"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí

miércoles, 10 de agosto de 2016

¿Fin de la pena de muerte en Estados Unidos?


Max J. Castro • 10 de agosto, 2016


MIAMI. La pena capital se sigue practicando en Estados Unidos décadas después de que ha sido abolida en otros países occidentales desarrollados. Se sigue practicando a pesar de la denuncia por organizaciones como Amnistía Internacional de que la práctica es una violación de los derechos humanos. Se sigue practicando a pesar de la firme oposición moral de la Iglesia Católica.

Es otro ejemplo de la “excepcionalidad estadounidense” –uno de los peores, junto con la abundancia de violencia con armas de fuego, la desigualdad económica galopante y la más débil de las redes de seguridad social.

La buena noticia es que hoy la pena de muerte en sí podría estar muriendo. No va a pasar mañana o fácilmente o en un acto final de abolición. Será más bien como una muerte por mil cortes, un marchitarse. A menos que, por supuesto, un futuro Tribunal Supremo declare la inconstitucionalidad de la pena de muerte por ser “un castigo cruel e inusual”. Podría suceder, pero nadie sabe si va a suceder y cuándo va a suceder.

Mientras tanto, las estadísticas anuales de las ejecuciones muestran que, en los últimos años, la pena de muerte se ha cumplido con menos frecuencia. La pena de muerte fue reinstalada en 1976 y desde 1977 hasta 1998 aumentó hasta un máximo de 98 ejecuciones. Para 2009, las ejecuciones se habían reducido casi a la mitad hasta 52. El número ha seguido disminuyendo. En 2015 se había reducido a 28. Hasta julio de este año, 15 personas han sido ejecutadas. La tendencia es clara.

¿Por qué está sucediendo? No hay una causa única. Decisiones de tribunales en varios estados, incluyendo La Florida, han encontrado tanto métodos como normas para llevar a cabo o imponer que la pena de muerte es inconstitucional. En algunos casos, estos fallos han rechazado una serie de sentencias de muerte. En otros, han trabado los engranajes de la maquinaria de muerte, la han frenado.


Recientemente, el Tribunal Supremo de Delaware dictaminó que las reglas del estado para imponer la pena de muerte son inconstitucionales. Esta decisión, señala The New York Times, “podría significar el fin efectivo de la pena capital en Delaware”. El periódico cita a Eric M. Freedman, un experto en pena capital en la Universidad de Hofstra, que dice lo siguiente: “Esto probablemente significa, como un asunto práctico, el fin de la pena de muerte en Delaware”.

La noticia acerca de la opinión pública en relación con la pena de muerte no es tan buena, aunque incluso en este caso hay algunos rayos de esperanza en lo que durante mucho tiempo ha sido un cielo muy oscuro. Actualmente, según Gallup, los estadounidenses están a favor de la pena de muerte por un amplio margen, 61 por ciento con 37 por ciento en contra. Entonces, ¿cuáles son los rayos de esperanza? Las últimas cifras muestran un cambio significativo desde mediados de la década de 1980, cuando las cifras fueron del 80 por ciento a favor y 16 por ciento en contra.

Aun así, es un triste comentario acerca de la mentalidad estadounidense que el apoyo a la pena de muerte sea casi de 2 a 1, después de todas las exoneraciones por condenas erradas y en un momento en que la mayoría de las personas en los países democráticos del mundo han llegado a la conclusión de que la pena capital es un castigo bárbaro, más adecuado para los regímenes tiránicos como Irán, que para una república constitucional como Estados Unidos.

El escritor y filósofo Albert Camus escribió que “las leyes sanguinarias provocan costumbres sanguinarias”. Estados Unidos es una prueba de este axioma: tenemos por amplio margen el mayor número de asesinatos en el Primer Mundo y somos el único de estos países que todavía practica la pena de muerte.

La insistencia en aferrarse a la pena de muerte no es un caso aislado. En comparación con otros países occidentales, Estados Unidos es una sociedad extremadamente punitiva. Las sanciones por casi todos los delitos son más graves en Estados Unidos. Este país cuenta con la mayor población penal de cualquier nación en el mundo, incluyendo China, que tiene ¡cinco veces más el número de habitantes!

En este país, el castigo es casi siempre la forma predeterminada para hacer frente a casi todos los males sociales, desde la posesión de pequeñas cantidades de drogas ilegales para uso personal hasta la venta de mercancías en la calle sin una licencia. En algunos casos, la pena capital por delitos triviales como estos es impuesta directamente por la policía sin el beneficio de un juicio.

Uno de los aspectos más desagradables de la práctica de la pena capital, y en general de nuestro sistema excesivamente punitivo, es el sesgo racista presente. Por muchas razones, el linchamiento es extremadamente raro en este país hoy en día. Una de esas razones –digo como hipótesis– es que la pena capital sirve parcialmente una función similar: ojo por ojo de la venganza.

Esta hipótesis está apoyada por la demografía y la geografía de la ejecución. Los negros son desproporcionadamente condenados a muerte en comparación con los blancos condenados por delitos similares. Y las ejecuciones se concentran en los antiguos estados esclavistas de la antigua Confederación, con Texas y La Florida por lo general a la vanguardia.

Una de las razones por las que la pena capital y la sociedad punitiva persisten es que un importante bloque de estadounidenses parece no tener memoria, vergüenza o culpa históricas. Pocos estadounidenses son ni siquiera conscientes de que la mayor parte del suroeste fue robada a México por medio de una guerra de agresión, y menos aún tienen algún sentimiento de culpa o vergüenza por ese hecho. Lo mismo ocurre con la base naval de Guantánamo. Pocas personas sufren de disonancia cognitiva por el hecho de que Estados Unidos es “una brillante ciudad en una colina”, así como una nación fundada sobre el genocidio de la población nativa y la esclavización masiva de los afroestadounidenses.

Somos los chicos buenos, no importa lo que hagamos. No importa que seamos un caso aparte cuando se trata de castigo y que entre nuestras naciones pares castigamos a los pobres por tener la red de seguridad más miserable. Nos juzgamos a nosotros mismos y encontramos que somos la nación más benévola y generosa de la tierra. Dios bendiga a Estados Unidos.

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