"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí

miércoles, 9 de marzo de 2016

La destrucción: el Partido Republicano en la Florida y en la nación

Max J. Castro • 9 de marzo, 2016


MIAMI. El Partido Republicano está haciendo implosión. Eso no es precisamente una noticia. La mayoría de los expertos y muchos políticos republicanos y fieles al partido lo han estado proclamando o haciendo maniobras para evitarlo, torpedeando la candidatura presidencial de Donald Trump. Lo curioso, que ha obtenido mucho menos atención en los medios nacionales, es que eso mismo está sucediendo al mismo tiempo aquí, en nuestro propio estado de la Florida.

Más información sobre la situación en la Florida en un minuto. Sin embargo, a nivel del partido nacional, la pregunta es: ¿cuál es la razón para que, como dijo el Súper Martes en la televisión Peggy Noonan, la exescritora de discursos de Reagan, estemos presenciando “ante nuestros propios ojos la destrucción de un gran partido nacional”?

La simple respuesta es Donald Trump. La razón es que Trump se arrancó la máscara detrás de la cual los republicanos se han escondido durante décadas. Trump comprendió que en el núcleo mismo del Partido Republicano, entre los de línea dura que constituyen una proporción significativa de los electores que deciden las primarias, late un corazón xenófobo, incluso racista.

Desde 1968, y la implementación por Nixon de la Estrategia Sureña –el exitoso esfuerzo por poner de cabeza la lealtad partidaria de la región como castigo por Lyndon B. Johnson y el apoyo del Congreso Democrático a los derechos civiles– el Partido Republicano ha manifestado su simpatía por la reacción violenta en contra de los derechos civiles. Lo hicieron en miles de formas: por medio de nombramientos judiciales y gestos simbólicos, con una inclinación de cabeza y un guiño, pero manteniendo casi siempre una negación verosímil ante la acusación de racismo.

Pero la rabia en determinados sectores del electorado republicano no fue aplacada por este método un tanto sutil. Los analistas identifican a menudo a la inmigración como el rayo que encendió el nuevo fuego. Ciertamente, la guerra contra los “inmigrantes ilegales” se convirtió en un importante motivo de aglutinación.

Pero la fuente de angustia entre los blancos conservadores es más amplia. El quid de la cuestión es específicamente la latinización de Estados Unidos. De manera más general, la creciente diversidad de la población norteamericana, que la inmigración procedente de Asia, Oriente Medio y África ha forjado, los atemoriza y los irrita.

Barack Obama en la Casa Blanca llegó a cristalizar la suma de todos los miedos y prejuicios de este grupo, el objeto definitivo del odio: un negro y extranjero en la Casa Blanca. “¡Recuperemos nuestro país!”, gritaron en respuesta. Pero nadie representaba su rabia de la forma en que ellos deseaban. Entonces llegó Donald Trump.

Irónicamente, los republicanos han sido responsables de manera significativa de una fuerte corriente que ayuda a impulsar el expreso Trump y que amenaza con arruinar el partido: el plano o decreciente nivel de vida de los blancos de clase trabajadora y media. La política social del GOP desde Reagan ha significado a una guerra de clases de arriba hacia abajo que ha producido la mayor desigualdad desde la edad de los barones ladrones(1). Es un escenario perfecto para el tipo de demagogia seudopopulista que Trump ha dominado.

Trump comenzó la campaña electoral con un movimiento clásico: presentando a los inmigrantes como chivos expiatorios. Mucha gente culpa erróneamente a los inmigrantes por los salarios estancados o en declive y por la escasez de empleos decentes con beneficios y seguridad, a pesar del bajo desempleo general. Entonces Trump extendió la culpa atacando a los políticos por no hacer nada al respecto. El problema es que los republicanos controlan dos tercios del gobierno –ambas Cámaras legislativas y el Tribunal Supremo antes de la muerte de Scalia. El fuego de Trump se dirigió no solo contra Obama, sino contra sus colegas republicanos que creían ser la segunda ola –una más radical– de la “revolución conservadora”.

La historia de la revolución conservadora recuerda los giros de la revolución francesa. A medida que la revolución se hizo más radical, los radicales de ayer fueron guillotinados por los nuevos radicales, más feroces. Finalmente llegó un hombre fuerte a caballo con la promesa de hacer grande a Francia.

Trump también promete hacer grande de nuevo a Estados Unidos y jura que nuestros enemigos ya no se atreverán con nosotros. Napoleón hizo grande a Francia –por un tiempo. Pero también sucedió Waterloo y el desastre en Rusia. Al menos Napoleón sabía que para someter a grandes países había que guerrear contra ellos y ganar. Trump piensa que gente como los líderes de Rusia y China se acobardarán cuando él los amenace. Buena suerte.

El desorden creciente en el Partido Republicano de la Florida ha sido ampliamente comentado en The Miami Herald. “Las relaciones entre Scott y la legislatura de la Florida llegó a su punto más bajo”, se lee en el artículo principal del Miami Herald de este domingo. Scott “está peligrosamente cerca de convertirse en un pato cojo (2) casi tres años antes de terminar su período”. Los legisladores republicanos están jugando al duro con el gobernador republicano: “Con fría eficiencia, los republicanos han aporreado el programa de Scott”, según el Herald.

De manera significativa, la guerra entre los republicanos en la Florida tiene conexiones y paralelismos con la bronca nacional. Como gobernador de la Florida, Jeb Bush estaba a la vanguardia de la revolución conservadora como guerra de clases de arriba hacia abajo. Pero cuando se postuló para presidente fue abrumado por el radicalismo retórico de Trump. Como gobernador, la guerra de clases de arriba hacia abajo de Rick Scott también ha hecho que el gobierno de Bush parezca casi moderado. Y tanto Trump como Scott se originan fuera de la clase política de barones ladrones multimillonarios de capa y espada que operan al borde de la ley o más allá de ella, y exudan desprecio por el proceso político y por los políticos.

Pero las revoluciones se autodestruyen cuando se excede el punto de máximo radicalismo. Tanto Trump como Scott han ido más allá de esa línea en varias ocasiones y el resultado ha sido la guerra civil en el partido republicano a los niveles estatal y nacional.

Este desorden augura un gobierno desastrosamente disfuncional para los floridanos durante los próximos tres años y la derrota de los republicanos a nivel nacional en las elecciones presidenciales de 2016. Los republicanos se dan cuenta y están angustiados. No podría haberle pasado a un grupo de gente más agradable.

Notas:

1. Capitalistas norteamericanos inescrupulosos de fines del siglo 19 que se enriquecieron mediante la explotación desmedida, corrupción de políticos y otros medios poco éticos. (Nota del traductor.)

2. Funcionario electo –como presidente, alcalde, legislador– sin ningún poder que aún está en el cargo después de que su sucesor ha sido elegido. (N. del T.)

Traducción de Germán Piniella para Progreso Semanal

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