinó y siguió trabajando en la teoría de A. Smith. Simplificando al máximo, se puede resumir la noción económica de la manera siguiente: una empresa crea valor al producir una mercancía vendible con trabajo para cuya remuneración pone en circulación (crea, distribuye) poder adquisitivo.
[3] Si su actividad no aumenta la cantidad de dinero en circulación, no crea valor. Si su actividad destruye empleo, destruye valor. La renta de monopolio consume el valor creado en otras partes y se lo apropia

sábado, 2 de junio de 2012

Los datos refutan la teoría estructural en EE UU

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Por:
Wall street
Agentes de Bolsa en Wall Street. / AP
¿Cómo podemos evaluar las noticias sobre lo que está pasando en la economía? Uno puede, cómo no, quedarse con sus prejuicios. O puede recurrir a las pruebas econométricas detalladas, aunque, según mi experiencia, estas cosas no convencen básicamente a nadie, ni siquiera a los econometristas. Pero la forma en que yo suelo tratar de hacerlo es preguntar si los datos disponibles encajan con el signo que la noticia parece implicar, es decir, si vemos el patrón general que el razonamiento da a entender que vemos.
Ahora analicemos el razonamiento de que nuestros problemas son principalmente estructurales. La forma en que se suele contar esta noticia es que en Estados Unidos había demasiados trabajadores en los sectores equivocados, y que debemos esperar una tasa de empleo total baja a medida que sacamos a los trabajadores de esos sectores "hinchados".
Muy bien, entonces, ¿cuál debería ser el signo de esa noticia? Sin duda es que la pérdida de empleo debería concentrarse en los sectores sobrevalorados, que, en todo caso, el empleo debería estar creciendo en todos los demás, y que los salarios deberían estar aumentando en los sectores no sobrevalorados más rápidamente que en los sobrevalorados.
Por tanto, echemos un rápido vistazo a los datos que nos llegan de la Oficina de Estadísticas Laborales sobre el empleo y los salarios. Da la impresión de que se está perdiendo empleo en todas partes, ¿no es así? Y en cuanto a los salarios, ¿quién está compitiendo por los trabajadores?
Podemos intentar perfeccionar estas cosas desagregando, pero en la primera pasada sencillamente no vemos el signo de un problema estructural. (Y créanme, no es mucho mejor si hacemos un análisis más detallado).
O a lo mejor la gente tiene otra historia estructural en mente, pero esa es la que les gusta contar en los artículos populares.
Entonces, ¿por qué está esta gente tan segura de que es estructural? Sé que suena sabio y serio decir que lo es, pero está el asunto de las pruebas reales; esas pruebas contradicen rotundamente la historia estructural, pero concuerdan bastante bien con la historia de la demanda. Eso no resuelve el caso del todo, pero en un mundo mejor contribuiríaen gran medida a resolver el argumento.
Una pena que no vivamos en ese mundo mejor.
Retrospectivas estructurales
Unos cuantos apuntes en relación con el renovado esfuerzo por parte de los conservadores de declarar que nuestros problemas son estructurales o que no se pueden resolver sencillamente aumentando la demanda.
  1. Eso es lo que la Gente Muy Seria decía también en la década de 1930. Luego la proximidad de la guerra por fin proporcionó el estímulo que necesitábamos, y todos esos problemas estructurales resultaron ser imaginarios.
  2. Irlanda era alabada por su maravillosa flexibilidad; era un perfecto ejemplo del arte de lo posible, declaraba George Osborne, el entonces ministro de Hacienda británico en la sombra. Después, cuando las cosas fueron mal, a Irlanda se le dijo que tenía que arreglar sus profundas rigideces estructurales.
  3. Al que diga algo como que "si el gasto deficitario fuese el camino hacia la prosperidad, Grecia estaría en plena forma", se le puede excluir inmediatamente porque no vale la pena escucharle. La gente de mi bando ha repetido hasta la saciedad que la defensa de la expansión fiscal es muy específica en cada caso; es deseable cuando uno se encuentra en una trampa de liquidez, y solo cuando uno se encuentra en una trampa de liquidez. Sé que a algunos les gustaría proyectar su vulgaridad en los demás, pero lo que están demostrando en realidad es su ignorancia.
  4. Todo lo que siga la tónica de que "necesitamos soluciones a largo plazo, no remedios a corto plazo" puede parecer sofisticado, pero es justo lo contrario. Retíralo, Johan Maynard Keynes: "Pero este largo plazo es una guía engañosa para los temas de actualidad. A largo plazo todos estaremos muertos", escribía en 1923. "Los economistas se asignan una labor demasiado fácil y demasiado inútil si en tiempos de tempestad lo único que pueden decirnos es que cuando pase la tormenta el océano volverá a estar en calma".

viernes, 1 de junio de 2012

Las funciones de la ciencia en el modelo económico cubano

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Por Agustín Lage
Director Centro Ingenieria Molecular
El sexto Congreso del Partido Comunista de Cuba, en abril de 2011, aprobó los Lineamientos de la política económica y social del Partido y la Revolución «para actualizar el modelo económico cubano, con el objetivo de garantizar la continuidad e irreversibilidad del socialismo». 1 En su implementación exitosa los revolucionarios cubanos ponemos todo el entusiasmo, esfuerzo e inteligencia de que somos capaces. Para ello, necesitamos extraer conocimiento de cuanta fuente pueda sernos útil, pero principalmente de nuestras experiencias en la construcción de la sociedad socialista cubana, que nos permitan ver el mundo desde nuestras propias perspectivas.
Una de esas experiencias es el surgimiento en Cuba, en los años 80, de la industria biotecnológica —cuando apenas emergía en los países de mayor desarrollo—, y su crecimiento durante las tres décadas siguientes, hasta convertirse en un importante renglón de exportación. 2
La experiencia del «polo científico», como se conoce generalmente a nuestra industria biotecnológica y farmacéutica de avanzada, tiene especificidades dentro del contexto de la economía cubana, que es necesario resaltar como punto de partida de este análisis. A partir de la inauguración, en enero de 1982, por el Comandante en Jefe Fidel Castro, de un pequeño laboratorio con treinta científicos encargados de la producción de Interferón, la industria biotecnológica cubana creció aceleradamente, con nuevas instituciones y productos, hasta convertirse en lo que es hoy: un conjunto de veintisiete entidades que agrupan más de diez mil trabajadores, operan fábricas en Cuba y en otros países, aportan 141 productos al cuadro básico de medicamentos en la Isla, y realizan exportaciones por varios cientos de millones de dólares a más de cincuenta países.
Este despegue productivo, exportador y de desarrollo de infraestructura resistió el llamado Período especial, cuando la economía cubana, a causa de la desaparición del campo socialista europeo y del reforzamiento oportunista del bloqueo norteamericano, sufría una importante contracción de su producto interno y de sus mercados; y otros sectores tuvieron que reducir sensiblemente sus actividades.
Las exportaciones del polo científico han estado creciendo a más de 30% anual en la última década, y se han basado en productos no tradicionales (varios de ellos de propiedad intelectual cubana), con diversidad de destinos, con entornos regulatorios diferentes, y han requerido esquemas de negociación también no tradicionales. Tal operación no contó con inversión extranjera ni con créditos externos. Corrió a cargo del Estado y logró su recuperación y reproducción ampliada en un plazo sorprendentemente breve. Las negociaciones no comprometieron, en ningún caso, la propiedad estatal sobre los activos.
Un proceso similar no ha ocurrido en ningún otro país de América Latina. Tampoco, con esas características, en otros sectores de Cuba. Las experiencias en el turismo y la minería en el mismo período, también exitosas, se basaron en esquemas de inversión, gestión y negociación diferentes.
Por supuesto, hay determinantes científicas y particularidades del sector biofarmacéutico en la industria biotecnológica cubana; pero no es donde está lo principal. Probablemente esta experiencia tenga algo que decirnos sobre el proceso de conexión directa de la Ciencia con la Economía, y sobre las formas de gestión de la empresa estatal socialista. Si logramos descifrar estos mensajes, el caso del Polo científico dejaría de ser algo «particular» para convertirse en «anticipatorio» de lo que pudiera ser la Empresa socialista de alta tecnología, construida sobre el terreno fértil del capital humano y la cohesión social creados por la Revolución.

Intuiciones: ¿que aprendimos de esa experiencia?
Usamos el término «intuiciones» para subrayar que un análisis riguroso de los determinantes macro y microeconómicos de la evolución de la industria biotecnológica en Cuba tendrá que ser emprendido por especialistas en Ciencias económicas. Aquí nos limitaremos a exponer las regularidades e ideas generales que quienes hemos tenido la oportunidad de participar en el desarrollo de estas instituciones —y que no provenimos del campo de la economía— podemos extraer de la experiencia concreta. Estas son:
1. Hay un cambio en el contexto mundial para el desarrollo de nuestra economía, dado por la relación entre tecnologías y globalización.
Comprensiblemente, cuando se habla de ese «cambio de contexto», lo primero que viene a la mente es la desaparición del campo socialista europeo, con el que, hace tres décadas, Cuba realizaba más de 80% de su comercio exterior y con el que tenía acuerdos de integración económica a largo plazo. Eso es una enorme verdad; pero a los efectos del tema de este ensayo es imprescindible identificar otro proceso, que hubiera creado tensiones para la economía cubana aunque el campo socialista aún existiese. Se trata del acelerado desarrollo tecnológico de la segunda mitad del siglo xx y de la globalización de la economía que él hizo posible, y su efecto sobre los países de pequeño tamaño. Transitamos hacia una economía donde los productos de la industria se sustituyen muy rápidamente por otros mejores, y donde las tecnologías permiten enormes escalas de producción, y grandes reducciones de los costos unitarios.
Estos dos fenómenos se refuerzan mutuamente: la rentabilidad del proceso productivo moderno solo se logra con enormes escalas de producción, con grandes mercados para los productos. A su vez, esas grandes operaciones son las que permiten subsumir los altos costos fijos de la investigación científica para el desarrollo de nuevos productos, y de los estándares de calidad que mantienen la competitividad. Esta es una tendencia objetiva del desarrollo de las fuerzas productivas, y va a continuar. La consecuencia directa para los países pequeños como Cuba es la pérdida del poder de la demanda doméstica como motor del desarrollo industrial.
Las teorías «desarrollistas», vigentes en el pensamiento económico latinoamericano en los años 60 del siglo xx , proponían una industrialización nacional, con asimilación de tecnologías para sustituir importaciones. 3 En Cuba, durante el período revolucionario anterior a 1986, los ingresos externos se basaban en el azúcar y el níquel. De ahí debían salir los recursos que financiaran la infraestructura económica para satisfacer la demanda interna. Fue una estrategia correcta en su tiempo; sin embargo, ya no es viable en el nuevo contexto.
En nuestra experiencia concreta con los medicamentos de avanzada, aprendimos que no podemos producirlos solamente para la demanda nacional. Es la limitación del concepto de «sustitución de importaciones»: en algún momento aparece el razonamiento de que es más barato importar que producir. Necesitamos grandes operaciones de exportación para que ocurra el desarrollo tecnológico. Varios de los medicamentos y vacunas del Polo científico se producen hoy a una escala mayor a veinte veces la demanda doméstica. Es un cociente superior al que había para el azúcar.
Los cambios de contexto van siempre acompañados de nuevas oportunidades, pero también de peligros. Tendremos que aprender a construir la economía socialista cubana en ese nuevo escenario; un contexto mundial donde nuestra planificación no puede controlar —excepto para la pequeña fracción de la demanda nacional— el tamaño del mercado, ni los precios, ni los estándares técnicos de los productos, ni la dinámica de los cambios.
2. En el nuevo contexto, el desarrollo económico pasa obligatoriamente por el desarrollo de industrias de alta tecnología.
Cuba ha logrado un balance positivo de su comercio exterior, y eso es un importantísimo logro, después de la desaparición del campo socialista europeo y ante el mantenimiento de la guerra económica de los Estados Unidos contra la Isla. Eso no se puede minimizar, pero también es cierto que ese balance se alcanza a expensas de la exportación de servicios. En la de bienes, sigue siendo negativo. Tal situación puede y debe mejorar con la disminución de importaciones de alimentos —cuyos precios no cesan de crecer—; pero en un país con escasos recursos naturales, y con una población de edad promedio cada vez mayor, y elevada calificación, el balance positivo externo hay que lograrlo con productos de alto valor agregado. Así se recoge en el número 78 de los Lineamientos…, que indica: «Diversificar la estructura de las exportaciones de bienes y servicios, con preferencia las de mayor valor agregado y contenido tecnológico». 4
¿De dónde van a salir esos productos? De nuevo la experiencia del Polo científico puede tener algo que decir en este tema. Durante más de veinte años, sus organizaciones han negociado con instituciones privadas y públicas, grandes y pequeñas, de más de cincuenta países, en todos los continentes. El análisis exhaustivo de esa experiencia está pendiente, y no forma parte del objetivo de este ensayo. No obstante, en una primera aproximación, indica que es muy difícil abrir espacios con productos de bajo contenido innovador, y en competencia con muchos productores en el mundo.
Para los productos tradicionales de la industria (textiles, electrónica simple de consumo, y otros), la tecnología moderna permite escalas de producción muy por encima de la demanda solvente mundial. Para lo que no hay, ni habrá, sobreproducción es para los innovadores, y aquellos que todavía no existen. Es imprescindible entonces tenerlos; lo que no siempre significa que sean únicos, pero sí nada sencillos de producir, ni por su tecnología, ni por sus estándares de calidad, ni por la calificación de la fuerza de trabajo requerida. Operan entonces dos mecanismos que abren los espacios de exportación:
l Cuando existe concertación entre gobiernos para garantizar amplio acceso a la población y escapar de los precios abusivos de los productos innovadores cuando vienen de países industrializados.
l Cuando nuestros productos son únicos o tienen tan alto contenido innovador, que los haga entrar en los mercados aun en ausencia de acuerdos entre gobiernos.
Ambos mecanismos se relacionan y compensan entre sí. Mientras más fuerte es uno, menos debe serlo el otro y viceversa. Pero los dos requieren un alto «contenido en conocimientos» y ciencia, en el desarrollo del producto y en el proceso productivo. Eso no se alcanza simplemente importando tecnologías. Es esa la experiencia de las vacunas cubanas, la Eritropoyetina, el Heberprot, los sistemas SUMA, los genéricos de avanzada, los anticuerpos monoclonales y otros tantos. 5 O tenemos productos innovadores, o no tendremos exportaciones de alto valor agregado para financiar la continuidad de nuestro desarrollo económico y social.
3. La tarea no se limita al desarrollo científico. Lo principal es la conexión de la ciencia con la economía.
La importancia de la investigación científica, y del proceso más abarcador conocido como «gestión del conocimiento» para el desarrollo económico, han sido extensamente discutidos, y existe abundante literatura internacional, y también en Cuba, sobre el tema. No ampliaremos, pues, sobre la existencia de esa influencia, sino sobre los mecanismos por los cuales esta se produce.
La idea de que simplemente «sembrar ciencia» —es decir, formar científicos, crear instituciones, aumentar el financiamiento a la ciencia— se traducirá, de alguna manera, en desarrollo económico es vieja e ingenua, que no corresponde al contexto actual. Por supuesto que es una condición necesaria; lo nuevo es que ya no es suficiente.
Cuando los países hoy industrializados y técnicamente avanzados emprendieron su desarrollo, hace más de ciento cincuenta años, tenían, en muchos sectores productivos, un nivel tecnológico inferior al que tienen en la actualidad los países del Sur. En 1880, la renta per cápita de aquellos era apenas dos veces la de estos; no obstante, en ese momento eran la avanzada de la tecnología. No había un «primer mundo» al cual mirar. No existían empresas multinacionales que captaran las innovaciones e inundaran los mercados; ni «robo de cerebros». El desarrollo científico nacional y las innovaciones se revertían directamente en la industria nacional.
Ese no es el mundo actual. Hay una distancia grande y creciente entre los países industrializados y los subdesarrollados en cuanto a la producción de ciencia. Pero lo más importante es que la distancia es mayor en cuanto a la utilización de la ciencia. Los países del Sur, que tienen 81,7% de la población mundial, producen 32,4% de las publicaciones científicas, pero poseen solo 4,5% de las patentes. De los 59 millones de inmigrantes que, según se estima, viven en los países más desarrollados, 20 millones tienen educación superior.
Aun dentro de las economías domesticas de los países industrializados, se aprecia, en los últimos cincuenta años, una internalización de la actividad científica dentro de las empresas. La fracción de la inversión en ciencia financiada por estas es de 64% en Francia, 71% en los Estados Unidos y Alemania, y 79% en Japón. En los países del Sur ese proceso no ha ocurrido, y la actividad científica sigue siendo, en esencia, académica y sufragada mayoritariamente por el Estado. Sus resultados no se trasvasan a las empresas nacionales, y esa promoción de actividades científicas desorientadas no genera tecnologías socialmente valiosas. Solo multiplica información irrelevante y de difícil acceso.
La creación de valor depende, cada vez más, de un mejor uso del conocimiento; y, a su vez, de la fortaleza de los vínculos entre los diferentes actores del sistema nacional de innovación. Lo que explica el desarrollo industrial de la biotecnología en Cuba no es ciertamente una mayor inversión en investigación científica. El porcentaje del Producto Interno Bruto (PIB) que se dedica en Cuba a ciencia y técnica (0,72%) es inferior al de América Latina (1,09%). También lo son nuestras cifras de producción de literatura científica; y, de hecho, el financiamiento presupuestado a la investigación científica en la Isla, también sufrió los efectos del Período especial.
Lo que se construyó en el Polo científico a partir de los años 80 fue un sistema de conexión directa entre la investigación y la producción, con un ciclo económico de autofinanciamiento. 6
4. Las nuevas tecnologías requieren un nuevo tipo de empresa.
El principal resultado del Polo científico no es ninguna de sus vacunas, ni sus anticuerpos: es el tipo de organización económica. Si analizamos las instituciones de la Biotecnología cubana no como centros científicos (que también son), sino como organismos económicos, se dibuja el cuadro organizativo que la experiencia práctica fue construyendo:
l Instituciones «a ciclo completo» de investigación-producción-comercialización.
l Orientación exportadora y actividad de exportación (y de importación de insumos) directa.
l Sistema de gestión descentralizado que no es el clásico esquema empresarial, ni el de la unidad presupuestada.
l Centros integrados en un sistema de potenciación mutua para las investigaciones, la producción y las negociaciones externas; y, a su vez, para la función social de sus productos en Cuba, fundamentalmente en el sistema de salud.
l Internalización de la investigación científica como parte de sus costos fijos, potenciada con los estudios que también se realizan en las instituciones cubanas que usan los productos.
l Utilización de su potencial científico como palanca de negociación, valorizando en sus transacciones no solamente los productos, sino sus «activos intangibles».
La organización productiva de la economía del conocimiento ya no puede construirse, como las industrias de mediados del siglo xx , alrededor de un producto o de una tecnología, porque estos cambian cada vez más rápido. Tiene que hacerse alrededor de una capacidad continua de crear y asimilar conocimientos que generen nuevos productos y nuevas tecnologías. De ahí proviene la necesidad de internalizar la investigación científica dentro de la organización productiva. En el lapso históricamente breve de treinta años de existencia de la industria biotecnológica cubana, algunos centros han debido cambiar varias veces el «producto líder» de sus exportaciones.
Viendo esta experiencia desde una perspectiva histórica, es un caso más de la regularidad de que las tecnologías muy novedosas raramente se insertan en las organizaciones ya existentes, sino que «crean» la suya propia. Así, hace siglos las nuevas tecnologías agrícolas «inventaron» la granja; la primera revolución industrial «inventó» la fábrica; y la segunda, sustentada en la electricidad y el petróleo, condujo a la administración científica industrial tal como hoy la conocemos. En el mundo actual, la creciente integración entre la ciencia y la producción comienza por laboratorios científicos en las industrias, pero termina por crear un nuevo tipo de organización productiva que introduce la investigación científica dentro de la cadena de valor, y la utiliza como activo en las negociaciones para la realización comercial del valor agregado. Este proceso de surgimiento de empresas de alta tecnología no es privativo de la biotecnología (aunque en Cuba haya empezado por ahí).
5. La Empresa de alta tecnología requiere un contexto regulatorio específico.
Las empresas surgen y se desarrollan no solo impulsadas por sus tecnologías y por las oportunidades de mercado; sino también promovidas o inhibidas por el contexto regulatorio en el que operan. Las regulaciones económicas se construyen en todos los países en función de determinados objetivos y valores prevalecientes en cada sociedad.
La atención directa de las instituciones biotecnológicas emergentes en Cuba, por la instancia superior de dirección del país (surgieron subordinadas al Consejo de Estado), y en muchos casos personalmente por el Comandante en Jefe, Fidel Castro, las protegió del posible efecto inhibidor de regulaciones concebidas con otro propósito y para otro tipo de emprendimiento.
En los últimos años, la capacidad de compra de Cuba en el exterior se ha movido alrededor de 20% del PIB. Aun asumiendo los riesgos de las extrapolaciones lineales a partir de los indicadores económicos, esta cifra sugiere que hay una pequeña parte de nuestra economía que opera en función de la demanda externa, mientras que el resto lo hace para la interna. Las organizaciones productivas que trabajan para el mercado externo generalmente tienen mayor productividad por hombre, aun calculando el ingreso en divisas como equivalente 1 a 1 al de moneda nacional. La diferencia sería aún mayor si se utilizase otra tasa de cambio que reflejara mejor el poder adquisitivo de la moneda. Las que producen para la demanda doméstica (numéricamente muchas más) han tenido en estos años, como ha sido públicamente criticado, y discutido en la Asamblea Nacional, baja productividad del trabajo.
Obviamente, no podemos regular ambos espacios económicos de la misma manera. Cuando se intenta disecar los objetivos de las regulaciones que la rigen, se ve más claramente esta dicotomía.
l Para la mayor parte de la economía nacional lo más importante ahora es el incremento de la productividad del trabajo. Para los sectores exportadores que ya lo tienen, es el crecimiento del sector, de su volumen de actividad económica. Este crecimiento, aun si ocurriese a expensas de una menor reducción de la productividad por hombre, incrementaría la de la media nacional.
l Para la mayor parte de la economía nacional el «cuello de botella» del crecimiento está hoy en la producción. La demanda doméstica no está saturada para la gran mayoría de los productos; pero para los sectores exportadores frecuentemente no es la capacidad de producción, sino la penetración en mercados externos.
l Para la mayor parte de la economía nacional es muy importante el ahorro y la reducción del costo unitario de sus operaciones. En los sectores exportadores que están llamados a crecer es más importante el costo de oportunidad, en cuanto al mercado, que perdemos por dejar de hacer algo; y las operaciones que abren mercados pueden tener sentido aun si aumentan el costo unitario (por supuesto, dentro de la rentabilidad).
l En los sectores que operan en función de la demanda doméstica, la planificación socialista puede decidir su satisfacción, los precios internos, y los estándares técnicos de los productos. En los sectores exportadores, ninguno de estos tres aspectos están bajo nuestro control y, muy frecuentemente, aparecen oportunidades y problemas imprevistos.
La conclusión es que un conjunto de regulaciones que introduzca presiones para el incremento constante de la productividad (por ejemplo, vinculándola al salario), y para la reducción continua del costo unitario, será sin dudas conveniente para la mayor parte de la economía nacional, pero puede resultar corrosivo para los sectores emergentes exportadores de alta tecnología. La tendencia mundial en estos sectores ha sido, y seguirá siendo, al incremento de los «costos fijos», dados por la investigación científica, el desarrollo de nuevos productos y la evolución de los estándares de calidad. Esta tendencia hay que asumirla y enfrentarla subsumiendo los costos fijos en operaciones productivas y exportadoras de mayor volumen, no buscando ahorros marginales en los procesos que tenemos hoy.
Este razonamiento no implica que el ahorro no sea importante, pero sí que en la vida real de la microeconomía —no en la macro— puede suceder que los objetivos del ahorro y del crecimiento entren en contradicción; y cuando eso sucede, en algunos casos hay que priorizar uno u otro. En una actividad social «presupuestada», la prioridad será siempre el ahorro; y también lo será en una productiva, para satisfacer una demanda cautiva, de volumen y precios bajo control del Estado. Pero en una destinada a abrir espacio en la demanda externa, la prioridad es el crecimiento. El propio esfuerzo por el ahorro y la mayor eficiencia no tiene como objetivo primario incrementar la ganancia por unidad física producida, sino disponer de márgenes de precios para aumentar la penetración en mercados externos.
No se trata de que los sectores exportadores de alta tecnología no deban ser regulados; sino de que hay que hacerlo de manera diferenciada. Ello no supone contraponer la productividad al crecimiento; sino comprender que hay acciones para el incremento de la productividad a corto plazo —frecuentemente concentradas en la organización del trabajo— y otras para su sostenibilidad en el mediano plazo, que dependen, con frecuencia, de gestión del conocimiento e inversión; y en los sectores de alta tecnología el «mediano plazo» llega muy rápido.
El problema no es nuevo, ni es exclusivo de Cuba. En otros países que se han planteado estimular el crecimiento de esos sectores, hay antecedentes del establecimiento de contextos regulatorios diferenciados. La creación en los Estados Unidos, en 1971, de un nuevo mercado de valores (NASDAQ) —complementario de la bolsa clásica (New York Stock Exchange)—, con regulaciones diferentes, el surgimiento análogo, en 1995, del Alternative Investment Market, en Londres; las Zonas Económicas Especiales, en China e India, y otras experiencias, tienen en común el intento de construir un contexto regulatorio que incentive el surgimiento de empresas tecnológicas basadas en productos novedosos, y la inversión de riesgo. Usualmente son pequeñas, y concentradas en crecer. Ninguna de estas experiencias es idéntica a otra, y ninguna es «copiable» para Cuba, pero lo que siempre aparece como constante es la necesidad de regulaciones específicas para estimular y proteger el crecimiento de estos sectores.
Mientras más avanzada es la tecnología, y más novedosos los productos de una empresa, menos predecibles se hacen sus operaciones y sus indicadores. El contexto regulatorio tiene que prever un espacio de exploración, riesgo y adaptación rápida para este tipo de empresa; mayor que el tolerable para otras de tecnologías más convencionales y de mercado conocido.
La conexión directa de la ciencia con la economía no es un proceso espontáneo; ni bajo las presiones del mercado, ni como consecuencia de la inversión social en desarrollo científico. Requiere intencionalidad y conducción.
6. La inversión extranjera no es la palanca adecuada para el desarrollo de la Empresa de alta tecnología.
Uno de los rasgos que más sorprende a quienes, en el exterior, escriben sobre la biotecnología cubana, es que esta se desarrolló como una inversión del Estado, sin acudir a la extranjera. Quizás su desarrollo se deba precisamente a eso. En ningún país del mundo, que conozcamos, ha surgido un sector biotecnológico innovador a partir de la inversión proveniente de los países industrializados. Ni China, ni India, ni Brasil —países «emergentes»— han logrado un despegue acelerado de la biotecnología. La primera instalación productiva de anticuerpos monoclonales terapéuticos en China, y la primera en India, fueron empresas mixtas en colaboración con Cuba. La primera fábrica de proteínas recombinantes de Brasil, también.
La iniciativa del «corredor biotecnológico» del gobierno de Malasia, que intentó atraer inversión extranjera en este campo, no logró cristalizar. La estrategia de los parques tecnológicos en China, sin desconocer los innegables logros de ese país, también ha sido criticada, en el sentido de que las empresas multinacionales que invierten transfieren allí la etapa de manufactura masiva de determinados productos, pero retienen en sus países de origen las etapas de investigación científica, desarrollo de productos, y evaluación post-venta, que es donde radica lo más importante de la cadena de valor de las industrias intensivas en conocimiento. 7 La globalización económica del mundo actual ha sido construida por las naciones ricas para su propio beneficio; y las relaciones económicas internacionales prevalecientes en el capitalismo neoliberal, tienen mucho de relación «depredador-presa».
Las justas relaciones económicas que Cuba construyó con la Unión Soviética y el campo socialista eran un modelo diferente; pero ya no existen. Las que está construyendo con Venezuela en el contexto del ALBA también son un modelo diferente, pero todavía en construcción.
Las fuentes de inversión extranjera directa de los países capitalistas industrializados operan con las reglas de la competencia por la apropiación de la máxima ganancia, y ello implica la retención de los eslabones esenciales de la cadena de valor. El tránsito a una economía basada en el conocimiento ha ido desplazando esos eslabones, desde la manufactura al desarrollo de productos, y de este a la investigación científica, y no serán transferidos por la inversión extranjera.
Los países del Norte que comenzaron el tránsito hacia una economía basada en el conocimiento, lo hicieron internalizando capacidad científica en las industrias que ya tenían, y a partir de las fortalezas financieras y de control de mercados que también tenían. La historia de la industria biotecnológica cubana es exactamente la inversa: construcción de capacidades productivas a partir de las científicas y del capital humano pre-existente. Esa trayectoria retiene en Cuba las fuentes principales de valor agregado. No se puede recorrer basándose en inversión extranjera, lo que no quiere decir que dejemos de utilizarla selectivamente en determinadas operaciones.
Ello explica —adicionalmente al bloqueo extraterritorial norteamericano— la infertilidad de los acercamientos de la industria farmacéutica europea a la biotecnología cubana. La experiencia concreta de múltiples negociaciones indica la incompatibilidad entre el interés de esas empresas en «alquilar» capacidad científica en Cuba o comprar nuestras patentes, y el reclamo cubano de abrir las murallas del proteccionismo y obtener acceso a sus mercados, desde la industria cubana.
7. El enfrentamiento a los monopolios de las empresas multinacionales requiere acuerdos regionales entre gobiernos.
A pesar del discurso neoliberal sobre el libre comercio, la práctica histórica del capitalismo en los países desarrollados ha sido esencialmente proteccionista. El tránsito a una economía basada en el conocimiento refuerza ese proteccionismo en los productos de alto valor agregado. En estos sectores de la economía, esos países y sus empresas han acudido a dos tipos principales de barreras no arancelarias: las de la propiedad intelectual (patentes) y las técnicas. Ambas funcionan como frenos para que el Sur no produzca bienes y servicios de alta tecnología.
En los últimos años, hemos visto debilitarse la barrera de patentes, especialmente en el sector farmacéutico. Es cierto que el reconocimiento mundial de estas es exigido por la Organización Mundial de Comercio, pero también ocurre que muchos productos de altas ventas están llegando al momento de expiración de sus patentes, y que incluso antes, el mantenimiento de precios altos de medicamentos, por el solo hecho de tener protección de propiedad intelectual, se vuelve políticamente insostenible, como se demostró en los enfrentamientos exitosos de los gobiernos de Sudáfrica y Brasil a las patentes de los medicamentos contra el SIDA. 8 Pero, al mismo tiempo, las barreras técnicas, bajo la forma de regulaciones sobre los atributos que deben tener los productos y los procesos, están creciendo aceleradamente. Esta forma de «proteccionismo tecnológico», además, no se circunscribe a las limitaciones de entrada que imponen los países desarrollados para proteger sus propios mercados domésticos; sino que el reclamo de armonización mundial de las regulaciones les permite proteger los de todos los países del mundo y preservarlos para sus propias empresas.
Estas tendencias se expresan en el sector farmacéutico de forma más visible, pero va emergiendo también en sectores como en la producción de alimentos, y se irá extendiendo a otros. La consecuencia inmediata es que el desarrollo de industrias de alto valor agregado en Cuba, y en países del Sur, requerirá acuerdos regionales entre gobiernos, que abran espacio a nuestros propios productos y construyan un contexto regulatorio donde la prioridad sea su impacto social. Varias de las grandes operaciones exportadoras y de transferencia de tecnología del Polo científico han tenido este enfoque, en el que el desarrollo industrial desborda el campo de la interacción económica entre empresas, para vincularse, cada vez más, con las estrategias políticas.
El reto del mediano plazo
Cuando en Cuba se habla de la economía, la expresión cotidiana es la de «dificultades económicas». Estas son muy reales, y sería irresponsable desconocerlas. Pero todo análisis serio tiene que empezar reconociendo que, en los veinte años que precedieron al VI Congreso del Partido, nuestro país libró una batalla colosal en el campo de la economía, enfrentando el Período especial, y emergió, con heridas y secuelas, pero esencialmente victorioso.
Una pérdida abrupta de más de 80% del comercio exterior, una caída de más de 30% del PIB, un incremento enorme de los precios del petróleo, y la continuidad de una agresión económica externa sin precedentes en la historia, fueron enfrentados sin deterioros significativos de los indicadores básicos de educación, salud, seguridad ciudadana, equidad y empleo; como se reconoce en los estudios del Índice de Desarrollo Humano, publicados por Naciones Unidas. 9 El país reorientó su comercio exterior, requilibró sus finanzas externas e internas, remprendió el crecimiento del PIB, y en importantes indicadores recuperó las cifras anteriores a 1989.
Ahora emprendemos una segunda batalla, para enfrentar las secuelas del Período especial, que exige, como se expone en los Lineamientos del VI Congreso del Partido,
soluciones a corto plazo encaminadas a eliminar el déficit de la balanza de pagos, que potencien la generación de ingresos externos y la sustitución de importaciones, y a su vez den respuesta a los problemas de mayor impacto inmediato en la eficiencia económica, la motivación por el trabajo y la distribución del ingreso. 10
Pero después (y aun simultáneamente) vendrá una tercera batalla en la que debemos enfrentar retos ante nuestra economía que tienen un carácter permanente. Estos son, en esencia, el de la estructura demográfica de la población cubana, y el de la globalización de la economía, así como la interacción entre ambos. En los años 50, teníamos una pirámide etaria de base ancha, con muchos jóvenes, prácticamente igual a la de 1907. En las cinco décadas transcurridas desde el triunfo revolucionario de 1959, esa estructura se modificó. Tenemos ahora más de 18% de la población por encima de los sesenta años de edad, y un pronóstico de que llegará a 30% en el año 2030. La natalidad cayó por debajo del nivel de remplazo, y las cifras de los que arriban a la edad laboral apenas alcanza a las de los que llegan a la jubilación.
En la compleja causalidad de esta transición demográfica está el aumento de la esperanza de vida al nacer, y la reducción de la natalidad que sigue al incremento del nivel educacional de la mujer y su incorporación social. Un fenómeno similar ocurrió en el siglo xx , en Europa y Norteamérica, pero allí fue mucho más lento, y paralelo al desarrollo industrial. En Cuba produjimos un desarrollo social por delante del económico. Y eso es esencialmente positivo: refleja el principio político de que los derechos humanos a la salud y la educación deben ejercerse de manera inmediata, repartiendo lo que tengamos. Es algo de lo que debemos sentirnos orgullosos; pero no por eso deja de ser un problema, cuya solución hay que encontrar. Si logramos construir desarrollo social desde la política (no desde la economía), ahora tenemos que construir desarrollo económico a partir de aquel. Ello va a requerir mucha creatividad. No hay referentes externos para un desafío de esta naturaleza.
Una estructura demográfica como la que tenemos demanda una economía tecnológica, de alto valor agregado. Pero ese aparato productivo hay que construirlo en el contexto de la globalización de la economía; que es muy diferente de la que había en los años 60, cuando la Revolución emprendió sus primeros programas de desarrollo. El capitalismo ha sido «globalizante» desde su surgimiento, pero el ritmo de esa globalización y el crecimiento del comercio internacional se han acelerado en los últimos cincuenta años. La economía cubana —como la de todos los países pequeños— será cada vez más dependiente de sus relaciones externas. Y no podremos equilibrar nuestra balanza de exportación con productos tradicionales, y menos aún con recursos naturales no renovables, de los que tenemos pocos. El turismo y los servicios médicos están funcionando como compensación y factores de estabilidad económica, pero tienen límites de crecimiento.
Si no logramos que nuestro aparato industrial transite rápidamente hacia productos de alto valor agregado, con capacidades productivas para aquello que está en la frontera entre la ciencia y la tecnología, corremos el riesgo de desindustrialización, pérdida de empleos fabriles, expansión desmedida de los servicios, déficit comercial persistente, y erosión del propio capital humano. El reto es muy grande y muy importante. Establecer relaciones económicas diversificadas y simétricas con el mundo es, en última instancia, un problema de soberanía nacional. Si no construimos aceleradamente capacidades productivas para bienes de alta tecnología, el país estaría en un plano de subordinación, porque sería abastecido de cosas complejas desde fuera, incapacitado de potenciar los nuevos conocimientos. En esa batalla tiene que involucrarse todo el potencial científico cubano. Pero no podemos desconocer un tercer desafío: recuperarnos del daño que hizo el Período especial, en todas las esferas de la vida nacional. Sería pretensioso e ingenuo afirmar que la ciencia no recibió ese impacto. En 2001, el porcentaje del PIB invertido en ciencia y técnica era de 0,98%, superior al promedio de América Latina. 11 En 2007, decreció hasta 0,72%, por debajo de la media latinoamericana de 1,09%. Nuestra producción de publicaciones científicas fue, en 2007, de 6,67 artículos por cada cien mil habitantes, cifra inferior a la media de 8,20 para América Latina y el Caribe. En una compilación hecha para la UNESCO por el Observatorio Canadiense de Ciencia y Tecnología, se registraron 775 publicaciones científicas de instituciones cubanas, contra 6 197 provenientes de Argentina, 8 262 de México y 26 482 de Brasil. La cifra de usuarios de Internet era, en 2008, de 12,94 por cada cien personas, también inferior a la de 28,11 en Argentina, 21,43 en México y 37,52 en Brasil.
Mas allá de las cifras, la percepción compartida por muchos es que las dificultades económicas del Período especial afectaron sensiblemente la actividad científica, y que precisamente el sector de la biotecnología es una de las excepciones. De hecho, en el capítulo sobre Cuba del Informe UNESCO sobre la Ciencia en 2010, 12 al tratar de los resultados de la investigación, prácticamente todos los ejemplos que se citan son de este sector. Debemos preguntarnos por qué. Obviamente, no se trata de que en unas instituciones laboren científicos más competentes o más dedicados que en otras. La respuesta hay que buscarla precisamente en el modelo de interacción directa, a ciclo completo, que se construyó con un doble trasvase: el de los resultados científicos a la actividad productiva en la misma organización; y el de recursos de la actividad comercial y exportadora hacia la científica.
Encontrar dentro del modelo económico que estamos rediseñando un esquema viable de financiamiento de la investigación científica, dentro y fuera del sistema empresarial, es uno de los retos importantes que tenemos, no solo para la ciencia, sino para el propio modelo económico. En tal sentido, el número 24 de los Lineamientos establece: «Los centros de investigación que están en función de la producción y los servicios deberán formar parte de las empresas o de las organizaciones superiores de dirección empresarial, en todos los casos que sea posible». 13 Ahí está uno de los componentes de la estrategia. No el único.

Los frentes de la batalla
Los Lineamientos de la Política Económica y Social aprobados en el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba establecen claramente que el enfrentamiento a los problemas de la economía debe transitar por dos tipos de soluciones: las de corto plazo, que deben buscar un equilibrio rápido de la balanza de pagos y un aumento de la eficiencia económica y la motivación por el trabajo, y las sostenibles a más largo plazo. Estas últimas deben conducir a «una autosuficiencia alimentaria y energética altas [...] así como el desarrollo de nuevas producciones de bienes y servicios de alto valor agregado». 14
Estas tienen tres orígenes posibles: o importamos tecnologías con nuestros limitados recursos, o buscamos inversión extranjera que las traiga (con el riesgo de construir nuevas dependencias), o las extraemos de nuestra propia capacidad científica. Las dos primeras pueden ser rápidas, pero son poco sostenibles. La tercera es robusta. Los países siempre se han construido de dentro hacia fuera, y no al revés; pero ¿puede esta vía ser también rápida? Esa es precisamente la batalla que debemos dar ahora quienes trabajamos en el sector de la ciencia, y la responsabilidad histórica que asumimos en la defensa de nuestro socialismo en el campo económico, y hay que darla, al menos, en cuatro frentes:
1. La Empresa socialista de alta tecnología. Con independencia del sector especifico de la producción, una Empresa de alta tecnología es una organización que ha sido capaz de construir un ciclo completo de investigación-producción-comercialización, que le permite tener productos novedosos, de alto valor agregado, y sustituirlos periódicamente por otros mejores, con estándares de calidad elevados y crecientes. Opera generalmente a bajo costo por peso y alta productividad del trabajo, y emplea recursos humanos de alta calificación. En los países grandes, puede operar en función de la demanda doméstica. Para los pequeños, hay un vínculo inescapable entre alta tecnología y exportaciones.
Ahora es el momento de capturar, en nuestras leyes y regulaciones, la existencia de este tipo de empresa y sus formas de funcionamiento, e identificar cuáles organizaciones, en este u otros sectores de la economía, pudieran serlo. En estas empresas, las conexiones entre la ciencia y la economía funcionan en ambas direcciones: los resultados de la ciencia se convierten rápidamente en nuevos productos y servicios, y su realización comercial (sobre todo exportadora) es una fuente de financiamiento de la investigación científica. Tal nexo ocurre en el contexto de la misma organización, sin los costos de la transacción academia-empresa en instituciones diferentes.
El surgimiento, a partir de colectivos científicos, de empresas de alta tecnología es expresión de madurez de nuestro sistema de ciencia y técnica. Son el instrumento principal por el cual las «entradas» de inversión social en estas se transforman en «salidas» de impacto económico. Estas organizaciones tienen rasgos de la empresa tradicional y de la unidad presupuestada: deben ser rentables y eficientes en el corto plazo y crecer en sus operaciones; pero también cuidar el mediano plazo, subsumir importantes gastos de investigación y desarrollo de nuevos productos, y asumir misiones sociales relacionadas con el impacto de estos.
Ellas requerirán de una clara conceptualización en nuestro modelo económico, y un «traje a la medida» para sus formas de funcionamiento y control. También será imprescindible un diseño cuidadoso de las organizaciones superiores de dirección empresarial para que sean capaces de diseñar y conducir las estrategias, y de evaluar el desempeño de las empresas de base, no solo en función de los planes anuales, sino en el más complejo proceso a mediano y largo plazo, y que puedan manejar las incertidumbres de los mercados externos, y extraer ventaja de la integración que deriva de la propiedad social sobre las empresas. En los sectores contentivos de empresas de alta tecnología, tendrán que ser dotadas de capacidad de interpretar las tendencias de la ciencia y la técnica en su área.
2. La innovación en todo el sistema empresarial. La segunda de las funciones de la ciencia en el modelo económico es la de incrementar el valor añadido de los bienes y servicios de todo el aparato productivo. Con independencia del nivel tecnológico que tenga hoy cualquiera de nuestras operaciones productivas, su valor agregado debe crecer. El esquema clásico de innovación espontánea más «introducción de resultados» (con estímulo moral y material al innovador), que funcionó durante décadas, está agotado, y hay que identificar las causas. La queja tan persistente de muchos dirigentes científicos de que el aparato empresarial no utiliza los resultados de nuestra ciencia, indica que hay razones de fondo en esto. O bien los resultados no son tan «introducibles», o las empresas carecen de incentivos para introducirlos, o hay una mezcla de ambas cosas. La imagen del innovador individual con la idea brillante, de aplicación inmediata, es del siglo xix ; no funciona en el xxi . La innovación en la empresa moderna es una actividad de toda la organización, integrada a sus procesos esenciales. No tiene que partir siempre de «descubrimientos científicos» de la propia empresa, ni siquiera de instituciones científicas cubanas. La revolución de la informática hace que haya mucha información y tecnologías disponibles en las redes, de acceso barato. Lo que es imprescindible es que la empresa tenga capacidad para absorberlas. La innovación debe ser «guiada por la demanda», es decir, incentivada por las oportunidades que se identifiquen para nuevos productos y servicios que incrementen la rentabilidad. Su introducción pasa, con frecuencia, por decisiones de inversión, o al menos por un lapso entre el esfuerzo innovador y su retorno económico. Estos procedimientos, y los incentivos para emplearlos, deben ser capturados en la nueva Ley de Empresas e implementados en todos los sectores de nuestra economía.
3. Las universidades. Una tercera función de la ciencia en el modelo económico cubano está en el acercamiento del dispositivo docente al productivo. La mayor parte del capital humano para la investigación científica, y el que tiene, como promedio, mayor calificación académica, está en las universidades. Precisamente una de las principales heridas del Período especial, que debemos curar con prisa, es que aflojó los lazos entre ellas y la economía, construidos desde los años 60 a partir del pensamiento de Fidel Castro y Ernesto Guevara. Recuperar y multiplicar el espacio de la educación superior en la economía, y no solamente en la formación de cuadros, es una de las urgencias del momento. Una vez más, es una interacción en ambos sentidos: el del impacto de las ideas y resultados del potencial universitario sobre la economía, y el de esta sobre la calidad de la docencia.
La «conectividad social» de la ciencia no se limita a sus vínculos con el aparato productivo, sino, de manera muy relevante, con la educación. Es de la única manera que el potencial científico se reproduce. Sobre las relaciones Universidad-Empresa hay una enorme literatura. Otros compañeros en Cuba han producido importantes reflexiones sobre el tema. 15 Aquí solamente subrayaremos algunas intuiciones surgidas de la experiencia del sector de la biotecnología. Hay dos distorsiones que evitar: la primera es la copia del modelo de propiedad intelectual más negociación de patentes, que ha guiado la interacción entre universidad e industria en los países capitalistas desarrollados. Es un modelo que introduce «relaciones de mercado» en el uso del conocimiento, genera nuevos costos de transacción, y debilita el compromiso de los investigadores con el impacto final de sus resultados en la sociedad. Los propios pensadores de los países que lo aplican cada vez lo critican más, por disfuncional. Ese no es nuestro camino.
La segunda distorsión que evitar es la visión de las áreas universitarias construyendo pequeñas fábricas y comercializando productos. Ese tampoco es el camino. El vínculo hay que construirlo preservando las especificidades de la actividad científica en cada espacio. La investigación universitaria tiene mayor contenido de exploración, mientras que la de empresa se concentra más en la explotación de los resultados y su escalada. La primera es el espacio para proyectos científicos de mayor riesgo (y mayor retorno potencial), que es necesario financiar con un esquema presupuestado, pues su ciclo de recuperación no cabe en los ejercicios económicos de la vida empresarial. Opera con mayor abundancia de recursos humanos, entre ellos los estudiantes, y es más multidisciplinaria porque su función incluye la formación de cuadros. Lo fértil está precisamente en la interacción de enfoques diferentes. Para estudiar cómo se hace esto en el socialismo no tenemos puntos de referencia. La experiencia de la URSS no fue exitosa en la movilización del ambiente académico en función del desarrollo económico. 16 La débil vinculación entre la ciencia y la producción, a pesar de tener 25% de todos los científicos del mundo, fue uno de los factores determinantes del estancamiento que precedió a su desintegración. En Cuba, tendremos que ser muy creativos en la construcción de nuestro propio modelo.
4. Los centros universitarios municipales y el desarrollo local. Esta cuarta función de la ciencia en el modelo económico es la más ambiciosa: se trata de construir un sistema de producción, estructuración, circulación y absorción de conocimiento en toda la sociedad. El concepto de «gestión del conocimiento» incluye la investigación científica tal como la conocemos, pero también otros propósitos como la identificación de las necesidades de conocimiento y sus fuentes posibles, la construcción de capacidad absortiva para la ciencia y la tecnología en el aparato empresarial, la captación del saber tácito que se genera en las empresas, la formación de cadenas productivas a nivel local, y la asimilación del método científico como un componente de la cultura general en la sociedad cubana.
La extensión del uso de tal método (de pensamiento, generación y evaluación objetiva de hipótesis), y de la capacidad de interpretación y asimilación social de la ciencia, podrá parecer un objetivo demasiado audaz; pero no lo es más que la Campaña de Alfabetización en un año, que ya hicimos con éxito en 1961. Nuestra sociedad socialista puede planteárselo. Las primeras experiencias en programas de desarrollo local basados en la gestión del conocimiento ya están indicando que es alcanzable, 17 y que tiene enormes potencialidades para la economía, la docencia, la ciencia y la cultura. La conexión entre la ciencia y la economía no es un proceso espontáneo: requiere dirección consciente, estrategia, y dispositivos de intermediación y catálisis. En estos propósitos, los 123 Centros universitarios municipales, que surgieron en Cuba a partir de 2004, pueden ser un dispositivo muy poderoso, convertirse en uno de los actores principales del desarrollo económico a nivel local asumiendo funciones de captación y distribución de conocimientos, y llegar a ser la institución docente y científica principal del municipio, y construir conexiones entre las instituciones del territorio y las de otros, incluyendo los centros científicos de carácter nacional.

Las palancas del socialismo
En el mundo interconectado de hoy, el desarrollo científico no puede verse como equivalente a «volumen de la actividad científica» —cantidad de investigadores, centros, porcentaje del PIB que se invierte en ciencia, publicaciones, etc.—, sino como la combinación de este más sus conexiones con la economía, la educación, y otros sectores sociales. La construcción de vínculos entre la ciencia y la producción, de la que depende el valor agregado de nuestros productos, y el desempeño exportador de la economía cubana tienen como actor principal a la empresa estatal socialista, a través de la cual se expresa la propiedad social sobre los medios fundamentales de producción, y la distribución del producto social con arreglo al trabajo. El modelo económico cubano deberá incluir los mecanismos concretos por medio de los cuales esa conexión de la ciencia con la economía debe producirse. A eso nos convoca precisamente el Lineamiento 132, cuando habla de perfeccionar las condiciones organizativas, jurídicas e institucionales para establecer tipos de organización económica que garanticen la combinación de investigación científica e innovación tecnológica, desarrollo rápido y eficaz de nuevos productos y servicios, su producción eficiente con estándares de calidad apropiados y la gestión comercializadora interna y exportadora. 18
Los treinta años de la biotecnología en Cuba nos aportan una experiencia concreta sobre este proceso. De hecho, los centros del Polo científico han estado operando como empresas socialistas de alta tecnología, donde ha funcionado muy bien la combinación de propiedad social y gestión descentralizada. Ha demostrado también de qué manera puede el socialismo expresar sus ventajas para la conexión de la ciencia con la producción, y el tránsito hacia una economía basada en el conocimiento. La propiedad privada y la economía de mercado no son dispositivos de conexión de la ciencia con la economía; son obstáculos.
La limitación en el desarrollo de la biotecnología en otros países de América Latina parte del carácter privado del aparato productivo, y su subordinación a los países centrales. Ello lo desarticula del proceso social de creación del conocimiento científico. Ambos sectores, el de la ciencia y el de la producción, se conectan por separado con los dispositivos científicos y productivos en el exterior, pero no interactúan. Solamente el socialismo puede romper ese círculo vicioso de dependencia. En Cuba esta afirmación ya no es «teórica». Hay evidencias de que se puede lograr. Pero junto con ellas está ahora la responsabilidad de capturar esas experiencias y dibujar, dentro de nuestro modelo económico y sus diversos escenarios, los procesos por los cuales el desarrollo científico irá asumiendo una función directa como motor del desarrollo económico, y no simplemente de consecuencia distal de este.
La Revolución, con su obra masiva de formación de capital humano, de cohesión social y de valores, ensanchó el espacio de lo posible. Ni la biotecnología, ni la Universidad de las Ciencias Informáticas, ni los médicos de «Barrio Adentro», hubiesen podido existir en los años 60. Fueron necesarias tres décadas de construcción socialista para hacerlo posible.
Ahora hay que partir de esa base y vislumbrar «el país posible» que podemos construir: una sociedad justa y solidaria, con una población saludable y culta, sustentada por una economía de alta tecnología enraizada en empresas de propiedad social, y protagonista de la integración latinoamericana. Así lo vio Fidel cuando dijo, en medio de las tensiones de aquel duro 1993, que la ciencia y las producciones de la ciencia, deben ocupar algún día el primer lugar de la economía nacional. Pero partiendo de los escasos recursos, sobre todo de los recursos energéticos que tenemos en nuestro país, tenemos que desarrollar las producciones de la inteligencia, y ese es nuestro lugar en el mundo, no habrá otro. 19
Notas
1. Partido Comunista de Cuba, «Resolución del VI Congreso sobre los Lineamientos de la política económica y social del Partido y la Revolución», junio de 2011, disponible en http://www.cubadebate.cu/.
2. Agustín Lage, «La economía del conocimiento y el socialismo: reflexiones a partir de la experiencia de la biotecnología cubana», Cuba Socialista, n. 30, La Habana, 2004, pp. 2-28.
3. Agustín Lage, «La economía del conocimiento y el socialismo: ¿hay una oportunidad para el desarrollo?», Cuba Socialista, n. 41, La Habana, 2006, pp. 25-43.
4. Partido Comunista de Cuba, ob. cit.
5. Agustín Lage, «Conectando la ciencia a la economía: las palancas del socialismo», Cuba Socialista, n. 45, La Habana, 2007, pp. 2-26.
6. Agustín Lage, «Sociedad del conocimiento y soberanía nacional en el siglo xxi : el nexo necesario», Cuba Socialista, n. 50, La Habana, 2009, pp. 19-31.
Parks in China’s Regional Economy: Empirical Evidence from the IC Industry in the Zhangiang Hight-Tech Park», Erdkunde, a. 65, n. 1, Shanghai, 2011, pp. 43-53.
8. Agustín Lage, «Global Pharmaceutical Development and Access: Critical Issues of Ethics and Equity», MEDICC Review, v. 13, n. 3, La Habana, julio de 2011, pp. 16-22.
9. Kevin Watkins et al., «Informe sobre Desarrollo Humano 2005. La cooperación internacional ante una encrucijada. Ayuda al desarrollo, comercio y seguridad en un mundo desigual», Ediciones Mundi-Prensa, 2005.
10. Partido Comunista de Cuba, ob. cit.
11. «UNESCO Science Report 2010. The Current Status of Science around the World», UNESCO Publishing, 2010.
12. Ídem.
13. Partido Comunista de Cuba, ob. cit.
14. Ídem.
15. Jorge Núñez, Conocimiento académico y sociedad. Ensayos sobre política universitaria de investigación y posgrado, Editorial UH, La Habana, 2010; Fidel Castro, Ciencia, tecnología e innovación: desafíos e incertidumbre para el Sur, Ediciones Plaza, La Habana, 2006.
15. José Luis Rodríguez, El derrumbe del socialismo en Europa: del socialismo real al capitalismo salvaje, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2011. (En proceso de edición).
17. Agustín Lage, «La economía del conocimiento y el socialismo (II): reflexiones a partir del proyecto de desarrollo territorial en Yaguajay», Cuba Socialista, n. 33, La Habana, 2004, pp. 3-23.
18. Partido Comunista de Cuba, ob. cit.
19. Fidel Castro Ruz, «Intervención en la inauguración del Centro de Biofísica Médica», Santiago de Cuba, 10 de febrero de 1993.

Agustín Lage. Director Centro de Inmunología Molecular.
Fuente: Revista Temas, Nº 69, páginas  31-42, de enero-marzo de 2012.

jueves, 31 de mayo de 2012

PIB de Estados Unidos se desacelera en primer trimestre más de lo supuesto

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PIB de Estados Unidos se desacelera en primer trimestre más de lo supuesto



El PIB real de Estados Unidos creció en el primer trimestre de 2012 un 1,9% después de haber aumentado un 3,0% en el cuarto trimestre del año pasado. Esta tasa de crecimiento fue 0,3 puntos porcentuales menos que el "avance" publicado en abril que anticipaba un incremento de 2,2%. Mientras tanto, el número de trabajadores estadounidenses que solicitó subsidio por desempleo siguió en aumento. En los últimos 4 trimestres, el PIB real creció un 2,0%.

En el primer trimestre destacó la aceleración en el gasto de los consumidores que fue más que compensada por la desaceleración de la inversión en inventarios. El gasto del consumidor fue fuerte en el primer trimestre, aumentando un 2,7% tras haber subido un 2,1% en el cuarto trimestre. El aumento del primer trimestre fue el mayor desde el cuarto trimestre de 2010. El gasto en servicios y bienes no duraderos acelerados, ayudó a compensar la desaceleración en el gasto en bienes duraderos.

La desaceleración de la inversión en inventarios refleja una fuerte caída en la inversión en inventarios de los fabricantes de bienes, sobre todo en equipos industriales, computadores y software, lo que contribuyó a la desaceleración del crecimiento económico. Las revisiones del PIB a la baja para el primer trimestre fue en gran medida producto del descenso de la inversión en inventarios, manufactura y venta al por menor. El desempleo retomó el camino al alza y las solicitudes de subsidio al desempleo llegaron a 383 mil personas.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Un Plan B para China

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Por Yu Yongding, President of the China Society of World Economics, was formerly Director of the Chinese Academy of Sciences Institute of World Economics and Politics.

 A pesar de las reiteradas garantías de los líderes de la Unión Europea, tras más de dos años todavía no hay una luz al final del túnel de la crisis de la deuda europea. El presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, dijo hace poco al Parlamento Europeo que no hay "Plan B", en referencia a una posible salida griega de la eurozona.
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Esas palabras pretendían sonar tranquilizadoras. Pero, tras tantas decepciones, China no puede aceptar sin más las garantías de los políticos europeos, que ni siquiera ellos saben si pueden cumplir. China debe tener su propio Plan B en caso de que Grecia deba salir de la eurozona.
De hecho, es cada vez más probable que Grecia incumpla sus obligaciones en materia de rescate. Si eso sucede y la "troika" (la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional) corta el apoyo financiero, la salida de Grecia del euro será casi inevitable. En ese caso, China debe estar preparada para cualquier crisis financiera global que pueda sobrevenir y sus consecuencias en el largo plazo.
Para empezar, los funcionarios chinos no deben hacerse ilusiones de que el país será inmune al contagio financiero. La salida griega golpearía a los bancos europeos que poseen bonos soberanos de  los países periféricos de la eurozona. A su vez, las ondas de choque del proceso de desapalancamiento se extenderán a mercados emergentes como China.
Si bien la exposición de los bancos e instituciones financieras chinas a los papeles soberanos y los activos del sector bancario de la eurozona es insignificante, la fuga de capitales de los mercados de riesgo tras la salida de Grecia podría rivalizar, e incluso superar, la ocurrida en las semanas posteriores al colapso de Lehman Brothers en septiembre de 2008. En comparación con 2007 y 2008, la participación de los inversores extranjeros en los mercados emergentes es mucho mayor, debido a la relativa fortaleza económica de estos países en los últimos años y los bajísimos rendimientos de los activos financieros en los mercados desarrollados.
De hecho, China ya sufrió los efectos de desapalancar a finales del año pasado, cuando el sistema financiero europeo parecía al borde del colapso. En momentos que los bancos europeos se agachaban ante la tormenta, la tasa de cambio del renminbi cayó durante 11 días consecutivos, a pesar de que China contaba con un superávit de cuenta corriente.
Así, la oportunidad no podría ser peor para promover la idea de acelerar la liberalización de las cuentas de capitales. Por el contrario, el Banco Popular de China (BPC) y otras autoridades pertinentes deben sopesar la implementación de controles de capitales, suspensiones de mercado y la provisión de liquidez de emergencia.
Se trata de medidas no muy diferentes de las que la eurozona tendrá que adoptar en caso de una salida de Grecia. Idealmente, la respuesta se coordinaría con los socios internacionales de China en el G-20. La infraestructura para tal cooperación se ha desarrollado considerablemente desde 2008, y China no debe rehuir promover su aplicación de manera proactiva.
Además, China debe tener un plan de mediano plazo para hacer frente a las consecuencias económicas de una salida griega. En caso de que el contagio sea limitado, con Grecia como única baja, la caída de la producción de la eurozona puede ser grave pero no catastrófica. Sin embargo, la UE es el socio comercial más importante de China, y el país deberá estar preparado para una seria pérdida de empleos en su sector exportador.
La experiencia de Japón muestra que una recesión producida por una crisis financiera puede ser muy prolongada, debido al largo proceso de desapalancamiento. Es muy probable que la actual recesión se prolongue por muchos años tanto en Estados Unidos como en la Unión Europea. Por ello, el gobierno de China debe tener un plan de mediano y largo plazo para abordar los problemas que genere una crisis mundial interminable.
Además, China debe tener un plan de mediano plazo para hacer frente a las consecuencias económicas de una salida griega. En caso de que el contagio sea limitado, con Grecia como única baja, la caída de la producción de la eurozona puede ser grave pero no catastrófica. Sin embargo, la UE es el socio comercial más importante de China, y el país deberá estar preparado para una seria pérdida de empleos en su sector exportador.
Algunos de los problemas serán el aumento del desempleo y la necesidad de reasignar recursos fiscales a quienes estén en el paro, cuyo bienestar es fundamental para la preservación de la estabilidad social. Más importante aún, el gobierno chino debe hacer frente a la necesidad de implementar reformas estructurales encaminadas a reorientar el modelo de crecimiento de China hacia uno que ponga mayor énfasis en la demanda interna.
Aunque sin duda será objeto de controversia, especialmente en un año electoral en Estados Unidos, se debe dar al renminbi suficiente flexibilidad en ambas direcciones cuando sea necesario. Uno de los mayores fracasos de la periferia de la eurozona es la pérdida de competitividad, oculta por un muro de crédito del que se ha aprovechado el balance de Alemania. Esto es siempre insostenible. Si el BPC lleva a cabo medidas de flexibilización, no deben utilizarse para evitar dolorosas reformas estructurales.
Por último, China debe estar preparada para tender una mano. Para asegurar que la integridad de la eurozona después de la salida de Grecia no enfrente más amenazas inmediatas, China debe unirse a sus socios internacionales para crear a través del FMI un muro de contención suficientemente creíble. Sin embargo, la eurozona -y Alemania en particular- debe reconocer plenamente las causas fundamentales de la salida de Grecia y comprometerse a dar pasos hacia la unión fiscal, aceptando además que un enfoque únicamente de austeridad para los miembros en situación de riesgo es un callejón sin salida.
Por supuesto, la reforma de gobierno del FMI también tendrá que ser parte de la discusión. Mientras tanto, es probable que por necesidad la eurozona deba abrirse más a la inversión extranjera, y las compañías chinas con abundante dinero en efectivo deberían seguir aprovechando oportunidades a través de la inversión extranjera directa o adquisiciones corporativas.
Si se implementan un muro de contención adecuado y los europeos se comprometen con las reformas estructurales, se avanzaría mucho para calmar los mercados y reducir los riesgos a los que otras contribuciones chinas pudieran enfrentarse. En otras palabras, todo tipo de asistencia que China proporcione debe ser "aportar buen dinero tras buenos resultados potenciales."
Una potencial salida de Grecia representará desafíos completamente nuevos para China en los próximos meses, y el país debe evitar la autocomplacencia sobre su propia exposición. Lo que necesita hoy mismo es contar con un plan de batalla para el presente y el futuro.

martes, 29 de mayo de 2012

Cuba debe acelerar la reforma para recuperar el tiempo perdido

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Por Gerardo Arreola

Cuba no puede aplicar un mecanismo de choque para abrir su economía, pero tiene que hacer todo lo posible para acelerar la reforma y así recuperar el tiempo perdido, según la recomendación de un reporte académico.
El economista cubano Pavel Vidal hizo un estudio comparativo de las reformas en Cuba y Vietnam, que publicó el Instituto de Economías en Desarrollo de la Organización para el Comercio Exterior de Japón (Jetro, por sus siglas en inglés).
El autor recomienda que la liberalización de la economía cubana no se quede en la agricultura y la microempresa, sino que facilite el surgimiento de un sector privado más amplio y el ingreso de inversión extranjera directa para impulsar la productividad y aprovechar el alto nivel de desarrollo social de la isla, en especial en la educación.
Pero subraya que encontrar el ritmo de los cambios es crucial. Frente a lo que hizo Vietnam en su momento, las desventajas de Cuba al emprender ahora su reforma son el gran tamaño de su sector estatal, la falta de experiencia reciente con el mercado y la tardanza de sus dirigentes en reconocer los problemas estructurales del modelo y la necesidad de cambios dramáticos. Una visión pesimista sobre la actual reforma es que es demasiado poco, demasiado tarde.
Vidal es investigador del Centro de Estudios de la Economía Cubana de la Universidad de La Habana. Con distintos enfoques, insiste en su estudio en la relevancia de emprender los cambios en el momento oportuno.
Recuerda, por ejemplo, que gracias a que ya había iniciado su apertura, Vietnam evitó un retroceso al desaparecer la Unión Soviética en 1991, mientras que el colapso de la antigua potencia socialista arrastró a Cuba a una profunda crisis.
En la situación actual, descarta que Cuba se lance a modificar todo a la vez, porque por esa vía pudiera fracturarse la estabilidad institucional y macroeconómica.
Considera que incluso Vietnam, con medidas de choque en algunos periodos, tuvo que esperar varios años para alcanzar transformaciones significativas en su modelo. Pero apunta la necesidad de que la isla acelere el paso actual para recuperar el tiempo perdido.
El autor señala que la mayoría de los cubanos son escépticos de que el gobierno pueda alcanzar una economía eficiente y productiva y mejorar el nivel de vida. Raúl Castro tiene 80 años y no está visible una nueva generación de líderes. La dirigencia actual está en una encrucijada, pues quiere ejecutar una reforma gradual, pero el tiempo corre.
El investigador reseña que al iniciar la Doi moi (renovación) en 1986, Vietnam se parecía a la Cuba actual por el modelo de corte soviético. Sin embargo, el sector estatal vietnamita era pequeño y permitía un big bang, es decir, una batería de reformas de un solo golpe. La abundancia de pequeñas empresas privadas en el sur del país facilitaba los cambios orientados al mercado.
Por el contrario, la existencia de un amplio sector estatal en Cuba aconseja un ritmo moderado. En la isla es más difícil cambiar la mentalidad de las personas después de 50 años de vivir bajo las mismas reglas e ideología contra el mercado y el sector privado.
Especialista en finanzas públicas, el autor se detiene a examinar la meta oficial de unificación monetaria entre el peso cubano y el peso convertible (mayor que el primero 25 a 1 y equivalente al dólar).
Anota como muy positiva en ese camino la apertura de los servicios bancarios al sector privado, el año pasado, pero subraya la necesidadinevitable de devaluar la tasa de cambio (uno a uno) que rige para empresas estatales, mixtas y entidades oficiales.
La devaluación tendría que ser más gradual que en Vietnam, concluye Vidal, porque las numerosas empresas estatales grandes y medianas hacen que la economía cubana esté menos preparada para reaccionar a incentivos cambiarios.

La ciencia de predecir el riesgo con precisión

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La ciencia de predecir el riesgo con precisión

Por Dylan Evans

La mayoría de nosotros tenemos que estimar probabilidades todos los días. Ya sea un corredor que apuesta al precio de una acción, un abogado que evalúa la confiabilidad de un testigo o un médico que considera la precisión de un diagnóstico. De forma consciente o no, pasamos gran parte de nuestro tiempo adivinando sobre el futuro basados en información incompleta. Lamentablemente, décadas de investigación indican que los humanos no somos muy buenos para esto. La mayoría, por ejemplo, tendemos a sobreestimar ampliamente las posibilidades de ganar la lotería, mientras que de forma similar subestimamos las posibilidades de divorciarnos.
Los psicólogos han tendido a asumir que esas parcialidades son universales y virtualmente imposibles de evitar. Pero ciertos grupos de personas —como los pronosticadores del tiempo y los apostadores profesionales— han logrado superar estas inclinaciones y por lo tanto pueden estimar probabilidades de forma mucho más precisa que el resto. ¿Están estas personas haciendo algo que los demás podemos aprender? ¿Podemos mejorar nuestra inteligencia ante el riesgo?
Alex Nabaum
Sarah Lichtenstein, experta en el campo de la "ciencia de la decisión", señala varias características de grupos que exhiben alta inteligencia con respecto al riesgo. Primero, suelen sentirse cómodos asignando probabilidades numéricas a desenlaces posibles. Por ejemplo, desde 1965, los pronosticadores del tiempo del Servicio Nacional Climático de Estados Unidos deben decir no sólo si lloverá o no al día siguiente, sino cuán probable creen que es en términos de porcentajes. Sin dudas, cuando los investigadores midieron la inteligencia de riesgo de los pronosticadores estadounidenses una década después, descubrieron que se encontraba entre las más altas registradas hasta el momento, según un estudio del Journal of the Royal Statistical Society, una publicación de científicos de la estadística.
También ayuda si el grupo realiza predicciones sobre una cantidad limitada de temas. La pregunta para los pronosticadores del tiempo, por ejemplo, es casi siempre la misma: ¿lloverá o no? Los médicos, por otro lado, deben considerar toda clase de preguntas distintas: ¿está rota la costilla? ¿Es maligno este crecimiento? ¿Funcionará este coctel de medicamentos? Los estudios han descubierto que los médicos sacan puntajes más bien bajos en las pruebas de inteligencia de riesgo.
Finalmente, los grupos con una alta inteligencia de riesgo suelen obtener una evaluación pronta y bien definida, lo que aumenta la posibilidad de que incorporen información nueva a su raciocinio. Para los pronosticadores del tiempo, llueve o no llueve. Para los médicos, por otro lado, los pacientes quizás no vuelvan, o pueden ser referidos a otro lugar. Los diagnósticos pueden ser inciertos.
Si el análisis de Lichtenstein es correcto, deberíamos poder desarrollar programas de capacitación para inculcar una mayor inteligencia de riesgo al impulsar y acelerar las evaluaciones y la retroalimentación. Royal Dutch Shell implementó un programa así en los años 70. Altos ejecutivos habían notado que cuando geólogos recién contratados predecían encontrar petróleo en cuatro de 10 pozos nuevos, sólo uno o dos se concretaban. Esta confianza excesiva le costó a Royal Dutch Shell millones de dólares. En el programa de capacitación, la empresa les dio a los geólogos detalles de exploraciones previas y les pidió estimaciones numéricas de las probabilidades de encontrar petróleo. Los geólogos poco experimentados recibieron luego información de la cantidad de descubrimientos de petróleo que realmente se habían concretado. Para cuando terminó el programa, sus estimaciones casi coincidían con la cifra real de descubrimientos petroleros.
Las agencias de inteligencia también trabajan para mejorar su forma de encarar el riesgo. En 2011, investigadores estadounidenses comenzaron a reclutar voluntarios para un estudio de varios años, basado en la web, sobre la capacidad de la gente de predecir eventos mundiales. El Proyecto Mundial de Pronósticos, un experimento auspiciado por el Director de Inteligencia Nacional de EE.UU., busca descubrir si ciertas personalidades son mejores que otras para ese tipo de ejercicios. Los voluntarios ofrecen sus mejores estimaciones sobre eventos y tendencias en campos como las relaciones internacionales, la economía, la salud pública y la tecnología.
Con sólo darnos cuenta de nuestra tendencia a ser demasiado confiados o muy poco confiados en nuestras estimaciones, podemos avanzar mucho hacia la meta de corregir nuestros errores más comunes.
Nadie puede ser muy bueno para estimar todas las clases de probabilidades en todas las situaciones. Pero dadas las condiciones adecuadas y la clase apropiada de auto-reflexión y práctica, todos podemos conseguir mejoras sustanciales en nuestra inteligencia de riesgo.
Extracto del libro 'Risk Intelligence', de Dylan Evans
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