"De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento" José Martí

viernes, 3 de abril de 2015

“En el proceso en que está Cuba, las marchas atrás serían imposibles"

ENTREVISTA A JAIME ORTEGA, CARDENAL ARZOBISPO DE LA HABANA 

En esta labor callada que propició la liberación de los presos retenidos por uno y otro país ha sido protagonista el cardenal Jaime Ortega Alamino, arzobispo de La Habana. En esta entrevista celebrada en Roma durante el último consistorio, Ortega detalla los pasos que propiciaron el fin del embargo y desvela la conversación que mantuvieron Barack Obama y Francisco sobre Cuba. “El Papa le dijo una frase de gran importancia: ‘Mire, esto no es solo un bien para el pueblo de Cuba, que ha sufrido mucho, sino para su Gobierno y para su persona, para la política de su país con América Latina. América Latina está unida y rechaza el bloqueo. La política de su país pasa por América Latina. Si no hay una solución, ustedes seguirán muy distantes de América Latina’”.

¿Cómo se consiguió el ambiente que propició el acercamiento entre Cuba y Estados Unidos?

Raúl Castro, desde que comenzó su período en el poder hace siete años, dijo que traía un ramo de olivo porque quería la paz con Estados Unidos y que las relaciones fueran civilizadas. Siempre mantuvo esto a lo largo de estos años, a pesar de que ha habido en el aspecto financiero momentos en que había una especie de estrangulación en Cuba. Hasta la misma Iglesia ha sufrido esa dificultad para poder obtener algunos fondos del extranjero para ayudas caritativas. A finales de 2013 vino a verme una periodista norteamericana muy buena, Julia Sweig, que presta algún servicio a la Casa Blanca en la relación con los medios. Me dijo que el clima en la Casa Blanca había cambiado respecto a Cuba y que alrededor del 40-45% era favorable a un cambio de política. Yo le pregunté el porqué de ese cambio. Respondió que primero por el lenguaje más civilizado de Raúl Castro y de los miembros de su gobierno. Y, después, porque se veía que el bloqueo no tenía sentido, que era algo viejo que no había dado resultado. 

¿Le comentó algo más Sweig?

Que creía que había llegado el momento de la intervención del Papa. Me dijo que 70 legisladores habían escrito una carta al presidente pidiéndole que hiciera todo lo que tuviera que hacer para liberar a Alan Gross [preso estadounidense retenido en Cuba acusado de espionaje, liberado en diciembre]. Estaba firmada por el presidente pro tempore del Senado, el demócrata Patrick Leahy. Ella me hablaba de la molestia de Gross porque su Gobierno no había hecho todo lo posible para su liberación. Yo pude entrevistarme con la esposa de Gross, quien le mandó una carta a Raúl Castro a través de mí una vez que estuve en Washington. De eso hace tres o cuatro años.

¿Qué decía esa carta?


Agradecía las atenciones que había tenido Raúl Castro, pues cuando ella fue a ver a su esposo lo llevaron a una casa a la playa. Estuvo con él tres días sin presencia visible militar. También agradecía que él estuviera en un apartamento, no en una cárcel. Ella tenía una queja muy grande contra el Gobierno norteamericano. Decía que su marido había cometido errores, pero sentía que en esa contratación había un engaño hacia él, que no pensó que podía tener esas consecuencias. La señora Sweig me dijo que el senador Leahy le había pedido que viniera a verme para que el Papa tuviera una gestión humanitaria para la liberación de los presos. Yo le dije a ella que estábamos casi en Navidad y que iba a hablar con Francisco. No hubo noticias hasta que me escribió en marzo un correo electrónico en el que me enviaba una carta del senador Leahy para que se la enviara al Papa. Le llegó antes de que Obama le visitara [el 27 de marzo de 2014]. Evidentemente, el Gobierno cubano le había pedido que le hablara a Obama del bloqueo. El Papa le habló del bloqueo a Obama y este le comentó que era una medida totalmente obsoleta, tomada antes de que él naciera. Le dijo el Santo Padre si no podía quitarla. “Tengo obstáculos, estos prisioneros”, respondió Obama. El Papa le preguntó entonces si no podía ponerlos en libertad y luego habría correspondencia y se podría arreglar. Obama le contestó que la justicia norteamericana era muy difícil y que no podía. Entonces el Papa le dijo una frase de gran importancia: “Mire, esto no es solo un bien para el pueblo de Cuba, que ha sufrido mucho, sino para su Gobierno y para su persona, para la política de su país con América Latina. América Latina está unida y rechaza el bloqueo. La política de su país pasa por América Latina. Si no hay una solución, ustedes seguirán muy distantes de América Latina”. Eso hizo pensar mucho a Obama y de ahí en adelante se desató todo ese proceso.

¿Entiendo que todo esto se lo contó el Papa?

Sí. Vine a Roma en abril para la canonización de Juan Pablo II y Francisco me contó entonces todo esto. Aquella carta le pedía al Papa que interviniera en la cuestión de los presos, pero ni siquiera tuvo que mencionarlo, porque Obama mismo lo sacó. Así vino la manera de poder mediar. Para mí, lo grande es cómo el Papa pudo impactar a Obama con su simpatía y su persona.


Favorecer el diálogo


¿Cómo ha pasado la Iglesia cubana de la opresión a convertirse en una institución en la que se confía para la mediación?

Los norteamericanos y los extranjeros que han viajado a Cuba siempre se han dirigido a la Iglesia. Por eso este senador se dirigió a mí para que enviara la carta, porque saben siempre que nuestra actitud ha sido la de favorecer un diálogo con el Estado cubano, la de encontrar caminos para mejorar la situación de nuestro pueblo. Es una constante de todos estos años en los que que la Iglesia ha sufrido a veces ataques. Frente al problema de tantos prisioneros políticos, el presidente Raúl Castro nos dijo: “Quiero que la Iglesia intervenga en todo esto”. Quedaban al principio de su gobierno 53 prisioneros de la llamada Primavera Negra. Él tuvo la voluntad de suprimir aquello.

¿Queda algún preso político?

No. Hace tiempo que no quedan. Hace poco que salieron unos cuantos, pero de esos que habían creado problemas y estuvieron en la cárcel durante dos, tres o seis meses. En aquella otra operación salieron presos que llevaban 16 ó 17 años.

Dos meses después del anuncio de acercamiento entre Washington y La Habana, ¿se siente el cambio entre la gente?

Es aún muy pronto, no puede notarse más allá de la gran alegría. Sí se ha notado, por ejemplo, en el desfile de secretarios de Estado o ministros de distintos países. Ha habido visitas de senadores americanos de los dos partidos, buscando posibles inversiones. Esas noticias aparecen en los medios y la gente se da cuenta de que está viviendo un momento histórico después de 60 años. No obstante, la gente más sencilla quiere pensar que va a haber productos más baratos en las tiendas. Y no es así.

¿Cuánto puede durar esta fase hasta que se normalicen las relaciones entre los dos países?

Durará unos meses, el tiempo natural de estos procesos. Esto sucede porque ha habido unos cambios en el orden económico y social desde el principio del gobierno de Raúl Castro. Al principio fueron acogidos con mucho escepticismo, que se fue venciendo hasta haber hoy medio millón de trabajadores por cuenta propia. La gente se fue convenciendo de que había un proceso. Nadie piensa, por ejemplo, que pueda haber un mercado de productos agrícolas estatal. Estamos en un proceso en el que las marchas atrás serían imposibles.

¿Muestra el papel jugado en el acercamiento entre Estados Unidos y Cuba que la Iglesia tiene una de las mejores diplomacias del mundo, como dice el tópico?

No se pensaba que la Iglesia iba a tener nunca más aquellos roles que tuvo en el pasado respecto a la alta diplomacia entre estados. Y ahora resulta que el Papa ha podido incidir nada menos que sobre Estados Unidos, la gran nación, en su conflicto con Cuba, que influye en su relación con América Latina. Poco después de Obama llegó a Roma su secretario de Estado, John Kerry, para decir que querían cerrar la base de Guantánamo y pidiendo a la Iglesia que buscara países que quisieran admitir a esos prisioneros. El Papa, en su discurso al cuerpo diplomático, puso de ejemplo el arreglo entre Cuba y Estados Unidos como un camino para otros pueblos. Y anunció que varios países habían respondido a la petición sobre Guantánamo. Está jugando un rol internacional de alto nivel, una diplomacia del servicio, de la discreción, del silencio, sin grandes bombos ni platillos. Hay momentos de esta historia en que yo, que he podido ser testigo desde muy dentro de ella, he dicho que no hay en el mundo actual otra persona con la autoridad moral del papa Francisco. Yo le dije al Papa en octubre: “Santidad, la Iglesia va a quedar muy bien ante el mundo después de esta gestión”. Y él me respondió: “Gloria sea dada a Dios”.

Usted lleva de arzobispo de La Habana desde hace 34 años. ¿Qué parte del mérito es suya?


En la última conversación que mantuvimos, en junio o julio de 2012, el papa Benedicto recordó su visita a Cuba y me dijo: “Fue muy interesante la entrevista con el presidente Raúl Castro. Es un hombre que quiere llevar adelante varios cambios. Hay que ayudarlo. La Iglesia tiene que estar por el diálogo. La Iglesia no está en el mundo para cambiar gobiernos, sino para penetrar con el Evangelio el corazón de los hombres. Ese debe ser siempre el camino de la Iglesia”. Lo decía haciendo balance por haber podido ir a Cuba, y antes que él, Juan Pablo, porque nosotros habíamos mantenido esa posición dialogal. Decía que no hay más camino que ese. Le conté esto al papa Francisco en el mediodía en que lo trataba aún de Jorge. Le dije: “Mira, Jorge, tú vas a ser Papa esta tarde y yo quiero decirte algo”. Cuando se lo conté, levantó las dos manos y me dijo: “Esta frase del papa Benedicto es para ponerla en una pancarta a la entrada de todas las ciudades del mundo”. Cuando uno ha vivido situaciones difíciles no hay que hacer gala de ellas; hay que sobreponerse y encontrar todo lo bueno que hay en el corazón. Me acuerdo de lo que nos dijo el cardenal Casaroli en una visita ad limina a los obispos de Cuba. Decía que veía la Ostpolitik como una política de persona a persona. “Yo soy un hombre de poca estatura, que habla en voz muy baja, no inspiro miedo. Y llego delante de un hombre que tiene sufrimientos y cariños como yo. Hablo con ese hombre, no con el miembro del politburó”, contaba. Los obispos de Cuba salimos conmovidos de aquel encuentro. Alguien le preguntó cuál era su método diplomático: “Mi respuesta es la menos diplomática que esperan: es el amor, la única estrategia que puede tener un sacerdote”. Hay hombres de Iglesia que han sido enormes, trabajando con una sencillez, casi ocultos. Habernos quedado con ese pueblo y ser parte de ese pueblo, y tratar siempre de ver al otro como un ser humano, ha preparado para todo esto.

DARÍO MENOR

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